Archive for 29 mayo 2014

La más oscura noche (IX)

29 mayo, 2014

9. El convite

El país podía estar sumido en los comienzos de una guerra civil con las familias más poderosas del reino mezclados en una violeta pugna por el poder. Nada de eso nos afectaba.

Toda mi familia acudió a la boda y, por supuesto, no se perdieron el convite.

Cuervos.

Cuervos todos ellos.

En nuestro escudo domina un caballo rampante, recuerdo de los tiempos en los que nuestra caballería conquistó feudos incontables.

Más apropiado sería un cuervo como animal heráldico.

Son mis parientes. Parientes lejanos, de una rama u otra de la familia general, de familias varias, de intrincados niveles, similar a la mía -¡espero que no!-, que formaban un único cuerpo que, poco a poco, con el paso implacable del tiempo, se había ido consumiendo entre intereses, prejuicios, formas, tradiciones, cartas, espadas, dioses, templos, odios exquisitos, venganzas mezquinas, envidias mal disimuladas y pleitos nunca solucionados.

Viven en sus castillos y fortalezas, prisioneros de sus muros de piedra. Unos en lo alto de la montaña, lejos del mundanal ruido. Otros mezclados con pequeñas ciudades cuyas calles nunca pisan. Familias con arrogancia. Familias sin amor ni deseo. Familia con relojes de arena por alma. Altivos, soberbios, orgulllosos.

Me miran con malos ojos, porque siempre han codiciado las tierras y las riqeuzas de mi padre y que ahora pasaran a mí en lugar de a ellos. Detrás de sus sonrisas puedo ver sus deseos, su esperanza de que muera sin un heredero. Por eso, mientras ese chico no llege, han de cuidarme, acosarme, mimarme, importunarme, procurando no cometer nu paso en falso que les quite la herencia que tanto codician.

Cuando acabe esta pantomima me retiraré a mi castillo, con mi madre y mi esposa.

A vivir bajo el frío sol del norte, que me persigue desde que sale por detrás de las montañas hasta que se acuesta tras bañarnos con su fuego helado. La tierra, roja en verano, blanco en invierno. Entre las cosechas. Entre las procseiones de hormigas y los pájaros cantarines. Entre los animales que aullan en el bosque y los que en casa levantan las orejas con curiosidad.

A esa salvaje realidad dodne todo es verdadero y sincero, como ha de ser.

A esa mentira que interpretamos tras los muros del castillo. A esa comedia que tantos años hace que dura.

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La más oscura noche (VIII)

27 mayo, 2014

8. Boda

Y un día cualquiera, a una hora cualquiera, me casaron, nos casaron.

Mientras duraron las negociaciones matrimoniales mi madre se entregó a sus secretos desenfrenos sin sombra alguna de la pena causada por la muerte de mi hermana. Tampoco me hizo reproche alguno. Simplemente siguió con su vida, liberándome poco a poco del freno que me impedía sumarse a su desenfreno. Intuía, no podía ser de otro modo, los estragos que había causado en mí. Y de manera cruel y sádica me había insinuando el horror de la voluptuosidad a la que ella se abandonaba y en el que me esperaba, para unirse a mí en el abrazo supremo de la angustia.

Ni las negocioaciones ni el tedioso cortejo de la novia se prolongaron en exceso. El oro de mi padre obró milagros y pronto mi prometida quedó atada a mí por tratados y alianzas que la ligaban con más fuerza todas las palabras que pudieran pronunciar los hombres santos. Su dulce mirada no presagiaba que me estaba enredando en una trampa que escapaba a los cálculos más diabólicos de mi madre.

Recuerdo el momento turbador de verla por primera vez. Su expresión recatada me observaba atentamente, mientras unos ojos burlones me observaban con una interminable curiosidad. Pronto se apoderó de mí una irrefrenable lujuria al verla castametne sentada al lado de su madre. Observaba la caída de sus faldas y me imaginaba sus piernas enfundadas en unas medias largas que le llegaban hasta el culo, y me veía levantando aquel vestido para descubrir su trasero desnudo.

