Archive for 30 abril 2017

Esoterismo en el III Reich (9)

30 abril, 2017

La derrota del Eje no supuso el fin de las visiones ocultistas del nazismo. Al contrario, e hitlerismo, continuó alimentando tesis singulares. Las dos obras de más impacto en este sentido fueron El retorno de los brujos(1960), de Louis Pauwels y Jacques Bergier, y Hitler: la conspiración de las tinieblas (1972) de Trevor Ravenscroft.

El retorno de los brujos es una voluminosa obra sobre esoterismo cuya segunda parte analiza el trasfondo esotérico del nazismo y señala su supuesta vinculación con la Sociedad Vril, con sede en Berlín, una sociedad seudocientífica y esotérica surgida durante el período de la Alemania nazi. Gran parte de sus actividades han sido objeto de numerosas especulaciones, incluyendo la propia existencia de la sociedad. Vril es una sustancia nombrada en la novela de ciencia-ficción The Coming Race, del autor Edward Bulwer-Lytton. Varios lectores teosofistas creyeron que era un relato verídico sobre la existencia de una raza superior que habitaba en las profundidades de la Tierra y que utilizaba una energía llamada “Vril”: “una enorme energía de la cual solo utilizamos una ínfima parte en la vida ordinaria’ según los autores; quien llegase a ser propietario del Vril se convertiría en dueño del mundo. Para los autores, la Sociedad del Vril quería entrar en contacto con el “Maestro del mundo’ —oculto en algún lugar de Oriente— y establecer una alianza para dominar el planeta.

En su libro Pauwels y Bergier afirmaban que la sociedad Vril era una comunidad secreta de ocultistas que surgió en Berlín antes del ascenso de los nazis. De hecho, la sociedad Vril era una especie de círculo interno de la sociedad Thule. También afirmaban que se encontraba en estrecho contacto con la sociedad inglesa conocida como Orden Hermética del Amanecer Dorado (una fraternidad de magia ceremonial y ocultismo, fundada en Londres en 1888 por William Wynn Westcott y Samuel MacGregor Mathers). La información sobre la Sociedad Vril ocupa una décima parte del libro, mientras que el resto detalla otras especulaciones esotéricas, pero los autores no aclaran si los hechos que relatan son verídicos o ficticios.

Ravenscroft, en su Hitler: la conspiración de las tinieblas (The Spear of Destiny) afirma escribir a partir del testimonio de un judío que conoció a Hitler en sus años vieneses. La revelación sustancial de la obra es que Hitler se habría apoderado de la Santa Lanza (con la que el centurión romano Longino hirió el cuerpo de Cristo en la cruz) expuesta en el museo Hofburg de Viena, convencido de que esta tenía poderes sobrenaturales, y la habría utilizado como talismán. Hitler se habría hecho con esta “lanza del destino’ tras anexionar Austria al Tercer Reich y su posesión “inauguró un reino satánico de terror y carnicería sangrienta que superaría en salvajismo y crueldad a todas las anteriores épocas de tiranía”.

En resumen: leyendas y fantasías en torno al esoterismo nazi, más o menos variadas…

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El corazón de las tinieblas (5)

29 abril, 2017

Sentada en el coche, Emma no tenía las ideas nada claras. No sabía a dónde ir ni tampoco qué hacer. De repente, el zumbido del móvil la arrancó de sus dudas. Se lo acercó a la hora con miedo, como si fuera a estallar al tenerlo cerca.

-¿Si?

-No cuelgues. No arreglas nada huyendo porque, al final, te encontraré.

Era cierto, suspiró resignada.

-¿Qué quieres?

-Que pagues por todo lo que me has hecho.

Y colgó. Escucharle hablar tan tranquilo era lo peor, sabiendo la carga de odio que llevaba cada palabra. Tenía que estar haciendo un gran esfuerzo por controlarse.

Permaneció un buen rato aparcada, lejos del tráfico rodado y pedestre, perdida en el hilo de sus pensamientos. Miró el reloj: las 11.34. Con un sobresalto, al mirar a su alrededor de dio cuenta de que estaba cerca de la casa de su hermana. Se preguntó si ella sabría algo de él y lo descartó al momento. En sus recuerdos la casa familiar era una inmensa oscuridad en cuyos rincones se ocultaba la figura gatuna de su padre, siempre al acecho. Alto, guapo, bronceado, con sus manos y su boca que a veces acariciaban y a veces hacían daño. Era el gran mago, el que hacía que toda la casa funcionara a su alrededor, siguiendo sus caprichos.

