Archive for 30 marzo 2015

Memorias profanas y sagradas de un vividor (11)

30 marzo, 2015

De pequeño creía que iba a morir joven. De hecho, algunos de mis parientes más cercanos tenían también esa idea. Mi abuela materna, por ejemplo, no creía que yo fuera a llegar a hacer la primera comunión porque no pensaba que fuera a vivir yo tanto tiempo.

No era fatalismo ni nada similar. No se qué era, tampoco importa. Al final esta sensación o lo que fuera se fue diluyendo con el tiempo, de manera que desapareció de mi consciente y quedó, en forma de sustrato, condicionando de alguna manera mi mentalidad y mi manera de ser.

Debo añadir que, al cumplir los treinta, fui empezando a dudar de que aquello, mi vida, se fuera a terminar pronto. Y a llegar a los cuarenta, tras la deblace causada por la muerte de mi madre, me convencí de que, en lugar de morir joven, lo mío iba para largo, como una especie de condena.

En resumen, que dicha sensación fue dejando uan impronta en mí que se tradujo por una sensación de carpe diem, de “disfruta ahora, que vete a saber dónde estarás mañana”. A medida que él tiempo apsaba e iba conociendo gentes nuevas e ideas y pensamientos diferentes, se fue añadiendo a todo esto un cierto grado de hedonismo, empeorado, si cabe, por el desastre familiar (a la par que libertador) que supuso el divorcio de mis padres.

En fin, carpe diem, aprovecha ahora que mañana estarás muerto y hedonismo. Súmese a ello mi fascinación por las mujeres y las pasiones carnales… ¿se puede sorprender alguien de mi devoción lujuriosa por ambas?

Llegados a este punto, conviene hacer una pequeña explicación. Por mi entorno familiar (la fatídica influencia paterna, que no pudo ser contrarrestrada por mi devoción maternal) y social, crecí con una contradictoria escala de valores. Para los hombres de mi alrededor, las mujeres eran meros objetos, con funciones variables dependiendo de los intereses de cada uno. Por supuesto, las mujeres de mi enterno tenían una opinión muy diferente. Añádase a eso que yo adoraba a mi madre y el resultado era una considerable contradicción en ideas.

Por suerte un buen día, en el instituto conocí a dos amigas, que me inocularon contra el feminismo (o las feminazis) y a otras dos, que me inocularon contra el machismo. De manera que crecí teniendo mis ideas, mis prejuicio y un soberano asco hacia los machistas y las feministas por igual, procurando no tratar a las mujeres como objetos (con el ejemplo de mi padre ya tenía una buena motivación) e intentando ser feliz sin hacer daño a nadie.

No siempre lo conseguí, sin embargo.

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Memorias profanas y sagradas de un vividor (10)

28 marzo, 2015

De aquellas semanas finales me quedan los recuerdos más intensos, porque fue cuando realmente me “patée” París con ganas y tiempo. Enfilaba desde el Puente de Orléans y me paseaba por la Ciudad Universitaria. Descubrí un lugar donde hacían unos bocadíllos de foi buenísimos (y tirados de precio!!!), en el boulevard Jourdan, junto al Montsourís. Me perdía por las librerías de viejo que crecían como setas junto al Sena, por la Tournelle, por Montebello.

De aquellos bohemios me viene a la memoria un eslavo muy callado y enjuto, que desaparecía por la noche y regresaba a la mañana siguiente como una especie de Papa Noel alimentario, con la bolsa al hombro llena de comida. Era, como digo, silencioso. Recuerdo su mirada intensa analizando la nevera y, zas!, al día siguiente nevera llena.

Cosas de brujas, verdaderamente.

Acabé, por cierto, siendo asíduo visitante de un burdel… Ahora es cuando digo que “no es lo que parece” y nadie me cree. Da igual. No es creíble lo que viene ahora. A dos calles de nuestra comuna hippyliteraria había uno de tales locales. Era famoso por tres cosas: la mala hostia de su propietario (un marsellés con cara de patibulario), la ropa interior de sus chicas y las habilidades culinarias de su cocinera.

Lo de la mala hostia del dueño (Jacques, por cierto) era una cochina mentira. Era, sí, el amo de aquel lugar, pero era un trozo de pan bendito el hombre. Tanto que mis colegas de comuna le iban a pedir comida y regresaban comidos y con manduca para el resto de la tribu. Era, de bueno, tonto. Eso sí, a los clientes los esquilmaba con una frialdad que me acojona el recordarlo. En lo que a mí me concierne, conmigo fue una maravillosa persona, y los ratos que pasé en su local (bien lejos de sus chicas por si acaso), fueron muy agradables (¡y suculentos!).

A mi regreso a casa conté, por supuesto, una historia realmente diferente. Si mi madre hubiera sabido las burradas que hice… y que casi pasé hambre y terminé encasquetado en una casa de okupas literados… se me muere del susto. O me mata.

