Archive for 30 septiembre 2015

Internet y los hatters

30 septiembre, 2015

De vez en cuando se imponen extrañas modas en internet. Últimamente abundan los denominados “hatters”. La palabra viene del inglés “to hate”, es decir, odiar y, desde mi punto de vista, es un termino desafortunado, porque, en realidad, no son “odiadores” sino la versión extra-amargada de los “trolls” de toda la vida.

Su principal característica es meterse con la gente por el mero placer de hacerlo, y creerse que fastidian o que son mejores que sus “victimas”, lo que me hace pensar que, o bien tienen un desajuste afectivo considerable y necesitan buscar atención desesperadamente, o sus vidas son tan vacías que les urgen volcar su bilis en internet ante la falta de coraje para hacerlo en la vida normal. También, supongo, tienen una baja autoestima y una carencia de vida social considerable.

Ya sea por solitud o cobardia, los hatters sólo consiguen empeorar su problema, pues siguen estando solos, ya que las personas normales les suelen mandar de paseo en cuanto les calan un poco.

Bueno… que una persona con estas carencias se apunte a una moda tampoco es que diga mucho en favor de su mediocridad. En fin, que pena de personas. Viven solas y así morirán.

Yours truly,
Jack

El Misterio de la Montaña Blanca (6)

29 septiembre, 2015

Lo primero que sintió Kat al despertarse fue la presión de las gruesas cuerdas que la mantenían atada la silla. Luego fue consciente de la voz que la llamaba.

-¿Kat? ¿Kat? ¡Kat!

Ella miró a su alrededor. Una luz fuerte la deslumbró durante unos segundos y tuvo que apartar los ojos de la claridad cegadora. La voz había desaparecido. Estaba sola en la cochambrosa habitación, una especie de antiguas duchas abandonadas y cubiertas de mugre. Comenzó a luchar contra sus ataduras cuando, de repente, una voz le dijo:

-No te muevas. Ni respires.

Y, después, el duro impacto de una hoja afilada contra las sogas, rasgándolas. Al volverse se encontró con la mirada de Mike. Aliviada, apoyó la cabeza en su pecho y, tras recuperarse, le preguntó:

-¿Mike? ¿Eres tú? ¡Suerte que me has encontrado! ¿Dónde… dónde está Jessica?

-Jessica está muerta…

-¿Qué?

-Jessica está muerta… la han matado… en esta montaña hay un psicópata que quiere matarnos a todos.

El pánico atrapó el corazón de Kat, cuyas rodillas amenazaron con desfallecer. Fue en ese momento cuando un extraño sonido, como si alguien arrastrara un objeto metálico contra el suelo, provocó que los jóvenes, sobresaltados, miraran a su alrededor, incapaces de ver o sentir nada que no fuera el angustioso sonido que parecía aproximarse hacia ellos. Sin que ninguno de los dos pudiera recordar luego cuál de los dos emprendió la huida primero se lanzaron a la carrera por el primer pasillo que encontraron y, de repente, se vieron fuera, en mitad de la ladera nevada del bosque. A sus espaldas, la boca de un túnel parecía aullar con el ritmo de una máquina.

El Misterio de la Montaña Blanca (5)

27 septiembre, 2015

La sesión de ouija resultó decepcionante. El problema, dijo Ashley, es que ni Chris ni Jessica, la novia de Mike, se tomaron la experiencia en serio. La aguja, plantada en el centro del tablero, no se había movido ni un centímetro.

– Incluso la película de terror “El ciervo psicópata” daba más miedo que esto… -fue la réplica de Chris a sus reproches.

Kat, por su parte, descansaba en la bañera, rodeada de nubes de espuma, sumergida en el agua cálida, con los ojos cerrados y siguiendo con la cabeza el compás de la música que sonaba en sus auriculares.

Mientras se secaba las últimas gotas que humedecían su piel y observaba su reflejo en el pulido cristal del espejo, Kat se dio cuenta del absoluto silencio que se escuchaba. Del resto de la casa no llegaba nada, ni rumor de conversaciones, ni risas, ni nada. Resultaba extraño y cuando Kat terminó de vestirse, bajó a la planta inferior a ver qué estaba pasando.

