Archive for 30 octubre 2016

Su nombre en el viento (3)

30 octubre, 2016

Tras varios días reducidos a hablar por whatsapp y teléfono, Sara y Ángela se encontraron por casualidad. Sara, necesitando relajarse tras una mañana movida con sus niñas y el trabajo, se fue a la piscina municipal más cercana, dispuesta a calmar sus tensos músculos nadando. Ángela, que había tenido una mañana odiosa que había incluído morderse la lengua para no estrangular a la idiota de su jefa, había decidido darse un chapuzón antes de ir a buscar a sus hijos a la salida del colegio. Por eso coincidieron las dos.

Una vez en el tórrido vestuario (al parecer la calefacción se había vuelto loca aquella mañana), Sara se probó el bañador y se preparó para la prueba de fuego, la de verse en esa prenda y observar los destrozos del invierno en el cuerpo. Aliviada por no tener que lamentarse (las visitas al gimnasio y los paseos arriba y abajo camino del trabajo y de vuelta del mismo), se puso en marcha hacia la piscina, notando las frías baldosas de fuera del vestuario al caminar descalza sobre ellos.

Tras realizar varios largos, secarse y hacer algunos estiramientos, se enfundó en un albornoz con el escudo del ayuntamiento y se encaminó hacia el bar del local, desde donde observó la salida de Ángela de los vestuarios. Su fantástico cuerpo parecía quedar constreñido por el bañador, y sus pechos amenazaban con hacerlo estallar. El pulso de Sara se aceleró al verla, y, aunque por la distancia no pudo verlos, se imaginó los pezones de Ángela clavándose contra la tela del sufrido traje de baño. Deslizó su mano por sus piernas en un gesto inconsciente, notando como la excitación crecía dentro de ella.

Deslizó discretamente una mano por debajo del albornoz. Un segundo después, al ver que nadie la miraba, metió un dedo debajo de la tela del bañador y acarició su sexo, que palpitaba todavía más que su emocionado corazón. Una chica, con un bañador blanco y negro, obstaculizó momentáneamente su campo de visión, pero Ángela reapareció pronto, nadando furiosamente y a gran velocidad de un extremo a otro de la piscina. Oprimió con urgencia su dedo contra su coño, casi con desfachatez que se tornó en incendio cuando vio salir a Ángela chorreando agua y sensualidad.

Sara sentía un extraño temblor recorriendo su cuerpo, a pesar del calor y de la gente que podría verla, pues el deseo había revolucionado todas sus facultades. Y justo cuando el dedo de Sara alcanzó el centro del placer,Ángela la vio, y, sonriendo, se puso a caminar hacia ella.

Su nombre en el viento (2)

29 octubre, 2016

Al día siguiente, Sara estaba todavía bajo los efectos de la fiesta del día anterior. En la mesita, que había que volver a poner en su sitio original pues la habían retirado para tener más espacio en el que moverse, quedaban los restos del placer. Pequeñas colinas formadas por condones usados o por usar se mezclaban con cajetillas de cigarros (todas vacías, por supuesto), botellas de lambrusco, y los restos, medio verdes y medio marrones, de los escasos hilillos de marihuana que se habían escapado al holocausto fumador, mezclados con los cadáveres, partidos por la mitad, de un buen número de cigarrilos, victimas propiciatorias del sacrificio a los dioses del placer.

Se vistió de prisa, rezando mentalmente para que la ropa estuviera del derecho. Se puso los vaqueros rotos y sonrió pensando en la cara que pondría cierto elemento (“ay panda, panda, panda…“) al verlos. Salió por la puerta como una centella y, una vez en el ascensor, se acordó de comprobar que llevaba consigo el teléfono móvil. Por suerte, así era. Al llegar abajo él ya estaba esperándola.

Se besaron y él dijo, con su inefable acento francés, que aquel día sus ojos parecían más soñolientos que nunca y que le daban aire de niña buena. A Sara se le ocurrió una idea mientras se dirigían al taxi que les esperaba, y una sonrisa lánguida se dibujó en su cara al sentarse en el asiento de atrás. Se le había ocurrido una idea. Apoyó la cabeza en su hombro, sin prestar atención a los comentarios guasones de él (“¿Al peinarte has querido hacerle un homenaje a Espinete?”).