Se sintió hambrienta, así que dejó el coche y buscó una cafetería. Justo cuando iba a entrar notó algo, una presencia, como si alguien estuviera pisando su sombra y detuviera con ese gesto sus pasos. Cambió bruscamente de dirección y se perdió entre la multitud de gente que marchaba por la calle cargada de bolsas y paquetes. Él, sin lugar a dudas, estaba allí, viéndola, bien cerca de ella.

Un poco más abajo vio una comisaría. Los agentes en la puerta, la bandera colgando lacia del mástil. Por un segundo pensó en ir y pedirles ayuda. Pero… ¿qué podía decirles? ¿Que un ex-presidiario la perseguía y quería matarla? ¿Qué pruebas tenía? No, no iba a volver a delatarlo. Ya se lo habían dicho una vez. Era una traidora, pero no lo haría de nuevo. Esta vez se enfrentaría con él, como fuera. Por eso se alejó de la comisaría. Entonces se dio cuenta. La presencia maligna a sus espaldas se había desvanecido.

Cuando regresó a su coche se alegró como una niña al verlo ahí. Sudorosa, se sentó detrás del volante y conectó el aire acondicionado, que comenzó a refrescarla de inmediato. Entonces lo sintió. En el bolsillo, algo pesado. Metió la mano en su interior y sacó el objeto. Era una piedra de tamaño medio, de color marronosi y redondeada. En su superficie, con pintura blanca, él había escrito: “Siempre estaré cerca de tí”.

Esoterismo en el III Reich (8)

28 abril, 2017

Los cátaros también llamaron la atención de las SS. Otto Rahn (1904-1939), licenciado en Literatura y Filología, y que llegaría a ser miembro del Partido Nazi y Obersturmführer de las SS, se sentía atraído por los cátaros le llevó a desarrollar su tesis doctoral en torno a la herejía albigense y siguió sus huellas durante cinco años en distintos lugares (Suiza, Italia, Provenza y Cataluña), y en 1933 publicó Cruzada contra el Grial. Rahn, que creía que existía un lazo entre el Parsifal de von Eschenbach y el misterio del grial cátaro, afirmó la existencia de una religión gnóstica encarnada por los cátaros (a los que germanizó, por supuesto) y destruida por la Iglesia Católica e identificó la fortaleza de Montsalvat (donde los templarios custodiaban el Santo Grial) con el castillo de Montsegur, la última fotaleza cátara.

Asimismo, buscó las raíces cátaras en Europa en su obra La Corte de Lucifer (1937). Sus trabajos llamaron la atención de Himmler, de quien se convirtió en un colaborador próximo, junto a Wiligut. Falleció el 13 de marzo de 1939,casi en el aniversario de la caída de Montségur, tras haber abandonado las SS, congelado en la cima del Wilden Kaiser (Austria), probablemente en un suicidio ritual que él asimilaba a la endura cátara. Se dice que esto sirvió para encubrir posteriores actividades secretas de Rahn bajo otra identidad. Es curioso que Rahn abandonara las SS al mismo tiempo que Willigut. Aún perdura el misterio en torno a su persona.

Respecto a esta fascinación de Himmler por el mito artúrico y su búsqueda de Montsalvat en el sur de Europa, es ilustrativa la visita del Reichsführer de las SS al monasterio catalán de Montserrat el 23 de octubre de 1940, llevando consigo el otro libro de Rahn, “La corte de Lucifer”. Pensaba que allí hallaría documentación sobre el Santo Grial, pues identificaba Montserrat con Montsalvat, y no quedó satisfecho con las explicaciones que le dieron los monjes al respecto, pues pensó que le ocultaban la verdad. En su visita a Montserrat Himmler estuvo acompañado por diferentes autoridades franquistas, como el alcalde de Barcelona, Miguel Mateu, o el capitán general de Cataluña, el general Luis Orgaz, además de un numeroso séquito del que formaba parte el general de las SS Karl Wolf -otro individuo obsesionado con el Grial y muy relacionado con los círculos ocultistas del nazismo-. La visita no estuvo exenta de incidentes. A su llegada al monasterio, el poderoso Reichsführer se encontró con la negativa a recibirle de los máximos responsables de la comunidad, los padres Marcet y Escarré, que no quisieron ejercer de anfitriones del jerarca nazi alegando que no hablaban alemán. La actitud de los benedictinos, que encomendaron la tarea a un joven monje, produjo un momento de fuerte tensión y la irritación de las autoridades locales.