La mansión, sumida en la penumbra, parecía desierta. “Tal vez”, se dijo, estén en el salón, viendo una película. Pero no, también estaba desierta y en silencio.

De repente un escalofrío le recorrió la columna vertebral y se dijo que ya no estaba sola. Miró a su alrededor pero siguió sin poder penetrar la oscuridad. Sin embargo, allí había alguien con ella.

Salió del salón y se puso a pasear por toda la casa pero no había ni rastro de sus amigos. En la mesa estaba, abandonada, la tabla ouija, pero, aparte de eso, no veía por parte alguna la más mínima muestra de actividad de sus amigos.

Perpleja, se detuvo a pensar un momento cuando, de repente, a su espalda, creyó escuchar unos pasos. Lentamente se giró, notando de nuevo el familiar y desagradable escalofrío en su columna dorsal. Apenas hubo girado un poco su cabeza, una extraña y nebulosa figura blanca empezó a parecer en su campo visual. Parecía una chica pero, antes de que se mente pudiera registrar esa información, el mero hecho de que la muchacha pareciera flotar en el aire y ser trasparente se materializaron en los pensamientos de Kat, que, lanzando un grito, se lanzó a la carrera en pos de la primera puerta abierta que encontró, metiéndose en un largo pasillo y unas escaleras que, sin lugar a dudas, conducían al sótano.

Durante el momento que se paró para recuperar el aliento, mientras le parecía escuchar pasos a sus espaldas, aún tuvo tiempo de pensar “joder, al sótano no, que ahí siempre matan a la rubia tonta en las películas de terror, y yo soy muy rubia”.

Sin dudarlo, se lanzó a correr por el pasillo, con la esperanza de encontrar alguna salida en alguna parte. En la penumbra que imperaba en el estrecho corredor, no llegó a ver el pequeño diván que, volcado, estaba cruzado en mitad del paso.

Cuando sus pies tropezaron con él, mientras caía, aún tiempo tiempo para pensar “Mier…!!!” antes de que un brillante resplandor y luego la oscuridad lo llenaran todo.

El Misterio de la Montaña Blanca (4)

25 septiembre, 2015

Poco a poco fueron llegando a la casa. Primero Josh y su grupo, luego Matt y el reto, hasta que todos estuvieron dentro de los muros. Mientras Chris y Matt se peleaban con la chimenea para encenderla, el resto del grupo comenzó a tomar posesión de sus habitaciones.

Kat, ansiosa por librarse de las sucesivas capas de ropa y del gorro de piel de oso, que dentro de la casa comenzaban a hacer que sudara, se metió en su cuarto y, con rapidez del gorro y de la parka. Mientras recogía su melena dorada en una cola, se metió en el cuarto de baño y comenzó a prepararse un baño caliente.

-¿Sam? -gritó Josh desde abajo- ¿Dónde estás?

-Estoy a punto de meterme en la bañera.

-¿Necesitas una ayuda?

Kat sonrió, divertida al ver que Josh, por fin, tras sus meses de retraimiento y silencio tras su casi mortal accidente, empezaba a bromear e incluso a insinuarse.

-¡No, gracias, pero te agradezco el intento!

Fuera, en el pasillo, el tictac del reloj de cuco se mezclaba con los quejidos del viento.

En el salón, mientras tanto, la chimenea se resistía a ser encendida. Emily, una de las chicas, sonrió burlona ante los fallidos esfuerzos de los muchachos y exclamó:

-Mejor vayamos a buscar algunas mantas…

-Que falta de fe -replicó Chris.

-Vale… -dijo Josh incorporándose- Voy a bajar al sótano… sospecho que es un problema de que la principal conexión de gas no está conectada… no os vayáis, enseguida vuelvo.

Rebuscó en uno de los cajones del mueble cercano a la chimenea y, cogiendo una linterna, marchó en pos de la puerta que daba acceso al sótano.

