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Premio: Blog Del Año 2013

30 noviembre, 2013

Supongo que tenía que pasar (Ava…).

Este blog se ha llevado el premio al blog del 2013 (si antes lo digo…), gracias a la maravillosa Rotze Mardini, una de mis bloggistas favoritas “En algún lugar de mi alma” , que me ha concedido este inmerecido premio (seguro que es una conspiración.. Avaaaaaa!!!!)

Por eso y porque me toca, voy a nominar a 10 de mis blogs favoritos y, de paso, hacer una pequeña gamberrada:

1. Ava y el Sexo… hace falta decir por qué? Pues porque… por… ¡¡¡pues por venganzaaaaaaaaaaaa!!!! Y porque lo mereces por partida doble. Porque tú lo vales y porque te lo has “ganao”… 😉
2. Disparatada, porque lo vale.
3. jakelovesme, por que me toca la fibra ver a Maggie Simpson. Ahora vas y averiguas lo que quiero decir con esto.
4. La tetapedia, ¿Que sería del mundo sin tetas?
5. Mujer tenáis que ser, porque si ellas no son libres, nosotros tampoco.
6. Durmiendo con Morfeo, porque hace poco que he descubierto este blog y me ha encantado
7. jeanbon26, porque todos tenemos nuestro corazoncito.
8. En algún lugar de mi alma por su sensibilidad, su buen gusto y su maravillosa manera de ser. Y por los viajes que se pega.
9. Sexología en redes sociales, por hablar del sexo sin pedantería.
10. sumiso.pe, porque le tengo mucho cariño a este blogista, que a veces escribe como si mojara su pluma en mi cerebro.

No son todos, sino sólo unos pocos. Por eso de los elegidos y tal. Y porque no estoy acostumbrado a estos menesteres.

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Ensoñación (IX)

30 noviembre, 2013

8. Contra mundum

No miento cuando admito que el destino es muy cabrón. Uun ejemplo de ello es este hecho incontestable.

Semana Santa sevillana. A duras penas nos pudimos ver en aquel via crucis de peinetas y mantillas, a pesar de mi denodado deseo de follarla vistiendo ella nada más que una mantilla (hay perversiones que ni uno se explica después de casi vivir tres vidas y parte de otra, así que no penetraré más en mis misterios, no por guardar secreto, sino para no aburrir a quien lea estas pobres líneas con mis idas y venias neuropasionales). Pero lo peor era eso: no haberla podido ver.

Dicho en plata vulgar: me jodía bien jodido esa imposibilidad.

Y, de repente, coincidimos en un restaurante. Ella y sus padres por un lado, unos amigos y yo por otro.

Juro que casi me dí a los demonios allí mismo, hecho que, dada las fechas, me hubiera abierto las puertas del infierno (que ya se entreabrían algo a esas alturas)en aquel mismo instante. Me contuve y fui a su mesa a saludar y acabamos juntandonos todos en una larga extensión tabularia, con tu madre feliz por evocar sus años juveniles y por tener público para tenerla. Tú hacías lo que mejor se te daba, a saber, hacerme sudar sangre con tus miradas, tu humedecimiento de labios y otros gestos que, pese a no ser nada lascivos para el vulgo ignorante, a mí me ponían a cien.

Esa noche me tenía transfijo contra el cielo de Sevilla, hechizado como un tonto. Vamos, que erea una mariposa traspasada por los alfileres de su mirada. Ella se sentía igual o peor, mientras mis ojos devoraban sus uñas perfectamente pintadas y el vestido que dejaba sus hombros al descubierto. Sus miradas, que no guardaban respeto a nada, me gritaban su deseo y yo, enamorado hasta el confín de mis huesos, estaba rendido a sus pies.

Así que empezamos a pervertir el orden establecido allí mismo. Total, en una noche así, el amigo de la familia podía vailar con la angelical hija delante de sus padres, que aplaudían mis bromas ingeniosas, en especial cuando exclamé:

-Así no hay quien baile tranquilo, y aún pondrán una lambada y no le pondré meter mano a vuestra hija, como mandan los cánones.

Se reían, los muy ignorantes.

-Que graciosos estais -dijo la cabrona de su madre- ¡Quietos, quietos, que os hago una foto.

Victoria la miró aviesamente y, despegando apenas los labios susurró, violenta:

-¿Por qué no los asesinamos?

No faltaban ganas. Allí la tenía, en mis brazos, ojos brillantes como el cristal, labios relucientes y glaseados por el vino, boca entreabierta deseándome. Estabamos embelesados y nadie lo veía. Era irónicamente cruel.

Pasaba el tiempo y nada, que aquello no se despejaba. Y peor si lo hubiera hecho, porque seguro que sus padres se hubieran ido contigo, por lo que me armé de valor y pensando “¿no soy el inofensivo amigo de la família? ¡Pues toma panda inofensivo!” le dije a sus padres qsue, con su permiso, me llevaba a su hija a presentarla a un escritor amigo mío, un bohemio con aires de Eliseo Diego y tendencias anglocabronas contradictorias, que por aquellos días había publicado su primer (y último, gracias a Dios) libro de poemas. Juro que me lucí, porque la mentira no sólo resultó creíble, si no apetecible. Demasiado, porque casi se apuntan los comensales a tal empresa. Lo que sudé para deshacer el lío.

Lógicamente ni fuimos a ver a mi amigo ni tuve jamás la intención de llevar a ver a aquel elemento. Acabamos, por sugerencia suya, en un local del que anmbos habíamos oído maravillas, y, sin saber como, de la mano de una rubia de espesas y oscuras cejas, nos adentramos en aquel club y, mientras Olga Guillo cantabva su Tu me acostumbraste la tomé en mis brazos y comenzamos a bailar, en aquel ambiente cálido, oscuro, provocador, sensual, con aquella música que invitaba al amor de maenra que, con las copas que llevabamos encima (tampoco hubieran hecho falta), nos vimos hermosos y afortunados, más que Ava Gardner en la condesa descalza y que Errol Flynn en Too Much Too Soon.

