Archive for 31 octubre 2012

Ellos

31 octubre, 2012

Uno de los principales defectos de este blog es que soy muy marcadamente femenicéntrico. Sólo hablo de ellas, diciendo o no sus nombres o sus apodos.

Pues aquí voy a dedicar unas líneas a unos cuantos caballeros que se han ganado mi aprecio. Empiezo:

El dueño de un sofa con ideas propias. Un chico con un gran sentido del humor y estético, sincero, procaz en ocasiones, tremendamente tierno y vulnerable, provocador nato, y muy, muy sensible; en resumen, una joya hecha carne.

El señor del parchís. Poseedor de un ácido sentido del humor que a veces deja mi cinismo en humor de patio de colegio. También posee su lado tierno, por supuesto, y es su humana complejidad lo que hace que me caiga tan bien.

El escapado de una novela de Patrick Rothfuss. Otro estupendo caballero, que aúna el valor esteta y la ternura de los anteriores con un toque vital que lo hace muy propio.

También está él, un capricho de persona, un ser humano que me hace reir con sus ocurrencias y que desde el primer día que le leí me ha caído estupendamente. Sencillo y sin pretensiones de falsa intelectualidad es un pecado perderse sus salidas.

Y por último un fotógrafo que es todo un pájaro de cuidado, pareja de la reina de Saba, para rabia del rey Salomón. Filósofo, cazador de trozos de la vida a golpe de camara y, sobre todo, un elemento de paz y tranquilidad.

En resumen, unos seres humanos maravillosos que me alegro mucho de conocer, aunque sólo sea virtualmente. Me dejo a unos pocos para otra ocasión.

Yours truly,
Jack

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Imaginando

31 octubre, 2012

Cierro los ojos y sueño contigo, recostada en mi sofá, con tus largas piernas estiradas, tu sonrisa desafiante, tu mirada adictiva. Eres adictiva y lo sabes.

Vuelvo a abrirlos y la veo a ella. Su mano se pierde entre sus piernas e imagino como se muerde los labios mientras se acaricia. Como siempre mis ojos se pierden en su ombligo y en su lunar, situado estratégicamente.

Salgo de la habitación para no verla y ahí está ella, otra, diferente, abrazada a un oso, despeinada, sensual, con la sombra de una sonrisa oculta por sus cabellos. Por un segundo casi no la reconozco.

No, así no vamos bien…

Otra ella, tumbada en la cama, piernas separadas sin recato alguno, acariciándose descaradamente, con sus largos cabellos negros cayendo sobre sus hombros

Y por último ella, tumbada boca abajo mirando un disco de Benny Goodman, culo en pompa y tacones. Otra del gremio de la melena suelta…

Luego se preguntan en qué pienso mientras las miro y sonrío…

Yours trully
Jack.

El cambio de hora y otras manías

28 octubre, 2012

Hoy ha cambiado la hora, como cada año por estas fechas. Como siempre tengo una sensación rara por más que el comité de sabios diga que los efectos del cambio de horario serán “mínimos y pasajeros”.

Realmente lo único que realmente me revienta del cambio de horario es que anochece mucho antes. Eso, de pasajero, tiene poco, obviamente. Y de todo lo relacionado con el cambio es lo que peor me sienta. Ver que los días se acortan tiene un efecto negativo para mí. No me gusta, la verdad, me deprime, me sienta mal durante unos días. Si, vale mi mal humor no es eterno. Sí, el efecto en mí es pasajero, pero no porque el problema desaparezca, sino porque al final me resigno a la noche tempranera.

Soy un animal diurno, mira tú por donde. A mis años voy y descubro eso.

Por cierto, ya que hablamos de esta noche de cambios horarios inútiles y moletos, durante estas horas nocturnas y pasadas he descubierto que las temperaturas han bajado bastante -unos cinco grados diría yo- y de manera un tanto brusca. Así que las mantas han empezado a acumularse en mi cama, para gran goce de este tarugo, que disfruta estando bien tapado y calentito. Sí, me gusta el frío pero disfruto más estando calidamente arropado por la calefacción y la ropa.

