Archive for 30 marzo 2016

los revolucionarios (6)

30 marzo, 2016

-Hay que atrae la atención! Hay que atrapar la imaginación de la gente! -la masa bebía las palabras del orador en aquel cerrado local, el teatro de aquella parte del barrio- Hay que inquietarla! No basta con ser sincero, porque creen que eres un rojo llorón, un comunazi de esos o un chiflado. Hay que arriesgarse. Yo lo he intentado -e hizo una pausar para suspirar con tristeza, añadiendo luego con tono más reposado-, y bien sabe Dios que he pagado por ello.

Era Esteban Díaz, el párroco de una de las iglesias de Marina, de la antigua iglesia de San Agustín. Era uno de esos curas que dudaba de todo, hasta de su vocación, pero que se sentía más cerca de Dios estando cerca de los pobres o de todos los que le necesitaban. Cuando anunció los planes de protesta, me sorprendió escuchar que los principales objetivos serían tiendas de televisores.

-Por qué? -le pregunté a Guadalupe, una de las voluntarias de la organización “subversiva” que los vecinos habían montado para canalizar su enfado y su protesta.

-Porque la televisión es una gran mentira, que impide que la gente se de cuenta de cómo es realmente su vida. Es una estafa, porque la gente sólo mira lo que el gobierno y los ricos quieren, y les hacen dar vueltas, comprar lo que ellos quieren ver lo que ellos eligen, porque si no lo hacen, se pueden volver de repente los parios de la sociedad, porque no están a la moda.

Algunos de los asistentes eran partidarios de acciones duras, lo que provocó que Esteban, que se oponía tajantemente a cualquier acción violenta, se manifestara en contra. Ese grupo matizó que no querían ellos tampoco violencia alguna, sino acciones decisivas, que despertaran la conciencia de la gente.

Cuando Guadalupe y yo salimos cogidos del brazo me sorprendió la fría brisa que, en contraste con el calor que impregnaba cada rincón del teatro, parecía que estuvieramos en el Polo norte. Guadalupe se estremeció y dijo entonces:

-Estoy segura de que pronto va a pasar algo terrible.

Algo en su voz me hizo mirarla con pavor muy mal disimulado, mientras apretaba su brazo y le contaba mentiras tranquilizadoras que ni siquiera yo creía.

los revolucionarios (5)

28 marzo, 2016

Mi breve paso por los atestados juzgados se saldó con una multa de 50 euros y un apercibimiento. Mi abogado estaba más indignado que yo, pues dicho juzgado funcionaba de un modo muy simple: todo el que pasa por ahí era culpable, de manera que sus filigranas verbales habían caído en saco roto, por no decir otra cosa.

En realidad, el juzgado parecía escapado de las paginas de Lewis Carroll, pues, seguramente, su reparto de policías, jueces, abogados y encausados no hubiera desentonado en el surrealista mundo descrito por Alicia.

Los bares de la zona estaban atestados de personal de oficinas que llegaban corriendo a por su bocadillo y salían del local con la misma celeridad con la que habían llegado, de manera que dejé para más tarde el comer algo. Con demasiado tiempo libre por delante y pocas ganas de volver a casa, me encaminé hacia mi lugar de perdici{on, es decir, el Raval reconvertido en Marina, barrio para oficinistas.

Me metí a lo largo de la lujosa calle de Sant Pau, que décadas atrás era un mezcla de bares, puestos de lotería y tiendas de teléfonos móviles y ahora era el lugar más fashión de la parte céntrica de Marina, con sus inacabables tiendas de moda y sus cafés y restaurantes de diseño. De todo aquello lo único que quedaba era la vieja iglesia de Sant Pau del Camp, nacido unas décadas antes del año mil, cuando aquel lugar quedaba bien lejos de las murallas de la Barcelona medieval y la iglesia estaba en pleno campo en dirección a Montjuich.

Ahora, pues, se encontraba rodeaba de aquel vendaval de modernidad que las milenarias piedras observaban con un cierto aire de burlón desencanto. Mientras paseaba por las calles recordaba las fotografías del viejo Raval e intentaba superponerlas sobre el actual trazado de las de Marina. Las estrechas, sucios y oscuras, casi medievales, calles de finales del siglo XIX y de comienzos del XX habían dejado paso para las amplias, limpias y luminosas calles de aquel barrio que se había levantado sobre los restos del antiguo barrio.