-Si os aburrís -dijo, mirando por encima de su hombro-, por esos cajones encontrareis varios juegos de mesa -y señaló de manera vaga con la linterna hacia algunos estantes situados al lado de la silenciosa televisión de quince pulgadas.

Rebuscando, Ash y Mike encontraron algo.

-Anda, coño -dijo él-, un tablero ouija!

El Misterio de la Montaña Blanca (3)

24 septiembre, 2015

El atardecer era gris. Las nubes cubrían por completo el cielo y los copos de nieve que hacían otra cosa más que oscurecer la tarde y las oscuras y largas sombras de los pinos que se alineaban como sucesivas oleadas de verdor por las laderas de las colinas y montañas por las que serpenteaba un veloz vehículo.

En la radio alguien explicaba la extraña y trágica leyenda de la Montaña Blanca, famosa por las desapariciones que se habían producido en la misma en los últimos cincuenta años. No faltaban los teóricos de los misterios que afirmaban que la montaña era una especie de Triángulo de las Bermudas terrestre en miniatura.

Al llegar frente a las puertas de hierro que marcaban el comienzo de la propiedad, el coche se detuvo en el parking cubierto, sobre cuyo tejado inclinado la nieve resbala sin prisas. Una por una las puertas del vehículo se fueron abriendo y sus ocupantes descendieron, dejando escapar ligeros gemidos de sorpresa al comprobar lo frío del ambiente comparado con la cálida atmósfera de la calefacción del coche.

-Venimos a descansar, Josh. Yo estoy contigo y lo dominaremos.

-Gracias, Kat -tartamudeó él mientras la miraba a los ojos.

Los dedos, largos y firmes, acariciaron lenta y cariñosamente la mejilla bien afeitada y juvenil. Las uñas estaban lacadas de escarlata mate. Sobre el fondo de la mejilla, muy pálida, el color resultaba muy chillón. Mientras le continuaba diciendo palabras suaves, embelesadoras, Cris, el otro chico, comenzó a descargar el equipaje.

-¡Bueno! -exclamó mirando a sus amigos-. ¿Me vais a dar una mano o voy a tener que hacerlo yo todo solito?

La otra chica, que lucía una media melena morena, sonrió burlona y exclamó:

-¿Cómo, y privarte del honor de ser nuestro organizador del equipaje y que luego no puedas recordarnos cada cinco minutos que sin tí estaríamos perdidos?

Bajo la suave nevada, que empezaba a menguar, sonaron las risas de los cuatro chicos mientras cargaban con sus mochilas y se ponían en marcha montaña arriba.

El Misterio de la Montaña Blanca (2)

22 septiembre, 2015

Aquí.

En realidad es igual decir allí que aquí, pues en este lugar las distancias no se miden por metros ni por millas pues tal concepto, el de la distancia, no existe. Ni tampoco el del tiempo. No hay espacio, no hay lugar, sólo luces y sonido.

Es una especie de limbo, de nada, de infinito.

Arriba

La luz es cegadora, como tambièn la claridad. La paz y la calma surgen y flotan alrededor de la luz, entre las chispas que saltan y vuelan hacia todos los lugares.

Un flujo de luz se mueve entre ellas y elige a una.

-¿Estás despierto? -pregunta con su no voz-

-¿Qué quieres? -la luz responde al flujo de luz sonoro del que formó parte antes de ser emanado.

-Es la hora -la no voz no refleja matiz alguna, pero la luz reconoce un matiz de pesar en su no sonido.

-¿Otra vez? -la luz se sobrecoge. Le toca volver a pasar por ello.

La claridad se oscurece ligeramente.

Abajo

Es la oscuridad absoluta, de la que no escapa ni la imaginación ni el tiempo, donde no hay final ni principio, sólo un desierto helado sobre el que caminan, silenciosas, pesadas formas que recuerdan, si existiera tal hecho en este lugar, a lágrimas de fuego líquido.

