Los revolucionarios (3)

Cuando llegué por primera vez a Marina, algunos meses atrás, lo hice por pura curiosidad. Maite, una amiga mía periodista, estaba investigando las protestas que comenzaban a aparecer en el antiguo barrio del Raval.

La ocasión para la excursión al barrio era algo insólita. A lo largo del boulevard de las Atarazanas (la antigua avenida había sido reconvertida en un largo desfile de tiendas, cafeterías y lugares de glamour con los que conectar la Rambla del Raval y el puerto) se acumulaba una gran cantidad de personas que se manifestaban indignadas. ¿La razón? Las agencias de viajes del lugar. Y las del mundo en general.

Protestaban porque las agencias de viajes se habían convertido en el “opio para el pueblo”. La gente se dejaba sus ahorros para ir a un país desconocido del que sólo verían lo que los guías (adoctrinados por los gobiernos) quisieran enseñarles, regresando para descansar a sus hoteles donde los locales, explotados por una miseria, les servirían con la misma devoción y entusiasmo que los siervos medievales habían doblado el espinazo ante sus señores feudales varios siglos atrás.

Sí, estaban manifestándose contra las agencias de viajes como habían hecho la semana contra las de las de mascotas, protestando entonces por la vida que sufrían las mascotas, encerradas en sus jaulas antes de ser vendidas y abandonados en las carreteras y gasolineras en cada periodo vacacional.

La policía les observaba con aburrimiento, lo cual siempre me ha parecido peligroso, pues cuando la policía se aburre se suele distraer de muy mala manera, porque se siente harta, porque no quiere estar ahí pudiendo encontrarse en otro sitio haciendo algo más de su agrado. La maldición del trabajador.

Ver a abogados, oficinistas, profesores y secretarias protestando y llevando pancartas no dejaba de sorprenderme. Pero, por lo que Maite me iba diciendo, esa empezaba a ser una imagen habitual en Marina.

Yo, que había visto las fotografías de la zona cuando era el Raval, me descubría divagando a veces sobre el aspecto sombrío que las casas bajas y sus gentes de un no tan lejano pasado, y el contraste por con los altos edificios de hormigón y cristal y sus educados (aunque ahora ruidosos) protestantes. No parecía el mismo lugar, aunque el boulevard siguiera, más o menos, el trazado de la antigua avenida.

Cuando llegamos cerca de la antigua Rambla del Raval y ví las furgonetas de los antidisturbios me sorprendí. La curiosidad me duró lo justo, hasta que la primera carga de la policía puso a los manifestantes en fuga.

Y a mí con ellos. Por desgracia, no corrí lo suficientemente rápido y un par de amables policías me patearon las costillas en agradecimiento por mi visita a la zona. Entre dos manifestantes me sacaron de ahí.

Y así fue como conocí a los revolucionarios.

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5 comentarios to “Los revolucionarios (3)”

  1. melbag123 Says:

    Me gusta mucho este relato. Ozzy también está aquí? Es historia verídica?

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