los revolucionarios (5)

Mi breve paso por los atestados juzgados se saldó con una multa de 50 euros y un apercibimiento. Mi abogado estaba más indignado que yo, pues dicho juzgado funcionaba de un modo muy simple: todo el que pasa por ahí era culpable, de manera que sus filigranas verbales habían caído en saco roto, por no decir otra cosa.

En realidad, el juzgado parecía escapado de las paginas de Lewis Carroll, pues, seguramente, su reparto de policías, jueces, abogados y encausados no hubiera desentonado en el surrealista mundo descrito por Alicia.

Los bares de la zona estaban atestados de personal de oficinas que llegaban corriendo a por su bocadillo y salían del local con la misma celeridad con la que habían llegado, de manera que dejé para más tarde el comer algo. Con demasiado tiempo libre por delante y pocas ganas de volver a casa, me encaminé hacia mi lugar de perdici{on, es decir, el Raval reconvertido en Marina, barrio para oficinistas.

Me metí a lo largo de la lujosa calle de Sant Pau, que décadas atrás era un mezcla de bares, puestos de lotería y tiendas de teléfonos móviles y ahora era el lugar más fashión de la parte céntrica de Marina, con sus inacabables tiendas de moda y sus cafés y restaurantes de diseño. De todo aquello lo único que quedaba era la vieja iglesia de Sant Pau del Camp, nacido unas décadas antes del año mil, cuando aquel lugar quedaba bien lejos de las murallas de la Barcelona medieval y la iglesia estaba en pleno campo en dirección a Montjuich.

Ahora, pues, se encontraba rodeaba de aquel vendaval de modernidad que las milenarias piedras observaban con un cierto aire de burlón desencanto. Mientras paseaba por las calles recordaba las fotografías del viejo Raval e intentaba superponerlas sobre el actual trazado de las de Marina. Las estrechas, sucios y oscuras, casi medievales, calles de finales del siglo XIX y de comienzos del XX habían dejado paso para las amplias, limpias y luminosas calles de aquel barrio que se había levantado sobre los restos del antiguo barrio.

Marina había sido pensada para clase profesional asalariada adiestrada a respetar y adorar sus tótems tribales: la educación privada, las cenas y fiestas privadas y un calculado y disimulado desdén hacia las “clases inferiores”, no exento de temor por si algún día se escapaban de los bajos fondos personas lo suficientemente brillantes e inteligentes que pudieran desplazarlos y incluso arrojarlos de su idílico paraíso.

En aquellos restaurantes se concentraba la lumpenintelectualidad de periodistas y políticos que discutían todas las maneras posibles de arreglar el estado, practicando ese deporte que todas las clases sociales de todos los tiempos y lugares han practicado con mayor o menor brío desde que Cain dirimió con Abel sus diferencias pastoriles a golpe de quijada.

Pobre del que se le hubiera ocurrido señalar que Marina, en realidad, seguía siendo un ghetto como lo había sido el Raval en su día. Hoy entre sus confines se agolpaban decentemente los mandos intermedios y los funcionarios del Estado, en sus viviendas de precios asequibles, con lo justo para ir tirando. Detrás de mí estaba el puerto deportivo, pegado al comercial, del tamaño de un inodoro y con un olor muy similar.

Y al girar una esquina, me encontré con otra muchedumbre protestando. Esta vez no me paré a averiguar si era una tienda de viajes o de mascotas y salí corriendo como si Ozzy me persiguiera para pedirme que le prestara dinero. Pero apenas hube dado un par de pasos, alguien me agarró del brazo y yo, lanzando un grito poco heroico, casi de abuela desvencijada, me metí de cabeza en un portal iluminado y digno de un video de los Duran Duran.

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Una respuesta to “los revolucionarios (5)”

  1. melbag123 Says:

    Durán Durán! Eso! Qué flash back!

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