Su cuerpo emanaba un aroma muy excitante, mezcla de perfume y del sudor de aquella casi cálida noche. Se mecía en mis brazos languidamente y yo era el amo del mundo. Nuestros vientes se rozaban se me llenaron los ojos de lágrimas e, inclinándome en su oido, hice un duet con la Guillot y le susurré

-Por eso me pregunto al ver que me olvidaste, ¿por qué no me enseñaste como se vive sin tí?

Por toda respuesta ella acercó sus labios a los míos y nos besamos largamente, como el bolero que estaba sonando, de manera que nos transvasamos el alma con aquel eterno, sutil como la tentación, y cálido beso. Fue un beso tan largo que de mi endurecido pene brotó un pequeño río de semen, incapaz un servidor de resistir, por un segundo más, el placer que ella me causaba. Si el mero pestañeo distante de sus pestañas me provocaba escalofríos, su beso, aquella mágica noche, podía matarme y resucitarme en indistinto orden y aleatorio resultado.

Señoras y señores ¡que beso el beso de aquella noche!

¿Qué podía hacer sino coger su mano y, suavemente, tirar de ella para llevarla al fin del mundo, donde, sin separar sus labios de los míos, la desnudaría para detener el tiempo en su ombligo?

Pues eso hice

Ensoñación (VIII)

28 noviembre, 2013

7. Filosofía mundana.

Una vez estuvimos repasando filosofía existencial aplicada -o cómo tomarse la vida como Eros y Baco mandan- a los acordes del I Can’t Give you Anything but Love de Billy Holiday cuando a ella se le escapó una de esas frases lapidarias que le son tan suyas:

-No nos podemos dar nada más que esto, pero esto sí. Y para mí es suficiente.

Iba a ser aquel nuestro primer invierno juntos y, sentados en el sofá bajo una manta escocesa, con la calefacción en su punto y saboreando un coñac, estabamos muy pensadores aquella tarde. Tardamos poco en pasar a cuestiones teológicas de mayor alcance y, una vez asentados los dos principios básicos -que su coño era mi Deidad favorita y que ella adoraba mi polla en el altar de su vagina-, opté por presentarle algunos conceptos básicos e inmutables de la vida y el sexo. A saber:

-Que no hay nada en este mundo que nos haga más divinos que el amor.
-Que el placer, la inteligencia, la pasión y el arte han de ser nuestros credos.
-Que el juego, la ambigüedad, el deseo, las mentiras y las máscaras son tan parte del sexo como el orgasmo, el placer y el morbo.
-Que si escuchamos a nuestros instintos no hay límite alguno.
-Que sin clase, sin gusto y sin educación no hay nada, pues el dinero no puede comprarlo todo.
-Que, sin embargo, el dinero sirve para mucho en multitud de escenarios.

Por eso, una noche, optamos por una excursión a uno de los más antiguos museos del vício sevillano. Era un antro digno de tal nombre, un lugar en el que no hallaríamos ni a Calixtos ni Melibeas y en el que Don Juan sólo hubiera entrado en un apretón lujurioso. Por eso y por más motivos la conduje a ese lugar. Para transgredir mis reglas y enseñarle la única y absoluta verdad: que no hay certeza absoluta.

Me emborraché. Sí, lo admito. Pillé una curda fenomenal y exquisita sin que licor alguno mojara mis labios. Me embriagué de ella. Por eso, cuando nos detuvimos en una esquina a mirar a los que bailaban, me apoyé en su espalda y, plantando mi arrogante erección en su culito de terciopelo, le susurré al oído, jadeando de placer anticipado:

– Me encantan tus ojos, Victoria, y me encantan tus labios y me encanta tu cabello. Esas tetas, Dios, esas tetas tuyas me tienen loco…

Mis manos se apoderaron suavemente de sus pechos y comenzaron a acariciarlos.

-… adoro ese pezón, esa lengua… ¡Dios! Quiero hacerla mía para luego perderme en tus senos, en tu coño…

Algunos ojos indecentes nos miraban envidiosos, pero yo seguía, mientras su brazo pasaba por detrás, entre su espalda y mi pecho.

-… Quiero que ese lengua me la chupe, quiero estar entre tus piernas, dentro de tu coño, dentro de tí…

Y empezó a acariciarme la polla mientras mis manos bajaban por su vientre.

-… Quiero poseerte, penetrarte, correrme dentro de tí, en tus tetas, en tu culo, en tu cara, que mojes mi cara con tus flujos…

Su mano estrujaba mi pene por encima de los pantalones, y su respiración era oscura y atropellads.

-…que me arañes la espalda, que me muerdas, que me beses, que me des tus dedos para que los chupe, quiero pegar mi boca a tu vagina, lamerla hasta quedarme sin fuerzas.

La volví bruscamente hacia mí y le espeté:

– Quiero follarte.

Sus ojos me miraron, me analizaron, me escrutaron y, por fin, su boca se apoderó de la mía mientras nos fundíamos en un cálido abrazo que parecía hacer crujir nuestras articulaciones con placer anticipado.

Apenas recuperó el aliento, apenas hubo salido su lengua de mi boca, sus palabras me maravillaron y llenaron de orgullo:

– ¡Eres increíble! Me produces una mezcla de deseo, cariño, complicidad, ternura… Me encantaría follar contigo como dos perros sin collar, pero también tomar un café, charlando tranquilamente, o simplemente dormir abrazados.

Por eso, esa noche no follamos. Cenamos con calma, sin prisa. Y luego nos fuimos a mi casa donde, tras tomar un helado de tiramisú, nos fuimos a dormir.

Abrazados.

Simplemente.

Ensoñación (VII)

23 noviembre, 2013

6. El sueño de los amantes.

Mi polla se alzaba recta y olímpica mientras ella la miraba con expresión ensimismada. Sonaba un disco (Berlin, Lou Reed, creo) y yo fumaba un cigarrillo que ella había cargado con dedos expertos. Yo admiraba su cuerpo magnifico y animal y ella no le quitaba los ojos de encima a mi verga, de manera que, entre curioso y perplejo, opté por mirarmela a ver si me había crecido un grano en el prepucio.

