Archive for 27 febrero 2012

Más poesía…

27 febrero, 2012

Credo descreído

No te diré lo que ya sabes: que la vida
es el turbio espacio que antecede a la muerte,
una farsa de historia, un travesti de la suerte,
cúmulos de esperanzas y de gloria fallida.

Y la muerte, esa homicida,
me golpea hasta dejarme inerte,
yo, aquel que jamás volverá a verte,
mientras me desangro por esta fatal herida.

Nada creo y nada espero,
y aquí me siento para pasar el rato,
guardo la compostura, miro y me río.

Todo tengo, nada queda, nada quiero
salvo matar el tiempo, verdugo por mandato,
matar el amor y matar el hastío.

A una cereza

Eres tú la causa de esta calurosa agonía,
es tu ausencia para mí una losa,
el recuerdo de tu sabor me acosa,
cuando de mi fruta del pecado el destino me desvía.

Se eterniza la noche, se alarga en exceso el día,
se prolonga sin fin esta calamidad espantosa,
dolor sin par que me acerca a la fosa
si tu mirada no me roza ni me guía.

Ley es rendirme ante vuestro fiero acero
y vuestro amor me reclama
y sin vuestros besos me siento huero.

Soy así de audaz, y así de fuerte
porque vuestro amor es mi fama
y por él no temo nada: ni pena, ni sombra, ni muerte.

Catársis

Que alguien te arranque de mi memoria,
que alguien me libre de tu sombra amada,
que alguien repare este alma abrasada
en el helor de tu seno. Perdida la gloria

y huido su brillo, sumido en tenebroso
destierro a solas con mis pensamientos,
con el fantasma de tu sueño tormentoso
y un tropel de encarnizados sufrimientos.

Son tus besos, abrazos, susurros y miradas
fantasmas vanos que ahora me castigan
y se tornan en vacío, en polvo, en nada.

Azotarme quieren tus ojos y me fustigan,
pero hartos mis labios han murmurado “Basta”
y al ocaso ha huido tu frente, otrora casta.

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Ayn Randt: el lado sórdido del “sueño americano”

25 febrero, 2012

Cuando escucho a algún iluminado glorificar a Aryn Rand, me entran ganas de irme a la luna. ¿Quién es Rand?, puedes preguntarte, mi querid@ lector.

Ayn Rand representa, desde mi punto de vista, todo el peligro de nuestra sociedad moderna: tenemos un sistema tan abierto que podemos engendrar monstruos o completos gilipollas, como esta autoproclamada gurú del ultraliberalismo más deshumanizado.

Madre del pseudosistema “filosófico” que bautizó como “Objetivismo”, esta rusa nacionalizada norteamericana (su verdadero nombre era Alisa Zinovievna Rosenbaum), creó este sistema a base de mezclar pedazos de aquí y de allí (Aristóteles, Nietszche y, oh ironía, Marx) y se dedicó a llenar página tras página de, en apariencia, sesudas reflexiones filosóficas del calibre de “La existencia existe” o “Una sensación es la sensación de algo, distinguiéndose de la NADA anterior y posterior”. Y se quedó tan ancha, además.

El resultado fue el previsible. Mientras que en Europa sus libros se venden en la sección de humor de los rastros, en EEUU se convirtió en palabra de Dios. ¿Por qué? Porque reforzaba el egocentrismo de sus lectores: El altruismo, preocuparse por el prójimo y otros sentimientos humanitarios eran una amenaza contra el género humano, pues así la inmensa masa de “saqueadores” se aprovechaban del genio individual. Sólo el capitalismo laissez faire radical respetaba la dignidad humana y evitaba este desastre anunciado por la hija del farmacéutico metida a Mesías mediática.

Y la gente se creía esto. Y se lo sigue creyendo… Sí, no me cabe duda que el ser humano desciende del mono.

Yours trully,

Jack.

Un poco (más) de poesía

22 febrero, 2012

Libre.

Si sueño tenerte y te poseo,
si deseo amarte y te gozo,
no puede la Fortuna causar más destrozo
que hacerme de tu boca reo.

Si en tus ojos encuentro mi recreo
y si son tus besos causa de mi alborozo,
tendré entonces que gritar sin rebozo
que amo y atesoro todo lo que en tí veo.