No acabaron aquí los incidentes, ya que al todopoderoso jefe de las SS le fue robada una cartera de la suite del hotel Ritz, donde se alojó durante su estancia en Barcelona. El escándalo fue monumental, aunque la policía franquista procuró que no se difundiese la noticia de un robo que la dejaba en muy mal lugar, dadas las connotaciones que concurrían. Sin embargo, pese a que las autoridades pusieron un particular empeño ya que se movilizó a toda la policía de Barcelona, la cartera nunca se encontró. Se barajaron varias posibilidades respecto al robo, entre ellas la de que éste hubiera sido perpetrado por el servicio secreto británico, que por aquellas fechas tenía algunos destacados agentes en Barcelona. Ésta era una versión que convenía a la desconcertada policía franquista, ya que señalaba a uno de los mejores servicios secretos del mundo, lo que hacía menos penoso el oprobio que había caído sobre ellos a los ojos de sus alarmados jefes.

El corazón de las tinieblas (4)

27 abril, 2017

El encuentro con el Duque había ido peor de lo esperado. Él no la había olvidado, ni perdonado su traición. Lo que haces a uno nos lo haces a todos, le había dicho en una ocasión. La había tratado con el desprecio que se merecía, Emma no podía negarlo, pero pese a todo tenía ganas de llorar y, en el fondo de su corazón, temblaba de miedo ante sus amenazas. Todos sabían cual era el destino de una traidora.

Había averiguado poco, que él llevaba tres o cuatro semanas en la calle. Era lógico. El Duque tenía una deuda pendiente con él que se pensaba cobrar como fuera. El peso de la sangre era infinito, pero no tanto como el odio del Duque.

Se alejó en su coche, retornando a la parte conocida, a la parte segura de la ciudad. Había fracasado en su objetivo. Seguía sin saber dónde estaba él. Peor aún, no tenía modo alguno de contactarlo. Se maldecía interiormente por haber pensado que el Duque iba a ayudarla. No sólo era una traidora, sino que el Duque no iba a dejar que nadie le arrebatara su venganza. Emma no quería eso, simplemente quería contactarle, explicarle.

Había esperado que al conocer su paradero dejaría de estar en desventaja. Su perseguidor se convertiría en el perseguido. Pero su plan había fracasado. Y todavía peor: todos los años invertidos en reconstruir su vida, en alejarse de su pasado se habían hundido. El Duque le había demostrado que su existencia anterior todavía coleaba y envenenaba su presente y su futuro. Ahora regresaba a la cuidad, donde él la podía esperar, escondido en cualquier rincón.

Agotada por la tensión que llevaba sufriendo desde que sonara el teléfono, la mente de Emma comenzó a vagar de manera descontrolada. Sus pensamiento volaron atrás en el tiempo, y de repente se vio siendo niña y entrando en el despacho de su padre, descalza, temblorosa. Él se encontraba allí, cómodamente sentado en el sillón, recién salido de la piscina, con un albornoz por todo ropaje. Su sonrisa no auguraba nada bueno.

-Ven aquí, cariño. Vamos a jugar al juego de las preguntas. Ven, acércate, no seas tonta.

Emma se sentía atrapada. No había ninguna manera de ganar ese juego, pues su padre cambiaba las reglas constantemente. Su padre era Dios, y podía hacer todo lo que quisiera.

– Te has comido el pastel que te ha dado Cora? – Cora era la cocinera. Adoraba a Emma y siempre la estaba mimando. Sabía que el pastel de manzana era su favorito y por eso le guardaba una ración extra después de la comida.

-Sí, papá. Si no lo hubiera hecho, Cora se hubiera podido sentir triste por no querer aceptar su regalo y…

-Pero que niña tan mala!!! -le interrumpió su padre con una sonrisa perversa-. Si te comes más de una ración del pastel a diario no sólo vas a dejarnos a los demás con menos pastel, sino que además vas a disparar el gasto en la cocina, porque tendrán que hacer más pasteles para que todos tengamos los mismos trozos!

Su padre era Dios, y ya estaba cambiando las reglas. El día anterior la misma respuesta había valido, y ella se había salvado. Pero hoy no. Emma tenía que contestar a las preguntas de su padre. Si fallaba en cinco, era castigada. Si no, podía irse con un beso en la mejilla y unas palabras amables. Hoy no parecía que fuera a ser uno de esos días.

