Archive for 30 septiembre 2013

El ascensor (III parte)

30 septiembre, 2013

Allí estaba ella, furiosa cual diosa de la venganza, bellísima cual Venus rediviva, y con más mala leche en el cuerpo que un sargento chusquero. Mi primer pensamiento coherente fue “adios muchachos, compañeros de la vida…” y el segundo “fue un placer, camarada“. Por eso cuando me empujó y me encontré tumbado en el suelo no me sorprendí mucho. De hecho me entraron ganas de silbar “El novio de la muerte” pues juzgué que me faltaban cinco minutos para abandonar este mundo.

Ella, con toda la calma del mundo, se sentó en el sofá de la entrada y me dijo, muy tranquila:

-Me has llamado puta.

-Sí -exclamé yo, en pleno ataque de heroísmo- pero es que te he confundido con mi prima, la del pueblo.

Sonrió maliciosa, mientras encendía un cigarrillo y yo me maravillaba de la estupidísima frase que acababan de soltar mis labios. “¿Mi prima la del pueblo?“.

-Me has llamado puta -repitió con el mismo aire de señorita Rotteneyer con dos globos aerostáticos debajo de la blusa. Juraría que estaba saboreando la palabra y que se relamía de gusto. De repente, se puso de pie y, colocando sus piernas a cada lado de mi cara, me miró con unos ojos que no olvidaré nunca y prosiguió – las putas hacen putadas.

Y tras esta frase digna de un Forrest Gump escatológico, metió la mano izquierda debajo de su falda y, mientras dejaba caer en mi cara algo de ceniza del cigarro que sostenía en la derecha, me mostró fugazmente un glorioso pedazo de su sexo… del que brotó una lluvia dorada que me hizo acordarme de Pablo Carbonell.

(Y de todos sus muertos, por cierto).

¡Me estaba orinando encima la muy cabrona!

Era una sensación curiosa, refrescante y nada humillante, estar ahí debajo, con todo su sexo casi a la vista y diluviando sobre mi cara. Una vez hubo saciado sus ganas, procedió a colocarse la tela en su sitio (“me gusta el frescor que deja”, me contó, sonriendo con sorna), y se dio la vuelta, mostrandome su culo respingón y su expresión burlona.

Y yo en el suelo, recién meado.

Me había enamorado perdidamente de aquella guarra.

Pero se iba. Me dejaba. Me abandonaba en mitad de aquel lago inmundo que olía a rosas de pitiminí. ¿Iba a permitirselo? ¿Dejaría que se fuera?¡Y una mierda!

Me abalancé sobre ella y la estampé contra la puerta, más por obra del impulso que por un sentimiento agresivo mío. Simplemente calculé mal las distancias y la fuerza de mi empuje. Ella, tras lanzar un sonido inarticulado, se desplomó como herida por un rayo, con la nariz colorada tras frenar bruscamente contra la maciza puerta. Y allí me encontré yo, un homo erectus, con la dama derrumbada sobre el sofá, su falda arremangada por encima de sus caderas y el culo en pompa.

Obviamente, no podía perder la ocasión.

Ojalá me hubiera puesto a jugar al parchís en lugar de hacer eso…

(continuará)

Yours truly,
Jack

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Diario de una mujer pública, de Valérie Tasso

28 septiembre, 2013

Escrito a la vez que se publicaba su primer libro, Diario de una mujer pública debería, desde mi punto de vista, haber causado más revuelo que Diario de una ninfúmana. Pero, como es común en este mundo, nos escandalizamos más ante un cuerpo desnudo que frente a una alma inmoral. Cosas veredes, amigo Sancho.

Como decía, este diario retoma la vida de Valérie justo en el momento de la publicación de su primer libro, justo antes del punto de inflexión que cambió radicalmente su vida (un@ podría pensar que sus anteriores experiencias podrían haber sido dicho momento de no retorno, pero realmente no fue el caso). Así, en estas páginas la acompañamos en su progreso hasta convertirse en estrella mediática y los cambios que tal metamorfosis produce en las relaciones de esta maravillosa dama.

