Archive for 28 septiembre 2014

Antes morir que perder la vida! (11)

28 septiembre, 2014

Rememorando la carga, mi tiotarabuelo lo resume todo en “un espantoso lío de caballos, arena y tiros que venían de todas partes”. De los mimos nervios comenzó su ornganismo a manifestarse, a base de flatulencias que provocaron un efecto de sorpresa entre sus camaradas. Mi tíotatarbuelo no tuvo otra ocurrencia que hacer ampulosos gestos con sus manos, intentando escampar la peste, cosa que los otros jinetes se tomaron como una exortación a cargar a mayor velocidad y, logicamente, se les inflamó el ardor guerrero.

Aquello ya era demasiado para Enrique. No sólo cargaban, sino que cada vez lo hacían más deprisa. Presa de su habitual terror, se apretó a su montura y le “arreó” con todas sus ganas de manera que el pobre animal, espoleado de tal manera, salió disparado a toda velocidad hacia adelante, es decir, en la dirección equivocada, adelantando a los escuadrones que cargaban, llenando de belicosa sorpresa y ardiente orgullo a superiores y camaradas de mi ancestro, que lo veían lanzado al ataque como un campeón.

En esta tesitura, y como su caballo no parecía entender sus órdenes y aceleraba cada vez más, Enrique cerró los ojos, rezó todo lo que sabía y se preparó para que una bala lo mandara a otro lugar mucho más pacífico que aquel mundo en el que le había tocado vivir.

Obviamente, no tuvo suerte.

De repente, el galopar se detuvo y, al abrir los ojos Enrique, se encontró rodeado de vociferantes moros que le apuntaban con fusiles y cimitarras varias, de manera que él, logicamente, intentó rendirse… con escaso éxito.

Al intentar levantar las manos, la espada, que llevaba ceñida a la muñeca por un fuerte correaje, salió disparada y rebanó parte de la cara a uno de los moros que lo rodeaban. Enrique, aterrorizado por el grito del herido, intentó hacerse con el control del arma, que parecía tener ideas propias.

Y con mi tíotatarabuelo manoseando patosamente, la espada describiendo círculos y otras figuras varias, rebanando todo lo que se ponía al alcance y con su montura pateando nerviosa, alguien tuvo la feliz idea de pegarle un tiro a Enrique.

¿He dicho que mi ancestro tenía una suerte endiablada? Pûes sí, la tenía. La bala ni le rozó. Ni le pasó cerca, vamos. Sin embargo tuvo dos efectos inmediatos. Uno, que el caballo, al escuchar el tiro, saliera disparado al galope y, otro, que mi tío se desmayara de terror al sentirse disparado.

En ese momento, mientras la montura de nuestro “héroe” partía en pos del jefe de la kabilla, llegó el grueso de los escuadrones españoles a hacer contacto con los moros, que, obviamente, recibieron la peor parte del encontronazo. Y como mi tío parecía ir a la carga contra lo más granado del enemigo, sus camaradas le siguieron en bloque. Y los kabileños viendo la marea de caballos y españoles que se les venían encima, salieron por piernas a ocultarse donde podían, soltando unos cuantos disparos al azar.

Fue entonces cuando mi ancestro se desmayó. No es que le pasara una bala cerca, no. Demasiadas emociones bélicas para su naturaleza cobarde. Y cayó de su montura quedando inerme en el suelo, como herido por un rayo.

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Antes morir que perder la vida! (10)

27 septiembre, 2014

Mientras los escuadrones de caballería se alineaban para cargar, protegidos por la infantería que seguía largando descarga tras descarga de sus fusiles y los pocos cañones que tenían a mano, mi tiotatarabuelo se cagaba de miedo.

Primero estaban los dragones, terribles con sus mostachos. Detrás, los lanceros, tiesos con las lanzas apuntando fieramente hacia el cielo y, detrás, más lanceros con la misma pinta orgullosa. Frente a ellos, una pléyade de rocosas estructuras, no tan altas como en la anterior y funesta carga, pero que no parecían un objetivo fácil de tomar.

Y mi tiotatarabuelo que le daba vueltas una y otra vez a la misma idea.

-Nosotros a caballo, armados con lanzas y espadas. Los moros, a cubierto tras rocas y con fusiles… esto no pinta bien… no señor…

Y con tales presentimientos en mente, escuchó la orden de poner al paso su montura.

Ahí se le escapó la primera flatulencia, la primera de muchas. Las que le ganarían fama eterna.