Al final, como casi siempre, perdió. Y, como siempre, terminó sin braguitas bocabajo sobre las rodillas de papá, que la azotaba y acariciaba de manera alterna, hasta que su culo enrojecía y su padre le hacía verdaderamente daño. Entonces la dejaba ir.

Hasta la próxima vez.

Esoterismo en el III Reich (7)

26 abril, 2017

Se cree que la elección de las ruinas del castillo Wewelsburg (cerca de Paderborn, Westfalia) como sede de las SS fue consecuencia de una sugerencia de Wiligut a Himmler, basándose en una leyenda westfaliana que hablaba sobre una decisiva batalla sobre un gran ejército del Este y Willigut predjo que Wewelsburg sería ese bastión final. En el pasado, esta fortaleza había sido una fortaleza de la resistencia sajona contra los hunos. Otra fuente apunta al presidente de distrito de Minden como autor de la sugerencia. Lo que sí es seguro es que Himmler era consciente de la mencionada leyenda. Había estado interesado en otro cstillo de la zona, Schawlenberg, pero al final optó por Wewelsburg y su forma triangular orienta de norte a sur. En 1934 el castillo pasó a manos de las SS para ser una SS-Führerschule.

El castillo fue reconstruido y su visita constituía un viaje al pasado, dada su fastuosa decoración medieval y guerrera, de claras resonancias wagnerianas y artúricas. Una de las salas de estudio se llamaba Graal (“Grial”) y otras König Artus (“Rey Arturo”), König Heinrich (“Rey Enrique”), Heinrich der Löwe (“Enrique el León”), Widukind, Christoph Kolumbus (“Cristobal Colón”), Arier (“Ario”), Jahrlauf (“curso de la estación”), Runen (“runas”), Westfalen (“Westfalia”), Deutscher Orden (“Orden Teutonica”), Fridericus (quizás una referencia a Federico II de Prusia), y Deutsche Sprache (“Lengua alemana”). Además de estas salas de estudios, el castillo disponía de habitaciones de invitados, comedores, un auditorio, una cantina, una cocina y un laboratorio fotografíco con archivo.

El primer comandante del castillo (Burghauptmann von Wewelsburg) a partir de agosto de 1934 fue el SS-Obersturmbannführer Erich Schupping, que estaba familizarizado con las teorías religiosas de Wiligut. Schupping ufe reemplazado el 30 de enero de 1938 por Siegfried Taubert.

Los rituales celebrados en el castillo permanecen rodeados en el misterio. Se hablan de SS-Eheweihen, consagraciones de matrimonios de las SS y de celebraciones de la raza aria y de la muerte. A partir de 1936 Himler comenzó a transformar el castillo enel centro ideológico de las SS. Así el castillo pasó de ser un centro de formación de oficiales a ser un lugar de reunión para altos cargos de las SS. Para financiar el proyecto Himmler fundó la “Gesellschaft zur Förderung und Pflege deutscher Kulturdenkmäler e.V.” (Asociación para el avance y el mantenimiento de las reliquias clturales alemanas). Hasta 1943 se invirtieron en el castillo 15 millones de Reichsmark.

Los trabajos fueron realizados por los voluntarios del Freiwilliger Arbeitsdienst FAD y el Reichsarbeitsdienst RAD (Servicio de Trabajo del Reich). Entre 1939 y 1943 se usaron prisioneros de los campso de concentración de Sachsenhausen y Niederhagen bajo ls órdenes del arquitecto Hermann Bartels. Por decreto del 13 de enero de 1943, todas las construcciones no esenciales para la guerra -Wewelsburg incluído- fueron suspendidos.

Cuando se produjo la derrota alemana, el comandante del castillo, Taubert, huyó el 30 de marzo al aproximarse la 3ª División Acorzada norteamericana. Himmler, desde sus cuarteles en Brenzlau ordenó al SS-Sturmbannführer Heinz Macher, que destruyera Wewelsburg, lo qu se ejecutó el 31, tres días antes de la llegada de los americanos.

De haber ganado al guerra el III Reich, Wevelsburg se hubiera convertido en el “centro del nuevo mundo” (“Zentrum der neuen Welt”).

El corazón de las tinieblas (3)

25 abril, 2017

La Ciudad Perdida estaba dentro de la ciudad y, a la vez, fuera, fuera del tiempo, fuera del espacio, dentro de los confines urbanos. Estaba dentro y estaba a la vez fuera porque tenía su propia manera de vivir, en la que el tiempo fluía de otro modo. Pero Emma podía reconocerla en algunos rincones de la gran urbe. La gente pasaba de largo sin ver, pero ella veía claramente las señales de la ciudad maldita, aunque hacía casi cuatro años que la había abandonado.

