Archive for 30 junio 2016

Barcos fantasmas: Los barcos fantasmas de los Grandes Lagos.

30 junio, 2016

Los más famosos son el carbonero W H. Gilcherwas, perdido en los estrechos de Mackinac en 1892, que suele aparecer por las inmediaciones de la isla Mackinac envuelto en niebla, pero no es el único. Está el Nashua, desaparecido en el lago Huron, y el Edmund Fitzgerald cuya tripulación maldita vaga en condenación eterna.

El Western Reserve ha sido visto en las aguas de Deer Park, Michigan. Esta goleta se hundió en abril de 1892 y era propiedad del financiero Peter Minch, que se hunidó con su barco, que es avisto en la zona del hundimiento. Extrañamente, el capitán Truedell del Servicio Salvavidas de los Grandes Lagos soñó detalladamente con lo accidente, de manera que reconoció el cadaver de Minch cuando llegó flotando a la orilla.

La goleta Erie Board of Trade, ha sido vista en Saginaw Bay. El barco maldito desapareció en el lago Huron en 1883, hundido, al parecer, por un fantasma. El capitán había ordenado a uno de sus marinos que subiera al mastil principal, aunque el hombre sabía que no era seguro. El marino subió y se cayó desde lo alto, matándose. Pronto, su fantasma comenzó a aparecerse. La tripulación contó esta historia mientras estaba en puerto y, al salir en su segundo viaje, desaparecieron. Se dice que se aparece en el Deer Park, Michigan, en la Peninsula Superior del Lago Superior, 50 millas al oeste de Sault St. Marie. El barco se hundió 15 millas al oeste de Deer Park.

Mi duda es: con tanto buque fantasma en los Grandes Lagos -la cantidad de buques hundidos en la zona es impresionante-, ¿alguien ha pensado en cobrarles peaje?

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Barcos fantasmas: el Caleuche

30 junio, 2016

El Caleuche, un barco mítico fantasma en el folklore y la mitología local de Chilota de la Isla de Chiloé en Chile. Es semejante a leyendas de muchas otras culturas marítimas.

Según la leyenda, el Caleuche es un gran barco fantasma que navega los mares alrededor de Chiloé de noche. Aparece como un velero hermoso con los sonidos de una fiesta a bordo, pero desaparece rápidamente otra vez. Los mitos reclaman que es tripulado por miraneros ahogados y dirigidos por tres figuras figuras mitológicas chilenas, tres sirenas. Una vez abordo, el muerto puede resumir su existencia como si estuviera vivo otra vez.

Otras fuentes indican que poderosos brujos conforman su tripulación, y que sólo navega por las noches, jamás con luz de día. Según la creencia popular estos brujos son los que recogen a las personas que han muerto ahogadas de las profundidades del mar para ser acogidas en la vida eterna. Si bien la embarcación brinda hogar a aquellos que han naufragado, no es igual de gentil con aquellos que se han atrevido a dirigirle la mirada de frente. Los tripulantes castigan a los “osados” torciéndoles la boca o la espalda, e incluso en ocasiones, dándoles la muerte. El que quiera mirar al buque y no sufrir el castigo de la torcedura, debe tratar de que los tripulantes no se den cuenta. Para ocultarse de las miradas no deseadas, el Caleuche tiene la facilidad de transformarse en un simple madero flotante o simplemente hacerse invisible. Otros lo identifican como el barco que se oculta en la neblina que él mismo genera para esconderse de las personas.

No obstante, el Caleuche también puede ser compasivo. Cuando navega cerca de las costas y se apodera de ciertas personas, las lleva a visitar ciudades instaladas en el fondo del mar, revelándoles las ubicaciones de las grandes fortunas ocultas en el mar y permitiéndoles gozar de ellas con la amenazante condición de que mantengan esos secretos hasta la muerte. Si no lo hacen se exponen a ser severamente castigados por los “brujos” tripulantes. Las malas lenguas dicen que cuando un comerciante logra hacerse de una rápida fortuna, es debido a que ha tenido contactos ocultos con el barco “fantasma”. Algunos creen que el Caleuche proporciona la ayuda a barcos en apuros; otros dicen también que regresa una vez al año, para que los ahogados de la tripulación puedan ayudar a sus familias.

