Archive for 30 septiembre 2016

El Raval: Ayer y hoy (36)

30 septiembre, 2016

La degradación del Raval se aceleró. Al aumentar la inseguridad la oferta de bares, restaurantes y cervecerías del entorno empezaron a perder clientes, que cambiaron su perfil. La situación se deterioraba en torno a la Plaza Real a diario. Raro era el día que no había peleas entre las bandas que operaban en sus alrededores. Por ello, a mediados de los años 80 la plaza Real era considerada como uno de los “puntos negros” de Barcelona. Al submundo de la droga se le sumó el de la compra-venta de objetos robados, que alcanzó grandes proporciones y ante el cual la policía se confesaba impotente.

Resultaba arriesgado pasear por la Rambla a según que horas. La prostitución estaba presente las 24 horas. El trecho comprendido entre el Café Cosmos y el Frontón Colón estaba repleto de mujeres apoyadas contra la pared o deambulando por la acera. En los días y horas puntos se juntaba una multitud de prostitutas y clientes que discutían los pormenores del “negocio” mientras esperaban que se desocupara uno de los mueblés cercanos. A la entrada de la calle Gínjol, frente al bar Los Cabales, se estacionaban muchas yonquis y gitanas que asaltaban al cliente para proponerle mil historias. Algunas trabajaban en pareja y, en ocasiones, se robaba con la misma facilidad que hablaban. Con las yonquis se podía negociar el precio del servicio en especie: un reloj, una chaqueta de piel. Al otro lado de la calle grupos de travestís caminaban para perderse por la calle Santa Mónica en dirección a la de Montserrat, donde había gran número de ellos.

La droga también cambió la fisionomía de la calle Escudellers y alrededores, repitiéndose escenas parecidas pero cambiando los nombre de las calles y de los lugares, como el del Chalet, una antigua casa de huéspedes reconvertida en un mueblé donde menores argelinas y marroquíes llevaban a sus clientes para poder pagarse su dosis. Un personaje con pintas de macarra les proporcionaba las papelinas ,y las chicas, tras pagar en el acto, se pinchaban con absoluta tranquilidad allí mismo.

En el Raval se tensa la situación. El mundo marginal contiene la delincuencia más lumpen. La miseria era la misma, la prostitución no había cambiado demasiado, salvo por la presencia de los yonquis, los travestidos o los camellos extranjeros. Los signos de la decadencia final se veían con claridad en las persianas cerradas de bares y comercios, en los carteles de “se vende” o “se alquila”, en las pensiones que trabajaban en régimen de “camas calientes”, donde los clientes se turnaban constantemente en el uso de las habitaciones.

La incidencia de la droga en el Raval era devastadora. Era normal encontrarse un yonqui muerto en una esquina o encontrarse centenares de jeringuillas en solares. La droga había traído al Raval una nueva clase de desesperación.

En 1989 el proceso de reforma y rehabilitación de Ciudad Vella, hasta entonces poco perceptible, cobró un impulso importante con la expropiación y derribo de edificios degradados en las manzanas comprendidas entre las calles Sant Ramón, Nou de la Rambla, Sant Oleguer y Barberà, uno de los puntos de mayor densidad marginal de Barcelona. Primero, a partir de abril la policía nacional y la guardia urbana aumentaron sus efectivos en la zona, para acabar con la inseguridad, y se procedió a realizar una inspección exhaustiva de todos los bares, mueblés y pensiones de la zona, cerrando muchos de ellos por no cumplir la normativa. Luego interviene la piqueta y, en diciembre de ese año, ya no quedaba en pie ninguno de los 24 inmuebles de la zona. El derribo de lo que fuera la “Isla Negra” de los años 50 y 60 marca la muerte definitiva del antiguo Barrio Chino. En 1992 otra veintena de edificios de la calle San Ramón serán derribados. La batalla continuaba.