Por eso debía volver a ella. Atravesó la ciudad en su coche, cruzando de norte a sur, primero bajando por la carretera en zig zag y atravesando luego los barrios obreros uno detrás de otro hasta llegar al populoso centro. Dejó sus tiendas de lujo atrás y, tras dejar el coche en un parking, atravesó la gran plaza para perderse en las calles en las que la ciudad convencional se mezclaba con la urbe de los condenados. Porque la Reina extendía sus tentáculos hasta el corazón mismo de los barrios de los ricos y poderosos.

Emma, tantos años después, volvía a adentrar en ese mundo maldito para buscar a una persona concreta. Volvía para buscar al Duque. Al principio no podía orientarse. Todas las veces que había acudido a ese lugar era de noche y de día parecía otro lugar. Su memoria de esos lugares estaba rodeada de oscuridad. Pasó junto a un rascacielos que hacía cuatro años atrás que no estaba y, tras divagar por varias calles, reconoció una de ellas, larga, que se perdía mas allá de donde alcanzaba su vista. Caminó decidida, pensando que, por lo menos, tres calles y varias decenas de casas habían desaparecido. Cruzó un descampado y, al fondo, vio una hilera de casas medio derruidas que le resultaron familiares. Había llegado.

Donde las calles se convertían en una, pequeña, estrecha, oscura y maloliente, un grupo de adolescentes de aspecto tétrico parecían vigilar su acceso. Sin pensárselo dos veces, Emma se dirigió hacia ellos.

Esoterismo en el III Reich (6)

24 abril, 2017

Un elemento curioso fue Karl Maria Wiligut (1886-1946). Himmler quedó fascinado por este extravagante visionario que presumía de ser el último descendiente de los Wiligotis, un linaje real secreto de reyes-magos de orígenes prehistóricos, y del mismisimo Thor. Además, afirmaba poseer una memoria clarividente ancestral que le permitía recordar la historia de su tribu de miles de años de antigüedad, y aseguraba que la cultura germanica se remontaba hasta el año 228,000 aC, tiempo en el que la Tierra estaba iluminada por tres soles, y habitada por gigantes, enanos, y germanos poseedores de sabiduría sobrenatural. También manifestaba conocer una antigua religión, el irminismo (Irminenschaft), según la cual la Biblia habría sido escrita en Alemania y el nombre real de Jesús habría sido el de un dios germánico, Krist. Del irminismo se escindirían los wotanistas, que acabarían enfrentándose en una guerra guerra entre los adeptos de ambas religiones que acabó con la crucifixión de Baldur-Chrestos, máximo profeta del Irminismo. En 1200 aC. los wotanistas destruyeron la ciudad sagrada de Goslar. Los irministas se retiraron a las Externsteine, que se convirtieron en su nuevo centro de culto, y el Wotanismo se mantuvo como religión dominante de los germanos.

Pese a haber sido internado entre 1924 y 1927 en el sanatorio mental de Salzburgo (se le diagnostica esquizofrenia agravada por megalomanía y delirios paranoicos), Wiligut prosiguió sus actividades y ganó fama en medios ariosóficos. En 1932 abandona su Austria natal y se instala en Alemania, siendo presentado al año siguiente a Himmler por un oficial de las SS que era un antiguo amigo de Willigut. Fuertemente impresionado, Himmler decidió aprovechar sus capacidades para viajar al pasado germánico y en septiembre de 1933 Wiligut se incorporó a las SS con el seudónimo de Weisthor. Es nombrado Jefe del Departamento de prehistoria e historia antigua de la Oficina Central de Raza y Asentamiento de las SS, con sede en Munich. En abril Weisthor es nombrado SS Standartenführer, grado equivalente a coronel. En septiembre es nombrado Jefe de la Sección VII (Archivos) de la Oficina Central de Raza y Asentamiento, y un mes más tarde es ascendido a SS Oberführer (4).

En 1935 convence a Himmler para que convierta el castillo de Wewelsburg en centro espiritual de las SS basándose en una leyenda que habla de la ‘batalla del abedul’, confrontación decisiva que tendrá lugar entre oriente y occidente en un futuro no determinado, que Himmler sitúa a 200 años vista. Los planes de Himmler para Wewelsburg son grandiosos, aunque prevé que finalicen hacia 1960 y, en todo caso, antes de la ‘batalla del abedul’. El castillo es decorado conforme a la mitología nórdica propuesta por Weisthor. A las habitaciones le son asignados nombres de héroes de la antigüedad, como el rey Arturo o Enrique I el Pajarero, de quien Himmler creía ser su reencarnación.

