Los revolucionarios (2)

Cuando llegué a la Plaza de la Universidad se estaba produciendo una revolución. A mis espaldas llegaba el rumor del tráfico de las calles que rodeaban la plaza mezclado con las sirenas de las ambulancias y de los coche de bomberos y los policías. Frente a mi estaba el barrio de Marina, el antiguo Raval, convertido en una visión apocalíptica, con las calles cortadas por barricadas y coches volcados. De los balcones colgaban pancartas reivindicativas y algunas columnas de humo se elevaban en diversos puntos del barrio, señalando la presencia de varios edificios incendiados.

A mi alrededor, policías perplejos y periodistas entusiasmados pululaban como mosquitos molestos. Un poco más lejos, los soldados que cubrían las posiciones de bloqueo en torno al barrio rebelde oteaban con inquietud el silencioso panorama de edificios y tiendas, mientras se iban montando nuevos puestos de vigilancia a lo largo de la Rondas de Sant Pau y Sant Antoni, del Paralelo y las Ramblas y en la calle Pelayo. Me recordó a las historias que había leído cuando, treinta años atrás, habían desalojado a la comunidad gitana de la calle Cera a golpes de porra, balas de goma y chorros de agua a presión (los habitantes del Raval que habían aceptado el desalojo forzoso y abandonado sus casas por las buenas, gitanos o no, se podían contar con los dedos de una mano). La mayoría acabó por levantar barricadas y se había negado pese a todo a abandonar sus casas. Muchos no lo hicieron hasta que los muros empezaron a derrumbarse a su alrededor cuando se iniciaron las demoliciones. Algunos no lo hicieron nunca y quedaron enterrados bajo los escombros.

Ahora, lo que había empezado como una fiesta que se había pasado de madre era ya un caótico lío en el que nadie tenía claro qué estaba pasando. Porque, la verdad, era realmente sorprendente lo que estaba pasando. Que los agradables y excesivamente cultos habitantes de Marina se hubieran lanzado a las calles a protestar ruidosamente era algo inaudito. ¿Estaban recuperando los hábitos contestatarios de todas las generaciones de obreros que habían vivido en la zona un siglo atrás?

Supongo que si la policía hubiera sabido de amistad con David Martín, el líder espiritual de la revuelta, el doctor Moreau del Raval, y de mi extraña relación con Cristina López, la amante de ambos, yo, en lugar de estar de testigo de una revolución poco corriente, me hubiera encontrado esposado en una celda. Pero no era el caso, así que me encontraba en el grupo de expertos que el ministerio del interior había reunido para tratar aquella crisis, pues los policías no parecían los más indicados para tratar con revolucionarios de clase media, demasiado educados y demasiados pacíficos para representar una amenaza.

O esa, al menos, era la teoría.

Ante mí se extendían las silenciosas y vacías calles de Marina, con sus edificios postmodernos, salpicados aquí y allí por las estructuras de hierro y cristal de hoteles y grandes almacenes. A lo lejos se veía la pira funeraria del Hotel Barceló Raval, cuya estructura empezaba a derrumbarse lentamente sobre la antigua Rambla del Raval (ahora avenida de Trias Fragas).

Aquello era la revolución, pero no la del proletariado desesperado que quería romper con sus cadenas milenarias, sino la de la educada clase media. Era la revolución de los funcionarios, de los médicos, de los agentes de seguros, de los arquitectos y de los directores de bancos. No era la furiosa protesta de los parias de la tierra, la rabia terrorífica de la famélica legión, sino la rabia de la flora y nata de la sociedad.

Era, simplemente, el mundo al revés.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: