La más oscura noche (II).

2. La premonición

-Ausgelifert.

Dedicó una breve mirada a su nana cuando escuchó pronunciar la vieja maldición, preguntándose que diántres habría podido sacar de su habitual mutismo habitual a su vieja ama de cría.

Lo cierto es que no había nada que pudiera justificar el supersticioso gesto de la anciana. La recién llegada, que les miraba con expresión de curiosidad, no se había movido y seguía al lado de la puerta de la casa rodante.

Fue cuando volvió el rostro hacia su padre y vio su expresión que nuestro protagonistas empezó a comprender que algo extraño estaba sucediendo.

Su padre había entornado los ojos y su mirada se había vuelto acerada. Su mandíbula aparecía tensa y recordaba el gesto concentrado con el que su padre se enfrentaba a la caza de los lobos salvajes que poblaban las arboledas inexploradas situadas más allá del Último Bosque.

Definitivamente, algo no iba bien. Él no entendía el motivo. Sólo podía ver la dama, que permanecía absolutamente tranquila, expectante. Su padre parecía tenso, como ante una batalla o la caza de un animal especialmente peligroso. Pero ante ellos sólo se alzaba aquella mujer de aspecto frágil, que les miraba con expresión plácida y complacida. Finalmente, una sonrisa iluminó las bellas facciones de la dama y justo cuando se disponía a hablar, la mano de su padre se posó sobre su hombro y pronunció quedamente su nombre.

-Petyr.

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