Archive for 30 diciembre 2013

Ensoñación (XVII)

30 diciembre, 2013

16. Torrijas y nata.

Fue una semana negra. Acababa de regresar a Sevilla tras un infortunado y absurdo viaje y ella estaba liadisima con los habituales asuntos familiares. En fin, una semana larga, larguísima, sin verla. Sevilla me quemaba, porque cada rincón me recordaba a ella. Veía su rostro emocionado admirando los Pasos, su vello erizarse al escuchar La Campana o viendo entrar en la ciudad a la Trianera. La plaza de Montesión, vacía, me traía memorias de gente amasada, pegado yo contra el culo de mi amada, ardiendo, atónitos ante tanto delirio ajeno. El delirio de la Macarena.

Pero no aquella semana. Aquella semana no.

Asi un sabado, tras una espera angustiosa e inaguatanble, en la que ella saldría con sus amigos y yo por mi parte, y los dos nos devanaríamos los sesos preguntándose que narices haría el otro…

…sonó el teléfono. Me estaba peleando con el nudo de la corbata y lo cogí de malas pulgas. Ni tiempo a soltar un exabrupto tuve, pues enseguida escuché su voz angelical:

-Quiero verte.

-Va a ser dificil -me lamenté.

-Arréglalo como sea. Me da igual. Pero hoy tenemos que pasar la noche juntos. -su voz sonaba tan firme que me empecé a sonreir. Aquello prometía. Pero no podía, no. Tenía mis compromisos.

-Ni con bula in Excelsis Deo Ego Macanuda Marieta no ploris… -divagaba yo, maldiciendo mi triste destino.

-Me da lo mismo. Estoy cachonda.

Se me puso tan dura que me llegaba a la nuez. Los planes se fueron a la mierda de la mano de mis compromisos. Se me daba un ardite mi familia, mis amigos y el Sumsumcorda.

-Te la voy a mamar hasta que se te haga un nudo.

El ronroneo de su voz me terminó de desarmar y de empalmar. Ni aquella puta que se cargó a un obispo de una mamada la chupaba tan bien como Victoria. Así que sólo murmuré una palabra.

-Ven.

Si mis excusas resultaron creíbles no me acuerdo. Sólo recuerdo su entrada, terrible como la del caballo de Espartero en el congreso, sin decir una palabra. Se detuvo en el salón y, con un contoneo lujurioso, se quitó las braguitas, me las tiró a la cara y me parafraseó.

-Ven aquí, cabronazo.

Y de rodillas, con sus pechos suaves y duros apretados contra mis piernas, me la chupó, envolviéndola con la lengua, succionando, metiéndosela toda en la boca y arrancándome las fuerzas con cada lamida mientras sus ojos no se separaban de los míos y su mano experta me estrujaba la polla reclamandome que me corriera en su cara. Continuó por retregarsela por entre los pechos, y volvió a chuparla, con una ansia interminable.

Sonaba Die Meistersinger von Nürnberg cuando nos tumbamos en la cama, desnudos.

La tomé en mis brazos y le dije:

-Hoy estás más hermosa de lo que recordaba.

-Es que soy la más hermosa.

Me reí y la abracé. ¡Dios, como la quería! Dios, como la quiero todavía.

-La gente que no es hermosa no merece la pena -remachó.

-Y yo soy la excepción a tu norma… -dije, medio en serio, medio en broma.

Se puso encima de mí, mirandome fija y atentamente. Me acarició el rostro y exclamó:

-Eres hermoso. Lo que no eres es de fiar, cabronazo… Eso me recuerda algo.

Fue a donde había dejado el bolso. De una bolsa sacó algo y se giró hacia mí con cara de niña buena. Y, de repente, ví mi pene “abocadillado” entre dos torrijas y generosamente cubierto de nata.

Y, para mi pavor, ella cerró los dientes sobre tal tentempié con un furor tremendo.

Comió, mordió, chupó, lamió y yo, veni, vidi, corríme. Natacon leche, dijo riendo. Mi semen saltó hacia su pecho, resbalando despacio por su piel. Y yo, medio muerto, me tumbé en la cama.

Recuperado unos instantes después, me tomé cumplida venganza “ennatando” sus labios entreabiertos, su lengua, su barbilla, su vientre y su pubis. Bañé de nata su clítoris, sus muslos, sus brazos y después el resto de su coño. Lamí y lamí, y al final opté por el colofon de, separando sus nalgas, rellenar con nata su agujerito perfecto, delicado como un pétalo.

-No puedo más -suspiraba-. No puedo más, malnacido, no puedo más. ¡Follame ya, cabrón!

-Aguanta -dije, y lamí de nuevo su acaramelado sexo. Su cuerpo estaba enganchoso, divino, devorable.

-Es fantástico, pero no lo aguanto más. Joder, que no puedo más -me suplicó.

Así que abrí sus muslos y la penetré. Ella se abrazó a mí con todas sus fuerzas.

-Jódeme, hazme tuya, follame, clavamela.

Al escuchar su palabra favorita me sonreí mientras sus uñas se adentraban en mi carne. Y en un instante, con toda la orquesta rugiendo y Furtwängler en pleno delío, me corrí, se corrió, nos corrimos.

Agotados, pringosos, dulces, felices, nos quedamos abrazados.

