Archive for 28 abril 2014

El baile del hombrepanda (VII)

28 abril, 2014

Final

Me incorporé y la rodée con mis brazos, apoyando mi glande en sus soberbias nalgas, reprimiendo la excitación para no correrme, allí mismo, sin freno ni mesura.

Ella, al notarme, ladeó la cabeza, ofreciéndome sus labios, que yo acepté mientras mis manos, muy suyas, bajaban por su cuerpo hacia su sexo. Nos besabamos y nos abandonabamos a las caricias mutuas. Mis dedos, al llegar a su monte de Venus, se deslizaron hacia sus caderas, y luego, de nuevo, hacia sus nalgas, para regresar, espalda arriba, hacia su cuello, haciendo notar en su piel el calor de las palmas de mis manos.

Irene se giró bruscamente, y mi polla se clavó en su vientre y sus brazos en mi cintura. Seguimos besándonos, olvidando la música. Mis pantalones resbalaron piel abajo y ella observó con una sonrisa de triunfo, la realidad de aquella erección dolorosa que amenazaba con actuar por idea propia. Me empujó suavemente y, tras tumbarme en el suelo, se puso a orcajadas sobre mí, arrancando un gemido mutuo de placer.

Ella marcaba el ritmo, hasta que la sujeté por las caderas y comencé a penetrarla con más fuerza. Ella me frenó con una mirada y, a partir de entonces, me dejé cabalgar por mi amazona. De repente, notando la inminencia de mi orgasmo, egoístamente la hice a un lado, para, a continuación, clavarsela de un golpe, que ella acogió con una carcajada.

L oque fuera que en aquellos momentos nos poseyó nos hizo follar violenta y frenéticamente, entre gritos, saliva, arañazos y algún mordisco, poseidos por un hambre producto de los instintos más ocultos del antiguo cerebro humano.

El orgasmo nos estalló con una furia que ocasionó que se me escapara un grito inarticulado y que ella me apretara el miembro con sus musculos vaginales, exprimiendome hasta la última gota en un violento remolino de vida en el que se me iba lujuria, alma y voluntad.

Me derrumbé sobre ella, que se estremeció nuevamente. Quietos, muy quietos, nos escuchamos respirar.

Escuche, al cabo de unos segundos, su susurro.

-Los dioses nos han bendecido.

Besé su mejilla y, levantandome, tiré de ella, mirando hacia las puertas cerradas de su cuarto. Sonriendo, me llevó hacia él. Hacia su cama, donde permanecimos el resto de la noche.

A la mañana siguiente nos despedimos.

Nunca más volvimos a bailar juntos.

FIN.

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El baile del hombrepanda (VI)

25 abril, 2014

Viernes

El día de la verdad llegó de manera diferente a la esperada. Estabamos preparados para salir a la pista, vestidos, espectacular ella, nervioso yo. Su vestido negro, escotado, sin tirantes, que le llegaba hasta los pies, la cubría como un guante. Había dejado su melena libre y la brisa la acariciaba. Yo, estaba aceptable: traje negro, camisa blanca, corbata roja, recien afeitado. Esperanbamos nuestro turno cuando, de repente, me miró risueña y me dijo:

-No sé tú, pero maldita la gana que tengo de hacer esto.

Miré a Irene a los ojos y, al ver la chispa que brillaba en ellos, supe lo que había que hacer. Simplemente no participamos. Nos fuimos a casa, nos descalzamos y, tras soltar una carcajada, nos miramos con cara de pardillos. Muy aliviados, eso sí.

-Hay cava en la nevera.

Y regresó con dos copas, de cristal de bohemia y alto cuerpo. Por hacer algo, me deslicé junto a la nevera y retorné con una bandeja de pastelillos. Nos sentamos en la salita, pusimos música y empezamos a hablar, beber y comer, aubque no por este orden. Cuando apareció en su mano, surgido de la nada, un frasquito que contenía un liquido verdoso que me resultaba familiar, sonreí diertido.

Vació su contenido en nuestras copas, y, alzando la suya, dijo:

-Para que los dioses nos sean propicios.

Miré mi copa pensativo y, al ver que el techo no se nos caía encima, murmuré:

-Para que Afrodita nos ilumine.

