La inocencia (cuento corto)

19 julio, 2018

La inocencia es siempre imposible de demostrar, sobre todo si tienes una rubia a mano.

Y allí estaba yo, con la pistola humeante todavía en la mano; su marido tumbado el suelo con un agujero perfecto en la frente y ella, desmayada sobre la cama.

Lógicamente, la policía no se creyó que era un claro caso de suicidio.

Yours truly,
Jack.

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Miedo atávico.

17 julio, 2018

De aquella época en la que pasé hambre y frío me han quedado algunos traumas. Unos los llevo bien y otros mejor; algunos están completamente olvidados y otros permanecen pero no los llevo bien.

Uno de ellos es mi pequeña crofobia, es decir, mi “alergia” al frío. Cuando cambiamos de otoño a invierno se apodera de mí una desazón extrema. La idea de pasar frío llega a paralizarme en un instante de pavor, hasta que lentamente deshago los nudos que mi mente autosugestionada elabora y me pongo en marcha. Siempre tengo la ropa de abrigo suficiente para enfrentarme al miedo y, si falta, puedo comprar lo que me haga falta.

Pero, pese a a ello, cada año, cuando el otoño se desvanece y el invierno asoma su cabeza, yo tiemblo preso de la zozobra. Luego el invierno se me queda mirando con expresión dolida y me espeta “¿Lo ves? No era para tanto, no sé porqué me tienes tanta manía”.

-No es manía, mi viejo y querido amigo -le contesto siempre, mientras miro su calva cabeza, cubierta de nubes y vientos-. Sabes que, al final, disfruto tu helor como si fuera un buen vino. Es, simplemente, la incertidumbre que trae el cambio.

Y así nos pasamos tres meses al año: él intentando helarme y yo sin permitírselo. Somos una extraña pareja de baile.

Yours truly,
Jack

El último baile (4 y último)

16 julio, 2018

Ella comenzó a volverse cadenciosa y lentamente mientras los dos se concentraban en las sensaciones que experimentaban, sintiendo cada pequeño cambio, roce o sensación que corría por su piel y sus órganos sexuales. Fue entonces como ella comenzó a aumentar el ritmo. Se sentía rápida, intrépida y audaz.

Él se dejaba cabalgar mientras la mantenía aferrada por las caderas para seguir su vaivén sexual. De repente, al sentir la inminencia del final, la empujó a un lado, haciéndola caer al suelo y, como un salvaje, se abalanzó sobre ella.

Follaron con rapidez, gozando intensamente cada segundo de aquel portentoso momento. El deseo les había poseído con tal fuerza que ya no eran seres racionales sino puro instinto, casi animal, y mordían, arañaban, lamían, gritaban y babeaban mientras sus cerebros se veían poseídos por todo el acerbo atávico que la civilización se había empeñado en enterrar durante tantos siglos.

Por eso el orgasmo estalló con una inmensa furia, de manera tal que pareció cobrar la fuerza de una tormenta devastadora. Él sintió su miembro estallar como un volcán que escupía una lava blanca que ardía con la fuerza del sol. Ella creyó notar como un remolino nacía en sus entrañas y arrastraba todo a su alrededor hacia su centro.

Sacudidos con tanta intensidad golpearon la mesa, de manera que la botella y las copas cayeron al suelo y estallaron en un mar de cristales rotos que parecían esparcirse en el aire como una sombra, como un eco del poderoso orgasmo que había dejado a los dos rendidos sobre el suelo.

Tardaron un buen rato en recuperar el aliento y mucho más tener el dominio de sus voces. Pero la ternura que brotaba de sus ojos era mucho más expresiva que todas las bibliotecas del mundo.

El último baile (3)

13 julio, 2018

Al sentarse ella en el sofá para quitarse las medias negras de seda, él pudo ver que no llevaba ropa interior, lo que le hizo cerrar los ojos durante un instante y apretarse la erección con las manos, intentando inconscientemente de frenar lo irrefrenable.

Ella se le acercó gateando y le separó las piernas. Entonces se detuvo y, con un sensual movimiento de caderas y una sacudida silenciosa de su melena, le ofreció la espalda, indicándole que le bajara la cremallera del vestido. Esa pausa significó un alivio para él. Tenía tiempo para calmar su hambre.