Nuevamente Valérie nos explica sus pensamientos e impresiones con ese refrescante humor que la caracteriza. Y realmente hace falta mucho sentido del humor -y sangre fría- para deslizarse por las páginas de este diario, que entra en un mundo verdaderamente sórdido, el de la fama y ese submundo que es la selva mediática, donde todo está a la vista por un precio.

Es verdaderamente agradable penetrar en ese mundo de la mano de Valérie (que por momentos parece una kamikaze decidida a desmontarlo todo), porque, al menos para mí, sin su sentido del humor, sus vivencias, narradas por otra mente menos optimista, vital y humorista, podrían ser una versión muy gore y mediática de Oliver Twist -tenía ganas de meterme con Dickens y no sabía cómo…-. Por sus páginas desfilan presentadores, colaboradores y productores con más o menos luces, más o menos moral -más bien menos-, fiestas, drogas, lujos y espejismos varios, el acoso de admiradores -más o menos pesados- e incluso acosadores que la amenazan de muerte.

(Mi querid@ lector/a… si cuando lees el un flirteo poético-erótico a través del e-mail que Valérie mantiene con R. no te emocionas, te lincho).

Lo más notorio de este libro es la Valérie que se muestra -y he aquí la ironía, el delicioso contrapunto- sin caer en el maniqueísmo absurdo de tratar de dar coherencia o justificar a su personalidad. Ella es así: dura y tierna, resoluta e indecisa, frágil y devastadora, inocente y rupturista. Deliciosa siempre.

Una vez más me quedo con la sensación de que Valérie no busca que la analizemos, comprendamos o felicitemos. Simplemente expone las cosas como las ve, desde su punto de vista ético y moral y sin morderse la lengua. Valérie explorar sus sentimientos más íntimos al acceder a un mundo nuevo, el de la vida pública, y reflexiona sobre la dicotomía persona/personaje. ¿Dónde empieza uno y termina el otro?

Yours truly,
Jack.

El ascensor (II parte)

25 septiembre, 2013

Lado a lado, nuestro protagonista temblaba al tener a la vecina de sus sudores al lado. Ella, enfundada en su traje negro, con falda por encima de la rodilla, collar de oro fino al cuello, enmarcado su perfil por su discreto a la par que generoso escote y encumbrada su terrible humanidad en unos tacones de vértigo, miraba al frente mientras sus pechos se bamboleaban alegremente con las sacudidas del ascensor.

“¿Llevará sujetador?” se preguntaba él, lleno de sabiduría masculina. Miraba al techo, disimulando tan mal como todos los hombres tontos del culo saben hacer.

“¿Se dará cuenta de que la estoy mirando?” añadía, tan estúpidamente tímido como siempre. Se moría de ganas por meterle de todo menos miedo a la vecina, pero, logicamente, no osaba.

El ascensor seguía subiendo y subiendo. Nada pasaba. Ella se puso a juguetear con el móvil, con aire distraído. Entre dientes silbaba una canción. A él le pareció que el escote se le había agrandado y que sus pechos amenazaban con salirsele fuera.

Una gota de sudor corrió por su rostro.

-¿Qué pasa? ¿Eres maricón? Lo parece. Con estas tetazas que tengo y todavía no me has clavado tu enorme polla, con lo cachonda que estoy… que ya no tengo una vagina, que lo mío es un lago, cabrito, mira como me tienes de loca… mariconazo… Que decepción.

Él cerró los ojos y volvió a abrirlos. Ella seguía ocupada con su movil. Nadie había hablado. Maldijo entre dientes su imaginación machista y chauvinista y se preparó para bajarse cuando llegaran a su piso. El ascensor frenó, las puertas se abrieron con un crujido y él, a su pesar, salió del piso. Murmuró entre dientes “hasta luego”. Ella ni levantó la mirada del móvil. Antes de que se cerraran las puertas, él añadió para sus adentros “so puta”.

Entonces, la hijaputa del quinto hizo algo sorprendente. Levantó la mirada sorprendida y exclamó, con sus ojazos muy abiertos y una considerable cara de pasmo:

-¿Qué has dicho?

Las puertas se cerraron y el ascensor retomó su camino.