Relatan que los tripulantes tienen una sola pierna para andar y que la otra está doblada por la espalda, por lo tanto andan a saltos y brincos. Todos son idiotas y desmemoriados, para asegurar el secreto de lo que ocurre a bordo.

Cuando el Caleuche necesita reparar su casco o sus máquinas, escoge de preferencia los barrancos y acantilados, y allí, a altas horas de la noche, procede al trabajo.

Vagabundo (5)

29 junio, 2016

Poco tardó Peter en líos y se encontró en medio de un peculiar triángulo amoroso (el primero de unos cuantos) cuando mantuvo una relación con una mujer casada a espaldas de su novia, Naomi. Por mi parte seguía viéndome (y mucho más) con Magde. Recuerdo aquellos encuentros con una sonrisa, recuperando mi memoria la ansiedad y expectación que cada cita me provocaba.

Al final pasó lo que tenía que pasar. Peter se fue enredando cada vez más en su tela de araña, cada día más fascinado por su casada y más consciente de que Naomi no podía darle nada que no tuviera ya o quisiera. Fue la primera crisis de nervios que una mujer le provocaba, la primera de muchas. Decidió poner pies en polvorosa, y para ello necesitaba dinero… que consiguió vendiendo algunas joyas que le robó a su amante. Quemados los puentes con tal ruindad, huyó. Como escapó del país es algo que desconozco. Él lo definía como “una mezcla de suerte y capacidades teatrales”.

Ozzy, por supuesto, quiso ir tras sus pasos, y los imitó a la perfección. le robó unas cuantas joyas a su amante y vino a verme en mitad de la noche, medio asustado, medio felizmente acelerado por la emoción de creerse (o saberse) un criminal. Así que, tras empeñar un par de cosas y comprar sendos billetes de avión, salimos por patas del país, no antes de que los de aduanas nos hicieran pasar un mal rato.

Y así pusimos los tres camino de Gran Bretaña… pasando por Hong Kong. En el barco descubrí una curiosa manía de Ozzy. Cada mañana se iba a la piscina del navío, nadaba un par de largos y, ante la mirada lánguida de las damas allí presentes, tras hacer unos cuantos ejercicios de estiramiento, se golpeaba el pecho con los puños y soltaba un grito a lo Tarzán.

-Es lo que hacen los gorilas antes de aparearse. ¡A las mujeres les encanta! -decía Ozzy, totalmente convencido de sus palabras. Y añadía. – Las mujeres, benditas sean, son más eróticas y cochinas que los hombres y mucho más pervertidas, no lo olvides.

Peter le daba la razón con todas sus ganas mientras yo me temía que, en cualquier momento, un lío de los dos haría que nos lanzaran por la borda.

Poemas inesperados (3)

28 junio, 2016

No sopla el viento cuando empieza mi guarda,
el mar está tranquilo y espera,
y me acuesto en ese cielo de espejo,
una vela sin descanso.
Cierro mis ojos,
digo las palabras de poder
para que la suave brisa
que mueve los mares
llene mis velas.

Las olas de susurro cubren
de nubes el cristal,
despierto por fin como un amante
que se apresura por entre
la amable covnersaciòn
dando vueltas y más vueltas
hasta que llega a mi oído su nombre,
que me suena tan extraño
a pesar de escucharlo tan claro.

Y gritaré tu nombre
a través de los mares vacíos.

Poema inesperados (2)

28 junio, 2016

En estos tiempos de sobre
tenemos la oportunidad de pasar la página,
de escribir lo que queremos escribir,
y deemos lograrlo antes de hacernos viejos.

Todos somos hijas
e hijos de alguien
(hijos de algo sin duda
pero con dudas hidalgos)

Es tiempo de estar unidos,
de reconocer el poder de nuestro interior
de ceer que podemos, de que
todo puede ser mejor.

