Archive for 31 enero 2014

Sobre el lesbianismo (4)

31 enero, 2014

Edad Media

Si en épocas anteriores era dífícil encontrar rastros de “lesbianismo” en las culturas clásicas, la Edad Media no desentona con esta falta de testimonios, que escasean. Sin embargo, un@ encuentra ejemplos como se interpreta a San Pablo, que se despacha a conciencia contra el lesbianismo (Romanos, 1-26, 26), donde tacha a las safistas de infames y antinaturales.(¡sorpresa!). Sus interpretes simplemente no entiende de qué narices está hablando el bueno de Pablo. Vamos, que no les suena de nada. Y para uno que lo entiende, Juan Crisóstomo, mejor que no lo hubiera hecho, pues tacha a las lesbianas como una aberración (¿?) peor que la de los homosexuales porque atenta a la convivencia entre hombres y mujeres (¿mandeeeeeee?) y es destructora del género humano pues aparta a las féminas de su labor principal (¿hacer punto? ¿poner a parir a la vecina?), que es la reproducción (ah… eso…).

El silencio sobre el lesbianismo que guarda tan escrupulosamente la Biblia se puede deber, sospecho, a su orígen hebráico, pues los judíos pasaban olímpicamente del tema… con matices. En principio, dos mujeres se podían amar siempre que no pusieran en peligro la situación de los hombres que eran responsables de ellas (puñeteros… ya me extrañaba a mí…). Lo que realmente cabreaba a los judíos era el desperdicio de semen.

Mientras no se pervierta el orden “natural” (hombre arriba, mujer abajo, y no me refiero al misionero), los medievales no tenían problema alguno con el lesbianismo. O casi ninguno.

Sin embargo, sin embargo, algunos padres de la Iglesia sí se preocupaban por la homosexualidad femenina, pero, en general, la situación era, por decirlo poéticamente, de un generalizado “niputaideísmo”. Vamos, que los muy medievales no se metían con las lesbianas por el simple y puñetero motivo siguiente: que no tenían ni zorra idea de qué sentían o deseaban las mujeres (en cierto sentido, todavía hay mucho medieval suelto por el siglo XXI) y que al tratarse de relaciones donde no primaba la penetración, ni la erección ni la eyaculación, pues la confusión masculina era realmente enorme al respecto. De hecho, la mayor preocupación de los legisladores de la Edad Media será la sexualidad no reproductiva, lo que deja a la mujer como un mero receptáculo del semen.

Sobre esta base de ignorancia se formaría una losa que cubriría las relaciones hombre-mujer que perduraría hasta nuestros días.

En la imaginación medieval persiste una vieja obsesión patriarcal: ¿cómo diantres follaban las lesbianas? Incapaces de imaginar algo que no sea falocentrico, sueñan o deliran a unas safistas dotadas de unos clítores monstruosos, de dimensiones ciclopeicapollísticas. Por suerte (es un decir…), Bouchard de Work (siglo XI) intuye e imagina algo: distingue entre la estimulación mediantes falos, el coito lésbico artificial y la estimulación por fricción de ambos sexos, pero el bueno de Bouchard es un caso singular, como prueban el capullo de Pablo de Egina (siglo VIII), que sigue imaginando clitoris que tienen erecciones y enculan a pobres y desvalidos machos.

(Nota: al final acabaré pidiendo la dirección de una de estas mujeres con clitoris desmesurados…).

Básicamente el problema y lo que se castigaba duramente, era el hecho de que hubieran mujeres que se salían de su papel tradicional y que buscaban un espacio propio, “pervirtiendo” el orden patriarcal establecido. La mujer tenía que seguir siendo pasiva.

Sin embargo, a pesar de esta ignorancia, de este capullismo machista, hay bastantes referencias literarias al safismo (Le livre des manniers, escrito por el obispo de Rennes, siglo XII, y los ejemplos de la literatura árabe) y, en cierto modo, la libertad femenina es más grande, pues encuentra centros propios como los monasterios, donde las mujeres pueden escapar de la opresión social y mantener relaciones más o menos iguales entre sí. No son infrecuentes las cartas de amor entre monjas (otra fuente de fantasías eróticas machopatriarcales) y, si bien la literatura lésbica es inferior en número a la homosexual, es más de la que habrá hasta el siglo XIX pues, con la llegada del Renacimiento, una época de oscuridad se abate sobre las mujeres.

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Sobre el lesbianismo (3)

29 enero, 2014

Roma.
Al parecer las romanas gozaron de más poder y libertad que sus congéneres griegas, de ahí que hicieran “más” y que fueran también más temidas por los hombres. Los textos abundan ahora sobre el lesbianismo, pero para escarnecerlo y para mostrar a las lesbianas como seres grotescos, risibles y repugnantes.

