Archive for 29 noviembre 2015

Hola, querid@ lector/a…

29 noviembre, 2015

Hola, querid@ lector/a…

Tras dejar al pobre Charles a solas en su mundo (a veces soy un sádico, muy tranquilo te lo digo) estoy pensando en la siguiente historia, que mezclará mi pasión por la literatura y la historia alternativa (o será la primera vez…), que juntará política y sexo, pasado y presente, misterios y leyendas y otras cosas de mi cosecha.

Te espero aquí, mi querid@ lector/a, mon semblable…

Yours truly,
Jack

Odiame, amor mío (12 y último)

26 noviembre, 2015

A fin de que todos compartiera su felicidad, Charles volvió a ser un dechado de virtud y bondad. Su hermana Martha se instaló en en apartamento con todos los lujos y comenzó a vivir allí, manteniéndolas apariencias, pero escapándose cada noche para reunirse con él. Cada noche, el placer que hallaba en sus brazos la reafirmaba en su certidumbre de ser una criminal y que el destino no tardaria en castigarla.

Los días comenzaron a pasar en lujo y festejos, y Charles estaba perpetuamente de buen humor. Bromeaba con todos y cada uno de sus empleados, que lo adoraban, y dejaba un rosario de favores y premios a su paso. Por las noches, antes de entregarse a su pasión, Charles y Martha se reunían en la terraza, donde él le explicaba los movimientos de las estrellas, que le fascinaban, y la hacía mirar por su telescopio, aunque ella permanecía cada vez más callada, más quieta, más ausente. Tras cada encuentro amoroso ella se acurrucaba junto a él, escuchándole hasta que Charles se dormía.

Ella permanecía con los ojos abiertos, contando las horas que pasaban, acercándola a la inevitable venganza del destino.

Las semanas fueron pasando hasta convertirse en meses y, una noche, tras desmaquillarse, se vio obligada a contarle la verdad a su hermano.

-Estoy al límite de mis fuerzas. Esta noche, durante la fiesta, creía que me desmayaba.

El la miró y, de repente, descubrió la mortal palidez que hasta ese momento el maquillaje había disimulado, la delgadez que sus ojos no habían apreciado, las profundas ojeras. Un terror mortal se apoderó de él.

-Estás enferma -dijo, mientras las palabras se le atragantaban en la lengua.

Los días siguientes vieron un continuo ir y venir de médicos. Ella aparentaba encontrarse mejor y él, vistiendo la máscara de la tranquilidad, fingía creerla. Cuando ella descansaba recorría la ciudad buscando iglesias cristianas, templos budistas y mezquitas árabes pidiendo ayuda a todos los Poderes, rogando por la curación de ella, para al final regresar a su lado, presa de un terror que ni su abuelo había logrado inspirarle nunca.

Martha se esforzaba por mostrarse tranquila, por él, por ella y por todos, pero, en la noche del séptimo día de enfermedad, dejó de fingir.

-Prométeme que, cuando me haya ido, te casarás con una buena chica y tendrás hijos -le dijo con una voz cada vez más débil.

-¿Pero qué dices, hermana? Te vas a poner bien, ya verás…

-Si me haces esa promesa -le dijo con una sonrisa cansada-, me ayudarás a ponerme mejor más rápido.

-Te lo juro. Así se hará.

Instantes después ella entró en agonía. En los instantes finales, inclinado sobre ella, Charles escuchaba con un terror desmedido como su respiración se volvía cada vez más pausada y fatigosa.

De repente, la escuchó decir:

-Charles… mira… las estrellas…

Al ver como si aliento se detenía y su mirada se congelaba, el terror desapareció, siendo reemplazado por un tremendo rugido al venirse el mundo abajo. Jamás había creído que podía llegar a sufrir tanto. Parecía todos los suplicios a la vez, siendo uno el peor de todos.

Estaba solo.

 

FIN

Odiame, amor mío (11)

24 noviembre, 2015

Apenas una semana después, el carácter de Charles sufrió un cambio inesperado. La causa fue que su hermana pequeña se marchara a vivir con un chico que había conocido en la universidad. La ausencia de Martha se convirtió en un peso insoportable para Charles.

Nadie podía pronunciar el nombre de ella en presencia de Charles, que cubrió su dolor con una máscara. Los que le conocían bien se dieron cuenta de que había cambiado. Su susceptibilidad llegó a extremos enfermizos, al igual que su impaciencia. Si siempre le había gustado escandalizar, sorprender y desconcertar, ahora, con una considerable maldad, planteaba preguntas y adivinanzas con retorcidos propósitos y se enfadaba si no recibía una respuesta al instante, de manera que todo el mundo, empezando por sus consejeros, procuraba evitarle.