-Un día nos quedamos en una de estas -susurró, mimosa como una gatita.

Yo fui a por la bolsa de las torrijas. Compradas en la Puerta de la Carne. Torrijas, pestiños… Me tumbé a su lado y comenzamos a comer, pringandonos más todavía. Tomé su mano y le chupé los dedos. Su cara respladencía. Lamí las migas y la miel adheridas a su mentón. Se relamió y la basé. Ya eramos solo sudor, torrija y miel.

Abrazados pensé que cada espera ansiosa y desesperante como la que habíamos vivido nos hacía follar como dioses. Merecía la pena.

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Ensoñación (XVI)

27 diciembre, 2013

15. Regalo de cumpleaños

Un día quise hacerle un regalo especial a Victoria: la obsequié con su “prima” parisina.

Llamó a mi puerta y yo le abrí con una sonrisa maliciosa que ella, inmediatamente, interpretó de la manera correcta y a la que correspondió con su mirada más chispeante y su caída de párpados más insinuante. Al ver a Beatriz, sonrió y exclamó con voz risueña:

-Serás cabronazo…

Mi voz rezumaba malicia y lujuria cuando las presenté, pero mucha sorna cuando añadí:

-Me la encontré en la calle y la invité a que subiera a tomar algo caliente.

Victoria, sonriendo aún, se detuvo ante el CD y, sin mirar, extrajo uno al azar. Sonaron los primeros acordes de “Bela Lugosi is dead“. No pude evitar pensar que mi seño sevillana tenía un curioso sentido de la oportunidad. Con los primeros “desacordes” hizo ademán de detener la música, pero yo, que me había acercado en silencio como el gatopanda que soy cogí su mano y la detuve. Sonreí ante el recuerdo del pasado, de una de mis maestras, y me fui a preparar unas copas. Mi voz logró que se relajara la situación, mientras las dos me miraban con carita de perplejidad y calculaban cual sería mi siguiente paso. Victoria, al bañar mis ojos su rostro, se puso en pie y se me acercó decidida.

Sentada en mis piernas empezó a interrogar con sabia y malévola mañana a su “prima”. De repente, cuando mi mano rozó con escaso disimulo sus nalgas, inició un astuta disquisición sobre los tríos y menageries varias, con un descaro que provocó mi sonrisa. Beatriz, que intuía sobradamente por donde iban los tiros, callaba y miraba. Joven, ya se había llevado a la cama a un sinfín de tipos (no muy escogidos, por cierto), pero en esta tesitura optó por hacerse la tonta.

Un par de copas y varios toqueteos descarados después, el ambiente ya era otro. Con los ojitos brillantes por la sibilina lubricidad de Victoria al besarme, Beatriz nos miraba atentamenet. Fue entonces, cuando ella, acostaba en mi pecho, piernas separadas, mi mano deslizándose por entre sus muslos lentamente, fue, como digo, cuando mi boca soltó, como el que no dice nada:

-Dicen que no hay quien le coma el coño a una mujer como otra.

Beatriz tuvo la delicadeza de fingir incredulidad que facilitó mi obvia y vulgar siguiente sugerencia:

-¿Por qué no probáis? Sois tan parecidas que seguramente os adivinareis los gustos.

¡Estaba dicho! Victoria, siempre dispuesta a arder en el fuego más vivo, abandonó mis rodillas y se fue a por Beatriz, a la que estampó un delicioso beso en los labios. Mi sevillana deslizó su mano por el cuerpode ella, acariciandola sabiamente, metiendo los dedos bajo el tejano y acariciando por doquier, mientras Beatriz se dejaba hacer entre risas. Se asbrió la cremallera de los pantalones y estos se deslizaron prestamente hacia el suelo.

Acostandose en el sofá, reclino la cabeza hcia atrás y Victoria se acomodó entre sus piernas. Yo salí de mi inactividad y comencé a acariciar aquel tesoro de su culo en pompa. Alznado su falad, comencé a bajarle las braguitas. Ella volvió el rostro y espetó, burlona:

-Tardabas mucho…

El cachete en su nalga resonó más fuerte de lo que era, pero sus ojos brillaron con toda la fuerza de la emoción que sentí. Me miraba todavía cuando hundí mi cara en su cuerpo y mi lengua “analizó” su culo, ese pozo de la Vida, para luego bajar hacia su conejo soberbio, mientras ella besuqueaba el vuenter y el pubis dorado de su “prima”. Arrodillada ante ella, una vez me aparté, chupaba y lamía con avidez aquel coño tan baqueteado por la vida.

La melena dorada de Beatriz se desparramaba en los cojines mientras su boca se torcía entre gemido y gemido, los ojos idos y en blanco, y mi hermoso animalillo, devoraba y acariciaba con latigazos de su lengua aquel chochito venerado por este vuestro seguro servidor. Me desnudé sin prisas, enamorado de ellas, y, mientras las dos, casi desnudas, gemían en el sofá, me coloqué tras Victoria, acaricié su espalda y la penetre por detrás. Ella torció la cara y me abrasó con la mirada, para volver a lamer aquel prodigioso coño y acariciar aquellas soberbias tetitas.