Un motivo para el derribo de estas calles se encuentra en el mercado de la droga, que, a mediados de los ochenta, tenía su mercado instalado en Arc del Teatre, Sant Ramón, Sant Oleguer, Robador, Sant Jeroni, Hospital, La Lluna, Lleó y Ferlandina. En la plaza Real, Escudellers, Nou de Sant Francesc, Rull y Còdols, el tráfico era frecuente y abundante. Clanes mafiosos de quinqis, gitanos, árabes, paquistaníes, sudamericanos y, más tarde, de raza negra, se disputaban el negocio.

En Sant Ramón se concentraban prostitutas, travestidos, macarras, drogadictos, camellos y peristas; indigencia y hacinamiento eran la decoración habitual de la calle. La mayoría de los bares de la zona vivían indirectamente de la prostitución

Las Trece Rosas (15)

29 septiembre, 2016

A las cuatro de la mañana de 5 de agosto de 1939 llegó a Venta el camión viejo y destartalado que iba a buscar a las muchachas: Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brissac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelaida García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente,

Una a una cruzaron el portalón de madera. Aún era noche cerrada. Sólo las luces del camión y de las farolas aportaban algo de iluminación. Caminaron en silencio hasta el vehículo y subiera su parte trasera, acompañadas por la funcionaria María Teresa Igual, en representación de la prisión. Las presas iban de dos en dos, con tres Guardia Civiles escoltando a cada pareja. La madre de Virtudes González era el único familiar que se encontraba en la puerta de la prisión y pudo ver como montaban a su hija en el camión para llevarla a la muerte. Gritó “Canallas, asesinos! Dejad a mi hija!” e intentó correr detrás del vehículo hasta que cayó de bruces. Las funcionarias de las Ventas, no sabiendo qué hacer con ella, la metieron en la prisión, donde quedó ingresada.

En un cajón de la mesa de la directora de Ventas estaban las peticiones de indulto de las muchachas. Se ignora la causa por la que no fueron tramitadas, pero tampoco hubiera servido de mucho que las hubieran cursado. Sus sentencias eran un acto de venganza, y no iba a ser la primera vez que el régimen se saltara sus propias reglas formales, pues las penas de muerte quedaban en suspenso hasta recibir el “Enterado” de Franco, un formalismo que no se cumplió hasta el 13 de agosto, ocho días después del fusilamiento de las muchachas.

El trayecto fue corto, de unos 500 metros, hasta el cementerio del Este. Se vislumbraba entonces el primer albor del día cuando las condujeron hasta una tapia del camposanto habilitada como lugar de ejecución, en la que se observaba los impactos de las balas de las ejecuciones.

Las prisioneras, que esperaban poder reencontrarse en ese momento con sus maridos, novios o compañeros, sufrieron una amarga decepción, pues ellos habían sido ejecutados horas antes. Morirían solas, como antes habían hecho ellos.

Las presas de las Ventas escucharon la estruendosa descarga, que retumbó en el silencio de la madrugada, seguidos por los disparos de gracia que el jefe del pelotón de fusilamiento descargaba sobre las cabezas de las víctimas. Trece se escucharon aquella madrugada. Luego, María Tersa Igual, la funcionaria que las había acompañado, explicó que murieron muy serenas y que una de ellas, Anita, que no falleció con la primera descarga, gritó a sus verdugos “¿es que a mí no me matan?”.

Sinesio Cavada, Damián García Mayoral, Francisco Rivares Cosials y Saturnino Santamaría Linacero fueron juzgados ese mismo 5 de agosto, condenados y ejecutados al día siguiente salvo por Cavada, que fue apartado del muro de ejecución y obligado a presenciar los fusilamientos, para serle ofrecida la comnutación de la pena capital y delataba a más compañeros. Pero Sinesio no podía contar nada más y fue fusilado, finalmente, el 15 de septiembre.