Marina había sido pensada para clase profesional asalariada adiestrada a respetar y adorar sus tótems tribales: la educación privada, las cenas y fiestas privadas y un calculado y disimulado desdén hacia las “clases inferiores”, no exento de temor por si algún día se escapaban de los bajos fondos personas lo suficientemente brillantes e inteligentes que pudieran desplazarlos y incluso arrojarlos de su idílico paraíso.

En aquellos restaurantes se concentraba la lumpenintelectualidad de periodistas y políticos que discutían todas las maneras posibles de arreglar el estado, practicando ese deporte que todas las clases sociales de todos los tiempos y lugares han practicado con mayor o menor brío desde que Cain dirimió con Abel sus diferencias pastoriles a golpe de quijada.

Pobre del que se le hubiera ocurrido señalar que Marina, en realidad, seguía siendo un ghetto como lo había sido el Raval en su día. Hoy entre sus confines se agolpaban decentemente los mandos intermedios y los funcionarios del Estado, en sus viviendas de precios asequibles, con lo justo para ir tirando. Detrás de mí estaba el puerto deportivo, pegado al comercial, del tamaño de un inodoro y con un olor muy similar.

Y al girar una esquina, me encontré con otra muchedumbre protestando. Esta vez no me paré a averiguar si era una tienda de viajes o de mascotas y salí corriendo como si Ozzy me persiguiera para pedirme que le prestara dinero. Pero apenas hube dado un par de pasos, alguien me agarró del brazo y yo, lanzando un grito poco heroico, casi de abuela desvencijada, me metí de cabeza en un portal iluminado y digno de un video de los Duran Duran.

No es que no seas sumisa…

27 marzo, 2016

No es que no seas sumisa,
no es que no sirvas para esclava.
Lo que te pasa, vida mía,
es que hay mucho tontolaba.

Ya sea por las prisas
o por la falta de lucidez
o por las cincuenta sombras malditas:
hay un exceso de estupidez.

Si conquistar de palabra
complicada tarea es,
más difícil lo ponen
al exhibir su inmadurez.

Gilipoema dedicado a una dama achuchable asedidada por una horda de tontolculos.

Es un placer disoluto redux

26 marzo, 2016

Es un placer disoluto
pararme a mirarte un minuto
y regodearme tranquilote
viéndote menear ese cipote.

Es un placer disoluto
y sin ser nada hijoputo
envidio al humano
al que tienes tan mano

y tan bien cogido, caracola,
que estoy por hacerte la ola,
mientras te imagino embelesADA
y pienso qué hacer con esta empalmADA.

felíz me sonrío
y tengo un escalofrío
(reconocerlo no me espanta)
que va de mi polla a mi garganta.

*gilipoemacasierótico dedicado a la dama achuchable que me aficionó a las bicis y al sushi.

Los revolucionarios (4)

26 marzo, 2016

Si hubiera dependido del dolor de mis riñones, no hubiera vuelto por el Raval, pero el destino lo quiso así. Yo estaba paseando por el puerto aquel día, pasando por debajo de la estatua de Colón, rumbo a las Ramblas, cuando el sonido de un millar de sirenas me llamó la atención. Ante mis sorprendidos ojos y en dirección a Marina (ese Raval posmoderno) aceleraban por el Paralelo una jauría de coches de policía y furgonetas de los antidisturbios que ya, por habitual, se habían convertido en un espectáculo familiar que llamaba poco la atención, salvo por la cantidad de vehículos y su prisa.

Así que, olvidando como pude el dolor de mi cuerpo, me puse en marcha siguiendo la caravana de policía que no tardó en detenerse unos cuantos de cientos metros más allá. La imagen era apocalíptica: una turbamulta de gente furiosa gritaba slogans contra una tienda que, a juzgar por su ira, debía ser la Madre de Todas las Desgracias.

Sin embargo, era una tienda de mascotas especializada en gatos. Y a juzgar por el tumulto, aquello iba a terminar muy mal.

“Joder”, me dije asombrado mientras me sentaba en un banco. “La que están liando por unos gatos”. Si hubieran protestando ante un banco, una inmobiliaria quizás me hubiera sorprendido menos, pero ver a aquellos amables vecinos de clase media lanzando gritos y mostrando su ira ante la tienda y los policias me dejaba perplejo.