Al cabo de un rato, para mi desconsuelo, Victoria se desacopló y, tomando mi huérfano miembro, lo guió al interior de Beatriz, para mi gran alegría. Se la metió hasta el fondo y Beatriz resopló como una locomotora subiendo una cuesta. Mi sevillana se hizo a un lado y, mientras contemplaba con una sonrisa propia de la Esfinge el polvo de nosotros dos, se acariciaba languidamente.

Beatriz se aferraba a mí, como su coño tesoro y pireto en torno a mi polla, como un guante. yo golpeaba vigorosamente contra su cuerpo, mientras su orgasmo se prolongaba y prolongaba inacabablemente. Ella reía.

-Sí… sí que eres un cabronazo…

Victoria, en pleno éxtasis en la punta de sus dedos, jadeó alegre.

-Sí… lo es… sí.

De repente el placer llegó a mí con un estremecimiento, y me dejé ir entre las piernas de aquella prodigiosa criatura, empujando con todas mis escasas fuerzas por última vez ,mientras un chorro caliente de semen rebotaba contra las paredes de sus entrañas. Victoria, recién corrida, se tumbó encima de mí y allí nos quedamos los tres, unidos, cansados, radiantes, felices y jubilosos.

Supremos sobre la estupidez y la vulgaridad del mundo.

Ensoñación (XV)

21 diciembre, 2013

14. Extasis

Al abrir la puerta me extrañó que ella no escuchara los latidos enloquecidos de mi corazón. Tampoco, es cierto, paré mucho tiempo a prestar atención a eso.

Victoria estaba más hermosa que nunca. Con el pelo ligeramente despeinado enmarcando sus ojos fascinantes, la mochila al hombro y unos libros en la mano, me miraba muy seria. Sus labios brillantes no sonreían. Tenía un aspecto travieso y conmovedor.

-Pasa -le dije, y me hice a un lado.

Entró. Se detuvo ante mí, sonriendo como un ángel:

-Te quiero.

Mis temores se desvanecieron, así como el control sobre mi cuerpo. Me parece recordar que, entre el gemido entrecortado que se escapó de mis labios, retumbó ligeramente un sonido escatológico que mi maldito esfinter no quiso retener por más tiempo, producto de tantos suspiros que, en lugar de salírseme por la boca, se me habían alojado por ahí abajo.

La abracé y la besé, y sentí su calor abrasándome como nunca lo había hecho.

-Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero… -repetía con su cara pegada a mi jersey.

La levanté del suelo a fuerza de brazos, demasiado feliz para pronunciar palabra alguna. Anduve y giré a mi alrededor con ella en brazos, riendo ambos, antes de que mi proverbial torpeza nos lanzara contra el sofá, donde continuamos riendo y besándonos. Nos empeamos a besar y a tocar como dos animales en celo y, de repente, ella detuvo mi mano, que ya se deslizaba por debajo de su pantalón.

-No, espera. Estoy chorreando. Si me tocas me corro.

No pensé. Le bajé los pantalones y las braguitas, estas con los dientes, y me encontré ante aquel monte rubicundo que me miraba atentamente. Sumergi mi rostro en aquel charco de maravillosa humedad con las mismas ganas que Eva había mordido la manzana. Sus uñas se clavaron en mi cabeza al notar mi lengua iniciando su recorrido triunfal mientras un espasmo recorría su cuerpo.

-Oh… oh… -se corría, sin duda alguna. Y lo hacía espléndidamente.

Me hundí en ella cuando mi polla la penetró. Fue el polvo más breve de nuestras vidas. Apenas estuve dentro de ella y tras dos empujones salvajes por mi parte, se volvió a correr y yo con ella. Medio vestidos nos quedamos abrazados, haciendonos carantoñas como dos críos (bueno, ella lo era).

-Nunca más -me susurró.
-Aunque tengamos que vernos de años a peras -dije, acariciando su carita.
-Nunca más -repitió.
-No concibo mi vida sin saber que estás ahí -mirandola a los ojos, como un ternero degollado, un servidor ya no estaba para misterios y se me iba la verdad por la boca.
-Y yo tampoco sin tí -mimosa, sonreía como una virgen de Caravaggio… una virgen algo desflorada, eso sí.

Y entonces, abrazándome con una gran sonrisa me soltó:

-Nunca has tenido ni tendrás un coño como el mío.

-Cierto. Ni tú una polla como la mía.

Al decir yo estas palabras la cogió con su mano y la sopesó. Gordita y desinflada, mi polla no parecía estar para más fiestas, pero empezó a endurecerse al contacto de su ama.

-Me enamorais los dos. Tu polla y tú.

Los dos… había dicho. Y, al besarla de nuevo, supe cuál iba a ser su regalo de cumpleaños.

Ensoñación (XIV)

19 diciembre, 2013

13. Crisis.

Hubo, como en toda pareja, ese periodo terrible y espantoso en el que, a uno de los dos, le entra pánico escénico. En este caso fue ella, que se asustó por todo lo que estaba en juego con nuestra relación, por su vivir al borde del cataclismo -propio y ajeno- que hubiera desatado de caer nosotros en el abismo de ser descubiertos.