María del Carmen Cuesta, Ana Hidalgo, Nieves Torres, Concha Carretero y otras muchas presas sufrieron prisión por su militancia en la JSU y en el PCE, desperdigadas por penales de todo el país cuando las presas fueron enviadas a ellos para descongestionar a Las Ventas. Eso significaba dejar de ver a sus familiares durante muchos años, pues estos no tenían los medios para desplazarse a otras provincias.

Julia Vellisca, la única “rosa” que no fue fusilada, fue trasladada a la prisión de Gerona, donde, en 1942, se le comunicó la reducción de su pena a seis años y, más tarde, la concesión de los beneficios de la prisión atenuada en su domicilio.

LA dispersión de las presas no borró de la memoria la leyenda de “las menores” o “las Trece Rosas”.

Y así ha llegado hasta nuestros días, olvidada por la historia oficial, pero presente en la memoria de quienes sobrevivieron a aquellos tiempos sombríos.

“Que mi nombre no se borre en la historia”, pidió Júlia Conesa en la última cara a su familia.

Que así sea.

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El Raval: Ayer y hoy (35)

28 septiembre, 2016

Tal y como se expuso anteriormente, un incidente entre gitanos y africanos provocó una transformación radical urbanística del barrio. Hacia 1988 los clanes negros de la droga habían desbancado a árabes, quinquis y gitanos que comerciaban tradicionalmente en esa zona. En su mayoría procedían de países centroafricanos, y desde 1982 llegaban en pequeños grupos. El que no lograba encontrar un trabajo acababa en manos de la delincuencia.

El 22 de febrero de 1988, a las 19.45, todo estalló. Varias decenas de gitanos armados con armas blancas y palos empezaron a golpear indiscriminadamente a todos los negros con los que se encontraban por su camino. Las reyertas fueron simultáneas en la Plaza Real y las calles Avinyó, Robador y Sant Ramón, siendo en esta última lugar de los incidentes más graves, que acabaron con la intervención de la policía hacia las 20:30, que realizó 50 detenciones.

Por lo visto la causa fue la muerte de cinco personas, dos de ellos hermanos gitanos del llamado clan Heredia, ocurridas el fin de semana anterior. La entrada de una partida de cocaína adulterada o de gran pureza a trave de los “dandies” fue la cuasa y los gitanos se tomaron la justicia por su mano. También se especuló con que todo fue un intento por parte de algunos gitanos de recuperar el control de la zona.

La policía intensificó su presencia en las calles, de manera que todo alcanzó cotas de paz nunca vistas. No se veía un negro por la calle. O estaban detenidos o escondidos prudentemente en sus casas. A pesar de las medidas, los traficantes retomaron sus actividades. Más atracos, más robos, más muertes por sobredosis. El 27 de abril de 1989 se inició la operación San Ramón: la destrucción de la denominada “isla negra” integrada por las calles San Ramón, Barberá, Sant Oleguer, y Nou de la Rambla, sin dejar de lado otros puntos conflictivos. De hecho, las primeras demoliciones tuvieron lugar a principios de febrero de 1988.

Con menos ruido que en la Plaza Real, la policía realizó una cruzada silenciosa contra las drogas en San Ramón. Furgones de la guardia urbana cerraban las calles. Se prohibió el tráfico rodado y la formación de corros callejeros (hablamos de 1988, en plena democracia, no en tiempos del franquismo). Los bares y pensiones fueron sometidos a un intenso control municipal mientras la policía batía las callas. Tras seis meses de acción policial, los clanes del narcotráfico desaparecieron. Y los yonquis, Y las familias gitanas. Los “principes africanos” dejaron de operar en las calles Tápies y Robadors. Pero la delincuencia siguió: los problemas de fondo no se habían solucionado.

