Ensoñación (IX)

8. Contra mundum

No miento cuando admito que el destino es muy cabrón. Uun ejemplo de ello es este hecho incontestable.

Semana Santa sevillana. A duras penas nos pudimos ver en aquel via crucis de peinetas y mantillas, a pesar de mi denodado deseo de follarla vistiendo ella nada más que una mantilla (hay perversiones que ni uno se explica después de casi vivir tres vidas y parte de otra, así que no penetraré más en mis misterios, no por guardar secreto, sino para no aburrir a quien lea estas pobres líneas con mis idas y venias neuropasionales). Pero lo peor era eso: no haberla podido ver.

Dicho en plata vulgar: me jodía bien jodido esa imposibilidad.

Y, de repente, coincidimos en un restaurante. Ella y sus padres por un lado, unos amigos y yo por otro.

Juro que casi me dí a los demonios allí mismo, hecho que, dada las fechas, me hubiera abierto las puertas del infierno (que ya se entreabrían algo a esas alturas)en aquel mismo instante. Me contuve y fui a su mesa a saludar y acabamos juntandonos todos en una larga extensión tabularia, con tu madre feliz por evocar sus años juveniles y por tener público para tenerla. Tú hacías lo que mejor se te daba, a saber, hacerme sudar sangre con tus miradas, tu humedecimiento de labios y otros gestos que, pese a no ser nada lascivos para el vulgo ignorante, a mí me ponían a cien.

Esa noche me tenía transfijo contra el cielo de Sevilla, hechizado como un tonto. Vamos, que erea una mariposa traspasada por los alfileres de su mirada. Ella se sentía igual o peor, mientras mis ojos devoraban sus uñas perfectamente pintadas y el vestido que dejaba sus hombros al descubierto. Sus miradas, que no guardaban respeto a nada, me gritaban su deseo y yo, enamorado hasta el confín de mis huesos, estaba rendido a sus pies.

Así que empezamos a pervertir el orden establecido allí mismo. Total, en una noche así, el amigo de la familia podía vailar con la angelical hija delante de sus padres, que aplaudían mis bromas ingeniosas, en especial cuando exclamé:

-Así no hay quien baile tranquilo, y aún pondrán una lambada y no le pondré meter mano a vuestra hija, como mandan los cánones.

Se reían, los muy ignorantes.

-Que graciosos estais -dijo la cabrona de su madre- ¡Quietos, quietos, que os hago una foto.

Victoria la miró aviesamente y, despegando apenas los labios susurró, violenta:

-¿Por qué no los asesinamos?

No faltaban ganas. Allí la tenía, en mis brazos, ojos brillantes como el cristal, labios relucientes y glaseados por el vino, boca entreabierta deseándome. Estabamos embelesados y nadie lo veía. Era irónicamente cruel.

Pasaba el tiempo y nada, que aquello no se despejaba. Y peor si lo hubiera hecho, porque seguro que sus padres se hubieran ido contigo, por lo que me armé de valor y pensando «¿no soy el inofensivo amigo de la família? ¡Pues toma panda inofensivo!» le dije a sus padres qsue, con su permiso, me llevaba a su hija a presentarla a un escritor amigo mío, un bohemio con aires de Eliseo Diego y tendencias anglocabronas contradictorias, que por aquellos días había publicado su primer (y último, gracias a Dios) libro de poemas. Juro que me lucí, porque la mentira no sólo resultó creíble, si no apetecible. Demasiado, porque casi se apuntan los comensales a tal empresa. Lo que sudé para deshacer el lío.

Lógicamente ni fuimos a ver a mi amigo ni tuve jamás la intención de llevar a ver a aquel elemento. Acabamos, por sugerencia suya, en un local del que anmbos habíamos oído maravillas, y, sin saber como, de la mano de una rubia de espesas y oscuras cejas, nos adentramos en aquel club y, mientras Olga Guillo cantabva su Tu me acostumbraste la tomé en mis brazos y comenzamos a bailar, en aquel ambiente cálido, oscuro, provocador, sensual, con aquella música que invitaba al amor de maenra que, con las copas que llevabamos encima (tampoco hubieran hecho falta), nos vimos hermosos y afortunados, más que Ava Gardner en la condesa descalza y que Errol Flynn en Too Much Too Soon.

Su cuerpo emanaba un aroma muy excitante, mezcla de perfume y del sudor de aquella casi cálida noche. Se mecía en mis brazos languidamente y yo era el amo del mundo. Nuestros vientes se rozaban se me llenaron los ojos de lágrimas e, inclinándome en su oido, hice un duet con la Guillot y le susurré

-Por eso me pregunto al ver que me olvidaste, ¿por qué no me enseñaste como se vive sin tí?

Por toda respuesta ella acercó sus labios a los míos y nos besamos largamente, como el bolero que estaba sonando, de manera que nos transvasamos el alma con aquel eterno, sutil como la tentación, y cálido beso. Fue un beso tan largo que de mi endurecido pene brotó un pequeño río de semen, incapaz un servidor de resistir, por un segundo más, el placer que ella me causaba. Si el mero pestañeo distante de sus pestañas me provocaba escalofríos, su beso, aquella mágica noche, podía matarme y resucitarme en indistinto orden y aleatorio resultado.

Señoras y señores ¡que beso el beso de aquella noche!

¿Qué podía hacer sino coger su mano y, suavemente, tirar de ella para llevarla al fin del mundo, donde, sin separar sus labios de los míos, la desnudaría para detener el tiempo en su ombligo?

Pues eso hice

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4 respuestas to “Ensoñación (IX)”

  1. Rotze Mardini Says:

    Que beso tan…
    Me ha encantado.
    Besotes y abrazos.

  2. Lilith Says:

    Eso es besar y lo demás son tonterías. Me encanta este relato, autobiográfico que tan bien narras. Un beso! Feliz finde!

  3. melbag123 Says:

    Precioso…

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