Ejerce una notable influencia en Himmler, que lo incopora a su oficina personal de asesores, la Hauptamt Persönlicher Stab Reichsführer-SS y entra en conflicto con los académicos de la Ahnenerbe, que acabaron hartos de sus delirios fantasiosos. Entretanto continúa supervisando el diseño del castillo de Wewelsburg, y aún le queda tiempo para elaborar un sistema de mantras para estimular la memoria ancestral, y para diseñar el Anillo de Honor de las SS, el Totenkopfring.

En septiembre de 1936 es ascendido a SS Brigadeführer, pero sus facultades mentales vuelven a decaer rápidamente. Contribuyen decisivamente a ello el estar sometido a medicación constante, y una creciente adicción al alcohol. En 1938 Karl Wolff, jefe de la Hauptamt Persönlicher Stab y superior directo de Wiligut, acude a Salzburgo y accede al historial psiquiátrico de su subordinado. Himmler recibe consternado la embarazosa revelación. En febrero de 1939 se anuncia a la oficina personal que Wiligut se ha retirado por motivos de salud. A pesar de todo, Himmler pide que le entreguen su daga personal y su Totenkopfring, que guardará con veneración entre sus efectos personales.

El corazón de las tinieblas (2)

23 abril, 2017

Luego Emma no pudo recordar cuánto tiempo había estado sentado delante del volante. Simplemente al pasar por delante de la cafetería en la que solía desayunar cada mañana se dio cuenta de que había estado conduciendo en dirección a su trabajo, como cada día. Aparcó en el primer hueco que pudo y se puso a pensar con toda celeridad. Si él sabía dónde vivía, por pura logica era obvio que también conocería el lugar de su trabajo, y por ese mismo motivo no podía ir ahí, pues él podía estar esperándole ahí. Miró el reloj. Eran las 08:50. Su mente corría febrilmente intentando sostener mediante la fuerza de su voluntad el armazón de su vida, que se iba desmoronando ante sus ojos.

Intentó respirar profundamente y serenarse, pero el vacío de su estómago le hizo abandonar el intento y se dirigió al primer bar que encontró abierto. Apenas se hubo sentado frente a la barra, un mecanismo interno largamente olvidado se activó y, en lugar de pedir su habitual café y una porra, cambió la porra por un bocadillo de tortilla con el pan tostado. Le traía el recuerdo de las largas tardes de domingo, de largas hileras de árboles que arrojaban unas sombras interminables sobre el jardín y la calle, de los momentos pasados junto a él en aquellas infinitos atardeceres. Era un tiempo de paz y de inocencia, si bien la de Emma había tardado poco en desaparecer. El recuerdo de aquella vida era muy lejano, pero aquella había sido, al menos, una vida. O casi.

Mientras comía consideró sus opciones. Podía huir, pero él la perseguiría. O podía quedarse y hacerle frente. Matarlo o que la matara. Ninguna de las dos opciones le gustaba, y sonrió con amargura ante la paradoja de permanecer en la ciudad o huir. Tal vez él había abandonado sus deseos de venganza. Tal vez, después de tantos años, la había perdonado. Volvió a sonreir. No creía en los cuentos con finales felices.

A las 9:25 salió de la cafetería, agradeciendo el aire frio en sus mejillas, que la ayudaba a pensar y serenarse. Llamó a su trabajo para decir que no iba a poder ir. Cuestiones familiares, dijo. Su hermano, que estaba enfermo y le pedía que fuera a verle. Tal vez estaría fuera unos días, tal vez un poco más. No, el informe estaría listo en la fecha prevista. No, no iba a estar demasiado tiempo fuera. Cuando colgó, tuvo la necesidad ciega de ir a ver Jorge. No podía desaparecerle sin ir a verle una vez más.

Cuando llegó al cementerio se dirigió en linea recta hacia la tumba de Jorge. Todo el camposanto parecía abandonado, como si hiciera siglso que nadie se acercaba por allí. Sus caminos, partidos por la mitad por filas infinitas de cipreses, separaban en dos mitades las dos hileras de tumbas. Las hojas que el otoño anterior habían dejado habían formado una alfombra vegetal qeu la lluvia había cubierto con un manto de barro. Era, sin lugar a dudas, el lugar más triste de toda la tierra.