El hecho de que autores como Ovidio, Seneca el Viejo, Marcial (eres el mas grandeeeeeeee…), Horacio y Luciano se cebaran con el lesbianismo con una prolija mala gaita es indicativo de la realidad de las relaciones sexuales entre mujeres, que debía ser una píldora un tanto amarga a los paternales romanos, pues, al darse placer entre ellas, las lesbianas romanas atentan contra el orden establecido, y de ahí surge la inquietud del poder ante una posible ruta de escape de las mujeres frente al control masculino, duda que se extenderá por el tiempo y los siglos venideros.

Notoria es la mala baba de Marcial (eres el mejoooooooooooooor… que razón tenía el Maestro Martín Domingo) al hablar de una conocida safista, Filénide, la cual, “jode a su amiga, sodomiza a muchachos y se tira a once muchachas al día” obra y gracia a su clítoris desmesurado que funciona como un pene. De postre, Filénide no sólo pervierte el orden establecido sino que come y bebe como un hombre, levanta pesos cual machorro vasco y practica deportes masculinos. Todo en el mismo lote, señoras y señores. A partir de entonces todas las lesbianas serán ridiculizadas como machorros, abriendo un camino de interpretación muy interesante;

-como los romanos consideran que sólo los hombres pueden dar placer, y que ésto a su vez es una manera de dominar, que las lesbianas “interfieran” en sus funciones “únicas” es un intento de arrebatarles su primacía social. Olé con los romanos. Con un par…

Por eso el lumbreras de Juliano de Samosata (siglo I), que no se recata a la hora de contar los amores sexuales de Zeus con jovencitos, denigra y vilipendia a las lesbianas, que considera malos calcos de un hombre. Vivir para ver… Así podemos ver que lo que preocupa a los romanos es la posibilidad de que aquellas mujeres que sean muy activas sexualmente puedan comportarse así en otros ámbitos sociales.Que, a diferencia de las griegas, las romanas no vacilaran en usar los consoladores las unas con las otras fuera de la prostitución, incomodaba soberanamente a los romanos. En una época en la que uno de los mayores tabúes sexuales era la pasividad, que una mujer quisiera ser dominante sexualmente a ellos les resultaba profundamente inquietante.

Las mujeres tenían que ser pasivas, como los esclavos, los prostitutos y los prisioneros.

Pues resulta que no…

Sobre el lesbianismo (2)

27 enero, 2014

Grecia
Algunos historiadores modernos, ante la falta de testimonios de la época sobre la homosexualidad femenina (en comparación con la masculina) deducen que el lesbianismo en tiempos clásicos era casi anecdótico o inexistente. A esto, las feministas contraponen que todas las damas de la Antiguedad eran “lesbianas en potencia” (Weigall, A., Safo de Lesbos, 1973). Y se quedan tan anchas. Supongo que, por su mal disimulada misoginia, la diferencia enter “acto” y “potencia” teorizada por Aristóteles es desestimada punitivamente.

Entre este pelea de gallos el dato que emerge con claridad es que todo estudio sobre la homosexualidad femenina estará siempre a remolque de la masculina. Y que la mujer, que en la Grecia clásica contaba menos que un esclavo, no era un objeto de estudio interesante para la historia. Triste, pero cierto.

También se puede comprobar, por la existencia de referencias escritas e iconográficas al tema, que habían mujeres con tendencias lésbicas en aquella época, aparte de la archiconocida Safo de Lesbos, a pesar de las lagunas que existe en torno a ella por falta de material, de la que, junto a su amor por otras mujeres, también se la describe como una persona que mantuvo asimismo relaciones con hombres. Lo que sí parece cierto y comprobable es que Safo no sólo tenía tendencias lésbicas si no que nos las hizo llegar en sus poemas y que, además, las mujeres no tenían las mismas posibilidades que los homosexuales masculinos de vivir su opción sexual al verse enclaustradas y esclavizadas por el matrimonio, que las reducía a una mera fábrica de hacer bebés.

También nos resulta claro es que, cuando las mujeres contaron con mayor libertad, los comportamientos “lesbicos” son más evidentes, como es caso de Safo o de Erina, poetísa que cantó su amor por su amiga Baucis y su dolor al perderla. Por ello resulta curioso la ausencia de referencias al lesbianismo en la democrática Atenas y la “abundancia” de referencias en la militarista Esparta, donde, como dice Plutarco “tan bien estaba considerado el amor entre ellos [los espartanos] que hasta las mujeres respetables y distinguidas amaban a las muchachas”. Cuanto más cultas, más libres y, por tanto, más lesbianas.

En Atenas, a pesar de las restricciones, se permite el lesbianismo en un entorno particular: el de la prostitución y, claro, al servicio visual de los hombres, cuya imaginación es satisfecha mediante iconografía y servicios de las prostitutas, dotadas para la ocasión de grotescos y exagerados falos dobles para vagina y ano. Es de suponer que, aparte de mantener relaciones lésbicas por dinero, es posible que surgieran lazos afectivos y sexuales entre las mismas prostitutas.

