Archive for 30 junio 2015

Verónica.

30 junio, 2015

Verónica, aquella lectora que compartió en este blog uno de los peores momentos de su vida (véase http://wp.me/p5Qvf-D8), me ha llamado esta tarde para comentarme algo muy curioso.

Uno de sus antiguos clientes la ha encontrado, por casualidad, en Twitter. Le ha enviado un mensaje muy respetuoso para poner en contacto con ella, pero tan respetuoso que ella no lo ha entendido hasta que lo ha leído un par de veces.

Como fue una persona que la trató muy bien, no le importó quedar a tomar algo y hablar. Por casualidad se ha enterado de lo que él paga por los mismos servicios que ella realizaba hace un tiempo y, tal y me ha confesado, ha tenido una idea. Si pegan semejantes cantidad por cosas que ella no tenía problemas en hacer (y hace en sus noches locas…) ni demasiada vergüenza tampoco…

¿Por qué no ganar un dinerillo extra? Como todavía conserva la manera de contactar con algunos de los clientes con los que más trato y confianza tuvo… ¿Por qué no probar?

Yo he sido una especie de fiscal y le he dado unos cuantos motivos para no hacerlo, aunque ha sido en vano. Si, según ella, gana dinero fácil pasándoselo bien con gente que le cae bien, ¿por qué no hacerlo?

Si ella quiere… es su cuerpo, ¿qué le puedo decir yo? Confieso que, salvo por los problemas legales que esa actividad pueda ocasionarle, no se me ha ocurrido nada que objetar. Es su vida, es su cuerpo, es su libertad. Yo no soy su juez.

¿Soy demasiado relativista?

Me ha hecho reir cuando, coquetamente, me ha ofrecido sus servicios (con un descuento por “degustación”). El mohín que ha hecho me ha provocado una gran sonrisa.

Sea lo que sea que decida al final, Verónica sabe que tiene un amigo que la escuchará.

Yours truly,
Jasck.

El Escándalo de Marsella y Sade (2)

29 junio, 2015

La cantárida  era una droga común en aquella época que se utilizaba como apósito por sus efectos vesicantes, supuestamente beneficiosos en ulceraciones de la piel. También era usada como afrodisiaco: apriorismo en el caso del hombre y ardores, supuesto furor uterino, en el caso de la mujer. Desde un primer momento se pensó que los caramelos que ingirieron las muchachas contenían cantárida, que en una dosis elevada produce trastornos gastrointestinales y en el aparato urinario, pudiendo llegar a causar la muerte. Examinados los bombones, no se encontró en ellos ni restos de cantárida ni de cualquier otro veneno conocido en aquella época. Se concluyó que se trataba de granos de anís envueltos en azúcar caramelizada, esto es: bolas de anís.

No cabe, como mantienen sus modernos biógrafos, que la cantárida pasase desapercibida a los expertos ya que era de uso común en aquella época. Se sospechó su presencia desde el primer momento y es fácilmente detectable a simple vista (una vez desmenuzados los caramelos se habrían detectado partículas iridiscentes verdosas típicas del polvo de cantárida). Pero más importante que las pruebas en contra (el examen de las muchachas también resultó negativo y sus síntomas no incluían el principal efecto de la cantárida: trastornos en el aparato urinario), es que no existe dato, que no sea esos primeros rumores, que permita sospechar que se consumiera cantárida o cualquier otra droga o veneno. No obstante, como ocurre con todos los sucesos de la biografía de Sade, lo que quedó y lo que queda es el primer rumor, el más morboso o el más escabroso.

El proceso contra Sade y su criado continuó adelante. Se tomó declaración a las cuatro muchachas, que se vieron obligadas a pormenorizar lo que había ocurrido aquel día, en que forma y cómo habían practicado el sexo con sus clientes. Hoy se conserva el sumario con esas declaraciones pormenorizadas de lo ocurrido entre cuatro prostitutas y sus dos clientes, de manera que ella se habrían podido ver incriminadas en el proceso si se hubiese llegado a sospechar que habían practicado la sodomía, declaraciones que sirvieron al tribunal para condenar a Sade y a su criado a dos penas de muerte a cada uno: una por sodomía y otra por envenenamiento.

Las muchachas estaban coaccionadas, ya que si se hubiera demostrado la practica de la sodomía ellas mismas podrían haber sido condenadas a muerte, y ciertos pasajes de sus declaraciones son inverosímiles. No obstante, son estas, en el mejor de los casos, las utilizadas por sus biógrafos para narrar los hechos.