Mientras tanto, iba repasando todas las maneras posibles de expresar que quería rendirse sin que lo mataran:

“Kamerad! Ami! Sarte! Amigo!”

Antes morir que perder la vida! (9)

21 septiembre, 2014

Una vez más, metido Enrique hasta el cuello en el meollo mismo del asunto ínstriseco a la cuestión propia de la aventura bélica, mi ancestro se cagaba, una vez más de miedo.

Por eso se pasó todo el camino buscando una manera de salir del embrollo. Y, sin querer, lo logró. Un poco tarde, todo se ha de decir, pero lo logró, que es lo que realmente cuenta.

La columna, como de costumbre, se había metido en un lío. Avanzando sin partida de exploradores por delante, se habían metido en la boca del lobo ellos solos. Por suerte, el coronel jefe no había sido tan temerario esta vez y la situación era relativamente cómoda para los soldados españoles que, desplegados en orden de combate, disparaban a los kabileños que, muy educadamente, les devolvían el fuego.

Mi tiotatarabuelo, que todavía no estaba recuperado de sus problemas de salud, ese día había sido apartado del estado mayor debido a unos problemas con una incontrolable flatulencia que, debido a su estado de pánico, estaba alcanzando proporciones épicas.

Estaba ahí, confortablemente apartado del lío, cuando se le ordenó que llevara un mensaje. Curiosamente, sus flatulencias habían cesado de incomodar, y estaba de un considerable buen humor. Por ello, viendo que tal misión no le iba a llevar cerca de la lucha, pues tenía que llevarlo al jefe de la caballería, que, apartada de la linea de lucha, estaba en reserva, esperando su momento de gloria.

Cuál no sería su sorpresa cuando, tras leer el mensaje, el coronel al mando de los jinetes lanzó una alegre exclamación y ordenó que los escuadrones se prepararan para…

…cargar contra los kabileños.

Y encima escuchar al muy capullo decir, apuntandole mientras tanto con el dedo:

-¡Ya verá la cara que se le ponen a esos moros cuando vean a un héroe como usted cargando contra ellos!

Sí, sí, que cara pondrán…

Antes morir que perder la vida! (8)

19 septiembre, 2014

El segundo desastre militar del que Enrique fue testigo y protagonista esencial resultó, para él, una gran tragedia. Para España algo menos, como ya veremos.

Y qué desgracia fue? Que lo ascendieron. Como superviviente de la estúpida carga suicida, y gracias a que supo “decorar” adecuadamente su papel heorico en tal evento, mi tíotatarabuelo se vio “recompensado” con una promoción a capitán, una medalla y el mando de la primera compañía del primer regimiento de caballería enviado por Madrid al Norte de África.

Todo un honor… para otro que no fuera mi “ilustre” antepasado.

Porque, todo hay que decirlo, la desgracia sufrida por los compañeros de armas de Enrique no había pasado desapercibido en el Ministerio de la Guerra y había que vengar tal afrenta. En esto la suerte jugó un papel considerable, pues la expedición de socorro en la que se englobaba el citado regimiento no era otra cosa que la siguiente tanda de refuerzos, relevos y otras unidades variadas que Madrid enviaba al Protectorado de Marruecos.

Enrique se puso malo de terror. Y hasta en eso tuvo suerte. Porque pensaron que había pillado malaria o cualquier enfermedad propia del Protectorado, de manera que se ganó tres semanitas de descanso.

Pero, ¡ay Señor!, los refuerzos llegaron, el permiso de enfermedad de Enrique llegó a su fin y el flamante capitán se tuvo que incorporar a su unidad.

Y cual no sería su pasmo cuando el nuevo coronel le informa que su unidad va a partir, rauda y veloz, junto con el resto del regimiento y otros de infantería, hacia lo que consideran la principal ciudadela o fortín de las kabilas marroquíes.

Si no hubiera sido demasiado obvio, mi tíotatarabuelo se hubiera muerto de la diarrea que le entró ipso facto. Pero no había descanso para los héroes y, antes de darse cuenta, se encontraba a lomos de su caballo en dirección del mismo desfiladero en el que, un par de meses antes, les habían hecho fosfatinas los muy hijos de… Alá de los kabileños.

Y, de postre, llevaba dos semanas sin recibir cartas de su esposa. Teniendo en cuenta que la última tenía fecha de un mes anterior a la entrega, Enrique, hay que decirlo, no se las prometía muy felices.

De tal guisa partió hacia el que sería el tercer desastre y, de lejos, el peor de todos.