Curiosamente el lesbianismo está ausente de los mitos. Mientras que los dioses no vacilan en tener relaciones eróticas con hombres, las diosas no se dignan a seducir a las mortales. En todo caso habrá algún dios que se disfrace de mujer para acostarse con una dama. Por lo demás, todo es silencio en lo que rodea al lesbianismo en lo tocante a la mitología, si descontamos la historia de Ifis y Yantes en las Metamorfósis de Ovidio, que el poeta usa para alertar sobre la peligrosidad de tales relaciones. Si las dos mujeres se enamoran es porque una se disfraza de hombre, tropo que dará pie a una larga serie de repeticiones y esterotipos que se mantendrán populares hasta el día de hoy.

Finalmente queda el mito de las Amazonas, que copulan con los hombres por mero instinto reproductivo y luego los matan. Sólo se quedan con sus hijas, eliminando a los varones. Su destino es ser siempre derrotados, en el campo de batalla y en la cama, por los hombres, con lo que se restrablecer el orden patriarcal. Por lo demás, no es un mito feminista, sino claramente misógino. Las Amazonas son caracterizadas como masculinas y viriles en sus actitudes y como dotadas de un odio inextinguible hacia los hombres (que luego las enamoran… ver para creer…).

Sobre el lesbianismo

23 enero, 2014

Todo esto surge a raíz de mi interés en el tema y de lecturas, conferencias y charlas varias con especialistas en el tema, lesbianas de pro y otros animales de diverso pelaje. Reproduzco notas, apuntes y opiniones ajenas, con las que yo puedo o no estar de acuerdo. Cuando quiera hacerme notar, no dudes, querid@ lector/a, que podrás apreciarlo.

Orígenes
Es díficil bucear en la historia en pos de la primera lesbiana. Citando a Adrienne Rich, podemos hablar de mujeres “desleales a la civilización” y que se han labrado un papel propio, un lugar sólo para ellas y que han definido lo que consideraban ser “mujer”.

Sin embargo, aquí, en la modesta opinión de este escriba (¿se nota que estoy opinando, querid@ lector/a?), se abre un tenebroso abismo en el que, como es propio de todo revisionismo histórico, se puede dar el carnet del partido a toda mujer que pueda tener unas características más o menos aceptables para la “clasificadora” realizando el estudio. Y, dado que esa persona puede llevar varios siglos muerta, resulta bastante complicado consultar con ella sobre su visión de la vida y de la sexualidad o que proteste y diga “oiga, ¿qué está usted diciendo de mí?”.

No sería la primera vez.

No intento con esta reflexión volver más fragmentaria lo que algunas feministas denominan, con un lenguaje irónicamente patriarcal, a las “categorías [identitarias] más débiles”. Simplemente me fastidia la etiquetización gratuita. Ya puestos, ¿qué criterios usaremos hoy para definir la sexualidad de la Grecia clásica o de la Europa medieval? Porque, si vamos a aceptar que toda mujer que fue “represalida, perseguida o criminalizada” por la sociedad patriarcal, me veo a Juana de Arco como patrona de las lesbianas.

Porque, sinceramente, cuando las feministas lesbianas consideran a una lesbiana como no sólo a aquella mujer que tiene intereses sexuales o afectivos respcto a otra mujer sino, además, también si “se resiste al patriarcado”, me parece un concepto pillado por los pelos. Por un lado me hace pensar en aquellas suffragettes que se pedían el voto femenino a comienzos del siglo XX (¿eran todas lesbianas, verdad?) y, por otro, esta generalización me recuerda a aquellos “historiadores” nazis que buscaban rastros de la primigenia raza aria entre los pueblos germánicos que intercambiaban sus puntos de vista a hostia limpia con los romanos y entre ellos con alegre donosura.

Mi madre era tan antipatriarcal como la señora Rich cuando le tocaban la fibra y tan lesbiana como su hijo es amante de la física y las matemáticas.

No es cuestión de reducir el lesbianismo a una mera opción sexual. Porque también han habido hombres antipatriarcado (pocos, para qué engañarse), y las feministas lesbianas les ignoran (oh, ironía, ¡¡ellas discriminando a una “categoría identitaria débil”!! ¡¡Es el fin del mundo!!). Las tendencias sexuales son independientes de nuestra distribución genital. Nuestras fobias mentales, por otra parte, son muy genitales, independientemente de nuestro genero.

Después de este pequeño arrebato (es el problema de tener los genitales por fuera, lo siento), empezamos.

En la próxima entrada “Lesbianas en Grecia y en Roma“, recordando una cita del infame David Irving: “A los historiadores se les ha otorgado un poder del que ni siquiera gozan los dioses: cambiar los hechos ya sucedidos”.