Pero no, allí seguía, recta y olímpica, como ya he dicho, sin atisbo de imperfección más que su cabezona redondez.

-Me gusta mucho -dijo al final, dándole un suave beso al glande-, mucho, mucho, mucho -a beso por “mucho”.

Y se puso a acariciarla. Era un pequeño delirio sentir sus dedos por mi pene mientras mis dedos acariciaban perezosos sus pezones enhiestos. Cuando brotaron las primeras gotas del líquido preseminal se detuvieron sus toques, para gran desconsuelo mío.

-Me gusta mucho ver este liquidito que te sale… parece que se te vuelva la polla de ámbar.

-Es un anuncio del gustito que ha de venir… y que has interrumpido, por cierto.

¨Me miró con sonrisa gatuna y me disparó, suavemente, con un pestañeo nada angelical.

-Menéatela. Me gusta verte hacerlo.

Y me puse a ello, despacio. Se puso a gatas para mirarme y, tras pensarselo un rato, se deslizó hasta la cabecera de la cama donde, una vez sentada y abierta de piernas, procedió a acariciarse con suavidad, intercalando algunas caricias a sus pechos, a su cuello, a su vientre. Cerró los ojos, se recostó y comenzó a suspirar de una manera que partía el alma, mientras yo seguía prodigándole caricias a mi polla, que recibía sin rechistar el más vigoroso masaje que alma alguna le haya recetado jamás.

Sus suspiros seguían y yo me mordía los labios de pura excitación. Sus manos rozaban su sexo, su cintura, sus pechos y abría más los mismos cuando sus dedos golosos se adentraban en su húmeda rajita. Se acariciaba y movía el cuerpo al compás mientras yo aceleraba el ritmo y la miraba extasiado.

De pronto un chorro maldito y procaz, desvergonzado, estropeó aquel espectáculo deslumbrador, y mi esperma se puso a salpicarlo todo, aterrizando unas gotas en su vientre, que ella recogió con sus dedos y se llevo a los labios. Humedecidos así sus dos dedos los introdujo en su coño resplandeciente lo más a hondo posible y, frontadose con violencia, se provocó tal estremecimiento que yo casi eyaculé de nuevo de puro placer visual. Su cuerpo se arqueó, emitió un largo suspiro y un pequeño lago acuoso se formó entre sus piernas, inundando la sábana y grabando aquella sima de mis sueños de manera indeleble en mi mente.

Con los ojos entrecerrados me miró mientras acercaba yo mi boca a la suya, delectándome con el sabor, dulzón y único, de sus labios. Deposité un beso en su nariz.

-éste por la Callas.

Y otro en su cuello.

-Éste por todos los calaveras con clase del mundo.

Y otro en su ombligo

-Y otro por el tío Gilito.

Cuando se nos pasó la risa por semejante tontería, nos miramos tiernamente cuando, de golpe, se le ocurrió una idea.

-Ahora mismo me estoy imaginando un negro con una polla descomunal.

-Pues yo que estoy quemando Roma mientras canto la Traviata.

-Te quiero -me dijo con esa sonrisa tierna-. Contigo todo es fácil y es bueno.

Miré a aquella chiquilla lleno de orgullo y exclamé una de esas verdades que a veces se me escapan y que, malgré moi, son ciertas.

-Soy así. Follar es bueno. Masturbarse es bueno. Y estar aquí en tus brazos es el súmun de las maravillas.

-Lo que es una maravilla es tener tu polla dentro de mí. ¿Sabes que me despisto en clase pensando en que me jodes el culo?

Medité un momento, acaricié sus nalgas con los ojos y pensé:

“Un día de estos… un día de estos”.

-Que sed tengo, coño.

-Que prosaico eres a veces…

-Pues este prosaico se va a por una botella de Dom Perignon, hala.

Mientras me dirigía hacia la cocina escuché el eco de sus pestañas batiendo palmas.

Ensoñación (VI)

20 noviembre, 2013

5. “Te deseaba antes de sentir deseo alguno”

Durante el tiempo en el que fuimos amantes nos reuníamos a espaldas del mundo, ya fuera en un bar, en un rincón oscuro cualquiera, o en mi piso sin subir siquiera la persiana, como si no quisieramos que nada, ni siquiera el sol, penetrara en nuestro rincón. Nuestra vida, la suya y la mía, empezaba al encontrarnos en la calle, en el ascensor o en una plaza ignorada, y terminaba cuando su mano soltaba la mía y se dirigía en dirección opuesta a la mía.

El mundo no nos permitía otro espacio. Así que debíamos engañarlos a todos (“A veces me maravillo de las mentiras que soy capaz de decir”, me decía riendo, y yo me enorgullecía de mi alumna). Sólo importaba proteger nuestro amor de los estragos de lo que los bienpensantes hubieran causado.

Por eso confinamos nuestra pasión a nuestros escasos refugios.

Muchas veces, durante aquella larga y tórrida relación, nos sorprendimos de nuestra pasión, de nuestro deseo, de nuestras coincidencias. La observábamos con la misma admiración que uno observa la puesta del sol o la belleza de una obra de arte. Porque, en el fondo, lo que fuimos creando durante esos años fue Arte. Para contemplarla, para gozar de su recuerdo, para evocar el gozo de nuestros cuerpos, de nuestras inteligencias y de nuestras sensibilidades.

Así que del mismo modo que fui instruyendo su cuerpo en los goces del amor, le fui inculcando mi pasión por Keats, Byron, Shakespeare, Quevedo, Becquer, Borges, Kavafis, Rembrandt, Velázquez, Nietzsche, Chopin, Mozart, Bach y el jazz, aunque con poco éxito en este último, y la instruí, no me pesa reconocerlo, en las pillerías y las depredaciones épicas. Como no podía ser de otro modo, entre relato y relato, entre pincelada de música y nota de color fui enseñándola a degustar alcoholes, convirtiéndose en devota del champagne, con la que regaba mi polla que luego, como una osita golosa, chupaba y la hacía suya siempre.