Sin pensárselo, le bajó la cremallera de los pantalones y metió la mano dentro, sacando su polla, que estaba algo contraída y no se parecía en nada al portento que había disfrutado en otras noches. Empezó a acariciársela suavemente con la yema de los dedos, recorriendo sus venas abultadas, recorriendo el miembro con calma, desde los huevos a la cabeza, trecho que se fue alargando al endurecerse el miembro y cobrar nuevo vigor y fortaleza. Él, transido de gozo, deliraba de placer mientras ella, con la cabeza apoyada en su hombro, se aplicaba a la tarea con una sonrisa burlona.

El taxista, por su parte, conducía impertérrito, sin separar sus ojos de la circulación, aunque la Gran Vía no estaba transitada esa mañana. La gálica polla, por su parte, ya estaba completamente extendida, y trocaba su color rosado por uno más enrojecido al incrementarse el vigor de las caricias de Sara. El francés, a estas alturas, perdida ya la compostura, reposó la cabeza en el asiento y comenzó a gemir de manera inconfundible, lo que hizo que el conductor empezara a lanzar miradas furtivas hacia atrás.

Al pararse en un semáforo, el conductor del coche que estaba parado al lado del taxi dirigió una mirada aburrida, que se llenó de sorpresa al ver los trabajos manuales de Sara. Su sorpresa se transformó en algo diferente, y a mirada que dirigió a la mano de Sara hizo que ella notara un calor muy agradable deslizarse por su piel, notando como los pezones rozaban primero y presionaban después la tela del sujetador. El semáforo cambió de color (y con él el volumen de los suspiros que se escapaban de la boca del francés), y el otro vehículo se perdió en la distancia.

Sara continuaba con su “cruel tortura” hasta que de repente, con un golpe seco, toda la polla se contrajo mientras un chorro apoteósico de semen se escapaba de su punta para estrellarse con el techo, mientras el taxista, ocupado en esquivar a un autobús escolar, se perdía el espectáculo. Sara, al mirar por la ventanilla, algo cansada por el esfuerzo, pudo visualizar, el espectáculo del francés derrotado en el asiento trasero del taxi.

Sara, con una sonrisa lánguida, levantó una mano y la miró distraídamente. Al ver las pocas gotas de semen que salpicaban sus dedos de uñas rojas, se los fue relamiendo uno por uno.

-Me fumaría un porro -murmuró con voz de gata.

Las Ozziadas (Ozzy Strikes Back) -3 y final-

27 octubre, 2016

Recuerdo perfectamente el día en el que a Ozzy se le metió en la sesera convertirse en dueño de una granja. Eso es debido a que quiso celebrarlo con una fiesta a la que acudió gente más rara de lo habitual, incluida una peculiar mujer que alcanzaba el clímax sexual metiéndose un plátano (la fruta) en su vagina. Lo que al principio podía causar curiosidad, al tercer plátano se tornaba repetitivo, por lo que me fui, mientras me preguntaba dónde diantres estaría Ozzy, pues se había perdido aquel espectáculo singular.

Bien entrada la noche, Ozzy llegó hasta mí pegando gritos, completamente de los nervios.

-¡Aaaaaah! ¡Mi polla, mi polla!

Desde luego, cuando quería llamar la atención lo lograba plenamente.

Cuando conseguí calmarlo me explicó que había estado dale que te pego con una mujer y que, de repente, del sexo de la dama había empezado a brotar una pus extraña. Perplejo, le pedí más detalles, hasta que me dijo que la dama era rubia.

-Ah… -dije pensativo-. Rubia.
-¿Cómo que “ah”?
-¿Tenía un tatuaje en la parte de atrás del hombro derecho? ¿Un delfín?
-¡Si!
-Ah, vale, pues no pasa nada.
-¿¿Cómo que no pasa nada, grandísimo gilipollas?? ¡¡¡Me estoy muriendo, pedazo de hijoputa!!!
-Mira, lo más seguro es que eso no fuera pus, sino lo que le quedara de la media docenas de plátanos que se ha metido ahí dentro hace un rato.