Irene sonrió. Ella me ofreció su copa y yo la mía a ella. Bebimos mirándonos a los ojos y ella, con el licor todavía en su boca, me dio a beber de ella. Repetí su gesto y le dí a beber de mi copa de esa manera, mientras ella desabrochaba mi camisa.

Soanaba Elvis Presley. Stand By Me .

Nos pusimos a bailar. Ella acariciaba mi espalda con una mano y con la otra mi erección. Yo cruzaba mentalmente los dedos para que no me reventara el pene por culpa de mis ganas. Ella notó que si seguía acariciandome yo estallarái como fruta madura y no quiso que fuera así.

Se apartó y empezó a desabrocharme los pantalones. Lentamente. Así los dos nos calmaríamos, dijo ella. (“Una mierda”, pensé yo). Modestia aparte, una vez libre de pantalones y slips, mi erección surgió espléndida y orgullosa. Me hizo sentar en el sofá y, tras beber un par de copas más, nos quedamos mirando el uno al otro, y ella comenzó a desnudarse a su vez. Entre dos pestañeos el vestido desapareció, y yo me quedé mirandola. Estaba de espaldas, desnuda, y mis ojos no se separaban de aquellas nalgas.

Decididamente, Afrodita nos había bendecido.

El baile del hombrepanda (V)

23 abril, 2014

4. Jueves

Supe, en otro momento y otro lugar, que aquella noche ella se masturbó pensando en mí. Lo supe de su boca, con todo lujo de detalles. Y ella descubrió, de la mía, que yo venía haciendo lo propio desde varias semanas antes.

El ensayo de aquel día fue bien. Simplemente bien. Nos concentramos en el baile y todo salió bien, como debía ser. Los profesores nos garantizaron un buen puesto si el viernes nos dejábamos llevar, porque teníamos encanto, carisma. Yo, francamente, estaba seguro de que ella lo tenía. Yo, por otra parte…

Lo que acabó de enervarme fue el consejo de Bernat, uno de los profesores a los que más cariño y respeto tenía. Nos aconsejó que nos comportásemos como una pareja de enamorados, locos el uno por el otro, pero cuyo amor estaba prohibido y que sólo podían expresar su pasión mediante el amor.

El camino a su casa transcurrió en silencio por mi parte, en bromas por la suya, en otros silencios y sonrisas por mi parte, en más bromas por la suya, en más silencios mútuos y, al final, por el deternos frente a la puerta de su casa.

Allí la besé en la mejilla, le desee buenas noches… y me fui deseandola.

Aquella noche también nos masturbamos pensando el uno en el otro.

El baile del hombrepanda (IV)

19 abril, 2014

4. Jueves

Los ensayos, ese día, no funcionaron. Los profesores nos dijeron que no habíamos estados compenetrados, que estabamos rígidos, ella seria y yo ausente, que nos equivocábamos en las figuras más elementales y que no merecía la pena seguir con los ensayos porque ninguno de los dos estabamos por la labor.

La esperé fuera de la academia. No pensaba inventarme excusa alguna. Estaba dominado por la culpa y decidí que lo mejor era no acompañarla. No habíamos hablado de lo sucedido y yo no podía imaginar lo que estaba pasando por su cabeza. Desde luego sí sabía que estaba dominando mis pensamientos: pensaba que lo que hacíamos no estaba bien, en absoluto.

La miré, esperando un comentario que me diera ánimos, algo. Pero sus ojos estaban fríos ese día. Duros. No podía leer en ellos y eso me desmoralizó todavía más. Al final, irritada, me disparó a quemarropa.

-¡Por Dios, dime que estás pensando!

Me puse a caminar y, al notar su mano tirando de mi manga, me giré con rabia y le repliqué, sin atraverme a mirarla a la cara:

-¡Prefiero no saberlo!

-¿Qué? -me dijo, con un tono inconfudible de dolor, incredulidad y estupefacción. Casi se le tembló la voz al seguir- Es…

-… el momento de despedirnos. Nos vemos mañana -le dije, saliendo a paso ligero de allí.

Un pensamiento único me dominaba:
-(“Prefiero no saberlo… Prefiero no saberlo”). ¡Menuda estupidez! Si en realidad lo único que hago es pensar en ello día y noche… me decía.