Lo que pudiera ocurrir aquella tarde entre Sade, su criado y las cuatro muchachas es irrelevante. Dándole la razón a Sade, decir que de la conducta de un hombre en esos casos no puede deducirse nada sobre su carácter. Aun dando todo el valor a las declaraciones de las muchachas no puede deducirse de ellas ninguna conducta patológica en Sade como pretenden sus biógrafos. Lo mismo que podría presuponerse desviaciones sexuales o imaginación, muy propia de un carácter creativo como el de Sade.

Pero, con todo, en tales declaraciones hay un hecho que si considero importante: según ellas Sade pide que le azotasen con un látigo y ante la negativa de las muchachas desistió. Igualmente, desistiría de penetrarlas analmente ante sus negativas (esto segundo, declarar que no se practicó la sodomía era obligado, aunque se hubiese practicado ellas lo habrían negado, no olvidemos que la practica de la sodomía estaba castigada con la pena de muerte). De las declaraciones se desprende que Sade no obligó a las muchachas a hacer algo que ellas no quisieran, ni hubo quejas sobre el trato recibido.

¿Qué queda entonces del incidente? Nos queda únicamente el hecho de que Sade compartió mesa con unas prostitutas, algo de lo que no es necesario entrar en demasiados detalles. Descartado el intento de envenenamiento, que se practicara la penetración anal o no, que se golpeasen con un larigo o no, carece de interés.

El escándalo de Marsella y Sade

28 junio, 2015

En 1772, cuatro años después del incidente de Arcueil, Sade vuelve a tener problemas. Tras un encuentro en Marsella con cuatro prostitutas, dos de ellas sufrieron una indisposición e inmediatamente se pensó y se investigó sobre la posibilidad de un envenenamiento. Aunque la indisposición no pasó de eso, Sade y su criado fueron juzgados y condenados a la pena de muerte.

Sade, tras los sucesos de Arcueil, se había retirado con su mujer a La Coste, donde se dedicó a escribir, viajar a Holanda para publicar sus novelas y formar una compañía de teatro que recorría la región con un repertorio que incluía alguna de sus obras.

El 23 de junio de 1772 Sade se desplaza a Marsella con su criado. Entoría, va a recoger fondos para mantener su compañía de teatro. El 28 de junio solicita los servicios de cuatro prostitutas, con la que, él y su criado, pasan el día en su compañía. Aparentemente todo transcurre como posiblemente otras visitas de Sade a Marsella, pero en el curso de los siguientes días, varias de las muchachas una indisposición. Esto por sí solo no habría sido motivo de inquietud o recelo, pues habían comido y bebido en exceso y, en verano, en aquella época, estas indisposiciones serían relativamente frecuentes.

Pero hablamos de Sade, al que ya le perseguía su leyenda. Se deice ahora que ha experimentado los efectos de un veneno con las prostitutas. Por ello se abrió un proceso contra Sade y su criado, acusados de haber envenenado unos caramelos que ofreció a las muchachas. Dichos dulces fueron analizados sin que se descubriera rastro de veneno. Además, pasados los días, las muchachas se repusieron de su indisposición; pero todo esto no impidió que el proceso continuara ni que los rumores se extendieran, otra vez, por toda Francia.

Se rumorea que la fiesta degeneró de los simples placeres sexuales habituales a flagelaciones y sodomizaciones varias. Se afirma incluso que “degeneró en una de esas reuniones licenciosas que tanta repu­tación tenían entre los romanos; ni las mujeres más honestas pudieron resistir al furor uterino que las poseía. Fue así como M. de Sade gozó de su cuñada, con la que se fugó para escapar al suplicio que merece. Muchas personas han muerto a causa de los excesos a los que se entregaron en su horrible priapismo, y otras se encuentran aún muy fastidiadas.

Advertido que se había abierto un proceso contra él por envenenamiento y sodomía, quizá asustado por el escándalo originado y teniendo presente las consecuencias del caso de Arcueil, Sade comete un error: huyó con su criado a Italia quedando Renée encargada de su defensa. Desde ese momento y hasta su encierro de doce años en Vincennes y La Bastilla su vida sería una continua huída.