Ya había dejado caer alguna indirecta, preguntándose cómo y por cuánto tiempo era posible resistir aquello. Una vez me dijo “tengo diecisiete años y no me interesa ningún hombre salvo tú. me siento enterrada en vida, como si fuera tu viuda”. Y yo, lógicamente, vivía con esa incomodidad que causaba saber menos joven que los posibles pretendientes que se cruzaran en el camino de Victoria. A los dos nos reconcomía el imaginar que haría nuestra otra mitad fuera de las horas en las que estabamos juntos, en el desierto de nuestras ausencias. Ella estaba loca por mí, hasta el desvarío, y no se imaginaba jodiendo con otro hombre. Pero yo veía el viento de la vida soplando en sus venas y sabía que necesitaba divertirse en un mundo que no era el nuestro, en un universo al que yo no pertenecía.

Ella nunca supo cuánto llegaron a atormentarme aquellas dudas.

Finalmente llegó la crisis. Simplemente Victoria se asustó. La tensión era demasiado fuerte, demasiado insostenible. ¿Qué futuro podíamos tener juntos? Así que, de repente, todo estalló. Que tarde aquella, vida mía, que tarde aquella.

Estaba tumbada en la cama, con una expresión que no le era propia. No era ella, era un rostro vulgar, barato, casi insipido, despreciable. Hablaba y hablaba sin parar y, de repente, roto el hilo de sus divagaciones, estalló:

-Ya no siento nada. No me excitas.

Me lo tomé a broma.

-¿Hoy o en general? ¿Algún momento o gesto particular? ¿O es un todo indisoluble?

-Bueno… desde hace un tiempo. Antes era divertido, pero ya estoy cansada. Llevamos demasiado tiempo juntos y siempre es igual. Ya no es lo mismo.

La miré sin decir nada. Supongo que decidió rematar la jugada y apostó fuerte.

-Ya no quiero, no me apeteces, ya no me pones caliente.

-Vale -le dije, y mordí un polvorón con aire distraido. Le ofrecí la bandeja de turrones-. ¿Te apetece?

-No -se puso el abrigo y dio algunos pasos hacia la puerta.

-Me voy.

-Vale. Como quieras.

-Quizás sea mejor que no nos veamos durante algún tiempo.

-Como mejor te parezca.

-Necesito pensar en todo esto.

-El que quieras. Posiblemente estés cometiendo un error, y yo por permitirlo, pero eres libre. Siempre lo has sido.

Parecía aturdida, desorientada, a la deriva.

-Trata de comprenderme.

-Lo hago, créeme.

Abrió la puerta y salió del apartamento. Y con ello, de mi vida.

Durante dos semanas viví en el infierno, en un dolor insoportable, en una angustia de vivir en el que nada valía la pena. Se me notaba, todo el mundo me lo decía. Me pasaba las horas pensando embobado, intentando hilvanar una frase mientras esperaba que sonara un teléfono que se emperraba en permanecer mudo.

Entonces, una tarde, sonó el teléfono.

Su voz era apagada. Me llamaba para decirme que teníamos que vernos esa tarde. Era algo importante.

Ensoñación (XIII)

14 diciembre, 2013

12. Vergüenza y pasión.

Estaba triste, sin que todavía sepa yo la razón, pues nunca quiso decirme la causa. Supongo que fue algún disgusto familiar. Se sentó en la cama y estuvo un rato con la mirada perdida.

Se echó a llorar. La abracé y sentí el calor de su cuerpo, que me estimuló. La besé, recogiendo sus lágrimas con mis labios. Su boca estaba salada. La recosté en la cama y la seguí besando. Cuando mi mano se coló debajo de su falda, se apartó.

-Déjame. No quiero, ahora no quiero.

Cogí su mano y me la llevé a la bragueta. Hice que apretara mi erección y le dije:

-¿Me vas a dejar así?

La apartó con disgusto y replicó:

-Te he dicho que ahora no.

No, no jugaba. Iba en serio. Pero estaba preciosa, las lágrimas le daban un aire melancólico. Y yo, idiota perdido, no tuve otra idea que recitar un poema de mis días universitarios, de uno de mis poetas más odiados, Andrew Marvell.

O then let me in time compound
And parley with those conquering eyes,
Ere they have tried their force to wound;
Ere with their glancing wheels they drive
In triumph over hearts that strive,
And them that yield but more despise:
Let me be laid,
Where I may see the glories from some shade.

No hubo manera. Ella seguía encerrada en sus lágrimas y mis palabras no servían para nada. Así que quise quitarle la pena a besos.

-¡Que me dejes, imbécil!

Se puso furiosa. Brillaba, y yo quise tentar al destino. Se levantó de la cama y yo de la silla, y la devolví al lecho de un empujón. Una mirada temorosa cruzó su rostro, pero eso me la mostró más bella todavía, más atrayente. Nos miramos en silencio y yo, presa de una extraña euforia me planté delante de ella.

-Desnúdate, nena.

-¡No me da la gana!

Se quiso levantar de nuevo y nos enredamos en una pugna. Yo jugaba, ella no. Forcejeamos y caímo sobre la cama. Puse mi mano entre sus muslos y ella paretó las piernas con toda su fuerza, mientras apartaba el rostro para que no pudiera besarla.

-¡Déjame ya, hijo de puta! -me gritó a la cara.