Soy una contradicción andante.

Es curioso las pequeñas (o no tan pequeñas) cosas que nos alegran y nos enfadan…

Yours truly,
Jack.

Pequeña rosa

26 octubre, 2012

“No me importan tus problemas:
son como los de todos…”

Y el tiempo pasa.

“No me importan tus ansiedades:
no me alimentan y me cansan”

Y el tiempo pasa.

“A la mierda tus ‘te quieros’:
son mentiras que me esclavizan”

Y el tiempo pasa

“No me importan tus temores:
son como los de todos…”

Y el tiempo pasa.

“Ya no hay historia:
tú eres prehistoria”

Y el tiempo pasa.

¿Dónde estás, pequeña rosa
de húmedos pétalos?
¿Dónde están tus besos?

Alégrame, pequeña rosa,
alégrame cuando estoy helado
alégrame, pequeña rosa.

Recuerdos de la adolescencia (III)

20 octubre, 2012

No recuerdo exactamente que fue lo que más me sorprendió, si la pregunta que me hizo o el desconsolador descomunal -a mi modo de ver por aquel entonces- que procedió a sacar de un cajón y a usar sin demasiados preámbulos.

Fue una sensación extraña, lo confieso: estar presenciando y participando de un acto tan íntimo, tan privado y hacerlo en primera fila. Mi vergüenza a la hora de hacer lo propio, es decir, complacerme, con público desapareció como si nunca hubiera existido, lo que no dejó de parecerme, en ese momento, un poco curioso.

Lo importante de aquella experiencia (así como de las siguientes), fue darme cuenta de que la sexualidad femenina era muy diferente a lo que yo había pensado (mi mente calenturienta, que le daba y le da todavía vueltas a todo) y, sobre todo, a la masculina y descubrir que podía quedarme enamorado de un acto, de un gesto, de un gemido y olvidarme de todo. Como por ejemplo de que estaba sentado en el borde de la cama y que por inclinarme demasiado me estampé contra el suelo.

Mi proverbial torpeza, me temo.

Es curioso, pero a lo que me aficioné más, más incluso que aquellas momentos onanistas compartidos, fueron a aquellas escapadas nocturnas a cierto garitos de la ciudad en los que nos colabamos de mil coloristas maneras, ya fuera mediante las escaleras de incendios, aprovechando el barullo o de otras maneras menos dignas si cabe. A veces eran sesiones de jazz, otras simplemente lugares cargados de humo de tabaco -o de algo similar-, oscuridad y calor, en los que la gente se apretaba los unos contra las otras y ella, sentada a mi lado, lo contemplaba todo con una sonrisa maliciosa que nunca conseguí descifrar. A veces, en esos momentos en los que su mente estaba ligeramente perlada de sudor y sus ojos se cerraban para sumirse en un trance lejano y misterioso, me cogía de la mano, aprentandola en unas ocasiones, acariciandola en otras, hasta que un día se levantó languidamente y, sin soltarme de la mano, se dirigió al lavabo para, como ella dijo en su momento, “quitarse el calor”.

Pero lo que más me gustaba y desconcertaban a la vez eran esas escapadas en las que se vestía androginamente. Guardaba un cierto parecido con Boy George, estéticamente hablando, sin perder su toque femenino sin embargo. La de líos y malentendidos que aquella costumbre suya nos provocaron…

Pero qué bien le sentaban los vaqueros, por cierto. Que culito…

Adiós, Mr. G, adiós.

15 octubre, 2012

Esto es una tontería que me tiene muy feliz. Ayer desapareció de mi vida (espero que definitivamente) alguien que en los últimos meses ha sido una desagradable molestia (sí, Victoria, ÉSE en el que estás pensando). Lo hizo por la puerta de atrás, escapando, para jolgorio de los que nos alegramos de su huída (es increíble la facilidad con la que esa persona cae mal).