Yo dije esto intentando disimular la risa, que se desvaneció cuando Ozzy se puso a cagarse en todo de una manera de lo más elocuente. Fue entonces cuando decidí irme a otra parte de la fiesta a ver el ambiente. O a la cocina, a ver si todavía quedaba algo de fruta.

El experimento granjero de Ozzy duró poco. Un día, harto de que las gallinas no pusieran huevos (“están rotas” decía el muy animal), agarró una escopeta y se las cargó a todas a tiro limpio (Bueno, a las gallinas y a unas cuantas ventanas). Recuerdo una imagen de ese momento. Ozzy, completamente colocado, con la escopeta en la mano, apartándose un mechón del pelo de la cara, vestido con unas zapatillas de felpa y un albornoz. Juro que recé fervientemente para que no pensara que yo era una gallina enorme y con gafas.

Entonces se giró, apuntó a una gallino que corría completamente histérica por el patio, disparó… y le dio de lleno al generador de luz, que funcionaba con gasoil. La onda expansiva de la explosión mandó a Ozzy y a mí a tomar por el culo, se cargó las pocas gallinas que quedaban vivas y mandó a la mierda la mitad de la casa, que aterrizó en Brighton, palmo arriba, palmo abajo.

Ozzy tuvo suerte, porque en la parte de la casa que quedó en pie estaba el cuarto de baño, por lo que se pudo ir al mismo a soltar tranquilamente todo lo que llevaba dentro. La imagen de Ozzy sentado en la taza del WC, con una cerveza en la mano, la bata abierta y media casa derruida a su alrededor es otra imagen que recuerdo con pavor de aquella desastrosa temporada. Aliviado, tras limpiarse y demás, se fue a la cocina, abrió la nevera y se vació una botella de agua fría en la cabeza.

Recuerdo que pensé, tirado todavía en suelo, dolorido y magullado: “Dios, que jodido está el hijoputa, que va tan colocado que no se encuentra la boca”. Cuando llegó la policía, el bueno de Ozzy les dio la espalda y, tras inclinarse, les enseñó el culo y les dijo:

-Creo que se me han perdido las llaves ahí dentro.

La parte positiva de todo este grandioso esperpento fue que, de los dos, yo fui el que no terminó en la cárcel, y que Ozzy tocó fondo y a partir de aquí, dejó de hacer el capullo , a drogarse y a beber con tanta frecuencia (sobre todo lo segundo).

FIN DE ESTOS RECUERDOS.

Su nombre en el viento (1)

25 octubre, 2016

Sara estaba tumbada sobre la cama, de espaldas a la misma. Encima estaba Ángela, tan cerca la una de la otra que sus pulsos se confundían. Cada una de las partes de sus cuerpos se correspondía con su exacto reverso, desde las piernas a las manos, como si se enfrentaran a sus respectivos reflejos en un espejo.

El peso de Ángela aplastaba a Sara contra el colchón y sus labios buscaron los de ella. Se encontraron con un jadeo breve y entrecortado. Primero se mezclaron los sabores de sus lápices de labios, mientras la lengua de Ángela recorría el labio superior de Sara; entonces llegó el sabor a humedad de ambas bocas y, en el fondo de los ojos, el reflejo de la pasión que las conectaba.

Volvieron a besarse, abriendo Ángela su boca para dejar paso a la lengua de Sara, acariciando las lineas irregulares de su paladar, mientras Sara hundía su pubis para que Ángela sintiera el calor de su sexo apretado contra el suyo. Sus pechos se rozaban de manera que sus pezones se movían en un ballet secreto que sólo los dioses comprendían.

Entrecruzaron los dedos de sus manos, formando una unión perfecta. Ángela alzó sus pelvis para reducir de nuevo la distancia de sus coños cuando él regresó de la cocina, con su polla erguida como un enorme monolito. La expresión de su rostro mostraba una excitación que iba más allá de las palabras. Guillermo apoyó sus rodillas en la cama y las contempló largamente. Luego, al cabo de un suspiro, apoyó sus manos en las nalgas de Ángela y la deslizó hacia arriba, hasta llegar a su nuca, donde se detuvo. Luego la mano deshizo el camino y, unas vez llegó de nuevo a sus nalgas, siguieron su camino hasta la cara exterior de los muslos de la mujer, esos muslos que Sara había besado tantas veces.