Todo eso redundaría en una de nuestras noches más extáticas, más barrocas y, sobre todo, más jocunda.

Acostumbraba a escribirle relatos breves, eróticos unos, pornográficos otros, que partían de mil orígenes diferentes. Una de sus historias favoritas era una versión absurda y pornográficos de los Tres Mosqueteros, en la que D’Artagnan y sus compañeros tenían más afilados sus penes que sus espadas. Ella se retorcía de risa con las aventuras que yo iba improvisando y yo, a cambio, me devanaba los sesos por ella.

Así, en una de esas ocasiones, tras estar toda aquella tarde jodiendo como benditos, procedí a explicarle otra entrega del folletín erotico-espadachinero.

-… y así fue como, tras sobrevivir a los guardias del cardenal, nuestro héroe fue al encuentro de la bella condesa de Mandertois.

-Para follarsela -dijo ella, con brutal clarividencia.

-Lógico -repliqué sin alterarme y sin dejar de mirar sus piernas, autopistas que llevaban al paraíso-. D’Artagnan llevaba dos días sin joder, y eso no es plan para él.

-El día de antes del duelo con los guardias tuvo la orgía con las putas.

-Pero cariño -le dije besándola en el lóbulo-, no es lo mismo…

Se estaba vistiendo, pues tenía que ir a ver a una amiga para pedirle unos apuntes.

-Me hubiera gustado que me echara un polvo -exclamó de repente, mientras se enfundaba en sus vaqueros.

-¿Quien? -dije, pues mi despiste volvía por sus fueros

-Tu D’Artagnan -replicó, sacando la lengua burlona.

Sacre Bleu! -exclamé divertido-. Si te sirvo yo…

-No llevas pluma en tu sombrero.

Examiné mi Fedora. Era desoladoramente cierto. Mas no estaba todo perdido.

-Pero mi espada es más gorda.

La besé riendo y aunque estaba cansado por toda la jodienda anterior, fue una de esas ocasiones en las que su roce me excitaba más allá de todo lo razonable. Así que en un santiamén mi entrepierna se convirtió en una carpa de circo.

-¿Y los apuntes? -mi lado paternal amenazaba con fastidiarlo todo.

-No importa. Total -me dije, haciendo una pausa para besarme tiernamente-, puedo ir mañana. Además, entre unos apuntes y una buena follada…

-Esa lengua…

La susodicha se debió dar por aludida, pues se deslizó por mi cuello, coronando sus dientes el paseo. Mis manos se deslizaron por debajo de su falda y apretaron sus duras nalgas.

-Pero me has dejar de hacerte una cosa…

-Uy… -dije, mientras me empujaba sobre la cama y me bajaba los pantalones sin miramientos. El bulto ahí se alzaba.

-Te voy a pintar la polla.

-¿Qué? -exclamé pasmado. Mi pene se dio por aludido y comenzó a endurecerse ante aquellos senos que se insinuaban bajo la ropa.

Armada con un rotulador me decoró el miembro con una cara y su bigotazo, trazados con un rotulador negro, y un remedo de sombrero con una larga pluma, que pintó con uno rojo. Examinaba su obra con ojo crítico y, de repente, tras diversos guiños de ojos y varias exclamaciones de insatisfacción, exclamó.

-¡Así no hay manera! A ver si colaboras y se te pone un poco más tiesa.

-Toda obra de arte requiere su tiempo. Dale una oportunidad.

-Lo que le voy a dar es un mordisco.

Por suerte fue su lengua la que me recorrió la verga. Y mi D’Artagnan se puso en garde, espada en ristre, y ella pudo dibujarle el cuerpo a su mosquetero, al que dotó, obviamente, con un enorme pollón.

-Fantástico -dijo, admirando su obra. Le quité el jersey y el sujetador, y me hallé frente aquellos senos, duros y dulces, que mordí suavemente mientras mi mano bajaba para enredara sus dedos en el vello de su pubis para luego, sin detenerse, seguir más abajo…

Así fue como ella se quedó sin apuntes y yo llegué tarde a una cena de la empresa. A los postres, para ser exactos.

Ensoñación (V)

17 noviembre, 2013

4. El momento, eso era lo que realmente contaba*.

Si de Haydn se dijo que era la dicha de la Creación sin sombras, puedo afirmar sin temor a equivocarme que Victoria, en aquellos días, era eso y más. Era tomarle el pulso a la vida con un beso y notar como la carótida del placer palpitaba en mis labios.

Victoria, no lo he dudado nunca, era la encarnación de mis sueños. No sabía por cuanto iba a durar ni cuándo ni cómo desparecería (el rio de la vida y sus caprichos) de mi vida. Simplemente me rendí al momento. No dejaba de ser ni una niña ni era totalmente la adolescente que maduraría en una esplendida mujer. No, a diferencia de otras, la vida no le había retirado la palabra, privilegio que ella ostentaba y conserva todavía. Esas otras son, salvo errores demenciales, pasto de zafios como ellas.

Ella era la explosión de la vida. Y ese fuego era mío. Y me amaba.

Un día se nos ocurrió citarnos en la zona para turistas, libre, en teoría, de población “nativa”. Era, suponíamos, una reserva para extranjeros abrasados y repletos de sangría, que, ni aún estando serenos, hubieran entendido la magia que nos unía a mi sevillana favorita y a mí. Pero, la verdad, que ellos o nadie nos entendieran nos importaba un ardite. Estabamos por encima de todos ell@s y de todo lo demás y de parte del universo. Así que allí nos reunimos, tras engañar a sus padres y a sus amigos para poder quedar conmigo (¡cuánto nos tocó fingir desde aquellos lejanos comienzos! tanto tiempo juntos y, creo, nunca nadie se dio cuenta de nada) y cenamos en un restaurante admirable donde no cabía peligro de encontrarnos con conocidos. Regamos los platos con un Castillo de Ygay, Reserva Especial 1940, que la impresionó (mal me está reconocerlo, a mí también me pilló por sorpresa). Y después nos fuimos en mi coche a esa cala secreta que ella me había descubierto hacía unos pocos días.

