El vuelo final del “Lady Be Good” (1)

Esto que viene ahora lo escribí hará diez años. Casi nada.

Y, mientras lo reescribo para este blog, sigo estremeciéndome ante la odisea de los desdichados protagonistas de lo que vais a leer ahora.

Tempus fugit.

El vuelo final del “Lady Be Good”
1942 presenció los días oscuros de la segunda guerra mundial. En Europa Hitler dominaba y los Aliados estaban en apuros. Gran Bretaña resistía sola mientras América se movilizaba. La imagen de Churchill se hundía debido a la calamitosa situación bélica. Atlee dijo en el Parlamento, “Nuestro primer Ministro gana cada debate y pierde cada batalla.” En el Este los alemanes marchaban hacia Moscú. En el Atlántico sus submarinos hundían los buques aliados a mansalva, y sobre Gran Bretaña seguían cayendo sus bombas. Entonces, Montgomery venció en El Alamein y todo empezó a cambiar. Tras esta batalla, Churchill diría: “antes de El Alamein nosotros no disfrutamos de una victoria; después de El Alamein, nosotros nunca sufrimos una derrota.”

Churchill se refirió a Italia como “el punto dèbil” de Europa. Era el próximo objetivo del torrente constante de los bombarderos pesados B-24 americanos que llegaban a Africa del Norte en número creciente. Uno de estos aterrizó en Soluch, Libia, tras haber despegado de Topeka, Kansas, el 25 de marzo de 1943. Pocos días después alguien lo bautizó como “Lady Be Good.” Una tripulación de nueve hombres, recién llegados de América, fue asignada a este avión. Eran mayores (para los estándares de la época) pero a la vez inexpertos. Su primera misión tendría lugar el 4 de abril: bombardear el puerto de Nápoles. El “Lady Be Good” despegó evitando una tempestad de arena, se dirigió hacia el Mediterráneo, y desapareció.

En 1941-42, América estaba desesperada por conseguir tripulaciones para sus aviones y el Cuerpo Aéreo empezó alistar a adolescentes. Esto significó que las alas se daban jòvenes de 18 años. Tan severa era la necesidad de aviadores que los cursos de piloto fueron reducidos a siete meses y medio. El cadete William Hatton se creyó un anciano cuando comenzó la instrucción en 1942: tenía 25 años. Originalmente entrenado como piloto de caza, la decisión de convertirlo a piloto de bombarderos era no sólo una desilusión, sino un misterio para él. Hatton era un hombre amable y decente con un corazón abierto que escribió constantemente cartas a su madre, Rose. En ellas le describe que él, su esposa Millie y sus compañeros pilotos habían conocido a Bing Crosby. Y el cadete destinado a ser su copiloto, Robert F. Toner, que se entrenó como piloto en la Royal Canadian Air Force antes de que América unió la guerra, era un año mayor que Hatton. Aunque Toner tuviera más de 200 horas de vuelo en su haber, se tuvo que examinarse de nuevo para el Tío Sam. Tanto él como Hatton eran católicos devotos.

Otro oficial destinado para la tripulación de Hatton era el navegante Dp Hays. Antiguo empleado de banco, nunca recibió nombre de pila, solo las iniciales Dp, que le fueron dadas por que su padre se llamaba David Peter. Tenía 23, era parcialmente calvo, y su escaso se estaba volviendo gris. La tripulación lo llamó “Deep”.

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