A la mano siguió su gemela, y fueron descendiendo por los muslos, por las corvas y las pantorillas hasta llegar a los tobillos de Ángela, bajando entonces hasta que las puntas de sus dedos tocaron los tobillos de Sara y allí se detuvo, con los ojos observando, cautivados, a las dos mujeres, que no habían dejado de besarse en ningún momento. Sonreía escuchando sus gemidos de deseo. Entonces sus manos reemprendieron la marcha en sentido inverso por la geografía de Sara hasta depositar su mano sobre sus coños, húmedos todavía por su contacto anterior.

Su mano se deslizó de uno a otro, moviéndose lentamente entre sus labios mientras la punta de los dedos acariciaba suavemente la carne más íntima y delicada. Introdujo un dedo en cada una de las vaginas, de manera que una y otra sintieron sus estómagos estremecerse y acariciarse con cada subida y bajada de sus carnes. Los labios de Ángela acariciaron la oreja de Sara y luego su mejilla. En ese momento Guillermo se cerró sobre los largos y negros cabellos de Sara y la obligó suavemente a levantar la cabeza mientras observaba el pálido rostro de Ángela.

Tras un momento, la besó en la nuca, la soltó y apoyó de nuevo sus rodillas entre las pierna separadas de ellas. La miró de nuevo largamente y separó las nalgas de Sara, observando con atención su estrecho ano. Lo besó y lo lamió, cubriéndolo de saliva que se fue deslizando en gruesas gotas hacia su coño. Luego repitió el gesto y los actos abriendo las nalgas de Sara y lamiendo cuidadosamente su ano.

SE lamió lentamente los dedos de cada mano y después introdujo sendos dedos en sus respectivos anos y las estuvo masturbando durante un rato. Después penetró el ano de Sara y, mezcla de sorpresa y de espasmo, su clítoris chocó contra el de Ángela.

(Continuará)

El Extraño Caso de los Hombres Que No Querían Comer Coños

24 octubre, 2016

Me lo ha dicho, toda impresionada,
y yo, que no voy a dudarla,
al leerla tan pasmada,
me he quedado blanco, sin negro

(a tomar viento el panda).
Que dice la dama que hombres hay
que comer coños no gustan,
Que no les gustan, ¡ay!

Serán hijos de fruta…
¿Existe acaso, pregunto
mejor manera de acabar la jornada
que con la cara empapada

por los efluvios divinos
de una mujer que se precie
de por tal nombre llamarse?
¿O será tal negativa

muestra de un degradarse
de la raza humana a cachitos
que me aturde y me sorprende
y me deja el seso frito?

Las Ozziadas (Ozzy Strikes Back) -2-

23 octubre, 2016

En algún momento del viaje paramos en una gasolinera gigantesca de servicio donde nos pusimos a charlar con una pareja inglesa. Y, de repente, en lugar de estar camino de nuestro destino, cogimos un ligero desvío para irnos al camping donde estaba la pareja, pues nos había invitado. Y digo ligero porque sólo tuvimos que hacer un giro de 180 grados.

Llegamos a eso de la medianoche y, la verdad, me quedé pasmado, porque aquello no era un camping, sino una especie de urbanización con varias piscinas y supermercado propio. Y una de las piscinas, la que estaba situada frente a nuestros alojamientos, en ese momento presentaba un aspecto más bien propio de la película Calígula.

Docenas de chicos y chicas en pelotas, orgías, tríos y mamadas por todas partes, a plena marcha a diestro y siniestro. Ozzy y yo pusimos ojos como platos (veintipocos años llenos de hormonas y erecciones), nos sentamos en una tumbona, con un par de lesbianas haciéndose de todo a nuestra derecha y con dos chicos ocupándose de todos los agujeros de una chica a nuestra izquierda. Alguien nos pasó un porro y una botella de whisky y Ozzy y yo, tras mirarnos entusiasmados, nos pusimos a cantar a pleno pulmón “God Save The Queen”.

Lo que sucediera aquella noche permanece en el misterio. Lo que sí recuerdo es que me desperté al día siguiente, en la ducha de una habitación completamente vacía, y que a Ozzy lo encontré dormido en pelotas en mitad de la entrada del edificio. En su defensa diré que no era el único ser vivo desnudo del lugar.