Más reflexiones chatterlianas

21 enero, 2014

Querid@ lector/a (dejamos a Baudelaire descansando por un rato),

Tras andar ocupado durante los dos últimos meses (casi tres ahora que pienso) con mi “Ensueño”, toca plantearse los próximos temas a escribir, y vacilo, para variar.

Te comento.

Estoy iniciando los primeros pasos vacilantes para realizar un analisis literario de las narraciones eróticas que una querida amiga, AvaMaof, publica en su blog, citado repetidas veces en estas páginas osopandísticas mías. Basicamente: me fascina la aparición de ciertos temas y pautas que me apetece someter a estudio (como en mis días universitarios). Una vez conocida la respuesta positiva de mi querida amiga (de aquí al matrimonio un paso… p’alante y ciento dos p’atrás por su parte), he iniciado el proceso, y estamos en ello.

Pero claro, es algo que, me temo, va a tardar en dar un resultado que yo considere oportuno, y no es plan de dejar este blog colgando del aire, poema va, poema viene.

Por ello, si te parece bien, querid@ lector/a, voy a ir publicando los apuntes y notas que estoy tomando en un curso poco ortodoxo que estoy realizando de noche y con las estrellas apagadas: Historia y Análisis Político del Lesbianismo. Como siempre me he considerado una lesbiana honoraria, es un tema que me interesa profundamente, así que espero poder compartir contigo, mon/ma frère/soeur, lo que vaya hilando en mis nocturnas aficiones (Sabina, te deseo lujuriosamente, Maestro).

Nos leemos…

PD: Se admiten sugerencias y otras proposiciones más o menos (in)decentes.

Yours truly,
Jack

Ensoñación (XXIII)

19 enero, 2014

22. This is the end, beautiful friend…

Nuestros cuerpos estaban enredados con las empapadas sabanas, cubiertos de sudor, de saliva, de champagne. Victoria me apretó contra ella, estrechándome entre sus piernas, mientras mi pene la ensartaba una y otra vez, convertido mi miembro en un ser independiente con vida e ideas propias que me dominaban por completo.

-¡Sigue, cabrón, sigue! -suspiraba

La penetraba con lujuria, con saña, con gula, con ensañamiento, notando como su coño mágico se convertía en los límites de mi universo. Su voz se tornó en un aullido que me ensordeció cuando rebasó la cumbre de su climax:

-¡Me vuelves loca! ¡Fóllame fuerte! ¡Dios, jódeme! ¡Quiero sentirte! ¡Córrete! ¡Lléname de leche! ¡Muérdeme las tetas! ¡Dame por el culo! ¡Haz lo que quieras! ¡Soy tu puta! ¡Lléname de leche!

Lo que en una película porno me hubiera causado hilaridad y en otra mujer incomodidad, en los labios de Victoria lograba llevarme a los extremos más salvajes del paroxismo animal, y esta vez no fue diferente, y pronto el placer se hizo dueño de nuestros sentidos.

El chorro ardiente de semen que saltó dentro de su vagina lo hizo con la fuerza de un ciclón, mientras mi polla, ignorando el final, seguía empujando y retorciéndose dentro de ella, queriendo reventarla a fondo. Ella siguió moviéndose también, furiosamente, azotando mi rostro con sus pechos hermosísimos, machacando sádicamente mis muslos y mi vientre con su culo y su sexo.

Rendidos nos quedamos inmóviles el uno al lado de la otra, acariciando débilmente los perfiles de nuestras pieles. La contemplé junto a mí, brillante de sudor y saliva, exhuberante, con el pelo revuelto, los ojos cerrados, la sonrisa engimática, abrasada por el placer.

Y esa mujer magnífica, que yacía agotada en mi cama, era mía, quería ser mía, y me amaba y me deseaba. Abrió los ojos, su boca se estremeció y me besó, y yo supe que todo estaba bien, que todo era bueno, que todo estaría bien.

Poderosa, descarada, impura, misteriosa, tierna, así era ella. Sus ojos me acariciaron con la misma ternura con la que antes su lengua me había devotado. Sonreí feliz por estar con ella, un ser lujoso y desmesurado, santo y bestial. Era, en resumen, el epítome de la vida.

Me besó, larga y calidamente. La tarde había caido y la ciudad se había vuelto oscura, crepuscular en su fantasmal final del día que se filtraba por los altos edificios.

Desnuda todavía, Victoria se pasó por la habitación, acariciando los muebles del piso, las paredes, la cama que todavía olía a ella, a mí, que la miraba coin una sonrisa. Y ella, devolviendome la ronsira con una de completo felicidad, de estar en paz con la vida misma, me regaló una paráfrasis de otros textos que quedó grabada para siempre en mi memoria:

-Quien venga después de mí, reinará como un malvado.

Más tarde, ya en la puerta, se volvió y me miró por última vez. Habia amor en aquellos ojos. Y como la Fatmé de Montesquieu, libre por su ascendencia y esclava por la violencia del amor, salió de mi vida y entró en la leyenda.