Ella, como si adivinara mis pensamientos, me miraba con ojos llenos de diversión, que contrastaban en gran medida con su rostro serio. Simplemente era una pose.

Un medio para un fin.

Pero antes mi madre me tenía reservada otra sorpresa.

La más oscura noche (VII)

25 mayo, 2014

7. Asesinato.

La última noche que pasé bajo el mismo techo que mi madre transcurrió en un maléfico silencio. Sentados cada uno en una punta de la enorme mesa del salón, con mi enervante hermana sentada entre ambos y disfrutando del espectáculo con su habitual sonrisa perversa, no había más sonido entre ambos que el ruido que nuestras dentaduras provocaban al engullir la cena los sorbos ocasiones de vino por mi parte y el continuo beber, como una fuente invertida, de mi madre.

De repente habló. Sus ojos estaban claros y diáfanos a pesar de la enrome ingesta de alcohol. Su obsesión retornó a ella.

-Eres bueno. Demasiado bueno. Me pregunto si también serás un cobarde. Debería haber caído en las manos de un depravado que me hubiese ultrajado. Lo hubiera preferido. Sólo me encuentro a gusto en el lodo. ¿Me escuchas? -me preguntó, levantando la voz.

No reaccioné, pero temblé por dentro. Me había acostumbrado a no mostrar temor delante de ella, por el respeto que me producía pero, también, porque me producía un cierto placer mostrarme indiferente a sus alardes. Estoy seguro que ella también disfrutaba de mi pobre actuación.

-Jamás sabrás de lo que soy capaz. Ni siquiera lo imaginas.

“Ni tú tampoco”, me dijo en voz baja. Llevaba varios días dándole vueltas a una idea que ahora se me antojaba irresistible. ¿No dicen que el refugio de los hombres es la infancia? Pues iba a ser el mío.

De repente la voz de mi madre me arrancó de mis pensamientos. Estaba de pie a mi lado, contemplándome de nuevo con esa terrible mirada.

-Debes saber que soy abominable y que no merezco tu respeto. Te quiero, y tengo que emborracharme para atrever a hablarte, porque así te ayudo y te prevengo.

Tambaleándose se dirigió hacia la puerta y, desde el dintel mismo, me dirigió una mirada antes de desaparecer. Mi hermana parecía una hermosa gárgola apoyada en un busto de Palas, quieta.
Inmóvil como un pájaro de ébano. Y nada más.

Comía en silencio, sin dirigirme la mirada, una pálida copia de la mujer que había abandonado la sala. Poco a poco fue creciendo en mí un gélido odio hacia ella, de manera que, abandonando el gran salón, encaminé mis pasos hacia donde mi padre guardaba su arco de caza, que no había llevado consigo en su postrera cabalgata.

Hizo falta toda la fuerza de mis brazos para descolgar aquel arco, que parecía hecho de roca y alabastro, y ceñir la cuerda a sus extremos. Una vez tensada ésta y la flecha presta para partir, retorné al salón y, sin mediar una palabra, traspasé el cuello de mi maldita hermana con la saeta. Aliviado por haber finalizado con su odioso silencio, regresé a mi sitio y, sirviendo una copa de rojo vino, brindé por mi recobrada libertad.

Dos días después, dos sirvientes colgaban de los muros de mi castillos, tras haber sido convenientemente desollados una vez sus almas fueron aligeradas de su culpa por la confesión de tan terrible asesinato.

Mi madre, a mi lado, observaba impasible los cuerpos sangrantes que oscilaban con el viento.

La más oscura noche (VI)

23 mayo, 2014

6. Borrachera.

Todo el señorío salió a nuestro encuentro. Campesinos, comerciantes, hombres santos y los abanderados que no habían acompañado a mi padre al Sur. En el castillo de uno de ellos descubrí un secreto inesperado.

Mi madre bebía. ¡Y cómo! Muy pronto comprendí que era su manera de escapar de sí misma. Borracha no tenía esa carcajada propia de la embriaguez, esa falsa alegría de los borrachos. Todo lo contrario. La invadía un gran tristeza y se encerraba en sí misma, presa de una profunda melancolía, que yo ligaba a lo poco que sabía de ella: que, por un pecado secreto, mi padre la había arrojado de su lado al poco del nacimiento de mi hermana.

