los revolucionarios (6)

-Hay que atrae la atención! Hay que atrapar la imaginación de la gente! -la masa bebía las palabras del orador en aquel cerrado local, el teatro de aquella parte del barrio- Hay que inquietarla! No basta con ser sincero, porque creen que eres un rojo llorón, un comunazi de esos o un chiflado. Hay que arriesgarse. Yo lo he intentado -e hizo una pausar para suspirar con tristeza, añadiendo luego con tono más reposado-, y bien sabe Dios que he pagado por ello.

Era Esteban Díaz, el párroco de una de las iglesias de Marina, de la antigua iglesia de San Agustín. Era uno de esos curas que dudaba de todo, hasta de su vocación, pero que se sentía más cerca de Dios estando cerca de los pobres o de todos los que le necesitaban. Cuando anunció los planes de protesta, me sorprendió escuchar que los principales objetivos serían tiendas de televisores.

-Por qué? -le pregunté a Guadalupe, una de las voluntarias de la organización “subversiva” que los vecinos habían montado para canalizar su enfado y su protesta.

-Porque la televisión es una gran mentira, que impide que la gente se de cuenta de cómo es realmente su vida. Es una estafa, porque la gente sólo mira lo que el gobierno y los ricos quieren, y les hacen dar vueltas, comprar lo que ellos quieren ver lo que ellos eligen, porque si no lo hacen, se pueden volver de repente los parios de la sociedad, porque no están a la moda.

Algunos de los asistentes eran partidarios de acciones duras, lo que provocó que Esteban, que se oponía tajantemente a cualquier acción violenta, se manifestara en contra. Ese grupo matizó que no querían ellos tampoco violencia alguna, sino acciones decisivas, que despertaran la conciencia de la gente.

Cuando Guadalupe y yo salimos cogidos del brazo me sorprendió la fría brisa que, en contraste con el calor que impregnaba cada rincón del teatro, parecía que estuvieramos en el Polo norte. Guadalupe se estremeció y dijo entonces:

-Estoy segura de que pronto va a pasar algo terrible.

Algo en su voz me hizo mirarla con pavor muy mal disimulado, mientras apretaba su brazo y le contaba mentiras tranquilizadoras que ni siquiera yo creía.

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Una respuesta to “los revolucionarios (6)”

  1. melbag123 Says:

    Ya me dio frío…

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