De repente, una chica joven, jadeante y sin aliento, se sentó a mi lado para recuperarse un poco antes de volver a embestir a los agentes del orden con su ira.

-¿Qué pasa? le dije.

-Estamos protestando.

-Ya lo veo.

-La gente se compromete mucho, ¿sabe? -si intentaba avergonzarme con mi falta de compromiso, la pobre iba algo desencaminada.

-¿Con los gatos?

-Son prisioneros políticos. Forman parte del negocio de las multinacionales que luego compran los votos con sus millones.

Mi asombro me robó la respuesta. Al producirse un aumento en el griterio, ella apartó su mirada de mí para lanzar un vistazo a la multitud y marcharse para reunirse con sus camaradas.

De repente estalló el lío. La policía levantó sus escudos transparentes y, enarbolando sus porras, cargaron contra la muchedumbre. Unos pocos huyeron, pero otros, armados con palos y trozos del mobiliario urbano, contracargaron a la policía. Ver a aquella panda de la clase media repartiendo violencia como los mejores quinquis del Raval habría emocionado, sin duda alguna, a Makinaja.

Cuando una bala de goma pasó zumbando junto a mi oreja, mi pasmo se fue de paseo, superando por la conciencia deque, de seguir allí, me iban a hacer daño o algo peor.Y como no tengo ánimo para parecerme a la Steele de las sombras famosas y como tampoco me gusta que me peguen más palos que a una estera, me dispuse a salir corriendo cuando ví una imagen que me dejo petrificado en el sitio.

Mi buen amigo Ozzy, corriendo con toda su enorme humanidad, arrastrando a dos policías que se agarraban a sus piernas y a los que arrastraba por el suelo en su carrera.

“Ostia”, me dije, “la metahistoria cobra vida”. La pedantería escogía un curioso momento para hacer acto de aparición. Entonces, un dedo me golpeó suavemente el hombro, arrancándome de mis reflexiones literarias. El dedo pertenecía a un policía que me miraba con ánimo jocoso y burlón.

-¿Qué? ¿Pasando el rato y manifestándose un poco?

Antes de poder decir ni mú me encontré esposado. El policía, mientras me aseguraba las esposas en la muñeca me dijo:

-¿Tienes algo en contra de los gatos?

La inspiración me vino de repente. Cabeceando hacia los rotos escaparates de la tienda, donde se veían algunas jaulas vacías, huérfanas de sus forzosos y ahora escapados prisioneros, dije:

-No, sólo en contra de las jaulas.

-Qué lástima… -me dijo el agente, dándome la vuelta y mirándome con cara de pena-. Porque te has ganado que te metamos en una.

Hay que joderse, me dije. Me ha tocado un policía guasón.

Los revolucionarios (3)

24 marzo, 2016

Cuando llegué por primera vez a Marina, algunos meses atrás, lo hice por pura curiosidad. Maite, una amiga mía periodista, estaba investigando las protestas que comenzaban a aparecer en el antiguo barrio del Raval.

La ocasión para la excursión al barrio era algo insólita. A lo largo del boulevard de las Atarazanas (la antigua avenida había sido reconvertida en un largo desfile de tiendas, cafeterías y lugares de glamour con los que conectar la Rambla del Raval y el puerto) se acumulaba una gran cantidad de personas que se manifestaban indignadas. ¿La razón? Las agencias de viajes del lugar. Y las del mundo en general.

Protestaban porque las agencias de viajes se habían convertido en el “opio para el pueblo”. La gente se dejaba sus ahorros para ir a un país desconocido del que sólo verían lo que los guías (adoctrinados por los gobiernos) quisieran enseñarles, regresando para descansar a sus hoteles donde los locales, explotados por una miseria, les servirían con la misma devoción y entusiasmo que los siervos medievales habían doblado el espinazo ante sus señores feudales varios siglos atrás.

Sí, estaban manifestándose contra las agencias de viajes como habían hecho la semana contra las de las de mascotas, protestando entonces por la vida que sufrían las mascotas, encerradas en sus jaulas antes de ser vendidas y abandonados en las carreteras y gasolineras en cada periodo vacacional.

La policía les observaba con aburrimiento, lo cual siempre me ha parecido peligroso, pues cuando la policía se aburre se suele distraer de muy mala manera, porque se siente harta, porque no quiere estar ahí pudiendo encontrarse en otro sitio haciendo algo más de su agrado. La maldición del trabajador.