Y no era tanto el deseo de culpa como el deseo de hundirme en ella, en saborear el deseo insatifecho de su piel. Sí, el temor a las consecuencias me frenaba, pero la atracción era mucho más fuerte, y, con frecuencia,. disolvía mis escrúpulos de conciencia

El baile del hombrepanda (III)

17 abril, 2014

3. Miércoles

Durante los ensayos nos aplaudieron repetidas veces. Eramos una pareja perfecta, compenetrada, deshinibida. Al salir de la academia caminamos a paso ligero, rebosantes ambos de anelo por reestablecer la pasión.

En la misma puerta de su casa nuestras bocas se reencontraron. Tan pronto los labios se reconocieron, los labios abandonaron sus cuevas para retomar la danza que dejaron interrumpida el día anterior, ya sin tanteo ni iniciaciones. Al separarnos tras el primer beso Irene vio inquietud en mis ojos.

Ella me rodeó con sus brazos y me acerco a ello, besandome con suavidad, sin usar la lengua. Mi cuerpo ardía por el deseo y por la duda. Ella lamía mis labios, voluptuosa. La saliva era una ambrosía que hacía latir mi alma, que galopaba desbocadamente.

Reaccioné por fin, sujetándola por la cintura, apretándome contra ella, correspondiendo a sus besos. Mis manos fueron subiendo por su cuerpo y, cuando mis dedos emperzaron a rozar sus pechos, fui consciente de la dureza de mi erección. Me aparté de ella, casi con rabia, el polla endurecida contra mis pantalones.

Irene gritó -a día de hoy todavía no sé si de placer o de dolor-, y se lanzó a abrazarme de nuevo, frotando su cuerpo contra mi pene, acariciándolo a través de la tela. Una imagen llenó mi cerebro: un sexo rosado y humedo que me esperaba.

El beso duró lo mismo que un sueño. Me separé de ella, jadeante, murmuré un “hasta mañana” y me alejé, adentrandome deprisa en la oscuridad de la calle.

El baile del hombrepanda (II)

15 abril, 2014

2. Martes

Aquella tarde yo iba decidido a no hacer el idiota como el día anterior. Habíamos pasado dos horas perfeccionando el vals y, cosa rara, no la pisé ni una sola vez. Tal vez el mérito fue suyo, por sus miradas asesinas que me recordaban su enfado por el día anterior. Por tanto, me iba la vida en no pisarla.

Tras salir de la escuela de baile su humor cambió y, juguetona, me preguntó:

-¿Me acompañas?

-Sí -la respuesta fue tan directa y rápida que nos sorprendimos los tres (ella, mi sentido común y yo), porque me había jurado que, para evitar tentaciones indeseables, me inventaría un compromiso ineludible para la mañana siguiente. Pero ya se sabe que la voluntad es una paloma perdida entre los vaivenes del viento.

Caminamos en silencio mientras yo la miraba de reojo, más preocupado por no pifiarla de ninguna manera que por ver donde ponía los pies. Milagrosamente, no pisé ninguna caca ni me llevé por delante a ninguna indefensa ancianita.

Al llegar frente a la puerta de su casa nos miramos, sintiendo el perfume que emanaban nuestras pieles. Los labios, entreabiertos, reflejaban la luz de las farolas de la calle a oscuras. Los dos eramos conscientes de que nos convenía ir poco a poco, sin prisas, sin sltarnos ningún paso y dejando que el instinto fuera componiendo la coreografía, de manera que podríamos tener fuerzas para saltarlos la prohibición que impedía que nos sumergieramos en el placer de amarnos.

Ella fue la primera en romper la quietud besandome. Su lengua busco avidamente la mía. Tocó con duzlura mis labios, como si me pidiera permiso para seguir y yo me rendí, abrazándolas y abriéndome para recibirla.

Nuestras lenguas se acariciaron y de nuestras bocas se escapó un oscuro suspiro que ahogó el tamborileo de nuestros corazones, batiendo como locos a la vez.

Sentímos el impulso de atacar, de besarnos con más rabia, de explorar a fondo la otra boca pero, en lugar de eso, nos frenamos. Tal era la fuerza de la pasión que tuvimos que subyugarla y convirtió el beso en una caricia que se detuvo lentamente.