A la noche siguiente el mismo desmadre. Lo que recuerdo con un cierto acojone fue que, en un momento dado, los dos, bastante “alegres”, nos subimos a un escenario a cantar a grito pelado con la banda. A uno del público no le hizo gracia nuestra actuación espontánea y, tras insultarnos en un idioma desconocido, se subió como una flecha al estrado y se encaminó hacia nosotros. Antes de que pudiera dar dos pasos, uno de la banda cruzó el escenario con una porra en la mano y sin mediar palabra le descerrojó dos señores porrazos que dejaron al tipo tendido en el suelo, más muerto que vivo (en realidad sólo estaba inconsciente).

-¡Qué jocon.. qué conojes… qué hostia has hecho! .le dije al tipo, completamente alucinado por lo que acababa de pasar. Él se giró hacia mí y dijo:

-Que sí, hombre, que sí.

Le dio una patada en la mano al que estaba en el suelo y este soltó un pedazo de cuchillo que hizo que mis intestinos se volvieran de agua.

Ozzy se había liado con una inglesa llamada Leslie. Su chica (novia o pareja o lo que fuera) también había hecho lo propio y estaba desflorando a todo británico que se le ponía a tiro. Yo, por mi parte, no mojé. Digamos que lo del capullo con el cuchillo me mojó la libido.

Leslie fue la que introdujo a Ozzy en la cocaína. Una tarde llegamos y ella estaba preparando una raya.

-¿Queréis? -nos dijo.

-Que va, tía -dijo Ozzy, y yo debí decir algo parecido.

Pero ella insistió “Venga ya, tíos, un tirito, no pasa nada”. Tampoco es que tuviera que insistir demasiado a Ozzy. Aquella fue la primera esnifada de Ozzy, y el comienzo de su pasión por aquella mierda. Cada día fumaba maría, bebía, esnifaba un par de rayas de coca y otras mierdas, de manera que llegó el momento en el que no sabía ni en que día estaba. Solamente con las cantidades industriales de alcohol que ingería ya había motivo para ello, pues el alcohol lo volvía muy volátil, pero además estaba toda aquella mierda.

Por suerte, un buen día Ozzy escuchó las sirenas de la policía y, aullando que venían a detenernos a todos, nos hizo meter a su novia y a mí todo lo que pillamos a mano en nuestras bolsas de viaje, nos metió a empujones en el coche y salimos pitando de allí. Ni apareció la policía ni sonaron sirenas, por supuesto. A saber qué narices creyó oir ese majara en su embotada mente, pero lo bueno es que, a pesar de que condujo como un loco y casi nos estampa un par de veces con sendos camiones remolque, conseguimos llegar sanos y salvos a nuestro destino, donde, salvo alcohol, yo confiaba en que Ozzy no se encontraría nada que yo no pudiera tirar por el desagüe.

Yours truly,
Jack.

El Raval: Ayer y hoy (49)

22 octubre, 2016

Santa Madrona, como el Chino, recibió la visita de los marineros de la VI Flota norteamericana, que hizo célebre al bar Kentucky, en Arc del Teatre. Abierto desde 1947, es uno de los bares más canallas que todavía resisten en la noche barcelonesa. Conserva intacta su decoración tradicional, el pasadizo estrecho con un espacio más amplio al fondo, fotografías de portaaviones y destructores y uno de los pocos jukebox que siguen operativos en Barcelona. Está de moda entre los jóvenes que se sienten atraídos por la leyenda del patibulario Barrio Chino.

La calle Lancaster cruza Arc del Teatre, que está muy lejos de ser la calle que fue en el pasado, cuando la Bodega Bohemia era famosa y atraía a artistas como Lola Flores, Sara Montiel o Juanito Valderrama. En la siguiente travesía está la calle Guardia, sede del cabaret Gambrinus y el tablao flamenco de Juanito el Dorado; todavía conserva la discoteca Les Enfants, abierta en 1963; el bar La Concha, en el número 14 (es un bar de ambiente bastante peculiar, dicho sea de paso), otro de los supervivientes de la noche canalla del Chino; y el bar Miscelania, en el 10, algo más moderno que los anteriores.