Y aunque recuerdo aquellos días con una gran sonrisa, el único aspecto negativo que aún me reconcome el ánimo es saber que, todo aquel tiempo pasada en París, de todas aquellas estupendas y dantescas vivencias, de todos aquellos trances y ocurrencias…

… NO APRENDÍ UNA MIERDA!

Vamos, que no saqué ninguna conclusión, ninguna moraleja, nada. La suerte me había salvado el culo y, supuse, duraría para siempre.

Bueno, dos cosas sí que aprendí.

Las mujeres casadas… cuanto más lejos mejor. Y las apasionadas temperamentales, más todavía.

Qué poco tardé en olvidar la primera…

Memorias profanas y sagradas de un vividor (9)

27 marzo, 2015

Aquella noche la dormí en un parque cercano, con un ojo abierto y el otro cerrado. La segunda me acordé de que tenía el dinero intacto y a mi disposición y me fui a buscar una fonda o algo similar… nunca llegué.

Por el camino conocí a un autoproclamado escritor bohemio… y me fascinó. Con todos mis bártulos me fui a su comuna bohemia y me instalé con ellos. Fueron los mejores días (incluso que los pasados en los brazos de Marianne) de mi estancia en París. No me metí en la cama de ninguna de mis compañeros de comuna, pero no me perdí una fiesta, ni una juerga ni ninguna chica que me guiñara un ojo se me escapó sin que, al menos, intentara enamorarla.

Fueron días gloriosos, de amor libre y rosas, de vino y literatura… y de tirar el dinero de muy mala manera de modo que, a falta de casi dos semanas para mi fecha de regreso, salvo el billete de vuelta, no tenía más en el bolsillo. De todas mis grandes exhibiciones de estupidez y temeridad de mi vida, esta fue la segunda más grave.

Una vez más, tuve suerte. Mis amigos bohemios, en los que volqué mi “riqueza”, no me dejaron en la estacada y compartieron su “alegría hambrienta y miserable conmigo”. Fueron, lo digo con orgullo, realmente unos hermanos de armas para mí. Y hermanas. Se portaron conmigo de maravilla (claro que antes yo les había “dorado” sus días).

En fin, con el estómago medio vacío y el corazón rebosante de felicidad, así pasé mis últimas dos semanas en París. Cualqueir cosa, incluso pasar hambre, antes que regresar a casa con la cabeza baja y antes de tiempo y reconocer mi mala cabeza.

Ah, mi proverbial estupidez.

Memorias profanas y sagradas de un vividor (8)

25 marzo, 2015

¡París!

Ir a París era uno de mis sueños, una de mis necesidades vitales. Acababa de cumplir los 19 cuando aterricé en la Ville Lumière y pretendía borrar los sobresaltos y desgracias del divorcio de mis padres siendo feliz allí. Quizás ese ha sido el gran motivo de mi vida, ser feliz. A veces, de manera egoista, lo he perseguido de manera inexorable, a costa de todo. Quizás demasiado.

París era el mito, la ciudad de D’Artagnan y de Camus, de Catherine Denueve y Alain Delon, de Mauràs y de Robespierre. del mayo de 68 y del Molin Rouge. Era, también, mi primera vez “a solas” con el mundo.

Llegué una luminosa tarde de junio a la gare de Austerlitz. Mi abuelo materno había insistido en darme un dinero extra porque “se vive mejor si se está libre de preocupaciones” y me compró, además, el billete de ida y vuelta. Me encaminé, lleno de juvenil alegría, a la que sería mi casa, situada (¿cómo no?) en el Barrio Latino. Dejé las maletas allí, tras presentarme brevemente a mis compañeros de piso y salí disparado a conocer la noche.

Dos días duré en aquella casa. El tiempo que tardé en conocer a una bella chica, enamorarme como un gilipollas de ella y mudarme a su casa.

¿Hace falta decir que no me pude equivocar más?

Con ella y sus amistades pasé varias semanas de goce, de puro disfrutar de París, de gozar impúdicamente de su diversiones con la ceguera egoista de mis jovenes años. Por las tardes me paseaba buscando librerías, museos y monumentos, por las noches me lanzaba con ella a descubrir el París golfo y canalla y por las mañanas dormía, felizmente cansado, a su lado.

Un tarde de mediados de junio, ella me montó una escena de celos espectacular, con lanzamiento de maletas por la ventana incluídas. Me sorprendieron dos cosas: la indiferencia de la gente y la potencia de los pulmones de ella. ¡Que gritos!

Sospecho que aquel fue el momento en el que nació mi alergia por los celos…

Mi desgracia fue que tardé menos de media hora en encontrar otra vivienda, comida… y compañera de correrías. Estoy seguro que, si me hubiera tenido que espabilar, no hubiera sido mi aventura parisina tan desastrosa como fue. Pero no, una vez más la solución me cayó en las manos sin buscarla siquiera. Esa fue mi desgracia.