“Dios” se dijo. “Me ha oido”. El corazón le palpitaba.

“Dios” se repitió. “Me mata” La entrepierna también le palpitaba.

“Me mata o algo peor”. Mientras se daba la vuelta y apresuraba el paso hacia su piso, nuestro calenterro aunque cobarde protagonista, escuchó con pavorosa claridez como el ascensor se paraba en el quinto, se abrían las puertas y una voz completamente hijoputística rugía a pleno pulmón:

-¿QUÉ COJONES HAS DICHO, PEDAZO DE CABRITO?

Pegó un portazo y, mientras dudaba entre santiguarse y llamar a la policía, nuestro prota empezó a morirse de miedo. Al mirar hacia abajo, se sorprendió al descubrirse erecto.

“¿Ahora? ¿Ahora despiertas, desgraciado trozo de carne?”

El violento aporrear de un puño furioso en su puerta le devolvió a la realidad. Erecto, acojonado, se giró hacia la puerta y, extendiendo la mano, se dijo:

-Esto va a doler… joder que sí…

(continuará…)

Yours truly,
Jack.

El ascensor (I parte)

23 septiembre, 2013

No es mi día.

Y encima es lunes. Camino presuroso hacia la entrada de metro. Es uno de esos malditos días de otoño en el que llueve a mares. No, no llueve. Simplemente el cielo se vacía sobre mi cabeza y yo no llevo paraguas.

Arranco en una estúpida carrera, intentando no atropellar a nadie ni resbalar en un charco de agua. Me meto a trancas y barrancas por la boca de metro. Dios, por fin un lugar seco. Barcelona es lo que tiene, que o te asas o te empapas… ¡Mierdajoderhostia! Me he dejado el móvil en casa.

A buscarlo.

No es mi día.

Nuestro protagonista corre de portal en portal, buscando refugio debajo de los balcones y de los toldos de las cafeterías. Pero el paseo de la Bonanova no es precisamente un lugar que preste mucho refugio. Ni mucho ni poco, simplemente no presta. Y él se va calando. Por fin llega a su puerta, llave en mano, empapado como un pollo, y entra, tras pelearse con la cerradura. Goteando como un bendito, se va hacia el ascensor.

Y allí está ella.

La del quinto primera.

Su vecina. Dando orígen a unas piernas más largas que un día sin pan el mejor culo al sur del Tibidabo. La lengua más viperina de toda Barcelona metida dentro de la boca más deseable de toda Europa. La mirada más golfa, la sonrisa más ladina, la mujer más bella e irresistible. La diosa con más mala baba que un becerro de capea. Dos pechos que prometen el cielo y dos manos que aseguran media docena de hostias por minuto.

Ella levanta la vista, lo ve y sonríe como sólo puede sonreir una hijaputa de su calibre. Nuestro protagonista la mira, tiembla y, tras un breve instante, sonríe como sólo puede sonreir un grandísimo gilipollas como él, el pelo humedo pegado a la cara, las gafas empañadas, la gabardina chorreando agua. Y allí está él, mojado de arriba a abajo. Ella, pijísima, de Prada y oro, se lo mira con la misma cara que la tigresa que va a devorar al tonto de Bambi.

En lo alto, entre las nubes, los dioses se carcajean.

Abajo, mientras afuera diluvia, el ascensor llega a la planta baja, las puertas se abren y los dos entran en la estrecha cabina.

continuará…

yours truly
Jack

Sabré cada uno de tus secretos‏

22 septiembre, 2013

Cuando descubrí este libro me quedé sorprendido. Por alguna extraña razón de mi absurda mente, no me esperaba una novela de Valérie Tasso. Y cuando lo terminé, estaba maravillado. Me había encontrado con una historia muy bien construída y ricamente escrita. Vamos, que me quedé estupefacto.

La trama de esta novela gira en torno a una multinacional que controla todos los nombramientos importantes del planeta. Por desgracia para su presidente, sus principales directivos son grandes profesiones incapaces de colaborar entre sí soportándose con una calma tensa y con unos secretos inconfesables.