Su pasión por las bromas, unido al poder que su fortuna le daba, lo habían vuelto temible. En una ocasión, cuando una de sus chanzas provocó la respuesta indignada de uno de sus consejeros, lo degradó a limpiabotas en el acto. Cuando lograron hacerle recuperar la razón, accedió a darle un puesto más alto: botones.

Sus excesos llegaron a oídos de su hermana. Martha quedó aterrada por lo que le iban contando. En aquellas narraciones desoladas leía su culpa. Su hermano había caído en aquella locura furiosa por su culpa. Debía regresar a su lado, aunque para ello debiera romper su juramento y desafiar al destino. Sin importarle el castigo que sus acciones pudieran tener, se puso en camino, decidida a no ser testigo inmóvil de los desmanes de su hermano, pues ella era la causa de su locura.

Cuando llegó a casa, Charles la hizo esperar varias horas antes de ir a visitarla. Cuando apareció ante él, no pudo refrenar su ímpetu y estalló en amargos reproches.

-¡Lo que haces es monstruoso! ¿No te das cuenta de que estás alejando a todos los que te quieren?

Charles se puso rígido, como el perro que se dispone a atacar.

-Tú… tú me dices eso… ¡te atreves a decirme eso después de haberme abandonado!

-Cómo has podido… has ofendido incluso a nuestra hermana, que me prometió que velaría por tí. Ahora ella también se ha ido.

-No necesito a esa imbécil.

-¡Ella te quiere!

-¡Mentira! ¡Lo fingía, como tú, como todos! Nadie me quiere.

Durante un momento Martha permaneció con la mirada baja. Al levantar los ojos vio la cara de su hermano, como cuando era niño, con una expresión esperanzada y tierna. Pero la ilusión duró sólo un instante, y ahora se enfrentaba a la cara de un desconocido que la miraba con aborrecimiento.

-Me voy a quedar a vivir aquí -le dijo, levantando la barbilla.

-¿Aquí?

-Sí, no pienso marcharme.

-¿No te marcharás? -replicó él como un eco receloso.

-No.

-¿Nunca más?

La esperanza hacía que la voz de Charles temblara, lo que dio valor a Martha.

-No. Quiero quedarme aquí. Ya nadie nos separará.

Recuperando su rostro de niño la abrazó y la estrechó con fuerza contra su pecho. Le besaba la frente, los ojos, la boca, parecía incapaz de contenerse o dominarse.

Hablando de mí…

22 noviembre, 2015

Es curioso lo que me pasa cuando se acerca el 21 de noviembre. Es el aniversario de la muerte de mi madre, y siempre me pasa lo mismo en esos días.

Cuando se acerca ese día fatídico hago mis planes, sigo mi vida como siempre, de hecho ni pienso en el día que es.

Pero llega el 20 y mi humor se ensombrece. Ese día me levanto con el ánimo sombrío y la lágrima fácil. Las horas van pasando y con ellas la sombra se extiende más y más, hasta acercarse la maldita hora en la que, al volver de trabajar, me encontré con mi madre agonizando.

Y ahí comienza el misterio de mi mente. Porque mi madre murió dos horas después, hacia la una de la madrugada del 21 de noviembre. Pero mi humor se desmorona el 20 y mi cerebro revive ese día, ese momento en el que la ví por última vez con vida, la última vez que le dí un beso, el último “te quiero”. Esa sensación extraña, por un instante, antes de salir de casa y pensar “y si hoy es su último día?”.

Ese momento horrible de volver y encontrarla agonizante. Ese bloqueo que me inmovilizó y me paralizó de puro terror al verla así.

Como me dijo el viernes alguien más sabio que yo “fuertes impresiones generan fuertes recuerdos”. Quizás por eso el 20 es el día en el que empiezo a hundirme, porque a las once y media de la noche mi mundo se vino abajo cuando ví que mi madre no reaccionaba ante nada, cuando me dí cuenta de que, efectivamente, era el final.

Por eso, quizás, y porque las largas dos horas que mediaron antes de que su respiración dejara de sonar, el 20 por la tarde me hundo y el 21 por la tarde empiezo a respirar, porque aquel 20 tuvo 26 horas, hasta que ella se apagó, y el 21 sólo 22.

