Archive for 30 junio 2014

La sombra de un secreto (4)

30 junio, 2014

4.Y sin embargo

El tiempo, como no podía ser de otra manera, pasó a su acostumbrada y caprichosa manera. Los días, como las amistades, se sucedían de manera inexorable y los amores eternos duraban exactamente eso, es decir, cinco minutos.

Yo pasaba mis noches leyendo aquel extraño libro, fascinado por su extraña historia, que se resume de la siguiente manera.

En un pequeño principado del centro de Europa llamado Transistvania vivía una princesa llamada Bella (sus padrinos, huelga decirlo, eran muy creativos), que crecía rubia, guapísima, alegre y feliz (no podía ser de otro modo, obviamente). Su padre, el rey Rudolf, era un monarca serio, sensato y responsable que, viudo desde hacía demasiado, se había vuelto a casar con una callada y tranquila mujer, Flavia, la cual, oh sorpresa, resultó ser una bruja (literalmente hablando) de cuidado, y que se dedicó a hacer la vida imposible a Bella, logrando, mediante poción mágica incluída, dejar amnésica a Bella, para luego perderla en el bosque de Strelsau, con la secreta esperanza de que allí un oso la devorara.

Huelga decir que Flavia no pretendía desbancar a Teresa de Calcuta en un concurso de bondad.

Bella, perdida en el bosque, se topaba con un extraño animal-hombre, que el relato no nombra, que la acoge en su casa hasta que un perverso cazador lo asesina e intenta violar a la pobre Bella, que logra huir por los pelos. A estas alturas yo, joven, tierno y tontuelo, sufría de mala manera con las perrerías que el cabronazo del autor inflingía a la pobre princesa.

Tras una par de docenas de perrerías a medio camino de Oliver Twist y Sade, la pobre Bella regresaba por accidente e involuntariamente a la capital del reino, amnesica perdida. Pero Flavia, que seguía opositando a ser la más cabrona del reino, para no correr riesgos encarcelaba a la pobre y sufrida desmemoriada en la mazmorra más profunda del castillo real, sin más compañía que un enano paticorto y deslenguado (el requetetatarabuelo de Tyrion de Juego de Tronos, para entendernos), que amenizaba sus veladas con relatos sobre la historia y costumbres del país. Así, por casualidad, Bella comienza a recuperar la memoria mediantes las anécdotas del enano y, gracias a un despiste de los carceleros, se escapa de la mazmorra acompañada de su paticorto amigo, que se las ve y se las desea para trepar por los escalones del castillo, pobrecito.

Y justo cuando irrumpe en el salón del reino estalla el gran merdé: su padre ha muerto, presuntamente asesinado por la perversa Flavia, que está a punto de casarse con el principe Harold de Riechtenburg (Harry para los amigos), que, en cuanto pone el ojo en la bella Bella (jodeputa el autor, a fe mía), se olvida de Flavia, que, en un arranque de muy mala gaita, intenta apuñalar a la pobre Bella, que no gana para sustos. El paticorto se interpone y, sacándose una daga de alguna parte de su minúscula anatomía, desvía el golpe de la perversa Flavia para luego darle veloz muerte y proclamar a los cuatro vientos la verdadera identidad de Bella. Harry, que está enamorado hasta las trancas de Bella, allí mismo le pide en matrimonio, tras lo cual, mientras Harry se lleva a Bella a su reino (potoclop potoclop potoclop), el enano, que se agarraba cmoo podía a la cola del caballo, pone fin al cuento, dejando a este pobre lector con una duda:

¿Cómo diantres se llamaba el puñetero paticorto y deslenguado retaco?

Así me pasaba yo las noches, sufriendo con las putadas que sufría Bella, todo un dechado de paciencia y resignación, con el rescate de Harold (que ni rescataba ni nada, se limitaba a reaccionar a las puyas del enano y tenía una chamba impresionante), las guarradas que Flavia hacía a diestro y siniestro (lo reconozco, era más cabrona que Alexis Carrington y Ángela Channing juntos… esta Flavia trinca a estas dos y las hace llorar, lo juro) y a los viajes de la princesa por allá y por acullá.