Poema inesperados (1)

28 junio, 2016

Eres un diamente pulido
que ahora se siente algo rudo,
Conozco de sobra
el tiempo que llevas buscando
el toque perfecte.

Y veo en tus ojos,
oh sí, puedo decirlo,
que estás ap unto
de dejarlo corerr todo.

Porque esa chica
de la que estás enamorado
te hace latir el corazòn

más rapido.
No puedes decir que
ya no la deseas más…

Acepta mi palabra,
porque sabes que es verdad.
No es para tí
ni te va a llenar nunca

Barcos fantasmas. Jian Seng

28 junio, 2016

El Jian Seng es un barco fantasma, un petrolero de 80 metros de origen desconocido que se apareció 180 kms suroeste de Weipa, Queensland en el Golfo de Carpentaria por un avión guardacostas australiano en 2006. Se tomaron fotografías y fueron analizadas en la aduana australiana, que expidió a la nave Storm Bay inmediatamente.

La Storm Bay llegó durante la noche y esperó hasta la mañana antes de lanzar abordar la nave. No había signo de actividad humana reciente a bordo, ni ningún signo que indicara que practicara la pesca ilegal o contrabando. Un portavoz de la Aduana australiana se dirigió los medios el 24 de marzo, 2006 para indicar que ellos habían sido incapaces de obtener pruebas documentales de su puerto de origen, pero que las pruebas recuperadas indicaron la nave era el Jian Seng, aunque el nombre y las características de identificación se habían pintado encima del anterior

Una gran cantidad de arroz que se encontró a bordo hizo creer que la nave se utilizó probablemente como un barco de apoyo para barcos pesqueros con alimento y combustible en aguas fuera de la zona económica exclusiva australiana y que se había roto el remolque y el mar lo había llevado a su posición actual. Se afirmó que había ido a la deriva por un tiempo excepcionalmente largo antes de ser encontrado y que los motores eran inoperables e incapaces ser encendidos de nuevo. Se partido informó también que navegaba lentamente hacia el sur. Por el estado del barco, dañado extensamente, se sugirió que podía haber estado en su camino a un dique para desguace cuando su remolque rompió.

El Storm Bay controló el barco durante varios días antes que se decidiera remolcarlo a puerto. Como ningún dueño del barco pudo ser localizado, fue remolcado mar adentro el 21 de abril de 2006 y hundido.

Barcos fantasmas: Octavius

26 junio, 2016

El Octavius fue un barco fantasma encontrado cerca de Groenlandia por el ballenero Herald en 1775.

Al abordarlo se encontró la tripulación entera bajo cubierta: muerta, congelada, y casi perfectamente preservado. El cuerpo del capitán estaba, según cabe suponer, todavía en la mesa en su cabina, la pluma en una mano con el libro del capitán delante de él. El grupo de abordaje tomó sólo el libro antes de dejar la nave. La última entrada era del 11 de noviembre de 1762, por lo que se cree que el barco estuvo perdido en el Artico durante 13 años.

Aparentemente, el Octavius había dejado Inglaterra con rumbo hacia Oriente en 1761, y llegó en su destino el año siguiente. El capitán se apostó regresar por el traicionero (y entonces indómito) Pasaje del noroeste, con el resultado de que la nave quedó atrapada en el hielo del mar al norte de Alaska; así, podría ser que el Octavius hiciera el Pasaje del noroeste de manera póstuma ,tras haber perecido su tripulación, congelada en los hielos. El barco nunca fue visto de nuevo tras su encuentro con el Herald.

Vagabundo (4)

25 junio, 2016

Cuando Peter y yo nos conocimos, ambos estábamos en el arroyo, sin una triste moneda en el bolsillo y muertos de hambre. Se nos unió un tercer compañero en pobreza, un pintoresco personaje dotado de un nombre tan complicado que optamos por llamarle “Ozzy”.

Nunca llegué a saberlo, pero Peter encontró una manera de que los tres pudiéramos comer. Cuando me lo explicó tuve la certeza que ese día acabaríamos igual de hambrientos pero, además, con el culo pateado a conciencia. Y eso si teníamos suerte.