Paseabamos cogidos de la mano por aquella playa sin más ropa que la que nos daba la luz de la luna, eterna, inagotable. Amor che move il sole e l’altre stelle. Acabamos por sentarnos en unas rocas para mirar el ranquilo mar, que apenas se movía. De pronto me volví hacia ella, la abracé y la besé con unas ganas inauditas.

-Me vuelves loco -confesé, pues era cierto, ella me robaba el sentido, me sorbía el seso y me iba envenenando con cada latido de su corazón.

Me besó y apretó su cuerpo contra el mío con aquel gesto tan característico suyo. Nos fuimos desnudando, por no decir arrancándonos la ropa, mientras nos besabamos con gran pasión, revolcándonos sobre la arena como dos zopencos en celo. Gemíamos, nos besabamos y lamíamos y parecía que aquella noche no iba a tener fin. Tu es mon sang, Mon double aimant. Apreté con fuerza sus pechos, sus nalgas, y mis caricias perdieron toda delicadeza a partir de entonces, con la extraña virtud de ponernos más caliente que cualquier roce o ternura.

Tuve que parar para recuperar el aliento, porque me ahogaba de placer en su boca. Contemplé su hermosura en la noche, más rutilante que cualquier estrella. Su coño, bajo quella luz misteriosa, era un erizo marino que pedía mis besos. Su piel, humeda por la caricia de las holas, chorreaba mar, que se arremolinaba en torno a su sexo. Mi lengua navegaba en esas aguas procelosas como Ulises había surcado la mar camino de Itaca. Era, en suma, uno de esos momentos que justifican el estar vivo. Alors renie-moi … là

De repente se alzó para correr, entre risas, hacia la orilla, desnuda, una diosa de la vida, del universos. Tuve que correr tras ella. Abrazados en mitad del mar nos besamos de nuevo. Entre risas, caricias y más besos regresamos a la playa y nos tendimos en la arena, donde hundí mi polla en sus carnes sin ningún miramiento, imposible reprimir el hambre desmesurada que ella me inspiraba. Una vez más nos fundimos en la carne y la Creación se resumió en nuestro acomplamiento y en nuestras convulsiones. Nulle autre n’a l’envie de toi comme j’ai besoin de toi Eramos dos animales sorberbios y divinos, que follaban, se corrían y seguían jodiendo. Era como si mi miembro hubiera alcanzado uan dureza eterna que ningún orgasmo pudiera arruinar, en uno de esos raros momentos de priapismo exagerado que me domina de vez en cuando. Era un follar furioso que seguía el ritmo de los martillazos que Vulcano, furioso, propinaba a su Fragua Mítica, mientras Afrodita coronaba la divina cabeza de su marido con unos cuernos olímpicos en brazos de Ares. Así hicimos el amor cuatro veces sin yo salir de ella hasta quedarnos exánimes sobre la playa con el mar embistiendo el rompeolas que formaban nuestros cuerpos unidos y que nos movía y sacudía como a dos ahogados.

Estaba en sus brazos, agotado, derrotado, vencido, campeón, conquistador arrebatado y recordé Aida: Del mio pensiero tu sei regina, tu di mia vita sei lo splendor. Y todo lo demás era tontería.

*Inspirado parcialmente en una escena con diferentes protagonistas, vacía de la persona de la inspiradora de estas líneas que, sin embargo, presidía el espíritu de aquel instante.

Ensoñación (IV)

14 noviembre, 2013

3. Una tarde calurosa

Al día siguiente nos encontramos en la puerta de un edificio más “discreto” que la casa familiar. Subimos y, ya en el ascensor, Victoria me arrancó los labios con sus besos mientras su cuerpo se fundía con el mío. Su perfume impregnó mi piel y entramos en el piso casi volando, de manera que cuando me tumbé en la cama y ella vino a mí, yo estaba exhausto y con el cuerpo en tensión. Reposé mi cabeza en su vientre mientras ella permanecía majestuosa ante mí, una reina en la piel de una niña. Mis manos volaron por sus muslos hacia sus nalgas mientras las de ella acariciaban mi cabeza y mi nuca. Le solté la falda, que cayó al suelo, seguida de sus braguitas.

Mis labios se pegaron a su pubis dulcísimo mientras su vello se enredaba en mi boca y ella presionaba su cuerpo contra mi cara. La tumbé en la cama y comencé a acariciarla lentamente sin dejar de mirarla, aprendiendo así de memoria la geografía de su cuerpo amado y deseado, desde su ombligo de terciopelo hasta el último lunar, que he de retener en mi memoria hasta el final de mis días.

-Relájate y déjame hacer, Victoria -le dije.

Abrí suavemente sus muslos y comencé a acariciar su sexo con mis dedos. Su sensibilidad, extraordinaria, me sorprendió sobremanera. Apenas rozaba su clítoris y ella ya temblaba y cerraba las piernas un poco, como si no pudiera resistir el placer, mientras arañaba las sábanas. Poco a poco y con paciencia fui ensanchando aquel sexo que me esperaba desafiante.

-Si te hago daño dímelo.

-No… no… -murmuró-. No. Sigue -añadió, con voz algo más firme.

Mientras acariciaba sus muslos y el inicio a su magnifico culo y besaba los labios de aquel intrincado sexo, ella deslizó sus largos dedos por mi cara, mi cuello y mis hombros. Cambié de posición para que Victoria pudiera jugar con mi vientre y mi pene, que comenzó a masturbar con maña mientras me besaba los ojos. De repente una carcajada se escapó de sus labios y yo me empapé de ella del mismo modo que su coño se inundaba dispuesto a recibirme. Llegado el momento, me puse encima de ella y le dije:

-Iré entrando poco a poco. No te esfuerces ni te pongas nerviosa. Si te hace daño, tranquila, me detendré en cuanto me lo digas.

