La maldad

Para que la maldad florezca, sólo hace falta que la gente buena no haga nada. (Edmund Burke).

Tan simple como eso. Tenemos cientos de ejemplos de maldad campando por sus respetos sin que nadie haga hasta que resulta demasiado tarde.

Es como si una parte de nuestra naturaleza se volviera estúpida o suicida y nos lleva a negar, o a ignorar, las experiencias vividas por generaciones anteriores.

Me niego a aceptar, como algunos relativistas proponen, que no hay un claro concepto de maldad y, ante la duda, no actúan. No nos podemos detener en discusiones bizantinas cuando vemos lo que pasa a nuestro alrededor.

Como esta reflexión, por ejemplo.

Lo cierto es que el mal goza de muy buena prensa últimamente. Le hemos quitado importancia, ya no hay ni buenos ni malos, sólo gente “inadaptada” o “con problemas sociales” o, más comunmente “que no están en sus cabales”.

Para volverse loco.

Mientras tanto, los pobres se mueren de hambre, los poderosos abusan de sus privilegios y nadie sabe a qué carta cogerse porque, o están ocupados mirando la MTV o en ir al cine con los cuatro cuartos que les quedan tras la debacle de la crisis, que, por cierto, ya la solucionará otro.

Desbarro, probablemente.

Juraria, de todos modos, que la idea de progreso indefinido quedó en la picota después de 1918 y fue rematada en 1945 y las décadas suguientes.

El mal. El mal no es ese concepto abstracto, no hay un diablo metafísico que ande por sus esotéricos respetos y nosotros, pobres mortales, estamos a su merced.

Mal que le pese a un@s, todavía tenemos capacidad de decisión y somos dueñ@s de nuestr@s destinos. Con juntar las manos y rezar no va a solucionarse el problema. La gracia divina no sirve de nada si el que la recibe no está dispuesto a reaccionar.

La pasividad, por tanto, y la de los buenos, en concreto, es lo que hace posible el estado de cosas. La apatía, la falta de interés, el egocentrismo que nos mueve. Sí, ceder ante la tentación es más fácil que combatirla, igual que dejarse llevar por la corriente que nadar contra ella. Por eso hace falta una fortaleza de espíritu para poder actuar y poner fin a este lamentable estado de cosas.

Pero ahora nos quedamos con ese concepto despreciable y falso de ser «bienpensantes», un patrón artificial. No, no es suficiente, hay que ser buenos de verdad.

La cuestión final es ¿cuánta bondad, verdadera bondad, hay en el mundo? ¿Quién puede afirmar de sí mism@ que es bueno, realmente bueno? ¿Queda bondad en el mundo?

Yours truly,
Jack

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