La idea era, de puro simple, demasiado buena para ser verdad. Vestidos con nuestras mejores ropas nos colaríamos en uno de los hoteles más caros de la ciudad y, tras comprar uno de nosotros un paquete de cigarrillos, nos dirigiríamos, con toda la tranquilidad del mundo, al restaurante del hotel, donde nos pondríamos las botas con el buffet libre. Ozzy estaba fascinado con la idea, yo algo menos, pues no me acababa de creer que fuera a ser tan fácil. Teníamos dinero para el paquete, sumando el escaso dinero en nuestros bolsillos, pero no creía que fuera a funcionar.

Pero para mi pasmo, todo salió a la perfección. Entramos, yo temblando de puros nervios y Peter, con toda su calma, se encaminó hacia el estanco del hotel, compró el tabaco, y, tras dirigirnos a la zona de fumadores, nos sentamos como perfectos caballeros y fumamos nuestros cigarrillos. Estaba tan nervioso que ni me acordaba de que no fumo, pero el humo se encargó de recordarmelo rápidamente, y nos fuimos a comer, entre las risas de mis amigos y mis toses.

Y comimos, ¡vaya que si lo hicimos! Como reyes, hasta que nuestros estómagos amenazaron con reventar. Y lo mismo al día siguiente, y así por dos semanas, hasta que nuestra fortuna nos sonrió todavía más y nos encontramos los tres camino de los Estados Unidos.

Todo empezó de nuevo de manera harto inverosímil. Entramos en el hotel como de costumbre, con la cabeza bien alta, aunque nuestros bolsillos estaban más vacíos que nunca, caminando con el aire del que posee medio mundo y está camino de comprar el otro medio. Y allí estaba Magde P, una bella dama, cerca de los cincuenta, casada, con dinero. Y era demasiada mujer para cualquiera de los tres, una mujer de mundo, que había estado en todas partes, que lo había visto todo.

En cuanto puse mis ojos sobre ella supe que era inalcanzable pero Peter no estaba de acuerdo, y, en cuanto tuvo la oportunidad, se fue a por ella… justo cuando Magde se levantó de su mesa y, con paso seguro, se cruzó con él y vino a por mí, y me hizo una pregunta trivial sobre cómo llegar a una calle, y eso nos llevó a una conversación muy animada que nos llevó a los cuatro a su mesa, donde cenamos sin dejar de hablar en todo momento.

A la hora de pagar la cuenta fue muy lista. Nunca supimos cómo, pero la cuenta estaba pagada. Ella podía pagar y lo hacía, y los tres salimos del local perplejos. Y, tras empaquetar a mis amigos con unos cuantos billetes, se despidió de ellos para marcharse conmigo a su casa. Cuando me reuní con ellos al día siguiente, entre carcajadas me felicitaron por el éxito y, cuando quise disculparme por haberles abandonado, Peter, carcajeándose, me dijo:

-¿Pero que tonterías es esa? ¿Qué ibas a hacer, dar las buenas noches, tomarte una cocacola y volverte a casa escocido de escroto para arriba? ¡Venga ya!

A los pocos días los tres teníamos compañía femenina y vivíamos sendos romances que nos parecían excitantes y aterradores al mismo tiempo, mientras ascendíamos hacia un cielo que antes parecía muy lejano, pero los cierto es que, a las dos semanas, yo estaba destrozado, porque la naturaleza ninfomaníaca estaba agotando mis inagotables reservas juveniles.

Entonces Peter hizo algo que nos llevó a cambiar de aires con urgencia.

Barcos fantasmas: Baychimo

24 junio, 2016

El Baychimo era un carguero de vela de 1.322 toneladas, elegante, bien proporcionado, con casco de acero, construido en Suecia en 1914, pertenecía a la Compañía de la Bahía de Hudson. Se lo utilizaba para recoger y transportar las pieles que los cazadores esquimales Inuit vendían en las costas de la isla Victoria, en los Territorios del Noroeste canadiense. Con su gran chimenea, su proa larga y alta y su sólida construcción, era capaz de resistir a los icebergs y a los bancos de hielo de los mares polares.