La escena había sido tan dantesca que, si bien el vecindario pasó olimpicamente de lo que sucedía, algunos viandantes no lo hicieron. Una de esas personas fue una mujer, de largas piernas, a la que llamaré Marianne. Tenía unos 35 años, y, como me enteré luego, era lo que hoy en día denominaríamos una devorahombres. Ahíta, supongo, de carne masculina, debió pensar que yo podría servirle, aunque, estoy seguro de ello, sabía que yo, más que un hombre, era un bambi algo crecidito.

No mentiré diciendo que me dejé seducir por su encantadora sonrisa y que me creía su oferta “sincera” de ayuda y que me agarré a ella para salir del mal paso. Poéticamente hablando: Y UNA MIERDA.

Que no. Que fue ver aquellas piernas y el ligero que se insinuaba por debajo de la falda, aquella cara con aires de Catherine Denueve y el pedazo de Mercedes 450SL a cuyo volante se sentaba y liarme la manta a la cabeza. Ella, al escuchar mi francés con acento español, mi cara de Bambi atontado y verme en tal tesitura decidió que, ya que pasaba por ahí, tanto le daba llevarme a su casa y adoptarme como mascota que seguir de largo.

Así, de esta manera, me metí en una de las tragicomedias más absurdas de toda mi vida. Y mira que las he tenido absurdas, querid@ lector/a.

La dama vivía en un lujoso apartamento situado casi al lado de la Avenue Foch. Compartía piso, eso lo supe al momento, con un gato gris perla con instintos cabronísimos, con un perro San Bernando aquejado de la enfermedad del sueño (nunca lo ví despierto) y con un marido ausente, cuya existencia tardé en descubrir un poco.

Me buscó enseguida alojamiento. Su piso tenía un atico adosado al que se llegaba por una escalera interior y al que yo me retiraba después de cenar. Que cenáramos a las siete de la tarde no me llamaba la atención. Y que para salir del ático, si no era en el horario convenido, tuviera que hacerlo por una escalera de incendios estilo película americana de los 70 tampoco me alarmó.

¿Te queda claro ya, querid@ lector/a, que yo era tonto cum laude por aquel entonces?

Al final pasó lo que tenía que pasar. Que, estando una tarde en sus brazos y entre sus piernas, yo descubriera la existencia de su marido y él la mía. Admito que la escena fue harto chocante porque el hombre, de sus cuarenta y pico, salvo ponerse rojo como un tomate y tartamudear no hizo nada. La dama, con una sangre fría que todavía me impresiona, se lo explicó todo, para luego, muy educadamente, hacerme ver que me tenía que ir, cosa que hice, por supuesto, sin dudar y con una cierta prisa y no poco pena, pues la dama era buenisima haciendo… compañía.

Y así fue como me encontré, por segunda vez en un mes y medio, con las maletas y sentado en la puta rue, como dijo el poeta. Y esta vez sin dama auxiliadora al rescate. Por suerte, tenía dinero. Por desgracia, no me iba a durar mucho. Por fortuna, los hados no me abandonaron entonces.

Memorias profanas y sagradas de un vividor (7)

23 marzo, 2015

Una de las lecciones básicas que recibí de pequeño fue sobre el dinero. El dinero no era importante, sino el uso que se le daba, el saber administrarlo, me dijeron. Mi abuelo añadió: no importa cuánto dinero tengas, si no eres persona, el dinero no te va a mejorar. Todo lo contrario.

La lección adicional que yo obtuve fue la de despreciar el dinero soberamente. Si tenía que gastarlo, lo gastaba, pero en lo que mereciera la pena (Según mi juicio, claro). Tirarlo no, ahorrar…, un poco. Pero preocuparme por él? Ni de broma.

“El elegido vive para no hacer nada, sólo para contemplar“, dijo Wilde. El dinero no sale mencionado aquí. Pues eso. El dinero no importa.

El primer aviso sobre lo erróneo de este punto de vista mío lo obtuve cuando me tomé mi año sabático (la excusa oficial fue que el divorcio de mis padres me desmontó todo mi mundo, lo que no fue del todo falso) y, por idea de mi madre, me fui a París. Allí, la verdad, sin más plan que “bohemizarme”, tardé poquísimo en meterme en líos, en pasarmelo muy bién y en acabar en una situación harto dantesca. Pero eso lo explicaré en otra ocasión. Palabra.

Mi difunto progenitor pensó que la mejor manera de hacerme hombre, ya que no hice la mili, era llevarme de putas. Tuvo la feliz ocurrencia de comentarselo a mi madre, que le llamó de todo menos guapo y, cosa rara en él, la reacción de ella le hizo cambiar de opinión. Quizás por primera y única vez en su vida alguien le influyó.

Mamá no tendría que haberse preocupado por eso porque yo, además de desvirgado, ya conocía ese mundo, sin haber, dicho sea de paso, haber usado sus servicios.