(Continuará…)

El escándalo de Arcueil y Sade (2)

25 junio, 2015

Nunca sabremos lo que pasó aquella tarde-noche en la casa de Arcueil. Los hechos probados son los siguientes:

-Sade, a primeras horas de la tarde entró en la casa con una mujer.

-A la mañana siguiente ésta, con hematomas en las nalgas, se descolgó por una ventana, saltó la verja y corriendo por las calles del pueblo, pidió auxilio a todo aquel que se encontraba.

Lo que sucediera entre esos dos momentos es un misterio. Sea como fuere, para Sade éste fue un día funesto. La huída de Keller por las calles con el torso al aire (se desgarra el corpiño en la huída), su versión, que escandaliza a quien la escucha y las heridas observadas por el doctor (aunque ella se negó por pudor a ser examinada), que certifica heridas cortantes que recorren toda la espalda. Estás y otras circunstancias generan un gran escándalo. Pronto los rumores sobre lo sucedido en Arcueil inundan París, Francia e incluso llegan a otros países de Europa.

Sade siempre declaró que se trataba de una prostituta y desde un primer momento admitió que la había azotado en las nalgas con una cuerda de nudos y que si la examinaban no encontrarían en ella ninguna herida, como así fue. Sin embargo, la ausencia de heridas no detuvo los rumores, pues la imaginción popular relacionó esta ausencia de heridas con una pomada “mágica”, que Sade habría inventado, que las habría hecho desaparecer. Se repartieron octavillas por todo París con las declaraciones de la victima y de las mujeres que la atendieron. Las gacetas de la época se encargaron de “informar” igualmente de los hechos.

El juicio se celebró en julio, siendo Sade condenado a pagar 100 libras de multa y pasar varios meses en prisión por orden real. El verdadero perjuicio para Sade fue el que su figura pasó a formar parte del imaginario popular iniciando la leyenda negra del Marqués de Sade: un aristócrata que flageló y acuchilló a una “pobre viuda” para experimentar en ella una pomada que ocultaría las heridas, logrando así escapar a la acción de la justicia. El pueblo personificaba al despotismo y a todas las tropelías cometidas por la aristocracia, que quedaban simbolizadas en la figura de Sade.

Hoy en día esta leyenda aparece en su biografía y, tal vez, sea la causa del segundo escándalo, el que llevaría a Sade a cumplir 12 años de encierro.

El escándalo de Arcueil y Sade

24 junio, 2015

En 1767, Donatien Alphonse François de Sade, ya conde de Sade (en su caso como marqués, pues era costumbre en su familia emplearlos alternativamente), y capitán comandante del regimiento del maestre de campo de caballería, estaba en su mejor momento.

Dos años después, su prestigio se vendría abajo con el famoso escándalo de Arcueil. Rose Keller, treinta y seis años, originaria de Strasbourg, viuda de un aprendiz de pastelero llamado Charles Valentin, hilandera de algodón sin trabajo desde hace un mes, se ve reducida a la mendicidad. Está pidiendo limosna en la place des Victoires, junto a la entrada de la iglesia de los Petits Péres, o “padrecitos”. Habla francés con un marcado acento alemán.

Es el 3 de abril de 1768, domingo de Pascua de Resurrección, nueve de la mañana. Un transeúnte se detiene, le da una moneda y prosigue su camino. No muy lejos, el marqués de Sade está apoyado en la verja de la estatua de Luis XIV. Llama a Rose Keller mediante señas para que se acerque y le ofrece un escudo (dos libras según las versiones) si va con él. Ella protesta: «No soy lo que creéis; yo no como de ese pan.». El marqués le asegura que se equivoca, que desea sus servicios para tareas domésticas, nada más; recibirá un sueldo y será bien alimentada.

Sólo una voz no nos presenta a Rose Keller como una mendiga. Roland Hayman dice: “Esto al menos es lo que ella declaró en su testimonio en el proceso. La versión de él es que le había explicado claramente que la quería para que tomara parte en una orgía de libertinaje.” Pero no nos dice que Sade también declaró que se trataba de una prostituta. Y tampoco nos dice que la Place des Victoires, incluso la misma iglesia de les Petits Péres, eran lugares frecuentados por las prostitutas y por aquellos que buscaban sus servicios, que eran lugares donde era habitual cerrar tratos de ese tipo, lo que lanza una más que razonable duda sobre Keller y sus motivos para estar allí.