No quiero estar a salvo de tus cadenas
con la que atrapas a los errantes corazones
que quedan así cautivos de mil pasiones,

Libre estoy por tí de dolores y de penas,
morar en tí quiero, y si pudiere,
tu amor será la flor que nunca muere.

Breve

Mientras tu amor sea mi laurel,
firme y seguro como el acero,
mi espíritu aventurero
te será siempre hidalgo fiel.

Y pobre de todo aquel
empeñado en desmentir
nuestra manera de vivir
o mi manera de amar:

porque, aunque me cuesta callar,
todavía me sé batir.

Sombra

En tus ojos mora una sombra
del recuerdo de lo que ha sido,
dolor que surge cuando se nombra,
fantasma que huye de quien ha herido.

Ojala nunca hubiera sido él nada
más que el recuerdo de un amor fallido
y no esa maldita negra encrucijada
que no quiere conducirle al merecido olvido.

Cobarde que no halla reposo ni reposo encuentra:
así todo, vida y honores, ponga en renta
pues si no le queda amor, no le queda nada.

Y a tí el amor vuelva, pues de amor vino
y volverá a embrazar tan dulce destino:
que se emocione tu corazón y pronto seas amada.

Un poco de poesía

19 febrero, 2012

…aunque yo soy a la poesía lo que la bomba atómica al silencio.

Tú, eso y yo

Sé que estás desnuda mientras hablamos,
acariciando tus senos, mirando por la ventana,
jugando con tu pelo, en el suelo sostén y tanga.
Sé que estás desnuda, y yo con eso en la mano.

Sé que estás desnuda mientras te esfuerzas
en escoger medias y blusa, zapatos y falda,
buscando tu bolso, acicalando tu cara.
Sé que estás desnuda, y yo con eso en la mano.

Sé que estás desnuda ahora mismo, en este instante,
deslizando tus dedos por tu vientre plano,
por tu pubis, tu ombligo, tus rizos y tus labios
que se hinchan… ¡y yo con eso en la mano!

Sé que estás desnuda, sonriéndote a mi costa,
acostada como una gata en la cama, mimosa,
imaginando, soñando, sintiendo… y yo con
el móvil en la mano apunto de quedarme sin batería.

Para tí, de mí

Piedras y polvo,
olas y espuma,
más que eso eres,
más que desierto,
más que oceano;
goce del horizonte,
ansia del más allá,
vuelo de un ave,
anuncio del alba
en el monte,
beso dorado
que el Sol regala.

Arena de besos,
planície interminable
de sexo, caricias y amor,
Mano que vuela
gemido incansable,
soberbia lección de deseo,
amplio valle iluminado,
amada por la vida
como yo amo a tu boca.

Brotas de la tierra
invitándome a recorrerte,
curioso, porque vale
la pena quemar los siglos
en tu ardiente arena,
en tu oasis oculto de vida,
en lo más profundo
de tu desierto,
donde moran los silencios
y las promesas
de besos regalados.

Yo te miro
desde las duras almenas
de mi castillo.

Poca prudencia y mucho arrojo…

(casi soneto casi autobiográfico, pero más gráfico que soneto, sin ser ambos)

Mira que te lo digo: que el que escala
altos muros y a su fuerza todo lo fía
y con sus ansias mide la porfía
y sólo al riesgo su valor iguala

no es audaz, sino tocado del ala,
pues volar hasta el sol es osadía
que no puede acabar bien, a fe mía.
Y cuando su último suspiro exhala

después de que su último vigor empeñe,
tras esforzarse con afan animoso
y su valor a tal empresa le aliente,

no aprenderá nada que se le enseñe
hasta que vea fracasar su ardor brioso
y entienda que lo cuerdo no quita lo valiente.

Celos – La trampa

15 febrero, 2012

Nadie es inmune a los celos, por supuesto. Es como querer ser inmune al miedo o el hambre, una falacia. Algunas personas son más celosas que otras. Es natural, pero cualquiera puede sentir celos, incluso yo. Los celos, tal como el miedo o el hambre, son simplemente sentimientos. Es una reacción instintiva que nos habla de nuestras propias inseguridades y defectos. Los celos no son el problema, sino su síntoma.