Miró durante un largo rato en silencio la tumba de Jorge y sintió, como siempre, el peso de su ausencia. Le recordó pequeño, en un rincón, en silencio, jugando con su colección de pitufos, siempre aferrando su favorito en la mano; era un pitufo guererro, con una medalla de oro colgando sober su pecho azul, con un casco dorado dotado de un largo penacho encarnado que se deslizaba hasta casi tocar su espalda y, en la mano derecha, una larga alabarda. Abrió su bolso y ahí estaba. No recordaba cuando su Jorge se lo dio, pero sí recordaba el momento en el que se lo puso en su mano. Fue en ese instante cuando supo que a su hermano pequeño no le quedaba mucho de vida. Una semana después había muerto.

Entonces se fijó. Un trozo de papel estaba apoyado en la lápida de su hermano. Dudó un rato, incapaz de moverse. Al fina lo hizo, con pasos lentos, como si estuviera buscando una manera con la que deshacer lo andado y salir corriendo en dirección contraria. Con mano temblorosa Emma lo cogió. En mitad de la hoja, escrito con una letra que le resultaba familiar, se leía:

“He venido a cobrar tu deuda”.

Abandonó el cementerio presa de un pánico cerval, aturdida, incapaz de pensar. Al cruzar la salida del camposanto se preguntó qué pasaría a continuación. Ahí fuera, en ese mundo que nunca le había gustado, él la estaba esperando. Agazapado en algún rincón él la estaba observando. Emma se sintió pequeña, desvalida, desnuda, insignificante. Los dados habían comenzado a rodar hacía tiempo y ella estaba en desventaja. Se volvió a mirar la tumba de su hermano pequeño y recordó su promesa. Estaba decidido, no se iría. Por él y por ella. Aceptaría la partida y jugaría. No podía hacer otra cosa que plantear batalla, pues no le quedaba otra salida.

Por ello decidió irse al a Ciudad Perdida.

Esoterismo en el III Reich (5)

22 abril, 2017

El ámbito donde más se reflejaron estas creencias ocultistas y esotéricas fue en las SS y fue debido a la personalidad de Himmler, que estaba fascinado por lo oculto. Influido por tesis ariosóficas concibió las SS como la fuente de regeneración de una futura raza de señores germánicos y élite de un gran imperio. Por ello Himmler -con apoyo de otros jerarcas nazis- impulsó en 1935 un departamento en el seno de las SS, la Ahnenerbe: la Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte‚ Deutsches Ahnenerbe e.V.1 (“Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana”). Fue fundada en 1935 por Himmler, Herman Wirth (un historiador germanoholandés de las religiones y símbolos de la antiguedad y que tendría que exiliarse en 1937 al no compartir los principios del nazismo) y el SS-Obergruppenführer Richard Walther Darré (director del Rasse- und Siedlungshauptamt-SS, la oficina principal para la raza y el reasentamiento, resposnable de “salvaguardar la pureza racial de las SS”). Dirigida por Himmler, por Walther Wüst (un preeminente orientalista y rector de la universidad de Munich de 1941 a 1945- que reemplazó a Wirth; en las SS llegó al rango de SS-Oberführer) y Wolfram von Sievers, su misión era rastrear los orígenes remotos de la raza aria en la arqueología y la prehistoria germánica. De este modo, la Ahnenerbe reunió estudiosos académicos dedicados a buscar huellas culturales e históricas de los arios. La organización fue incorporada a la Allgemeine SS en enero de 1939.

La Ahnernerbe realizó varias expediciones arqueológicas:

-A Karelia, Finlandia (1936), liderada por Yrjö von Grönhagen, para recoger información sobre brujas y hechiceros paganos

-A Bohuslän, Suecia (1936), liderada por Wolfram Sievers, para estudiar los petroglifos de la zona,

-A Val Carmonica, Italia (1937), para estudiar “runas” supuestamente grabadas en roca y que, según la Ahnernerbe, confirmaba los orígenes nóridcos de la antigua Roma.

-Al Medio Oriente (1938), para estudiar la lucha interna del imperio romano, que, según los investigadores Franz Altheim y Erika Trautmann, evidenciaba la lucha enter los pueblos nórdico y semita.

-La tercera Expedición Antartica -Neuschwabenland- (1938-1939).

