Archive for 28 febrero 2014

Sobre el lesbianismo (19)

28 febrero, 2014

El preludio: los años 50 y 60

Alfred Kinsey presenta en los años 50 su famoso estudio en el que demostraba que al menos el 20% de las mujeres americanas tienen lo que él llama “tendencias homosexuales” (como nota de humor, aún me acuerdo de una autoproclamada bisexual, con blog y todo, que usaba a Kinsey para afirmar que todo el mundo era homosexual en potencia… cariño, si me lees, sigo pensando que eres una buuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuurra prepotente. Con cariño, respeto y admiración te lodigo, ya me conoces). Kinsey afirmaba que el deseo de las mujeres en general era fluido y que podía presentar importantes sociales a lo largo de la vida (¡no me digas! ¿en serio?).

A todo esto, en los años 50, el conformismo sexual se convirtió en una muestra más de patriotismo. O casi. En EEUU los comunistas fueron perseguidos con el mismo celo que los homosexuales y acusados ambos de traidores. La homosexualidad pasó a considerarse también en Europa un cuestión de seguridad nacional, porque se entendía que una persona homosexual podía facilmente ser chantajeada por el enemigo (comunista, naturalmente), así que, además de ervertidos y enfermos sexuales, los homosexuales se convirtieron, además, en traidores. Las lesbianas, de la noche a la mañana, se encontraron con problemas para alcanzar una buena posición profesional y con más facilidades para perderla. Por su parte, los comunistas también perseguían a las lesbianas y a los homosexuales por idénticas razones.

Y, siguiendo el criterio de personas como Frank Caprio, el lesbianismo era un fenómenos sociológico culpable, entre otras cosas (¿¿del hundimiento del Titanic??) de los cada vez más frecuentes divorcios (¿¿¿Y del hundimiento del Titanic no???).

La persecución se hace feroz, y es en este momento represivo cuando surge el primer gurpo organizado de lesbianas norteamericanas, “Daughters of Bilitis” (DOB), y aparece la segunda ola del feminismo, como respuesta al machismo imperante. Mientras, se impone toda un batería de medidas sociales y legales para asegurar que las mujeres son buenas heterosexuales (¿¿¿eing???) y para llenar los hospitales con las que no lo eran.

No se puede decir que en los años 50 y 60 florezca un subcultura lésbica, sino varias. Dependiendo de la edad y de la clase social, las safistas se organizan de una manera u otra. El bar es el único lugar en el que no tienen que ocultar su identidad las más jóvenes y de clase obrera. Las de clase media y alta son más proclives a la integración social, pasan más desapercibidas y pueden reunirse privadamente. Y se escandalizan de la visibilidad de las lesbianas “masculinas”, que enfatizan el rol de género, mientras que las de clase media y alta, por deseo de integración y de no llamar la atención, no le prestan tanta atención.

Así, en este marasmo de represión, llega Simone de Beauvoir y su “El segundo sexo” (1949), que revolucionara la manera de pensar sobre sí mismas y sus relaciones con los hombres de muchas mujeres.

En Estados Unidos se pugna por acabar con la segregación racial pero se mantiene la sexual. No será hasta los años 60, cuando reaparece el feminismo, que la situación cambie para mujeres y para las lesbianas, que empiezan a tomar consciencia política de su “ser”. El cambio será radical.

Y aquí me detengo en este pequeño resumen de la historia del lesbianismo, pues las siguientes etapas del lesbianismo (y del feminismo) se mezclan obvia y necesariamente con la política (como si hasta ahora no lo hubieran hecho) y yo de eso no entiendo.

Gracias por leer.

Sobre el lesbianismo (17)

26 febrero, 2014

La Segunda Guerra Mundial.
Este conflicto lanzará al mundo a un espiral de cambios del que no habrá retorno posible. El lesbianismo dejará de estar perseguido y de ser monstruosos. Se invitará a las mujeres a trabajar debido a la marcha de los hombres al frente, e incluso unirse al ejército. Cuando termine la guerra y los hombres retornen a casa, cualquier mujer soltera que quiera ser independiente volverá a ser un peligro social.