Por eso, simplemente por eso, escribo esta entrada, porque me he quitado un puñetero PESADO de encima y para que quede constancia.

Que tenga tanta paz como la que me deja.

Yours trully,
Jack.

Twitter y yo

13 octubre, 2012

Tengo una cuenta de twitetr desde hace varios meses y, la verdad, rara vez la uso. La ojeo de tarde en tarde o de mes en mes y no creo que pase mucho tiempo ahí. La verdad, no me es útil -no me tireis piedras los que sí le sacais provecho, yo soy una rara avis…

También es cierto que aquellos que me metieron en ese mundo lo han abandonado todavía con mayor rapidez si cabe (cabrones, mira que dejarme solo ante el peligro…). La verdad -siendo como yo soy de puñetero y quejica, esto no podía tardar en llegar- es que le veía dos problemas: por un lado verme involucrado en conversaciones que ni me iban ni me venían, que no sabía dónde comenzaban ni cuál era su hilo conductor.

Por otro, estaba el complejo de ser un raro en la manada. “Pancho, Pincho, Chorbito, Chonchi y Choni están siguiendo a X”. Pos fale, pos mú bien, pos m’alegro. ¿Y? Posiblemente haya gente que le saque partido y a la que Twitter le resulte útil. No lo discuto. A mí no. Como diría aquel, “yo he venido a hablar de mi Twitter”. Al menos una cosa positiva si tiene: me permite hacer el vándalo y soltar alguna burrada de vez en cuando. Y ver que diántres dice Ricky Gervais. Sí, soy un poco excéntrico.

Además… 140 caracteres son pocos para mí. Así no descubres si el o la que escribe tiene un hervor o le falta.

Yours truly,
Jack

Recuerdos de la adolescencia (II)

7 octubre, 2012

Sobreviví a la regañina de mi madre y regresé a la terraza las tardes sucesivas, con menos suerte unas veces, con más otras y, para qué negarlo, descubrí los placeres ocultos de la masturbación rememorando su cuerpo. Y, un buen día, dejé de verla. No volvió a subir a la terraza

Desapareció.

El verano siguió su curso. Fue el estío de las pérdidas. Perdí muchas cosas, entre ellas la virginidad, pero esa es otra historia, la mejor de todas de aquella canícula. A esto siguió un periodo complejo de cambios internos y externos que se me acumularon de golpe y que cambiaron mi carácter para siempre.

Y entonces, en pleno invierno, en un sólo día, experimenté lo que era pasar de las puertas del infierno a los verdes campos del Elíseo. Si es que a los viciosos se nos deja meternos ahí.

La jornada había empezado… digamos que la jornada simplemente había empezado. Era un jueves gris, con esas espesas aglomeraciones de nubes que se acumulan en los cielos amenazando lluvia pero que no sueltan ni gota y, de postre, con un viento frío que helaba los huesos. Era uno de esos días, por tanto, que tachamos de asquerosos. Pues para mí lo era y con doble motivo: a primera hora tenía clase de música, luego sociales y, para acabar de remediarlo, gimnasia al acabar el día.

Odiaba la clase de música porque, cada dos semanas, me tocaba mostrar mi progreso con ese instrumento satánico llamado flauta y este, la verdad, era nulo: era y soy completamente incapaz de hacer que una flauta sonara bien. Y sudaba sangre teniendo que demostrarlo cada semana pues mi profesor no parecía comprender que yo era una nulidad musical. En resumen, que una de cada dos semanas las pasaba putas. Luego venía la clase de sociales y ese SI era un problema: la profesora, doña Aurora, y yo nos odiábamos cordialmente. Aquel día los hados me la jugaron. Yo estaba de malas porque me había tocado pasar diez malos minutos con la dichosa flauta. Doña Aurora venía de malas porque llovía y el reuma le torturaba las articulaciones. Así que cuando ella cometió un error con las fechas, yo se lo comenté de manera poco diplomática (si le hubiera metido un melón a presión por la oreja no se hubiera molestado tanto). En fin, que acabé en el despacho del director.

