Archive for 28 noviembre 2014

Polvo de Diamante (8)

28 noviembre, 2014

Cuando Antonio se despertó, ella ya se había marchado. Sobre su almohada, el hueco dejado por la cabeza de ella y, en su centro, un anillo.

Antonio pestañeó varias veces bajo la luz del mediodía que entraba a bocanadas por el balcón entreabierto y centró su mirada en el anillo, que brillaba de manera cegadora en la penumbra de su cama.

Era, a todas luces, el último ejemplar de una época de maestría joyera ya extinta, testimonio de una edad de gloria y esplendor para siempre perdida. Y como la mujer con la que había compartido noche y cama, un bálsamo para los sentidos que, irónicamente, le enervaba por la necesidad urgente de encontrarla.

Por eso recorrió todas las joyerías de la calle Argentería y alrededores hasta que encontró un viejo artesano, heredero de una larga nisaga de maestros del oro que pudo darle una explicación sobre el orígen del anillo y de su posible propietaria.

Era, le dijo, una joya salida del trabajo largo y silencioso de un antepasado suyo, realizada para una dama de alta alcurnia que había enloquecido y muerto antes de recibirla como regalo de bodas. Su prometido había arrojado a un cajón la joya, maldita desde entonces, y, por un extraño azar, había terminado a las manos del descendiente del creador de la pieza, que, conocedor de la historia de la joya, había dudado si quedarsela o no, y mucho menos venderla. Había considerado fundirla, pero incluso sus metales componentes le producían una extraña quemazon de inquietud en el fondo del alma.

Por eso no podía olvidar a la mujer que, al ver el anillo, le había dicho.

-La quiero. Póngale precio.

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Polvo de Diamante (7)

26 noviembre, 2014

Sorprendido, se dio cuenta de una cosa… tenía unas ganas locas de poserla, pero, a pesar de la dureza de su excitación y de la inmensidad del placer que su boca le arrancaba, no estaba más cerca del orgasmo que al principio de ello. ¿Pecaba de impaciente acaso?

Una vez en la cama, superado el maojo de nervios en los que se convirtió su ente, Antonio la penetró con cuidado, de manera que ella lanzó un gemido gozoso de placer, y lo apretó contra ella, mientras él se moría al rozar aquella rajita humidísima. Se tomó los primeros compases sin prisa alguna, casi a cámara lenta, sin moverse apenas hasta que, de repente, los dos cuerpos entraron en sintonía y empezaron a follar con todas las ganas del mundo.

Pronto quedaron sumidos ambas en un estrecho abrazo de piernas yde brazos, incapaces de aceptar que aquello debía o podía terminar en algún momento. Él lamía con gusto sus pezones rosados, y ella lo enredaba entre sus caderas magníficas, hasta que él le dio la vuelta, y, tras ponerla a cuatro patas, comezó a lamerla, desde la redondez perfecta de su culo hasta el rincón delicioso de su nuca. Y con la lengua en su cuello, la pentró de nuevo.

Se rindieron a la lujuria, que podía medirse con la intensidas de su acoplamiento, de sus caricias, de sus besos, hasta que, con un hondo gemido, ella quedó envuelta en un largo orgasmo compuesto por un millar de ellos y que arrancó hasta la última gota de semen de él.

Se quedaron mudos, quietos, callados, sin saber que hacer.

Polvo de Diamante (6)

25 noviembre, 2014

Ella entró sin hacer ruido y Antonio la miró con una interminable expresión de incredulidad y sorpresa. Por algún extraño motivo recuerdo algo que leyó en otro lugar y en otro tiempo…

Ella, pijísima, de Prada y oro, se lo mira con la misma cara que la tigresa que va a devorar al tonto de Bambi.

En lo alto, entre las nubes, los dioses se carcajean.

Y aunque Antonio no escucha a nadie en las alturas reir, ella no es pijisima pero sí de oro, y ni él es Bambi, se estremece.

