Archive for 30 septiembre 2017

La Guerra de Sucesión Española (11)

30 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1712

El cambio en los aspectos políticos transformó las campañas militares. Marlborough, víctima de una campaña de descrédito, fue reemplazado, el 21 de diciembre de 1711, por el duque de Ormond, que, una vez llegado a Flandes, recibió severas ordenes que le prohibían implicar sus fuerzas en operaciones ofensivas. Esto era un gran contratiempo para Carlos. Para compensarlo, envió a Londres al príncipe Eugenio de Saboya para intentar moderar el pacifismo inglés. Al ver que no lo lograba, regresó a Utrecht para presionar a los holandeses, pero sin resultados, por lo que regresó y asumió el mando de las fuerzas que atacarían el norte de Francia. Reuniendo 120.000 hombres, lanzó una campaña sobre el Escalda. Antes Gran Bretaña y Francia habían puesto final a las hostilidades.

Con este cambio, Luis XIV pudo retirar numerosas tropas que guarnecían el Canal, libre ahora de la presión inglesa, y permitió que Villars se replegara si lo creía oportuno. Derrotados los imperiales en Denain el 24 de julio, y capturados sus almancenes en Marchiennes el 30, Villars pudo hacer retroceder a los imperiales, mientras en el sur Saboya se desentendía de la guerra, pese a lo cual el frente continuó sin apenas cambios. Tampoco hubieron operaciones de envergadura en el Rin.

Campaña del Principado de 1712: 1ª Fase

En este frente no hallamos la influencia pacifista ya comentada. Por un lado, Felipe V quería acabar con Catalunya para poder negociar con más ventajas; por su parte, Carlos consideraba este frente como una posibilidad de obtener alguna ventaja más en las negociaciones, aunque luego cambiaría de actitud.

Escarmentado de los fracasos anteriores en Urgell y la Segarra, donde no se había podido romper el frente, Felipe decidió atacar Tortosa. Este ataque fue retrasado por la muerte de Vendome el 11 de junio, siendo reemplazado por Tserclaes. Por su parte, los imperiales se había reforzado con tropas procedentes de Italia, y la desventaja era menor, sobre todo por la muerte de Vendome.

Starhemberg, entonces, atacó Balaguer. Tserclaes, dejando el Ebro, acudió a proteger la plaza. Sin llegar a combates importantes, la ofensiva del Ebro quedó anulada por el desplazamiento de fuerzas. Starhemberg, entonces, re giró contra Noailles y bloqueó Girona con un gran esfuerzo de tropas catalanas. Finalizaba así la primera fase de manera favorable para los austracistas.

Campaña del Principado de 1712: 2ª Fase

Esta fase está marcada por las decepciones militares, que se suman a las políticas. Si por un lado los aliados se desentienden de los compromisos adquiridos con el pacto de Génova, las operaciones militares en Catalunya se ven comprometidas por la retirada de las tropas inglesas, que obligan a suspender las operaciones para retomar Balaguer. Se mantenía al menos la presión sobre Girona, donde los franceses se mantenían con grandes dificultades y fracasaban en sus intentos de romper el asedio.

Campaña del Principado de 1712: 3ª Fase

Esta fase se caracteriza por la completa adhesión francesa a los planes de Felipe. Mientras los aliados se retiran de Catalunya, Luis XIV vuelca más soldados a la lucha, enviando 20.000 hombres al mando de Berwick, que se lanzan sobre el norte de Catalunya. Frente a este alud, Starhemberg no puede impedir que se rompa el asedio de Girona y se ha de replegar hasta Hostalrich, coincidiendo con el repliegue y evacuación de las tropas holandesas y portuguesas, permaneciendo en Catalunya sólo los imperiales.

Así se incumplían flagrantemente, pues, las promesas del pacto de Genova.

Las consecuencias de la paz

A Utrecht sigue el abandono de Catalunya por parte de los aliados. Satisfechos los intereses anglo-holandeses de desentenderse de la lucha y Carlos conforme con su coronal imperial, el problema reside en que hacer con el Principado, cuestión incómoda y que Felipe V consideraba como irrenunciable.

Así pues, mientras concluyen las paces y se cierran las hostilidades en los diversos frentes de batalla, se procede a la evacuación de las tropas imperiales del principado, a la par que se disuelve su capacidad defensiva catalana licenciando sus fuerzas armadas, planeándose la entrega de Catalunya a Felipe, que espera tomarla sin resistencia. Entonces, vista lo desesperado de la situación, en la reunión habido entre el 30 de junio y el 24 de julio de 1713 las autoridades catalanas toman la decisión desesperada de resistir, pese a la clara situación de desigualdad.

La evacuación imperial y la ofensiva felipista

Mientras las autoridades catalanas deciden resistir, las tropas aliadas prosiguen la retirada. El 9 de julio se embarcan los últimos soldados imperiales. Para entonces, las tropas disponibles para la defensa del Principado suman unos 438 soldados regulares, más 2000 voluntarios. Frente a ellos se encuentran 25000 soldados felipistas, que avanzan sin encontrar resistencia apenas, entre traiciones y cobardes entregas de las plazas, como pasó en Tarragona, desastre que se saldaría con la derrota sufrida por el general Nebot en Torrendembarra, donde pierde 80 muertos y 250 prisioneros, que son ejecutados. Cardona, bajo el mando de Manuel Desvalls, rechaza las amenazas del duque de Populi, y no se rinde, pese a los escasos efectivos disponibles -apenas un centenar de hombres. Algo similar sucede en Castellciutat.

Mientras Catalunya se prepara para resistir, abandonada por sus aliados, no lo hace, sin embargo, sola. Las colonias de refugiados valencianos y aragoneses que residen en el Principado, se suman a la resistencia, nutriendo los debilitados regimientos existentes e incorporándose con vigor y entusiasmo. Mallorca, por su parte, resiste las intimidaciones borbónicas y ayuda a Barcelona en su lucha en la medida de sus posibilidades, con un esfuerzo magnifico que convierte a las islas en el almacén de Barcelona, sosteniendo su esfuerzo bélico con sus alimentos y aliento.