Fue una de las primeras embarcaciones que se utilizó para el comercio de pieles con las factorías esquimales del mar de Beaufort. Circulaba regularmente -cumpliendo un periplo de unos 3.200 kilómetros- por una de las zonas de navegación más traicioneras del mundo. Todos los años emprendía el mismo viaje, penoso y difícil, siguiendo un itinerario bien definido: distribuía víveres, combustible y otras mercancías, y hacía escala sucesivamente en ocho factorías de la Compañía de la Bahía de Hudson, cargando a bordo cueros y pieles.

El 6 de julio de 1931, el Baychimo zarpó de Vancouver, en la Columbia Británica, para emprender su recorrido habitual, con John Cornwell como capitán y una tripulación de 36 hombres. Todos suponían que, como de costumbre, la travesía sería difícil, pero nadie sospechaba que se trataba del último viaje del Baychimo, o más bien de su último viaje “con hombres a bordo”.

Noche y día, bañado por la luz brumosa de un sol que nunca se pone, el Baychimo navegó hacia el este y alcanzó al término de su viaje las costas de la isla Victoria. Tras cargar las bodegas, el capitán, aliviado, ordenó hacer rumbo a Vancouver. Lamentablemente, ese año el invierno llegó muy pronto a las vastas y desiertas extensiones del Gran Norte. Los vientos fueron tan violentos, las heladas tan intensas, que los bancos de hielo, el enemigo más temido de los marinos, se formaron en el sur mucho más rápido que de costumbre. El 30 de septiembre no quedaba más que un estrecho paso de aguas navegables; el 1 de octubre, el hielo lo obstruyó por completo y el Baychimo quedó atrapado.

Con las máquinas detenidas, paralizado por el hielo, a merced de una masa helada y quebradiza, el carguero quedó bloqueado frente a Barrow, una aldea de Alaska donde la Compañía había hecho construir algunas cabañas cerca de la orilla. Al advertir la amenaza de una violenta tormenta de nieve, el capitán ordenó a sus hombres franquear la extensión helada de casi un kilómetro que los separaba de los refugios. Tras una marcha sumamente penosa, permanecieron encerrados en las cabañas durante dos días, medio muertos de frío e imposibilitados de salir al exterior. Se produjo entonces un hecho extraordinario, el primero de una serie que jalona la historia del Baychimo. Sin el menor signo precursor, la masa de hielo aflojó su abrazo y se apartó de los flancos del navío, que recobró así la libertad. La tripulación se precipitó a bordo, y durante tres horas el barco avanzó a todo vapor hacia el oeste. Por muy poco se había evitado la catástrofe. Pero, nuevamente, el hielo se cerró como una tenaza en torno al pequeño carguero. Recién el 8 de octubre la masa helada se resquebrajó con un impresionante crujido, agrietando el terreno próximo al barco en el que los miembros de la tripulación jugaban al fútbol.

La embarcación se dirigió a marcha lenta hacia la costa, pero al capitán Cornwell ya no le cabía duda de que, por sólido que fuera su pequeño barco, los hielos lo triturarían como una cáscara de nuez. Los tripulantes confiaban aun en salvarse, ellos con su barco, pero el 15 de octubre la situación tomó tal cariz que la Compañía de la Bahía de Hudson envió para socorrerlos dos aviones de la base de Nome, a unos mil kilómetros de distancia. Recogieron a 22 hombres de la tripulación del Baychimo; el capitán y otros 14 hombres permanecieron en el lugar esperando el momento en que el deshielo liberaría al barco con su valioso cargamento. Como sabían que la espera podía durar un año, construyeron en el banco de hielo, a aproximadamente un kilómetro y medio del litoral, un pequeño refugio.