Frente a frente, tembló al tener a la causa de sus sudores al lado. Una gota de nerviosismo líquido corrió por su rostro. Ella le miró a los ojos y sonrió lenta, maliciosaemente. Sus ojos bajaron con todo descaro desde su cara hacia ciertas insondables profundidades que yacen por debajo del ombligo masculino, donde los pantalones se iban abultando de manera sospechosa y entonces, sin perder la sonrisa, levantó la mirada hasta que sus ojos se volvieron a encontrar.

Él murmuró: Je me trouvais, ce matin, 16 octobre…. Pero ni él era Stendhal ni estaba en San Pietro in Montorio (una vocecita interna le dijo “ya vale no, Antonio, con esa coletilla“) y ella, que en ese momento se le daban un ardite los clásicos, se acercó decidida a ella y se hizo dueño de su boca.

Ella paseaba sus dedos por encima de los pantalones de él, tormentando con sus yemas la erección que estaba ayunddado a formar. Le abrió la cremallera y se la sacó, sonriendo ampliamente.

-Que cosita tan hermosa -le ronroneó al oído, pero Antonio no podía decir nada.

Se la acarició con los dedos para luego, sujetandosela con una mano, apretarla con fuerza. De repente, sin que Antonio se lo esperara, ella se acercó el miembro a los labios y lo besó con tenura, para luego, con una lengua ardiente, comenzar a lamer aquel encantado pene que saltaba de alegría ante sus caricias. Él se estremecía con cada roce de su lengua, de manera que él ya notaba la inminencia del orgasmo tras apenas unos instantes en tal tesitura, mientras su pene desaparecía por completo en la boca de ella, que chupaba con furor religioso.

Ella seguía chucpando y chupando cuando él, de repente, se dio cuenta de algo.

Yours truly,
Jack.

Polvo de Diamante (5)

24 noviembre, 2014

A partir de entonces Antonio soñó con recorrer cada rincón del Casco Antiguo de la mano de ella con las campanas de las iglesias de los alrededores lanzando sus hermosos cantos de fe, cruzando el aire como flechas, un campanario respondiendo a otro, como si transmitieran un rumor sobre los dos en el fresco aire matutino.

Encerrado en casa barría las mesas con las manos, arrojando al suelo todo lo que había en su superficie, como si el ruido pudiera convocarla.

Él, que nunca había tenido para estar solo largos periodos de tiempo, ahora no soportaba estar sin ella. El hambre le inspiraba deseos de aniquilar todas las normas.

Se sometió a un largo ayuno, castigando su cuerpo con el hambre de la misma manera que su deseo maltrataba a su alma. Se encerraba con sus ordenadores y trabajaba durante las interminables horas de la noche.

Un día, mientras contemplaba el amanecer por la ventana, la vio en la calle, de pie, con el rostro alzado hacia la ventana.

El fulgor dorada del sol atravesaba sus ropas, de manera que parecía estar desnuda y en llamas.

Polvo de Diamante (4)

22 noviembre, 2014

Con pocas ganas salió de su mansión para dirigirse a la fiesta a la que había sido invitado. “Si tengo que asistir”, se dijo “metido dentro de este traje de pingüino, lo haré a mi manera” y deslizó dentro de uno de los bolsillos de su largo gabán su ejemplar de “La Bella y la Bestia” y se fue al parking.

En el coche estuvo ojeando el libro.

“A partir de aquel día viviría prisionera de aquel bosque de sombras. Loca y llena de dolor, invisible para los cazadores que transformaban aquel remanso de paz en un coto de caza, que los eremitas usaban como refugios y por el que los furtivos paseaban a sus anchas. Ahora para Bella sería su refugio y su prisión, su entrada al Averno particular”.