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La Guerra de Sucesión Española (10)

29 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1711

El curso de la guerra fue afectado decisivamente por la muerte de José I, con lo que la corona de Austria y Hungría recaía en su hermano Carlos, a la vez que se podía convertir en emperador alemán. Evidentemente, esto esto no interesaba a la Gran Bretaña ni a Holanda ni a sus respectivas políticas de evitar un cambio en el equilibro de poderes en Europa. Ya no era cuestión de seguir una guerra que sólo favorecía los intereses austríacos, por lo que se buscó una paz negociada.

Campaña del Principado de 1711

Este frente se vio radicalmente alterador por los sucesos europeos. Para Carlos, este frente se convirtió en una posible puerta abierta a la corona española. Para Felipe, las perspectivas de paz le dejaban obligado a negociar para obtener el fin de las hostilidades, lo que implicaría concesiones territoriales, de las que pensaba excluir a Catalunya. Por ello puso todo su afán en conquistarlo rápidamente.

Ya hemos visto la negra situación carolina a principios de 1711, con la caída de Balaguer, a la que se sumó la de Girona, Cervera, Miravet y Morella. A mediados del verano, sin embargo, Starhemberg, recibidos algunos refuerzos, consiguió enzarzarse en una batalla de desgaste con Vendome en Prats de Rei. Vendome, con numerosas bajas, tuvo que retirarse, tomando Cardona en la retirada, salvo el castillo, que resistió el asedio. Starhemberg intentó tomar Tortosa, pero no pudo. Mientras tanto, los franceses penetraron hasta Hostalric, pero fueron rechazados y tuvieron que retroceder. Con la llegada del invierno, los frentes se estabilizaron.

En septiembre Carlos se convirtió en rey de Austria y emperador de Alemania, y los británicos y holandeses se apresuraron a acelerar las conversaciones de paz, que culminarían en el congreso de Utrecht.

La Guerra de Sucesión Española (9)

29 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1710 -2-

El chantaje de Stanhope

Con Felipe V huído a Madrid y el marques de Bay intentando reagrupar sus fuerzas en Navarra, los aliados dudaron. Starhemberg y Carlos querían acabar con Bay antes de que se pudiera recuperar, tomar Navarra y llegar al golfo de Vizcaya, cortando las comunicaciones felipistas con Francia. Pero Stanhope se negó. Reflejando la desgana inglesa a seguir la guerra, declaró que las tropas británicas no tomarían otro camino que el de Madrid. Una vez allí, considerarían cubierta su misión de poner a Carlos en el trono español, aunque la guerra siguiera, y se volverían a casa.

Así pues, ante tan ruin y cobarde coacción no le quedó más remedio a Carlos que ir a Madrid, sabiendo que a corto plazo perdería a los efectivos ingleses, mientras que si iba a Navarra tal perdida sería inmediata.

Starhemberg, que sabía lo temeraria que era tal empresa, pues la población castellana era mayoritariamente hostil a Carlos, además de alargar excesivamente las líneas de comunicaciones junto al modesto tamaño de su ejército -guarnecido Aragón sólo le quedaban 18.000 soldados- se preparó para lo inevitable. Cierto era que Bey sólo disponía de 9.000 hombres, y que el camino de Castilla estaba libre de fuerzas regulares enemigas. Pero también era cierto que, contando los borbónicos con un ejército netamente superior, concentrar fuerzas superiores numericamente a las austracistas era sólo cuestión de tiempo.

Mientras tanto, se tomó Tudela y se marchaba sobre Pamplona, enviando Luis XIV al mariscal de Monrevol para reforzar dicha plaza, al ver que otro frente se la abría peligroso. Viendo que atacar Pamplona se podía convertir en un largo asedio, y ante el chantaje inglés, Carlos se decidió por marchar sobre Madrid. Las fuerzas aliadas entraron en Castilla sin oposición abierta, y el 20 de septiembre estaban en Madrid, sin encontrar resistencia hasta el momento. Pero mientras tanto la reorganización felipista se había ido desarrollando, encabezada por Vendome. Madrid cayó el día 23, entrando Carlos el 28, en un ambiente hostil y frío, sin encontrar demasiados apoyos, salvo algunos aragoneses prisioneros de Felipe y un militar que habría de alcanzar gran fama en el futuro, Antonio de Villarroel, que inicialmente había luchado en el bando felipista hasta la caída del duque de Orleans. Retirado desde entonces en Galicia, había salido de este para unirse al bando austracista en ocasión de su ofensiva.

Starhemberg, por su parte, no se hacía ilusiones sobre la perspectiva de mantenerse en Madrid, tanto si contaba con los ingleses como si no. Su único recurso era enlazar con Portugal, cortándose en dos a sus enemigos, pero Vendome ya había previsto este movimiento y había emplazado a Bay en la frontera portuguesa para inmobilizar a Galway. Conseguido esto, Vendome se puso en marcha reuniendo sus fuerzas, agrupando 27.000 hombres en sus filas. Con esta ventaja numérica, pasó al ataque. En este momento Starhemberg ordena la evacuación, y comienza la retirada a principios de noviembre. Ante este fracaso, Stanhope no volvió a hablar de marcharse de la guerra y se retiró con el príncipe, que llevó al ejército hacia el sur, mientras Carlos marchaba a Zaragoza. Starhemberg intentaba mantener algunos territorios en Castilla, para lo que se estableció en Toledo, pero la presión de Vendome le hizo desistir y retirarse, procurando evitar una batalla que sabía que no podría ganar. Por ello se efectuaba la retirada en columnas paralelas, para afrontar los problemas de aprovisionamiento.

Y nuevamente Stanhope arruinó todos los planes austracistas, con fatales consecuencias, pero sin mala intención -al menos, no esta vez- Preocupado por las problemas de aprovisionamiento, Stanhope decidió retirarse hacia Brihuega, separándose de Starhemberg. Éste, nada complacido por la imprudencia del inglés, aceptó reunirse con éste en Cifuentes, donde se reagruparían para completar la retirada.

La batalla de Brihuega

Vendome no tardó en enterarse de la imprudencia de Stanhope. Dispuesto a asegurarse que el enemigo abandonaba Castilla, y viendo tan clara la ocasión, no perdió un segundo para atacar. Destacó a su caballería en un galope desenfrenado contra Brihuega para rodearla y asegurar el puente del Tajuña, mientras la infantería seguía el mismo camino a paso ligero. El amanecer desveló a los ingleses su apurada situación, mientras la infantería borbónica continuaba llegando tras tan larga y forzada marcha. Hacia la tarde, un oficial inglés llegó a Starhemberg para avisarle de la situación. En ese momento, Stanhope, con 4.000 hombres, se enfrentaba a 20.000 soldados enemigos.