La mayor de ellas encabeza la marcha, que avanza sin moverse, pues no tiene destino. De repente, de lo que sería su espalda si tuviera, emerge una comunicación.

-Todos hemos he sacrificarnos, pequeño -dice sin mirar a nadie, pues las llamas heladas no tienen ojos, pero su no vista alcanza a una de las llamas y le habla.

-¿No he hecho ya suficiente? -un dolor milenario responde.

-Están solos -implora el fulgor flamígero mayor.

-¿No hay otra? ¿Sólo yo? -reignación, pues la llama conoce la respuesta, y su fuego frio se estremece.

Un pequeño resplandor ruboriza la oscuridad.

Arriba

-Como tú no. Ninguno – la no voz ruega.

-No puedo hacerlo -responde cerrando los no ojos.

-No saben a lo que se enfrentan. -implora la no voz, impotente en su omnipotencia.

-¿Y quién lo sabe? -angustia, resignación, mil matices que no son muestran su miedo

La luz se debilita, abriendo paso a la noche.

Abajo

-Son valientes, jóvenes, luchadores -hay orgullo y urgencia en las palabras.

-Los otros también lo fueron -tristeza, recuerdo.

-Alguien debe de hacerlo.

-No puedo volver a pasar por eso. Duele demasiado.

Arriba

-El dolor es inevitable.

-No si me quedo aquí, y va otro.

-Entonces el dolor es para otro.

-Pero no seré yo.

La luz blanca y poderosa se convierte en un suave y aterciopelado rayo de esperanza.

Abajo

-¿Cambias un dolor por otro?

-No quiero morir.

-No puedo obligarte.

-Iré. Dame el dolor.

La luz se filtra entre las brechas de la oscuridad.

El silencio cae arriba y abajo, mientras cada parte se prepara para su destino

El Misterio de la Montaña Blanca (1)

20 septiembre, 2015

HOY

Caía una fina nevada sobre el cadáver.

Sobre el blanco manto del suelo estaban las dos sombras. Por un lado, el policía uniformado. Por el otro, el detective que dictaba notas a la grabadora de su teléfono móvil. Su corbata, negra, resaltaba sobre su camisa blanca, enmarcada por el abrigo marrón que su caballera rubia, ligeramente mojada por la nieve que, tras posarse sobre su cabeza, se iba derritiendo sin prisa.

Observaba atentamente el cadáver. Era un chico negro, de unos veintipocos años, un metro setenta, más o menos, que, arrodillado sobre el suelo, apretaba con sus manos muertas y flácidas un tremendo agujero que le habían abierto en el estómago. El rastro de sangre indicaba que había caminado bastante antes de caer muerto. A juzgar por su mirada, llena todavía de terror, el miedo le había dado fuerzas para olvidarse del dolor y de las tripas que se le iban desparramando entre los dedos con cada paso.

Quizás había venido a ese rincón apartado de la Montaña Blanca para algún acto ilegal y éste había terminado muy mal. La carretera, silenciosa, quedaba a la izquierda, a un par de centenar de metros, ocultaba por los árboles.

El detective, el teniente Grey, levantó la mirada hacia las copas de los árboles, que se empezaban a teñir de blanco. “Ningún testigo, si descontamos a algún pájaro, alguna ardilla o quizás un oso curioso que buscara comida tan abajo…” No… eso era poco probable.

El forense, como siempre, tardaba en llegar.

Una aventura inocente (relato muy corto)

19 septiembre, 2015

Llevaba, se cumplía aquel día, cuatro años siendo infiel a su mujer. Lo había llevado a ello la monotonía de su vida sexual. Se había hartado del misionero y de las pocas posturas que practicaba y quiso probar algo diferente fuera de casa, aunque sólo fuera una vez. Se aficionó a ello y, de repente, se metió una vida paralela con varias amantes, algunas veces simultáneas, otras de manera sucesiva.

Un día, tras dejar a su amante en la habitación del hotel por horas en el que se encontraban una vez a la semana, terminándose de vestir (era costumbre de él salir por separado), mientras esperaba al ascensor, envió un whatssap a su pareja:

“Reunión terminada. Voy a casa”.