Mi experiencia barcelonesa “puteril” de juventud fue, como es habitual en mi vida, algo hilarante, absurda y muy poco ortodoxa. Cosas que (me) pasan.

Uno de mis amigos tuvo la brillante y originalísima idea de ir a un burdel del Raval (¿no había nada peor? no, no lo había) “para ver que era eso” (Sobre todo para ver… ¡ja!). Se contaban maravillas de aquel local y fuimos, más muertos de miedo que otra cosa, y llenos de juvenil arrojo.

Paqué iríamos…

Que quien nos abriera la puerta fuera un “marica” (palabra deleznable) me hizo pensar “dónde me estoy metiendo”. Conocer a la madame, entre aquel olor acre nauseabundo y asqueroso, en aquel edificio que se caía (y todavía se cae) de puro viejo, fue un suplicio, y el desfilar de las chicas cómico, debido a mi malicioso sentido del humor, de manera que, mientras todos escogían a su dama y se iban, yo permanecía clavado en mi asiento pensando en como salir airoso y por la puerta sin demasiado sonrojo.

Ni las chicas eran mi tipo ni el lugar de mi gusto. Simplemente estaba incomodo. a o largo de mi vida he vuelto a visitar algún burdel y he requerido los usos de profesionales del sexo cuando lo he querido. Y no me avergüenza admitirlo.

Al final me encontré en la penosa situación de tener a dos chicas mirandome con cara de “y tu qué?” y a la madame con un cierto además impaciente. Y yo sin pajolera idea de saber como salir de allí… No es que las damas fueran feas (tampoco eran guapas) ni faltas de encanto (tenían mucho pecho, de eso sí me acuerdo), pero es que aquella situación me daba tanto corte como grima…

Entonces Dios jugó a los dados y, de una de las puertas, salió el mismismo Matusalen, con una larguísima barba y desnudisimo, pellejos colgando, gritando con toda la fuerza de sus pulmones. El susto de las mujeres tuvo que ser parejo al mío, porque gritaron de pura sorpresa. Y entre el viejo aullando y las prostis gritando, este servidor de ustedes se levantó, salió corriendo y se largó (sin decir adiós, lo admito) cuan rápido me permitieron las piernas.

Claro, cuando mis compañeros salieron nadie les pudo decir si yo estaba o no (nadie, con el susto, se acordaba de mí), por lo que pensaron que todavía estaba metido en faena… y me convertí en su ídolo. Y yo pensando “si supierais…”

Por eso, cuando les dije que me iba a pasar una temporada en París, ellos pensaron en los burdeles de la ciudad y me envidiaron más aún. Poco sabía yo que, al final, acabaría pasando muuuuuchas horas en un burdel.

Pero no como cliente.

Memorias profanas y sagradas de un vividor (6)

22 marzo, 2015

Hay un momento clave en mi vida. Bueno, dos. Bueno, tres (maldito Cardenal Ximenes…).

El momento clave, el que lanzó mi vida de una patada hacia adelante y, al final, al despeñadero por el que me caí, fue, sin lugar a dudas, la muerte de mi madre, que destruyó mi mundo. De eso ya hablaré en su momento. Baste decir que, de todas las mujeres de mi vida, ella es la única sin la que mi vida no es la misma. Es otra cosa. Es vida, pero diferente.

El otro momento clave fue el divorcio de mis padres, del que hablaré a continuación. El tercero… ya hablaré de él, si llegamos a eso…

Mis padres se divorciaron, o mejor dicho, mi madre se separó de su marido y yo de mi ex-padre, por culpa de los excesos de él, por su problema con la bebida, por sus malos tratos y por su continuo menosprecio hacia nosotros. Cuando recuerdo los años y el esfuerzo que me costó hacer que mi madre creyera en sí misma… cuando recuerdo sus lágrimas de impotencia… cuando recuerdo los apuros que nos hacía pasar ese hombre… cuando recuerdo la noche que tuve que bajar a recogerlo en la calle, donde se había caído por la borrachera que llevaba…

… cuando recuerdo todo eso lamento que aquel día que le amenacé con un cuchillo si se atrevía a tocar a mi madre, lamento no habérselo clavado en su negro corazón. Es curioso escribir esto. Te juro, querid@ lector/a, que no se me altera el puslo mientras escribo esto. Si pudieras verme verías mi faz completamente tranquila. Lo que siento hacia él, lo que siento hacia ese hombre no es la rabia habitual en estos casos. Es una mera costumbre, el recuerdo de un odio inhumano, de un desprecio infinito que, tras la muerte de su causa, no es más que el eco de un grito que, con el tiempo, se va borrando. No duele.