-No estoy nerviosa -me dijo, la mirada fija en mi rostro.

-¿No? Pues yo estoy muerto de miedo. No me siento de ombligo para abajo.

Su carcajada resonó de nuevo y me abrazó con fuerza.

-Te quiero -dijo, todavía risueña y un nudo extraño se apoderó de mi garganta, por lo que me apresuré a besarla y a estrecharla en mis brazos. Su lengua de satén llenó mi boca. Era jugosa, fresca, y sabía a cereza.

La penetré con cuidado y Victoria se abrió como una boca golosa, apretándome. Fui rozando aquella rajita humidísima, notando su vello rozando mi piel. Despacio fui entrando en ella y fue como si una mano de terciopelo me apretara la polla. Se movió un poco, sin hacer el menor gesto de molestia y empezamos a movernos al unísono en un polvo exquisito, maravilloso, olímpico.

-Es algo divino -jadeó ella entre dos gemidos- te quiero.

Aceleré los movimientos mientras hundía mi cabeza en el hueco de su cuello y sus piernas me envolvían golosas. No quería correrme ni que ella terminara tan pronto, de manera que me detuvo, la saqué y comencé a besar todo su cuerpo, esmerándome en sus pezones rosados, las caderas magníficas, el coño suavísimo bañado en su néctar, que se mezclaba con unas vetas rojizas. No sangraba.

Le dí la vuelta y mi lengua ascendió por la línea perfecta de sus nalgas recorriendo su culo, y siguió el contorno de su columna hasta detenerse en su cuello. Así, boca abajo, volví a follarla.

-Despacio -me dijo-, despacio.

No resistí estar sin su mirada, por lo que me detuve y le dí la vuelta. Nos abrazamos violentamente y, con una lentitud pasmosa, la penetré de nuevo.

-Me matas de gusto -gemía-, me matas de gusto.

Su cuerpo se rendía a la lujuria y su pasión se medía de tú a tú con los delirios de mi alma. Mi mano voló por su vientre hasta el paraíso de su coño, tocando sus bordes inundados y ardientes. La saqué y estuve masturbándola hasta sentirla temblar de placer, cuando la penetré de nuevo, con fuerza.

No pudo resistir más. Un hondo gemido me anunció su orgasmo, antecedente de un temblor delicioso que me atrapó y provocó que mi semen se escapara a chorros por dentro de la catedral de su sexo.

Nos quedamos unidos mucho rato, escuchando la música que flotaba a nuestro alrededor. Entonces lo hizo.

Cogió mi rostro entre sus manos y me besó apasionadamente. Mirándome a los ojos, jadeó:

-Un beso con sabor a mí.

Su sabor no me ha abandonado desde entonces.

Ensoñación (III)

11 noviembre, 2013

2. “He estado aquí antes”.

Mi casa, heredada de mis abuelos, era un fantasma de lo que una vez fue. Conservaba en mi memoria el eco del revuelo de maletas, de criadas subiendo y bajando de una planta a otra, de los rayos que entraba gota a gota por los postigos de las ventanas, del trasiego de vueltos de cambiar de invierno a verano y viceversa.

Aquella tarde, sin embargo, toda la casa era silencio. El inolvidable Mercedes negro de mi abuelo, gigantesco en mis recuerdos infantiles, yacía tranquilo en su rincón, un arpa para nada silenciosa y mucho menos olvidada. Sólo dormía esperando su momento. En el gran patio, cerrado e inmenso, el frescor del agua me traía memorias de juegos inocentes al lado de la fuentecilla. En la biblioteca estaba como siempre el sillón de mi abuelo, que unas veces había yo trocado en asiento de mi imaginario caza de combate y otras de puente de mi bajel pirata. En resumen, sobra decir que aquella tarde no estaba yo muy lascivo, más bien me había perdido en elucubraciones sobre un pasado lejano y para siempre perdido.

Cuando llegó ella, toda la melancolía desapareció como por ensalmo. Nos convertimos en amantes sin demasiados titubeos ni aspavientos, como si fuera un proceso tan natural como respirar o comer. O follar. Habíamos entrado en la biblioteca buscando su intimidad y frescor. La dejé curioseando entre los libros y fui a poner música. La radio escupió “Ven devórame otra vez”, y yo di un respingo, dolorido en mi alma más clasicista. Cambié rapidamente de dial y las Azucar Moreno fueron reemplazadas por Billy Joel. Aliviado, fui a sentarme.

Al verla recordé mis modales de repente y, haciendo ademán de levantarme, pregunté:

-¿Quieres beber algo?

Ella dejó el libro que ojeaba y vino hacia mí sin dejar de sonreir ni de mirarme. Me hizo sentar de nuevo para hacer ella lo propio sobre mis rodillas y luego besarme larga y suavemente. Abrió mi boca con su lengua y removió mis labios mientras sus brazos rodeaban mi cuello con torpe maestría que intensificaba la delicia del momento. Noté la suavidad de su piel, de su vello y de la frescura de sus muslos en las palamas de mis manos, y deslicé la izquierda por debajo del pantalocinto para acariciar su piel. Ella se apretó contra mí y su lengua dejó, por un momento, de recorrer mi garganta.

-Soy virgen -me confesó en un susurro, a quemarropa. No debería de haberme sorprendido, pero lo hizo. A posteriori, que aquella ninfula que fue no hubiera hecho todavía el amor a sus tiernos años, no debería haberme sorprendido. Eran otros tiempos.

-¿No lo has hecho todavía…? -aventuré. Negó con la cabeza y me sentí a medio camino entre encantado y aterrado, más de lo segundo que de lo primero.. Mi sonrisa se amplió hasta que me asemejé a una versión sureña del gato de Cheshire Así que opté en no pensar demasiado y así meter la pata y, cosa rara en mí, actué.

