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La decadencia catalana del siglo XV (14)

30 marzo, 2017

Las consecuencias de la guerra. La Cataluña irredenta

La guerra arruina y desgarra a Cataluña, amputada de dos de sus más ricas provincias. Juan, en su odio por los franceses, emprende una campaña que, si no llega a ser por el apoyo de aragoneses, catalanes y valencianos y los refuerzos que Fernando trae de Castilla, hubiera acabado con la captura del rey. Desvertebrada Catalña, la Corona de Aragón no tiene fuerzas para rechazar al francés, que extiende sus garras por la Peninsula e Italia. Sólo la derrota de Alfonso de Portugal en Toro parece detenerle. De todos modos, se vuelve a la alianza tradicional franco-castellana. Al menos, por el momento.

Socialmente no se puede poner roden. Juan no puede calmar ni a campesinos ni a la nobleza, y la crisis demográfica se empeora con los destrozos de la guerra y las emigraciones humanas y de capital hacia Nápoles y Valencia. Juan no pone orden ,y permite que los intereses personales de unos pocos predominen sobre el resto. La corrupción se extiende por las instituciones catalanas y la guerra sólo confirma la decadencia ya iniciada. Barcelona ya no es la capital financiera del Mediterráneo y su sustituta, Valencia, carece del dinamismo necesario para evitar la caída de la Corona. A partir de estes momento, la Corona de Aragón vegeta por los últimos años del siglo XV.

¡Que diferencia la de esta guerra civil con la castellana! Si bien la guerra civil castellana había interrumpido seriamente el progreso de la economía, había numerosos signos de vitalidad que prometían un futuro risueño, como el crcimiento de la industria lanera y el aumento en importancia del puerto de Sevilla y la flota cantábrica. El dinamismo castellano contrasta con la fatigada debilidad de los estados de la corona de Aragón. Esto será decisivo en un futuro cercano.

La unión con Castilla.

Aunque Cataluña conservaba su antigua estructura constitucional, su economía se había colapsado. La revolución y la posterior guerra civil habían completado la ruina iniciada por la crisis financiera y comercial de las décadas precedentes. El Principado necesitaba un largo periodo de paz para restañar las heridas y restaurar las fuerzas. Mientras tanto, sus antiguos competidores comerciales se habían establecido firmemente en los mercados catalanes de tal manera no resultaba tremendamente desalojarlos de ellos.

Fernando II, tras suceder a su padre, pacificará el país y recuperará en la medida de lo posible la economía, instaurándose, con la Constitució del’Observança (1480), un equilibro entre el poder real y el de la Generalitat. Instauró la insaculación de las instituciones y con ello puso fin a la cristalización de los partidos políticos y quitaba virulencia a la lucha por el poder. Este sistema se introdujo en la Generalitat en 1493, en el Consell de Cent en 1498 y en las demás instituciones políticas del país, lo que contribuyó grandemente al reestablececimiento del país.

Con la Sentencia Arbitral de Guadalupe (1486) Ferran logró abolir los malos usos y las servidumbres fuedales, y solventó el problema remensa definitivamente.

Tradicionalmente Fernando ha sido acusado de castellano y anticatalán, culpable de la castellanización de Cataluña. Lo cierto es que, tal y como el estudio de Jaume Vicens i Vives demuestra, esto no es así. Desde la caída de la monarquía visigótica sólo unas minorías selectas conservaron la idea de pertenecer a una misma comunidad, además de pertenecer a una misma entidad geográfica. Sin embargo, esta ideología se tambalea a la muerte de Alfonso VII de Castilla y el fin de la hegemonía leonesa y el sueño del unitarismo romano-visigótico, reemplazado todo por la sensación de comunidad, unida por el sentido de la lucha contra los musulmanes y por las relaciones comerciales.

El humanismo (tanto el catalanoaragonés como el misticista humanismo castellano, con los que Fernando estaba familiarizado) haría que estos lazos se estrecharan más entre esas clases minoritarias, y Fernando fue heredero de esta corriente cultural. Además, por sus orígenes y su boda con Isabel, amén de conocer la certeza que la Corona de Aragón no podía hacer frente en solitario a Francia, no le dejó otro remedio. Es su pensamiento, pues, que una sola persona reine en Castilla y en Aragón, que es donde se hace la verdadera unión, no más abajo, pues también quiere Fernando que los reinos conserven separadas sus instituciones, como prueba la anexión de Navarra en 1515, que mantiene todas sus instituciones que le son propias, asignándole un virrey que calca a los lugartenientes que se habían dado en Cataluña.

¿Que Castilla tiene un papel predominante? Lógico. Aragón estaba exhausta y Castilla exultaba vida. ¿Quien iba a conquistar el mundo? ¿Ocho millones de castellanos o trescientos mil catalanes? Vale que los catalanes valemos por cinco castellanos y por diez herejes, pero ni aún así 😀 Fernando prefiere Castilla por un simple y sencillo motivo, no por castellana, sino por poderosa y manejable. Sólo hay que recordar los trabajos que cuesta movilizar a Cataluña para recuperar el Rosellón…

Fernando no abandona del todo a Cataluña. La intenta recuperar. Admirador del sistema administrativo y gremial catalán intentará implementar más de una vez los procedimientos y figuras jurídicas de la Corona de Aragón en Castilla (reorganización de la cancillería castellana, introducción del virreinato en Navarra, difusión de los consulados mercantiles en Burgos y Bilbao, proliferación de los gremios, reglamentos de Trabajo -Ordenanzas de Sevilla de 1511-).

Y aún así, pese a todo esto, por el rechazo sufrido a manos de la nobleza castellana, a punto estuvo el catalanote, el viejo catalán que le llamaban sus rivales, de romper la unidad tan querida por él. Si el príncipe Juan, el hijo que tuvo con Germana de Foix, hubiera sobrevivido, hubiera sido una historia diferente a la actual, y mucho habría que reprochar a los aristócratas castellanos, que con sus recelos e intolerancia, se negaban a reconocer -porque no les daba la gana- cuánto le debían a Fernando. Su bisnieto Felipe II repararía este error y reconocería, cada vez que miraba el cuadro de su bisabuelo, que “a él se lo debemos todo”.

Queda por discutir el espinoso asunto de las Américas. En este tema siempre se dice que Castilla, por exclusivismo ególatra, cerró el paso a Aragón a las Américas. Se apunta, en este sentido, a los increibles resultados que se obtienen a partir de 1778, cuando Carlos III permite que se negocie directamente con el continente. Esta es la visión de la historiografía catalana.