Algo bueno tuvieron aquellos años en la casa paterna. A pesar de mi padre me aficioné a la buena música. Gracias a mi padre me aficioné a la lectura (por desgracia, a la que él no quería). A pesar de mi padre aprendí lo que era ser un hombre de verdad. Gracias a mi padre me volví alérgico al alcohol y al tabaco. A pesar de mi padre fui feliz, de una extraña y curiosa manera. Gracias a mi padre tuve aquellas largas consultas con la psicóloga para quitarme mis temores (aún sigo teniendo miedo a la oscuridad gracias a él). A pesar de él amé la vida.

Lo único que recuerdo con una sonrisa de mi ex-padre fue el día que me expulso de su casa… cuando ya no vivía con él. Me fui con mi madre cuando se divorciaron e iba a visitarle porque ella me lo pedía. No quería que rompiera el contacto con él. “Es tu padre, después de todo”. En fin, que cada vez que iba a verlo era un chorreo de insultos hacia ella y reproches hacia mí. Nunca entendió que me fuera con ella, que narices…, nunca entendió que nos fueramos. Según él viviamos de lujo… en una cárcel de oro, querido papá, con un borrachero maltratador como portero, querido papá… eso nunca lo entendiste… ¡Qué feliz me hiciste el día que me expulsaste de tu santa sanctorum, pater!

Y fue irnos de casa y comenzar una vida nueva…

Simplemente por la vida que mi madre recuperó, por la alegría que le volvió merecieron los apuros y estrecheces que pasamos al principio. Las pasamos putas, poéticamente hablando, y eso que nuestra familia, la de mi madre, nos aydó. La de él… con decir que uno de mis primos vino a Barcelona para buscarme y darme una paliza… “Si tu padre os pegaba sería por algo”. Según me consta, mi ex.-primo era partidario de unas buenas hostias bien dadas hasta que le dieron unas cuantas docenas de tortas en un bar por pasarse de rosca. Desde entonces se ha vuelto un Ghandi, querid@ lector/a.

Fue una nueva vida, como digo. En una zona obrera de Barcelona, tranquila y feliz, de la que nos tuvimos que mudar porque nuestro ex nos perseguía (adorable mi padre, no te parece, querid@ lector/a?) y nos fuimos, tras el divorcio definitivo, a otra zona tranquila, en la que los dos vivimos nuestros mejores años. Me acuerdo que en nuestra nueva casa (la segunda) teníamos una vecina que se pasaba todo el día escuchando a Pimpinela y un perro que amaba los gatos.

Mi madre, al recuperar la libertad, se volvió más alegre y se puso más guapa. Se volvió más ella y se fue recuperando tras unos decenios de abandono y opresión. Me hizo vivir por su mero ejemplo y, cuando me hice el remolón, como ya se verá, me hizo vivir con una amable patada en el culo. Y yo, que ya era mayor de edad, descubrí que era salir de noche y mi madre lo que era preocuparse por un retoño que se despistaba y no miraba el reloj…

Porque yo, querid@ lector/a, tuve la mejor madre del mundo, y no es lo que dicen todos l@s hij@s, es que es la verdad.

Mamá, te quiero y te añoro mucho. Si soy algo, lo poco que soy, es por tí.

Memorias profanas y sagradas de un vividor (5)

20 marzo, 2015

Desde mi más tierna infancia me ha gustado tanto leer como escribir. Fue, de todos mis vicios conscientes, el primero en aparecer.

Todo comenzó a raiz de un problema de vista que sufrí de pequeño, consecuencia del parto complicado (el carnicero de médico, que casi nos mata a mi madre y a mí, me dañó un nervio óptico con los forceps y me dejó un par de cicatrices en cabeza y cuello) del que mañana se cumplen ya la friolera de 42 añitos.

Tenía que hacer ejercicios para “forzar” mis ojos a ver. Y entre esos ejercicios estaba escribir. Empecé a escribir historias cortas y, antes de que nadie se pudiera dar cuenta, hasta pequeños cómics. Así nació la pasión que, con los años, me llevaría a crear este blog.

Mujeres y libros… ¿una buena combinación, no te parece?

Hasta los dieciseis no tuve mi primera relación sexual completa. Fue por una tontería, y nunca mejor dicho. A dicha edad tonteaba con la hija de unos vecinos, amigos de mis padres, y pasaba casi tanto tiempo en su casa como en la mía. Era ella, la madre, Mari Carmen, la peluquera del barrio (sí, como el clásico mito erotico), y había mucha confianza entre nosotros. De hecho, ella y no mi padre fue la que me enseñó a afeitarme. Sí, paradojas de la vida que ilustran el grado de dejadez paternal de aquel hombre.

Hasta el día en el que todo se puso en marcha nuestra breve relación no eramos más que amigos y vecinos. El suyo era una caracter chispeante (me parece recordar que tenía algo de sangre andaluza, y se le notaba en esa alegría de vivir). Cuando su hija y yo dejamos de tontear y regresamos a nuestro papel de amigos de la infancia todo siguió igual entre nosotros.