Y, como siempre, continuó saliendo, escapándose.

Una mañana, sin embargo, no se marchó después de almorzar. Se quedó conmigo y me pidió perdón por no haberme llevado “por ahí”. Ella, que comenzaba a suscitar en mí el vago recuerdo de una mujer joven de carcajada incansable, aparecía ante mis ojos con una luz nueva: la de una bella mujer incontrolable y disipada. Sabía que era muy guapa, y todo el mundo a su alrededor se lo recordaba. Pero aquella coquetería provocativa me desconcertada. Apenas había cumplido treinta y seis años y, al mirarla, su elegancia me fascinaba.

De repente, mirandome con ojos burlones, se puso de pie y, cogiendo mi rostro entre sus manos, me dijo riendo.

-Te llevaré mañana. Ahora, ¡dame un beso, hermoso amante mío!

Sus ojos ardían y, con esta despedida y riendo desenfrenadamente, se puso la capa, los guantes y se me escurrió entre los dedos.

Cuando hubo cerrado la puerta pensé que su belleza y su risa no eran humanas.

Aquella noche no cenó en el castillo. Al día siguiente, al despertar, la criada me anunció que mi madre me esperaba en su habitación. Cuando llegué la acompañaba mi hermana. Me dijo, en escasas palabras, que teníamos que regresar a nuestro feudo.

Durante todo el camino de viaje ninguna de las dos pronunció palabra alguna.

El cielo era una interminable capa de nubes grises cuando llegamos a nuestro castillo. La luz era escasa y las decenas de antorchas no bastaban para arrojar un breve álito de luz a sus fríos muros. Mi madre, todavía recluída en su silencio, desapareció.

Retornó sin pronunciar palabra. Aquella noche, al cenar, bebió copiosamente. Me alarmé y aparté la vista. Cuando recuperé el suficiente valor para mirarla furtivamente, la dureza de su mirada me dejó aterrado. Llenó su vaso hasta el mismo borde con un gesto deliberado, lento. Esperaba.

Fui a decir algo.

-Callate. -me dijo secamente.

Se mostraba hostil, presa de un odio que me resultaba incomprensible. Bebía a grandes tragos su copa sin separar los ojos de mí, y, una vez vaciada, la dejó con un golpe sordo en la mesa y, clavando sus ojos furioso en mí, pronunció unas palabras terribles.

-Dilo de una vez. Le hice la vida imposible. Y a tí.

No entendía nada. Balbucée.

-La vida en el Norte es dura. Supongo que se te hizo dificil.

-¿Qué sabes tú? -me replico con dureza. No dejaba de sonreir-. No sabes nada de mi vida.

El calor que el hogar de la chimenea vomitaba en el salón me recordaba al más fuerte verano.

Sin embargo, yo temblaba. Me sonrojé ante su mirada mientras secaba con el dorso de la mano el sudor de mi frente. El rostro de mi madre era hermético. De pronto sus rasgos de transformaron y una pena indecible se apoderó de sus facciones.

-¡Petyr, mírame!

Su mirada era la de la locura. Habló lenta, ritmica, aterradoramente, con la sonrisa paralizada en una mueca insana. Lo que me decía me desgarraba. Su solemnidad, su repelente grandeza, su infame fascinación me anodadaron y fascinaron a partes iguales.

-Eres demasiado joven y no puedes recordarlo -me dijo con un suave encogimiento de los hombros-, pero a fin de cuentas debes saber si tu madre es digna del respeto que le tienes. Ahora que tu padre ha muerto puedes saberlo. Estoy harta de mentir: ¡Soy peor que nadie!

Sonrió de manera amarga, cruel, aterradora. El sudor se deslizaba suavemente por su piel haciendola brilla, insinuando el comienzo de su escote. Ninguna indecencia se mezclaba con este momento.

-Petyr… esos nobles que se inclinaban ante nosotros sonriendo, ¿que crees que eran?