Lo cierto es que América, por la bula de Alejandro VI de 1439, había sido dada a Fernando e Isabel, pero quedaba claro que, una vez murieran ambos, sería una propiedad exclusivamente castellana, tal y como apuntó el profesor Manzano en su día. Hasta el mismo día de su muerte, Ferran II siempre reclamó sus ganancias sobre “su mitad de las Américas”. Y al morir, lega esta mitad en la herencia “aragonesa” a su hija Juana y a su nieto Carlos. Es, por un lado, el particularismo castellano y el agotamiento catalán lo que permiten que Castilla se apropie de la mitad de Fernando. Cataluña está agotada, no le interesa América y, para rematar el error, sigue empecinada en el Mediterráneo. Sicília será la Cuba de los catalanes en los siglos XVI y XVII.

El hecho es uno e innegable. Cataluña estaba “agotada en el siglo XV, era una sombra de lo que había sido dos siglos antes, […agonía que sería herida de] muerte en 1640. Ahí muere la vieja Cataluña. La nueva, la que nos ha llegado, nace a partir de la renovación de 1860” (1).

(1) Jaume Vincens i Vives, Els Trastàmares, pg 242.

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La decadencia catalana del siglo XV (13)

28 marzo, 2017

La guerra civil catalana

Si bien es cierto que el rey no apoyó las revueltas campesinas en Girona en febrero de 1462, lo cierto es que el Consejo del Principado si lo creyó. De hecho, la monarquía se opuso en la medida de lo posible, pero el impcto de la revuleta dejó una hondo impronta en la psique de la oligarquía. Todos creyeron que era el primer paso para traer de vuelta a Joan II a Catalunya, con el apoyo de la Francia de Luis XI, si hacía falta.

La Generalitat moviliza un ejército y Juana Enriquez, ante la amenaza de golpe de estado en Barcelona, se refugia en Girona con su hijo (marzo/abril de 1462), esperando la llegada de las tropas francesas que la protejan. Si alguien se temía una conspiración monarquica, esta es la prueba que esperaban, junto al descubrimiento de la conjuración realidad de Sant Matíes. Las tropas de la Generalitat asedian la plaza y se condena a muerte a los implicados en la conspiración -Destorrent, Pallarès, Torró-, que son ejecutados. La guerra civil ya no tiene manera de detenerse, pues precisamente se han sacrificado a los únicos que podían mediar entre el rey y las instituciones catalanas. De todos modos, y es mi opinión personal, dudo que unos u otros tuvieran, a estas alturas, el más mínimo deseo de genociar nada.

A la Generalitat le ciega su deseo de dominar a la monarquía con su política pactista, reclamar sus reivincaciones y poner sus condiciones; al rey su deseo de venganza, que le hacer caer en manos de Luís XI, que, gran manipulador, aprovecha para intentar reconstruir la Marca hispana de Carlomagno. Este es otro de los grandes errores de Juan, que motivará que la guerra sea tan encarnizada. Al lanzarse a los brazos del francés refuerza los temores y fobias de la mayoría de los catalanes. Queda claro que Juan no se preocupa por sus reinos, sino por su poder personal.

Con la ayuda de Francia de levanta el asedio de Girona en julio y aplasta a los rebeldes en Rubinat. El rey es declarado enemigo público y se le considera depuesto. Ya que Juan ha internacionalizado la guerra, la Generalitat le seguirá los pasos. En Barcelona se impone el terror. Buscaires y sindicalistas son asesinados o amordazados, y los radicales, aprovechándose del fervor vianista del pueblo, se hacen con el control. Este fanatismo ayuda a rechazar el asedio (septiembre/octubre) de Barcelona. Joan II se tiene que retirar.

Otro motivo que ayuda a la resistencia de la ciudad es la aceptación por parte de Enrique IV de Castilla de la corona aragonesa, que es jurado rey en Barcelona el 13 de noviembre de 1462. Este acto está presidido por una especie de Comité de Salud Pública, presidido por el obispo Cosme de Montserrat.

Juan II lucha energicamente contra el peligro de la coalización. Francia y Castilla, por su parte, se preparan para traicionar a sus respectivos aliados y repartirse la Corona. Catalunya será entregada a Carlos de Berry, hermano de Luis, y a la infanta Isabel, hermana de Enrique. En estas condiciones Joan, sin espacio para maniobrar, obra maravillas. Cediendo unas veces, engañando en otras, va salvando la situación. Como réplica a la intervención castellana aviva las discordias de ese reino, y a la traición francesa replica con una alianza con Borgoña e Inglaterra -que está empezando a sumergirse en la guerra de las Dos Rosas.

Tras la sentencia de Bayona, Enrique renuncia a sus pretensiones sobre la corona aragonesa. Desesperada, la Generalitat intenta negociar con Francia. Luis aterroriza a los catalanes cuando les responde “Entre Francia y Catalunya no existen los Pirineos”. La burgesía pactista ofrece la corona a Pedro de Portugal inmediatamente. El sueño de la oligarquía catalana parece posible: Pedro, como una especie de Condottiero, la minima expresión de una monarquía, en una quasi república mercantil. Sin embargo, Pedro no estaba a la altura de su rival, ni diplomáticamente, ni militarmente. Se invierten las alianzas. Francia apoya ahora a Catalunya y Castilla a Joan, alianza sellada con el pacto de matrimonio entre Isabel y Fernando (1). La Generalitat, con apoyo francés, toma Girona.

Juan lanza su ofensiva contra Cataluña con toda la fuerza de sus reinos. Toma Lleida en julio de 1464, tras cuatro meses de asedio, gracias a la traición del vianista navarro Juan de Beaumont, lugarteniente de Enrique IV. Beaumont no puede soportar su antipatía hacia Pedro y opta por capitular. La ofensiva prosigue con la derrota, el 28 de febrero de 1465 de las tropas catalanas en Parts de Rei y Calaf. En torno al monarca se ha formado un partido realista catalán desde 1462. Tras la toma de Lleida Joan se compromete a respetar los privilegios catalanes, salvo la capitulación de Vilafranca, y dará un perdón total a los rebeldes. Esto, que era una oferta muy generosa y que podía haber terminado la guerra, no lo hace por las peleas familiares, las antipatías personales y los odios profundos provocados por las luchas internas y exacerbados por la guerra. El entusiasmo jacobino de 1462-63 y la locura popular de septiembre de 1462 a julio de 1463 ya no existen. Ahora es meramente el odio y la locura lo que impulsa a unos a resistir.