El que le daría fama inmortal y le metería en un berenjenal del quince con el paso del tiempo…

Antes morir que perder la vida (7)

17 septiembre, 2014

.., mientras ordenaba a una de las secciones que le cubriera con sus fusiles y abrieran fuego contra los tiradores de los escapardos lados de la garganta, ordenó una carga… que tardó treinta segundos en anular y ordenar que toda la tropa retrocediera a una pequeña elevación del terreno, cual calva del desierto.

Aquello fue el acabóse. Ni el hundimiento del Titanic fue más dantesco que aquello. Dos de las secciones de caballería, siguiendo a sus tenientes, se separaron del cuerpo principal y se pusieron a disparar y luchar en extremos equidistantes del ya reducido campo de batalla mientras el resto salían a uña de caballo hacia la elevación citada.

A esas alturas los disparos de los kabileños habían dejado sin montura a no pocos jinetes, que avanzaban a pie, con las balas zumbando a su alrededor. Al final el equivalente a unos tres pelotones se reunieron en la “elevación” y formaron algo parecido a un perímetro efensivo, mientras el coronel S., vendándose una herida recibida en la muñeca izquierda, aullaba ordenes. Mi tíotarabuelo lo miró, preguntandose si se daba cuenta de que todo estaba perdido, y no parecía que fuera el caso.

En poco rato toda la lucha se convirtió en un desbarajuste de hombres repartiéndose balazos, cuchilladas y puñetazos. Enrique, diparando como un loco, no dejaba de admirar a su coronel que, haciendo un alarde de sangre frái, repartçia ordenes a diestro y siniestro y disparaba como podía con su mano sana. Entonces llegó otra carga kabileña y mi ancestro, lanzando su arma, encasquillada, agarró una espada de caballería de uno de los caídos y, como un loco, comenzó a repartir golpes con su arma a diestro y siniestro, con tan mala fortuna que el primero en recibir uno fue el coronel S.

Caprichos de la fortuna bélica, supongo.

Para entonces los sablazos y los disparos llovían de todas partes. Las dos secciones que se habían separado del grueso de la tropa fueron arrollads por la mera kabileña, de manera que sus restos desperdigados comenzaron a huir en pos de donde se hallaba mi tío y el resto de sus desafortunados camaradas.

A esas alturas nadie se ocupaba de nadie, y mi tío hizo lo único que vio lógico (y, a tenor de la que estaba cayendo, yo no me veo con corazón de censurarle): montar uno de los pocos caballos que todavía se sostenían en pie y, sin conocer a amigos ni a enemigos, lanzarse hacia delante, repartiendo sablazos a moros y cristianos con igual prodigalidad y huir.

Simplemente huir.

Cegado por el sol galopó como un loco, con más balas zumbando en sus oídos y temblando de miedo, fuera de sí de terror y de rabia y maldiciendo al loco que le había metido en aquella tesitura.

Apenas salió de la garganta se topó con una imagen increíble: la compañía de infantería que se había quedado atrás, formada en cuadro, como una versión moderna de los tercios de Flandes, que le ofrecía un refugio seguro de tanta locura sangrienta. Y hacía ellos que salió, gritando:

-¡No tireis, que soy español!

Y una vez dentro de las filas de los infantes, que tranquilamente disparaban a un enemigo que ni podían ver ni les prestaba atención, mi tíotarabuelo procedió a desmayarse sin demasiada ceremonia. Dentro del desfiladero, dos escuadrones de caballería se hacían matar a pie firme, sin que un sólo superivviente, aparte de Enrique, pudiera salir con vida de sus rocosas paredes a contar lo que fue aquello.

Por desgracia para él, este no era si no el primero de tres desastres en los que tomaría parte durante su estancia en África.

Antes morir que perder la vida (6)

17 septiembre, 2014

Enrique dejó por escrito que lo único que se podía encontrar en el Protectorado de Marruecos era “calor, polvo, moros, hachís y problemas”. Salvo hachís, puedo decir que mi tiotatarabuelo tuvo de todo lo demás. Y en abundancia.

Nada más tuvo ya ocasión para comprobar cómo se las gastaban en el Norte de África. Un puesto avanzado estaba bajo contínuos ataques de las kabilas y se había formado una columna de socorro a la que Enrique, como “héroe” de guerra y capitán recién llegado al Protectorado, fue asignado (muy en contra de su voluntad, obviamente).