Ver a abogados, oficinistas, profesores y secretarias protestando y llevando pancartas no dejaba de sorprenderme. Pero, por lo que Maite me iba diciendo, esa empezaba a ser una imagen habitual en Marina.

Yo, que había visto las fotografías de la zona cuando era el Raval, me descubría divagando a veces sobre el aspecto sombrío que las casas bajas y sus gentes de un no tan lejano pasado, y el contraste por con los altos edificios de hormigón y cristal y sus educados (aunque ahora ruidosos) protestantes. No parecía el mismo lugar, aunque el boulevard siguiera, más o menos, el trazado de la antigua avenida.

Cuando llegamos cerca de la antigua Rambla del Raval y ví las furgonetas de los antidisturbios me sorprendí. La curiosidad me duró lo justo, hasta que la primera carga de la policía puso a los manifestantes en fuga.

Y a mí con ellos. Por desgracia, no corrí lo suficientemente rápido y un par de amables policías me patearon las costillas en agradecimiento por mi visita a la zona. Entre dos manifestantes me sacaron de ahí.

Y así fue como conocí a los revolucionarios.

Los revolucionarios (2)

22 marzo, 2016

Cuando llegué a la Plaza de la Universidad se estaba produciendo una revolución. A mis espaldas llegaba el rumor del tráfico de las calles que rodeaban la plaza mezclado con las sirenas de las ambulancias y de los coche de bomberos y los policías. Frente a mi estaba el barrio de Marina, el antiguo Raval, convertido en una visión apocalíptica, con las calles cortadas por barricadas y coches volcados. De los balcones colgaban pancartas reivindicativas y algunas columnas de humo se elevaban en diversos puntos del barrio, señalando la presencia de varios edificios incendiados.

A mi alrededor, policías perplejos y periodistas entusiasmados pululaban como mosquitos molestos. Un poco más lejos, los soldados que cubrían las posiciones de bloqueo en torno al barrio rebelde oteaban con inquietud el silencioso panorama de edificios y tiendas, mientras se iban montando nuevos puestos de vigilancia a lo largo de la Rondas de Sant Pau y Sant Antoni, del Paralelo y las Ramblas y en la calle Pelayo. Me recordó a las historias que había leído cuando, treinta años atrás, habían desalojado a la comunidad gitana de la calle Cera a golpes de porra, balas de goma y chorros de agua a presión (los habitantes del Raval que habían aceptado el desalojo forzoso y abandonado sus casas por las buenas, gitanos o no, se podían contar con los dedos de una mano). La mayoría acabó por levantar barricadas y se había negado pese a todo a abandonar sus casas. Muchos no lo hicieron hasta que los muros empezaron a derrumbarse a su alrededor cuando se iniciaron las demoliciones. Algunos no lo hicieron nunca y quedaron enterrados bajo los escombros.

Ahora, lo que había empezado como una fiesta que se había pasado de madre era ya un caótico lío en el que nadie tenía claro qué estaba pasando. Porque, la verdad, era realmente sorprendente lo que estaba pasando. Que los agradables y excesivamente cultos habitantes de Marina se hubieran lanzado a las calles a protestar ruidosamente era algo inaudito. ¿Estaban recuperando los hábitos contestatarios de todas las generaciones de obreros que habían vivido en la zona un siglo atrás?

Supongo que si la policía hubiera sabido de amistad con David Martín, el líder espiritual de la revuelta, el doctor Moreau del Raval, y de mi extraña relación con Cristina López, la amante de ambos, yo, en lugar de estar de testigo de una revolución poco corriente, me hubiera encontrado esposado en una celda. Pero no era el caso, así que me encontraba en el grupo de expertos que el ministerio del interior había reunido para tratar aquella crisis, pues los policías no parecían los más indicados para tratar con revolucionarios de clase media, demasiado educados y demasiados pacíficos para representar una amenaza.

O esa, al menos, era la teoría.

Ante mí se extendían las silenciosas y vacías calles de Marina, con sus edificios postmodernos, salpicados aquí y allí por las estructuras de hierro y cristal de hoteles y grandes almacenes. A lo lejos se veía la pira funeraria del Hotel Barceló Raval, cuya estructura empezaba a derrumbarse lentamente sobre la antigua Rambla del Raval (ahora avenida de Trias Fragas).