En Castilla los nobles deponen Enrique IV en la farsa de Ávila (5 de junio de 1465) (2) y en Francia los problemas internos mantienen ocupado a Luis. Joan II va venciendo a los rebeldes catalanes poco a poco. La muerte de Pedro de Portugal facilita las cosas. Las cortes de Aragón se ofrecen a mediar entre el monarca y los rebeldes, pero la minoría fanatizada no escucha. Acentúan su terrorismo contra los monarcas -el 2 de julio de 1466 se decreta pena de muerte para aquellos que hablen a favor de Juan II o su família, por ejemplo- y ofrecen la corona a una auténtica nulidad, René de Anjou, el antiguo rival de Alfonso el Magnánimo en Italia. Después de dos siglos de lucha contra los angevinos, un grupo de fanáticos traicionan a la tierra ofreciendo la corona a un Anjou, por un amor propio malentendido, demagogo e injustificado. Las deserciones de los catalanes hartos de guerra y de locura aumentan.

La lucha se recrudece, y parece que los franceses pueden derrotar a Juan, que es batido en Viladamat (1467). El rey, al que algunos consideran un anciano acabado -sólo le falta la muerte de su niña, Juana Enriquez-, se rehace de manera inesperada. Con la toma de Girona y la derrota de los franceses en Sant Coloma, la guerra se acaba. Antes llega la ruina total de Cataluña. La Tabla de Cambio tiene que cerrar sus puertas, agotados sus recursos por la guerra.

Muerto el infante Alfonso por la peste, Joan logra el apoyo castellano, rematado con la boda de Fernando e Isabel. Poco a poco Joan retoma el territorio perdido. A estas alturas es la fuerza militar angevina y francesa la que le hace frente. Desde 1649 la Generalitat no tiene recursos para resistir. La gran obra de Pere el Gran se ha perdido.

En 1472 se acaba la guerra. Lo que hace Juan, a continuación es sorprendente. En lugar de vengarse, tal y como le anima Enrique en sus cartas, concede el perdón general, jura respetar los privilegios y constituciones catalanas y se vuelve a la situación anterior a la Concordia de Vilafranca. No hay vencedores ni vencidos con esta paz.

Pero Cataluña agoniza.

(1) Claro caso de amor a primera vista, como dice la leyenda :rofl:
(2) La Liga nobiliaria se había enfrentado abiertamente con el rey Enrique IV, pero iban perdiendo terreno, por ello se decidieron a un acto sin precedentes (e incalificable) en Castilla: el 5 de junio de 1465 alzaron un tablado junto a las murallas de Ávila, colocaron en él a un muñeco con los atributos regios, que arrancaron uno a uno, arrojaron al pelele del trono y sentaron en él al joven infante Alfonso, hermano del Rey, que pasó a titularse Alfonso XII.

La decadencia catalana del siglo XV (12)

26 marzo, 2017

El camino a la Guerra Civil

En la Corona de Aragón, como en todo el Occidente europeo, se dan diversas crisis fruto de la reacción popular contra el dominio de la oligarquía. Es una consecuencia de la crisis, pues la oligarquía intenta zafarse de ésta y descargar su peso en las clases populares, que, por supuesto, se oponen. Por un lado, tenemos las tensiones en el campo, y, por otro, los enfrentamientos urbanos. Es una época en la que el campesinado se organiza y lucha contra las clases privilegiadas, que ven como se les disputa el dominio en las ciudades. La nobleza y el patriciado urbano se alían para hacer frente a este desafío. El nuevo rey, Juan II, por su parte, está del lado de los campesinos -ya el Magnánimo había suspendido los seis malos usos en 1455 y decretado libertad de los remensas-, pero la oligarquía se opone violentamente a estas medidas, que han de ser revocadas, lo que anima la posición intransigente de unos y la desesperación de los otros.

Así, los campesinos comienza a deslizarse hacia la revuelta armada y el campo se hunde en el caos. Peor aún, el rey considera a los campesinos rebeldes como fuerzas de choque a usar contra la nobleza en un conflicto armado que se ve inminente.

En Barcelona las rivalidades se manifiestan en el enfrentamiento entre la Busca y la Biga, dos grupos ciudadanos que aglutinan a los comerciantes. La Biga es el partido de la oligarquía, de los rentistas y grandes mercaderes, de las grandes famílias; la Busca la de los pequeños artesanos, mercaderes y menestrales. La Busca reivindicaba la democratización de las estructuras municipales y denuncia los abusos de poder de la Biga, pero, sobretodo, es un enfrentamiento de dos políticas económicas. La Busca propone medidas proteccionistas, de defensa de la industria propia frente a la extranjera, que perjudicaba a los intereses de los grandes comerciantes de la Biga, que tenían negocios de imporción y no estaban interesados en las medidas proteccionistas.

La Biga, que controla la Generalitat y otros municipios, bloquea el programa de reformas de la Busca cuando accede al gobierno municipal de Barcelona. Esto desencadena tensiones en el seno de la Busca, que se divide entre radicales y moderdores, lo que favorece que la Biga recupere el control municipal de Barcelona.

Los conflictos del rey, Juan II, con su hijo, Carlos de Viana, serán el catalizador de la crisis. A las tensiones sociales se sumaron las políticas que comportaron el ascenso de Juan II, hermano y sucesor de Alfonso el Magnánimo. Juan poseía grandes dominios en Aragón, Castilla y Navarra, dominios que aumento con su boda con Blanca de Navarra, matrimonio del que nace Carlos. A la muerte de Carlos el Noble de Navarra, Juan se proclama nuevo rey, un rey curioso, pues ni reina – de hecho, quien reina es Blanca- ni se interesa por lo que sucesde en Navarra. Sólo comienza a interesarse por “su” reino al recrudecerse sus conflictos con Castilla.

Por desgracia para todos, en Castilla estalla la guerra civil. La monarquía Trastámara era un juguete en manos de la poderosa nobleza, inclinándose de un bando o de otro dependiendo de como sopla el viento, lo que genera un desprestigio de la institución, amen de no pocas tensiones y ligas de los nobles, enfrentados unos a otros. Así, cuando Álvaro de Luna, condestable del reino, ordene la detención de Pedro Manrique, la nobleza ve claramente que de Luna busca someterles a todos y se agrupan en la llamada Liga castellana, contra el condestable. Juan II de Castilla pide el arbitraje de los infantes de Aragón y Juan de Navarra, que sólo vive para llegar a este momento, se lanza encantado a las turbulentas aguas castellanas. Su derrota en la batalla de Olmedo (1445) acabará con su influencia -y la del partido aragonés- en Castilla.

Esta batalla, que podría haber decidido la guerra, no lo es, pues los vencedores están divididos en dos bandos antagónicos -Luna versus el príncipe de Asturias-, que rivalizaban por el poder y que sólo tenían en común su odio por el partido aragonés. Así las cosas Aragón acaba en guerra con Castilla (1445-1454), guerra en la que abundan más las treguas que las batallas y que ve el declive del poder de Álvaro de Luna, que acabará siendo ejecutado por orden del príncipe de Asturias.