Son dos días en los que no existo, en los que no estoy. En los que las sombras de aquel día horrible me arropan y me secuestran y regreso a aquel día y a aquellas horas, recuerdos que mezclo con los de ella en vida, porque ella no querría verme llorar ni triste.

Y lo intento, pero vivir in ella, sin la mujer más grande de mi vida, no es vivir, sino ir muriendo sin prisas.

Yours trully,
Jack.

Odiame, amor mío (10)

22 noviembre, 2015

Harto de la oficina, de los negocios, de todo, Charles se tomó una noche libre. Frente a la discoteca Tunnel contempló un espectáculo curioso: una larga hilera de hombres vestidos todos de esmoquin. Debería ser algún tipo de fiesta, pensó y, encogiéndose de hombros, continuó caminando.

Ese fue el último recuerdo que tuvo de esa noche. Al día siguiente, la resaca que martilleaba en sus sienes le hizo saber que se había pasado bastante. Por suerte, era domingo.

El lunes se fue a su gimnasio, Herculano. Tenía las ventajas de estar cerca de su apartamento de Manhattan y de ser privado. Le gustaba por la variedad de pesas con las que podía trabajar para ejercitarse. Era un gimnasio enorme, con cinco platas, dos piscinas, saunas y e incluso una pista de paddel. La cuota anual de socio era de seis mil dólares.

Su máquina favorita era la Starmaster, que le permitía trabajar gran parte de los músculos de su cuerpo y le ayudaba a quemar calorías de una manera bestial.

Lo que menos le gustaba era la cantidad de homosexuales (“Malditos maricones”), actores en paro y camareros de los clubs nocturnos. Los primeros porque le miraban como si fuera una chuleta sabrosa, los segundos porque le obligaban a hacer cola para poder usar algunas máquinas.

Pero el lunes no mejoró. Más bien al contrario.

Había quedado para comer con unos anmigos suyos en el Bacardia y, la verdad, fue una experiencia dolorosa. Los noventa minutos que duró la comida se le antojaron a Charles tan largos como una semana. Sentía los músculos de su cuerpos tan doloridos como si hubiera estado atado con cadenas a la silla de manera que, cuando se despidieron, estuvo a punto de llorar de alegría.

El cambio, el despertar o lo que fuera, se obró en Charles en el camino entre el Barcardia y uno de los nightclubs a los que le gustaba ir a escuchar música y relajarse.

Fue peor el remedio que la enfermedad. El local estaba atestado la música demasiado alta y la cola para pedir una bebida se le hizo eterna. De postre, la camarera era una necia de cuidado, en opinión de Charles, de manera que, después de pagar la copa, con ella ya en la mano, tuvo la ocurrencia de decirle a la chica que le encantaría llevársela a su casa para follarla ya luego arrancarle la lengua y colgarla de la lámpara.

Por suerte, la música seguía estando muy alta, de manera que la camarera no se enteró de nada, sólo vio la sonrisa de Charles, los billetes en su mano y por eso le dijo “gracias”.

Camino de su mesa, reflexionando, Charles no puedo explicarse el porqué de su estallido y menos aún su temeridad de expresar esos extraños pensamientos en voz alta.

Lo peor, de todos modos, no era poder hacer nada de lo que le había dicho a la zorra esa. Porque, sin lugar a dudas, Charles estaba convencido de eso, era una zorra de tomo y lomo.

Al llegar a su casa, antes de irse a dormir, se tomó dos Valiums y un J&B.

Odiame, amor mío (9)

19 noviembre, 2015

Nueva York, comienzos de julio de 2004.

Tumbado sobre la cama, Charles observaba una masa de cabellos rubios subir y bajar mientas la habitación se llenaba de la cadencia lenta de la música. De repente, el movimiento se detuvo.

-Continúa! -le exigió con un gemido.

Ella no estaba dispuesta a ceder la iniciativa y, dispuesta a demostrar quien llevaba las riendas, se incorporó y palpó con cuidado el coloso de carne que había contribuido a erigir con sus expertas caricias. Satisfecha con su firmeza, apoyó las rodillas a ambos lados del cuerpo de Charles y dobló las piernas apoyándose sobre la punta de los pies. Era la posición del caballo de Eros.

Con cuidado se fue empalando, con una expresión de colegiala concentrada en su rostro. Charles le ayudó arqueando la espalda. Una vez conseguido su objetivo y el coloso cautivo entre sus piernas, dejó escapar un suspiro y comenzó la cabalgada, primero con un ritmo prudente y después a mayor velocidad.