-Diversas excavaciones en Alemania (en el valle de Murg y en Mauern en 1937) y en Francia (en La Fond de Gaume, Teyat, La Mouthe, las cuevas de la Dordogne y Les Trois-Frères en 1937) buscando antiguas fortalezas y yacimientos germánicos.

-La expedición alemana al Tibet de 1939 para estudiar las afirmaciones de Hans F. K. Günther de que los arios habían conquistado gran parte de Asia y que Buda era un descendiente de la raza Nórdica. Según parece Hitler no estaba muy interesado ni en Buda ni en el Tibet.

-Saqueos de museos e iglesias en Polonia (1939), Crimea (1942) y Ucrania (1943) en busca de artefactos góticos que denotaran una descendencia alemana.

Se planearon otras expediciones a Bolivia (para estudiar la presencia de nórdicos en los Andes), a Irán (para estudiar la inscripción Behistun), canceladas por el comienzo de la Segunda Guerra Mundial; a las islas Canarias (para estudiar el posible orígen nórdico de los guanches) y a Islandia.

El corazón de las tinieblas (1)

21 abril, 2017

Hay historias que sólo se pueden explicar en forma de cuento, porque acceder a ellas puede resultar doloroso para el narrador. Así que este se inventa un tiempo, unos personajes y una trama para poder contarse a sí mismo lo que no se atreve a explicar a otros. Porque todas las tragedias son más soportables si podemos explicar una historia sobre ellas.

Porque la vida no es como los libros. No hay un hilo conductor, sino varios, confusos y entrelazados, y los diversos capítulos de la vida no se suceden ordenadamente, ya que la misma acción se extiende de manera irregular, acabando y volviendo a empezar. Es por eso que los escritores se empeñan en dotar a sus historias de un principio, un nudo y un desenlace, para que sus obras tengan la lógica y orden del que la vida está tan carente.

Prueba de ello es que, pese a nuestra imaginación, las desgracias no suelen anunciarse. No hay un heraldo haciendo sonar un clarín que de comienzo a la tragedia, ni cometas cruzando velozmente el cielo y dejando a su paso un rastro de fuego. Por eso nos levantamos sin saber si ese día será el último o nos vamos a dormir ignorando si estaremos comenzando el gran sueño eterno.

Emma era una de esas personas que, pese a ser consciente de vivir al borde del abismo y temer caer en él, no hacía nada por protegerse de la caída. Sabia que el abismo te mira aunque tú no lo hagas. El desastre se acerca siempre en silencio, sin prisas.

De la misma manera se había despertado ella esa madrugada, mucho antes de que sonara el despertador y de que el sol se asomara lentamente por el horizonte. La noche todavía estaba al otro lado de la ventana cuando Emma puso sus pies sobre el frío suelo. Como cada mañana, se había vuelto a equivocar y había salido por el lado equivocado de la cama, donde no había alfombra alguna.

Caminó descalza en pos de la ducha, cruzando la desangelada casa, decorada con espartana sencillez o, simplemente, a desgana, con el mobiliario justo y sin ningún objeto decorativo a la vista. Aunque pareciera el fruto de una mudanza reciente, lo cierto era que Emma llevaba viviendo en esa casa tres largos años. Las paredes, blancas y sencillas; la mesa, redonda, de madera, flanqueada por dos sillas; los armarios y las estanterías, también de madera; nada aportaba pista alguna sobre el pasado o el presente, y mucho menos el futuro, de Emma, que, camino de la ducha, fue encendiendo luces en cada habitación que cruzaba.

Salida de la ducha, el pelo todavía mojado, se dirigía a la cocina, apagando las luces a medida que el sol iba entrenado por las ventanas. El agua la había despejado, pero Emma seguia dudando de si era miércoles o jueves. Sacó la leche, la mantequilla y la mermelada de la nevera y el pan del armario, cuando sonó el teléfono.

-¿Dígame?
-Te he encontrado.

Emma soltó el teléfono como si se hubiera quemado con su tacto y lo miro del mismo modo que hubiera contemplado a un animal salvaje que le enseñara los dientes. Sin pararse a pensar regresó a su cuarto y comenzó a vestirse con celeridad, sin preocuparse en coger una muda limpia, pues su urgencia era espoleada por el terror que esas palabras susurradas llegadas desde el otro lado del teléfono.

Sin mirar atrás, cerró con un portazo y se lanzó escaleras abajo, sin saber a ciencia cierta a donde iba o si podría regresar a su piso alguna vez. Cuando se cerraban las puertas del ascensor, el teléfono volvió a sonar al otro lado de la puerta.


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