Las Trece Rosas (14)

27 septiembre, 2016

El 2 de agosto una celadora llamó “a jueces” a Julia Conesa Conesa, Adelaida García Casillas y a Julia Vellisca; a las chicas del departamento de menores Martina Barroso García, Virtudes González García, Ana López Gallego; y a otras presas repartidas por la cárcel: Pilar Bueno, Carmen Barrero, Elena Gil Olaya, Antonia Torres Llera, Joaquina López, Dionisia Manzanero, Victoria Muñoz, Luisa Rodríguez de la Fuente, y Blanca Brissac. Quince muchachas cuyo destino había sido unido a una misma causa.

El magistrado Eduardo PérezGriffo, capitán honorífico del Cuerpo Jurídico Militar y titular del Juzgazdo Militar número 8, que había instruido el sumario con la colaboración del falangista José Zubizarreta Gutiérrez como secretario, les comunicó que estaban todas acusadas de un delito de “rebelión militar” por el que el fiscal pedía para ellas y para otros cuarenta y tres muchachos la pena de muerte.

Se les acusaba de formar parte del JSU, que pretendía “ejecutar en España las órdenes que le vienen del extranjero para procurar el fracaso de las instituciones político-jurídicas del Nuevo Orden Estatal, que el Ejército y la Falange han dado e impuesto a España”. Asimismo se les acusaba de formar parte de una red de apoyo a presos y, la acusación más grave, de preparar un golpe el día del desfile de la victoria para lo que habían reunido armas y explosivos.

Algunas de las muchachas habían compartido militancia en sus barrios, pero otras no se conocieron hasta ingresar en Ventas. Habían sido interrogadas en juzgados diferentes por distintos delitos, pese a lo cual la autoridad judicial había refundido sus causas en una sola para dar unidad y propósito a una investigación que no la tenía. Al menos dos juzgados, el 8 y el 4, tomaron declaración a los detenidos. En algunas de sus declaraciones no consta ni siquiera el juzgado que las practicó, y en otros no consta ni que el detenido pasara a disposición judicial. Se observa también en el expediente que numerosas diligencias fueron numeradas hasta en tres ocasiones, lo que hace suponer que fueron instruidas de manera independiente y al unificarse en un sola causa se numeraron de nuevo.

Nunca hasta entonces una causa había incluido tal número de mujeres ni habían sido tantas las peticiones de muerte.

El 3 de agosto las quince muchachas fueron trasladas hasta el Palacio de Justicia, mientras se celebraba la misa por el eterno descanso del comandante Gabaldón había sido sufragada por los compañeros de las víctimas. El destino, a veces, es muy caprichoso.

Hasta que no llegaron a la sala donde se celebraría el juicio, ninguno de los 58 encausados conocía a su abogado defensor, con el que nunca habían cruzado palabra ni la cruzarían entonces, y cuyo conocimiento de la causa se limitaba a una ojeada discreta. Después de todo, todas las causas eran iguales y el abogado defensor se limitaba a solicitar para los encausados la misma pena que el fiscal, pero rebajada en un grado. Si el ministerio público pedía la pena de muerte, él solicitaba treinta años, y si ésta era la petición del fiscal, él la rebajaba a veinte, y así sucesivamente.

Los jóvenes fueron juzgados por el teniente coronel Isidro Cerdeñor Gurich, los capitanes Remigio Sigüenza Plata y Fernando Ruiz Feingenspan, y el teniente José Sarte Julia. El capitán García Marco era el ponente o encargado de redactar la sentencia de la que sería la causa 30.426, instruída por el procedimiento sumarísimo de urgencia.

Las acusaciones reiteraban su militancia en la JSU o el PCE y en la organización de un “socorro rojo” para ayudar a los derrotados. A Julia Conesa la acusaban, además, de “haber sido cobradora de tranvías durante la dominación marxista”, lo que es de suponer que debía demostrar más palmariamente su delito de rebelión militar. El abogado defensor se limitó a exponer que no eran de apreciar en todos los casos juzgados los agravantes citados y que se estudiara atentamente la actuación de cada uno de los procesados pues muchos de ellos no eran autores de los delitos imputados, sino tan sólo cómplices.