Enloquecido por el placer, Charles luchaba como un navío desarbolado haciendo frente a las crueles olas del Océano, amenazado uno por las rocas del acantilado cercano, otro por un placer voluptuoso cada vez más alto. La amazona gritó llena de felicidad y él la atrajo hacia sí para besarla en los labios.

La chica se quedó dormida con la facilidad de un niño. Charles la miró con afecto sincero. Su belleza y su encanto apenas mitigaban la desdicha del muchacho. Para él nunca existiría más que una mujer en el mundo y una única felicidad, la que había disfrutado hasta el día en el que se abuela los había sorprendido y había corrido a explicarselo al viejo Conrad.

Ese había sido su último día de paz.

Odiame, amor mío (8)

16 noviembre, 2015

Nueva York, mediados de abril de 2004.

Francis había apreciado las bromas de su sobrino Charles pero, desde su ascenso al poder, su sentido del humor se había vuelto más amargo. Ahora era imposible saber si habla en serio o se burlaba de la gente. Por eso, cuando le nombró para un alto cargo en la empresa, nadie, ni siquiera Francis, se lo había tomado en serio.

Pero sí lo era.

-Nunca he ocupado un cargo directivo .-le dijo.

-Vamos! -replicó Charles, sonriendo-. Ya sabes, tío, que con mi abuelo los cargos directivos no eran más que puros honores, por que no cuentan para nada; es el director, osea, yo, el que manda. Tú no tendrás nada que hacer.

Pero, aunque no lo dijera, sí consideraba que su tío pudiera serle útil pues, al formar parte del consejo de administración, tendría un par de orejas extra para averiguar que se cocía entre sus directivos.

Una tarde, mientras Francis le informaba de los últimos rumores, inesperadamente entró una de las primas de Charles, Martha.

Joven, apenas veintidós años, era tan bella como desvergonzada, temeraria y aventurera. Su descaro y falta de decoro era la comidilla de toda Nueva York. Por eso mismo, Charles la adoraba.

Se sorprendió, aunque sólo a medias, al ver a su tío Francis mirar embelesado a la joven muchacha, e incluso tartamudear al saludarla. Reprimiendo una sonrisa perversa, se abandonó al espectáculo de ver el descocado coqueteo de su prima con su abrumado tío.

Cuando Martha se despidió de ambos, colocando a la vez un beso en la frente de su tío y sus pequeños y duros senos contra su pecho, además su aroma a mejorana, Francis ya estaba irremediablemente cautivo de los encantos de aquella niña-mujer.

Odiame, amor mío (7)

14 noviembre, 2015

Todos los caminos nos llevan hoy a París.

Odiame, amor mío (6)

Nueva York, abril de 2004.

A veces a Charles le parecía que los largos años de inactividad bajo la égida de su abuelo habían sido un paréntesis en el limbo. Ahora, dueño de las empresas, llevaba mal no ser más que el director, y, aún siendo el dueño de la mayoría de las acciones, tener que dar cuentas de todos sus actos a los pequeños inversores que, sin riesgos alguno, extendían cada año sus manos ávidas para recoger los beneficios que las arriesgadas filigranas inversores de la empresas les dejaban, esas mismas operaciones que ellos criticaban fieramente.

Los odiaba. Los escuchaba con tedio para luego arengarlos con sus dotes innatas de orador. Pero ¡cómo los odiaba!

Sobre su mesa se acumulaban, como en tiempos de su abuelo, cientos de documentos para firmar, de manera que comenzó a considerar la idea de hacerse con un sello que fuera la reproducción fiel de su firma y le permitiera hacerlo todo con mayor velocidad. Aquel mismo día habían nombrado a John Phillips como su asesor. Era un joven abogado, conocido por sus pleitos y por no arredarse ni ante el rival más poderoso. Por lo poco que habían hablado, tampoco temía el carácter sardónico de Charles, al que replicaba con creces.

En sus primeras horas juntos, Phillips había demostrado sus buenas dotes memorísticas y, lo que más había gustado a Charles, de entender sus instrucciones a la primera y en no tardar un ápice en ejecutarlas.

Así, necesitas de amigos, de consejeros y, sobre todo, de amor, a su lado iba creciendo una pequeña corte de abogados, economistas, artistas de renombre, jóvenes adinerados amigos de la fiesta, mujeres fáciles, y no pocas prostitutas.