Así que, mezclado con los soldados y caballos de dos escuadrones de caballería y los resignados integrantes de una compañía de infantería, mi tíotarabuelo partió al frente temblando de miedo por dentro (ya eran unos cuantos años de disimular su cobardía y había adquirido un cierto arte en ello).

La cuestión es que Enrique (y toda la columna) tuvo muy mala suerte. Antes de partir el puesto que iban a socorrer fue arrollado sin poder avisar de su triste destino, de manera que la columna iba en pos de un objetivo imposible e irrelevante. Peor aún, las kabilas les esperaban con los brazos abiertos. Y pasó lo que tenía que pasar.

Para empezar, el coronel S., oficial al mando de la columna, era un tragafuegos de cuidado, que, al ser tiroteado por una partida kabileña, montó en cólera y, dejando a la infantería que se espabilara por sus propios medios, salió en pos de los que le habían disparado. Enrique, que montaba a su lado, no encontró la manera de salir disparado en dirección contraria. Y partició en una “gloriosa” carga de la muerte.

Primero el bendito coronel se lanzó a la carga sin comprobar ni el número ni la posición de los tiradores, que salieron por piernas a meterse en una garganta rocosa que hubiera hecho sospechar al soldados con menos lluces. Pero el coronel S., todo fuego, no era de los que se paraban a pensar.

Así que, sables en ristre, los dos escuadrones se lanzaron a la carga, con mi tíotarabuelo más rojo de miedo que nunca (esas paradojas que su constitución le causaba).

Lo primero que pasó fue que, al llegar al borde de un wadi seco, tres kabileños les largaron otros tantos disparos, que provocaron que el coronel frenara la carga y se quedara perplejo por la súbita aparición de esos rebeldes (a los que debió de centuplicar en número, de lo contrario no me explico su reacción).

Para cuando se recuperó del pasmo, volvió a sonar la corneta y a reanudarse la carga. Y se lió la gorda.

De todas partes de la garganta empezaron a emerger furiosos tiradores kabileños que lanzaron una descarga tras otra de fusilería. Posiblemente, dadas las circunstancias, no fueran demasiados, pero aquello desconcertó al coronel, todavía más cuando él, oficial de caballería, se vio contracargados por varios cientos de kabileños a pie, armados con una variedad de cimitarras, espadas y otros objetos puntiagudos.

Y claro, que la infantería contracargue a la caballería, además de ser chocantes, es algo humillante, y al coronel se le fundieron los plomos. Enrique, cosa curiosa, mantuvo la sangre fría y empezó a aullar la única idea lógica en aquellas circunstancias. Señalando hacia fuera de la garganta, ruta de escape todavía libre, se puso a gritar:

-¡Salgamos de aquí! ¡Fuera! ¡Fuera!

El coronel y el resto de jinetes, posiblemente confundidos por la inesperada emboscada, salieron al galope… en la dirección contraria a la indicada por Enrique que, lanzando un grito de terror, se lanzó en pos de ellos. Mientras tanto, los aullidos de los kabileños y las balas silbaban por todas partes, de manera que los jinetes picaban todavía más de espuelas.

Detenidos en mitad de ninguna parte, mientras un teniente aullaba de dolor por una bala que le había atravesado un hombro, el coronel se puso a dudar, haciendo que mi ancestro le señalara, de nuevo, la todavía abierta ruta de escape. Sólo faltó que otro oficial gritara:

-¡Tiene razón, señor! ¡Si siguemos aquí, no saldremos con vida!

Que eso era obvio para cualquier con tres dedos de frente y que no estuviera loco salta a la vista. Pero el coronel S. se encontraba fuera de sí, y ordenó cargar. Así, con un par…

Antes morir que perder la vida (5)

16 septiembre, 2014

Como ya hemos visto, la aventura carlista de Enrique se vio causada por un asunto de faldas. Y, por culpa de otro calentón, se vio casado a punta de escopeta. No iban a ser éstas la última vez que mi ancestro se metiera en camisa de once varas por culpa de las faldas.

En su defensa y entendiendo sus calores (algo debemos tener en común los dos en los genes, aunque yo salí con algo más de seso que Enrique), diré que mi pobre tiotatarabuelo era un pichafloja, un “culo veo, culo quiero”, un amante del placer y de las mujeres y un poco bala perdida. Un salido, para entendernos. Además de todo eso era un poco volátil en sus afecciones amorosas, un poco inconstante en sus afectos y, para entendernos, un redomado cabronazo cuando le llegaba la hora de cambiar de amantes.