Ese es el único insulto que no tolero y, en el fragor de aquella lucha, me pilló desprevenido. Le solté una soberana bofetada y ella, por el efecto de la torta, cayó sobre la cama.

Me quedé blanco de horror. Casi se me olvida respirar. Entonces pasó.

Se volvió a mirarme. Sus ojos brillaban, pero no con miedo, sino con desafío, deseo y un punto de arrogancia. Yo seguía helado, inmóvil. Su respiración y la mía se aceleraron.

Sonrió maliciosamente y eso me devolvió el habla.

-Ostia, qué buena que estás, cabrona -exclamé, y fue como si el aire mordiera mis pulmones.

Sus ojos lanzaron un relámpago que atrapé al aire. Dijo entonces algo fascinante.

-Hóstiame. Venga, cabrón, hóstiame.

Lo hice. Dos bofetadas, la primera tímida, la segunda excitada. Me gustó. Se excitó. De un empujó me lanzó sobre ella. Su pantalón voló. En un santiamén ví su coño dispuesto y húmedo.

-Te voy a follar. ¿Me escuchas, zorrilla? Te voy a joder el coño hasta que me harte. Te voy a joder entera, por las buenas o por las malas o por las peores. ¿Me entiendes? ¿Me crees?

Me miraba como una serpiente venenosa a punto de morder. Sin dejar de mirarme empezó a sonreir de una manera animal, peligrosa y empezó a quitarse la camisa. Me ardía la cara y me lancé sobre sus pezones erizados. Ella mi miró y se relamió. Me tocó la polla y le aparté la mano. Me la agarré e, incorporandome, la sostuve ante sus oljos.

-¿Te gusta esto, verdad? ¿Te gusta verla gorda?

La miró como Perceval contempló el Grial, como Colón miró las Americas y como Carpanta observaba un pollo a l’ast. Se tumbó sobre la cama, separó sus piernas y me mostró el camino hacia el cielo. Me lanzó a chupar, sin dudar, hasta lamerle el alma en mi furor hambriento. Una neblina surgió de su piel y me nubló el pensaiento y las gafas. Mis temores, mis conceptos, mi sentido del deber y mis fantasmas se habían ido de putas, porque ya no sentía remordimientos por las dos hostias y, allí, abrasado, la ví como aquel lejano primer día, desnuda y húmeda y entonces supe que aquello ya no era ni ella ni yo, sino nosotros.

La agarré por un brazo y tiré de ella hacia mí para besarla furiosamente. Después bajé su cara de un tirón hacia ni polla y le rugí:

-Trágatela, cabrona.

Empezó a chuparmela con un frensí inaudito e imposible, salvaje y animal. Era un placer insportable, así que no duré nada. Se la saqué de la boca y, tumbandola sobre la cama, se la metí. Ella era un mar de jugos. Lanzó un grito brutal, un resoplido y se abrazó a mí clavando sus uñas en mi piel mientras me gritaba al oido con toda ternura-:

-¡Sí, cabrón! ¡Jódeme! ¡Hazme daño! ¡Métemela hasta el fondo! ¡Joder, que gorda la tienes, que gorda y que caliente! ¡Y no me lo habías dicho, cabrón ¡Me estrás destrozando el coño, hijo de puta! ¡Jódeme!

Reíamos, gitábamos entre jadeos, como un barritar humano. La penetraba mientras los latidos brotaban en mis orejas. Ella arqueaba su cuerpo, sus uñas me recorrían y yo me fundía en ella, con la polla tan dura que dolía. La penetraba, golpeaba su coño con aquella fuerza que jamás hubierea podido imaginar. Ella flameaba, temblaba, se corría de puro gusto y, de repente, giró a pleno pulmón:

-¡Ya!¡Ya!¡Ya!¡Ya!¡Ya!¡Ya!¡Ya!¡Ya!¡Ya!¡Ya!¡Ya!¡Ya! -Se corrió, me corrí, la besé, me besó. Fue un beso largo, arrasador, con mezclas de locura, borrachera y la pequeña muerte. Su boca en mis labos me abrasó la polla y me sentí demarramarme en sus entrañas hasta la última gota de mi vida. Nos fuimos apagando poco a poco, boca contra boca, tumbados en la cama, hasa que, por fin, menos dichosos de lo que eramos cuando nos corríamos, anonadados, con sabor de vida y muerte en la boca tras ese polvo betial, asolador, espléndido y casi mortal, nos quedamos mirando el uno al otro, en carne viva, caóticos y pecadores. Habíamos sentido el latigazo del deseo en nuestra carne y nos había poseído su fuerza salvaje e irreverente.

La abracé en silenco y, mientras besaba sus cabellos, me juré que nunca volvería a levantarle la mano a nadie.

-Perdoname -murmuré en su melena de miel.

Me miró, burlona, y me espetó brutalmente.

-No digas tonterías o te hostio.

¿Hostiarme? ¿En serio?

Nos pusimos a follar de nuevo.

Ensoñación (XII)

11 diciembre, 2013

11. Una de piratas.

El por qué es lo de menos. Tal vez no importe demasiado, ahora que pienso. Simplemente pasó. Habíamos estado de compras y yo terminé, como me suele pasar a menudo, cargado de bolsas y jurando cruel venganza (en la cama, obviamente). Así que, una vez descargado de mi peso, la agarré en volandas y la llevé a la cama. Ella, fingiendo horror, suplicaba:

-¡No abuse de mí, señor! ¡Por favor, que soy virgen!