Y como yo tenía menos luces que un faro apagado y que el Lucero del Alba a las seis de la tarde, me enamoré de Bella como un bendito becerro descerebrado y me dormía mirando el relato de Bella, que habría, litografiado, el libro.

Original que es uno.

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La sombra de un secreto (3)

26 junio, 2014

3. A la orilla de la librería

Por una vez, aunque suene raro, la culpa de lo que pasó después vino de una todavía más rara buena acción de mi padre. La única, tal vez, que hizo por mí. Claro, hay que decirlo, que lo hizo sin darse cuenta.

Harto como estaba de verme metido todo el día entre libros, tuvo la esplendorosa idea de llevarme a visitar el despacho donde un amigo suyo ejercía de abogado. No puedo negar que la idea fuera mala. Pero, siendo mi padre miembro de mi familia, era de cajón que el plan tenía que fallar por alguna parte. Y falló… por la mía.

Ni llegué a entrar en el edificio de oficinas donde estaba el susodicho despacho. Me detuve, pasmado, ante una hermosa librería de viejo, una de esas en las que es fácil encontrar una primera edición de las obras completas de Pío Baroja o de los versos de Maragall. Pues allí me detuve, encantado de mi mismo.

Renuncio a explicar cuál fue la reacción de mi padre. Diré, brevemente, que no le hice nada feliz. Su cara era un poema… que tardé dos segundos en olvidar. Me deslicé dentro de la tienda y, al cabo de unos minutos, me perdí entre los estantes de libros con la cara de un capullo enamorado de tanto tomo y de tanta letra. Mi padre, a su pesar, me siguió, no tengo ni idea de para comprobar si realmente pensaba dedicar mis minutos a aquellos libros o con la esperanza de que algún tomo enorme me cayera encima y me aplastara. No tuvo suerte.

Así que me fue siguiendo, cada vez más desesperado, por los rincones y pasillos de aquella atestada y antigua tienda, que olía, talmente, como debía haber exhalado la biblioteca de Alejandría tras quemarse y se remojada a conciencia en agua de mar. Vamos, que era un olor tan extraño y penetrante que me encantaba. Los estantes de libros antiquísimos se sucedían uno tras otro y mi padre, a mis espaldas, resoplaba cual Moby Dick de secano mostrando en vano su fastidio.

Lo que ya tuvo que ser el colmo de la mala suerte por su parte fue que encontrara un libro que me gustara. Y ya el súmum de las desgracias que se tratara de la historia “real” de una princesa que es rescatada de un horrible destino por un apuesto caballero. Su cara de desconsuelo ante el desvarío de su primogénito era, de verdad, para sentir lástima por él. Por desgracia, yo lo conocía demasiado como para apenarme por él. Además, tenía un libro nuevo en las manos y eso me hacía ser insensible a todo el universo, la verdad sea dicha.

Lo primero que hice cuando llegué a casa fue ir a ver a mi madre y enseñarle el libro, sin disimular ni un ápice mi entusiasmo. Mi madre, que hacía oposiciones para santa, alzó sus ojos para ver la cara de mi padre y, conociéndole al dedillo, supo medir su grado de frustración por la línea recta que formaban sus cejas, en ángulo de 90º con sus tensas mandíbulas. Vamos, que el cabreo era de los gordos. Por ello, mi madre, sabiamente, me empaquetó con mi libro recién descubierto a mi cuarto y ella intentó calmar a mi desesperado progenitor que, en aquel día y en aquella hora, perdió su fe en su benjamín y, quizás exagero un poco, en el futuro de toda la humanidad.

Yo, lo confieso, permanecía ajeno a los doloridos lamentos del pater familias y, con la nariz sumida entre las hojas de aquel curioso librillo, me pasé las horas muertas de aquella tarde y la noche que le vino a la zaga.

Poemario

23 junio, 2014

He aquí unos poemas que me ha dado por escribir últimamente y que os endilgo para disfrute (o no) de vuestros ojitos.