El mismo día se redactó el fallo, declarando probadas todas las acusaciones del fiscal y que se saldaron con pena de muerte para todos los acusados salvo Julia Vellisca. El tribunal no la consideró culpable de adhesión a la rebelión, sino de auxilio a la misma, por lo que fue condenada a doce años y un día.

La farsa había terminado.

El Raval: Ayer y hoy (34)

26 septiembre, 2016

Desde 1975 a 1992 el Raval (y la zona de Escudellers) vive uno de los momentos más dramáticos de su existencia y se convierte en foco de miseria y marginación extrema. Los cambios sociales, políticos y económicos que se dan en España después de 1975, el incremente de los niveles del paro y de la llegada de inmigrantes, y la expansión del mundo de las drogas alterará considerablemente la parte de Barcelona que hoy conocemos como Ciutat Vella (Ciudad Antigua): Barrio Medieval, Rambla, Raval y Barceloneta.

La cocaína (“caballo”, “jaco”) tendrá un papel protagonista en la degradación del Raval y de Escudellers. Su alto poder adictivo generará un gran número de dependientes de esta droga, sobre todo jóvenes, que se introducirán en el mundo de la prostitución y el crímen para conseguir el dinero con el que comprar su dosis. Redes de traficantes extranjeros se apoderarán de las calles, arrinconando a los locales, que o se unen a ellos o son aniquilados.

A finales de 1980 los niveles de crímen se empieza a disparar, y, tras investigar, en 1981, la policía descubre la presencia de una red de traficantes de orígen paquistaní que operaba en la plaza Real y alrededores y algún club del Barrio Chino. En junio de 1982 el consumo de cocaína ocasionaba el 60% de los atracos; el número de yonkis se disparó y con el los índices de criminalidad. En la Barcelona de los 80 se vivirá una situación similar a la de Nueva York a finales de los 60.

Desde enero de 1982 hasta julio de 1989 mueren 342 personas de sobredosis. La edad media era de 27 años: 265 hombres y 77 mujeres. Sólo en 1988 los muertos suman 97. El SIDA, las sobredosis y las intoxicaciones son las principales causas de estas muertes.

El 23 de febrero de 1988 el Raval estalla. La muerte por sobredosis de dos miembros de un poderoso club gitano mueren como consecuencia de “caballo” adulterado vendido por unos traficantes de raza negra. Las peleas callejeras entre gitanos y negros alcanzaron cuotas nunca vistas en Barcelona.

La entrada de una partida de “caballo” tailandés de una gran pureza causa una masacre que cuesta la vida a 41 yonkis. Acostumbrados a sus dosis rebajadas, la nueva droga les causa la muerte. Para entonces Ciutat Vella se había convertido en una zona muy insegura con un alto índice de criminalidad.

Deseo

25 septiembre, 2016

Deseo perderme
desde el final de tus tacones
y trepar tobillo arriba,
hasta donde mueren los calores.

Nadar en la isla de tu ombligo
para viajar luego
entre los tranvías gemelos
que conducen tus pezones.

Pero me da la naríz,
amiga mía, que estos calores
propios de un joven aprendiz

explorador de los amores,
se quedarán, oh que infeliz,
para que los apuren otros ruiseñores.

Las Trece Rosas (13)

25 septiembre, 2016

El comandante de la Guardia Civil Eugenio Isaac Gabaldón, adscrito a la Policía Militar, viajaba en coche en compañía de su hija Pilar, de 18 años, y de su conductor, José Luís Díaz Madrigal. Estaba de permiso por enfermedad y se dirigía a visitar la casa que se estaba construyendo en El Puente del Arzobispo. A su regresa, tras una breve parada para comprar dos jamones, se dirigían por la carretera de Extremadura en dirección a Talavera. Los Audaces le estaban esperando a las afueras de Oropesa.