Toda esta guerra supondrá una humillación para Juan, que no puede entrar en Castilla sin el permiso real y que ve su poder en Castilla aniquilado. En 1441 había muerto Blanca y, como parte de sus acciones contra de Luna, Juan contrae matrimonio con Juana Enríquez en 1444, hija de Fadrique Enríquez, Almirante de Castilla y rival político de Álvaro de Luna. Reclama la corona de Navarra y se apodera, a pesar de que Blanca, en su testamento, nombra heredero a Carlos, siempre que su padre estuviese de acuerdo. Juan incumplió el testamento y no entregó la corona a su hijo Carlos, príncipe de Viana, sino sólo la lugartenencia de Navarra lo que provocó el descontento en dicho reino. Esto se mezclará, no tan sólo con la guerra civil castellana, sino con los enfrentamiento entre agramonteses, habitantes de las zonas llanas de Navarra, y beaumonteses, de las zonas montañosas. Los primeros apoyaban a Juan, los segundos a Carlos. Así se llega a la guerra civil navarra.

Hasta 1456 se extiende el conflicto, que termina con la derrota de Carlos y que deja envenenado el ambiente en Navarra, pues los beaumonteses no descansaran hasta aniquilar a sus rivales y Navarra no conocerá la paz hasta 1512. Todas estas calamidades son desastrosas para Catalunya pues Juan, expulsado de Castilla y en dura lucha en Navarra, al ser nombrado lugarteniente de Alfonso el Magnánimo en Catalunya, interviene en las querellas del país, apoyando a los remensas, con lo que se gana el odio de la oligarquía catalana, que decide apoyar entusiastamente a su hijo. La situación, ya tensa, se enrarece más con las intrigas de la ambiciosa Juana Enríquez, decidida a que su hijo Fernando suceda a su padre como rey. Para ello no duda en falsificar una carta de Carlos, que, acusado de conspirar, es encarcelado en Lleida por orden de Juan, ya rey. Este acto, este error de Juan, contrario a las constituciones de Cataluña, dispara la crisis.

El flirteo de Carlos con una posible boda con Isabel, hermana de Enrique IV, que arruina los planes de Juan para casarlo con Catalina de Portugal y completar el cerco de Castilla, y los tejemanejes de su esposa castellana precipitan el error de Juan II, que ordena, como ya se ha dicho, el arresto de Carlos. Es un paso en falso tremendo, que da pie a sus enemigos para atacarle.

El acto, claramente contrario a las constituciones y privilegios de Catalunya, da pie a la oligarquía para que se enfrente a Joan, forman un Consell representatitu del Principat de Catalunya (1) que exige la liberta de Carlos de Viana, que es presentado como una victima del despotismo paterno. El rey contesta primero que “no está obligado a dar razón de sus actos sino tan sólo a Dios, como rey y principe que en este mundo no tiene más superior”. Pero la amenaza de una guerra civil y la intervención castellana hacen que Juan libere a su hijo y negocie. En el Compromiso de Vilafranca la oligarquía catalana obtiene todas las reclamaciones que ha estado presentando desde los tiempos de Pedro el Ceremonioso. Carlos se convierte en lugarteniente del rey, al que se prohibe que entre en Catalunya “sin el permiso de la tierra”. Fue el triunfo del pactismo a ultranza y la máxiam sumisión del rey al poder de la oligarquía catalana.

Por desgracia, Carlos, por sus problemas de salud, fallece, y con él el sueño de reestablecer la armonía entre monarquía y nobleza. La sospecha de que había sido envenenado aumenta el odio popular contra Juan II. La llegada del nuevo lugarteniente, Fernando, el futuro rey católico, tal y como se había acordado en el Compromiso de Vilafranca, trae mayores dificultades, pues su madre, que le acompaña, se lanza a maniobras, presiones y amenazas (2) para lograr el retorno de su marido, lo que aumenta la desconfianza, primero, y la enemistad, con la oligarquía.

Nadie en Cataluña intentó evitarlo. La nobleza estaba enfrentada entre sí, y mientras una parte pequeña de la iglesia intenta poner paz, la mayoría anima los bajos instintos populares -no en vano la mayoría de sus ingresos vienen de los campesinos a los que Juan está apoyando. El miedo lo domina todo: el miedo a un golpe de estado monárquico, con las consiguientes represalias; el miedo a una revuelta aristocrática antirealista; el miedo a la revuelta campesina…

Así, cuando los campesinos de Girona, hartos de la opresión señorial, se rebelen en 1462, creyendo ver tras ello la mano de la reina, que conspira con la Busca para lograr el retorno del rey, la Generalitat reaccionará violentamente y se desencadena la guerra civil.

(1) Consejo representativo del Principado de Catalunya
(2) Mira que he visto ejemplos de monarcas inútiles y reinas absurdas, pero es que Juana Enríquez supera a todas las de su tiempo en estupidez y torpeza. Ni la Woodville en sus mejores días, vamos… Seguro que me dejo a alguien en el tintero.

El sello negro (7)

25 marzo, 2017

Alarmada, cuando no apareció a la hora de la cena fui a su habitación otra vez. Y dónde antes no había nada, ahora encontré una hoja de papel sobre su escritorio.

Querida hija

Cuando leas estas lineas, por citar el viejo proverbio, yo ya habré cometido un desatino, y es posible que esta carta sea un adiós. Es prácticamente seguro que no volveremos a vernos, por lo que he dejado preparado mi testamento. La fatalidad que se ha abatido sobre mí es terrible y horrible, mucho más allá de los sueños más remotos del hombre. Tienes derecho a conocer los pormenores y por eso, junto con esta carta, te he dejado una llave que te abrirá el primer cajón de mi escritorio. Allí encontrarás un sobre grande con tu nombre. Te ruego que, antes de leerlo, lo quemes. Dormirás más tranquila y más feliz. Pero si deseas conocer la historia de todo lo que me ha sucedido, allí lo tienes todo.

Tras mucho dudar decidí abrir el cajón y hacer frente a lo que contuviera, aunque ello me persiguiera por el resto de mis días, pues no podían ser peor que los negros presentimientos que me perseguían desde nuestra llegada a aquella casa.