Según la versión de la supuesta víctima, Sade contrató los servicios de una mujer llamada Rose Keller, a quien forzó, azotó y sajó en la espalda con alguna especie de navaja o cuchillo para, posteriormente, sufrir las quemaduras del lacre vertido sobre las heridas. Sin embargo, como ocurre con toda la leyenda negra sobre su vida, es difícil probar cuánto hay de cierto en las acusaciones.

La versión de Keller quedó desmentida en el proceso al no observarse ninguna herida en la victima tal y como habían sido descritas. Nos queda, pues, la versión de Sade.

Según ésta, él contrató los servicios de la Keller y una vez en la casa, tras una discusión, la azotó en las posaderas con una cuerda con nudos (las únicas heridas constatadas en la víctima fueron unos hematomas en las nalgas).

Curiosamente, en las biografías de Sade predomina el testimonio de la Keller para la descripción del suceso invariablemente utilizan su versión, aun sabiéndose que es falsa (en lo fundamental quedó probado su falsedad. La agresión que se pretende no se correspondería con la ausencia de heridas).

Sin embargo se da por buena tal versión, aunque con matices; se mantiene la versión de una atroz agresión, pero compatible con la inexistencia de heridas. Esto debe de ser así si se quiere presentar a Sade como un enfermo sádico, ya que es el único incidente de violencia física que encontramos en su biografía.

(Continuará…)

Yo, Puta (6 y último)

21 junio, 2015

Verónica empezó a conocer malos tiempos hacia el tercer mes. Los clientes fijos parecieron ir desapareciendo, salvo unos pocos, y los que los iban reemplazando o duraban poco o no eran nada recomendables, de manera, que sin tener experiencias demasiado desagradables, se encontró en una situación cada vez más odiosa para ella.

Un día uno de los “fijos” con los que tenía más confianza la notó abatida y, en lugar de irse a la cama con ella, se pusieron a hablar. Ella le confesó toda su historia y su hartazgo y él, pensantivo, le dijo que pensaría en algo.

Cuando se fue, ella olvidó el comentario al darse cuenta de que no habían tenido sexo y que el pobre cliente le había pagado. Le llamó, y él le dijo que no tenía importancia.

Tres días después él la llamó, contrató su servicio y, antes de nada, apenas hubo llegado, le pasó un papel con un nombre y un número de teléfono. Después se fueron a la cama.

Llamó al teléfono al día siguiente. Era para una oferta de secretaria. Así terminaron sus días como prostituta.

Hoy en día lo recuerdo tod ocon una especie de sonrisa irónica y un cierto punto de horror sorprendido. Si se viera en la misma situación, crée que no volvería a hacer lo que hizo. “Creo”, murmura mientras mira pensativa al cielo, “pero nunca se sabe”.

Yours truly,
Jack

Yo, Puta (5)

19 junio, 2015

Verónica trabajó en ese mundo durante cerca de cuatro meses, antes de que, por fin, sonara la flauta por casualidad y encontrara un trabajo de lo suyo que le permitió volver a tener una vida decente.

Eso sí, reconoce que en esos cuatro meses se embolsó doce mil euros contantes y sonantes, de manera que, sinceramente, hasta yo me lo estaría pensando… Bromas aparte.

Al principio Verónica lo tuvo todo bastante fácil, poqrue los clientes que le tocaron eran “normalitos”. Nada de cosas raras…lo más “raro” fue un par de solicitantes de sexo anal, que se quedaron con las ganas, pues los dos tenían el mismo problema: un pene demasiado grueso para tan estrecho canal. Que no hubo manera, por más que probaron y probaron. Un plus que Verónica perdió, desafortunadamente.

Después de tres meses de clientes tranquilos y normales, le llegó uno que ella aún recuerda con espanto. Era un personaje extraño, aficionado, según él, al BDSM pero que, por lo que me explica ella, ni era sadomasoquista ni tenía demasiada idea de lo que era eso y que, de buenas a primeras le soltó una señora hostia a la pobre Verónica que, sin saber muy bien a qué venía aquello, se la devolvió con todas sus ganas.

Al final Veronica tuvo que salir corriendo (con el dinero del servicio en el bolsillo) después de diez minutos pavorosos con un hombre que, en el mejor de los casos, era un poco idiota, y en el peor, un pobre demente.

Yours truly, Jack

Yo, Puta (4)

17 junio, 2015

Verónica recuerda aquel primer servicio como si se tratara de una especie de sueño ajeno. El cliente, muy educado y más timido todavía, y de unos treinta y pocos años, la dejó más perpleja que otra cosa.