A la mañana siguiente llegó la artillería española, que no había podido acelerar su marcha. Con ella legó Felipe V y, apenas instalados los cañones, comenzaron un bombardeo violentísimo, seguido, a las 3 de la tarde del 8 de diciembre de 1710, del asalto general de las tropas de Vendome. Los británicos, pese a sus malos mandos, exhibieron un coraje y una serenidad excepcionales, que fue compartido por su general. Stanhope y sus hombres se batieron durante 4 o 5 horas, luchando casa por casa, resistiendo heroicamente contra la superioridad enemiga y la sublevación de la población. Finalmente Stanhope puso fin a la carnicería a la tarde, frente a la inutilidad de su resistencia, capitulando sin condiciones.

La batalla de Villaviciosa

Mientras se producía el desastre inglés, Starhemberg marchaba al encuentro de Stanhope con todas las columnas de su ejército, llegando el día 10 a Villaviciosa. Starhemberg, consciente de que para entonces toda resistencia británica debía haber concluido, perdida la oportunidad de atrapar al enemigo entre dos fuegos y compensar así en parte la desventaja numérica, decidió retirrse, pero el faltó tiempo. Vendome, que le esperaba, atacó con decisión.

La batalla fue muy violenta, en un terreno roto que impedía ver la batalla en conjunto. Tan violenta fue la batalla, tan confusa y rota, que al caer la noche ambos bandos se creyeron derrotados, llegando Vendome a retirarse ligeramente y algunos generales aliados a hablar de la posibilidad de rendirse. Starhemberg, que parece que fue uno de los pocos en darse cuenta de los efectos de esta batalla, y con una bajas que le dejaban aún en peores condiciones de desventaja, se retiró ordenadamente a Zaragoza, a donde llegó el 23 de diciembre.

Caída definitiva de Aragón

La certeza de la superioridad felipista marcó la entrada de Vendome en Aragón, ataque que hizo que Starhemberg se retirara, sin poder invernar en sus cuarteles de invierno en Zaragoza, limitándose a dejar retaguardias que retrasaran el avance enemigo. Noailles, por su parte, apoyaba el ataque con una nueva ofensiva en Catalunya, asediando Girona el 15 de diciembre, rindiendose la plaza el 25 de enero de 1711.

Finalmente, el 5 de enero de 1711 llegaban los restos del ejército aliado a Balaguer, punto de partida de la fallida ofensiva.

La Guerra de Sucesión Española (8)

28 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1710

La gran ofensiva aliada de 1710

El año comenzaba con un Felipe V aparentemente debilitado por la retirada de las fuerzas francesas. Sin embargo, el empuje de los voluntarios y los años de eficaz organización hacía que, junto a las tropas de obediencia española desplegadas en Flandes reclamadas por Felipe V, éste dispusiera de unas fuerzas muy aguerridas, reuniendo 60000 hombres en sus filas, de estos 40000 desplegados en el frente catalán, a los que hay que sumar los efectivos de Noailles.

Por su parte, los aliados disponían de 7000 soldados en Portugal (Galway), más 25000 en Catalunya (Starhemberg), con lo que seguían en una clara inferioridad numérica. Pese a todo, Starhemberg había aprendido a fiarse del valor combativo del voluntariado catalán, que le proporcionaba unos 30000 voluntarios, lo que le permitió cubrir el frente norte y sur con sólo 5000 soldados regulares. Así, con los 20000 restantes se dispuso a pasar de nuevo a la ofensiva, para aliviar la presión borbónica. Carlos acudió entonces a Catalunya, para subir el ánimo de la tropa, junto con la llegada de 3600 soldados aliados a Tarragona, procedentes de Italia. Así comenzó la ofensiva.

La batalla de Almenara.

Starhemberg envió a Stanhope para que cruzara el río Segre por Balaguera y la Noguera Ribagorzana por Alfarràs, para ocupar esta población. Actuando con rapidez, el plan fue un éxito, y rapidamente Starhemberg y Carlos se pusieron en camino con el resto de las tropas, para atraer al ejército enemigo, que estaba concentrado en torno a Lleida. Y así fue. Villadarias y Felipe V, con numerosa caballería, marcharon personalmente para detener la penetración, pero cometiendo el error de no informarse de la posición de los aliados, y atacaron sin haber tomado las precauciones necesarias, con lo que entraron en el campo de fuego enemigo sin estar preparados. Stanhope, viendo esto, cargó con 16 escuadrones de caballería, pillando a los borbónicos mal situados, y batiéndolos con rapidez, arrollando los pocos núcleos de resistencia que hallaron. La llegada de la noche evitó una persecución en toda regla, que podría haber tenido mayores consecuencias.

La infantería, que avanzaba rezagada con Villadarias y Felipe V, fue presa de la confusión al ver a los jinetes en retirada, y todo se tornó en una fuga apresurada hacia Lleida. La batalla, pues, concluía de esta manera, con pocas pérdidas para ambos bandos -400 aliados vs 1.500 borbónicos-, siendo más sensibles las borbónicas por la perdida de numerosos oficiales. Eufórico, Carlos creyó que estaba rozando la victoria final. El 14 de agosto, al frente de 22000 soldados, Starhemberg y Carlos cruzaron el río Cinca, preparándose para cortar el camino entre Lleida y Zaragoza.

La derrota de Almenara hizo que Villadarias fuera destituído por un furioso Felipe V, que lo reemplazó por el marqués de Bey, destinado hasta entonces en Portugal. Dejando una fuerte guarnición en Lleida, las tropas felipistas se retiraron para evitar el corte de las comunicaciones, y estuvieron a punto de ser atrapados por los aliados en Candasnos, pero consigueron evitarlo. Entonces Carlos aprovechó para restaurar los fueros de Aragón, anulados por Felipe, y se dispuso para entrar en combate con Bey, que, llegado a Zaragoza, disponía de 20000 soldados.