Pero mientras dure la guerra, las mujeres podrán estar en las fábricas, en el ejército, en las prisiones, en los colegios mayores, donde ahora las mujeres son necesarias. Lesbianas y heterosexuales ejercen trabajos “masculinos” en un ambiente femenino sin que haya represión oficial y saborear la sensación de independencia, libres de estar bajo la tutela directa de un hombre.

En el ejército incluso se llegó a tolerar la homosexualidad, que era penalizada en tiempos de guerra, especialmente en el caso de las mujeres. Los mandos del cuerpo auxiliar femenino del ejército de EEUU dieron instrucciones de no perseguir las actitudes lésbicas. Es muy interesante en este sentido el informe preparado por A. L. Winner (la médica encargada de la saluda de las mujeres en las Fuerzas Armadas estadounidenses, de 3 de septiembre de 1947) que asegura que el lesbianismo no es un problema, pues, a diferencia de la homosexualidad, no incurre en ningún comportamiento antisocial, no existe la pederastia lésbica ni la prostitución. El lesbianismo sólo debía ser perseguido en caso de comprometer la eficiencia del individuo o la estabilidad del gurpo. Como mucho, se podía separar a la pareja, pero no castigarla, y aun así las separaciones fueron muy escasas porque las mujeres se cuidaban de ser discretas.

En las dictaduras fascistas la liberación femenina (y no digamos ya el lesbianismo) era una tara a combatir, una degeneración. Había que mantener a la mujer “pura”. Así, tanto prostitutas como lesbianas como las solteras, o toda aquella que fuera independiente, eran culpables del mismo crimen. Curiosamente, la persecución de las lesbianas ha quedado ensombrecida por la sufridad por la comunidad gay, perpetuando la invisibilidad lesbiana, que, en 1935, no fueron incluídas en la ley que penalizaba la homosexualidad masculina. Esencialmente porque eran muy difíciles de detectar, argumentaba el ministro nazi de justicia (más bien no sabían cómo intimidar a una lesbiana salvo cerrando sus lugares de reunión) En realidad, para los nazis el peligro no eran las lesbianas, sino el sexo de las mujeres. Punto. Su independencia. Las lesbianas que fueron a parar a los campos de concentración no fueron condenadas por serlo. Su crímen era ser independientes, su propia existencia. Ser lesbianas era un mero agravante. De ahí que les asignaran el triángulo negro de los “asociales”, no el rosa asignado a los “crimenes sexuales” (básicamente homosexuales y violadores).

También entre las mujeres fascistas se desarrollaron relaciones afectivas y sexuales. Los régimenes totalitarios intentaban encuadrar a la población desde la infancia hasta la vejez en organizaciones de un solo sexo, que favorecían la aparición de relacines homoeróticas. Irónicamente, entrar en estas estructuras era la única alternativa a ser obligadas a casarse y poder así mantenerse económicamente, lo que en ese tipo de régimenes era casi un tabú.

Sobre el lesbianismo (16)

22 febrero, 2014

Años 30: la reacción
En la década de 1930 se produce una reversión de la libertad experimentada en los años anteriores. Comienza un periodo de represión sexual que anatemiza cualquier role no-tradicional que una mujer adopte. Surgen una serie de restricciones y dificultades, tanto ideológicas como relacionadas con la crisis mundial, para impedir que una mujer (lesbiana o heterosexual) se independice económicamente. Cualquier mujer que renuncie al matrimonio se vuelve sospechosa. Esto, sumado a las restricciones materiales, hace que vivir como lesbiana sea imposible. Se conocen casos de gays y lesbianas que se casan para escapar de las sospechas que recaen sobre los solteros y para que ellas puedan disponer de alguna cobertura económica.

En muchas partes de Occidente el trabajo se vuelve un privilegio asociado al género. Se considera que cualquier mujer que no quiera limitarse al hogar y su familia sufre de un desajuste social. Al haber poco trabajo, la mujer independiente descubre que, como en el siglo pasado, que trabajar la hace menos femenina (se me acaban de dislocar ambas cejas) y de nuevo se completa el círculo: una lesbiana que quiera serlo tendrá que trabajar; el trabajo no es femenino; ergo, si trabajas eres lesbiana (¡¡¡oeoeoe!!! ¡¡¡soy lesbianooooo!!! ¡¡¡lo sabíaaaaa!!!) o feminista (¿eso es malo, doctora?). Toda mujer que anteponga su profesión a la familia perderá sus cualidades femeninas. Las lesbianas, por tanto, deben casarse para protegerse.