Sonaba I Don’t Want To Talk About It cuando ella se puso de pie. El vestido se fue deslizando lentamente, cuerpo abajo como si fuera un larguísimo guante. Él sonrió al comprobar que tampoco llevaba sujetador y su respiración se volvió entrecortada al deslizase la tela hacia abajo y dejar al descubierto sus desnudas y preciosas nalgas. Una gota de sudor se deslizó desde su frente hasta la nariz, haciendo resbalar un poco sus gafas.

De repente, el vestido estaba convertido en un remolino desordenado en el suelo y ella, desnuda, movía seductoramente las caderas con los compases de la música.

Él miraba aquellas nalgas redondas, espléndidas y macizas. Sintiendo un impulso irrefrenable se puso en pie y aplastó su polla entre los dos glúteos. Tuvo que frenarse y no frotarla contra el culo, pues se abría corrido en ese momento y su semen habría salpicado toda su espalda. Pero no, todavía no.

Unos pocos segundos más tarde ella se inclinó hacia atrás, buscando su boca con la suya. Él se la ofreció mientras sus manos bajas hacia el sexo de ella. Así fue como el universo entero quedó pendiente en los movimientos de las manos. Ella notaba las palmas ardientes de las manos deslizarse hacia abajo por su piel y no pudo resistirse. Se giró bruscamente, clavándose así el miembro en su vientre y dejando las desconcertadas manos de él bailando sobre su culo.

Frente a frente, abrazados, comenzaron a besarse, a lamerse y a morderse suavemente. Él se dejó caer al final en el sofá y ella se sentó sobre él con las piernas abiertas. Una vez tuvo su polla dentro de ella se quedó muy quieta. Eso era real, ya no eran fantasías, pensó él leyendo la mente de ella. Así que por un momento se quedaron ambos quietos, disfrutando del momento para retenerlo por siempre en su memoria.

(continuará…)

El último baile (2)

11 julio, 2018

El cava estaba fresquísimo y se pusieron cómodos en el sofá. Él cogió un pastel de la bandeja y, cuando se lo iba a llevar a los labios, ella le sujetó la muñeca y le hizo que se lo pusiera en la boca. Entonces, se acercó a él con dulce sensualidad y se lo ofreció. El joven lo mordió con ganas, lamiendo de paso sus labios. Los dos bebieron, notando el nerviosismo creciendo lentamente. Él retuvo un trago del fresco líquido en su boca y se lo ofreció a ella, que lo aceptó con una sonrisa.

Terminaron de fumar el porro, cargado como para todo un batallón, y ella le desabrochó el cuello de la camisa y siguió bajando de manera meticulosa. Una vez abierta la camisa y vaciada otra copa de cava, se pusieron de pie y, cogidos por la cintura, comenzaron a bailar. Cantaba Sting.

Shape of my Heart.

Sin dejar de mirarse fueron juntando las bocas y con las lenguas comenzaron a enviarse mensajes de amor. Bailaban y se besaban. Ella, con las manos, le iba acariciando la erección que le abultaba los pantalones, deslizando un dedo por su contorno camino de los genitales. Era tal la excitación del joven que estaba seguro de que iba a explotar de manera inevitable si no bajaban el ritmo.

Ella también lo notó y se retiró. Se sentó en el sofá y comenzó a desabrocharle los pantalones, un acto que requería concentración y paciencia y que serviría para calmar los ánimos. O tal vez no.

Los pantalones resbalaron y dejaron a la vista una erección espléndida que amenazaba con reventar los boxers. Obviamente, no tardaron en desaparecer también. La verga apuntaba directamente a la cara de ella, promesa de lo inminente.

(continuará…)

El último baile (1)

9 julio, 2018

Nota: Este relato, que rompe mi bloqueo de la página en blanco, es un regalo atrasado de cumpleaños para @_LolaFlor_, la autora de uno de mis blogs favoritos, https://lolaflor.com/, a la que sgo desde hace años y a la que adoro. Esto es todo tuyo, bella flor.

Cuando llegaron, eran apenas las nueve de la noche, pero bajo aquella tormenta veraniega, parecía que fuera noche cerrada. Todo el camino había transcurrido en silencio, perdidos ambos en sus pensamientos más íntimos. El chico se dirigió hacia el salón con el teléfono en la mano. La habitación era acogedora. Tenía un sofá, una mesa en el centro. No muy lejos estaba un moderno aparato de música y una gran librería, llena de libros y de objetos eróticos, herencia de familia. Con una mano sujetaba el teléfono y con la otra seguía el ritmo de una melodía que sólo podía escuchar él.