Surgen cuando nos sentimos inseguros, desatendidos, amenazados, o vulnerables. Para evitarlos la comunicación es vital: hay que hablar de lo que se siente y de los temores experimentados, y hacerlo de manera inmediata. No hay que pensar que es una tontería o una locura. Los temores son como las pesadillas: no resisten el contacto con el sol. Si salen a la luz, mueren. Atáquese el problema subyacente y los celos desaparecen.

Si los celos acosan, hay que hablar con la pareja, explicarle lo que se siente. Y si notamos que algo nos falta, debemos reclamarlo. Nuestra pareja no puedo saber lo que pensamos si no se lo contamos: es nuestr@ amad@, no un/a vidente ni un/a adivino.

Hay que hacer que la persona que siente estos celos se sienta como alguien especial, necesitado y amado. De esta manera no sentirá ningún temor. Las emociones, aunque no son racionales, son la parte antigua de nuestra mente, la parte que no tiene lengua, tratando de comunicarse con nosotros. Hay que dejarlas salir y escucharlas

Cuando sentimos este sentimiento, estos celos, ¿cuál es la primera reacción que nos asalta? ¿Temor? ¿Tristeza? ¿Rechazo? ¿Pérdida? ¿Temor a perder a la persona amada? ¿Temor a ser insuficiente? ¿Temor a que alguien entre a nuestro territorio?

Los celos tienen sus raíces en alguna otra emoción, como el temor, el rechazo, la inseguridad o lo que sea. Por tanto el único camino para combatirlos es tratar con las emociones que las causan. Al descubrir la raíz de los celos se debe explorar el “por qué” tienes ese temor y si hay algo que se pueda hacer para disiparlo. Y se debe buscar ayuda para esta tarea.

Pensemos. ¿Para qué y a qué sirven esos sentimientos? ¿Nos avisan de un problema real o sirven solo a sí mismos? Esto puede ser muy engañoso. Los celos pueden ser un aviso legítimo de un peligro real, pero también pueden ser irracionales, una mera exhibición de egoísmo. Si tememos a algo sin ninguna razón, nuestro temor tratara de persuadirnos que es válido y nos esclavizará. Si, por el contrario, tienen una causa real, si hay problemas en la relación, entonces son una respuesta razonable.

Descubrirlo no es fácil. El temor, la inseguridad, todo eso son sentimientos que pueden y deben superarse, aunque usualmente no sin enfrentarte directamente a ellos, y deliberadamente exponernos a nosotros mismos a las cosas que nos hacen sentir miedo e inseguridad.

Yours trully,

Jack

Reunión familiar o cómo desperdiciar una buena ocasión para callarse.

12 febrero, 2012

Aviso:

Después de releerme lo que acabo de escribir, sospecho que esta será la peor entrada de todas las escritas hasta la fecha en el blog. Vayan por adelantado mis excusas.

Recién llegado de una tormentosa reunión familiar y con un dolor de cabeza considerable -en estos momentos creo que soy el hermano de mi abuela, la nieta de mi tío, el padre de mis primos y el sobrino de mi madre-, me pregunto por qué diablos nos empeñamos nosotros solos en complicarnos la vida cuando ella ya se ocupa de hacerlo sin nuestra ayuda.

¿Qué cosas positivas saco de este encuentro? Pues que he comido como una lima y las escapadas al WC para enviarle sms subidos de tono a Victoria (¡y a leer los tuyos, golfilla!).

Mi difunta madre sigue teniendo razón y como el Cid gana batallas desde la tumba: “Si llevas callándote algo durante años porque sabes que puedes hacer daño, no reúnas a la familia para soltar la bomba: te vas a lo alto de una montaña y lo berreas a los cuatro vientos”. Y aquí añado mi contribución a estas tradiciones ancestrales. “Y si después de pegar cuatro gritos no tienes suficiente con eso, te tiras montaña abajo”. Ah, que se me olvidaba. No empieces diciendo “No es mi intención causar daño, pero tengo que decirlo”. No. No empieces así, que queda mal: si no quisieras causar daño mantendrías la boca cerrada. Al menos mi tía Eulàlia sigue teniendo ese punto sardónico que tanto me gusta. Todas las familias tendrían que incluir una Eulàlia como la mía en sus filas. Quizás se pelearían más, pero al menos se reirían todavía más.