Aún así continuó el roce de las lenguas, explorando la textura de la boca, la fuerza, la flexibilidad. Nos tragábamos la saliva del otro como si fuera un pacto de sangre, consciente de que, con ese beso, transgredíamos un sinfín de reglas no escritas que nos permitiría abandonarnos definitivamente el uno en brazos del otro.

Al separanos, las lenguas se acariciaron por última vez, del mismo modo que sus dedos habían rozado los míos tras separarnos al terminar el último vals.

Lentamente nuestras bocas se separaron y, sin acabar de creernos lo que acababamos de hacer, nos miramos sin ser conscientes todavía del lapso de tiempo que había durado aquel beso interminable.

Aquella noche empezamos a caminar juntos un camino torrido, peligroso y clandestinos, que dejó impresa la esencia de la otra persona en nuestras respectivas almas.

El baile del hombrepanda

12 abril, 2014

1. Lunes.

Nunca me ha gustado bailar, pero cuando ella me lo pidió no me quedó más alternativa que decirle que sí. Tardé poco en arrepentirme de mi decisión, pero es que Irene me ponía tonto. Es decir, me devolvía a mi estado natural.

Nos conocíamos desde tercero o cuarto de EGB. Su hermano, Heráclito (algunos padres se merecen dos hostias muy bien dadas y con la mano totalmente abierta), era uno de mis mejores amigos, y con él los partido de futbol siempre solían terminar a hostias con los rivales, no por nada en concreto, sino por el exceso de sinceridad que Clito tenía. Era, dicho finamente, un grandisimo tocacojones.

Bueno, que me convertí en pareja de baile de Irene. Era eso o que ella se cabreara y que Clito me partiera la cara. Dado que yo estaba coladísimo por Irene, la idea de decirle que no no me gustaba, pero todavía menos que el armario blindado de su hermano me partiera por la mitad (a día de hoy Clito ya no es un armario blindado. Me costa que es el Gigante de Alejandría). Así que acepté.

El primer ensayo, francamente, fue una M-I-E-R-D-A descomunal, pues yo, es de conocimiento público, soy muy tímido (Ava, no te rías…) y torpe y en público se me acentúan estas dos cualidades.

En fin, que eran casi las diez de la noche cuando salimos de la academia de baile, ella de morros y yo dolorido en mi más interna humanidad. No había servido de nada que los profesores nos animaran diciendo que, con un poco más de trabajo, perfeccionaríamos el vals (vale…), el rock (¿¿¿perdone usted???) y el manbo (¿¿¿PERDONEEEEEE???).

Nos fuimos andado a casa suya con el ritmo que dan la mala leche (a ella) y las ganas de no dejarla sola (a mí). A mitad de camino Irene pasó de estar de morros a una extraña sonrisa y a lanzarme miradas de reojo. Yo, apenas recuperado por el bailoteo, no me di cuenta. Para qué mentir: ni en perfecto estado mental me hubiera apercibido de la que se me venía encima.

Al llegar frente a la puerta de su casa, mientras me pensaba que decirle para despedirme con algo de gracia, me dijo.

-No hay nadie. Mis padres no están. ¿Pasas?

No contesté. La miré con ojos de ternero degollado, completamente acojonado y con la boca llena de saliva, mientras la emoción se me agolpaba en la entrepierna y yo me preguntaba si realmente me había dicho lo que yo creía haber escuchado.

Al final, medio cobarde, medio sensato, repliqué:

-No… creo que mejor me voy…

El portazo que me sacudió en los morros fue resonante, tanto como el rugido de las dos voces, una al otro lado de la puerta, la otra dentro de mi cabeza, soltaron una sonora palabra:

-¡¡¡IDIOTA!!!

¿Podía yo haber dicho lo que había dicho? Mientras mi estupefacción crecía y mi erección disminuía, mi mano tuvo una idea propia y pulsó el timbre.

Escuché unos pasos que se acercaban y ella abrió la puerta de un tirón. Miento si digo que no estuve a punta de cagarme al verle la cara de cabreo (mal me está decirlo, pero Irene, sinceramente, cuando se enfadaba tenía -¿tiene?- un mal genio que hace temblar al Tercio, Blanquita incluída), pero, quizás atontado por la violencia de la onda sísmica provocada por el portazo, por la mirada asesina de sus ojitos o simplemente por tenerla delante, hice lo impensable.