Galbadón era conocido y temido por llevar un minucioso registro sobre los sospechosos de comunismo y masonería de Talavera y sus alrededores. También llevaba a cabo una investigación sobre posibles masones infiltrados entre las filas del SIPM. Esto último le había llevado tener unas relaciones muy tensas con sus compñaeroos del SIPM y a pedir el permiso por enfermedad y pedir ser trasladado de nuevo a la Guardia Civil.

Damián, usando su uniforme de oficial (los tres Audaces iban uniformados como oficiales del ejército franquista), hizo que se detuviera el vehículo. Es un misterio porqué Gabaldón, un hombre extremadamente desconfiado que no permitía que su coche se detuviera más que ante los controles, paró en esa ocasión y dejó que los tres hombres subieran a su vehículo. Tampoco sabemos porqué los tres jóvenes, que en teoría se proponían atracar un estanco, detuvieron el vehículo del comandante.

Llegados al cruce de la Velada los tres guerrilleros empuñaron sus armas y redujeron a los otros ocupantes del vehículo. Tras recorrer una cierta distancia, a la altura del kilómetro 121 de la carretera de Extremadura, bajaron todos del coche y, tras conducir a sus prisioneros hasta una cañada, los asesinaron a tiros. Después de lo cual se dieron a la fuga en el mismo vehículo del comandante Gabaldón. Pocos días después serían detenidos por las autoridades franquistas, que andaban tras su pista desde la detención de Pionero.

La militancia de los asesinos del comandante Gabaldón, su pertenencia a las JSU, iba a ser la condena a muerte de las jóvenes que llevaban tantos meses detenidas en la prisión de Las Ventas. Poco importaba que ellas no hubiera podido, materialmente, tener nada que ver en el asesinato.

¿Fue el comandante denunciado a sus asesinos por alguna de las personas que aparecían en su fichero de “rojos” y “masones”? ¿Lo fue por esos compañeros del SIPM sospechosos de ser masones?

El Raval: Ayer y hoy (33)

24 septiembre, 2016

Al otro lado de as Ramblas surgió otro mundo paralelo al del Barrio Chino, centrado en la calle Escudellers, que nunca recibió un nombre. Si bien Escudellers, a diferencia del Raval, no recibió una porción tan intensa de la prostitución. En calles como Obradors, Escudellers Blanc, Aglà, Mercè o en la misma plaza Real se acomodó la prostitución, teniendo la calle Escudellers diversos burdeles. En la misma Obradors las prostitutas ocupaban toda la vía desde la noche hasta el amanecer. Como en el Raval, tabernas, bares, sociedades recreativas, café conciertos , mueblés, cafés de camareras formaron parte del paisaje urbano de la zona.

Después de la guerra civil española esta zona recibió una inyección de vida al desplazarse a ella parte de la vida nocturna que abandonaba el moribundo Barrio Chino. Así, en los años 50, Escudellers estaba activa las 24 horas del día, desde la taberna flamenca El Charco de Pava, en el 3, cuyo interior imitaba a una plaza de toros, y en el que se bebía buen vino andaluz. Casi enfrente, en el 6, estaba el cine Alarcón (1946-1974), hoy un parking, cine en el que, además de las películas de rigor, se representaban espectáculos de variedades.

Restaurantes y tabernas algo folklóricas convivieron, durante un tiempo, con bares y clubs únicamente para hombres. En el 8 estaba el restauarante y taberna La Hostería del Laurel. En el portal siguiente y con idéntico número estaba el histórico Grill Room. La nota de color del restaurante Los Caracoles (en el 14), no pasaba desapercibida.

En la calle Nou de Sant Rafael, un poco más allá de Los Caracoles, estaba la taberna flamenca La Macarena (en el 6) y la Venta Eritaña (antigua Casa Matías, en el 6). En ambos se bailaba y cantaba, y en ellos se podían disfrutar de sabrosas tapas, y era lugar de atracción de numerosos turistas. La calle Rull acentuaba su sabor andaluz con el Piano Bar (en el 3) y, más tarde, surgirían dos bares de ambiente homosexual muy renombrados: el Club Salaco (en el 8) y Saint Germain des Près (en el 11).