1.
Te dedico esta poesía,
Ojos de plata, voz de oro
Que me quiso sin decoro.
Besos a tu vagina de bisutería.

2.
No es que muera de amor,
me muero de tí, amor,
de amor de tí, de amor para tí,
De esta ansia mía de tu piel, de tí,

De mi hambre de tí y de tu boca,
de tu ombligo, de tu barbilla
Y sobre todo, muero y agonizo
por lo insoportable que estoy sin tí.

3.
Una de las pocas certezas
De este mundo es,
Sin duda alguna,
Mi inefable torpeza.

4.
Esto va dedicado
A esas mujeres que amé,
A las que conocí apenas
Antes de que se las llevara el destino
Y no las volví a encontrar.

5.
Que ganas de tenerte
Desnuda contra la cama,
Para poder leerte con
Todas mis viejas ganas.

6.
No me quedaré con las ganas.
Te quitaré con los dientes las bragas.
Y que ladren las viejas si quieren.
Hacer otra cosa no pueden.

7.
Puedo ser infiel, no lo niego,
Pero paso de infidelidades,
Pues en mi no hay lugar para maldades
Ni a la belleza estoy ciego.

Es la vida una curva que me lleva
A pasear a lo largo de mis edades,
De ilusiones, de penas, de nimiedades,
Entre sombras de la cueva

¿Sabiduría? ¿Coraje? Son historia,
Anécdotas triviales pero importantes.
¿Sombras? Quizás desmemoria.

Frente al mundo mundial no hacer caso,
Amar a las mujeres más que antes.
Buenas son. Y el placer… Tan escaso.

8.
Te pienso escribir un poema
En la comisura de tus labios.
Y tú me dices “te quiero”
Con el fulgor de tus ojazos.

9.

“Para mi seño sevillana”

Ni bromuro ni pollas,
Hoy me la baja nada.
Así que mimame, niña,
Y hazme una mamada.

La sombra de un secreto (2)

22 junio, 2014

2. 19 Tilas y 500 infusiones.

Ya fuera porque mi abuela era una persona egocentrica (de aquellos polvos estos lodos) o porque derrapaba mentalmente en determinadas ocasiones, decidió un buen día adoptar a una niña. En realidad no la adoptó, simplemente la adquirió como una especie de muñequita para cuidarla y, adquirida la edad suficiente, para que hiciera las veces de enfermera.

Así que nos reunió a todos para presentarnos a la cría, que ni era adoptada ni nada, sino simplemente la hija de unos vecinos a los que, según anunció a su manera vacía y grandilocuente, pensaba dejarselo todo en su herencia el día que muriera, cosa que yo dudaba profundamente que fuera pasar. Que se muriera, quiero decir. Mi abuela, en su bendita perversidad, no era de las que se mueren (en esta, como en tantas otras cosas, me hallaba completamente equivocado). En todo caso transmutaría su mala gaita en otra forma corpórea o incorpórea para seguir dando por donde amargan a los pepinos a sus parientes, me decía (al final morir, lo que se dice morir, lo hizo de manera total, absoluta e irrovocable, para alivio de todos menos el suyo, pues estoy seguro que dejar de tocarnos los humores le fastidió bastante a la buena mujer).

Lo que más me irrita de recordar esta escena es que, debido a mi edad, me perdí el poder paladear adecuadamente el estallido nervioso-económico de mis tíos, tías y de algunos de mis primos, mientras mi madre, que asistía impávida a aquel despropósito, no demostraba su fastidio más que por el súbito palidecer de sus labios (ella, como yo, sólo le daba un valor circunstancial al dinero, a diferencia de nuestros parientes, que en el dorado elemento lo cifraban todo). Mi padre, por su parte, sí que dejaba claro y a pleno pulmón lo que pensaba de aquella medida de su santa madre.

Y lo que recuerdo de aquella escena es la imagen de aquella niña, inexpresiva, que miraba con ojos de besugo muerto a aquellos mayores que se desgañitaban a gritos delante de sus infantiles narices y no pronunciaba ni una sola palabra.