La chica, en la cocina, buscaba dos copas que había comprado recientemente. Puro cristal de Bohemia. De la base surgía un tronco largo que aguantaba un esbelto cáliz de cristal tan fino como la seda. Se acercó con ellos a la nevera, de donde sacó una botella de cava y una bandeja de pasteles de una confeteria famosa por su nata y su chocolate.

Con todo ello se fue al salón. Él, por su parte, había encendido la radio. Sonaban Scorpions. Still Loving You. Había encendido unas cuantas velas y ella las miró divertidas, pues el candelabro que las sostenía estaba formado por figuras humanas unidas en diversas posiciones coitales. Él captó su mirada y, con un encogimiento cómico de hombros, se acercó a ella.

La chica se sentó en el sofá y lo esperó. Él, de pie a su lado, abrió el primer cajón de un pequeño armario de apariencia antiquisima y sacó una caja de latón todavía más vieja y cubierta de curiosos e intrincados grabados. De él sacó un paquete de tabaco, una bola hecha con papel de plata y papel de fumar. Luego, con dedos expertos, lió un porro de medidas precisas y exactas y lo encendió.

Ella lo miraba en silencio. En aquellos momentos, el porro era la excusa para estar callados y quietos, pero, obviamente, aquello no podía durar. Al final, él le ofreció el cigarrillo, y ella dio una profunda calada que le llenó los pulmones de hachís mientras él iba llenando las dos copas.

Recuperado el porro, le dio otra calada, tan profunda e intensa como la mirada con la que la desnudaba. Luego, con una mano le ofreció una copa y con la otra el cigarrillo.

-Por nosotros dos, y que los dioses nos acompañen -dijo ella, alzando la copa en el aire.
-Porque los dioses nos bendigan -replicó él.

Sonaban Dire Straits.

Sultans Of Swing.

Síndrome de la página en blanco

7 julio, 2018

Llevo un par de semanas que me cuesta encontrar algo que contar. En parte por falta de tiempo y en parte por falta de inspiración. Lo cierto es que estoy en blanco, como alguna que otra vez del pasado que he reflejado en este blog, a saber cuándo y dónde.

Tengo ideas varias, como la del relato de la puerta de Tannhauser. Expuesta la base, podría continuarla en diversas direcciones, pero ninguna me gusta. Así que, a falta de algo que me permita armar una historia, por el momento se queda como está. Espero, eso sí, aclararme en un par de días.

Mientras tanto, iré ejercitando mis músculos escribiendo alguna que otra cosa…

Yours truly,
Jack

Normalidad y anormalidad

6 julio, 2018

¿Qué hace que una persona sea normal o anormal? La conducta humana es contextual. Dependiendo de las circunstancias podemos actuar de cualquier manera posible.

La conducta normal es cuando nuestro comportamiento está dentro de los parámetros marcados por la sociedad y las circunstancias justifican nuestras acciones.

La conducta anormal es todo lo contrario.

Yours truly,
Jack.

Cookies

3 julio, 2018

Soy adicto a las galletas con trocitos de chocolate por encima. Pero jodidamente adicto, señoras y señores. La culpa de todo la tiene una muy querida amiga a la que adoro más incluso de lo que la deseo, que ya es decir.

Pero, a través y por culpa de ella, me hice adicto a estas galletas y el resultado es que ¡¡¡tengo un poco de barriga!!! La solución obvia es hacer gimnasia, abdominales a granel y mucho aire acondicionado (sino la gimnasia se vuelve mortal de necesidad) y reducir el consumo de dichas galletas, llenas de grasa y delicioso chocolate.

Maldita sea, soy el Homer Simpson de las galletas. Sí, mi punto débil es el dulce. Y las mujeres. Y escribir. Y las mujeres. Y leer. Y las mujeres.

Yours truly,
Jack

Secretos

1 julio, 2018

¿Qué es un secreto? Pues lo que queda tras explicar la verdad, supongo. Y se guardan en los lugares más insospechados, donde nadie va a buscar, obviamente. Eso son los mejores.

Pero lo más curioso es cuando encontramos a alguien digno o digna de escuchar nuestras confesiones. Cuando estas brotan en bruscos y simples vocablos, como un río, a veces nos sorprendemos al ver que poca cosa era lo que tuvimos oculto en lo más profundo de nuestro ser.

No somos lo que creemos ser o lo que decimos, sino lo que callamos.

Yours truly,
Jack.


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