-De una oreja, porque de lo otro… lo dudo -le repliqué, alzando una ceja antes de estallar en una carcajada mientras la abrazaba. Sus labios rozaron los míos y, al separarse, una mirada burlona me bañó con su luz.

-Mi culito es todavía virgen, señor. A ver que se ha pensado… -exclamó ella, alzando la barbilla con ademán orgulloso.

Para qué me lo diría… Me relamí descaradamente.

-Señor lobo feroz…¿por qué me mira con esos ojos?

-Ay, Caperucita Roja… lo que te va a hacer este lobo… -la risa se me escapaba, la lujuria también.

-Señor lobo… tenga usted a bien… que soy una chica decente, zorrilla, pero decente…

-Este lobo…

-… muy golfilla, pero decente…

-Este lobo, querida Caperucita, te va a dar por el culo.

-…muy… Eh…

Su boca se quedó entreabierta, sorprendida. Cuando mis palabras calaron en su alma, sus ojos se abrieron de par en par y su boca mucho más.

-¡¡¡Perdonaaaaa!!!! ¿Me vas a clavar ese pedazo de polla en dóndeeeeeeee?

-En tu agujero de las maravillas.

-¿Ey? Habías dicho que me vas a dar por el culo…

-Y ahí me refiero. Te voy a dejar el culete como un bebedero de patos.

-Qué poeta eres a veces, lobatón.. – me abrazó con fiera comicidad y, arrebatada, me espetó-: ¡dónde sea, pero clávamela!

Mi seño sevillana, cuando quería, era muy de clavarla. Así que no me hice de rogar y, tras hacer que pusiera su esbelto culete en pompa, yo acaricié con fingida parsimonia aquellas tersas nalgas, a las que despojé primero de sus shorts y de sus braguitas. Allí estaban aquellas dos gemelas en los que, sin vacilar, hundí mi cara y metí mi lengua, lamiendo, primero despacio, luego con algo más de prisa, hasta ensalibarla como Venus manda. Luego otr placer, el de disfrutar del espectáculo de ver salir y entrar mi polla en su agujero soberano, magnífico y rutilante. Continué moviéndome sin prisas.

Ella se acariciaba y yo notaba la lleva de sus dedos rozarme mientras se introducían en su coño. Mi mano se añadió a la suya y la noté chorreando, de manera que aceleré las caricias y las embestidas. De vez en cuando, mientras mi glande desaparecía entre sus nalgas, notaba un apretón como si cinco dedos fantasmales me estrujaran la verdad.

-¡Ost, Ostia! ¡Sigue, sigue! ¡Joder! ¡Me corro! ¡Me… me corro! ¡Sigue! ¡Tú! ¡Ahora tú¡ !Córrete tú! -aulló, gimió, lamentó, rugió.

Aceleré el ritmo y reventé en ella. Mi polla recibió un apretón inhumano en ese momento y, fallándome las piernas, la respiración y el ABS, me derrumbé sobre su espalda. Inmóviles, boca abajo, no espirar podíamos.

-Que bestia eres -dijo ella, al cabo de unos instantes, volviendo la cabeza y sonriendo-. Un día nos quedamos fritos en pleno polvo.

El aire olía a sexo húmedo. Nos abrazamos y quedamos juntos un rato más. De repente Victoria alzó los ojos y me dijo:

-Encima de quererte no puedo estar sin tí, grandisimo cabrón. Me tienes encoñada. Tu cara, tu sonrisa, to voz… Es que me paso todo el día deseándote, hijo de puta. ¿Sabes que me mojo pensando en tí?

Sonreí tiernamente mientras la abrazaba.

-¿Cómo crees que estoy yo, corazón mío?

-Lo dicho, un día nos quedamos fritos. No sé yo como va a acabar esto…

-Fritos, lo acabas de decir…

-Tengo hambre, ahora que lo mentas.

Así que, mientras ella se iba a comprar fast food en un Kentucky de esos, yo me acerqué a una de mis librerías favoritas para comprarle su regalo de iniciación anal: “Chants du Crépuscle“, de Victor Hugo. Esperando a que la me cobraran, pensaba yo.

“Quizás hayamos echado casi cien polvos, gloriosos, jocundos, irreverentes e históricos y, cuanto más jodemos, más nos deseamos”.

Mientras pagaba, creo que murmuré en voz baja:

O inmensa delizia mia, tu fiamma d’amore eterna…

La dependienta de la librería, acostumbrada a mis rarezas, ni pestañeó.

WORDPRESS FAMILY AWARDS 2013

7 diciembre, 2013

La culpa de todo la tiene Ava y su Maof, que me casinominó y desde entonces me llueven los premios. Ya te vale, amigaaaaaaaaa… (mi venganza será terrible. O peor).

Aunque tampoco le voy a quitar mérito a la deliciosa autora de los Cuentos del León Amador (un león premiando a un panda?) Los Cuentos del León amador (un león premiando a un panda?), y de esas lluvias… pues esto.

¿Y qué hago yo ahora, aparte de dar las gracias? Pues eso, Natalia, muchas zankius y besotes.