Desplegándose entre el Ebro y y Monte Torrero, a la vista de la capital aragonesa, esperó Bey el ataque de Starhemberg. Este comenzó con un gran cañoneo por ambas partes, con las baterías aliadas enfilando eficazmente la derecha de los borbónicos, los cuales, al intentar abandonar tan batida posición, lanzaron un ataque contra el ala izquierda aliada, formada por portugeses y catalanas, con alguna tropa holandesa en segunda línea.

El combate fue muy violento, y las tropas borbónicas tuvieron que ceder, por lo que el centro de Bey tuvo que cubrir la retirada, sufriendo graves bajas en el proceso y sufriendo el asalto de las tropas imperiales. Las líneas felipistas, sumidas en la confusión y la desorganización, sufrieron el asalto de las unidades portuguesas y catalanas, libres tras la derrota del ala derecha borbónica, por el flanco, que decidió la batalla. La victoria aliada fue completa. Mil quinientas fueron las bajas aliadas, por 5000 muertos y 6000 prisioneros felipistas. Felipe V logró escapar por la decidida resistencia del regimiento de los Guardia Valones.

Zaragoza abría así sus puertas al archiduque Carlos.

La Guerra de Sucesión Española (7)

27 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1709

El frente europeo en 1709

La situación militar había llevado a Luix XIV a entablar condiciones de paz, no dudando, si era necesario, en abandonar a su nieto para sacar a Francia de la guerra. Sin embargo, la actitud triunfalistas de los aliados no lo permitió, y Francia se dispuso a defenderse desesperadamente. Para ello, y para hacer frente a la presión en sus fronteras, retiró todas las ayudas que había dado a Felipe V. Envió a Villars a Flandes, a d’Harcourt al Rin y Berwick a Saboya, mientras Noailles permanecía en la frontera con Catalunya. La orden era de resistir a ultranza.

Las embestidas aliadas no se hicieron esperar. Villars se defendió sabiamente en Flandes, conservando sus fuerzas a costa de pequeño repligues, aunque, finalmente, fue arrinconado por Marlborough en Malplaquet, batalla encarnizada que terminó con una ligera victoria del inglés, que sufrió más bajas que los franceses y que al final sólo cedieron la plaza de Mons.

D’Harcourt, por su parte, usando el Rhin como protección, rechazó una cabeza de puente germana, derrotándolos en Rumersheim y obligándoles a recruzar el río. Berwick, en Provenza, cubrió el frenet con un sistema de defensas bien concebidos, que destinó al facaso todos los intentos aliados para romperlo.

En el frente portugués, un ataque lanzado por Galway desembocaría en una nueva derrota aliada en La Gudinha, después de lo cual no hicieron falta más refuerzos borbónicos para este frente.

El frente de Catalunya en 1709

La retirada de efectivos dejó a Felipe en un peligrosa situación. El cambio en la situación internacional originó un intento de conspiración por parte del duque de Orleans, que nunca había renunciado a sus derechos y que intentó hacerse con el trono español, siendo frustrado por el mismo Luis XIV, que lo hizo llamar a Francia, siendo reemplazado por Besson, apoyado por el príncipe de Tserclaes-Tilly. La retirada de efectivos franceses ya citada debilitó el esfuerzo militar borbónico, pese a lo cual aún podían mantener la presión sobre el enemigo gracias a su superioridad número. Además, la permanencia de Noailles compensó en parte este problema.

Noailles, pese a estar ligado por las instrucciones de su rey a una postura meramente defensiva, optó por una actitud más agresiva, para lo cual se hizo con el control de Figueras y, rechazando complicarse en un asedio de rigor a Girona, lanzó una serie de profundas infiltraciones en la retaguardia austracista, para finalmente verse obligado a retirarse al punto de partida.

Otra operación fallida fue el asedio de Benasque, defendida por el alemán Hees y el catalán Jordi de la Bastida, que terminó con la retirada borbónica. Fracasó, asimismo, el ataque lanzado por Besson más al sur, lo que dio ánimos a Starhemberg para contraatacar, tomando, con tropas alemanas y portuguesas, Castelló de Farfanya y Balaguer, que, guarnecido con tropas locales, rechazó los ataques de Tserclaes. Cervera, evacuada, fue recuperada poco después. Asimismo, gracias a la superioridad naval aliada se tomó Menorca.

La Guerra de Sucesión Española (6)

26 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1707-8

La batalla de Almansa

Pese a todo, los aliados no cejaron en sus empeños ofensivos. Si un año atrás dudaron y vacilaron, ahora estaban deseosos de pasar a la ofensiva. La lentitud de los preparativos, sin embargo, dio tiempo a Berwick para prepararse. Comenzada la campaña, los dos ejércitos -de unos 25.000 hombres por bando- se tanteaban entre Villena y Almansa. La tensión era casi insoportable. Mientras Berwick esperaba la llegada de su nuevo comandante, el duque de Orleans que se dirigía desde Madrid con 18.000 hombres, se vio atacado por los aliados. El ataque era tan claro que una retirada hubiera dañado la moral de la tropa, por lo que Berwick aceptó batalla por su cuenta.

La ventaja del mariscal consistía en una caballería más numerosa que la austracista. Concentrada en las alas, la caballería aprovechó la amplitud del campo para una gran maniobra envolvente. Sus oponentes avanzaban en una línea, con infantería y caballería mezclada, siendo gran parte de sus efectivos portugueses, siendo el resto británicos y holandeses. El destino de Valencia, pues, se decidiría sin valencianos en el campo de batalla.

El combate duró entre dos y tres horas, con los aliados intentando y logrando efectuar algunas rupturas en el centro, pero perdiendo la batalla en las alas, con la caballería de Berwick sembrando el desorden y rodeando elc entro. Medio aplastados, Galways y las Minas se retiraron hacia Villena, protegidos por la oscuridad del atardecer, conservando aún la mayoría de sus efectivos. Berwick, implacable, aprovechó la victoria y les sometió a una tremenda persecución, que se extendió por la noche y que terminó por destrozar al enemigo. Mientras que las bajas borbónicas fueron ligeras, los austracistas perdieron 5000 muertos y 12000 prisioneros, además de toda la artillería y gran parte de la oficilidad. Federico II de Prusia, estudiando la batalla, la clasificaría como la más científica de aquel siglo. Y de batallas él entendía algo…

La catástrofe fue decisiva. A Berwick sólo le restó arrollar la escasa resistencia de algunas guarniciones regulares, siendo su avance muy rápido. Resistencias como la de Xàtiva, disputada en una tremenda desigualdad de fuerzas, sólo sirvió para exacerbar los ánimos, que se saldaron con la quema y destrucción de la localidad. Alcoy, Denia y Alicante también resistieron, pero los borbónicos optaron por aislarlas y seguir el avance hacia el norte, tomando Requena el 3 de mayo y entrando en Valencia el 8. Al mes justo de Almansa, el 23 de mayo, Berwick llegaba a las proximidades de Tortosa.