Ni Alejandro Magno había llegado tan lejos.

Ella había hecho cierta aquella célebre cita (“Detente, eres tan hermosa”).

Así, con el alma en paz, la recuerdo y la adoro, más allá de las leyes de los hombres y de las divinas, mientras a mi alrededor sigue derrumbándose el mundo, sin acabar de morir, sobreviviendo, palabra terrible, misera y mezquinamente.

Y continúo mi vivir, con ese recuerdo en los ojos de algo perdido, musical, por una larga avenida de recuerdos en el que ella es una de las más bella, congelada para siempre en mi memoria, contra la que nada podrá el Tiempo.

FIN.

Ensoñación (XXII)

13 enero, 2014

21. Tosigo ardento

Sé que nunca me creerás. Haga lo que haga, te diga lo que te diga, nunca me creerás. Porque mis enemigos han llenado de tosigo ardento tu corazón, y tu corazón ya no cree en mí…

Una mano me volvió bruscamente la cara y mi recitar se fue al garete. Victoria, sin pensárselo dos veces -que narices, ni una siquiera-, me abrasó la boca con un beso que me conmovió el alma y, tras mirarme fijamente a los ojos, me espetó:

-Cabrón… aunque leyeras el listín telefónico me pones cachonda, como una perra en celo continuo.

Gabrielle, hundida en el sillón, con las gafas en la punta de la nariz y los ojos ausentes de su libro, nos miraba con una sonrisa divertida, las piernas envueltas en su manta favorita y la camisa entreabierta mostrando la promesa de sus encantos gemelos.

-Pero cacho zorra, keep quiet, que me caigo, cooooooooño!!! -le solté en uno de esos alardes poéticos que me precio de soltar de vez en cuando.

Y no mentía un servidor, pues a raíz de abalanzarse Victoria sobre mí, con la fuerza de su empuje el sofá se fue ladeando de manera que, inevitablemente, ambos (ella y yo, además del sufrido mueble) dimos con nuestros huesos en el suelo, llevándome yo la mejor parte, pues ella aterrizó encima de mí, de modo que sus pechos maravillosos se estamparon contra mi cara sin nada más que su camisa separando mi ansiosa lengua de sus pezones de cereza.

Después de dos años de amarnos en secreto, de devorarnos a escondidas, de modelarnos sin querer, de ser dichosos contra mundum, nuestra relación se había convertido en algo a prueba de todo tipo de tragedias y Juicios Finales de los aspirantes a Torquemada, dueños del Saber Húnico (heil, Atila!). Era una pasión que podía con el envejecimiento, el aburrimiento y la muerte. Era, simplemente, el goce por el goce, un paroxismo de alegría y lujuria, un disfrutar de la gloria sin necesidad de morirse primero.

Me besó largamente, y su lengua acarició mis labios, mis dientes, mi campanilla, mientras mi manos, a tontas y a locas, se pegaban un festín de recorrer su cuerpo, su culo, sus caderas, su espalda, y la desnudaban ansiosamente, mandando sus braguitas al cuerno. La besé en el cuello, olfatee sus axilas, olí su sexo. Ella se apretó contra mí, sus uñas rozando mi piel y deteniéndose en mis nalgas. Sus dientes mordieron mi boca.

-¡Dios, como te quiero! -rugió.

Como pude nos pusimos de pie, esquivando su impulso de hacerlo allí mismo, encima de la mesa, ante los ojos de una cada vez más excitada Gabrielle, que se tocaba y acariciaba sin pudor alguno. Ni falta que hacía tampoco.

La tumbé en la cama, y me aboqué hacia su rincón favorito, de donde había surgido las primeras luces de la Creación, y saboree su juego, embriagándome de ella, de su olor, de su goce, de su placer. Cuando se subió encima de mí y se hincó profundamente mi verga en su húmedo sexo, descoyuntando mis caderas, fue como si la fuerza de todo el amor nacido y por nacer se encarnara en aquella vulva de mis amores.

Apreté sus tersas nalgas mientras embestía con todas mis fuerzas. Su vientre golpeaba el mío, su rostro se deformaba en una mueca imposible de goce y lujuria, y follamos y follamos hasta que su coño rebosaba de placer y de él brotaba hilos de plateado jugo que se deslizaban por sus muslos y mis piernas. Mi polla golpeaba sus carnes doradas y sus pechos enhiestos mis ojos, hasta que, jadeantes, salvajes, dichosos y por fin eternos, nos fuimos corriendo, una y otra vez, en aquella tarde de febrero dorado y frío.

Sus ojos me miraban, indescifrables, misteriosos, llenos de amor y de una luz extraordinaria. Eran ojos de mujer, de terciopelo, amos de un cuerpo orgulloso, conocedora de sus capacidades y de sus gustos, sabedora de que en la cama no hay más límite que el que uno quiera imponerse y, dueña de sí misma, estaba lista para ofrecerse alegremente a la libertad de su sexualidad.