“Este premio fue creado por bloggers para reconocer el esfuerzo, la influencia y la importancia de otros bloggers, que merecen una mención para seguir con la difusión de sus pensamientos y sentimientos por la red. Esta comunidad se asemeja, en muchos casos, a una familia”.

Pos fale.

Las reglas son:

– El logo del premio debe verse en el blog.

– Debes enlazar a la persona que te nominó.

– Debes nominar a otras diez personas que hayan tenido un impacto en tu experiencia en WordPress.

– Tienes que notificar las diez nominaciones.

Y comienzan las nominaciones… an da güiner isssssssss…

foto family

1. Psiconauta blog
Hace poco que lo sigo, y me encanta. Prueba y me darás la razón.
2. Los sentidos de la vida, ¿Que sería de la vida sin el buen vino y el buen gusto?
3. jakelovesme, por que me toca la fibra ver a Maggie Simpson. Ahora vas y averiguas lo que quiero decir con esto.
4. La tetapedia, ¿Que sería del mundo sin tetas?
5. Mujer tenáis que ser, porque si ellas no son libres, nosotros tampoco.
6. Durmiendo con Morfeo, porque hace poco que he descubierto este blog y me ha encantado
7. jeanbon26, porque todos tenemos nuestro corazoncito.
8. En algún lugar de mi alma por su sensibilidad, su buen gusto y su maravillosa manera de ser. Y por los viajes que se pega.
9. Sexología en redes sociales, por hablar del sexo sin pedantería.
10. sumiso.pe, porque le tengo mucho cariño a este blogista, que a veces escribe como si mojara su pluma en mi cerebro.

No son todos, sino sólo unos pocos. Por eso de los elegidos y tal. Y porque no estoy acostumbrado a estos menesteres.

PD: Ava, no te nomino no por falta de ganas, sino porque ya recibiste este premio y quiero que descanses… hasta que llegue mi venganza… 😉 Besotes, guapisima, y sigue escribiendo tan bien -no te cobro la publicidad, tranquila. O si. Ya hablaremos…

Ensoñación (XI)

7 diciembre, 2013

10. Lujuria espiritual

Sevilla en Semana Santa tiene ese aire de exhuberancia religiosa y de magnificiencia procesional que provoca en mis venas un erotismo heróico que me hace exaltar la carne en pleno periodo de martiroligio. Por eso me empeñé en “encontrarme” accidentalmente con ella y con sus padres -ellos, como siempre, como la ciudad entera, como toda la Humanidad, de hecho, estaban de más.

Y así me encontraba a su lado, piel rozandose Dios mediante, tras contemplar el paso de la Macarena, mientras toda Sevilla observaba a la imagen de la Virgen y yo soñaba a Victoria avanzando desnuda, gozosa, vital y excitante hacia mi cama. Parte de mi mente reflexionaba sobre la paradoja de estar pensando en Dios y en el sexo a la vez, sorprendido por la extraña vena lasciva que aquel alarde religioso-exhibicionista me causaba.

Hacía calor. La Virgen avanzaba entre la muchedumbre que se apretaba, gritaba, cantaba, se arrodillaba y oraba. Se olía a sudor, a cera, a incienso, a histeria contagiosa. Y Victoria, a mi lado, se apretaba inocentemente contra mi, en mitad de esa muchedumbre enardecida y al borde del orgasmo religioso, mientras yo deslizaba mi mano por debajo de su falda y la acariciaba, deseando que no fuera mi mano sino mi polla la que la poseyera por detrás en mitad de aquella gentada y frente a todo y contra todos.

Pero, incluso yo, soy prudente a veces.

Cenando los cuatro no pude evitar que una gota de sudor me rodara por la nuca cuando se levantó y pasó, admirable, orgullosa, rozando con su falda sedosa mi pierna. Caminaba con el orgullo y garbo de un torero, el equilibrio de lo perfectamente hecho, de lo inmejorable. Su culo y sus caderas se perdieron en pos del pasillo, mientras en mis ojos se quedaba el fantasma de ese trasero prieto, turgente, redondito, mediterráneo, español, orgullo de su raza, el culo de los culos. Traté de acomodarme la polla sin que se me notara demasiado y, suspirando, seguir escuchando la tortura en boca de su madre y sus reflexiones aulicinoculturales que yo ahogaba con vino y mucha mala leche.

Fue en esas cuando viví un momento en el que las puertas del infierno podrían haberse abierto de par en par para devorarme. Sentados allí, Victoria al lado de sus padres, estos en pleno alarde verbal y yo intentando disimular que la estaba follando con los ojos. Ella me miraba con un aire de gatopardo, cierta morbidez en la boca y un porte falsamente desmayado en su figura. Y yo, con los ojos llenos de sus muslos.

La verga me llegaba a la nuez y yo casi me ahogaba en mi propia saliva, que ya se me salía por las orejas. De repente estallaron los fuegos artificiales y todos acudimos en manada a mirar por los grandes ventanales. Yo, calentorramente insensato, me planté tras ella y le susurré la primera burrada que se me pasó por la mente (con el calentón y la tortura sufrida a manos de su madre no estaba yo para muchos alardes poéticos):

-Me duele de lo dura que me la pones.