La continuación de la Guardia es la calle Montserrat, donde estuviera el bar Neptuno, el bar Cádiz (conocido también como Cal L’Apañao hasta que cerró sus puertas en 1973) y el club de camareras Internacional, cerrado en 1968 por corrupción de menores. El bar Cádiz, por cierto, tiene una historia curiosa, que incluye haber tenido como dueño a Hans Heinemann, un personaje clave de los servicios espionaje alemanes durante la segunda guerra mundial; Heinemann lo adquirió en 1943, y el bar se convirtió en nido de espías alemanes e italianos hasta que su dueño, implicado en el atentado contra Hitler del 20 de junio de 1944, tuvo que huir y esconderse en Sitges. Durante los tiempos de las visitas de la Sexta Flota se convirtió en lugar favorito de los marinos afroamericanos, que lo convirtieron en una versión pobre y pintoresca del Black Cat de Génova, donde sólo dejaban entrar a negros.

En la calle Montserrat todavía sigue el bar El Cangrejo, que fuera abierto en 1902 como baile flamenco, por donde pasaron desde García Lorca hasta Dalí; y después en bar de espectáculos transformistas, donde se dio a conocer Carmen de Mairena. Fue cerrado por las autoridades en 2006 por incumplir la normativa de horarios y ruido, junto a otros 59 locales, pero volvió a abrir en 2007 y sigue abierto tras muchas peripecias.

Por ahí cerca anda el famoso bar Pastís de la calle de Santa Mónica, cuya historia ya conté en su momento y que también ha estado en un trís de desaparecer. Las calles de sus alrededores son pequeñas y estrechas travesías como Guttemberg, Om (Olmo), Perecamps, Cervelló, Est (Este), San Bertrán y Mina. La calle Cid, con La Taurina, Can Sagristá y La Criolla, fue el centro neurálgico del Barrio Chino.

Como el lector/a recordará, en este barrio se encontraban dos calles esenciales del Barrio Chino que desaparecieron al abrirse la Avenida García Morató, hoy Atarazanas: la calle Arc d’en Cirés, la de peor fama de todo el Barrio Chino, y la de Migdia (mediodía), donde estuviera la primera fábrica de aguas carbónicas de Barcelona, que al cruzarse las dos con Arc del Teatre formaban els Quatre Cantons (las cuatro esquinas), donde estaba aquel mercado de objeto de dudosa referencia del que ya hablé en su momento. Actualmente, los Jardines de la Volta de Cirés recuerdan esta calle desaparecida.

La calle del Portal de Santa Madrona antes rodeaba la caserna de Atarazanas, donde estuviera la casa-fábrica Mir, establecida en 1789, de la que quedan unos cuantos elementos arquitectónicos en la fachada de la calle del Om. No muy lejos está la Narcosala, situada en un antiguo baluarte de la ciudad, donde se facilitan jeringas a los drogadictos y se les proporciona un lugar para pincharse, lavarse, tomar un café y comer un bocadillo, o hablar con personal especializado.

Aquí finaliza esta larga serie sobre el Raval, que comenzó como una pequeña investigación sobre el Barrio Chino y se ha extendido en el tiempo y en el espacio hasta ocupar cincuenta entregas durante estos tres últimos meses, casi cuatro.

Espero, querido/a lector/a, que te haya gustado y te haya transmitido parte de la fascinación que este barrio tiene sobre mí.

Yours truly,
Jack.

El Raval: Ayer y hoy (48)

22 octubre, 2016

El barrio de Santa Madrona.

El Raval se acaba donde nació el Barrio Chino, en las Atarazanas de Barcelona, que, tras ser astillero por varios siglos, a partir del siglo XVIII es utilizado como caserna militar. En su patio tuvo lugar la primera corrida de toros, en 1820 según dice la tradición. En el siglo XX, desaparecida ya la muralla mucho tiempo atrás, las Atarazanas fue escenario de violentos combates en julio de 1936, durante los primeros compases de la guerra civil en Barcelona. En 1941 se convirtió en sede del Museo Maritimo de Barcelona (MMB).