El servicio era de una hora y el cliente pagó 150 euros, precio que, por cierto, le pareció barato. Como resume Verónica, la experiencia fue… breve.

Se desnudaron y ducharon juntos. Ella recuerda que él era muy timido y muy educado, y que ella más… en la ducha empezaron a tocarse y ella, muy pizpireta, se animó y empezó a chuparsela in situ. Él chico empezó a respirar muy profundamente y, de repente, le pidió que parada. Verónica, perpleja, pensó que había hecho algo mal y le preguntó si era el caso.

Para nada, le respondió el hombre. Lo que pasaba es que había estado a punto de caramelo, digo, de orgasmo. Así que nada, un pequeño descansito, gomita, y a empezar de nuevo. Él, muy ilusionado, le pidió que ella lo montara y, en palabras de ella, “a la tercera sacudida el pobre puso morritos, dejó escapar un largo gemido ahogado y noté cómo me soltaba un manguerazo de semen que me retumbó en la cabeza, de lo fuerte que salió“. El hombre, relajadisimo, se quedó como un gato que se había zampado medio refugio de ratones colorados.

Se ducharon, bromearon, se metieron mano y se fue. Entonces ella miró el reloj. La ordalía entera había durado apenas 25 minutos. Miró los 150 euros que tenía encima de la mesita, donde él los había dejado y, tras unos segundos de perplejidad, sonrió de oreja a oreja y se fue a duchar otra vez.

Tours truly,
P.

Yo, Puta (3)

15 junio, 2015

Verónica no cogió esa llamada. De hecho, temblorosa, salió corriendo de su casa a respirar aire fresco. Tan nerviosa estaba que reconoce ella misma con no poca sorna que estuvo a punto de salir por el balcón, con tal de alejarse del teléfono.

Ese paseo fue vital, porque, a parte de ser una de los pocas ocasiones en las que salió a la calle durante aquellos meses atroces, le dio tiempo para pensar y para ver a gente “normal” y “viva” a su alrededor. Y si ellos vivían, ¿por qué no iba a hacerlo ella?

Por eso regresó a su apartamento, decidida a coger el teléfono a la siguiente llamada. Cuando volvió a soanr el teléfono, lo desconectó.

A la tercera fue la vencida. Puso su voz más tranquila y lo que le pareció el tono más profesional y atendió al cliente telefónicamente. Después, una vez acordado de que en una hora tendría al hombre en casa para un servicio “completo” por 200 euros, se fue a dar una ducha, tomarse una tila y cagarse en todo lo que le vino a la memoria.

Porque, de primeras, estaba segura de que atender en su propia casa era una cagada como una catedral. Recién salida de la ducha decidió vestirse de la manera más normal posible. Como si estuviera a punto de salir de paseo, un poco sexy, pero nada de parecer un pendón. Y mientras se miraba al espejo pensaba:

-Joder, Vero, dónde te has metido, hija…

Yours truly,
Jack.

Yo, Puta (2)

13 junio, 2015

La vida ‘antigua’ de Verónica me trae a la memoria algunos fragmentos de la mia. Ejercía una profesión liberal que le daba unos buenos ingresos, lo que le permitía llevar la vida cómoda del que no teme nada… hasta que una súbita desgracia que pone el mundo patas arriba.

Y después de esa, viene otra. Y luego otra. Hasta que un dia Verónica se encierra en su casa. Intentó suicidarse varias veces, fracasando siempre.

Un día se hartó de fracasar y de esconderse y se puso a buscar trabajo. Ojeando internet tuvo una idea que juzgó de abusrda en un principio pero que, a fuerza de pensar, comenzó a tener su sentido y su lógica. ¿Por qué no? Total, peor de lo que estaba… Así que se fue de compras y a la esteticienne a que la ‘restaurara’. Con la ‘humanidad’ recuperada, comenta Verónica, ya podía empezar.

En su vagar por internet había encontrado una página de contactos. Tras estudiarla a fondo, se hizo una fotos sexis (mojigatas, dice ella) y colgó su anuncio: 100 euros la media hora, 200 la hora. Griego no.

Veinte minutos después tuvo la primera llamada. Como ella recuerda, “casi se me caen las bragas del susto. ¿Y ahora que hago?”.

Yours truly,
Jack


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