Yours trully,

Jack.

Regalo de despedida (4ª Parte)

10 febrero, 2012

Cinco días con sus noches transcurrieron entre los muros de aquella antigua mansión, de la que fueron desapareciendo los largos cortinajes, y los amplios ventanales dejaron paso a los relucientes rayos del sol. El frío fue desapareciendo. Un día se convirtió en un lejano recuerdo y una mañana ya no fue ni siquiera eso. En el jardín las rosas volvieron a brotar, más bellas y hermosas que nunca.

Al llegar el quinto día él se despertó muy pronto. El sol se asomaba, perezoso, desde su cuna marina y la luz penetraba con timidez en la habitación. Él se despertó, curioso por un espectáculo que llevaba mucho tiempo sin ver. Antes de moverse volvió el rostro para contemplar a su amada y sonrió al ver su belleza Con su mano rozó su rosada mejilla y sonrió. Luego se levantó de la cama y se fue a observar la ciudad.

Contemplando aquella ciudad dormida, que sólo había disfrutado desde las sombras pasó el tiempo, olvidado todo, mientras su amada seguía dormida en la cama. Así, ya no se acordaba de qué hora era ni cuanto llevaba allí cuando sintió una mejilla apoyada en su espalda y unos brazos que le rodeaban.

-Es la primera vez en mucho tiempo que disfruto de los rayos del sol, ¿sabes? -le dijo. Se sorprendió por el extraño eco que percibió en su propia voz, profunda, todavía, pero que sonaba diferente, como si la falta de costumbre y la ausencia de uso la hubieran oxidando.

Al volverse vio su rostro, brillante como siempre, luminoso como el sol. Porque ella ya era el sol de su universo. Sintió los dedos de ella deslizarse por su pecho y, por toda respuesta, la abrazó con todo su ser, disfrutando del cálido contacto de su cuerpo desnuda y del roce de sus pezones de fresa contra su todavía pálido pecho. Entonces sus bocas se encontraron, lentamente y sin prisas, y sus lenguas comenzaron la intrincada danza que llevaban cinco noches ensayando.

Retrocedieron hasta la cama y de nuevo procedieron a amarse sin prisas, empapando de placer y de gozo las sábanas que cubrían el lecho. Era tocar el cielo una y otra vez.

Se quedó dormido en los brazos de ella, que lo acunó como a un bebé, sintiendo aún la embriaguez que la producían sus abrazos y hacía que todo su cuerpo se volviera pesado y, a la vez, ingrávido.

Cuando se despertó ella ya se había ido. En la mano notó algo extraño, como su unos labios invisibles estuvieran besando su palma. Sonrió al comprender. Una parte de ella viviría para siempre en él como un pedacito de él viajara con ella en su interior. Entonces lo vio. Sobre la almohada.

Observó con deleite sus formas rojas, sencillas y puras. Con cuidado sostuvo aquella pequeña joya entre sus dedos y la observó con fruición.

Nunca antes había visto una cereza más hermosa que aquella.

Entonces él supo que ella pronto volvería a la villa costera. Y a él.

En realidad, nunca se fue.

The end…

…of the beginning.

Regalo de despedida (3ª Parte)

9 febrero, 2012

No pudo recordar cómo surgió la idea, ni cómo llegaron a su casa. Incluso el camino de vuelto, por aquellas calles eternas e inmemoriales había sido diferente, pues la oscuridad de la noche se había iluminado por una luz inexplicable que parecía brotar de ella. Incluso hacía menos frío.

La casa tenía un inconfundible aspecto de fortaleza medieval con sus altos muros de piedra, gruesos como los de castillo y altos como los de una catedral gótica, con sus arcos y bóvedas de crucería perdidos en la oscuridad que moraba en el techo. Los largos pasillos y las desiertas habitaciones estaban repletas de estanterías, cortinas, muebles y libros, muchos libros. Eran centenares, miles, de todas las materias, desperdigados como gatos sin patas por encima de las mesas, de los sofás, incluso en el suelo, formando altas columnas. Al llegar al salón, tan gigantesco que podría haber alojado a la Mesa Redonda de la Catedral de Winchester y al edificio entero, él no pudo per menos que lamentar que el caos de la casa, que se contrastaba con el pulcro orden de aquella inmensa habitación, presidida por una larga mesa de madera maciza. Estaba también sumida en la oscuridad, pues largos cortinajes pendían desde el techo y, cayendo verticales como la lluvia, barraban el paso a la luz del sol.