Al final la escena terminó como era predecible, con toda la familia largándose de un portazo y no volviendo a dirigirle la palabra a mi abuela ni volviendo a saber de ella hasta el día de su muerte, que tardó en llegar, para desgracia de aquella niña, que se encargó de cuidar a aquella venerable arpía para descubrir, al leerse su testamento, que lo dejaba todo a sus parientes (“como tenía que ser”, añadió la bruja en su codicilio testamentario), sí, a los mismos que, durante los últimos años de su vida, le retiraron todo, desde el saludo a los buenos pensamientos (los malos es otro cantar).

Y aquella niña, convertida en adolescente, se encontró con que el legado de mi abuela para ella era de unas escuetas “muchas gracias” y 50.000 pesetas preolímpicas. Creo que una patada en el culo hubiera sido menos sanguinaria que aquello.

Ver como las malas palabras de mis parientes se tornaban en amables comentarios (“la abuela, desde luego, había sabido vivir bien y a su manera”, “después de todo, era su dinero, y no había hecho daño a nadie”, “hay que reconocer que, en el fondo, era una buena persona, aunque caprichosa”) me enseñó una valiosa lección.

El dinero lo puede todo.

Nunca dudé (ni he dudado después) que aquella señora era una mala pieza, pero, en aquel momento y en aquel dudar, comencé a sospechar si había tenido por abuela paterna al mismísimo diablo.

Mirando la cara de aquella pobre chica al a que la vida había puteado de aquella extraña manera, no pude por menos que pensar que, si existe algo llamado Destino, es realmente incomprensible. Y muy cabrón.

La sombra de un secreto (1)

20 junio, 2014

1. Alivio de luto.

Uno de mis primeros recuerdos de Barcelona es el de ese sol eterno, frío y deslumbrador en invierno, abrasador y cegador en verano, sin punto medio en lo que a brillo se refiere (salvo, por supuesto, de noche) que cegaba siempre, cualquier día del año, mis ojos de manera inmisericorde.

La reminiscencia que abre este relato es el de una mañana sin sol, plomiza, con uno de esos cielos barceloneses de acero cobalto que se cernían sobre mi cabeza infantil mientras me deslizaba por las silenciosas calles de una Ciudad Condal muy silenciosa, Rambla de Santa Mónica arriba hasta torcer y meternos, mi madre y yo, por la calle de Santa Ana.

A veces, lo confieso, hay coincidencias que, sin serlo, lo parecen.

Apenas recuerdo más que retazos de aquel caminar apresurados por las calles todavía silenciosas, escuchando el fascinante repicar de los tacones de los zapatos de mi madre en las losas del suelo, un sonido muy diferente en la ida que a la vuelta de aquella urgente visita a una casa que apenas recuerdo, a ver a una mujer a la que apenas me he parado a recordar en los años que median desde su muerte hasta el día de hoy. Las ganas no existen, simplemente.

Lo que recuerdo es a mi madre tragándose el orgullo al tratar con aquella mujer, mi abuela paterna, que no nos quería a ninguno de los dos, a pesar de ser yo el hijo de su primogénito. Cosas de familia. Sí recuerdo el salir aliviado de aquellas visitas intempestivas que costaban a mi madre unos malos tragos considerables y, estoy seguro de ello, envejecer con cada visita, visitas cuyo propçosito sólo años después, con la madurez filtrándose por mis venas sin mi permiso, comprendí a mi pesar.

Lo que sí recuerdo de aquellas incursiones a aquellas casa siempre a oscuras me deja la extraña sensación de haber protagonizado involuntariamente una especie de versión barcelonesa de “Grandes Esperanzas”, aunque, en mi modesta opinión, la pluma que escribía aquellas escenas incomprensibles carecía de la habilidad dickensiana para engrandecer la pura mezquindad humana.

Estaba yo a punto de cumplir los once años cuando mi abuela quiso darnos una lección. Naturalmente, nada salió como esperaba aquella retorcida arpía.

Preámbulo.

17 junio, 2014

Antes de empezar el próximo relato, déjame, querid@ lector/a, que te cuente una pequeña anécdota.