Ella ni se volvió. Magnifica en su disimulo, siguió mirando impertéritta aquella petardada nocturna, hasta que su mano, deslizándose entre su cuerpo y el mío, tras darle un apretón cariñoso a mi abultada entrepierna, me cogió la mano y, con un dedo, me acarició la palma en lentos círculos.

Me corrí como un bendito bajo su roce.

Aquella noche no tuvimos tiempo más que para un furtivo beso en la oscuridad. Reflexionaba sobre ello cuando pasé por delante de la iglesia de Santa Catalina y, absorto observando su ábside y las gentes que, presas de su ardor religioso, lloraban a moco tendido, me pregunté si algún rayo divino estaba a punto de fulminarme por mi desatino sacrílego, pues, pecador en tierra santa, yo pensaba en Victoria, mi santa, a la que yo era devoto pesar a que no estaba en el dogma ni tenía pinta de que jamás fuera a estarlo ni aunque el mismísimo Alejandro VI retornara de entre los muertos.

No pegué ojo, soñando despierto con ella.

Ensoñación (X)

4 diciembre, 2013

9. Rozando la eternidad.

¿Se acordará mi seño sevillana de aquella noche en la que casi nos descubren?

Por supuesto que sí…

La tomé de la mano y entramos en su habitación. Abajo estaban sus padres, sus amigos, mis conocidos, sus conocidos, mis amigos y mi ángel de la guarda, que hacía horas extras. En resumen, la flor y nata sevillana se reunían en el hall de su casa y yo la iba a follar en su cama mientras la casa retumbaba con canciones de los Chichos y mi alma estaba a punto de salirseme por la punta del pito.

Caminamos en silencio hasta el lecho. La luz de la luna se filtraba por una ventana. Los ruidos de la fiesta resonaban como los quejidos de un animal. La besé, y sin separar mi boca de la suya, dejé que cayera a sus pies aquel vestido precioso de seda, que se deslizó, suavemente, cuerpo abajo mientras le acariciaba la espalda, las caderas y el culo con la yema de mis dedos. Vino a mi cabeza una cita clásica:

Uno se obliga a vivir porque alguna vez vivir es extraordinario.

Aquella noche lo era.

Victoria me miraba en silencio mientras me desnudaba. Sonaba la música y, en aquella noche, incluso yo debía resultar atractivo al son del bolero. Me fui hacia ella, que es lo mismo que decir hacia la gloria. Su piel estaba tan suave y cálida como siempre. Sus pechos me acogieron mimosos cuando hundí mi cara en ellos. Sentí en mi vientre el roce enardecedor de su vello púbico y al meter mi muslo entre los suyos me recibió su fuego humedo. No dejábamos de besarnos, de acaricianos interminablemente, minuto tras minutos, ni de chuparnos hasta la fibra de los huesos mientras nuestras manos acariciaban, rozaban, arañaban y pellizcaban la cárcel de carne que atrapaba nuestras almas gemelas.

No dijimus una sola palabra, ni siquiera cuando, tras separar sus muslos, comencé a masturbarla muy despacio. Ella, sí, gemía, se retorcía, se apretaba contra mí mientras mis dedos penetraban en su sexo, que se hacía agua y vino en mi piel.

Hasta que, al final, loco de pasión, acomplé mi polla a sus puertas agradas y entré, despacio, como el creyente que se adentra en el templo para recibir la bendición de su Creador. Me puse sobre ella y la noté cálida, resbaladiza. Ella se estremecía y suspiraba sin parar de besarme. Mi polla golpeaba una y otra vez su coño, loca, bestialmente, mientras yo le besaba y ella me devolvía mordiscos. Hundida su boca en mi pecho se le escapó un gemido que resonó en mi cabeza, pero que no fue más allá, mientras sus puños golpeaban la cama, presa de un paroxismo salvaje en el que yo quedé convertido en un río de leche que se clavó contra su alma y salió para empapar su cama.

Abrazándola, como le cantaba Nerón a popea, susurré a su oído Tu stai a tutte l’hore / splendor negl’ochhi e Deitá del core.

Al bajar tuvimos que improrvisar una justificación para nuestra injustificable ausencia. Ella, con su carita inocente, pergreñó una historia que dejó la pelota en mi tejado y yo redondée la mentira con mi habitual expresión risueña y mi mirada de poker, la que tantas veces me ha salvado el culo (tod@s mentimos, más o menos, más grande o pequeñamente, por necesidad o por inercia, por costumbre o para salir del paso y quien lo niege, amén de mentiroso, no se conoce así mism@). Mentí a mi manera, de manera locuaz, sin parar de hablar y perdiendo varias veces el hilo de mis desvaríos, paseando al final mi mirada, aburrida y extraviada, insolente e inquieta, por la habitación y, en una palabra, pergreñando la excusa más inverosímil que, de puro absurda, resultaba posible.

Creo que sus padres sospecharon algo, tal vez por primera vez, pero nunca dijeron, ni antes ni después.

Por si acaso no nos vimos a solas durante algunos días…


Oh, Loth.

Soy metáfora de guitarra desafinada, por eso escribo.

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Parella d'amants de la vida. Entra amb nosaltres a la nostra cambra. Aquí qualsevol desig està permés i qualsevol fantasia la farem realitat.

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