Como ya hemos visto anteriormente, la barriada alrededor de las Atarazanas se convirtió en un foco de miseria, repleto de burdeles, bares y pensiones. Originariamente, los lugares de ocio no alcanzaban más allá de la calle del portal de Santa Madrona, para de ahí extenderse hasta la calle Nou de la Rambla, con el eje central en torno a la calle Arc del Teatre y los dos satélites: la calle Tapies i Robador. Durante los años de la Primera Guerra Mundial en este vecindario se multiplicaron los locales nocturnos, como ya hemos visto, creando una especie de circuito turístico a medias sexual, a medias festivo. Autores como Jean Genet, Georges Bataille, Arthur Cravan y Joseph Kessel crearon una leyenda “galante” sobre el Chino, que fue hecho famoso por locales como el mítico Madame Petit o La Criolla.

Tras su época de oro, que finaliza con la Guerra Civil española, comienza la decadencia y depauperación del Barrio Chino y, con él, del Raval, presas ambos de la ruina en la que cae la España franquista tras la guerra fratricida.

Arc del Teatre recibe este nombre porque la calle parte de un arco del antiguo teatro de la Santa Cruz, hoy el teatro Principal, a cuya entrada encontramos el quiosco La Cazalla, fundado a comienzos del siglo XX. Esta calle sigue el curso de la via romana que salía por la puerta de Regomir, atravesaba la calle Escudellers para escalar Montjuich. Por esta zona se elevó el primer globo tipo Montgolfier, en 1738, y en este lugar estuvieron los burdeles del siglo XIV. Como era habitual que la fachada de estos locales estuvieran pintados de rojo, eso explicaría que a la calle Arc del Teatre se la conociera durante bastante tiempo como al calle Roig o Vermell (ambas palabras significan “rojo” en catalán).

A pesar de no ser una calle demasiado fabril, en Arc del Teatre estuvo la casa-fábrica de Antoni Camps, que ocupaba el espacio de la actual avenida de Atarazanas entre la calle Nou de la Rambla y Arc del Teatre; y la fábrica de jabón Cabanelles, en la década de 1840. Al lado de esta último se situó el merca del Carmen entre 1968 y 1972. Aquí también se abrió la primera casa de baños de Barcelona, Can Casteliu, fundada en 1814 y visible todavía detrás de las rejas que dan al pasaje de Lluis Cutchet. De esta época que la tienda L’Apotecari Magic, de 1820, restaurada en 1992.

Inspiración indirecta.

21 octubre, 2016

Llevo algunas semanas pensando en que hace demasiado tiempo que no escribo ningún relato erótico y hoy, de repente, pensando en dos damas a las que adoro por diferentes motivos y en diferente grado (“¿a quién quieres más, al abuelo o a la abuela?”), me ha venido una idea breve y de ahí una inspiración para una escena para un breve (je!) cuento que iré intercalando con las aventuras de Ozzy.

Por supuesto, cualquier parecido entre las personas y vivencias reales y mis criaturas y hechos literarios será pura coincidencia.

Estáis avisad@s…

Yours truly,
Jack.

Raval: Ayer y hoy (47)

20 octubre, 2016

El barrio de Sant Pau

Este barrio se estructura en torno a la calle de Sant Pau (Sant Pablo), que era un camino natural que unía la ciudad con Montjuich, cruzando los campos del monasterio de Sant Pau, documento por primera vez en 911, construido sobre un antiguo poblado de la edad de bronce, con una necrópolis al lado. Los campos de este monasterio llegaron a alcanzar las Ramblas y fueron urbanizados muy lentamente. En 1868 se edificaron los conventos de San Vicente y Sant Ramón, y la casa Galera de la calle de las Penedides (Arrepentidas).

En la calle Sant Pau vivió el general Antonio de Villarroel, que dirigió la defensa de la ciudad en 1714, el poeta romántico Victor Balaguer y el médico y compositor José de Letamendi. En ella tenemos uno de los hoteles más antiguos de Barcelona, el España, abierto desde 1859, cuyos salones fueron decorados por Lluís Domenech i Montaner, Eusebi Arnau y Ramón Casas. Otro hotel es el Peninsular, inaugurado en 1876, donde estuviera una vez el convento de los Agustinos.