Aquello era la revolución, pero no la del proletariado desesperado que quería romper con sus cadenas milenarias, sino la de la educada clase media. Era la revolución de los funcionarios, de los médicos, de los agentes de seguros, de los arquitectos y de los directores de bancos. No era la furiosa protesta de los parias de la tierra, la rabia terrorífica de la famélica legión, sino la rabia de la flora y nata de la sociedad.

Era, simplemente, el mundo al revés.

Los revolucionarios (1)

20 marzo, 2016

nota: la idea para esta narración, a medio camino entre la historia alternativa y la intriga policíaca, se me ocurrió esta mañana de la manera más absurda: leyendo una receta para hacer un pastel de cerezas.

Año 2050. Barcelona

Cuando sesenta años atrás se les ocurrió transformar el Raval en un barrio digno, supongo que a nadie en el ayuntamiento se le pasó por la cabeza lo que nos está pasando hoy.

Inmersos en la preparación de los juegos olímpicos, a Maragall y sus consejeros el Raval les parecía un problema sin solución.  Prostitución, drogas, marginalidad, crímenes, el barrio tenía todo lo malo, a ojos de los edíles. Reunidos en el despacho del alcalde día tras día, el problema permanecía allí, desafiante.

-Ojalá se lo tragara en la mar o lo aplastara un meteorito, cualquier cosa! -rugió un exasperado concejal- Cualquier cosa con tal de librarnos de ese maldito barrio.

Así se les ocurrió la idea. En lugar de remozarlo, en lugar de, mientras duraran las olimpiadas, “sanearlo” temporalmente, iban a reconstruir el Raval de los pies a la cabeza. Iba a costar un esfuerzo ingente, miles de millones, pero lo iban a hacer.

Y lo hicieron. Fue un proceso fascinante que duró veinte años. Si los vecinos llegaron a confiar que el reemplazo de los alcaldes socialistas por los de CiU o luego los de estos por los de Barcelona en Comú iba a detener el faraónico proyecto, se equivocaron de medio a medio.

Nunca sabremos el exacto coste económico que supuso la demolición de un barrio entero y la construcción de otro, ni tampoco el humano, pues más de cien mil personas fueron bruscamente desalojadas de sus viviendas y acomodadas en otras partes de la ciudad, en la periferia y en barrios alejados del centro de la ciudad. Y allí donde estuvo alguna vez el Barrio Chino de leyenda al que cantara Gardel, se alzó un paraíso para la clase media, a medio camino entre una urbanización gigantesca y un extraño parque natural para seres humanos con estudios y trabajo, con sus escasos edificios históricos o culturales que escaparon a la demolición.

El Raval dejó ser el Raval para convertirse en el barrio de la Marina, aunque el mar sólo le pilla de refilón.

Es un goloso placer absoluto

19 marzo, 2016

Es un goloso placer absoluto
el imaginarte desnuda,
pero imaginarte encuerada
me vuelve un panda disoluto.

Porque me gustas más que el sushi,
que los donuts y el bambú,
sobre todo cuando repartes “zascas!”
a diestro y siniestro, viva tú!

Tú nada más que con tu abrigo,
yo empandado y con mi bufanda…
mejor me callo y no lo digo
que mi imaginación se desmanda

Y aún me sacudes, mozuela,
que nos vamos conociendo
así que sin poderte darte un tiento
mejor te mando un beso, rediela!!!

Gilipoema inspirado por el abrigo de cuero de una dama a la que adoro achuchable y lascivamente.

Reflexiones breves sobre el sexo (3)

18 marzo, 2016

Hoy en día el problema no es encontrar información sobre el sexo, sino saber navegar ante la avalancha de datos que se nos viene encima. Lo que encontramos en abundancia no es tanto “información” o “conocimientos” sino opiniones que a veces distorsionan más que clarifican.

Internet, tanto para cuestiones de sexo como para cualquier otra, se asemeja a una biblioteca de libros sin índice ni secciones. Todo ello contribuye, como dijera Foucault en su momento, a que, al estar sobreexpuestos a hablar del sexo, en realidad no lo hacemos. El sexo, el verdadero, queda oculto en la maraña de opiniones, rumores, mentiras y chascarillos que pululan por la red.

Hablamos sobre el sexo sin hablar sobre él.

Yours truly,
Jack.


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