Ella se movió, dejando algo en una de las sillas y él percibió el gesto levemente. Se volvió a mirarla y sus ojos se encontraron de nuevo. Desde la playa que no lo hacían y él sintió en su vientre una añoranza que le ahogaba, que amenazaba con robarle las palabras. Al verla junto a él sintió miedo. Temió que ella se marchara y lo dejara allí, en aquel desierto de soledad, en su mazmorra de altos muros. Entonces se dio cuenta de que sus manos todavía seguían entrelazadas y de la ternura que manaba como un torrente desde el rostro de ella.

Entonces su mano lo tocó.

Al sentir el suave roce de aquellos dedos de rosa se estremeció. Un huracán recorrió su cuerpo y, tras un instante interminable, todo su ser tembló. Una solitaria lágrima brilló como un diamante en uno de sus ojos antes de rodar mejilla abajo. Ella le sonrió y entonces sendas notas de color fueron apareciendo en sus mejillas hasta dotar de vida a toda la cara, que por tantos años había permanecido fría e inmóvil. Entonces el frío empezó a retroceder. Sus ojos negros parecía beber de ella, ansiosos.

Entonces se apartó de ella bruscamente. Se volvió hacia una de las ventanas y miró los largos cortinajes, buscando una respuesta que nunca llegaba de aquellas telas centenarias. Dudó. No supo si aproximarse a ella. Entonces se volvió y la descubrió examinando una de las estanterías, repleta de libros con títulos exóticos. Se acercó con cuidado a ella y, presa de un impulso inexplicable, apartó gentilmente aquella larga y dorada cabellera con su mano y depositó un delicado beso sobre su cuello. Al tocarla, su boca no quiso separarse más de ella y el beso se hizo eterno. Su mano, ya no tan fría, cogió la de ella y así, a ciegas, la condujo por aquellos interminables pasillos hasta una habitación que ardía con un fuego propio que no venía de la apagada chimenea.

Sin saber cómo se encontró desnudo en la cama, con su cabeza perdida entre las largas y esbeltas piernas de ella, mientras sus manos acariciaban sus delicados tobillos y aquellos pies preciosos como joyas. Su boca se apoderó del sexo de ella y la habitación se llenó de cálidos suspiros y tórridos lamentos.

Se besaron y exploraron con carnal lujuria. Sus bocas se exprimieron mútuamente mientras ella lo ceñía con un abrazo asfixiante. Pero él no sentía miedo y la asfixia desaparecía gradualmente, dejando paso a un éxtasis que nunca antes había conocido y que nadie podía igualar. De repente él parecía arder y la abrasaba y entre las piernas de ella una humedad amenazaba con inundar el mundo entero en un nuevo Diluvio.

El deseo le dominaba. No conocía nada de aquel extraña, pero deseaba poseerla y ser su esclavo. Sus ojos se encontraron y vio una sonrisa bailando en aquella mirada franca y despierta. Entonces la penetró. Ella gritó su placer y el eco repitió su éxtasis por los largos pasillos y corredores de la casa, que, por un momento, pareció estremecerse y llenarse con los ecos de los besos que él depositaba en su boca, en su ombligo y en sus pechos de pezón de cereza. Se abrazaron con fuerza y él comenzó a aumentar el ritmo. Ella lo envolvió con sus piernas y lo acogió todavía más adentro, más profundo, mientras él se pegaba más y más a su cuerpo, como si quisiera fundir ambas carnes. Incapaz de hablar, loca de placer, Victoria abrazó con más fuerza a su amante.

De repente aquel cuerpo desnudo, orgulloso y pálido, ya no estaba encima del suyo, sino que habían invertido posiciones y ella lo cabalgaba. Sus manos se apoderaron de aquellos deliciosos y cálidos pechos y los acariciaron dulcemente. Pellizcó con cuidado sus pezones y los amasaba. Se había perdido en una ola de placer que estallaba en su cabeza y moría en sus pies. Las manos abandonaron sus pechos y se posaron en las nalgas. Se miraron, repleto de lujuria, de cariño, de deseo y el orgasmo estalló cuando se besaron de nuevo.