El palacete de Pedralbes brillaba en lo alto de la avenida Pearsons, como un castillo mágico sostenido sobre un mar de niebla. El coche se detuvo y Antonio bajó con pocas ganas. El contacto humano no le resultaba de su agrado, porque no se sentía cómodo bajo al atención de otras personas y no estaba seguro núnca de cómo actuar. Entre ordenadores estaba a salvo o así se sentía.

No llevaba mucho tiempo en la torre cuando la vió. La figura esbelta, el largo pelo negro recogido a un lado con un lazo blanco y los claros ojos brillando bajo la luz de las lamparas dieciochescas le cautivaron al momento. Se la quedó mirando con cara de idiota pero ella pasó por su lado sin mirarlo. No había nada que a él se le ocurriera decir o hacer para atraer su atención, y el pecho comenzó a dolerle de manera exagerada y sorprendente. La sorpresa lo dejó fijado al suelo, deseando poder hacer algo, lo que fuera, e incapaz de mover ni un sólo músculo.

Notando como le ardían las mejillas, abandonó la torre a toda velocidad, sin volver la vista atrás.

Sin ver que ella le estaba mirando. Sin saber que ella le buscaría.

Polvo de Diamante (3)

21 noviembre, 2014

Antonio usó su nueva casa para vagar por el Casco Antiguo y recuperar un hábito de la infancia. Otro fue meterse por las librerías de viejo, buscando antiguas ediciones de libros y, en especial, de aquellos que habían ocupado sus horas más felices.

Un día se encontró un libro que le embrujó como una maldición. Era una edición rara, extraña de “La Bella y la Bestia”. Se encerró en su biblioteca, que comenzaba a tener libros apilados en las mesas, y se enfrascó en la lectura de aquel libro mágico.

“Todas las noches en el palacio seguían el mismo ritual. Bella era la única ocupante de una larga mesa servida por siete sombras misteriosas que, a pesar de la luz de los numerosos candelabros que iluminaban la gran sala, nunca se revelaban por completo, salvo por sus ojos, deslumbrantes como rubies. Los mejores manjares y los más exquisitos vinos eran servidos ante los ojos sorprendidos de Bella, que no estaba acostumbrada a tanta magnificiencia ni a tanto esplendor.

En las primeras noches, desconcertada todavía, Bella comía poco, pero, a medida que fue ganando confianza, aprendió a dar buena cuenta de tan excelente comida, que devoraba con gran apetito. Y siempre que ella llegaba al postre aparecía Bestia, anunciado por el eco de su respiración y de sus pasos.

Ella, en ese trance, apuraba el último sorbo del dulce vino y se relamía el postrero rastro de azúcar de los labios. Bajaba la vista, sin atreverse a mirarlo, y esperaba.

La sombra de Bestia la cubría por un instante mientras él proseguía su camino hacia su asiento. Una vez sentado, la misma pregunta, precedido por un suspiro brevísimo.

-Bella, te quieres casar conmigo?

Y la idéntica respuesta:

-No, Bestia, no quiero. Lo siento.

Un suspiro larguísimo y, sin ningún reproche ni ninguna otra palabra, Bestia se alzaba, se abrían las puertas que daban a las partes más oscuras del palacio y, tras una breve despedida, él desaparecía en la oscuridad de la noche. Bella, con el apetito perdido, contemplaba durante varios instantes las puertas que se cerraban tras él.

Así, cada noche.”

Antonio no sabía el qué, pero había algo de esa escena que le fascinaba morbidamente.

Varias semanas después, se encontró frente a un iluminado palacio, a punto de cruzar sus puertas para encontrarla, ya fuera Bestia o Bella.

Polvo de diamante (2)

19 noviembre, 2014

Su problema, el mismo Antonio lo reconocía, era haber gannado demasiado dinero demasiado rapido y a una edad harto temprana. Había acumulado una pequeña fortuna y con ello un cierto poder y una cierta influencia que le habían hecho creer que con dinero podía conseguirse todo. Y si a su fortuna se añadía una cierta tozudería y una nada desdeñable arrogancia, el problema amenazaba con salirse de madre.