Hasta el día de autos. Era uno de esos días veraniegos tórridos de Barcelona, de calor pegajoso y asfixiante. Había empezado de maravilla. Mi madre trabajaba en aquella época y también mi padre, de manera que yo me quedaba solito en casa y tenía plena libertad para burrear y gandulear todo lo posible, jugar con el PC (tenía un simulador de vuelo que me traía loco) y, en pocas palabras no hacer nada.

Hasta que pasó de todo. Mari Carmen vivía en la escalera de enfrente, de manera que cuando se lió todo yo, que me estaba preparando un bocata en en la cocina, pude verlo. Por el patio interno del edificio pasaban buena parte de las conducciones de agua, luz, gas etc. Pues bien, sin que yo sepa a santo de qué pasó aquello, de repente de repente la casa de Mari Carmen se quedó sin luz e inundada en un santiamén. Escuché con pasmo su voz maldiciendo con su colorido y truculento vocabulario. No dudé: salí disparado a ver que pasaba.

Aquello era como Titanic pero sin bloque de hielo ni Leonardo di Caprio. La de cubos de agua que vaciamos aquel día en la bañera… acabamos los dos empapados con tanta agua y tanto sudor. Sus hijas, tan pronto desapareció la última gota de agua, salieron disparadas por la puerta y ya no se las vió hasta la hora de la cena. Nos quedamos solos, sudorosos y cansados. Nos fuimos al a cocina a beber un vaso de limonada y, del mismo modo que el agua se adueñó de la casa, ella me plantó un soberano beso en los labios y… digamos que empezamos a entrar en materia en la misma cocina…

Así comenzó una relación que duró, exactamente, catorce días. Ella la empezó y ella le puso fin. Me explicó el cómo y el porqué, y una multitud de detalles excesivos que no necesitaba conocer yo, o eso me parece. En su cama aprendí los rudimentos básicos del sexo y en sus sábanas se me metió en la piel una fascinación por los montes de Venus poblados y por los pechos grandes (así eran los suyos, grandes, pesados, de negro y enorme rosetones cercando sus pezones) que no me ha abandonado desde entonces.

Esta fue, de paso, mi primera relación con una mujer casada y la primera vez que tuve que mirar a un marido engañado a la cara, tragar saliva y disimular. También fue la primera vez que tuve que ocultarle algo importante a mi madre.

¿Entiendes ahora, querido lector/a, por qué nunca podré condenar a un/a infiel?

Memorias profanas y sagradas de un vividor (4)

19 marzo, 2015

No importa donde me halle, las mujeres son una pasión que jamás me ha abandonado. Una vez descubrí que las chicas eran más interesantes que el futbol, mi curiosidad lo pudo todo e incluso venció a las fronteras geográficas. He aquí un ejemplo doble: ilustra como era yo de adolescente y es una premonición de futuros males.

En mi infancia y prejuventud pasábamos los veranos en el pueblo de mis abuelos paternos, donde vivían, además de éstos, el hermano pequeño de mi padre, su mujer y sus cinco retoños. Yo adoraba a mi abuelo, despreciaba a mi abuela (ella no tenía más nietos que los de su hija, decía ella), soportaba a mi tío y quería un poco a mi tía y a mis primos (que eran muy bestiajos, por cierto)…

Un verano, el penúltimo que pasamos allí, conocí a una chica holandesa guapísima. A aquel lugar venía una importante colonia neerlandesa a vacacionar y las rubias y pelirrojas beldades eran un goce para mis ojitos libidinosos. Así que un día me enamoré de una chica (ella diecisiete, yo quince, ella inteligente, yo tonto de capirote) como un becerro. Se daba la horrible coincidencia de que mi padre se oponía a que tonteara con extranjeras que acabarían por irse y que el padre de ella opinara lo mismo (ahí radicaba su encanto, puñetas, que nadie lo entendía… divertirse y adiós!!!), de manera que tuve que inventarme mil y una triquiñuelas para estar con ella. Eramos un Romeo y una Julieta salidisimos.

Nuestros encuentros eran profundamente románticos… y estupidos. Besitos, arrumacos, abrazos, paseos cogidos de la mano… Ella no hablaba castellano y yo apenas un poco de francés, algo de alemán y un algo más de inglés. En fin, un despropósito total. Bueno, después de una semana de este romanticismo empalagoso, ella me dejó claro que quería pasar a la acción (que te metan la mano entera debajo de los pantalones y te rebusquen en la entrepierna yo lo considero como un mensaje claro, no se tú, mi querid@ lector/a). Allí, ocultos entre los árboles, pensaba yo en darme el gusto de mi vida… cuando apareció mi tía. No nos vio, pero a mí se me enfriaron los ánimos de muy mala manera.

