Los revolucionarios (4)

Si hubiera dependido del dolor de mis riñones, no hubiera vuelto por el Raval, pero el destino lo quiso así. Yo estaba paseando por el puerto aquel día, pasando por debajo de la estatua de Colón, rumbo a las Ramblas, cuando el sonido de un millar de sirenas me llamó la atención. Ante mis sorprendidos ojos y en dirección a Marina (ese Raval posmoderno) aceleraban por el Paralelo una jauría de coches de policía y furgonetas de los antidisturbios que ya, por habitual, se habían convertido en un espectáculo familiar que llamaba poco la atención, salvo por la cantidad de vehículos y su prisa.

Así que, olvidando como pude el dolor de mi cuerpo, me puse en marcha siguiendo la caravana de policía que no tardó en detenerse unos cuantos de cientos metros más allá. La imagen era apocalíptica: una turbamulta de gente furiosa gritaba slogans contra una tienda que, a juzgar por su ira, debía ser la Madre de Todas las Desgracias.

Sin embargo, era una tienda de mascotas especializada en gatos. Y a juzgar por el tumulto, aquello iba a terminar muy mal.

“Joder”, me dije asombrado mientras me sentaba en un banco. “La que están liando por unos gatos”. Si hubieran protestando ante un banco, una inmobiliaria quizás me hubiera sorprendido menos, pero ver a aquellos amables vecinos de clase media lanzando gritos y mostrando su ira ante la tienda y los policias me dejaba perplejo.

De repente, una chica joven, jadeante y sin aliento, se sentó a mi lado para recuperarse un poco antes de volver a embestir a los agentes del orden con su ira.

-¿Qué pasa? le dije.

-Estamos protestando.

-Ya lo veo.

-La gente se compromete mucho, ¿sabe? -si intentaba avergonzarme con mi falta de compromiso, la pobre iba algo desencaminada.

-¿Con los gatos?

-Son prisioneros políticos. Forman parte del negocio de las multinacionales que luego compran los votos con sus millones.

Mi asombro me robó la respuesta. Al producirse un aumento en el griterio, ella apartó su mirada de mí para lanzar un vistazo a la multitud y marcharse para reunirse con sus camaradas.

De repente estalló el lío. La policía levantó sus escudos transparentes y, enarbolando sus porras, cargaron contra la muchedumbre. Unos pocos huyeron, pero otros, armados con palos y trozos del mobiliario urbano, contracargaron a la policía. Ver a aquella panda de la clase media repartiendo violencia como los mejores quinquis del Raval habría emocionado, sin duda alguna, a Makinaja.

Cuando una bala de goma pasó zumbando junto a mi oreja, mi pasmo se fue de paseo, superando por la conciencia deque, de seguir allí, me iban a hacer daño o algo peor.Y como no tengo ánimo para parecerme a la Steele de las sombras famosas y como tampoco me gusta que me peguen más palos que a una estera, me dispuse a salir corriendo cuando ví una imagen que me dejo petrificado en el sitio.

Mi buen amigo Ozzy, corriendo con toda su enorme humanidad, arrastrando a dos policías que se agarraban a sus piernas y a los que arrastraba por el suelo en su carrera.

“Ostia”, me dije, “la metahistoria cobra vida”. La pedantería escogía un curioso momento para hacer acto de aparición. Entonces, un dedo me golpeó suavemente el hombro, arrancándome de mis reflexiones literarias. El dedo pertenecía a un policía que me miraba con ánimo jocoso y burlón.

-¿Qué? ¿Pasando el rato y manifestándose un poco?

Antes de poder decir ni mú me encontré esposado. El policía, mientras me aseguraba las esposas en la muñeca me dijo:

-¿Tienes algo en contra de los gatos?

La inspiración me vino de repente. Cabeceando hacia los rotos escaparates de la tienda, donde se veían algunas jaulas vacías, huérfanas de sus forzosos y ahora escapados prisioneros, dije:

-No, sólo en contra de las jaulas.

-Qué lástima… -me dijo el agente, dándome la vuelta y mirándome con cara de pena-. Porque te has ganado que te metamos en una.

Hay que joderse, me dije. Me ha tocado un policía guasón.

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