Gabrielle, decidida, avanzó hacia nosotros.

Ensoñación (XXI)

11 enero, 2014

20. Hedonistas.

Un día, agotados por el frenesí de la pasión, ella descansava como un animalillo herido a mi lado, jadeante, perlada la frente de sudor veraniego, cuando murmuró entre dos suspiros:

-¿Por qué nos dará tanto gusto esto?

Abstraído acariciando su espalda tardé en contestar.

-Porque nosotros tenemos la inteligencia para apreciar estos momentos, el tiempo para entregarnos y la ociosidad para reflexionar sobre ello, de manera que disfrtamos onanisticamente de cada encuentro muchas horas después de que el placer físico haya concluído. No es posible que todos disfrutemos de la misma manera, ni sería justo que algunos gozaran de un amar sin límites para el cual no están dotados. Si…, ya sé -dije, al verse alzar su gentil alma de mater amantísima-, todos somos iguales en potencia, pero el amor no es común. El placer, en un grado u otro, sí, pero el discernir sobre ello no. No todos servimos para ser Eloísa y decir “Déjame ser tu puta” ni todos servimos para Abelardo. Yo no pienso arrancarme los huevos, a decir verdad…

El resto de mi perorata quedó interrumpido por su risa, por sus besos y por el placer que me dio ver su vello dorado rizado por la excitación que recorrió su piel.

Pero era eso. Una vez azotados por el vendaval de Eros, sólo quedaba rendirse a él. Todo nuestro mundo podía derrumbarse a nuestro alrededor si quería, arder y ser fagocitado por la vulgaridad imperante. Siempre y cuando nos amáramos, todo lo demás no importaría.

Por eso esa mañana, cuando regresábamos entre los canales después de haber estado en San Marcos, cuando ella se detuvo, ojos llenos de lágrimas, para decirme:

-Te quiero.

… ya eramos inmortales.

Por eso la tomé en mis brazos en aquella estrecha callejuela, silencioso el canal, la apoyé contra la pared y la besé. Por eso no me importó nada, ni el cantarín gondolero de turno ni la paloma tocanarices que se cagó en mi hombre: metí las manos debajo de su falda y se la fui levantando hasta meter mis dedos por la raja de su culo, debajo de la tira de su braguita y sentir su coño muy mojado. Y, teniéndola en mis brazos, penetrarla con todas mis ganas y ser recompensado por su gemido.

-Oh, mi amor. Clávame contra la pared -exclamó en un suspiro.

Oh, tu palabra favorita, zorrilla mía, pensé mientras notaba mi polla dolorosamente tiesa, que dolía de dura y gorda como pocas veces la he sentido. Empujé con perverso goce, con inmenso cariño, con amoral placer.

-Clávamela, así, así, así!!! -repetía mi cervatillo, recibiendo gozosa mis envites enloquecidos

Ya no era sexo, era un goce, un delirio que se adentraba en la noche de los tiempos, que se abría paso por nuestras carnes y que se apoderaba de mi polla para penetrar a Victoria y, a través de mí, repañarla de tradición, gozo y lujuria. Ella se contrajo, tembló y gritó en el silencio de la ciudad, que parecía contener el aliento mientras escuchaba nuestros jadeos. Yo seguí moviendome dentro de ella hasta que no pude más y, mientras el viento removía los bajos de mi gabán, me corría dentro ed ella, palpiptante mi verga de una vida nueva, apretado por su vagina, bañado en sus jugos, mientras ella gemía y se apretaba contra mí con todas sus fuerzas.

-Me corro! Dios! Me corro, mi amor, sí, sí, mi amor!

Enfebrecido por su placer, murmuré, mis labios pegados a su frente sudorosa:

-Esta es la verdad única e imperecedera: cuando tú me notas dentro de tí, y yo te estoy en tu caliente, húmedo y envolvente calor, cuando nos besamos y nuestras lenguas se violan mutuamente, cuando llega el orgasmo y tú notas el chorro caliente de mi vida en tu vagina y yo noto las contracciones de tu coño, es entonces cuando el universo realmente vive, porque nosotros lo movemos.

-Te quiero.

-Yo también te quiero. No sé estar sin tí -confesé.

Pero nuestros días en Venecia se acababan.

Ensoñación (XX)

9 enero, 2014

19. Un mundo para tres

Fue un día curioso. Estando en Venecia, un día todo se oscureció de pronto y la Laguna tomó el color de un extraño vino añejo. La niebla fue espesándose y, de repente, la ciudad desapareció ante nuestros ojos. Gabrielle miraba por la ventana, divertida por el fenómeno. Victoria, a mi lado, sonreía al ver mi expresión hechizada. Aquella mañana habían estado radiantes una al lado de la otra cuando paseamos por los canales, empeñadas en una extraña competición de belleza e ingenio, un espectáculo fascinante, excitante, soberbio y sutil. Ambas, bellas y conmovedoras, mostraban un desparpajo, una sabiduría milenaria y misteriosa que, simplemente, me dejaba fascinado y sin palabras. No faltó más que coronarlo los tres en la cama.