Así que me encontré castigado, para varias, a pesar que ya no era un crío, y opté por quitarme de en medio. Me fui a la terraza a leer. No es que no pudiera hacerlo en mi cuarto, pero en la terraza gozaba de una mayor libertad. Además, la sensación del aire frío vivifica mi espíritu. Y allí estaba yo cuando apareció la pelirroja, esta vez vestida y escuchando música. Bailaba y capturó mi atención. Giraba y giraba y giraba y, en uno de esos vaivenes, desapareció de mi vista. Me incliné para verla y entonces la gravedad me jugó una mala pasada: perdí el equilibrio y aterricé encima de ella. Inauguraba una nueva etapa en mi vida. Si antes era capaz de caerme de la manera más tonta, a partir de entonces lo haría con público.

Fue un trompazo considerable. Al abrir los ojos vi los suyos, que me miraban bizqueando mientras se preguntaba quien diantres era yo. Yo sólo era consciente de que tenía su cuerpo justo debajo del mío. Así fue nuestra primera “toma de contacto”. Curiosamente acabamos hablando y, a pesar de que yo era un crío, ella vio en mí algo que merecía la pena. O eso o tanto leer a Sade le había afectado el sentido del humor.

Sí, con ella descubrí a Sade, que luego conocería más o menos a fondo en la universidad. Pero ella fue la que me presentó al divino marqués. De manera poco convencional y muy, muy “esotérica”, como luego lo clasificaría el corrector de mis trabajos “sádicos”, pero lo hizo. Aquella misma tarde en la que hablamos por primera vez acabé en la cama haciendo un trío literario con ella y otra dama muy especial.

Lo recuerdo perfectamente.

Sentados en su cama en aquella buhardilla que era habitación, cocina, salón y despensa a la vez mientras Juliette Gréco cantaba “Déshabillez-moi”, me presentó a “Justine”. Confieso que no me enteré de gran cosa. Tan pronto me hice a la idea de que estaba a solas con una chica (que fuera mayor que yo sólo lo hacía más interesante) mi mente empezó a divagar y mis ojos a espiar su cuerpo. Ella se dio perfecta cuenta, pero ni me llamó la atención ni nada, simplemente continuó leyendo al marqués.

Me llamó la atención su boca, que me pareció muy pequeña y muy roja; su cara afilada coronada su melena, leonina y su risa, breve y juguetona, que parecía escaparse a pesar suyo de unos labios que apenas se movían al hablar. Que se vistiera con aun casaca que parecía salida de “Barry Lyndon” sólo añadía más desconcertante encanto a aquella extraña figura. Lo más remarcable de aquel rostro, bello, eran unos ojos enormes, negros, inquietos, enrejados tras unas largas pestañas, y que rara vez me miraron directamente en aquella primera ocasión.

Al final me acabé fijando en sus esbeltas piernas. Cubiertas por unos ceñidos leotardos blancos se escapaban interminables de aquella casaca azul y estaban recogidas debajo del cuerpo en un gesto que me pareció más protector que cómodo. Y, mientras escuchaba las desventuras de Justine y dejaba escapar algún comentario que le provocaba alguna fugaz sonrisa, me fijé en como su ombligo emergía de debajo de la casaca y la blusa blanca cada vez que ella cambiaba de posición.

Entonces me hizo la pregunta que menos me hubiera podido esperar.

Cerrando el libro dejó escapar un suspiro, cambiño la posición de su cuerpo, se desperezó y, mirandome a los ojos, me espetó a quemarropa:

-Me apetece masturbarme. ¿A ti también?

Recuerdos de la adolescencia

6 octubre, 2012

-¿Te acuerdas? – me dijo.