En los sesenta la zona de Escudellers comenzó a cambiar. Night clubs y barras americanas arrinconaron a las tabernas y colmados andaluces. La Plaza Real ya no era sólo un lugar para los amantes de la cerveza, sino también para el mundo joven, pues, a principios de los sesenta. la Plaza Real era una especie de Sain Germain des Près o Greenwich Village de Barcelona. Allí surgió (y allí sigue) la mítica sala de jazz Jamboree, donde antaño estuvo el café restaurante Suizo, con un ambiente intelectual. En 1960 aparecería el Kit Kat, en el 10 de Escudellers, que llegaría a ser un antro sagrado del jazz en Barcelona, pero que, a mediados de los 70, poco conservaría de sus orígenes. Cerró el 31 de diciembre de 1981.

Los clubs y bares de camareras, y luego discotecas y pubs, acabaron por imponerse en toda la zona de Escudellers. El Charco de la Pava se convertía en el night club New York, y surgía otros restaurantes, como el Los Alámos, dónde estuvieran, tiempo atrás, otros. También se extendieron los bares de ambiente homosexual.

A mediados de los setenta, Escudellers entró en decadencia. Cientos de árabes y africanos, que se apelotonaban en sus míseras pensiones se apoderaron de las calles, aumentaron los índices de criminalidad y la gente empezó a evitar la zona.

Se acercaban nuevos tiempos. La geografía del pecado de Barcelona iba a sufrir otra transformación.

Pensamientos ajenos propios

23 septiembre, 2016

Valeria, del blog loslabiosdevaleria.com, me ha inspirado esta pequeña boutade:

Darte por detrás,
sin perder el compás.

Darte por delante,
siempre con ritmo constante.

Y es que, a veces, las ideas ajenas pueden dar fruto a brevedades de lo más expresivas que confiesan secretos inconfesables.

A buena entendedora…. buena sombra le cobija… y cría muchos y amanecerá más temprano.

Gros bisous,
P.

Las Trece Rosas (12)

23 septiembre, 2016

Emiliano Martinez Blas había militado en las JSU durante la guerra y servido en el frente, llegando al grado de sargento. Pese a ello, podía pasearse sin temor por Madrid porque tenía un aval, que lo había sacado del castillo de Santa Bárbara, en Alicante, donde se hacinaban miles de prisioneros republicanos.

Su aval era Antonio Cañete Heredia, militar. Se habían conocido cuando Emiliano intentaba abrirse paso como boxeador. Antonio, aficionado al boxeo, se fijó en él y y trabaron amistad. Cuando Emilio comprendió finalmente que no tenía futuro como boxeador, Antonio se ofreció a ayudarle, y le dio un trabajo. Era el año 1934. A ese trabajo siguieron otros, lo suficiente para ir tirando.

Durante la guerra había sido herido y enviado de vuelta a Madrid, prestando sólo servicios de retaguardia. Entonces había tenido oportunidad de ayudar a Antonio. Sabía que era fascista, un quintacoluimnista más de los muchos que conspiraban contra la República, pero, por encima de todo, Antonio era su amigo. Dio fe de su adscripción a la República cuando el SIM peinaba la ciudad en busca de traidores y logró que que su hermano Leandro, detenido por sedicioso, fuera puesto en libertad antes de que le dieran el “paseo”.

Antonio Cañete, capitán de ingenieros, de 42 años de edad, no lo olvidó, y cuando terminó la guerra acudió en su ayuda en cuanto los padres de Emiliano le informaron que estaba encarcelado en Alicante. Al no tener cargos contra él, bastó la palabra de Antonio, un patriota, para ponerlo en libertad. Además de eso, le buscó trabajo. Con sus antecedentes, Emiliano tenía ahora que “portarse bien” y ser cuidadoso de con quien se relacionaba. Desengañado de todo, Emiliano quería dejar de estar entre los parias y unirse a los vencedores, y para ello, le contó algo que había conocido casualmente.