En las hojas que contenía el sobre mi pobre padre detallaba su teoría: gran parte del folklore y las tradiciones humanas no son más que un relato exagerado de sucesos pasados, y se había sentido impulsado a estudiarlos, especialmente las relacionadas con hadas, las buenas diosas de las leyendas célticas. Así se fue adentrando en el tema hasta llegar a las que podrían ser las primeras narraciones sobre esos seres míticos, que arrojaban una luz tenebrosa sobre estos seres, muy alejada de la imagen amable y generosa que conocemos hoy en día.

La maldad de estos seres había quedado diluída entre las leyendas de las brujas que, montadas en sus escobas, aterrorizaban a todos aquellos desafortunados que se encontraban en su errar. Así, durante sus investigaciones, empezó a sospechar que esos seres eran reales y que habían sobrevivido hasta nuestros días en regiones tan remotas como en la que me encontraba en ese momento.

Transcurrieron varios años antes de que pudiera probar su teoría, hasta que una tragedia tuvo lugar en esa perdida comarca, cuando hallaron asesinados con el instrumento fatal a su lado: una hacha primitiva de piedra atada por una tira de cuerdo a un mango de madera, junto a la misteriosa piedra cuya superficie rasgada nos tuvo tan intrigados hace poco.

Por eso nos encaminamos hasta esta localidad perdida, para desentrañar el misterio del Sello Negro…

La decadencia catalana del siglo XV (11)

24 marzo, 2017

El declive económico catalán

A partir de la segunda mitad del siglo XIV el mundo económico occidental entró en una fase diferente al despegue mercantil de los siglos XI y XII. A partir de 1350 se había entrado en todo Occidente en un proceso de depresión, empeorada por las guerras que perturban el comercio y la industria.

En 1381, el año negro de la economía mundial, también lo es para Cataluña. A los años de subida de precios y salarios (1350-80) sigue una serie de bancarrotas que marcan el fin de la buena época. Entre 1381 y 1383 las principales bancas privadas de Barcelona, Girona y Perpiñán se hunden, producto de exagerados prestamos a la realeza y la falta de un crecimiento industrial, comercial y tributario. Las medidas tomadas -la creación de la Mesa de Cambio- sólo sirve para proteger al rentista, no para apoyar la expansión de la economía. A partir de 1406, con la caída de la poderosa família Gualbes, Barcelona se queda sin una banca privada de economistas, y se abre la puerta a los italianos, que ya aparecen en el reinado de Juan I.

A partir de 1375 los precios de artículos de primera necesidad comienzan a fluctuar, lo que causa un periodo deflaccionista que va de 1380 a 1415, y el número de arrendatarios va disminuyendo. Los capitales se rarifican y los presupuestos municipales comienzan a sufrir de una carencia de fondos endémica. Este fenómeno, que se corresponde con el comienzo de la crisis económica general, se extiende de 1380 a 1420 en Cataluña. Caen los precios, se reducen los margenes de beneficio industrial y esto ocasiona tensiones en el campo y la ciudad que a veces tienen estallidos violentos, como el pogrom de 1391 en Barcelona. La supresión de la judería catalana -que a finales del siglo XIV ya no tiene la importancia económica que tuvo antes- marca, sin duda, el comienzo de la caída económica catalana.

El comercio aún continúa siendo una actividad prespera hasta 1420, aunque empieza a mostrar el desgaste causado por la pirateria y las guerras contra genoveses y venecianos. A partir de 1410 se empieza a observar el declive -aparición de vizcainos en el comercio en el Mediterráneo occidental, perdida de influenca a manos de genoveses en areas tradicionalmente de influencia catalana, como Sicília-. Las sucesivas desvalorizaciones de la moneda, producto de la imposibilidad de equilibrar la balanza de pagos con el comercio exterior desorganiza el sistema monetario, que da lugar a variaciones brutales y contradictorias en la economía y tremendas perdidas en las rentas.

Entre 1420-55 se produce un periodo de recuperación al alza y se incrementan las relaciones comerciales con Oriente Próximo y Flandes. Sin embargo, esto no significa que se repare el daño causado. El golpe de la crisis ha sido demasiado fuerte, y el conjunto ha quedado muy trastornado. No se alcanza una cierta normalidad hasta 1425-6. Sin embargo, en este mismo periodo vemos que la cosa no va bien. Se pierden los mercados de especies del Mediodí de Francia, se estanca la producción industrial por la aparición de tejidos italianos e ingleses y caen la recogida de impuestos. A partir de 1427 se puede decir que se da el punto de inflexión en la crisis.

Comienzan a desarrollarse medidas proteccionistas, como las promulgadas por la reina María en 1422 y, lo más importante, se tiene conciencia del cambio. Cómo dice la misma reina en el parlamento de 1440 “lo renom dels catalans que per lo món era tingut en estima, vuy envides és oït en Llevant ni en Ponent” (1).

El punto de no retorno es 1445. A partir de entonces comienza una crisis que se extiende por el resto del siglo. El comercio cae en picado y esto hace que el obispo Margrit se queje de que Cataluña está “viuda” ante el absentismo real.

Lo peor es la perdida de cohesión social y en la fe en el futuro, que hace que cada grupo social se preocupe de sí mismo, presionando por medidas que les benefícien a ellos en exclusiva, lo que hará que en el campo rebrote la violencia campesina y que las ciudades se dividan en bandos. En Barcelona, la Busca y la Biga, en lugar de buscar soluciones dialogadas, recurren a la violencia. En este panorama de anarquía social y egoísmo personal, la patria desaparece. Si a todo esto añadimos los daños causados al comercio por la piratería y la ruptura de las relaciones diplomáticas con Tunez, Egipto y Flandes, por la creciente competencia de Marsella, la inmovilización de capitales y la insaciabilidad fiscal de la Corona, tendremos un cuadro bastante claro sobre la asfíxia que había caído sobre Catalunya. El resultado será una división entre los que decidan combatir a la monarquía para proteger sus intereses y los que quieran defenderla por lo mismo.

El toque de gracia, el hundimiento definitivo de Cataluña vendrá con la etapa de inmobilización inflaccionista de 1455 a 1490: despoblación, huída de trabajadores y de capital, corrupción, malversación, crisis, ruina. Es entonces cuando Valencia reemplaza a Barcelona como centro comercial de la Corona de Aragón y que Castilla desplaza a Aragón como del centro hispánico de relaciones internacionales. Hará falta la llegada de Fernando el Católico para que se inicie algo parecido a una recuperación.

Como señala Pierre Villar, en el hundimiento de Cataluña podemos ver las mismas señales que se aprecian en la destrucción de los imperios modernos: agotamiento demográfico de la metrópolis, desgate de sus recursos internos de producción, perdida del interés empresarial en beneficio del rentista, crisis de la moneda y de las financias públicas, ruptura del equilibro de clases y divorcio social y luchas civiles mezcladas con las rivalidades de los clanes.