No lo sabía, no me había fijado en ellos. Sólo eran vasallos sin importancia.

-Tu padre lo sabía. Ellos lo sabían. Tu padre estaba de acuerdo. Pero me hundí en la inmundicia. Eso idiotas, en su ausencia, y en tu presencia, no sentían respeto alguno por tu madre. ¡Mírame!

La más oscura noche (V)

21 mayo, 2014

5. Ausencias.

Antes de que mi padre marchara al Sur para no volver, después de cenar oía desde mis habitaciones escenas ruidosas, ininteligibles para mí, que me dejaban la sensación de una tragedia sucediéndose al otro lado de la puerta. A veces me levantaba y, con una antorcha en la mano, comenzaba a recorrer en silencio el pasillo, hasta determe a mitad de camino y esperar allí que cesara el ruido.

Una noche se dio ante mí un espectáculo insólito. La puerta se abrió y mi padre, rojo de rabia, vacilante como un borracho, insólito en su antigua sobriedad, salió al pasillo.

Otra vez le sorprendí golpeando con ira los muebles del gran salón.

Y en una tercera persiguiendo a mi madre, semidesnudos los dos. La alcanzó y cayeron juntos gritando, y yo me escapé apresuradamente a mi habitación, rogando a los dioses, a los antiguos y a los nuevos, que no me hubieran visto.

La paz de la casa no se reestableció hasta que mi padre marchó al Sur.

Quedé como el señor del castillo y de los dominios. Me sorprendió el nuevo poder adquirido, pero sobre todo las ausencias de mi madre, aquella mujer que era para mí una extraña. Por todo el castillo me tropezaba con la otra desconocida, aquella a quien mi madre llamaba hija y a la que mi padre no había dirigido la palabra desde su llegada a casa.

Estaba cegado. A pesar de estas escenas desconcertantes la desconocida a la que llamaba madre empezó a demostrarme cariño y ternura, a comportarse como su título la marcaba, y empecé a quererla. Entre ella y yo comenzó a brotar una extraña e incoherente identidad de pensamiento y sentimientos que sólo parecía interrumpirse en presencia de mi padre, airado siempre, y de la extraña a la que llamaba hermana, a la marcha de él hacia el Sur.

En ausencia de él, como digo, ella salía constantemente. Intentaba convencerla para que no marchara pero ella, con tristeza, rechazaba toda conversación conmigo en tales circunstancias. Nunca supe a dónde se encaminaba en sus vagabundeos.

En ausencia de mi padre y en las idas y venidas de mi madre crecí. Me convertí en un hombre.

Un día mi madre me llevó al pueblo. Nuestros vasallos debían conocer a su señor. Protesté. Ya lo conocían, era mi padre. Ella no dijo nada.

Estaba alegre.

-Parezco aún lo bastante joven como para acompañarte -me dijo-, pero eres tan guapo que te tomarán por mi amante.

Me reí porque ella se reía, pero sus palabras me dejaron sin aliento. No podía creer que ella hubiera dicho eso. Pensé que había bebido.

En un rincón, la extraña que era mi hermana nos observaba malignamente.

En silencio.

La más oscura noche (IV)

19 mayo, 2014

4. Tempus fugit

No se pueden recuperar dieciseis años de olvido ni llenar un vacío cuando éste no existe. Así estabamos mi reencontrada y desconocida madre y yo. Y, la verdad, era más incómodo de lo que parece. Era imposible esquivarla, porque parecía estar por todas partes del castillo de mi padre y buscar el encuentro. Sus interminables interrogatorios sobre cada diminuta cuestión referente a mi padre, a mí o cualquier otro tema tangencialmente relacionado con nosotros dos provocaba interminables y asfixiantes conversaciones que duraban y duraban y duraban.

Así durante dos meses hasta que, un día cualquiera, cesaron. A partir de entonces nos encontrabamos con menos asiduidad y ella demostraba ora tener escaso interés, ora una asfixiante necesidad de tenerme controlado las veinticuatro horas del día que, francamente, resultaba agobiante por el vacío que las presidía.