Ella se deslizó por sus piernas y comenzó a lamer su pene, duro y grueso. Le miraba mientras se introducía aquel trozo vigoroso de pasión entre los labios, húmedo de ella sonrió burlona. Pasó la lengua por la base del pene hasta el glande y, con la sonrisa bailando todavía en sus labios, le dijo:

-Mmmm… sabe a mí – Los ojos de él brillaron salvajes, y entre dos gemidos, replicó:
-Dame besos con sabor a ti.

Y sus bocas se unían de nuevo. Luego ella se alzó suavemente y, con un movimiento elegante de sus caderas, lo cabalgó de nuevo.

Siguieron haciendo el amor durante el resto del día, probando posiciones, probando gustos y sabores, explorando sus deseos y caprichos. Entre aquellas cortinas que no permitían el paso de la luz del sol, la noche era interminable, como el deseo de ambos.

Regalo de despedida (2ª parte)

8 febrero, 2012

Al amanecer el tercer día él se vistió con rapidez y bajó a la playa sin seguir sus complicados vericuetos diarios. Se había levantado viento y espesas nubes grises cubrían el cielo, amenazantemente grises con sus vientres preñados de lluvia. Pese a ello él se apresuró todavía más, insensible al aire enfurecido que golpeaba sus castigadas facciones. Pero no se dirigió al espigón, sino que fue a buscarla en la playa. Pero, para su sorpresa, allí no había nadie. Sólo las olas.

Miró desolado la vacía extensión de arena, ajeno al sonido del viento y de las olas. Sentía todo su ser marchitarse de tristeza y el frío crecer a su alrededor. Entonces, cuando notaba la rigidez del invierno apoderarse lentamente de sus músculos y articulaciones, mientras por una razón extraña y oscura sus ojos se llenaban de un líquido elemento que nunca había aflorado a la superficie, entonces miró al espigón. Era una corazonada, un disparo al vacío. Pero ella estaba allí, lejana, como siempre. Sus ojos la devoraron y se descubrió, sorprendido, de que sentía una hambre inmensa por aquella misteriosa mujer. Y, sin ser consciente de ello, la llamó sin abrir los labios, sólo con su mente.

De repente ella se volvió a mirarlo. No podía ser. No podía estar sucediendo. Y, maravilla de las maravillas, ella comenzó a caminar hacia él, que estaba paralizado por el gozo y la sorpresa. De repente supo que los besos de aquella mujer eran más deliciosos que el vino, que su perfume embriagaba al olfato y que su nombre era un aroma que robaba el sentido.

Y, pese a verla avanzar hacia él, no acababa de creer su suerte. Se sentía señalado por sus ojos, su mirada lo sacaba del anonimato. Porque ella lo miraba el frío que vivía con él empezó a fragmentarse y morir. Antes de que fuera consciente de ello sus pies comenzaron a moverse. Sólo se dio cuenta cuando vio que ella cada vez estaba más cerca. Se fijo en su cara. Era un rostro bello por su dulzura, enmarcado en una melena leonina del color del oro viejo, y su boca era tan roja como una amapola sobre una ladera nevada. Su paso era ligero pero seguro y más que caminar, volaba. Toda ella emanaba una luz y una calidez que él encontró perturbadoramente delicioso

Al estar frente a frente los dos se miraron con curiosidad. El calor de ella lo envolvió como un beso. Empezó como una leve oleada de calor que pronto comenzó a creer hasta convertirse en un holocausto de llamas que incendiaba el aire que los rodeaba. El silencio sonoro que los rodeaba sólo era roto por miles de tambores que resonaban a su alrededor. Entonces, él extendió lentamente la mano y acarició la mejilla de ella. El tacto era delicioso, igual que en sus sueños. Era como acariciar el pétalo de una rosa. Entonces temió que ella le apartara la mano al sentir su contacto helado, y tuvo miedo.

Sin embargo, no pasó nada de eso. Ella no apartó la cara, sino que siguió con los ojos fijos en él, bañándolo con la luz de su creciente sonrisa. Y, para sorpresa de él, un calor desconocido comenzó a inundar su cuerpo. Sin saber porqué, sonrió.