Todo ha de empeorar a partir de 1445.

(1) El renombre de los catalanes, que era tenido en alta estima en el mundo, apenas se escucha hoy ni en Levante ni en Poniente.
Pequeño Padawan Kurtizacoal, por qué me has salido tan cabrón?” – me dijo mi Maestro.

La decadencia catalana del siglo XV (10)

22 marzo, 2017

Los Trastámaras

Desde la noche de los tiempos se ha acusado a los Trastámaras de ser los causantes del declive de Cataluña. Si bien no fueron una bendición, no empezó con ellos la crisis, como espero haber demostrado hasta el momento, aunque será en su tiempo cuando se pase del punto de no retorno y las aguas, agitadas desde hacía mucho, se desborden.

A pesar de los conflictos iniciales, Fernando I fue aceptado por los estamentos dirigientes del país, que consiguieron mantener la línea pactista y fueron recompensados con la reafirmación de sus privilegios (cortes de 1412-13). Supo hacer frente a la rebelión de Jaime de Urgell, que, en lugar de hacer una oposición constructiva, optó, siguendo el desafortunado consejo de su madre, por ser rey o nada, y se quedó en nada, privando a Catalunya de un linaje y un prestigio como antes ya le privó de un monarca. Fernando, por su parte, hizo gala de una extraordinaria clemencia con el derrotado, que salvó la vida, pero fue desposeído de sus tierras y títulos y se pasó el resto de su vida en cautiverio y exiliado. Teniendo en cuenta otros antecedentes peninsulares con respecto a los rebeldes, no se puede decir que Fernando fuera cruel o vengativo. Tampoco podía permitirselo, de todos modos.

A su temprana muerte, que deja sin cumplir los objetivos de su reinado, comienzan a cernirse las sombras de la tormenta que se avecina. Su hijo Alfonso el Magnánimo (rey desde 1416 a 1458) dedicará todas sus energías a la conquista de Nápoles, desentendiendose de los asuntos de la Corona de Aragón, involucrandose en los asuntos italianos mientras las tensiones sociales se acumulaban en Catalunya y la situación se volvía más explosiva -crisis remensa que desemboca en el alzamiento de 1462, resistencia de la oligarquía a aceptar las medidas reales, como la Sentencia Interlocutoria de 1455 que suspende los malos usos-. El mal ambiente se extiende, y en 1450 estalla la rebelión campesina en Mallorca, un estallido de rabia y desesperación provocado por el hambre, la miseria y los abusos de poder. Vencidos, Alfonso se vengará despiadadamente.

Alfonso falla a la hora de ser rey. Cuando se requería su presencia en la decisiva etapa de transformación en estado moderno del reino, está ausente. Las raíces de la futura guerra civil y del empantanamiento económico ya estaban allí, pero el absentismo real empeora la situación. Si Alfonso, hombre enérgico, hubiera estado en sus reinos peninsulares, el paso de la monarquía feudal a la renacentista se hubiera hecho con menos sufrimientos ni hubiera hundido definitivamente la economía catalana. Un apátrida, extranjero en Italia -el re di Aragona- y en Aragón, Alfonso, que rechazó su ascendencia castellana -dejó que Castilla se cociera a fuego lento en sus propias discordias civiles y no se hizo cargo de su herencia, cegado como estaba por su sueño italiano-, fue incapaz de medir el alcance de la crisis, ni comprendió porqué las corporaciones se oponían a sus empresas mediterráneas en lugar de cooperar con ellas. En su afán de ser un rey humanista, de sumergirse en la política italiana, deja que el desorden y el caos se abatan sobre la estructura económica, política y social de sus reinos.

Hacia el final de su reinado sus propias conquistas italianas se rebelaran contra él, Navarra estará al borde de la guerra entre Juan y Carlos, hermano y sobrino de Alfonso, y Castilla se deshará de los infantes de Aragón. Cataluña, agobiada por la crisis económica de 1455 y sumida en el caos de las administraciones, se está polarizando en dos bandos enfrentados, la Biga y la Busca. El problema es trilateral, por un lado las clases populares contra la oligarquía y el patriciado, con el rey incapaz de poner una solución y con medidas dubitativas que animan a la oligarquía a endurecer su intransigente postura.

A continuación examinaremos como la crisis cabalga por el reinado, aparentemente victorioso por la conquista napolitana, de Alfonso.

La decadencia catalana del siglo XV (9)

20 marzo, 2017

El compromiso de Caspe

Uno de los desencadenantes del compromiso de Caspe fue la falta de decisión de Martín el Humano a la hora de dejar un sucesor. Empeñado en que fuera su nieto Federico de Luna, hijo bastardo de su hijo Martín el Joven, ante la negativa de todos a aceptar esta solución, se niega a que el conde Jaume de Urgell, descendiente directo de Alfonso el Benigno, sea el heredero. Como no podía descartarlo, lo nombra lugarteniente y gobernador general y condestable de Aragón. Sólo con esto bastaba para que se escogiera a Jaime como su heredero… si no hubiera sido porque, en su manera contradictoria, Martín se dedica a minar la candidatura de Jaime, intentando impedir que el urgelino tomara posesión de sus cargos. Fue tal el cúmulo de despropósitos que Martín acumula que crispó de manera irreparable el ambiente de la Corona. Así, muere sin dejar un claro sucesor, algo de lo que se aprovecha el partido catalán contrario a Jaime, encabezado por Guerau Alemany de Cervelló y apoyado por el patriciado urbano de Barcelona, representado por el conseller Ferrer de Guables. No será la última vez que, por su egoismo, la burgesía catalana actúe de manera y arbitraria.

La comisión que ha de encontrar un heredero no se pone de acuerdo salvo en poner pegas a los candidatos.

-Federico de Luna es descartado por su orígen bastardo. Teniendo en cuenta el antecedente castellano de Enrique de Trastámara o el de Juan II de Avís, tampoco hubiera sido nada novedoso…

-Luis de Anjou, hijo de Luis II, duque de Anjou y Violante, hija de Juan I y nieta de Pedro III el Ceremonioso. La burgesia catalana no lo quiere ni ver por su origen galo y la rivalidad comercial con Francia.

-Jaume de Urgell, descendiente directo de Alfonso el Benigno, como ya he dicho. Tiene en su contra al mismo rey, que había obstaculizado su candidatura para favorecer la de su nieto; a la burgesía catalana y a amplias capas de la nobleza aragonesa y valenciana, divididas en su guerra civil interna (los Urea y los Vilaragut contra los Luna y los Centelles).

-Fernando de Antequera, nieto de Pedro el Ceremonioso, que no entra en las apuestas iniciales.