Durante los años 30, con las teorías de Freud plenamente tergiversadas, un ejército de doctores se esforzarán en curar a las lesbianas de sus desajustes “emocionales y sociales”, y de paso curan a muchas mujeres que, sin tener impulsos lésbicos, tienen deseos de independencias y de llevar vidas autónomas. Decir tacos es síntoma, inconfudible, de ser lesbiana (¡¡¡Ost…rogodos!!!). Otra vez las lesbianas vuelven a ser inmorales y enfermizas. Y la literatura, para variar, se pone las botas.

Pese a todo esto, la comunidad lésbica sobrevive. Se vuelve más silenciosa, más subterránea. Se institucionaliza el feminismo butch/femme de la clase obrera, lo que reforzará los estereotipos de la lesbianas “hombruna/machorra”, que dará a términos como “dragqueen”, “dragking”, etc. La relación entre la clase obrera y la media se vuelve más rara en la subcultura lésbica de la época, a diferencia de lo que ocurre con los gays. Las mujeres obreras, más libres por su independencia económica, comienzan a ir a bares de mujeres, mientras que las de clase media lo hacen en clubes deportivos o sociales.

Sobre el lesbianismo (15)

21 febrero, 2014

Los años 20: el lesbian chic.
A partir de los años 20 el lesbianismo ya no se entiende sin genitalidad y las mujeres que antes no tenían conciencia de ser especiales ahora si son conscientes. En general, las mujeres pasan de ser seres asexuados a seres hipersexualizados. Ser lesbiana significa asumir una identidad sexual muy definida, si bien estigmatizada. Muchas safistas se resisten a ser engullidas en esta definición, profundamente sexual, con la que no se identifican. Con su adquisciencia o sin ella, lo cierto es que en el siglo XX las mujeres, y las lesbianas también, se sexualizan. Un ejemplo de ello son las cartas de amor de Vita Sackville-West a Violet Trefusis, donde podemos apreciar la fisicidad de su sentimiento, o el de Virginia Woolf por la misma Vita, en el que el sexo tuvo una importancia relativa.

En los años 20 se produce un crecimiento paralelo: el del estigma de asociado a la sexualidad y el de la subcultura gay. Se consolidan los espacios asociados a esa subcultura, y, a pesar de las criticas, se forma una comunidad con un caracter alegre, brillante y despreocupado. El círculo safista de la Rive Gauche parisina ayuda a formar una imagen positiva, alejada de los estereotipos literarios. Los hombres heterosexuales que asisten a las fiestas que Natalie Barney da en su casa se asombran ante la naturalidad con la que se muestra el lesbianismo. Por primera vez un grupo de mujeres, independientes, ricas y cultas, no ocultan sus preferencias sexuales y amatorias. Por cierto, Barney fue autora de una frase muy interesante: “No es porque yo no piense en los hombres que éstos me son indiferentes, sino al contrario, porque pienso”.

El lesianismo de la Belle Epoque se beneficia de la considerable liberalidad gala en materia sexual. Con estas lesbianas, que viven su sexualidad sin temor a estar cometiendo un crimen, empieza a cambiar el concepto sobre lo que es público y lo que es privado. Que haya mujeres de relevancia social que se manifiestan como lesbianas afecta no sólo su espacio personal, sino su trabajo como escritoras, pintoras y artistas, pues subvierten los cánones establecidos. Como escribió Arancha Usandizaga (que fue profesora mía en la UAB, por cierto): “el téxto lésbico se rebela contra la ideología oficial mediante la experimentación textual”.

Al otro lado del Canal, las mujeres eran vigiladas más estrechamente que nunca y en Estados Unidos los sexólogos se esfuerzan en convencer a todo el mundo que la única sexualidad normal es la que tiene lugar dentro del matrimonio.