La tendí sobre el sofá y le quité el short. Ella sonreía, divertida por el súbito nerviosismo de mis dedos delatores.

-¿Sabes que más de una vez me he masturbado pensando en tí, soñando en que hacíamos esto?

Lo que me has dicho…“, pensé/gemí/suspiré/maullé. Sus ojos rieron de placer. “Menudo maestro estoy hecho…” Decididamente, me dije, Beatriz no le hizo sudar tanto a Petrarca.

Estaba mojada, según pude comprobar con mis maravillados dedos. Le quite la braguita y contemplé su sexo en todo su esplendor. Lo cubría un vello dorado y en las ingles se adivinaban dos riachuelos azulados. Lo besé y ella se estremeció. Lo acaricié con mis dedos y, por primera vez, hundí mi rostro en él. Fue mi primera degustación de su sabor en mi boca.

Fue una tarde para recordar por mucho tiempo. Era como si fueramos amantes de muchos años. No teníamos prisa. Permanecimos tumbados en el sofá, acariciandonos mútuamente mientras la música iba desgranando sus notas. Ella paseaba sus dedos por la tela de mis pantalones, acariciando el bulto que ayudaba a formar, recorriendo con la yema de sus dedos la fina tela.

Me abrí la cremallera y la saqué. Sonrió ampliamente.

-Que cosita tan hermosa -murmuró.

-Toda tuya…

La acarició con la punta de los dedos y, al ir ganando confianza, la tomó entre sus manos y la apretó con fuerza.

-Con cuidado… que no se rompe, pero es delicada.

-Es como un juguete -comentó en voz baja, los ojos fijos en mi pene, sonriente todavía.

Sus masajes eran irregulares. Tan pronto apretaba mi pene en exceso como sus dedos se tornaban ligeros como plumas. De repente, sin que yo lo esperara, se lo acercó a los labios y lo besó con tenura. Entonces llegó el momento:

-¿Se la has chupado a alguien alguna vez?

-No – me dijo, entre intrigada y expectante.

-Es como hacias ahora, sólo que con la lengua en lugar de los dedos, alrededor de la punta.

Su lengua caliente empezó a acariciar a latigazos la punta de polla. Noté una furiosa erección reaccionando ante sus caricias. La miré. Parecía feliz. Y lo hacía muy bien, la verdad.

-Ves bajando -le dije-. Pasa la lengua por la parte donde estás, hasta abajo.

Lo hizo, con las torpezas propias de una primera vez.

-Sigue. Ahora hacia arriba… así, con fuerza. Hazlo varias veces.

Yo notaba mi cuerpo estremecerse con cada roce de su lengua y el esperma comenzaba a tensar todo mi ser.

-Ahora, métela en tu boca.

Empezó a chupar la cabeza, clavándome un poco los dientes. No tuve que explicarle mucho, aprendía rapidamente, y a donde no llegaban mis palabras obraba su maravilloso instinto animal. Pronto cerré los ojos y me abandoné al calor de su boca, que me devoraba con gula, como si fuera un dulce. Notaba el calor abrasándome y la inminencia del orgasmo.

Mi pene desapareció por completo en su boca y temía que fuera a atragantarse en su fervor, pero no lo hizo. Chupaba y chupaba como una profesional, mientras con la otra mano me acariciaba los testiculos. Ah, ese prodigioso instinto suyo. Yo ya no podía aguantar más.

-Estoy a punto -le dije con voz entrecortada- ¿Quieres que..?

-Hazlo -me dijo con un hilo de saliva resbalando de sus labios a la punta de mi polla- Eres tú, córrete.

Y lo hice. Ella me tragó sin dejar de chupar. Yo acariciaba sus cabellos y su nuca con dedos temblorosos. Se quedó quieta, apoyada en mi vientre, con un hilo de semen deslizándose por la comisura de sus labios.

-Que maravilla -dijo, levantando los ojos hacia mí- ¿Sabes una cosa? Creo que me he corrido.

Tuve que besarla, obviamente.

Así terminó nuestra primera cita.

Ensoñación (II)

7 noviembre, 2013

1. El encuentro

Je me trouvais, ce matin, 16 octobre…. No. Me temo que no. Sin embargo, aunque esto lo escribo unos ciento cincuenta y pico años después de aquella ocasión, ni es octubre, ni estoy á San Pietro in Montorio y ni sopla ese léger vent de sirocco, pero se mantiene aquel soleil magnifique.

Si hoy vuelvo los ojos hacia atrás y al recuerdo de aquel magnifico incendio que fue nuestro encuentro me siento acompañado por las imágenes de esa época portentosa en la que tú empezaste a ser mujer y yo a dejar de ser joven, si es que alguna vez este viejo prematuro lo fue. Por eso, por lo que fue, me siento en la obligación de, como aconseja Lampedusa, di riaccogliere il più possibile delle sensazioni che hanno attraversato questo nostro organismo. Todo lo demás es Literatura.

Como diría el maestro Montaigne, “Adieu donc“.

Siempre me gustó la mansión de tus padres. Sus techos eran altos, propios de las casas del casco antiguo de Sevilla. Estaba no muy lejos de la Posada del Lucero, si mal no recuerdo. Aquellos techos, amor, ¿te acuerdas? Altos, muy altos, con estucos de delicados dibujos almandinos que desarrollaban una intrincada imagen que se entrelazaban como ramas misteriosas de un frondoso árbol milenario en trazos interminables hasta quedar engarzados en el esplendido rosetón central, del que pendía una araña de colores nacarinos.