Cuando era un crío, mi madre y unas vecinas me llevaban cada domingo a visitar la catedral de Barcelona. Ibamos a rezar al Cristo que presiden la gran capilla y luego a los santos a los que cada un@ era devoto. Luego paseabamos por el claustro, viendo los cisnes, que, a día de hoy, tienen la misma mala gaita que los de hace 30 años (hideputas…).

Luego ibamos caminando hasta Santa María del Pí y de ahí a la granja Petritxol, a merendar. Aún recuerdo la nata y la crema catalana que me deleitaban en mi infancia.

Cuando, pasando por ahí, ví que la tienda de juguetes que daba a la plaza de Sant Josep Oriol se ha convertido en una tienda de dulces se me calló el alma a los pies. Ciento cincuenta años de historia a la mierda.

C’est la vie.

La más oscura noche (XV y final)

15 junio, 2014

15 I.

-Querido, esta es I.

Así me presentó mi madre a I., a pesar de que no era, en absoluto, una desconocida para mí.

Llevaba tanto tiempo jugando conmigo que, lo confieso, ya no tenía miedo, lo que, no lo dudo, constituía una considerable decepción para mi madre. Sabía de las orgías en las que ella se hundía con intachable dignidad y obsceno abandono. Sabía de sus escapadas, sabía de sus amantes (o eso creía saber). Nada había pagado mi devoción y amor (y deseo) hacia ella.

Por eso castigó tanta estupidez por mi parte poniendo a I. en mi camino. Por eso, desde el primer instante en el que la vi, sentí una atracción tan enorme hacia ella, tan descomunal, tan deliciosamente abyecta como imposible de plasmar, debido a la intrincada naturaleza que me es propia.
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…y hasta aquí me llegó la inspiración. No es que me falten ideas, es que no sé cómo plasmarlas. De hecho, casi no me atrevo.

Por ello, tras esbozar ligeramente lo que tenía pensado, pondré fin a este relatus interruptus.

La idea era mostrar el perverso sentimiento del protagonista respecto a su madre, que se va materializando a través de Ava e I. Por supuesto, el sexo a través de terceros no es suficiente para nuestro incestuoso dudoso, que continúa con sus espionajes a su mami, que, por su parte, sigue de fiesta continúa, entre revelaciones varias a su hijo (como, por, ejemplo, que no le gustan los hombres y prefiere a las mujeres).

Ava e I., por la suya, conspiran para ajustarle las cuenta al capullo del prota, con lo que se comienza a tejer una tupido red que, calculo, temrinaría en una orgía trágica que dejaría el arbol genealógico de esta familia literaria algo podado.

Pues nada, esa era la idea, pero como ya he dicho, no se me ocurre una manera de narrar lo que imagino, por lo que cierro capítulo y paso a cavilar el siguiente relato.

Gracias por leer y perdón por la faena (sobre todo a tí, I., pues, avec toi, le déluge; te debo una. Una más, diría yo).

La más oscura noche (XIV)

12 junio, 2014

14. Relatos

Con el paso del tiempo he aprendido a valorar lo que pudo haber sido y la nada de lo que fue. En su momento no me atreví a pensar en ello. Pero reflexiono ahora al respecto, ahora que ya no hay nada que hacer.

Ah, la obediencia, que hace de todos nosotros unos cobardes.

Un día descubrí a mi madre mirandome mientras yo estaba desnudo Totalmente desnudo. Por la intensidad de la mirada supe que le gustaba lo que veía y me sentí halgado, orgulloso, lleno de júbile. Y, a la vez, deseoso de que algo, cualquier cosa, pasara. Me halgaba sentirme observado, deseado, admirado, analizado.

De haberse producido el milagro creo que lo hubiera aceptado con humildad y alivio. Estaba dispuesto. Hubiera abierto bien los ojos para bañarme en la visión enfermiza de nuestra depravación mientras las manos abrirían camino por todas partes, dejandonos hacer, sin perdernos una caricia, un gesto, nada. Sin retener el más minimo gemido ni temblor hasta el efluvio final, los mismos que manchaban las ropas de la cama de ella y la mía.