Su estadía iba a ser tan breve como pasmosa… El 24 de noviembre, una noche oscura como boca de lobo, se levantó una tempestad terrible, inmovilizando a los hombres en su refugio de madera. Cuando volvió la calma, en medio de las tinieblas heladas descubrieron que el Baychimo había desaparecido bajo una montaña de nieve de más de veinte metros de altura. Aunque exploraron atentamente los alrededores, no encontraron huella alguna del desafortunado barco; llegaron a la conclusión de que, despedazado por la tormenta, había terminado por hundirse.

Ganaron entonces tierra firme e iniciaron los preparativos del regreso. Pero, pocos días más tarde, un cazador de focas esquimal llegó con una noticia increíble: había visto el barco a unos 70 kilómetros de allí, hacia el sudeste. El Baychimo comenzaba a transformarse en barco fantasma, un juguete a la deriva en la inmensidad polar, a merced de la fuerza todopoderosa de los hielos, los vientos y el océano. Guiados por los esquimales, los quince hombres avanzaron con gran dificultad hasta el lugar indicad: en efecto, allí estaba el Baychimo. El capitán Cornwell comprendió que no tenía ninguna posibilidad de salvar su barco: el hielo era más fuerte. Hizo retirar de la bodega las pieles más valiosas y después, con lágrimas en los ojos, él y sus hombres abandonaron al Baychimo para siempre. Un avión los llevó de regreso a sus hogares.

Pasaron los meses. Un día, la sede de la Compañía, en Vancouver, recibió de los esquimales la información de que se había vuelto a ver al Baychimo que se creía perdido desde hacía tiempo, esta vez a varios centenares de kilómetros al este del punto donde se lo había abandonado. El 12 de marzo de 1932, Leslie Melvin, un joven cazador que se dirigía en trineo de la isla Herschel a Nome, divisó el carguero. El Baychimo flotaba tranquilamente cerca de la costa. Melvin logró subir a bordo y comprobó que aun quedaban numerosas pieles intactas en la bodega. Solo, sin equipo apropiado y a centenares de kilómetros de su base en Alaska, le resultó imposible traerlas de vuelta.

Algunos meses más tarde, un grupo de buscadores de petróleo volvió a ver la embarcación. Lograron también subir a bordo, donde todo seguía en perfecto orden. En marzo de 1933, el Baychimo volvió aproximadamente al punto donde su capitán lo había dejado: flotaba perezosamente en las aguas que comenzaban a helarse. Un grupo de unos treinta esquimales llegó hasta él en kayak. En el preciso momento en que subían a visitarlo estalló una terrible tormenta, que los obligó a permanecer encerrados en el barco fantasma, sin alimentos, durante diez días antes de poder partir. En agosto del mismo año, la Compañía de la Bahía de Hudson supo que el Baychimo se dirigía plácidamente hacia el norte, pero se encontraba en una zona demasiado alejada para intentar una operación de salvamento. En julio de 1934 un grupo de investigadores y exploradores que navegaban en una goleta visitaron el barco y permanecieron en él algunas horas.

La leyenda del pequeño barco con una gran chimenea gris se habla difundido entre los esquimales del Artico; muchos de ellos lo divisaban de tanto en tanto durante sus desplazamientos. En septiembre de 1935, el Baychimo llegó a las costas de Alaska. Conseguía siempre escapar a las trampas que le tendía el hielo y sobrevivía a las peores tempestades polares. La naturaleza parecía incapaz de destruirlo, y los hombres, de salvarlo. Después de 1939 fueron muchos los esquimales pero también los exploradores, comerciantes o aviadores que vieron al Baychimo. Durante años, surco, solo y sin nadie a bordo, miles de kilómetros de aguas heladas. En marzo de 1963 un pequeño grupo de esquimales, que pescaban en kayak, volvió a ver el carguero. Flotaba, sereno, frente al litoral desierto del mar de Beaufort. Esta vez no había ningún medio de llegar hasta él; dejaron que el viejo casco herrumbrado, pero siempre vivo, desapareciera nuevamente. La última vez que se divisó al Baychimo fue en 1969, o sea treinta y ocho años después de haber sido abandonado, otra vez prisionero del hielo entre Icy Cape y punta Barrow.


Oh, Loth.

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