Bajo ella estaba yo aquella calurosa tarde de junio hablando con tu padre, huyendo de la luz cegadora del cielo sevillano que cegaba mis ojos. Recuerdo aquel patio porticado con arcos de medio punto sobre columnas que parecían extenderse hasta el confín del mundo porque fue entonces cuando tú saliste de la piscina, aquella atrocidad moderna que destrozaba el clasicismo de aquel antiguo patio por el que podría haberse paseado Don Juan en un tiempo no muy remoto. No te había visto en mi vida, pero te hacía, por lo que contaba tu padre, hechuras de niña que ya te iban pequeñas y que cedían en las costuras. En tus ojos brillaba esa luz divina, sagrada, que nunca he olvidado. Cuando te acercaste a mí, mojada, esbelta, bronceada, con el sol que te iluminaba, ya eres otro ser, pero no todavía el animal esplendoroso en el que algunas mujeres se transforman por un brevísimo plazo de tiempo, mientras emergen de la anodina crisálida infantil y se zambullen en la adolescencia.

Sonreías, ¡y cómo lo hacías, mi niña! Tus labios estaban húmedos y, mientras la sangre golpeaba fervorosa en mis sienes (“¡es ella, es ella!” me gritaba la muy escandalosa), tú inclinabas la cabeza a un lado para sacudirte las gotas de agua. Tu padre nos presentó:

-¿Te acuerdas de Victoria? Ha pegado un buen estirón, ¿no te parece?

Ahí y en ese momento me cautivaste. Así era como Basil Hallward debió de ver y sentir la primera vez que vio a Dorian Grey. Yo, demasiado Lord Henry Wotton a esas alturas de la vida, te envié un beso apasionado con los ojos y tú me lo devolviste. Noté un calor que me abrasaba. Un estirón, dijo tu padre. ¿Que sabría él de estirones…? Con tu pestañeo recibí a la vez tu beso y la flecha asesina me atravesó de parte a parte mientras mis ojos contemplaban extasiado el espectáculo majestuoso de tu cuerpo avanzando hacia mí y abriendo a cada paso una herida de esas que nunca se cierran. Aún hoy, a años vista de aquel instante, se me ponen los pelos de punta al recordar ese momento. Emanabas tal aura de fascinación, locura y deseo (todo eso que no sale en las fotografías, que sólo reproducen carne). ¡Había que verte, había que estar allí!

Respiré hondo, como el que se dispone a sumergirse bajo las olas de un mar turbulento, notando como mi respiración se entrecortaba. Desde ese primer instante, cuando tu voz me escogió y me señaló, marcándome para el resto de mi vida, supe que estábamos destinados a recorrer juntos ese reino de lo “transitorio” que tanto adoraba el magnífico e injustamente denostado Robert de Montesquiou, conde de Montesquiou-Fézensac. Un día te llevaré a ver su retrato, el que le hizo Boldini, el que cuelga en el museo de Orsay.

Recuerdo la despedida. Te estabas secando con una toalla, sentada en el suelo, mirándome. Mientras pasabas la tela por tus muslos tu mirada era infinita e inabarcable. Tus labios estaban brillantes y húmedos. Fijé mi mirada, para que tú te dieses cuenta, en el abultamiento de tu pubis en el bañador. Después te miré a los ojos y sonreí lenta, maliciosa, tenuemente. Tus ojos bajaron, con todo descaro, de mi cara a mi abultada entrepierna, que mi erección iba abultando de manera harto aparatosa. Levantaste la mirada hasta que nuestros ojos se encontraron. Me miraste y sonreíste. En tu mirada se hallaba la sabiduría que todas las mujeres que te habían precedido habían insuflado en tí. Era una inteligencia antigua, casi anterior al tiempo y a la vida misma.

Aquella noche soñé con tu desnudez. Te vi acariciándome y acariciando yo tu cuerpo orgulloso. Y, como un nuevo Fabrizio del Dongo, supe que había encontrado a alguien con quien levantar un universo consagrado al placer sobre las ruinas de este mundo decadente y vulgar.

Ensoñación (I)

5 noviembre, 2013

Esta es la historia de lo que nunca fue y tal vez no podría haber sido. Más que nada porque, entre otros detalles “menores”, los protagonistas no nos conocimos hasta unos ocho años después de estos “hechos”. ¿Hubiera tenido lugar algo similar de habernos separado una distancia más corta? ¿Y si mi “yo” de ahora se hubiera encontrado con su “yo” actual en su cuerpo de entonces…? ah, amig@ lector/a…

Espero no escandalizar a nadie. Si lo hago, con dejar de leer se soluciona la papeleta.

En este relato de lo que no fue quizás me dibuje con mayor exactitud en mis hábitos hedonistas, egoístas y libertinos de lo que mis escritos más realistas logran. También es posible que me exhiba más desvergonzadamente en mis vicios, defectos, mi decadentismo, mi barroquismo y mis pedanterías expresivas. Prometo pues, con toda la sinceridad que poseo, no dejar en el tintero ni una sola de las pequeñas fruslerías que tanto me complacen, por muy pedantes que sean. Advertid@s quedáis.

n lo que a ti se refiere, cariño mío, espero salpicar esta historia de suficientes retazos tuyos (o cercanos a tu ser) como para que no dudes en reconocerte. Estoy seguro que, por ser tú y yo, no te costará demasiado hacerlo. No espero rondar demasiado cerca de la realidad, pero me inspiraré en ese pequeño rincón que conozco de esa ciudad maravillosa que te abraza desde tu primer llanto. Si por casualidad vuelvo a rozar tu piel a distancia de esa extraña manera que a veces logro, ya lo sabes, tesoro: es esa magia con la que me bañas.

Por aquí conjuraré el fantasma de la nínfula que existe en mis sueños y que durmió, agazapada, ah fiera mía, a que ese alguien a quien admiro y aprecio como a un hermano de sangre la despertara por fin. Y, para acompañarte, invocaré las esencias ultramontanas de G. y de B., las únicas mujeres que me han calado más hondo que tú, para rematar el gozo de un encuentro que no hubiera podido ser. Considera este largo sueño de letras como una enorme fantasía para tu uso y disfrute, como otro homenaje a todo lo que te debo.

Saepe ne utile quidem est scire quid futurum sit, que decía el maestro Montaigne. Sí, es mejor no saber que ha de venir. O, en este caso concreto, lo que podría haber sido.


Oh, Loth.

Soy metáfora de guitarra desafinada, por eso escribo.

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