El presidente de la empresa quiere que sus altos cargos colaboren entre ellos y para ello decide reunirlos a todos y desnudarlos de sus secretos para conseguir unirlos de manera indisoluble. Por supuesto, las cosas no terminan como él había previsto.

La autora construye una fascinante alegoría del mundo de las finanzas con personajes conformados por arquetipos de grandes grupos sociales, políticos o religiosos. En ellos se “materializan” todo tipo de deseos, bajas pasiones y malos instintos, sin juicios de valores por parte de la voz narradora -aunque, como en el caso de Juan Villaescusa, quede bastante claro que sus valores no son del agrado de la autora.

Lo que más me gusta de esta historia es el tono perverso, irónico y feroz de la narración, que está muy bien contada. No emite juicios de valores ni se implica. Expone de manera fría y objetiva lo que sucede, a la par que nos ofrece, como en otros libros, inquietas dudas y preguntas sobre nuestra existencia, naturaleza y sociedad, con la elegancia habitual en Valérie.

Quizás el único punto débil es el final, que, aunque puede resultar algo desconcertante, mejora por el “verdadero” final -digamos que verlos todos felices y compenetrados no resultaba creíble desde mi modesto punto de vista.

En resumen, una gran primera novela para una gran escritora.

Yours truly,
Jack

Mi sombra y yo

21 septiembre, 2013

Mi boca unida a otra boca:
para mí fue sólo eso, cosa poca.
No habían probado aún mis labios
el néctar que destilan tus besos,

explosión de latidos
que me rompen en mil pedazos
mi errático corazón
cuando te tengo en mis brazos

Sé muy bien lo que se siente
Una gota de rocío ante la brisa,
Como ella tiembla mi piel,

Pero cuando de mí estás ausente,
cuando de tí no escucho tu risa,
toda mi alma se llena de hiel.

Objetos y sujetos del deseo sexual.

20 septiembre, 2013

Una de esas ideas tontas que me vienen por la mente de vez en cuando…

El sexo no sólo sirve para reproducirnos. Esta perogrullada viene a cuento de mi sorprendido descubrimiento de hace unos días: hay gente que no acaba de concebir que el sexo también sirve para otras funciones o que la reproducción se puede hacer in vitro o por inseminación artificial.

Eso me hizo pensar -con eso de que es gratis, no duele y tal…-:

Dejando de lado los estereotipos y la gente que no se entera, es indiscutible que no hacen falta dos para disfrutar del sexo, aunque es mejor la compañía que la soledad para tal fin; que pueden tomar parte personas muy unidas emocionalmente o no, y que también puede tener lugar por motivos de los que no somos conscientes.

¿Qué es lo que hace que encontremos a alguien sexualmente atractivo y que esa persona se convierta en objeto de nuestros deseos? Objeto, que palabra tan fea…

Puede ser matices de género, clase, etnia, cultura, etc. Estas diferencias sociales añaden “picante” a la relación e, incluso, pueden hacer que la relación incluya diversos grados de sumisión y dominación, precisamente por esas mismas diferencias, aunque también por nuestras propias fantasías sexuales (últimamente el tema del BDSM aparece en mis conversaciones con mi pareja, de ahí si este asunto salpica algunos de mis escritos).

Por ejemplo: cuando en una pareja uno de sus componentes toma la iniciativa, entran en juego diversos grados de sumisión y domínio, aunque sólo sea por esos momentos. ¿Pero cómo lo ve y lo experiemnta cada persona? Ah…

Si el hombre penetra, ¿el pene se vuelve un objeto? Si nos fijamos en las películas porno, parece que sí, al menos a mi modesto entender. Dudas, dudas, dudas…

Yours truly,

Patrick

Calor en la nieve

17 septiembre, 2013

Jacqueline me dijo, mientras considerábamos la posibilidad y sensatez de otra colaboración poética de ambos, que tal vez sacaría más partido si sugiriera a Gabrielle, mi musa gala, que intercambiaramos rimas los dos.

Eso me llevó a escribirle ayer un email a mi dama parisina, por ese hábito indecoroso mío de meterme dónde no me llaman. Mi sorpresa fue cuando su réplica comenzó con una curiosa pregunta “escribiendo sobre perversiones… ¿aún tienes aquella mía?“.