Las puertas del ascensor se abrieron y allí estaba su esposa, leyendo su mensaje.

Al mirarse los dos a la cara descubrieron que, de repente, no les salían las palabras a ninguno.

FIN.

Abril Negro (17 y último)

18 septiembre, 2015

Treinta años después hubo otra guerra. Los bandos se repitieron y George, ya un hombre mayor, se vio combatiendo de nuevo a los grendelianos, como oficial de reserva de una unidad integrada por otros veteranos como él.

Irritado por no ser enviado a primera linea, George no aceptaba su nuevo destino. Ya fuera por eso o por los años, a veces su mente regresaba a los sangrientos campos de batalla del conflicto anterior con tanta fidelidad que a veces podía oler el aire putrefacto de las trincheras de aquellos tiempos tan lejanos

Sin ser consciente de ello, la mente de George desvariaba. Un buen día comenzó a creer que una joven enfermera, Cristina, era la encarnación de la Dama de la Noche, y empezó a tener extrañas ensoñaciones con ella.

Cada noche, cuando todos los demás veteranos dormían, salvo el ocasional guardia que vigilaba el perímetro del cuartel, George se deslizaba descalzo fuera de su habitación cantando en voz baja, para darse ánimos…

Si buscas el batallón
yo se dónde están,
yo se dónde están,
yo se dónde están,
si buscas el viejo batallón,
yo se dónde están:
cuelgan de la vieja alambrada
¡Yo los ví, yo los ví
cuelgan de la vieja alambrada!”

Andaba de puntillas por los silenciosos pasillos, cruzando salones y encontrando a cada paso un recuerdo, un estallido de la memoria, un relámpago de la memoria. Aquella noche se encontró con un bastón de madera pulida, muy similar al que llevó al llegar a las trincheras, tantos años atrás, para asumir el mando de su compañía.

¿Se parecía o era el mismo bastón? George, indeciso, lo miró durante largo tiempo. “He estado en más guerras de las que puedo recordar -se dijo- ¿o sólo he estado en una que no acabó nunca?” Rascándose su canosa cabeza observaba con aire de indefensa vulnerabilidad aquel bastón que tanto le recordaba. Inflexible, reanudó el paso hasta llegar a la penúltima sala, antes de entrar en la capilla donde Ella le esperaba.

En medio de la habitación un soldado colgaba del techo, andrajoso y sucio, con el uniforme hecho jirones y ribeteado por agujeros que las ametralladoras Maxim habían abierto. El ojo izquierdo abierto y la cuenca derecha vacía, privada de su ojo por un veloz proyectil. El capote, arrojado en un rincón, también emanaba un aroma asqueroso que George respiró con deleite.

Poco a poco, mientras rodeaba el cadáver camino de la capilla, el olor del gas mostaza llegó insidioso a su nariz. George escuchó claramente el rugir de una ametralladora enemiga replicada al momento por una propia y una bengala ascendió por el cielo de la habitación, iluminando las alambras que culminaban los parapetos que formaban las estanterías de libros.

Dejando la trinchera-habitación atrás, George penetró en la capilla. Estaba iluminada por una única vela. En el centro, sentada en una alta silla, le esperaba Ella, la Dama de la Noche, Cristina, tal vez ninguna de ella, vestida únicamente con un largo abrigo y unas botas altas de cuero negro, de una belleza tan parecida a la de las fotografías de treinta años atrás…

Ella extendió la mano que él besó, tras lo cual procedió a arrodillarse y quitarse la ropa, descubriendo su cuerpo, para nada joven, con las cicatrices de las heridas de la otra guerra pasada.

En silencio ella le observó mientras se quitaba la ropa. Las medallas tintinean, los botones dorados brillan a la luz de la vela y el guerrero queda doblado en tierra y el hombre, desnudo, de rodillas sobre él.