Por su parte, Orleans, con 22.000 hombres, arrollaba a los 5.000 que el archiduque disponía en Aragón. Primero Tudela y luego Calatayud cayeron en manos de Felipe. Finalmente, sin refuerzos disponibles, Zaragoza cayó el 26 de mayo. El desastre se consumaba en este frente también.

La campaña de Cataluña

Tras la derrota de Almansa, los austracistas quedaban limitado a Catalunya, que quedaba rodeada en una tenaza borbónica. Frente a los ejércitos de las Dos Coronas, que sumaban 40.000 hombres, los aliados reúnen apenas 18.000, de los que la mitad proceden de los restos de las tropas de Almansa y el resto son necesarias para guarnecer el país. Así pues, los 9.000 hombres disponibles, al mando de Galway, son concentrados en Urgell, donde la presión borbónica se hace notar.

En esos momentos trascendentales, las necesidades de otros frentes, de los que ya hablaremos, hacen que Luis XIV requiera los servicios de Berwick y a 12.000 soldados, lo que hace que las operaciones se detengan hasta agosto, cuando regresa Berwick, con formidables refuerzos de artillería. Entonces comienza la ofensiva: se toma Balaguer y se cruza el Segre por debajo de Lleida, que queda sitiada con una guarnición de 2000 hombres, cayendo a mediados de octubre para sufrir un tremendo saqueo. Sólo el castillo continuó resistiendo, hasta que se rindieron el 10 de noviembre, pudiendo retirarse la guarnición al campo aliado, según lo acordado. Así las tropas borbonicas pudieron avanzar por Urgell, donde se detuvieron a pasar el invierno. En el norte, Noailles conquistó toda la Cerdaña.

Finalmente, a finales de año el marqués de las Minas y Galway son destituidos, siendo éste ultimo destinado a Gilbraltar. Stanhope asume entonces el mando de las fuerzas británicas en el Principado.

Los otros frentes Europeos

Mientras tanto, Flandes permanecía calmado. En Alsacia, Villars cruzaba el Rhin e intentaba dominar la zona atrincherada de Solhoffen, que era una amenaza constante desde el comienzo de la guerra, consiguiéndolo con menos problemas de los previstos. En Italia, los aliados limpiaron el norte de reductor borbónicos y tomaron Nápoles facilmente. Sólo Gaeta resistió, pero tras tres meses de resistencia fue tomada. El 5 se intentó una formidable operación de desembarco en Provenza, que incluyó el sitio de Tolón, lo que requirió que Berwick fuera reclamado a la zona con refuerzos, que permitieron expulsar al enemigo.

El frente de Cataluña en 1708

Teniendo presente el curso de los acontecimientos del año anterior, se puede considerar que los resultados defensivos fueron mejores de los esperados. Llegaron algunos refuerzos alemanes, y, con ellos, el príncipe de Starhemberg, militar de carrera larga y brillante, aunque de salud delicada, que llegó en abril de 1708 a Barcelona. En esos momentos contaba con 23.000 soldados a su servicio: 7.000 británicos y holandeses, 6.000 alemanes, 5.000 portugueses y 5.000 aragoneses y catalanes. Considerando, pues, que los borbónicos contaban con 40.000 soldados, los resultados defensivos pueden considerar satisfactorios. Los aliados, a la defensiva, no dejaron que las tropas franco-españolas hicieran demasiados progresos, ofreciendo una resistencia enganchosa y tenaz, a lo que cabe sumar una mejora en la coordinación de los efectivos.

En el norte, Noialles fracasó en sus intentos de penetrar, siendo incluso rechazados los efectivos de las Dos Coronas en el sector noroeste por una pequeña ofensiva aliada. Esto hizo que el frente central, el más peligroso, permaneciera inmóvil. El mayor esfuerzo borbónico tuvo lugar en el sur, intentando tomar Tortosa para lanzarse contra Tarragona. Pese a los refuerzos recibidos por Orleans, la lucha en torno a Tortosa fue dura y encarnizada, defendiéndose los locales con increíble agresividad contra fuerzas muy superiores, pero que tenían que soportar el acoso de los guerrileros del exterior. En la violencia de los combates los atacantes fueron rechazados con aceite hirviendo al asaltar las murallas medievales, como si se hubiera vuelto atrás en el tiempo. Finalmente, el 15 de julio cayó la ciudad, cuya guarnición pudo retirarse con armas y bagajes al campo aliados. El asedio le costó la vida a 1300 aliados y a 3000 borbónicos, y dejó a éstos sin fuerzas para seguir el avance. Aprovechando el cansancio enemigo y la llegada de refuerzos desde Italia, Starhemberg recuperó Cervera, mientras se completaba la caída de las ultimas plazas valencianas -Alcoy y Alicante.

El frente europeo en 1708

En Portugal no hubo apenas actividad, mientras que los aliados aprovecharon para lanzar una incursión contra Cerdeña, que fue tomada rapidamente. En Flandes, Vendome pasó a la ofensiva, para ser destrozado en Oudernade el 11 de julio por Marlborough. Las perdidas francesas fueron terribles, y los aliados pudieron tomar diversas plazas, entre ella Lille. Todo Flandes estaba en manos anglo-holandesas. Sólo la llegada de reservas y la red de plazas fuertes impidió un desastre mayor y que Francia fuera invadida. Berwick, ahora en Alsacia, hizo todo lo posible para apoyar a Vendome, mientras en Provenza estaba Villars, que se mantenía contra fuerzas superiores. Francia, pues, estaba reducida a una postura defensiva precaria, acorralada en sus fronteras.