Aquella tuya, me dije, saltándome el hecho de que ella me lea, lo que, ya de por sí es bastante sorprendente.

Pues ahí va, Gabrielle. Espero que te guste (si no es el caso, puedes enfadarte y vengarte todo lo que quieras).

Una de mis perversiones más deliciosas tiene que ver con Gabrielle, de la que ya he hablado en páginas precedentes. Ella me fascina desde el día primero en que me crucé con ella, cuando yo era un crío idiota e insolente -como ahora, vamos, pero con algunas canas- y, de los muchos momentos memorables que ella ha dejado en mi vida, sus piernas es uno de esos iconos que venero con gran pasión.

¿Sabes, querida mía, que una de mis más morbosas reflexiones sobre tí te viste de cuero, con ese abrigo breve tan ceñido que tan maravillosamente te sienta, esas botas negras hasta la rodilla, en fin, con ese aire tan fatalmente semi bdsm light con el que a veces flirteas con tanta donosura? Sospecho que sí lo sabes.

Pero lo que no imaginas, ni tú tampoco, querido lector, es que a veces te fantaseo profundamente hermafrodítica, con ese sexo cubierto por tu fino vello pelirrojo, ese pozo del placer que destila miel y, de regalo, con un pene enorme, imposible y voraz, plantado entre tus piernas mientras me miras con esos ojos, tiernamente perversos, antes de apoderarte de mí y, en pocas palabras, dejarme destrozado tras usarme como un juguete viejo y saciar tu lujuria en mi virginal ojete.

Pues sí, a veces fantaseo con eso.

Tú, que tienes tanto de masculino en tu ser como yo de científico en mi cerebro. No me niegues que es hermoso imaginarte de esa manera, con ese trozo de carne inerme entre tus piernas. Te imagino subiendo por las escaleras de tu casa con esos tacones imposibles tuyos -un día te me matas…-, con ese miembro indecoroso luchando por escaparse por debajo de tu falda.

Tú, que me conoces demasiado bien y sabes que bajo esta burlona inseguridad mía se esconde un soberbio arrogante que no se sabe rendir con la frecuencia debida.

¡Pero no, ahí no hay nada más “saliente” que tu clítoris, al que le envío un beso!

Alors, c’est l’histoire d’un fou.

Yours truly,
Jack

Perversiones… ¿realmente son tan, tan, tan perversas?

16 septiembre, 2013

“El deleite de las pequeñas malicias
Nos ahorra más de una gran maldad”

Friedrich Nietzsche

Leyendo esta entrada de uno de mis blogs favoritos Perversiones del ciudadano común. I: Disfraces, de mi estimada Ava, me ha pasado la siguiente reflexión por la cabeza:

Si algo perverso es

(Del lat. perversus).

1. adj. Sumamente malo, que causa daño intencionadamente. U. t. c. s.

o

2. adj. Que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas. U. t. c. s.

…una perversión es algo endemoniadamente malo.

Pero… supongamos que yo fantaseo con emborrachar a la duquesa de Alba y hacerle luego fotos suyas en actitud comprometida con Bambi… ni las costumbres ni el orden habitual se van al garete ni hago daño a nadie. Bueno, a los fans de Bambi tal vez sí que les he hecho daño… Tal vez les he dejado escocidos.

Ahora en serio.

Cada cultura va determinando conductas aceptadas o censuradas, comportamientos que se van encasillando en estereotipos de sano o enfermo, apropiado o inapropiado, moral o inmoral, bueno o malo, encerrando en lo perverso lo más grave y maligno de la sexualidad. Aún hoy en día se usan términos como desviaciones, perversiones o aberraciones para denominar científicamente algunas conductas sexuales (y de paso para censurar y condenar previamente).

Pero el comportamiento sexual depende del contexto socio-histórico y cultural en que se desarrolla. No está fijado y lo que hoy es aceptable hace veinte años no lo era. ¿Qué justifica a nadie para condenar el comportamiento sexual y las relaciones -expresión fundamental de la vida en pareja- como perverso?

