Soñando en la playa

Hace mucho, tal vez demasiado, que mi fantasía no alumbra un relato de los míos. Es hora de rectificar ese fallo.

Nos fuimos en su coche hasta aquella cala que tanto le gusta. La mar estaba maravillosa y la luna lucía en todo su esplendor, transformando las aguas en un espejo bruñido, de manera que yo tenía el poeta subido y no había quien me callara más que a besos (una treta deleznable, lo reconozco…). Paseamos los dos por la arena húmeda, hablando, riendo, bromeando, chapoteando ambos, ella como una sirena, yo como un oso panda desubicado.

No me cansaba de contemplarla, plateada y maravillosamente fantasmal bajo la luz de la luna. Al acabarse la playa nos sentamos en unas rocas, observando la mar, que estaba muy quieta. Apenas rozaban sus olas la costa. De pronto sentí un calor en el pecho que me abrasaba y la abracé. Tras besarla suavemente, le susurré al oído:

-Me vuelves loco -sus ojos brillaban en la oscuridad y yo sentía esa inexplicable sensación de euforia, de loca alegría, en una palabra, de inmortalidad pasajera, que me hace ser capaz de las mejores y de las peores proezas.

Se apretó contra mí mientras me abrasaba con sus labios. Nos desnudamos con febril urgencia y empezamos a repartirnos besos por nuestras geografías. Acabamos revolcándonos en la arena. Ella gemía yo besaba. Ardía de locura. Apreté sus pechos y su culo con un avidez que me incendiaba; ya no eran caricias, sino apretones brutales, casi zarpazos, pero que nos ponían más calientes que cualquier caricia.

Me separé de ella para recuperar el aliento y la miré. Su hermosura brillaba en la noche más que las estrellas, más que la luna, más que todo el universo. Su sexo ardía en la noche. Lo besé, hambriento, quería devorarlo. Su coño chorreaba agua con cada embestida del mar y mi lengua navegaba por mares internos que ningún explorador volvería a conocer. Ella se levantó de pronto y corrió hacia las tímidas aguas, procelosas ellas como las del poema y tal. Desnuda, bajo la luna, era una diosa. Yo no tardé en seguirla. La alcancé y acabamos resbalando, con mi inestimable colaboración como patoso cum laude.

Tumbados en la arena me puse encima de ella sin pensarlo y le clavé la polla de inmediato en su mar de Mármara, que me acogió con el más cruel oleaje, con el más dulce furor, en una palabra, atrapóme. Ella chillaba con una fiera y yo escuchaba mis propios jadeos y gruñidos, ecos fantasmales de otro tiempo y otro lugar. Los orgasmos se sucedieron y nos encontramos mezclados, abrazados, arañados, ceñido yo a ella, entrelazados en intimos y dulcisimos abrazos. Mi boca volaba de sus senos dorados a su boca, que se llenó de la sal que su sexo había dejado en mis labios. Mi pene no conocía final ni principio, en uno de esos extraños momentos priapiticos que me suceden cada mil años y un día, y así aguanté hasta que se impuso la Naturaleza y quedé rendido entre sus muslos, con su pezón de terciopelo acariciando mis pestañas y su ombligo arañando el mío.

PD: Tú, que estás en la playa. No, no pensaba en tí cuando escribí esto originalmente. Ahora, mientras lo edito… no estoy tan seguro…

Yours truly,
Jack.

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5 comentarios to “Soñando en la playa”

  1. adorablei Says:

    Soy una amante de la luna, el texto pues bueno, es algo “vainilla” pero la luna entre medias le cede algunos puntos.

    I

    • jackchatterley Says:

      Prometo mejorar, Adorablei, y dejar la “vainilla” para los helados ;). Gracias por la visita y el comentario!

  2. Eva Gina Says:

    Me gustan los toques de humor que le has dado 😉

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