En cambio, tuvimos otra cosa.

La más oscura noche (XIII)

10 junio, 2014

Dos son compañía, tres son multitud.

Mientras comíamos los tres, miraba furtivamente a mi madre y me preguntaba si ella tendría sentimientos y fantasías parecidas a los míos. La admiraba. Siempre aparecía serena y, aunqnue a medida que me fui adentrando en aquella intricanda red de perversión y degradación, ni me sentí su igual ni dejé de amarla.

Ella siguió saliendo cada noche, como siempre, y yo empecé a hacerme a la idea de que ella gozaba de la miseria a la que estaba atada. Que en su corrupción ella había encontrado una paz y una manera de vivir. Pero que buscara ese alivio lejos de mí me quemaba y lo pagaba, vergüenza me da confesarlo, con mi esposa, que nucna me dirigió un reproche porque ella, a su maenra también, me ayudaba a pervertirme y a degradarla con mis pasiones.

Pero Ava notaba que no me atrevía a transgredir las leyes naturales con ella, que me frenaba en última instancia, como si algo me frenara (no sé explicarlo… era algo sobrenatural que se cernía sobre mí con forma de colleja divina… algo extraño, en resumen). Por ello las dos se aliaron, una vez más, en mi contra (¿o a favor mío? no sé, con ellas nunca lo tuve claro).

Por eso, al regresar de una de sus expediciones nocturnas, mirándome fijamente me soltó:

-Estás serio… Estoy agotada, me voy a la cama. Después te borraré esa rigidez de la cara.

Entornaba la puerta cuando me dijo:

-Te presentaré a I.

Dicho esto, prohibiéndome la entrada a su cuarto con un suave empujón a la madera de su puerta desapareció, dejandome medio aterrorizado, medio extasiado. Al volverme, vi, apoyada en la pared, a punto de entrar en nuestro cuarto, a Ava. Su mirada, burlona, con un punto de desprecio en la comisura de los labios, me enardeció. Cuando me acerqué a ella, también me cerró la puerta en la cara.

“¿Sí? -me dije, sorprendido e irritado a la vez- A mí me van a borrar la rigidez de la cara, querida, pero tú, cuando salgas de esa habitación… necesitará un buen cojín para sentarte. Te estaré esperando… amor mío”.

Y otra cosa no seré, pero tengo palabra.

A la mañana siguiente, mientras mi esposa apretaba los dientes al sentarse sobre dos pares de cojines y yo disimulaba una sonrisa bebiendo el oscuro y ardiente liquido de la argentífera copa, mi madre nos observaba con curiosidad.

De repente, me dijo:

-Como te comenté anoche…

La más oscura noche (XII)

7 junio, 2014

La vida sigue…

El amanecer siguiente me sorprendió nervioso, temiendo la reacción de mi esposa. Así que intenté mantenerme ocupado y fuera de su vista hasta la hora del desayuno. Allí, una vez más, los hados se aliaron en mi contra y me tuve que enfrentar a las miradas maliciosas y divertidas, por diferentes motivos, de mi madre y de Ava.

Parecía como si entre las dos existiera una extraña sintonía, un mutuo acuerdo no explícito que las unía de una manera que se escapaba a mi menguada inteligencia. Y, estoy seguro de ello, yo era el motivo de ese pacto.

Así que, durante los días siguientes, me devané en vano los sesos intentando comprender qué pasaba. Porqué mi esposa no me censuraba por mi asalto nocturno y, sobre todo, a qué juegos extraños se sometía mi madre.

El recuerdo de lo vislumbrado en el umbral de su cámara hacía brotar una íntima conmoción, ardiente e involuntaria, que me hacía mirarla de reojo, temblando, y que agudizaba la maravilla del temblor mientras me sumergía mentalmente en una ciénaga de obscenidad, siempre un paso más allá del límite del horror, presa de un júbilo que me atenazaba la garganta.

Ahora que conocía sus voluptuosidades, ¿podría resistirme a la tentación?


Oh, Loth.

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