Por eso se encontró con la horma de su zapatos dos veces. La primera fue su esposa, de la que me ocuparé más detalladamente, porque fue una dama adorable y excepcional.

La segunda fue una de sus amantes, una mujer de rompe y rasga, de caracter asombrosamente latino, a pesar de ser noruega. En pocas palabras, una burrobestia de cuidado.

Por lo que mi pariente cuenta, ambos habían sido amantes en un tiempo no aclarado después de la guerra y antes de la boda. LA cuestión es que Enrique no fue muy caballeroso a la hora de romper y la dama, que para ser noruega tenía un algo de latino en su ser, decidió ajustarle las cuentas.

Y un buen día de otoño de 1842 le invitó, junto a su esposa flamente y reciente, a su casa, para que viera lo bien que le iban las cosas. Y lo cierto es que le iban de puta madre, y perdón por la expresión, porque, siendo la querida de un importante industrial catalán, la noruega tenía unos ingresos considerables que permitían que viviera como una reina.

Desde un buen comienzo ella se mostró de lo más encantadora mientras la tonta de la esposa de mi tío parecía no enterarse de nada. La muy ladina elogió el bigote de mi pariente, que le quedaba, al parecer, estupendamente, así como el flequillo cuidadosamente descuidado -como el mío, por cierto.

La velada fue pasando, mi tíotatarabuelo se fue animado, fue bebiendo y, cuando su señora alegó una jaqueca para retirarse a dormir tempranito, él, una vez a solas con Inga la noruega, le pidió, en pocas palabras, que se fueran a la cama, a lo que Inga no puso problema alguno….

…y, estando en plena faena de ayuntamiento masivo, la puerta de la habitación de la dama se abrió de par en par, entrando en tromba el suegro de Enrique y varias personas más, entre ellas, el cabreadísimo amante de la noruega.

Dejo a la imaginación de quien lea esto imaginar las proporciones cataclísimas del cirio que se montó, con la noruega corriendo en porretas por la habitación, con su amante tirándole de todo menos piropos y con mi tiotatarbuelo, pillado en pleno delito por su suegro, aguantando a pie firme la descarga verbal del buen hombre, que, por suerte, no se había traído a Ramona (1).

No se pierda, gentil lector/a, un detalle. A todo esto, con gritos, carreras y ruidos varios, la esposa de mi tío no se coscaba de nada y dormía como una bendita…

Así que, unos días después, el suegro llamó a su díscolo hijo político para ponerle las cartas sobre la mesa. Había conseguido tapar el escándalo (de paso le mencionó que la cabrona de la Inga había colaborado en poner tan infame trampa al salidorro de Enrique a cambio de buen parné de curso legal) pero que, a cambio, mi tíotatarabuelo tenía que limpiar su mala reputación de la única manera posible.

¿No había sido soldado? Pues nada, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que los moros del Rif andaban desde 1840 haciendo diabluras por los alrededores de Ceuta y Melilla (lo que a la larga, tras numerosas cabronadas varias por ambas partes, desembocarían en la Primera Guerra de Marruecos de 1859 a 1860), el suegro había arreglado de manera misteriosa el reenganche en el ejército liberal de mi vigoroso ancestro, con grado de capitán, y que partía destinado a Ceuta a la de ya, a cubrirse de gloria y hacerse perdonar su desliz, o a hacerse matar, lo que también serviría para calmar los humores de su suegro.

Enrique, tragando saliva, escuchó unas campanas lejanas redoblando. Otra vez a la guerra.

(continuará)

-1- Su escopeta.

Antes morir que perder la vida! (4)

15 septiembre, 2014

Tras la guerra carlista Enrique quiso volver a la calma pre-bélica y dedicar sus ardores a las mujeres que tuviera a tiro. Y, como consecuencia de ello, su vida pegó un giro tan grande como inesperado.

Todo empezó un día del verano de 1841. Enrique tuvo que enamorarse o encapricharse de la hija de uno de los primeros industriales del textil catalán. Este fue uno de esos casos notables en lo que se juntaron el hambre y las ganas de comer. Como era natural, estando Enrique de por medio la cosa no podía acabar bien.

Así que, un día que salió a pasear a caballo con ella, el padre de ésta los descubrió haciendo lo que no debían (o sí, depende del punto de vista), detrás de unas matas. El buen hombre montó en cólera, pero se contuvo y esperó a tener a mi ínclito pariente a solas en su despacho.

Y, tras afearle su conducta y ver que el muy canalla se intentaba escaquear, le presentó a Ramona.