No, no me puse a cantarle un bolero de Machín.

La besé en la boca. Suavemente. Ella no me correspondió, quizás por la sorpresa. Continuó mirándome, perpleja. Me quedé pasmado, así que opté por besarla otra vez. El calor de sus labios, el perfume de su cuerpo y el deseo por aquella chica me fundieron el seso, salvo por una maldita neurona que ganó el concurso a la cobarde del siglo y que, tras el beso, me hizo salir disparado del lugar, todavía asombrado de mi propia audacia juvenil y temblando al pensar en el próximo ensayo en la escuela de baile con Irene.

(continuará…)

Desafío

10 abril, 2014

Manda webs.

Victoria.

Que sepas que mi ocurrencia de que vayas a probarte el vestido sin ropa interior ha tenido un castigo inmediato. El destino, que es así de cabrón.

Vayamos por partes, como mi primo, Jack el Destripador.

Acababa de sugerir la pequeña diablura a mi sevillana favorita (pronto tendré que diferenciar entre mis dos sevillanas favoritas, que curioso) ya mencionada cuando alguien de mi pasado y de mi presente reciente o inmediato (que me ha reencontrado en este curioso momento de mi existencia actual) me ha llamado para anunciarme, jocosa y divertida ella, que se ha encontrado un relato que le escribí en los tiempos en los que andaba atontorronadamente enamorado de ella. Vamos, en aquella época en la que, además de cachorro de panda, era un chorrapanda, y punto.

Calculando la época, mis años y mis gustos literarios de la época (Becquer y compañía), se me ha escocido el esfinter él solito, sin ayudas de terceros ni puñetas varias. Acojone y grande, señor@s mí@s, porque el truño podía ser ser enermousssssssse.

A veces, querid@ lector/, peco de optimista, como esta vez.

Así que hemos quedado para tomar un café, aprovechando que varios elementos han conspirado para dejarme la tarde muy libre, y pegarle un vistazo al relato. ¡¡¡Dios, que truñaaaaaaaaaaco que era!!! Mi cara reflejaba mi dolor y el retorcimiento de mis intestinos, que amenazaban por entonar una melodía llena de olor. Mi amiga, divertida, tras disfrutar un buen rato del panorama, me espetó a sangre fría:

-Anda, a que no tienes lo que hace falta para intentar mejorarlo..

Y yo, que otra cosa no seré, pero sensato tampoco, me he apostado con ella que lo mejoro y facilmente. Sin despeinarme, vamos. Es más, que le daré un toque especial añadiendo una historia que sólo conocen tres personas (ella, yo y el tercero en concordia). Ella, relamiéndose, ha cerrado la apuesta.

Huelga decir que voy a ganar el desafío de calle, porque las ingles brasileñas se las va a hacer, con todos los respetos, la señora abuela de la señora tía de la señora madre de la señora prima de mi amiga, porque muá, no.

Faltaría plus. (Ava, que te veo venir…)

(Querida, para que veas que recojo el guante que me has tirado a la cara tan arteramente -no podía ser el tanga, guapa, no-… ahora te toca decir algo, ¿no?)

Yours truly,
Jack

Una duda

8 abril, 2014

¿Son tus ojos o tus tetas,
un poco caídas por el tiempo,
lo que me motivan a quererte?

He sorprendido el hastío
en tu boca atrapado.
Me ha resultado horroroso.

Te quiero, no te sorprendas.
No me espantan tus defectos
ni me impulsan a perderte.

Este gentil y suave amorío
que de tanto en tanto
nos conecta y nos hace borrosos

se resume en estas pocas lineas
que transforma a dos antiguos amantes
en dos curiosos y perplejos amigos.

Poema breve

7 abril, 2014

Quiéralo el destino o no,
con más suerte que arte,
tengo que con mi verga
de parte a parte atravesarte.

Ni es frivolidad ni falta de decoro
pero, entiendelo, mi amada:
para mí tu sexo es mi tesoro,
y lo ambiciono, todo, todo, todo.

Por tanto, con permiso y sin él,
esta noche me colaré en tu alcoba
y poniendo tu culo en pompa

te dedicaré un soneto en tu piel.
No será la mía una gentil caricia:
pero te correrás de pura delícia.


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