La sexualidad, para algunos, es una fuente de placer y aceptación, mientras que para otros es pecado, productor de enfermedades y problemas. El problema, entonces, no es de los que se “pervierten”, sino de aquellos aterrorizados con la sexualidad (casi siempre la de los otros) y su control, que necesitan definir y regularizar el sexo (el de los otros, naturalmente).

En la actualidad se sigue catalogando el comportamiento sexual desde los propios parámetros, valores, sistemas de creencias, cultura y desde los prejuicios. Incluso hoy en día, sigue existiendo el tabú de la sexualidad y todo lo concerniente a ella, puesto que para denominar algunas conductas sexuales se usan términos como perversiones, desviaciones o aberraciones sexuales, y precisamente estos prejuicios son los que nacen de la ignorancia y el total desconocimiento de algo que es parte de nuestro ser, llevan a discriminar y a la vez a agredir a los que se consideran diferentes, anormales, raros, y/o perversos.

¿Quién es el perverso? ¿El que sigue sus inclinaciones naturales o el que agrade a sus semejantes por culpa de sus propios temores?

Yours (perverted) truly,
Jack

Al otro lado del sexo

14 septiembre, 2013

Quizás suena a tópico, pero disfruté mucho con la lectura de “Al otro lado del sexo”.

En especial, lo confieso, con la primera parte, dedicada al denostado mundo del BDSM, ejemplificado por las vivencias de Valérie en el OWK (no confundir con el OKW y todo lo que lo rodeó, que también da su juego para las fantasías BDSM de más de un@), emplazado en un castillo checo, en un “mundo” en el que las mujeres mandan y los hombres obedecen a palos. Sinceramente, aunque leer “X es mejor que Y” siempre me provoca una sensación enorme de incomodidad, si suspendo mi espíritu crítico y me dejo llevar por mi lado más oscuro, lo que Valérie describe es tan atractivo como “acongojador”. Ver las perrerías que sufren los esclavos puede poner la piel de gallina a más de uno (salvo si es Johan Cruyff ese uno; entonces tendrá la “gallina de piel”… yo ya me entiendo. Y Alfonso Arús también. Espero…) y las referencias a las “criaturas masculinas” puede provocar dentera, pero meterse en la piel de Valérie o de Christopher (cautivador, sin duda alguna) o del enternecedor “Conchita” ayuda a quitarnos, al menos por un rato, prejuicios de encima.

Porque, como reflexiona Valérie: “lo difícil es ir más allá; trascender la humillación es inteligente”.

Quizás por el derroche de adrenalina que contiene esta primera parte, el resto del libro sufre de un pequeño “bajón”. No es que las Tigresas Blancas, los voyeurs de la Casa de Campo de Madrid, las enfermeras sexuales o las clínicas que estrechan vaginas para recuperar las sensaciones de la adolescencia, sean aburridas. Para nada. Por ejemplo, como aborda Valérie el tema de la abstinencia sexual y los problemas de la hipocresía moral de alguna gente, es realmente refrescante. Me enternecí con las enfermeras sexuales y los casos de Iñigo y Alberto, que demuestran que hay sexo más allá de la discapacidad -como escribe Valérie en otro libro al que ya me referiré, “uno no pierde el lenguaje por ser mudo“. Y me reí lo mío con el orgasmatrón interminable (pobre mujer, tres horas corriéndose… te da tiempo de ir a hacer la comida, preparar la mesa y ella sigue que se va y se viene como las holas del mar… y tú programando el video), para qué negarlo.

En resumen Valérie vuelve a descorrer las cortinas de lo convencional para mostrar un sexo libre, deshinibido y “alternativo”, y, sobre todo, humano.

Yours truly,
Jack


Oh, Loth.

Soy metáfora de guitarra desafinada, por eso escribo.

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Parella d'amants de la vida. Entra amb nosaltres a la nostra cambra. Aquí qualsevol desig està permés i qualsevol fantasia la farem realitat.

Musica Jazz/Funk

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Nada habitual

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Cherries - A Vietnam War Novel

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Despertador de sentimientos.

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