Ramona era su escopeta, una pedazo de arma que daría miedo a los inventores de la bomba atómica. Y, con tal argumento persuasivo, Enrique no tuvo otra que casarse. Su futuro suegro, que no debía fiarse demasiado de él, se pasó toda la voda apuntándole con la escopeta, con gran aspaviento del cura, que no acababa de aceptar que hubieran armas en la casa del Señor.

La novia, que o bien era muy tonta, o bien muy lista, acabó el día felizmente casada con el pedazo de hombre que era Enrique, que, aunque ya había tenido un aviso, no sabía con quién se había casado.

Pero, a no tardar mucho, Enrique tenía que hacer una de las suyas…

Y la hizo.

Antes morir que perder la vida! (3)

13 septiembre, 2014

Qué pudo inspirar a Ramón Cabrera a poner al cobarde de mi tiotatarabuelo al frente de una posicion tan expuesta es algo que se me escapa. Lo cierto es que, consultando las obras que versan sobre el tema, la torre era tan insignificante que, en el mejor de los casos, los eruditos del tema apenas le dedican dos líneas. Mi antepasado, por supuesto, se explaya más sobre el asunto.

Y es que se lució el muy cabrito.

Cito sus propias palabras.

“Juro por Dios que lamenté con toda mi alma estar allí en aquel aciago momento, pues los ojos de Ramón Cabrera se posaron en mí y viéndome gallardo y apuesto, tomó la equivocada y temeraria decisión de enviarme a tal aventura sin que pudiera yo hacer nada al respecto por impedirlo. Y a pesar de que mis intestinos se desintegraban por momentos, contesté con voz firme y templada:

-Así se hará señor.”

Y para la dichosa torre que partió, al frente de un grupo integrado por un sargento y veinte fusileros. Al llegar a la posición tuvo motivos para que sus intestinos se le volvieran agua, pues la torre no sólo estaba en lo que hoy denominaríamos una situación desesperada, sino que además estaba a tomar viento de cualquier refuerzo disponible y que lo más seguro es que aquella guardia perdida se volviera eso, perdida, en cualquier instante que el enemigo escogiera.

Entonces intervino el destino.

Viendose mi tiotarabuelo perdido, apoyóse en una de las barbacanas de la torre y, gritando con todas sus fuerzas, comenzó a cagarse en la madre de todo el mundo. Estaba tan ciego de miedo y furia que no se dio cuenta de que estaba exponiéndose al fuego enemigo, cosa que impresionó por su arrojo a sus soldados y cabreó, por sus fuertes palabras, al enemigo.

No se sorprenderá el lector si digo que los liberales procedieron a abrir fuego desde sus trincheras y que una granizada de balas barrió la posición ocupada por mi tío que, enrojeciendo de puro miedo, enmudeció y se quedó más quieto todavía, enardeciendo a los suyos por su “valor” y cabreando a los otros por su “recia estampa” en la que, imagino, se cagarían no pocas veces.

Al final pasó lo inevitable. Con tanta bala volando en su dirección una, logicamente, encontró su destino, impactando en el pecho de mi antepasado. Una vez más la suerte le sonrió, pues, quedó medio parada por el adorno de los correajes que cruzaban su varonil pecho y medio detenida por la larga distancia, que le mermó empuje e incercia asesiona.

Da igual que no le hiciera ni un arañazo. Mi tíotarabuelo, al notar el golpe, cayó abatido cual impactado por un rayo de Zeus, no tanto por la fuerza del impacto sino por el susto, y quedó como muerto, para gran ira de sus soldados que, mientras lo transportaban a lugar seguro, emprendían gran tiroteo con el enemigo en una escena memorable llena de imprecaciones y apóstrofes apocaplípticos. Mi tío, no del todo traspuesto, escuchaba el tiroteo enardecido a su alrededor, por lo que procedió a quedarse todavía más quieto, viendo que se estaba liando bien gorda en su entorno.

Por desgracia para él, al abrir un ojo y contemplar lo que pasaba, el sargento apreció su gesto y sumó dos y dos y le salió el resultado lógico: que su comandante era un cobarde tomo y lomo. Una vez puesto a salvo en la torre y a solas, el sargento procedió a cantarle a mi pariente las verdades del barquero.