Aquella noche fue cuando me dí cuenta de cuanto las amaba, de las formas increíbles de expresarles a las dos mi amor en aquel juego de príncipes, en el que Victoria se adentraba con singular majestad y Gabrielle, fiel a sí misma, se enseñoreaba de mi alma con cada pequeño gesto que hacía. Victoria ya era la mujer que yo había soñado y Gabrielle mi dueña y señora absoluta.

Había entre nosotros una furia sexual que la educación, la cultura y el buen gusto hacía sublime. Habíamos hecho nuestro el vasto y resplandeciente mundo que moraba en el infinito inmaterial. Nada era más fascinante que ver absorber a Victoria los usos y costumbres que luego hicieron de ella la perfecta mujer que es, y que hubiera sido sin mí, porque era inevitable. Y, así, con mis enseñanzas, aprender de ella y para ella, de manera que en nosotros tres crecía un fuego que nos acompañaría hasta el final de nuestros días, independientes del naufragio del mundo que nos rodeaba.

Consagrados al deseo, al placer, al encantamiento y a esa fascinacion que, como escribió Bataille, era la aceptación de la vida hasta la muerte, brindabamos a besos por la Vida. Ellas eran la cima de la voluptuosidad, la reinas de mi territorio sagrado ante el que rendí el poder avasallador de mi arrogancia y de mi hambre de ellas.

Como hubiera murmurado el Bardo:

Y del mundo que nos contempla exijo
-o sea maldito- que declare
si no somos incomparables.

Ensoñación (XIX)

4 enero, 2014

18. Voyeurs

Había llegado el momento en el que Victoria era ya una parte muy especial de mi vida, de manera que Gabrielle, que había ido convirtiéndose en mi dueña y señora en los últimos meses y me fue introduciendo, a veces cariñosamente, a veces con una patada en el culo, en este mundo claroscuro nuestro, acabó por considerar a Victoria como una parte más de nuestra ya de por sí curiosa relación, que merece un libro propio.

Pero esta ensoñación pertenece a Victoria…

La cuestión es que entre ambas surgió una mútua admiración, sin que jamás llegaran a verse, ni siquiera en fotografía, por mi puñetera manía de compartirmentar mi vida y no mezclar sabores, por así decirlo.

Pero un día, igual que le regalé a Beatriz, quise que Gabrielle y Victoria estuvieran cerca, aunque sólo fuera en este sueño interminable. Además se lo había prometido a mi seño sevillana al comienzo de este relato.

Nos reunimos en la cafetería y, malicioso, le tendí la “trampa”.

-Esta noche estoy libre -dije sin mirarla, como el que no quiere la cosa, removiendo el café con aire distraído. Ella sonrió perpleja y preguntó:

-¿Y eso? -en su voz había una sorpresa auténtica, conmovida, divertida, cachonda.

-Gabrielle tiene su cita de los viernes -repliqué yo, todavía mirando la taza de mi capuccino.

-… -me preguntó sin palabras, sólo levantando las cejas.

-Va a ver a su “amigo”. Igual que ella me da permiso para guarrear contigo, yo… -aquí la miré con mi sonrisa más cabrona y añadí-: quid pro quo, querida Clarice…

-O sea, que se lo va a pasar por la piedra… -dijo, saboreando las palabras.

-Igual que tú haces conmigo, querida mía -Frases como esta provocaron que mi inefable Tommassi me bautizara como un “cínico en el sentido clásico”.

-Mmmmh…

-¿Si?

Se relamió, sabedora de lo que iba a decirle yo. Quería verlos joder o, más exactamente, quería verme mirando a Gabrielle mientras follaba con otro. Por supuesto accedí a su petición.

Su aire juguetón, perverso, cochinote, me encantó, así que, tras el aviso pertinente a Gabrielle (“lo vuestro es muy fuerte… depravados…“), nos fuimos a casita y, tras escondernos en el armario, aguantándonos la risa como podíamos, nos pusimos a esperar.

A las diez, puntuales, llegaron los interesados. Mi dama no estaba por perder el tiempo y, mientras su acompañante cerraba la puerta, ella se quitaba los tejanos y la blusa. Él sólo se quitó los pantalones, ni la camisa ni los calcetines. Quedé decepcionado. El elemento en cuestión salvo un buen rabo, no parecía otra cosa. ¡Sacrebleu! ¡Se iba a la cama con los calcetines puestos!