Una mañana comenzó una nueva costumbre. Montaba a caballo y se perdía en los bosques que rodeaban el castillo, rumbo a los páramos glaciales donde, según las leyendas de mi nana, en los tiempos de los abuelos de mis abuelos, habían morado animales de fuego del tamaño de perros que dejaban al más fiero huargo como un cachorro adorable.

No podría decir cuantas expediciones hacia esa nada absoluta se sucedieron, pero sí que a cada una ella volvía más ella y temible que cuando marchó. Su rastro ganaba hermosura y parecía rejuvenecer, de manear que, si ya de por sí no aparentaba tener la edad para ser mi madre, yo empezaba a temer que protno parecía más joven que yo. No tenía tiempo para prestarle atención porque mi padre se preparaba para seguir a nuestro señor al Sur y yo iba a quedarme como dueño del castillo y del señorío en su ausencia. Había que prepararlo todo a conciencia, todo debía de estar listo para la entrada de mi padre y su señor en la capital con el máximo esplendor posible, dentro de los austeros parámetros que nuestra cultura norteña nos marcaba.

Un buen día ella (me resulta extraño llamarla madre) se presentó acompañada por una chica, apenas una niña que hacía poco que habíad ejado atrás su infancia, y, tras presentarnosla a mi padre y a mí con “tu hija y tu hermana”, se marchó con ella a sus aposentos, de donde no salieron hasta la hora de la cena.

Al día siguiente mi padre, culminando los preparativos, partió con sus abanderados hacia el Sur, de donde no volvió. De haber sabido lo que me deparaba el destino, hubiera marchado agradecido con él al encuentro de la muerte.

La más oscura noche (III)

17 mayo, 2014

3. Primeras palabras.

Tiempo después recordaría que lo que más le llamó la atención fue la blancura de su piel, casi de un tono marmóreo, lo que, junto a su larga melena dorada y sus intensos ojos azules, le daban un aire extraño que él nunca supo definir y que no dejo de inquietarle nunca, ni siquiera en los momentos de mayor intimidad.

Cuando su padre se adelantó él permaneció en silencio, mirandola, con una creciente sensación de inquietud que le transmitía unos molestos calambres por sus piernas y le enredaba el estómago en un nudo intolerable, a la par que notaba como por su organismo se extendía una contradictoria marea de insoportable y deliciosa inquietd.

Les vio hablar en voz baja, como si no quisieran que sus palabras fueran escuchadas por nadie más. Su padre estaba tenso, él podía verlo. A su espalda su nana respiraba fuertemente y entonces, sólo entonces, se dio cuenta de que los dos, su padre y su nana, sabían quien era la desconocida, que seguía mirandole tranquila, dirigiendo fugaces miradas a su padre y respondiendo con monosílabos o breves movimientos de sus labios.

A veces, se dijo, puedo ser muy idiota.

Su padre, por fin, pareció hartarse del intercambio verbal y, con un gesto seco y murmurando entre dientes “¡sea!”, se apartó bruscamente y con además imperioso le ordenó que se acercara.

-¡Ven!

El cielo norteño se hizo más gris con aquella orden y él notó como el frío se intensifica, a la par que aquella extraña recién llegada sonreía más calidamente, entrecerrando ligeramente los ojos.

Cuando estuve frente a ella, su padre pronunció las fatídicas palabras.

-Hijo, esta es tu madre.

Y dicho esto, se dio media vuelta y, con un revuelo de su capa, se alejó de ellos, de la casa rodante y de todos, camino del gran salón del castillo.

Con una frase tan trivial quedó su destino sellado.

A vueltas con el sexo.

16 mayo, 2014

Interrumpo la narración para preguntarme algo:

¿Cuándo se es adicto al sexo? Creo que ya me lo he preguntado alguna vez que otra en este blog.

Es, simplemente, que hoy me ha pasado algo que, la verdad, me ha sorprendido y, hasta cierto punto, asustado.