Le llamó cobarde y de todo, e incluso apeló a su hombría para conminarle a que le ayudara a mantener el valor de veinte hombres que, puesto a morir por la patria, el verdadero rey y los fueros, lo harían mejor liderados por un oficial que por un mero sargento. Pero mi tiotarabuelo que ni por esas. Se ovilló en el lecho en el que le habían abandonado y que nones y que ahí os las den todas. Así que, renegando a voz en grito, el sargento lo mandó a la mierda y regresó a su puesto, mientras mi ancestro se devanaba los sesos intentando encontrar una salida para su pellejo de tan apurada situación.

Al final los cañones liberales. tras destrozar los parapetos exteriores, comenzaron a batir la torre, de manera que pronto los defensores, tras retirarse a tiro limpio hacia el postre refugio que el recio edificio ofrecía, empezaron a caer como moscas bajo las granadas enemigas, de tal modo que mi pariente empezó a ver la muerte de cerca, por lo que pensó “Dios mío, no me quiero morir todavía… ¿no habría alguna manera de salir de esta?“.

Fue entonces cuando, mientras los liberales se lanzaban a la carga apostrofando a los muertos del Pretendiente carlista y bayoneta en ristre, que una bala de cañón barrió la parte de la torre en la que se encontraba Enrique, matando o dejando mortalmente heridos a los pocos que allí se encontraban menos a él, que, sin embargo, quedó cubierto de arañazos, sangre y polvo de ladrillos de la torre que se medio derrumbaba. Cegado por todo lo que la torre escupía al semiderrumbarse, enloquecido de miedo, mi tíotarabuelo salió corriendo cual derviche borrado, una espada rota en una mano, un fusil torcido en la otra, en la dirección equivocada, es decir, hacia el enemigo, gritando su horror hacia las bocas de varios cientos de fusiles que le apuntaban…

Y entonces fue cuando Ramón Cabrera, al frente de los refuerzos, le salvó la papeleta a nuestro “héroe” largando sus tropas una fusilada que dejó en el sitio a la mitad de los liberales y haciendo que el resto saliera corriendo mientras Enrique, loco de miedo, les perseguía, no para darles caza, sino intentando adelantarles y salir del peligro cuanto antes.

Al final, como es lógico, las fuerzas le abandonaron y cayó muerto de cansancio, después de haber dejado al mismismo Cabrera y al comandante liberal pasmados por su “furor combativo” que le había hecho cargar, él solito, contra todo un batallón cristino.

Así que, cuando Enrique se despertó y notó el roce de las sabanas y el suave toque de la almohada y comprobó que no estaba muerto, además de pasmarse, se encontró con la pasmosa noticia que había sido ascendido y era el epítome de los valores castrenses patrios, además de nuevo héroe de la causa Carlista, famoso por media España, que tardó lo que se necesita en pestañear en olvidarle.

Y, de postre, estaba enterito, sin haber perdido nada en el envite y haber sufrido poco mas que algún arañazo superficial.

Se había convertiodo en un héroe.

La de problemas que eso le iba a cauar en el futuro, porque tendría que vivir de acorde a su fama.

Por suerte para él, la guerra terminaría antes de que la Causa le reclamara otra muestra de “valor” semejante.

Antes morir que perder la vida! (2)

12 septiembre, 2014

Como mi mismo antepasado comenta, su llegada a la mayoría de edad fue notable. Incluso en estos tiempos modernos nuestros sospecho que sus primeros pasos como adulto hubieran sido considerados como increibles, por no decir algo peor.

Cumplió los 16 justo cuando la Primera Guerra Carlista daba sus últimos coletazos. Nuestro protagonista, al que con toda premeditación llamaré por su nombre, Enrique, tuvo a bien realizar una de esas acciones por las que se iba a caracterizar el resto de su vida. Enamorado hasta las trancas (mejor dicho, dominado por la lujuria y con un calentón del quince -1-), se puso en camino hacia Castellón, donde la dama de sus sueños (húmedos) veraneaba con su familia.

Quiso el destino que, camino de Castellón, al pasar por las cercanías de Morella, capital de las fuerzas carlistas lideradas por el insigne Ramón Cabrera, el león del Maestrazgo, realizaran éstas una de sus incursiones habituales por los alrededores (hablamos de mediados de 1839), con tan mala suerte para Enrique que fue capturado por una de las partidas carlistas cuando había interrumpido su viaje para refrescarse, y fue tomado prisionero. Buen mozo como mi pariente (casi un metro noventa de tiotarabuelo) pintaba y valeroso como aparentaba (de puro cangüelo al verse rodeado de bayonetas y fusiles se puso a soltar tacos como un energúmeno, rojo de puro pánico y temblando de miedo, que fue tomada por furor combativo -2-), los carlistas le “invitaron” a punta de fusil a unirse a ellos.