La Guerra de Sucesión Española (5)

25 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1707

Situación militar en la Península

Tras la fallida invasión, la situación militar aliada en España no era nada positiva. Pese a contar con 45.000 hombres teóricamente, en la práctica la cuestión era menos alagüeña, pues las fuerzas aliadas sufrían de defectos de base que les ponían siempre en inferioridad frente a las borbónicas. El mayor problema era la falta de mandos adecuados, problema que sólo se solucionaría cuando ya era demasiado tarde. A esto cabe añadir que los contingentes de las diversas naciones estaban enfrentados. Por ejemplo, cabe citar a los británicos, con su perenne tendencia a actuar en solitario y la indisciplina y falta de moral del cuerpo portugués -cosa lógica, pues actuaban ahora muy lejos de sus fronteras-. Finalmente, el atraso en las pagas tampoco contribuía a mejorar el ambiente.

Sobre este asunto basta decir que el aspecto financiero de la guerra fue lo peor de todo, pues, a lo ya citada, cabe añadir que la desidia y la ineptitud de las finanzas aliadas fueron la causante de que no se aprovechara el potencial humano de la corona de Aragón, cuyas fuerzas regulares fueron siempre muy escasas. En este punto añadiré únicamente, para no perderme en cuestiones que nos separarían del tema principal y que nos llevarían a otros derroteros que no me interesan, es irónico contemplar como las instituciones de cada componente de la Corona hicieron más esfuerzos, en proporción, que el mismo Archiduque. Y también resulta incomprensible que, cuando por fin los aliados se pusieron de acuerdo para organizar un ejército regular con los naturales de la Corona, este proyecto fuera anulado por el temor de que pudiera despertar la antipatía de Castilla hacia el archiduque. Como veremos más adelante, este hecho sería determinante para los hechos de 1714.

Así pues, salvo aceptar las unidades que tan cuidadosamente había creado los aragoneses -un regimiento y un batallón organizados por Zaragoza y Teruel, respectivamente- y disolverlos entre las unidades aliadas, amen de destinar al olvida la idea de un ejército regular catalán propuesto por Antoni de Peguera, nada salió de todo esto. La falta de tropa profesional condenaría para siempre a la causa austracista. Por su parte el ejército borbónico ofrecía un completo contraste: frente a la ineficacia aliada, las fuerzas borbónicas eran un cúmulo de eficacia y destreza, gracias al interés de Luis XIV. Dotados de una competente oficialidad -ocupados por franceses los cargos superiores-, disfrutaba además de la animosa presencia de las tropas de Felipe V, deseosas de defender su país. Además de las ventajas de constitución y organización caben añadir la superioridad numérica, con casi 80.000 hombres en las filas borbónicas.

La Guerra de Sucesión Española (4)

24 septiembre, 2017

Operaciones militares en 1706

Gracias a las grandes reservas de Francia, 1706 no empezó tan mal como lo hubiera sido en otro caso. Aprovechando la relativa calma del año anterior, Luix XIV había aprovechado para activar preparativos y concentrar efectivos en los diversos frentes, lo cual permitió que, en España, Felipe V contara con ejército nutrido por la generosa aportación castellana y la eficacia de los técnicos franceses. Pese a todo, pese a sus ambiciosos planes, no todo saldría como estaba previsto.

Operaciones fuera de la península ibérica.

En mayo comenzó la ofensiva francesa en Flandes, concluida por el mariscal Villeroi. Después de unos días de avance llegó a Ramillies, donde Marlborough, haciendo uso de su genio y resolución, le destrozó con fuerzas sensiblemente inferiores. El desastre fue tal que el frente francés se derrumbó y Marlborough ocupó Amberes y Bruselas facilmente. Sólo la llegada de refuerzos salvó la situación. Villeroi fue destituido y le reemplazó el prestigioso Vendome. Por su parte, Villars lanzó una moderada ofensiva en Alsacia, consiguiendo anular la penetración enemiga en el Rhin.

En Italia, Turín fue asediado para dar un golpe mortal al duque de Saboya. La Feuillade, nuevo jefe francés, era poco apto y excesivamente orgulloso, y cayó victima del genio estratégico del príncipio Eugenio de Saboya, generalísimo austríaco, que levantó el asedio y puso en fuga al francés, que perdió todo el Milanesado. El frente de Italia, que era el que mejores auspícios tenía para Francia, quedaba invertido de este modo.

Operaciones en la península ibérica.

Felipe V, tras dejar al conde de Torres cubriendo el frente valenciano, atacó personalmente Barcelona, considerado como el corazón de la rebelión. Reuniendo 10.000 soldados sacados del frente de Portugal, se puso en marcha. Al entrar en Aragón fue recibido con hostilidad, encontrando una fiera posición en los aragoneses, que, sin embargo, carecían de los medios para oponer una resistencia organizada. Los franceses cruzaron el país y se establecieron cerca de la frontera catalana, donde se les unía a principios de marzo el mismo Felipe y otro ejército, al mando de Asfeld. Simultáneamente penetraba el duque de Nosilles desde el Rosellón y una flota, al mando del duque de Tolosa, se disponía a intevenir.

En tal situación el archiduque Carlos se negó a abandonar Catalunya, pese al avance felipista. Caida Figueras en manos de Noailles, este atacó Girona, que resistió el embate, por lo que Noailles pasó de largo. Felipe, por su parte, obsesionado con capturar a su rival, se puso en marcha hacia la ciudad condal, llegando antes incluso de que se pudiera organizar la resistencia de la ciudad, que se nutrió de refuerzos heterogéneos llegados de todas partes, tanto catalanes como anglo-holandeses.

Primer asedio de Barcelona

El 2 de abril llegaron las vanguardias felipistas frente a Barcelona, llegando el grueso al día siguiente, junto a las tropas de Noailles. En total, 25000 soldados. El mismo día 3 se lanza un asalto masivo contra Montjuich con 12000 soldados. Los combates, encarnizados y a la bayoneta calada, contaron con la participación de la milicia de la Coronela y de no pocos barceloneses, finalizando con la retirada felipista y el triunfo espectacular de los defensores, que sólo sirvió para exarcebar los ánimos de Felipe V.