Prueba de ello era la casa que se había comprado en la nobilisima calle Montcada de Barcelona. Había pertenecido a una antiquísima familia catalana que alcanzó su gloria y su ocaso en el siglo XIV. Fue sucesivamente museo, convento de monjas y otra vez museo antes de finalizar en las manos de Antonio, tras una puja encarnizada con el Ayuntamiento de Barcelona, que tenía planes post-olímpicos para la ciudad.

Por desgracia para el alcalde y su equipo, Antonio había hecho la oferta más alta. Una vez asentado en el antiguo palacio había procedido a modernizarlo por dentro, respetando el exterior y, sobre todo, el magnífico patio interior que, dotado de un espléndido jardín, parecía un vergel de cuento árabe.

Con las obras todavía en marcha se instaló en el monumental edificio, tan alto como un edificio moderno de cinco plantas, y dejó de tener más relación con el mundo salvo el que le llegara a través de la pantalla del ordenador, la herramienta con la que manejaba sus negocios y acrecentaba su considerable fortuna.

Pero le faltaba algo.

Polvo de diamante (1)

18 noviembre, 2014

Iª Parte. Despertar.

1. El amanecer.

Se detuvo frente al balcón observando la ciudad en la noche, ilumindada por la luz artificial que irradiaban los edificios. Y por milésima vez en ese día, sintió un deseo irrefrenable de gritar de rabia y dolor.

“Todo ha pasado demasiado deprisa -se dijo-, demasiado rápido, no he podido entender siquiera lo que pasaba.”

Se ahbía cumplido el plazo y su pensamiento, como un vedndaval, volvía una y otra vez a esa noche única, de la que no podía olvidar ni el más nimio detalle, ni siquiera el tacto de las sabanas en su piel. Sentía la mano de ella en cada por ode su piel y una vez más se encontró retrocediendo hasta el origen de aquella pasión absurda por aquella mujer, al comienzo del camino que le había lelvado hasta esa noche única, irrepetible y, por ello, tan odiosa. Habría dado todo cuanto poseía por volver a repetir tal jornada.

Furioso, barrió con la mano la mesa contiguo. Era como Adán y Eva en un único cuerpo. Podía imaginar el desconsuelo de ambos al ser expulsados del Paraíso, añorando la sensación de desconocer que era el pecado, de esa inocencia primera que se había desvanecido. Podía imaginarlo perfectamente, porque así era como él se sentía en ese momento.

Todo a su alrededor le parecía una burla grotesca.

Regalo de cumpleaños

17 noviembre, 2014

Dentro de unas semanas (ni muchas ni pocas, las justas), una persona a la que tengo gran cariño (maldita manía la mía de ser un oso panada amoroso, que me encariño en seguida) cumple años, y ayer le prometí regalarle un relato de los míos, como ya hice en su día con Victoria, sin ella pedirlo (casos similares, extremos opuestos)

Por eso voy a ir revisitando un viejo cuento que siempre me ha fascinado. Irá por capítulos, y tiene que durar, pues no concluirá hasta el día del cumple de la dama (si el avión no se estrella, yo ya me entiendo…).

Tendrá erotismo, algo de misterio, enigmas, dobles inteciones y, como siempre, muuuuuuuuuchas entregas.

Felicidades, madame!

Que malo es el aburrimiento

15 noviembre, 2014

Que malo es el aburrimiento,
por eso se me escapan los versos
mientras espero y espero,
a ver si me regalas tus besos.

Todo va bien hasta que deja de hacerlo,
así que, Gabrielle, por tu vida
deja de ser tan relamida
y ponte ya el tanga.

Si Victoria aquí estuviera
mucho se reiría de su padrinopanda
tan aburrido, tan clarioscuro
y tan bicolor lleno de pandamanchas.

Dedicado a tí, por descubrirme, hala.


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