Huelga decir que la muy neerlandesa se lo tomó fatal y no quiso que la volviera a ver. Tampoco pasa nada, porque había visto a una alemana que estaba… en fin, que no fue una tragedia. Hasta que me pilló mi tía a solas y me dio un repaso de los de Dios es Cristo. Muy cariñoso, pero también muy acojonante. Mi madre, si supo algo de aquello, no me lo dijo. Y mi padre desde luego tampoco. Murió pensando que yo era maricón (*)…

(*) uso esta palabra y no otra porque me evoca todo el ser homófobo que era aquel hombre…

Memorias profanas y sagradas de un vividor (3)

17 marzo, 2015

Fui un estudiante normalito, que sacaba buenas notas hasta que me cambiaron de colegio. El viejo y el nuevo no estaban a más de 20 minutos de distancia andado, pero eran la noche y el dia.

Pasé de estar en un colegio de hijos de obreros a uno de pijos (y de hijos de obreros con aspiraciones pijiles). Yo, que me había criado entre ricos y pobres, no me tomaba en serio aquello (ni el lugar ni sus normas ni los aires de grandeza) y no encajé bien en aquel lugar. Era solitario, prefiriendo quedarme leyendo en un rincón y con pocas ganas de hacer amigos en aquel cortijo de pijos. Al final los hice, y buenos, sin querer y a mi pesar.

Los niños son crueles. Es algo que se repite y es muy cierto. Durante la EGB y en COU me encontré con los tipicos abusones y los ignoré en la medida que pude o, si no fue posible, acabé a puñetazos con ellos.

De esos tiempos recuerdo a Justo, un bocazas de casa bien que disfrutaba ridiculizandome. Tras un par de semanitas de acoso, me harté y decidí pararle los pies. Una tarde, jugando a futbol (tradición del colegio, allí jugaba a futbol hasta el Cristo que colgaba en la pared) en el patio, le pegué una patada en la cara de manera accidental, por supuesto, que no te quepa duda alguna, querido lector. Le pegué por pura mala suerte, lo prometo. Con todas mis fuerzas, tampoco dudes de eso. Salió casi bien parado: Nariz rota y un pomulo hundido. Cuando se lo llevó la ambulancia me giré hacia sus amigos, les sonreí y les giñé un ojo.

Ese toque psicópata que aporta distinción y terror a partes iguales…

Aunque casi todos se atemorizaron, aún me me hizo falta tener que pelearme a puñetazos con uno de ellos para que el resto decidiera cambiar de aires. Recuerdo esa pelea, porque acabó bruscamente cuando descubrí mi arma secreta. Después de dos o tres puñetazos, estando a corta distancia lo cogí por el cuello con ambas manos, lo estampé contra la pared y apreté. Ver como sus ojos se dilataban de terror al ver que no podía respirar y no conseguía hacer que yo le soltara fue muy gratificante. El abusón tenía miedo. Ya no se reía.

Delicioso.

Los demás matones tampoco. De repente, me tenían miedo. Eso me hizo aprender una valiosa regla: si sonríes mientras cometes una barbaridad causas el doble de efecto.

Dientes, dientes, que eso les jode, que decía aquella…

En el curso siguiente me pasó algo parecido con otro aprendíz de chulo. Mismo problema, misma solución. Siguiente curso, siguiente abusón. El último. Con este fui más sútil. En lugar de pelearme (mis peleas ya me habían hecho pasar por el despacho del director unas cuantas veces y no era plan de buscarme la expulsión), al salir de clase dejé que la puerta que daba al patio se cerrara detrás de mí justo cuando él llegaba corriendo. Era una puerta de hierro, maciza. El sonido del golpe fue de lo más satisfactorio para mí.

Hubo uno, enorme, grande y bestia, con el que no podía pegarme por que me hubiera desmontado de dos tortas. Con él tuve que optar por una táctica indirecta. Buscar a otro matón de otro colegio, tan enorme, grande, bestia y burro como el mío, y decirle que el mío decía que le había tocado las tetas a su hermana. La que se montó aquel día a la salida del cole fue estupenda, sensacional. Faltaron las palomitas. Que paliza se dieron los dos burrobestias. Mi abusón fue el que salió perdiendo, por cierto. Y todo sin saber de dónde le venían las castañas y por unas tetas que no llegó ni a saber que existían…

Por supuesto, mis peleas tuvieron consecuencias. Después de una de esas, el director del colegio tuvo una seria charla (una de tantas, me temo) conmigo y con mi madre.

-Eres consciente de que le podías haber hecho mucho daño?

Mi respuesta lo dejó perplejo.

-Esa era mi idea, señor director. Él me hacía daño con sus palabras, yo quise que sintiera lo que era estar indefenso.

No supo que decirme, salvo poner cara de pasmo.

No me expulsaron, pero me faltó poco. Afortunadamente esto acabó, porque, lo admito, me estaba convirtiendo en un psicópata y en un abusón como ellos y empezaba a disfrutar de hacer daño a los otros… Aunque me estuviera cebando con aquella escoria de abusones, aunque les estuviera dando una lección de humildad, no dejaba de ser otro energúmeno como ellos. Y podría haberme podrido por dentro con aquello.