Los días 7 y 8 se reanudaron los asaltos en masa contra Montjuich, fracasando nuevamente. Por ello, se suspendieron estos ataques, siendo reemplazados por ataques sucesivos contra los reductos exteriores con buena preparación artillera mientras la flota francesa cerraba el acceso al puerto, a la par que bombardeaba la ciudad.

Cuando la situación parecía más angustiosa tras la caída de Montjuich el 25 de abril, una flota británica rompió el bloqueo naval el 7 de mayo, desembarcando una fuerza auxiliar de 6000 soldados. Ante esto, Felipe optó por la retirada, al carecer de apoyo naval. Como los caminos de retirada por Aragón estaban cortados, se optó por seguir el camino de Francia, que Noailles mantenía bajo control. En la retirada se quedaron detrás 190 cañones y 27 morteros, que, junto a las 6000 bajas sufridas, eran el pobre balance de la expedición.

Ofensiva aliada en España

La concentración de tropas en Catalunya estuvo a punto de causar el desastre de la causa felipista, pues la línea de Portugal quedó desguarnecida, lo que permitió que los aliados cruzaran la frontera y tomaran Badajoz a finales de marzo. Berwick, escaso de efectivos, sólo podía dedicarse a ganar tiempo y a esperar la llegada de refuerzos. En esto contó con una valiosa ayuda: la indecisión y lentitud de Galway, que en lugar de avanzar directamente, se perdió en marchas y detenciones que sirvieron para dar el tiempo que tanto necesitaba la causa borbónica.

Para cuando Galway se puso en camino ya era tarde. Tomó Salamanca el 6 de junio, pero para entonces el ejército borbónico fracasado en Barcelona ya estaba concentrándose en Burgos. Berwick, por su parte, se retiraba lentamente, ganando tiempo. Entonces Galway cometió el siguiente error: tomó Madrid y allí se quedó inmóvil. Por su parte, Carlos llegaba a Zaragoza, y, con lentitud, avanzó hacia Madrid para enlazar con Galway, el cual salió hacia Guadalajara para esperar al archiduque, después de lo cual acabarían con Berwick.

Tantos retrasos permitieron que los borbónicos reunieron 30.000 hombres dispuesto para el combate, con plena superioridad de medios. Aprovechando el movimiento aliado, entraron en Madrid sin encontrar apenas resistencia. En tal situación, con Berwick a punto de cortar las comunicaciones aliadas parecía que la situación se había invertido. Pese a todo, Galway y Carlos consiguieron retirarse hacia Portugal, esquivando como pudieron a Berwick, hasta que, hostilizados en su retirada e incapaces de perder a su perseguidor, optaron por retirarse hacia el Levante, dejando una guarnición en Cuenca que fue arrasada por los franco-españoles, que luego tomarían Cartagena y Elche.

Así finalizaba el año, con una victoria inapelable de los borbónicos y la desilusión austracista, que había creído rozar un gran triunfo.

La Guerra de Sucesión Española (3)

24 septiembre, 2017

3. Operaciones militares en 1705

En Cataluña, las tensiones entre el monarca y las instituciones se intensificaron por la mútua confianza existente. En este marco se desarrollan las negociaciones catalanas con Gran Bretaña que finalizarían en el pacto de Génova, firmado el 7 de marzo de 1705, por el que la corona británica se comprometía a desembarcar tropas en el Principado, además de proporcionar armas y municiones para armar a las fuerzas catalanas que se esperaban formar. Irónicamente, el artículo 6º afirma la garantía que la Gran Bretaña da y que la compremete a defender los privilegios e instituciones catalanes hasta en el caso, curioso, que los aliados pierdan la guerra o se dieran otros acontecimientos adversos.

Por ello, con estos precedentes, zarpa de Lisboa una poderosa flota el 28 de julio de 1705, con considerables efectivos -entre ellos 8.000 soldados- anglo-holandeses y cuyo mando general recae en Charles Mordaunt, conde de Monmouth y de Peterborough. Con la flota viajaba el Archiduque, jefe honorario de la expedición, embarcado en la nave capitana, el Raneleagh, y viajaba con él el príncipe de Darmstadt, destinado nuevamente a ser virrey de Cataluña.

La flota aliada llegó frente a Barcelona el 22 de agosto, que estaba guarnecida por 7000 soldados españoles. En este momento, tanto Carlos como Darmstadt tuvieron que vencer las resistencias de no pocos generales, que no creían que pudieran rendir la plaza antes de la llegada de refuerzos españoles. Pese a todo, el 24 comenzó el desembarco. Tan pronto llegaron las noticias a Vic -que ya llevaban unas semanas insurrecta- salieron desde la región numerosas partidas de voluntarios locales para unirse a las fuerzas aliadas.

Hasta el 13 de septiembre se mantuvo la situación calmada en Barcelona. Para entonces, 24.000 voluntarios catalanes se habían presentado para servir en las filas aliadas y Carlos, entusiasmado, consiguió que se lanzara un ataque contra el castillo de Montjuich el 14 de septiembre. Inicialmente las posiciones exteriores cayeron con facilidad, pero por un error Darmstadt, que dirigía el asalto, se vio rodeado de enemigos, que le hicieron 200 prisioneros. En la refriega, Darmstadt resultó herido mortalmente y sólo la intervención de Peterborough salvó la situación. Suspendido el ataque, Darmstadt fallecía a las pocas horas, con lo que parecía que la opción de continuar el ataque se desvanecía al morir su máximo valedor.

En esta delicada situación fue cuando los voluntarios catalanes llegados de Vic solventaron el problema. La misma tarde del 14 Bach de Roda y sus compañeros asaltaron y tomaron el fuerte de San Ramon y la muralla que unía el castillo con Barcelona, con lo que la fortaleza quedó aislada. Esto animó a que se desembarcaran cañones y morteros con los que batir la fortaleza, que se rindió el día 17. Comenzó entonces a bombardearse la muralla de la ciudad y Velasco, temiendo que los locales se rebelaran, optó por capitular el 2 de octubre -Lleida ya lo había hecho el 22-, entrando los aliados el 9 en la ciudad.