Hace un par de semanas me reencontré con alguien de mi pasado, alguien que significó mucho para mí, a todos los niveles. Hoy habíamos quedado para tomar algo, pero yo he ido, lo confieso, con una mezcla de espíritu provocador y ganas de ella que se me notaba de lejos. Hasta con los ojos cerrados.

Como decían antes, se han juntado el hambre con las ganas de comer y hemos acabado dejando el café para otro día. Es ocioso explicar lo que ha pasado después, ¿no? Bueno, tras recuperar el tiempo perdido en dos intensas horas, me he encontrado en la cocina sorbiendo un poco de zumo cuando, al verla pasar camino del dormitorio, recién salida de la ducha, me he ido tras ella con ánimo goloso y hemos tenido un “épilogo” al encuentro.

Y lo que me remata es que, mientras escribo esto y lo recuerdo todo, vuelvo a estar, perdón por la expresión, pinochón. Y, por lo sucedido, “eso” tendría que estar calmado, agotado y sumido en un profundo sopor invernal.

Pues no, estoy peor y más inquieto que si fuera un adolescente. Y eso, a mis cuarenta y uno, no se me antoja nada normal.

Que cosas, nene.

La más oscura noche (II).

12 mayo, 2014

2. La premonición

-Ausgelifert.

Dedicó una breve mirada a su nana cuando escuchó pronunciar la vieja maldición, preguntándose que diántres habría podido sacar de su habitual mutismo habitual a su vieja ama de cría.

Lo cierto es que no había nada que pudiera justificar el supersticioso gesto de la anciana. La recién llegada, que les miraba con expresión de curiosidad, no se había movido y seguía al lado de la puerta de la casa rodante.

Fue cuando volvió el rostro hacia su padre y vio su expresión que nuestro protagonistas empezó a comprender que algo extraño estaba sucediendo.

Su padre había entornado los ojos y su mirada se había vuelto acerada. Su mandíbula aparecía tensa y recordaba el gesto concentrado con el que su padre se enfrentaba a la caza de los lobos salvajes que poblaban las arboledas inexploradas situadas más allá del Último Bosque.

Definitivamente, algo no iba bien. Él no entendía el motivo. Sólo podía ver la dama, que permanecía absolutamente tranquila, expectante. Su padre parecía tenso, como ante una batalla o la caza de un animal especialmente peligroso. Pero ante ellos sólo se alzaba aquella mujer de aspecto frágil, que les miraba con expresión plácida y complacida. Finalmente, una sonrisa iluminó las bellas facciones de la dama y justo cuando se disponía a hablar, la mano de su padre se posó sobre su hombro y pronunció quedamente su nombre.

-Petyr.

La más oscura noche (I).

10 mayo, 2014

1. La llegada.

Si aquella mañana, como le ordenó su padre, hubiera salido de caza, nada hubiera sucedido. O, en el último extremo, si no hubiera visto su rostro al bajar de la casa andante, esta historia no podría ser contada. Quizás la hubiera visto otro, pero, seguramente, las consecuencias no habrían sido las mismas y, desde luego, todo hubiera resultado ser una historia muy diferente.

Pero ni salió de caza ni se privó de mirar, con curiosidad propia de un hombre que aún no ha dejado de ser un niño, la extraña comitiva que había entrado en el patio del castillo, rodeada de los hombres del templo y sus guerreros, que no parecían augurar nada bueno, ni a aquella mujer que descendió de la casa andante mientras los caballos que tiraban de ella pifiaban inquietos y que, detenida en el silencioso patio, miraba a su alrededor desde debajo de la capucha de su capa, negra y de terciopelo.

Pero ninguno de los dioses, ni los viejos ni los nuevos, intentaron evitarlo.

Así que cuando su padre ladró su nombre y lo llamó, a Jack no le quedó alternativa alguna acudir a su lado, en lo alto de las escaleras, mientras se preguntaba quién diantres podía ser aquella mujer, que, medio oculta tras una capa negra con intrincados dibujos de hilo de oro, permanecía junto a la casa rodante, rodeada de un bosque de lanzas.

Fue entonces cuando su vieja nana murmuró la palabra maldita.

-Ausgeliefert.


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