Me puse las gafas (como si eso fuera a mejorar mi memoria), deslumbrado por los pocos rayos del sol que entraban por la ventana y fruncí el ceño. La voz había surgido de debajo de las sábanas y yo sólo veía un flequillo pelirrojo. Por unos segundos pensé que lo había soñado.

-¿Te acuerdas sí o no? – repitió, apartando un poco las sábanas y mirándome con curiosidad. Sus ojos negros brillaban en el contraste de sus mejillas sonrosadas y su pálida frente.

Me deslicé por entre las ropas de la cama para acercarme a ella y coger su mano.

-Hay muchas cosas en mi cabeza, bastantes recuerdos y peripecias, así que se agradecería una ayuda -dije, rindiéndome a la evidencia.

Sus ojos se entreabrieron un instante y su cara reflejó una sorpresa considerable. Me examinó con rapidez y luego, acariciando mi mejilla, susurró:

-Tú tenías quince abriles en canal.

Por un segundo confieso que, por mi vida, no tenía ni idea de qué narices pintaba aquella referencia a Sabina, porque, después de todo, yo soy de marzo. Mis dedos jugaron con su flequillo despeinado y, cuando mis ojos descendían por su cuello en pos de sus senos medio tapados por la sábana, entonces me vino la inspiración.

-Yo tenía quince abriles en canal y tú ibas camino de tu vigésimo séptimo septiembre.

Sonrió al ver que recordaba. Allí estabamos, yo pisando los cuarenta y ella un poco por encima de los cincuenta, en la cama, como casi medio siglo atrás.

Lo cierto es que todo pasó por culpa de un partido de fútbol con mis amigos, que terminó antes de lo esperado por culpa de que alguien coló la pelota, que terminó por entrar por la ventana de la casa de doña Teresa y, por muy joven y muy arrojado que uno fuera a esos años -y yo a esas cualidades añadía una gran habilidad para meterme en líos que todavía no me ha abandonado-, no había muchacho en mi barrio que tuviera los arrestos necesarios para plantarle cara a la arpía de doña Teresa (yo no, desde luego, que uno era temerario pero no suicida). Así que cuando se escuchó el primer berrido al aterrizar la pelota donde fuera que lo hizo, salimos disparados en todas las direcciones del viento antes de que la señora se asomara por la ventana para tomar nota de nuestras caras. Que al final se sabría que habíamos sido nosotros, pero maldita sea la gana que un servidor tenía en ese momento de facilitar las gestiones. Ya tendría tiempo mi madre en suponer, acertadamente, que yo había estado metido en el lío de alguna manera.

En fin, que salí disparado con la mayor rapidez que pude y volé de camino a casa. Como aquel edificio adolecía de ascensor y yo vivía en un quinto piso tuve tiempo para pensar en lo que se avecinaba mientras trepaba y mi resuello se desvanecía. Cierto era que yo no había chutado la pelota, pero también era veraz e innegable que estaba jugando en un lugar que teníamos prohibido. En resumen, que aunque mi culpa era menor, de un buen broncazo no me libraba nadie. Así que, resignado a lo inevitable, opté por retrasar tal evento cuanto más tiempo posible.

Por ello seguí trepando, escaleras arriba, y me fui a la terraza que coronaba aquel adusto edificio, dos pisos más arriba. Total, unos escalones más o menos no importaban a esas alturas. Así que, una vez en la terraza, me senté en mi rincón favorito y me puse a reflexionar sobre mi futuro a cortísimo plazo. La bronca la imaginaba, como también las repercusiones. Mi madre me impondría un castigo justo, pero no me apetecía escuchar su regañina, porque sabía de sobra lo que me diría y no tenía excusa para librarme. Tampoco me apetecía retrasar demasiado lo inevitable, pues me arriesgaba a que mi padre llegara del trabajo y se enterara del desaguisado y, mal me está decirlo, dado que Dios no había dotado a mi progenitor con un sentido de la justicia demasiado equilibrado ni demasiado adecuado, más me valía encontrar el momento justo para retornar sin que él pudiera meter baza en el trasiego que se me venía encima.