Otra cosa no sería, pero valiente tampoco era mi ancestro, como ya he dicho, y ante la perspectiva de verse involucrado en una guerra (o ante la imposibilidad de cepillarse a la dama de sus amores, no lo tengo claro todavía), estuvo a punto de desmayarse pero los acontecimientos no le dieron tiempo y los carlistas, sin pedirle la opinión, le sumaron a la partida ipso facto sin margen para decir nada, ya que las tropas isabelinas se les venían encima con muy malas intenciones.

A pesar de todo, más por suerte que por otra cosa, mi antepasado logró ir esquivando los dardos envenenados que le enviaba la diosa Fortuna y no se vio involucrado en acción de combate alguna, lo que no evitó que, por algún extraño motivo, como él mismo reconoce, fuera ganando prestigio y fama entre sus compañeros, de manera que, cuando las cosas se pusieron feas de verdad y los liberales cerraron contra Morella, el mismo Cabrera tuvo a bien otorgarle el mando de una posición harto expuesta donde, con toda seguridad, Enrique iba a ganar fama eterna y también una pequeña parcela de tierra.

La de su tumba, porque aquello pintaban bastos.

Así que, desde que partió con la tropa que iba a reforzar la plaza hasta que llegó, la primera y única idea de mi ancestro fue encontrar una manera que le permitiera salir airoso, o, como mínimo, vivo, del lio.

Porque, como él mismo reconoce, no dudó en cometer tropelía o bajeza para escaparse cuando el pánico le domina y si es posible huir. Pero, imposibilitada la huída o demasiado a la vista de posibles testigos que confirmen sus pocos redaños, Enrique demostraría ser un luchador arrojado, feroz y violento.

Lo que hace el miedo, como dice nuestro protagonista…

-1- ¿Hace falta decir por qué me siento tan vinculado a mi pariente?

-2- No sería la primera ni la última vez que este equívoco metía a mi antepasado en un brete de mil pares de narices.


Oh, Loth.

Soy metáfora de guitarra desafinada, por eso escribo.

Cambra 333

Parella d'amants de la vida. Entra amb nosaltres a la nostra cambra. Aquí qualsevol desig està permés i qualsevol fantasia la farem realitat.

Musica Jazz/Funk

Hablamos de todo aquello que nos inspira en la música.

Nada habitual

A mí no me nunca nadie porque ya yo ya.

SI SUPIERAS LO QUE PIENSO

Lo que uno desecha otro lo aprovecha

Cherries - A Vietnam War Novel

Ever wonder why young soldiers return home "changed" or "different" after their deployment to a war zone? The information found herein may provide an answer. Welcome to my website! Everything here is Vietnam War related, feel free to scroll down and read the many articles, Vietnam War book reviews, Videos, photos, and of course, information related to my two published books. Click below to discover more. Thanks for visiting!!!

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La mente puede ser libre

Sexo en Marte Escritor

Relatos, Poemas, Artículos de opinión, Humor, Historias de suspense, Ensayos y Narrativa

La Escafandra.

Compendio de pensamientos, opiniones, manias y sueños de esta alma mistica.

El Desgranante

Despertador de sentimientos.

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Cloesencia

Diseñadora con impulsos de escritora.

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Buscando vínculos que nos unen

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Sentimientos plasmados en poesía...

Y entonces la Plumilla decidió volar

"Dicen que el amor es solo un juego y una estúpida ilusión y el estúpido resulta ser aquel que no ama a nadie de corazón"

Serendipia

Blog dedicado a compartir un pedacito de mí misma.

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La Vuelta al Mundo en 80 Sueños, un ambicioso proyecto viajando por todo el planeta para estudiar el modo en que el ser humano, a pesar de las circunstancias, sueña en busca de la felicidad. #fotografía #documental #investigación #artículos #voluntariados

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Poemas y memorias de un navegante llamado tiempo

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¿Cómo puedo hacerte feliz?

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“Love recognizes no barriers. It jumps hurdles, leaps fences, penetrates walls to arrive at its destination full of hope.” — Maya Angelou

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Soy amante del arte; a los versos rotos y a los gritos en silencio.

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Somos un medió o un movimiento que sin pretensiones busca: cambiar la manera en la que vemos el mundo. Te invitamos a Des-Ombligarte!

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Un rincón personal, dónde escribo en alto mis pensamientos y emociones, esperando aprender, cada día un poco más.

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Describir esto? Ni idea, lo que vaya pintando