Fernando consigue aglutinar, unas veces por suerte y otras mediante su fortuna, a la oposición antiurgelina. Tras el asesinato del arzobispo de Zaragona, cuando las tropas de Fernando entran en Aragón para apoyar a los antiurgelinos, la situación se aclara. Ya sea legalmente o por la fuerza de las armas, Fernando ha de ser el rey. Prueba de ello es como los Urrea y los Vilaragut se van haciendo, con apoyo de las tropas castellanas, con el control de diversas plazas aragonesas y valencianas. La situación es casi de una guerra civil no declarada. Si bien Cataluña y Mallorca permanecen relativamente calmada, en Aragón y Valencia se forman asambleas enfrentadas.

Ante la pasividad catalana, el grupo pro-fernandino aragonés reunido en Alcañiz, con el apoyo papal y tras la victoria de Morverdre, anuncia que si nadie actúa, ellos solos son más que capaces de otorgar la corona a quien ellos decidan. Por mediación Papal se decide formar una comisión de compromisarios, con tres representantes por reino. Desengañemonos, lo que sale de Alcañiz no es una propuesta de debate, sino una reunión para confirmar a Fernando como rey. Así, con los votos de los tres reprensentantes aragoneses, dos valencianos y uno catalán, Fernando se convierte en rey.

Pero, realmente, ¿había alguna solución alternativa? No.

Fernando triunfa sobre Jaime no porque tenga más derecho, sino porque un grupo de hombres decididos saben imponer su candidatura, sorteando las dificultades legalistas y defendiéndola de la manera más adecuada. La decisión que muestra el Parlamento de Alcañíz contrasta con la pasividad suicida de Cataluña. Fernando era la única solución posible al dilema, que no era jurídico, sino político. La ascensión de Jaime al trono hubiera exacerbado las tensiones internas de la corona. La única solución era entronizar a los Trastámara en 1412.

¿Podría haber sido de manera diferente? Quizás. Si en 1410 las clases dominantes catalanas hubieran asumido su responsabildad, quizás Jaime hubiera podido ser rey. Pero, como ya hemos comentado, estas clases están en crisis desde 1380, enfrentadas por una serie de conflictos sociales, agotadas por la crisis económicas. Escogen a Fernando porque creen que poniéndolo de esta manera en el trono lo van a poder coaccionar en el futuro y seguir con sus negocios y su política pactista. Lo que no quieren es arriesgarse a tener a un noble montañés, de rancio abolengo condal, que les ponga en su sítio. Por tanto, quien falla a la hora de encontrar una solución ya de entrada es la misma burgesía catalana, que abdica de su papel de lider de la Corona. No pudiendo encontrar a un candidato de su agrado, dejan que sean los acontecimientos que decidan por sí mismos, y se dedican a ir capeando el temporal hasta que algunos aragoneses decididos y seguros de si mismos -o del oro recibido de Fernando- les solventan la papeleta.

Este evento muestra un interesante cambio en el equilibrio económico, que ya se había visto en los anteriores monarcas. Ahora es Aragón más potente económicamente que Catalunya. Si con Pedro III los financieros eran catalanes, con Juan I y Martín habían sido aragoneses e italianos. La crisis económica marca la pauta política.

La decadencia catalana del siglo XV (8)

18 marzo, 2017

El fin de la dinastía

El sucesor de Pere, su hijo Joan I, empeoró la delicada situación del reino. A la crisis económica se suma una oleada demagógica antijudía, que tiene sus origenes en Andalucía y que desemboca en el estallido de 1391, que se traduce en asaltos contra los juderías y asesinatos en masa. Comienzan en la Peninsula con la matanza de la judería de Sevilla del 6 de junio, después de que el arcediano de Écija, don Fernando Martínez, hubiera estado haciendo llamadas al odio durante toda la primavera. Ya antes habían estallado diversos motínes que habían sido debilmente atajados por las autoridades. Sin embargo el arcediano de Écija exacerbó más al pueblo el cual, enardecido, entra el 6 de junio, en el ya saqueado barrio. Esta vez el populacho no se detuvo en saquear sino que desencadenó una tremenda masacre.

El odio se expanden rápidamente por la península. En Valencia comienza el 9 de julio, alcanzando su punto máximo con la masacre de la judería de Barcelona el 9 de agosto. Las masacres se extiende por toda Cataluña, desde Lleida a Girona, alcanzando Perpiñán. Afecta asimismo a Mallorca y en Aragón, como ya sucediera durante la guerra de los Pastores en 1320, también se queman las juderías. Lo cierto es que, pese a que se apunte a los sucedido en Andalucía como detonante de la crisis y a los castellanos que promueven los disturbios de Barcelona (1), no hay que olvidar el papel de los demagógos de la misma corona ni el de la nobleza que, endeudada, azuza a la masa contra los judíos. Este odio se volverá en contra de algunos nobles que verán sus casas asaltadas durante el furor vandálico. Esto supone el golpe de muerte para los judíos en la Corona. Los supervivientes comienza a emigrar y, en 1401, el rey Martín el Humano disuelve la judería de Barcelona.

A esta crisis, con el consiguiente perjuicio económico, se suma el gasto desmedido y la mala administración que caracterizan el reinado de Joan I. Se malgasta el dinero en la corte y no se sabe impedir la perdida de los ducados griegos ni consolidar el dominio de Cerdeña, que se mantiene más por la fidelidad de algunas ciudades que por el buen hacer real. Rodeado de personas que le son de su agrado, pero no buenos administradores, Juan I se hunde en la corrupción y los escándalos. El favoritismo, la falta de personalidad y de una política clara completan el cuadro y son un triste punto de comparación con el reinado de su padre. Asimismo, Cataluña pierde la hegemonía política durante el reinado de este monarca francófilo y se sumerge en la crisis económica.

Así, al acceder su hermano, Martí I, el último de su dinastía al trono, se encuentra con un reino dividido. La nobleza está enfrentada entre sí, la lucha en Cerdeña se extiende de manera aparentemente inacabable y la autoridad está en crisis. Las bandosidades se extienden por el reino, contaminando como una plaga a la nobleza y las ciudades y villas. Se apacigua Cerdeña tras la derrota de sardos y genoveses en Sanluri, a costa de la perdida del heredero, Martín el Joven, muerto por una enfermedad tras conseguir la gran victoria. Esta muerte desencadena el problema sucesorio, que, ante las dudas del monarca, no encuentra solución en vida de éste.