Ella deseaba desesperadamente un cigarrillo, pero, cumpliendo con su deber, permanecía en silencio. Al final, intenta mantener la compostura de la Dama de la Noche, cumplir con su papel.

Pregunta:

-¿En qué piensas, George?

-En la noche en la que nos conocimos. Las trincheras hedian, las explosiones retumbaban en la oscuridad. Mis hombres, mis pobres hombres, habían muerto esa misma mañana, asfixiados por el gas, y yo estaba solo en la trinchera avanzada. Por el cielo bajaba una bengala y bajo su luz moribunda te ví caminando por la tierra de nadie. Tus botas se hundían en el fango y las heces de los muertos, las balas silbaban a tu alrededor mientras las ametralladoras disparaban, pero tú permanecías intacta, a salvo.

Fatigado por el recuerdo, George calla antes de proseguir:

-La ametralladoras te conocían, Ama. Eran tuyas.

-Como tú.

Él recuerdo los soldados muertos a su alrededor, atrapados en mil posturas incongruentes cuando la primera luz del sol los ilumninó. Por un instante volvieron a estar vivos. George quiso tocarlos, sentir su calor.

-Gracias por tu recuerdo -le dijo entonces la Dama de la Noche- Tendrás tu premio.

El soldado muerto, sin ojo, se acerca a la Dama de la Noche, que sonríe y se levanta. La fusta aparece de la nada y golpea con violencia la carne de George una docena de veces. ¿Es su fusta, la misma, aquella?

Después de los bastonazos, ella le hace beber su orina y sus excrementos, que huelen y saben igual que el fango y el agua encharcada de Pasendaele, donde George y su compañía combatieron entre el barro, la sangre y la carne hecha liquido durante semanas de calvario sin fin. Sabe bien, sabe a guerra, sabe a camaradas desaparecidos, Los excrementos se deslizan por la garganta de George, que se vuelve a sentir joven y bien.

El olor asqueroso que se extiende por la capilla es el mismo que George respiraba en la trinchera la noche en el que la vio por primera vez, rodeado de sus camaradas muertos.

Al día siguiente, cuando fueron a preparar la capilla para el primer servicio, encontraron el cadáver de George estirando en el suelo, como un antiguo guerrero de piedra de las tumbas medievales. Las luces del amanecer se reflejaban en las medallas que descansaban sobre su pecho y acariciaban suavemente sus ojos cerrados.

Sobre el altar, un ojo muerto miraba sin ver al lado de una vela apagada.

FIN.

Abril Negro (16)

16 septiembre, 2015

La Guerra, que parecía que iba a durar para siempre, que hacía pensar que los hijos y los nietos de los soldados que combatían en ella proseguirían la labor de sus ancestros, terminó un día, tranquilamente.

Sonaron los clarines, enmudecieron las armas y los soldados, con cuidado, asomaron la cabeza por encima de los parapetos. No sonó disparo alguno, ni restalló el tartamudeo de las ametralladoras, ni tronaron los cañones.

De repente, de las trincheras grausbergianas surgió una figura. Un soldados solitario. Se quedó de pie, mirando las trincheras grendelianas y, tras un instante, realizó una profunda reverencia, lanzó su casco por los aires y, dándose media vuelta, comenzó a caminar en dirección este.

Poco a poco, otros soldados fueron copiando al primero y, tras saludar a sus hasta entonces enemigos, pusieron camino de casa. George, pasmado, no salía de su asombro hasta que, de repente, a su lado, uno de los hombres de su compañía, preguntó:

-¿Ya está, sargento? ¿Se acabó? ¿La guerra ha terminado?

El pobre hombre, que, con el casco en una mano y rascándose la cabeza con la otra, no encontraba palabras, así que, tras un pequeño silencio, replicó:

-Pues parece que sí, parece que sí…

Y, antes de darse cuenta, George se encontró camino de casa, donde le quitaron su uniforme y le devolvieron sus tropas de civil, su trabajo en la oficina y una gratificación por los años servidos por la patria.

La guerra había terminado.

Aquella guerra, al menos.

Porque, treinta años después, hubo otra.


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