Fruncí el ceño. Susurré al cálido oído de Victoria:

-¿De dónde habrá sacado a ese gañán?

Escuché el gorgojeo de la risa de mi dama cuando él, con la sutilidad de un bocadillo de alfalfa, se lanzó, rabo en ristre, sobre ella. “¿Qué carajo habrá visto Gabrielle en ese patán?”, me pregunté en otro susurro.

-La tiene más grande que tú… -suspiró mi sevillana, fascinada por el pollón con patas y pelo de acompañamiento. Eso me pasa por preguntar…

Victoria se puso a reir, tapándose la cara con la mano, al ver mi expresión estupefacta. El semental de Gabrielle enterró su cara en las portentosas tetazas de mi francesa, que suspiró, cerró los ojos y se abandonó a la lujuria del momento. Yo, medio indignado, medio cachondo, observé como se besaban, como él mordía los pechos de ella y como, por fin, metía su trompa de elefante en aquel coño delicioso que yo conocía tan personalmente.

-Me la va a estropear -murmuré viendo los empujones entusiasmados que ella recibía.

-Envidioso… -replicó Victoria. Y hubiera dicho más, si mi mano no se hubiera colado debajo de su falda y hubiera empezado a jugetear con su culo. Su rostro hechicero resplandecía bajo su embrujo. Me bajó la cremallera y comenzó a masturbarme allí mismo, mientras mi gala recibía asalto tras asalto de aquella polla que le dejaba el coño en carne vive con tanto empellón intempestivo de trompaman.

De repente el semental interrumpió el follamiento para irse a mear y, de no ser por los reflejos de mi sevillana, un servidor la hubiera cagado porque, al levantarse el elemento de la cama y ver yo aquel culo peludo suyo surgiendo impetuoso de debajo de los faldones de la camisa, costóme no salir del armario y gritar a pleno pulmón:

-¡¡Tooooooooooooooooooongo, toooooooooooooooooooongo!! ¡¡Fuera, fuera, fuera!!

Ella, que me intuyó los pensamientos, ni corta ni perezosa se arrodilló y comenzó a chupar a su amigo favorito, que, agradecido por los lamentones, se me puso más duro. Pero yo seguía viendo la imagen bochornosa de aquel culo peludo cual selva del Orinoco y de aquella polla, subitamente desaflojada, que colgaba como lomo embuchado, muerto, aburrido y en desuso. Pero lo más lamentable estaba por llegar.

Mientras la lengua de Victoria me recorría a fondo, el semental retornó para arrojarse sobre mi francesa que, literamente, desapareció bajo aquel culo lleno de pelos y encajaba, como mejor podía, aquel pollón, gemelo de un cohete Polaris, que procedía a barrenar su sexo con la misma sutilidad con la que Godzilla “reedificaba” Tokio en dos guantazos.

El elemento, notando algún roce, se paró para lubricarse aquel misil tierra-coño con saliva y, tras un meneo de aquí te espero, volvió a introducirse en ella hasta la raiz de los pelos del bigote, que lo tenía el chaval, grueso, como el de una morsa.

Gabrielle se iba y se venía con tanto meneo, y ya aullaba de placer, lo que me producía un placer perplejo al verla disfrutar de tal modo con el elemento aquel.

-Se la va a meter por la oreja con tanto envite -murmuré…

Victoria interrumpió la mamada para sofocar una carcajada, apretando sus labios contra mi ombligo.

-Imbécil… mira que eres burro… y encima envidioso.

-¿De quién? -repliqué altivo y desdeñoso- ¿De ese patán? Anda, come y calla…

Victoria, socarrona, comenzó a dar latigazos con su lengua a mi polla, que, lejos de deprimirse por el castigo, vibró cachonda ante tal “tormento”

-Foutre! -rugió de repente mi gala- ¡Sigue, sigue! ¡Así, así!

El elemento la azotó un par de veces con su polla y Gabrielle, tras pegar un chillido que hubiera dejado en “ná” el do de pecho de la Caballé, se sacudió en un feroz espasmo y reventó en un orgasmo considerable que dejó a los dos, al elemento (que con la sorpresa se olvidó de correrse) y mi dama, descogorciados en la cama.

Y yo, que ni me iba ni me venía, miraba enternecido como Victoria seguía lamiendo mi polla, palpitante.

El semental se vistió sin mucha ceremonias y menos palabras y se fue -poco sabía el animalito que esa sería su última vez-. Gabrielle, por su parte, se desesperezó en la cama y, mirando hacia el armario, preguntó:

-¿Os habeis divertido, so pervertidos?

Victoria, riendo, salió todavía vestida. Yo, con el rabo en ristre y las manos en los bolsillos, dejé los reducidos confines del armario y, encogiéndome de hombros, repliqué:

-No ha estado mal, pero se puede mejorar…

Las sonrisas picantes de mis dos diosas provocaron que mi rabo se endureciera dolorosamente.


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