Y allí, en mitad de la nada, descubrieron el uno en el otro una singularidad gemela.

Regalo de despedida (1ª Parte)

7 febrero, 2012

Otra vez habían llegado las odiadas vacaciones y el abrasador sol que parecía llenarlo todo con su luz cegadora. Corrió los espesos cortinajes de la casa y se refugió en la fresca oscuridad mientras la ciudad se llenaba con aquellas polillas humanas que las ciudades vomitaban en la costa cada verano, como una nueva plaga. Una vez más el ser humano abandonaba los bosques, esta vez de hormigón y cemento, para lanzarse, como una nueva horda bárbara, sobre las indefensas extensiones de arena. En la oscuridad de la casa su oscuro habitante sonrió para sí. Las legiones hacía tiempo que ya no defendían los limes del imperio, se dijo, harto de hacer bromas que nadie comprendía.

En la cocina se sirvió un café, con los ojos fijos en la ventana que daba a la montaña. Como cada mañana sus ojos recorrieron sus contornos con la misma ternura de unos dedos deslizándose por una cara amada. Con un suspiro melancólico se dio la vuelta y salió de la cocina. Se puso con hastío el abrigo y los guantes y en silencio cruzó el largo pasillo y atravesó el patio cubierto por hojas caídas y que llevaban allí desde el primer otoño de la Creación. Por fin salió a la calle. El sol estaba en lo alto y castigaba con su luz abrasadora la pequeña villa costera, que parecía arder bajo sus rayos.

Se deslizó por callejones estrechos y sombras ardientes, esquivando los charcos de luz que se reflejaban en los lagos de cristal de los escaparates. Caminó por la larga avenida al abrigo de sus árboles, sintiendo, como siempre, que la gente le miraba con extrañeza. ¿Qué importaba que él, en pleno agosto, vistiera como si viviera en lo más crudo del crudo invierno? Ellos no sentían su inmenso frío, que se pegaba a sus huesos como una segunda carne volátil desde hacía demasiado tiempo.

Al llegar a la puerta del Angel, giró hacia la izquierda y continuó su camino por la estrecha calle donde los curtidores habían emplazado sus talleres en los tiempos medievales. Ahora no quedaba nada, salvo un extraño aroma a almizcle que la contaminación moderna todavía no había podido borrar. Todo estaba destinado a pasar, a arder y consumirse para luego desaparecer, se dijo.

Una vez en la playa se abrió paso hasta el espigón para conversar con sus amigas las gaviotas y su vieja enemiga y amante, el mar. Atravesó con rapidez la inflamada extensión de arena ardiente y entrecerró más los ojos al percibir el reflejo del sol en las olas, que rompían ferozmente contra la orilla. No podía entender cómo es que la gente le gustara tanto bañarse en aquel mar cruel.

El tiempo pasó con su monótona languidez. El sol había comenzado su descenso cuando él alzó la cabeza y abandonó sus oscuros pensamientos. La playa había comenzado a vaciarse. Era la hora de irse. Entonces sintió un escalofrío y se volvió. Allí, a la derecha pudo ver una distante y menuda figura que recogía una toalla y la colocaba dentro de su mochila.

La observó con curiosidad, pues le resultaba extraña la gracia de aquella lejana figura, la suavidad de sus movimientos, la belleza de unas facciones que sólo podía imaginar. La vio cargarse la mochila al hombro y emprender su deambular. La brisa golpeaba furiosa el rostro de él, que seguía contemplando intensamente a la chica. De repente, sin saber porqué, sus ojos enviaron una caricia a aquella figura que cada vez se hacía más pequeña en el horizonte. Entonces, a pesar del calor, a pesar de sus ropajes, a pesar de todo, él se estremeció cuando ella se detuvo en el mismo instante que la caricia la alcanzaba. Apartó rápido la mirada y volvió a concentrarla en el distante horizonte, porque estaba seguro de que ella le estaba mirando. Con un escalofrío se levantó y puso camino hacia su casa, situada en la parte elevada de la ciudad, esperando llegar antes de que las primeras estrellas se dibujaran en el cielo.


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