Sobre el lesbianismo (14)

20 febrero, 2014

Primera Guerra Mundial
La Gran Guerra suponer para las mujeres europeas lo que la Segunda para las americanas: liberación. La guerra trastoca el orden social y abre nuevas oportunidades para las mujeres, tanto sociales como laborales. Muchas lesbianas abandonan sus casas para trabajar en las fábricas en los puestos que los hombres que han marchado al frente han dejado libres. Por primera vez las lesbianas (y las mujeres heterosexuales) y poder crear una subcultura lésbica. Se encontraron pudiendo realizar trabajos para los que no habían sido consideradas aptas, lo que comportó una considerable ampliación de horizontes y, por último, se pudieron unir al ejército y llevar una vida de aventuras (hasta que fueron destinadas al frente a tratar con los heridos y se familiarizaron por las bravas con la realidad de la guerra)

En 1917 Gran Bretaña crea el Women’s Army Auxiliary Corps (WAAC), que en 1918 ya contaba con 40.000 miembros. Es conocido que, en torno a las conductoras de ambulancias, se creó un embrión de comunidad lésbica. El WAAC gozó de una pésima fama, y parte de ella se debió a que se decía que estaba formado por lesbianas y se realizaron diversas investigaciones oficiales para estudiar estas acusaciones. Qué parte de esta mala fama se debía a la realidad y qué parte a las fobias y temores patriarcales (Despertados por tener a mujeres uniformadas pululando por una zona hasta entonces “sacro santa” para los hombres) es difícil de dilucidar.

La guerra no sólo abrió las puertas del trabajo remunerado para las mujeres, sino también la educación: las universidades, faltas de alumnos por el flujo de hombres al frente, abrieron sus puertas a numerosas mujeres.

Aunque al finalizar la Gran Guerra se produjo una regresión y se forzó a las mujeres a volver a sus tareas tradicionales, ya nunca nada sería igual, ni para los hombres, ni para las mujeres, ni para l@s homosexuales.

Los años de mayor represión estaban todavía por llegar.

Sobre el lesbianismo (13)

18 febrero, 2014

Derechos de la mujer y lesbianismo
Los años anteriores a la Gran Guerra son la época del sufragismo, cuando se consolida, para algun@s, la identificación entre lesbianismo y feminismo. Hasta 1914 se pueden encontrar, por ejemplo, heroínas literarias feministas sin trazos de lesbianismo. Después de esa fecha es imposible. Edward Carpenter, socialista y homosexual (además de ser un perfecto capullo), considera que todas las feministas son lesbianas y que las mujeres que se “vuelven” lesbianas lo son por una disfunción física o psicológica (ya sabía yo que mi pasión por las mujeres tenía que ser una locuraaaaaaaaaaaa!!!!).

Cierto es que hubieron feministas lesbianas, pero no faltaron las heterosexuales que se vieron obligadas a escoger entre su ideología y su vida privada. Todas, por igual, sufrieron una represión violenta, escarnio público, encarcelamiento, humillación y escasa comprensión entre los hombres. La expresión más gráfica de esta falta de entendimiento la encontraremos de nuevo en la literatura, que, tanto para un público culto como para el menos privilegiado, se volcarán en retratar lesbianas feministas con aires vampíricos: son seres crueles y fríos, inteligentes, seductores y, cómo no, enfermas, que, lógicamente, arrastran a sus víctimas a una inevitable destrucción.

Toda mujer soltera se vuelve sospechosa de ser lesbiana. Si buscan tener el control, o bien son unas sádicas o bien son unas enfermas. El resultado, a fin de cuentas, es el mismo. Las enfermas quieren el poder, pero no saben por qué. Son estériles, odian a los hombres (no me extraña: soy hombre y empiezo a tenernos tirria…) y han tenido padres débiles y madres dominantes.

Si bien se permite que las mujeres trabajan hasta que se casen, si lo hacen después es algo enfermizo, a menos que sea un caso de necesidad. Pero lo peor es si intentan tener intereses intelectuales. Ya no es enfermizo: es una aberración (tócame las palmas, macho!!!!). Si no quieren tener hijos o postponen su nacimiento son las peores de todas, pues están rechazando su instinto principal (¡¡¡esta me la se: hacer calceta!!!!): su rol maternal (¡¡¡caaaaaaaasiiii!!!) y si rechazan el matrimonio (y depender de un hombre) es un claro síntoma de lesbianismo.