Hombre de una gran cultura, muy humano y dialogador, carece de las fuerzas y los medios para poner fin a las divisiones internas del reino. Indeciso, muere sin nombrar un claro sucesor, y deja el camino abierto al ascenso de los Trastámaras al trono. El siguiente paso será el Compromiso de Caspe, del que trataremos a continuación.

(1) Uno de los motivos por los que se produce el asalto de la judería es por la detención de los castellanos que habían causado los primeros incidentes

El sello negro (6)

17 marzo, 2017

Por la mañana, tan pronto como entré en el comedor, presentí que todo el extraño caso iba a tener un pronto desenlace. La cara de mi padre estaba tensa y firme, y casi pareció no darse cuenta de que le saludaba al entrar.

Voy a salir a dar un paseo -dijo, sin hablar con nadie en particular-. No me esperes, ni pienses que me ha pasado algo, porque voy a tarda un poco. Últimamente no me he comportado civilizadamente y creo que un poco de aire me hará bien. Tal vez pase la noche en algún hotel de carretera, si es que encuentro alguno confortable.

No sabía yo a dónde pensaba dirigirse ni tenía la menor idea sobre cuáles podrían ser sus intenciones. Así, cuando le ví salir briosamente y cerrar la cancela detrás de sí, no me preocupé demasiado. Cuando desapareció entre la oscuridad de los bosques, volví a entrar en la casa. El resto del día transcurrió en calma, y cuando cayó la oscuridad, pese a que mi padre todavía no estaba de vuelta, me fui a la cama.

Pero cuando, al despertarme al día siguiente, la sirvienta me dijo que la puerta de la habitación de mi padre estaba abierta y el interior vacío, un terror profundo se apoderó de mí. Me forcé a pensar que tal vez, durante su camino de retorno, se hubiera encontrado con unos amigos y se hubieran detenido a almorzar.

Pero al ir pasando las horas y no tener noticias suyas la alarma fue creciendo en mi interior. Cuando, a las ocho, llegó el jardinero y pidió hablar conmigo, me alarmé cuando me dijo que quería entregarme una carta que mi padre le había dado con la condición de que me la diera en caso de que él no hubiera regresado esa tarde.

La decadencia catalana del siglo XV (7)

16 marzo, 2017

Etapas de la crisis

Los primeros pasos hacia el abismo

Al morir el 27 de enero de 1336 el rey Alfonso el Benigno, deja al reino en una situación difícil, con dos partidos poderosos enfrentados entre ellos, formados en torno a la figura de este monarca débil y enfermizo. Por un lado está la esposa del rey, la princesa castellana Leonor, aquella que había sido rechazada por el anterior monarca y hermano mayor de Alfonso, Jaime. Dominada por su ambición, despecho y por su necesidad de asegurar a sus hijos Fernando y Juan una herencia sustanciosa, no dudará en intentar dividir la Corona -dejándola, de paso, inerme frente a la Castilla de su hermano Alfonso XI- para beneficio de su descendencia. Frente a ella encontramos al partido del primogénito, Pedro, que se había criado en Zaragoza, protegido por el arzobispo Pedro de Luna para evitar la persecución a que es sometido junto con sus hermanos por la reina.

Existía, por cierto, un tercer partido, centrado en los tíos del rey, Pedro y Ramón Berenguer, en torno a los cuales se agrupaba la nobleza catalana, que recelaba del futuro monarca, criado en Aragón y alejado de los intereses de Cataluña. Irónicamente será Cataluña el gran baluarte de Pedro durante el capítulo de las Uniones.

El enfrentamiento entre la madrastra y el futuro monarca tendrá una consecuencia vital para el desarrollo del curso de los acontecimientos: Pedro desarrolla una hostilidad instintiva contra todo lo que viene de Castilla. Esto le hace intervenir en la guerra que el rey de Navarra mantiene contra el de Castilla, preludio de la guerra agotadora que está por venir. Esta intervención fracasa de manera vergonzosa, con lo que, al recelo inicial se suma el deseo de venganza contra los que le han humillado -a los ojos del mismo Pedro, claro.

Tras enfrentarse a Jaime de Mallorca, al que arrebata de manera maquiavélica sus reinos para reunirlos bajo la Corona de Aragón y guerrear contra el peligro marroquí, apoyando a los otros reinos contra las incursiones procedentes de África en el ultimo esfuerzo colectivo de los reyes cristianos de la Peninsula contra los sarracenos, llega el golpe de la Peste Negra.

Estaba Pedro enfrentado en esos momentos a las uniones de Aragón y Valencia cuando golpea la plaga. Gracias a esta y a la terrible mortandad que se desencadena sobre Valencia el rey tiene una excusa para escapar de la ciudad, donde los unionistas le tienen prisionero. En medio de este terrible castigo que diezma a los dirigentes unionistas y en Valencia los reduce a una fuerza anárquica y terrorista, el ambicioso monarca vence a los rebeldes. Este monarca, con un genio tan vivo, no olvida las humillaciones sufridas. Anula y deja sin vigor las concesiones que le arrancaron los unionistas y hace quemar los pergaminos, tras destruir, con su mismo puñal, el libro de los privilegios de la Unión aragonesa. En Aragón se ejecutan a 13 lideres rebeldes, y en Valencia a 20.

Apenas se ha solucionado el asunto -en no poca parte gracias a la aniquiladora Peste-, el rey se ve inmeso en la gran crisis internacional que ocupará, con intermitencias, todo su reinado, y que agotará parte de los recursos de la Corona. Aliado con Venecia, se enfrenta con Génova y Pisa, debido a la antigua rivalidad mercantil, en una guerra costosa, que amplia el imperio mediterráneo de Aragón, domínio incierto que comportará una serie de guerras interminables y ocasionará una considerable angría económica.

Esta guerra, por cierto, llevará a la gran crisis con Castilla, pues Pedro el Cruel usará un incidente -la captura por parte catalana de dos naves genovesas en Sanlúcar- para lanzar un ultimatum contra Aragón. Las arbitrariedades del castellano y las fobias del aragonés por un lado y la rivalidad de los reinos por otro, causarán una guerra larga, que dura 13 años, con diversas alternativas, en la que Pedro el Ceremonioso acabará apoyando a Enrique de Trástamara para conseguir el trono, una vez el paranoico monarca castellano haya alieando a la mayor parte de la nobleza castellana. Guerr larga y costosa que no servirá para nada, salvo para agotar las arcas y poner el rey en desventaja frente a las presiones de las cortes, pues el Trastámara esquivará el cumplimiento de las promesas hechas.

Asi pues, en el mismo reinado que se consolida el imperio mediterráneo se dan los primeros pasos hacia la decandencia, con la ecoomía tocada, la población en retroceso y asentadas las bases de las futuras disputas políticas y sociales.


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