Desde su retorno de Alicante, Emiliano se relacionaba con un amigo de la ñinez, Justo Perez. Salían por las tardes a dar una vuelta, recordar viejos tiempos, buscar trabajo y, cuando tenían dinero, tomarse unos vinos. Una de aquellas tardes se encontraron con una mujer, conocida de Justo, que les invitó a ir a su casa a presentarles a un muchacho que tenía alojado. La mujer era Casimira Cacharro Barrios, cubana, de 37 años. El muchacho era Damián García Mayoral, de 19 años, que se paseaba por Madrid con un uniforme robado del ejército franquista. Damián era un pillo que, aprovechándose del uniforme, compraba patatas en Toledo diciendo que eran para el ejército para luego venderlas en Madrid, en casa de Casimira, de estraperlo,a 1,50 pesetas el kilo. Además, Damián era un militante comunista que se había fugado de un batallón de trabajo de Lérida.

Antonio Cañete, interesado por esta historia, le pidió a Emiliano que mantuviera el contacto con estas personas, mientras él informaba de todo lo que averiguara al coronel José Hungría Jiménez, comandante del SIMP.

Durante los paseos Justo le presentó a Emiliano a dos chicas, Concha Carretero y Carmen Cerviño, con la que pasearon muy a menudo por el paseo de Ronda, hablando de la guerra y de sus servicios a la JSU. Ellas les contaron que, con dos amigas más, Aurora Bautista (1) y Adela Sánchez, habían trabajado como torneras en Experiencias Industriales fabricando material de guerra. Cuando el golpe de Casado contra la República, fueron detenidas y encarceladas en Las Ventas, siendo liberadas hasta la noche anterior a la entrada de las tropas franquistas en Madrid. Desde entonces siguieron la lucha en la clandestinidad.

Concha, que tenia a un hermano preso en el penal de Ocaña, vivía con su família en casa de su amiga Adela Sánchez, por Ventas. En esas conversaciones, una tarde Emiliano conoció a Sinesio Cavada Guisado, Pionero, que estaba fugitivo de la policía. Necesitaba una casa en la que esconderse y Emiliano le ofreció una habitación segura y discreta en casa de una conocida, María Callejón, madre de un amigo muerto en la guerra. Así Emiliano entró en el circulo de confianza de Pionero y se enteró de que la JSU se estaba reorganizando y que su amigo Justo formaba parte de la organización con la ayuda de Casimia Cacharro.

Por indicación de Cañete Emiliano se sumergió en este mundo clandestino. A través de él, Pionero conoció a Damián García, el truhán que se hacía pasar por oficial franquista. Congeniaron de inmediato y se pusieron a hacer planes para liberar a compañeros encarcelados. Para eso hacía falta dinero. Con compañeros de confianza se formó un grupo, denominado Los Audaces, y se prepararon algunos golpes. Informado de todo ello Antonio Cañete, éste concluyó que la policía tenía que intervenir ya.

En la tarde del 28 de julio, la policía preparó una trampa con la ayuda de Emilia para atrapar a Concha Carretero, Joaquín Peña y a Sinesio Cavada. Los detenidos fueron conducidos a las dependencias de la Brigada Especial, sección guerrilleros, que el SIPM tenían en el 32 de la Carretera de San Jerónimo, al mando del capitán Ovidio Alcázar. Curiosamente, con Pionero en sus manos, nadie pareció preocuparse por Los Audaces, que se encontraban en Alcázegas, para cumplir una misión.

(1) Aurora Bautista llegaría a ser una conocida actriz de cine. Sus padres, Santiago Bautista y Sagrario Zumel, fueron dirigentes comunistas en Madrid durante la guerra.


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