Sobre el lesbianismo (12)

15 febrero, 2014

Freud y el lesbianismo.
En el siglo XIX las mujeres eran asexuales. Sólo las prostitutas y aquellas mujeres poco recomendables (a ver, gañán, especifica, poco recomendables para quién y para qué…) eran sexuales. A la mujer no le podía gustar el sexo (una aspirina, pondios…) y el celibato era la mejor opción a si la soltería era inevitable, tanto para ellas como para ellos (sin comentarios). Pero de repente la soltería empieza a ser sospechosa de convertirse en una sexualidad alternativa al matrimonio. Ahí se reinventa la sexualidad femenina: se la redifine y rearticula cuando ésta amenaza con desbordar los limites del patriarcado.

El encargado de redefinirla será Freud: todos los traumas infantiles acabaran generando alteraciones en la sexualidad del adulto: un conflicto con el progenitor/a del sexo opuesta le cruzará los cables sexuales a la criatura, según el ínclito austríaco. Para el tito Freud, que iguala otra vez la homosexualidad masculina y la femenina, las lesbianas se dividen en activas y pasivas. Estas últimas, natürlich, no molestan al Segis (la mujer, mientras sea pasiva…), porque no hay cambio fundamental en su rol. El problema son las activas (jadeputaaaaaaaaas). Para el tito Segis, las lesbianas activas sufren de una “inversión de carácter” y se mostraba seguro de que había más lesbianas que gays (cosa que estudios posteriores han demostrado como falso).

El problema con Freud y sus adlátares es que no comprendían que una mujer quisiera escapar de los límites sociales impuestos. Si una mujer tenía “capacidad de compresión y lúcida objetividad” era una machorra. De ahí su manía con la “envidia femenina del pene”. Cientos de años pugnando por tener el mismo poder y derechos que el hombre y el bendito de Freud entestado en que lo que las mujeres envidias de nosotros es nuestra cigala (Freud dimisión!!!). Ni Freud ni sus seguidores fueron capaces de salirse de su visión falocentrica y pensar que hay algo más que envidiar que el pene. La discriminación social sufrida por las mujeres era un concepto que, al parecer, se les escapaba totalmente a los freudianos.

Por si acaso y siguiendo con sus manias habituales, Freud considera que las mujeres se vuelven lesbianas porque se hacen de la picha un lío (perdón por la coña, pero Sigis me la ha puesto a web): los chicos tienen como primer objeto sexual a sus madres (Segis, Segis, Segis…) y, cuando crecen, no tienen que cambiar de objeto sexual porque ya lo tienen (¿Las madres de sus amigos?), es decir, las chicas (ah, güeno…). Como las mujeres también tienen como objeto sexual a las madres (Vale, Segis… ¿tú que tienes con las madres, tío?), tienen que cambiar radicalmente de objeto de deseo para ser heterosexuales. Y, lógicamente (para el Segis), no todas lo consiguen. Pero para solventar este “problema” están los psicólogos. Sin embargo, Freud reconoce su derrota y su incapacidad para curar esta “enfermedad” (aquí ya me he quedado sin sarcasmo en el cuerpo para comentar a este insígne borrico, lo siento), y en 1926 dirá “la vida sexual de la mujer adulta es un continente negro para la psicología” (negro me tienes tú, cacho Freud). Y en 1935 reconocerá que la homosexualidad femenina y la masculina son diferentes causas, y también que no tiene ni puñetera idae de las causas de tal diferencia…

Vamos, que sólo se que no se nada y, a veces, ni siquiera eso.

Sobre el lesbianismo (11)

14 febrero, 2014

El lesbianismo como enfermedad.
En el siglo XIX y en el XX surge la sexología, que construyen un modelo de mujer que se aleja diametralmente del de las reales: blanca, de clase media-alta, sin estudios ni más interés que el medrar como ama de casa, esfera que reconoce como suya y de la que no quiere salir. Y heterosexual, por supuesto.