Recuerdo algo divertido.

Un partido de futbol en el patio acabó a tortas, como casi todos. El motivo era lo de menos, y, realmente, no importaba. Recuerdo que yo estaba sentado encima de un rival y le estaba zurrando de lo lindo. Le estaba dando la suya y la de su primo, como se dice en estos casos, cuando noté que me miraban. Levanté la mirada y me encontré con la niña más guapa que se pueda uno imaginar. ¿Que tenía yo? ¿Catorce, quince años?

Dejé de pegar al rival y me levanté. Por si acaso, agarré al tarugo y lo empujé contra un grupo que se estaban zurrando con ganas y afición, para que continuaran dándole lo suyo y lo de su primo, y me fui a hablar con la chica, sin importarme el par de morados que tenía un servidor.

-Sois algo brutos, ¿no?

Me dijo.

Y yo me enamoré como un becerro…

Memorias profanas y sagradas de un vividor (2)

16 marzo, 2015

Mi llegada al mundo fue en un parto peligroso que me costó perder la primera de mis siete vidas. Pero sobreviví, ya fuera por mi resistencia, por la suerte loca que a veces me proteger, por los médicos o por la razón que fuera. Acababa de llegar a este mundo y no era plan de dejarlo tan pronto.

Lo más curioso es que ya en la sala de maternindad tuve mi primer harén. Aquella noche del 21 nacieron siete chicas y yo, el único varón. Supongo que mi destino empezó a manifestarse ya tan tempranamente…

Mi infancia, de manera milagrosa (ya se verá luego el porqué), fue una época feliz. Tuve dos madres: la mía y su hermana pequeña, que hizo las ‘practicas’ conmigo ayudando a mi madre, que estuvo muy delicada debido al mal trago del parto.

Crecí entre resfriados y mujeres. Mi madre, sus amigas y sus hijas, las vecinas y sus hijas, las amigas de las vecinas y sus hijas, mi abuela, mis tias, mi prima y sus amigas. Mujeres por todas partes. Que maravilla.

Mi padre estaba siempre ausente, ya fuera trabajando, metido en líos sindicales o en el bar, en lo que fuera, cualquier cosa que lo tuviera ocupado en todo menos en su família, pero casi nunca o poco tiempo en casa. Comer y dormir. Con el tiempo se lo agradecí. Cuando llegaba o estaba de mal humor y nadie podía estar en paz, porque si él estaba mal todo el mundo tenía que fastidiarse, o llegaba borracho y nos insultaba a mamá y a mí. En cualquier caso, al abrir él la puerta yo temblaba.

Le temía. Le odiaba. Un día amenazó a mi madre. Creo que yo tenía siete u ocho años. Me levanté, fui a la cocina y cogí un cuchillo. Le dije “tócala si te atreves”. Durante unos días el recuerdo de mis palabras debió de perseguirle, porque no levantó la voz para nada. Supongo que ese día dejé de temerle y respetarle.

Era un hombre violento, gritón, fanfarrón, mentiroso y fantasma. En su defensa diré que con él aprendí lo que un hombre de verdad no debía hacer nunca. Fue mi modelo a no seguir.

En 1982 perdí otra de mis siete vidas. Contraje una grave enfermedad que me costó dos meses de hospitalización y una intervención quirúrgica para extraerme un tumor cancerígeno. Cumplí los nueve años en el hospital. Tres días antes murió mi abuelo paterno, al que yo quería con locura. Fue un año aciago.

En esos dos meses mi padre me visitó en dos ocasiones. Dos. Mi madre no se movió de mi lado nunca.

Pese a ese hombre tuve una infancia alegre. Mi madre me cuidó fantasticamente, y, pese a él, crecí feliz jugando en la calle con mis amigos, en casa leyendo, escribiendo, jugando, pasando los fines de semana con mis abuelos, mis tios y mi primo. Sin embargo, por la protección excesiva de mi madre y el carácter de él me fui volviendo introvertido, serio y solitario. La culpa no fue de mamá. Las cosas salieron así, simplemente. Ella no podía hacer milagros.

Mi madre se desvivía por mí. No dejaba que ni el aire me despeinara. Quizás me mimó demasiado, pero gracias a ella puedo decir que el soportar a aquel hombre no fue un infierno. Aprendí lo que era ser buena persona, fui querido, cuidado, y con ella tuve todo lo que necesité, y más. Ella, simplemente, fue la mejor madre del mundo, y la mujer de mi vida. Si soy algo, es por ella.

Y un buen día el futbol dejó de interesarme.

Las chicas fueron la causa.


Oh, Loth.

Soy metáfora de guitarra desafinada, por eso escribo.

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Cherries - A Vietnam War Novel

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