La mayoría de los edificios de esta calle son del siglo XIX, coincidiendo con la época de las casas-fábricas, de las que varias se instalaron aquí, como Can Ricart, donde hoy está el polideportivo de igual nombre; la casa-fábrica Aloy, donde hoy están los jardines de Sant Pau del Camp y, justo enfrente, la monumental puerta de la que fuera la fábrica España Industrial sirve hoy de fachada al cuartel de la Guardia Civil.

Hoy en día esta calle es una de las más comerciales del Raval, con multitud de tiendas indopakistaníes, con una gran concentración de negocios centrados en la telefonía, pero también con restaurantes, bazares y peluquerías. Pasada la Rambla del Raval el vecindario se diversifica con más presencia de norteafricanos y latinoamericanos. Tenemos el restaurante africano Djam Africsa y el bar Caleuche, especializado en pizzas argentinas. El extremo de esta calle lo forma la Ronda de Sant Antoni, con lugares tan famosos como la braseria Cachitos y la orchatería Sirvent.

La calle de la Unió es resultado de la desamortización, pues fue urbanizada en 1837 gracias a la desaparición del convento de las Penedides. Su nombre se debe a que es la prolongación de la calle Marqués de Barberá, que quedaba interrumpido por el convento, y que gracias a esta nueva vía pudo enlazar con las Ramblas. Lugar de fábricas y de tiendas de alquiler de muebles y de distribución de líbros en el pasado, hoy en día la calle Unió todavía conserva su aire de barrio tradicional, como atestiguan lugares tan emblemáticos como el bar Cañete. Otro clásico es el pub irlandés The Quiet Man, uno de los más veteranos de este tipo de locales.

En esta zona encontramos un recuerdo del pasado en la calle Magdalenas, Egipcíaques y de les Penedides, donde se alzaron sendos conventos religiosos que recogían a las prostitutas durante las fiestas religiosas, para evitar que llevaran al pecado a los hombres. Hoy no quedan ni los burdeles ni estos conventos, pero los nombres todavía recuerdan esos tiempos.

La calle Nou de la Rambla fue obra del Conde del Asalto, capitán general de Cstaluña en el siglo XVIII, que promovió la urbanización (entre 1790 y 1806) de la zona de campos que dieron lugar a las calles San Paciano, San Rafael, Tapies, Santa Elena, Reina Amalia, Lancaster, Om, Guardia, Lleialtat, Hort de la Bomba, Botella y Marqués de Barberá. Como ya vimos anteriormente, Nou de la Rambla se convirtió en uno de los centros más activos de la noche barcelonesa. Nació como un bulevard distinguido al estilo de la cercana calle Fernando, y atrajo tiendas, palacetes y organismos como el Instituto Industrial, pero que durante el siglo XIX se llenó de casas de juego y cafés de revolucionarios que le dieron mala fama.

Aquí se instaló la familia Güell en el palacio que les construyera Antonio Gaudí, en cuyos sótanos se instalaron celdas carcelarias antes, durante y después de la guerra civil.

Durante el siglo XX, como ya hemos vistos, esta calle se convirtió en una extensión del Paralelo, punto de unión entre esta avenida y el Barrio Chino, llena de academias de canto y baile, zapaterías y sastrerías para las estrellas de las revistas musicales, clinicas de enfermedades sexuales, agencias de contratación de artistas, y tuvo, como vimos, uno de los prostíbulos más famosos de la época, Casa Emilia (Ahora el hotel Gaudí), y mueblés como la Posada Francaise Moderna o Las Rocas.

Hoy en día Nou de la Rambla es un lugar favorito de los turistas, sobre todo la parte más cercana a las Ramblas, donde se encuentra el palacio Güell. Conserva el bar London, el restaurante Ideal, la pastelería Pujol, la droguería Poblet y la sastrería Sospedra fundada en 1940. Tocando ya al Paralelo tenemos la sala Bagdad, y dos bares de fuerte personalidad como El Rincón del Artista y El Retiro, mientras la calle sigue su curso, cruza el Paralelo y trepa por Montjuich, aunque ya en esta zona el ambiente no tiene nada que ver con el Raval.


Nada habitual

A mí no me nunca nadie porque ya yo ya.

SI SUPIERAS LO QUE PIENSO

Lo que uno desecha otro lo aprovecha

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