Decidido a no ser como su abuelo, Charles quiso conducirse con la mayor bondad posible, siendo incluso benevolente con sus venganzas.

Mientras tanto, iba invirtiendo en lujo, en ropas, en casas, en coches y en placer. Y con él Nueva York iba saliendo del estupor y los periódicos dedicaban sus editoriales al “niño maravilloso”.

Odiame, amor mío (6)

12 noviembre, 2015

Nueva York, la semana siguiente.

Encontraron al viejo Conrad muerto en su cama. Parecía haber fallecido mientras dormía y así lo confirmaron los médicos.

La semana que siguió fue vertiginosa para Charles, que se vio aupado a lo más alto del mundo, dueño de una gran empresa y el hijo predilecto de la ciudad. Entre los papeles de su abuelo se encontró un breve escrito en el que el anciano recomendaba a su nieto y heredero que tuviera cuidado cuando se encontrara al frente de la empresa. El poder, decía, era un caramelo envenenado y el poder supremo una maldición.

Una de sus primeras decisiones fue nombrar asesor suyo a Arthur, el marido de su tía Alexia. Era un personaje mezquino y egocéntrico, amargado por que el mundo no reconocía sus meritos. Despreciaba a Charles, al que consideraba un vago inútil, pero pese a ello le llamó a su lado, por los servicios que pudiera prestarle antes de… bueno, antes de dejar de serle útil.

Por el momento, tenía necesidad de sus habilidades.

Cuando al final pudo regresar a la casa familiar, suspiró aliviado por encontrarse en un lugar en el que se sentía seguro. Al ver a su hermana Lidia se detuvo en seco, como si hubiera sido fulminado por un rayo. Ella parecía igual de emocionada que él, de manera que, por unos instantes, ninguno de los dos pudieron salir de su mutismo involuntario. El silencio se eternizaba hasta que fue roto por su hermana pequeña, Ángela, que lanzando un grito de placer, lanzó escaleras abajo para cruzar la entrada y abrazarse con fiera alegría a su hermano.

Mientras acariciaba los cabellos dorados de su hermana pequeña, los ojos de Charles nose separaron ni un instante de los de Lidia.

Odiame, amor mío (5)

10 noviembre, 2015

Nueva York, octubre de 2007

El viejo Conrad celebraba su cumpleaños y, como le pasaba desde hacía un par de años, era incapaz de soportar la fiesta si no se emborrachaba.

Flotando entre los vapores del alcohol dirigió su mirada de manera imprevista hacia su nieto. Charles, sentado no muy lejos de él, lo observaba de reojo con inquietud.

-Yo debería estar muerto desde hace tiempo -le dijo con el hablar brumoso, confidencial y dubitativo de los borrachos-, pero te hago esperar y te impacientas, Charles, porque demoro tu planes.

Se puso de pie y, realizando una reverencia a su nieto, le dijo

– Lo siento.

Le hizo falta la ayuda de uno de sus ayudantes para no perder el equilibrio. Una vez se sentó de nuevo, mientras la fiesta a su alrededor parecía haberse congelado con sus palabras, miró a su nieto para ver que efecto le habían causado. Pero sobre la cara de Charles había vuelto a caer la máscara, de manera que su reacción inicial ya estaba oculta tras la prudencia y el engaño.

-Un adivino me vaticinó que viviría tantos años como tú, abuelo, de manera me gustaría verte cumplir cien años.

Conrad lanzó un breve carcajada.

-Sabes salir airoso de las situaciones más delicadas, niño. Tienes el don de la réplica oportuna y la palabra adecuada.

Hizo un además a su nieto para que se acercara y, sujetándolo por un brazo, le dijo en tono confidencial:

-Estoy rodeado por cobardes, mentirosos e imbéciles. ¿En quién puedo confiar?¡Siempre la misma pregunta! Lo difícil de estar en la cumbre del poder es no tener a nadie de verdadera confianza a tu lado. Ten cuidado con el poder, hijo, porque uno acaba matando a los que ama.

Miró a su alrededor y, viendo las caras sorprendidas que le miraban, el viejo Conrad se puso de pie y, sin decir una palabra más, abandonó la sala.

Aquella noche no tenía humor para más fiestas. Su nieto, viéndolo partir, se preguntó que parte de mentiras había oculta en aquel súbito ataque de sinceridad aparente, qué parte de estratagema en aquella confesión inesperada y qué andaba buscado su abuelo al decirle eso.


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