La Guerra de Sucesión Española (2)

23 septiembre, 2017

3. Operaciones militares en 1704

En 1704 Carlos, archiduque de Austria, salta a la palestra polìtica, visitando Holanda y Gran Bretaña, para sostener el ánimo de sus aliados. De ahí, viaja a Lisboa, a donde llega el 7 de marzo, donde es recibido con gran afecto. Un puñado de exiliados españoles se le unen. El más importante de ellos era Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla, uno de los pocos castellanos que lucharon contra los Borbones.

Pero la situación en Portugal no era tranquililzadora, pues habían grupos neutrales e incluso borbónicos que se oponían a la guerra. El generalísimo de los ejércitos, el duque de Cadaval, era de los menos decididos a combatir, y la iglesia veía con horror la ayuda de los protestantes, materializada en los 8000 ingleses al mando de Schomberg y 4000 holandeses a las ordenes de Fegel. No tardaremos en ver que estos dos generales eran mediocres.

Felipe V, al enterarse de la visita de su rival, montó en cólera, llegó su furia a tal punto que ordenó una medida pueril: que se reformaran las copias del testamento de Carlos II para que borraran cualquier mención de los derechos del archiduque austríaco.

Finalmente, el 30 de abril declara la guerra a Portugal, y, con grandes efectivos a la frontera y abundantes tropas francesas, se prepara para atacar. James Fitz-James, duque de Berwick, comanda los ejércitos. Para la invasión Berwick lanza una ofensiva de tres puntas: El centro y principal, por la derecha del Tajo, bajo su mando directo y con la presencia del monarca; la del norte, al mando del general Ronquillo, debía ejecutar una maniobra de distracción por la zona de Ciudad Rodrigo. La del sur, al mando del príncipe de Tserclaes-Tilly, flamenco al servicio de España, avanzaría en dirección noroeste y debía conectar con Berwick dentro de Portugal.

El avance inicial no tuvo demasiadas resistencias en su camino. Las fuerzas británicas evitaban el combate y el holandés Fagel fue sorprendido y perdió 500 prisioneros. Los portugueses, por su parte, no podían enredarse en una batalla abierta por la escasez de efectivos.

Mientras ocurría lo narrado, el príncipe de Darmstadt llega el 27 de mayo con una flota considerable frente a Barcelona, confiando en que la ciudad abrazaría la causa de Carlos III con su mera presencia. Pecaba de exceso de optimismo. El virrey Velasco, por su parte, tenía en Barcelona una fuerte guarnición, mientras que Darmstadt, aparte de 60 desertores españoles reclutados en Portugal, no contaba con más que 1600 marinos que le prestó el almirante Rooke, tras mucho rogar el príncipe.

Tras una entrevista con algunos agentes secretos de los austracistas de la ciudad condal, Darmstdat desembarcó con fuerza tan exigua cerca del río Besòs y exigió que se rindiera Barcelona, pero Velasco, aunque alarmado por la actitud de los barceloneses, contaba con fuerzas superiores y enmuralladas, y no le hizo caso. Como medida de precaución, Velasco hizo encerrar a gran numero de austrófilos, como Jaume Carreras, mientras que otros, como Antoni de Peguera i Aimeric, huían e intentaban abrir una puerta de la muralla para que entraran los ingleses. Considerada demasiado temeraria esta opción, y por creer que la insurrección catalana requería, como paso previo, una posición reconocida en el bando aliado, la operación no salió adelante. Cuando Darmstdat se convenció que Velasco no se rendiría sin lucha, se reembarcó.

En Portugal, Berwick se movía a su antojo. El 8 de junio tomaba Portalegre y enlazaba con Tserclaes. Entonces, una decisión inesperada del marques de las Minas, gobernador de Beira, salvó la situación. Había concentrado fuerzas en Almeida y, desde esta plaza y esquivando a Ronquillo, avanzó gallardamente hacia el sur, entró en la Beira Baja y atacó de flanco los centro de provisiones franco-españoles, que tuvieron que retirarse para prevenir el ataque, con lo que se paralizó la ofensiva. La llegada de 6000 soldados al mando del marqués de Villadarias consiguió la toma de Castello da Vide. Pero la gran ocasión había pasado, y el calor aconsejaba un descanso. En este momento, Schomberg fue reemplazado por el duque de Galway.

La situación aliada mejoraría con la toma de Gibraltar por parte de la flota que regresaba de Barcelona. Poco guarnecida, la plaza cayó fácilmente el 4 de agosto. La cercanía con Portugal permitió la rápida llegada de refuerzos, que consolidaron las defensas. Este hecho causó gran impresión en los españoles, y Villadarias retiró numerosas fuerzas de Portugal para recuperar la plaza, estableciendo un asedio en toda regla, pero a finales de año la situación seguía igual.

Falto de efectivos, Berwick tuvo que ponerse a la defensiva. El Archiduque, entonces, concentró fuerzas al oeste de Ciudad Rodrigo, y cruzó la frontera cerca de Fuentes de Oñoro, pero su avance fue contenido enseguida.

Mientras, la suerte sonría a los aliados en los otros frentes. Decididos a acabar con el elector de Baviera, Malborough dejó el frente de Flandes inactivo y pasó a Alemania, donde se unió con el príncipe de Baden y el príncipe Eugenio de Saboya, generalísimo imperial. Los tres atacaron a los bávaros y les rechazaron del sur del Danubio. La persecución llegó hasta Augsburgo, donde el elector fue intimado a dejar la guerra, a lo que se negó y, reuniendo sus fuerzas, se retiró hacia el noreste, siendo atrapado en Hochstedt, donde perdió 30.000 hombres en una desastrosa batalla. Con los castigados restos de su ejército se retiró abandonó su país y se retiró primero hacia el sur, y luego al oeste, para reunirse con los franceses, siendo sometido a una persecución tenaz. Villars retiró a la margen izquierda del Rhin sus tropas y las del elector y los aliados les persiguieron, penetrando en el Palatinado y asediando Landau, que cayó tras una dura resistencia. La caída del año traía como balance favorable para los aliados a Baviera vencida, aunque el elector y parte de los suyos estuvieran refugiados en Francia.

En Italia, la iniciativa era francesa. Luix XIV había guarnecido especialmente este frente, donde Vendome contaba con 62000 hombres frente a los 30.000 del duque de Saboya y 8000 imperiales en el bajo Po. El Milanesado fue reconquistado y gran parte del Piamonte permaneció en manos francesas.


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