Así que allí estaba yo, sentado, con la barbilla apoyada en las rodillas y pensando en la que se me iba a venir encima cuando algo me borró esos pensamientos de un golpe. Aquella terraza era compartida por dos escaleras de pisos y estaba separada por un pequeño muro que era muy fácil de saltar. Era, además, un lugar que siempre estaba bañado por el sol y que yo siempre recuerdo tapizado por la ropa tendida en interminables cuerdas. Aquel día, curiosamente, la terraza estaba bastante vacía. Ni palomas había, sólo este gaznápiro.

Perdido en mis reflexiones me caí del guindo al escuchar como se abría la puerta que comunicaba a la otra escalera con la terraza y vi aparecer a una chica pelirroja, con el cabello corto como el de un chico y que llevaba una toalla debajo del brazo. Antes de que pudiera hacerme una idea de lo que estaba viendo, ella se quedó tan desnuda como al nacer y, en un abrir y cerrar de ojos, se tumbó sobre la toalla, dispuesta a darse un baño de sol.

No era la primera vez que veía a una mujer desnuda, pero sí la primera que no era de mi familia, así que me quedé fascinado al observar a aquellos breves y sensuales senos, la tersa espalda, las dulces nalgas, el plano vientre y aquel pequeño bosque que crecía entre sus piernas. Noté, como no podía ser de otra manera, un escalofrío que empezaba en mi cogote y moría entre mis piernas mientras la dama seguía allí, tan gloriosamente desnuda que era un pecado no mirarla

En ese momento escuché a mi madre gritar mi nombre. Por el tono supe ipso facto que su llamada no admitía retraso alguno y que me iba a caer con todo el equipo (¡y nunca mejor dicho!). Me encontraba dividido entre seguir emborrachándome con aquella espléndida desnudez y el acudir a la llamada. Así que, con un último vistazo a aquel hermoso ser, me puse en camino sabiendo que, tras espiar el paraíso, me iba de camino a limpiar las calderas de Pedro Botero a pan y agua y sin remisión de condena por buena conducta.

Poco sabía yo lo que se me venía encima.

Desconcierto

3 octubre, 2012

A veces me desconcierto. Hoy mismo, sin ir más lejos.

Como todo ser humano de vez en cuando recibo una mala noticia, me llevo un chasco o sufro una decepción. Hace unos días estaba realmente furioso porque alguien a quien consideraba una amiga había cambiado de pensamiento de una manera tan incongruente que me resultaba imposible de comprender y sólo me dejaba una opción: o mentía ahora o me había mentido antes. Pero mentía. Eso o no tiene criterio, y no sé que es peor.

Pues bien, una cuestión tan nímia como esa me sacó de mis casillas. Me enfureció. Si, será porque me fastidia que me mientan. Manías tontas que uno tiene.

Sin embargo, cuando Victoria escribió su última (mejor dicho, la penúltima; la última es la que no escribe ninguno de sus protagonistas, sino el tiempo a modo de epílogo) página en mi libro, no me enfurecí ni la odié como ella (ay, mi querida Lilith…) se temía. No. Lo encajé como lo que era, lo asumí y escribí la parte que me correspondía. Por supuesto que fue algo triste, pero, como ella misma decía, era la conclusión lógica. Será tal vez porque ella me había dado tanto y tantísimo que no puedo odiarla. Será tal vez que era lo que tocaba y que era lo mejor para los dos. Era lo que ella necesitaba, y punto.

Hoy me ha pasado lo mismo. Una perdida (menor por un lado, mayor por otro), un pasar página y convertirse en otra cosa. Y, de nuevo, esa sangre fría de verlo, encajarlo y seguir adelante. Quizás porque ha sido más breve y menos íntima (a pesar de cierta carnalidad compartida). No lo sé.

Sí, a veces esta sangre fría mía me desconcierta. Me asusta.

Yours truly,
Jack.


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