Todo lo que no se incluya dentro de estos parámetros es una enfermedad.

Y así, fijando el discurso de lo que es sexo y de lo que no es, el patriarcado prueba a controlar a la mujer, que, pidiendo sus derechos, amenaza con trastocar el orden social (que malas personas, no te digo…). Parece como si los intelectuales fueran incapaces de reconocer que la misma sociedad que intentan proteger ha cambiado y que las mujeres se pueden sostener económicamente y no necesitan casarse para sobrevivir.

Así, en su definición de homosexualidad femenina, estos próceres llegarán a realizar tales deficiones del lesbianismo que mucho me temo todas las mujeres del siglo XXI son lesbianas (y algunos hombres, entre los que me incluyo, ya puestos). Feminismo y lesbianismo, emancipación y lesbianismo se convierten, por golpe de varita sexológica, en una sola cosa. El Movimiento Feminista es tachado de movimiento de “invertidas”. Si las mujeres anhelan tener privilegios masculinos es que no son auténticas mujeres (otiaaaaaaaaaaaaa????). Y como además de enfermas, son contagiosas, hay que poner remedio (mandeeeeeeee????) y para eso no hay nada mejor que la cliterodectomía (serán… paren, que me bajo…).

El lesbianismo, que, había sido considerado como un “entretenimiento trivial” y pasajero, pasa convertirse en el enemigo público número uno (Menudo cabreo pilló Al Capone al enterarse…). Por ello los “sexólogos” se empeñan en ver un carácter congénito en el lesbianismo. Al parecer les resultaba ilógico que una mujer sensata se pudiera sentir atraída por una clase tan denostada y estigmatizada (la de las lesebianas).

De repente todas las mujeres que habían vivido “amistades románticas” dejan de ser aceptadas socialmente para convertirse en enfermas, degeneradas o, incluso, peligros contra la moral. Lo peor del caso son las safistas que empiezan a dudar de la normalidad de sus preferencias sexuales por obra y gracia de estos “sexólogos”.

Sobre el lesbianismo (10)

12 febrero, 2014

Siglos XIX y XX

Si en Inglaterra tenemos el caso de los matrimonios bostonianos, ¿cuál era la vida para las lesbianas en países como Francia o España? Pues fácil: no tenían. Nadie conocía a una lesbiana, pero todo el mundo había leído sobre ellas en la literatura pornográfica (bueno… todo el mundo que se lo podía permitir, claro está). Eduardo López Bago, naturalista radical y, en mi modestia opinión, gilipollas cum laude y de obsesiones repetitivas, publicó cinco novelas eróticas en las que su protagonista era una lesbiana (lo adivina el/la lector/a) pervertida. Muy leído en su tiempo, hoy en día López Bago es un gran ignorado por los lectores (no mentiré diciendo que lo siento…). López Bago llega al extremo de acusar a las corruptoras lesbianas de la decadencia moral de España en el siglo XIX (¿ein? por la parte de rojomasónseparatista me estás tocando los mengues, Eduardito… ni me quites un ápice de mi mérito, ¡so facha!).

A lo largo del siglo XX la literatura española abordará el tema lésbico con un tono timorato que roza el burrotontismo más beato. Eso sí, el castigo final no se lo quita nadie a la safista de turno. Dos excepciones: Zezé, de Ángeles Vicente (1909), donde tenemos a una mujer que, tras liarse con otra mujer, también lo hace con el marido de ésta. Curiosamente, aunque se repite el tópico de la lesbiana hipersexual, la protagonista acaba sola pero independiente, sin castigo ni reprimenda de ningún tipo; la otra excepción es Ellas y ellos, de Carmen de Burgos (1917), en la que se justifica el lesbianismo con argumentos médicos, lo que dará paso a otra visión del lesbianismo: el de enfermedad.

Mientras tanto, mientras sobran las noticias sobre las lesbianas de clase alta, el mutismo referente a las de clase baja, si las hubo, persiste. Lógico: cargadas de hijos, de marido, de casa y de trabajo en el campo o en la fábrica, no tenían tiempo para más. Caso aparte son las prostitutas, independientes por su trabajo.


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