Archive for 30 diciembre 2017

Poema del pasado

30 diciembre, 2017

Con mis saludos a Chris Rea.

Cuando era menos que nadie
y me deslizaba por las calles
como un fantasma
ví a una mujer

Que era como ninguna otra,
pero cuya cara
era familiar para mi sangre
roja.

Me acerqué a ella
realmente sin prisas,
pues no te prisa por ir
a lugar alguno

No me esperaban en ninguna parte.
Me miró durante un largo rato
y al final me preguntó
con su extraña y lejana voz

“Hijo, ¿qué te trae por aquí?
Tu dolor me sacó de la tumba”.
Ví que ella no tenía sombra
ni yo miedo.

Había poco que temer
en aquella calle
iluminada por aquel frío sol.
Así que contesté:

“Vengo desde la calle del invierno
y voy buscando la de la primavera”.
“Hijo, ¿qué estás diciendo?
Esta es la carretera al infierno”.

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La Criolla: esplendor del Barrio Chino (14 y último)

29 diciembre, 2017

Los días de gloria de La Criolla ya pertenecían al pasado a mediados de los años 30. La decadencia del local era evidente para los turistas que todavía se acercaban a visitarlo. La máxima atracción era Maruja, la Reina del Raval, que simbolizaba perfectamente el decrépito estado del Barrio Chino.

La inauguración del cabaret Barcelona de Noche el 19 de marzo de 1936 estuvo rodeada de una gran expectación. Pepe Marquez no había escatimado en gastos para su decoración, y el cabaret recordaba en parte a La Criolla de sus mejores tiempos. Además, Pepe se había traído consigo a gran parte de su equipo, incluido al emblemático portero. El cabaret cosechó un éxito que superó lo soñado por el mismo Pepe.

Con su apertura, Barcelona de Noche insufló una nueva vida a calle Tàpies, que siguió siendo tan sórdida como siempre, pero ahora iluminada por los rótulos de los bares y prostíbulos que se abrieron a partir de entonces en ese lugar. Pepe lo había logrado. La alegría y las multitudes que habían abandonado la calle Cid se lanzaban de buen agrado a recorrer la calle Tàpies.

Pero, por desgracia, todo esto tuvo una corta duración. El asesinato de Pepe el 29 de abril de 1936 y el estallido de la guerra civil cortaron de raíz esta segunda vida del Barrio Chino. La Criolla, desde que se prohibieron que actuaran los transformistas, comenzó a ir a la deriva. De vez en cuando actuaban en su escenario artistas como la reputada bailarina andaluza Loreto, pero no era ni sombra de lo que fue.

Y cuando la piqueta parecía amenazar a toda la calle Cid, la guerra civil puso fin a la agonía de la Criolla, cuando el 24 de septiembre de 1938, en uno de los numerosos ataques de la aviación italiana contra el puerto de Barcelona, una bomba alcanzó de lleno el número 10 de la calle Cid y La Criolla, la catedral del tenebroso Barrio Chino y un mito de la historia frívola de Barcelona que la convirtió en una atracción turística de los años 30, desapareció para entrar en la leyenda.

“Les Grandes Horizontales”

28 diciembre, 2017

Nota: He aquí una pequeña pausa en mi relato criollero.

Grandes Horizontales” (en francés) fue uno de tantos epítetos dirigidos a las cortesanas de alta clase que brotaron en el París del siglo XIX, especialmente durante la Monarquía de Julio (1830-1848) y el Segundo Imperio (1852-1870). El apelativo hacía referencia tanto a la manera con la que se ganaban la vida (horizontalmente, las palabras sobran) y al éxito que obtenían en su desempeño laboral.

También se les llamaban grandes cocottes y grandes abandonées, y originaron expresiones intraducibles tales como la haute galanterie y la Haute Bicherie. Se dice que las más grandes de las grandes eran conocidas como La Garde, en clara referencia a la Guardia Imperial, y se aplicaba a las 12 mejores de ellas, la aristocracia de este demi-monde.

Entre las “Grandes Horizontales” figuraban Blanche D’Antigny, una de las inspiraciones de Emile Zola para su novela Nana; Gulia Bereni, más conocida como La Barucci; Cora Pearl, descrita por el editor de sus memorias como “la bella británica del imperio francés”; Esther Guimond; Thérèse Lachman, más conocida como La Païva; Léonide Leblanc, también llamada Mademoiselle Maximum; Margarite Bellanger, la última amante oficial de Napoleón III; Caroline Letessier; Alice Ozy, actriz y cortesana que se convirtió en respetable burguesa; Elisabeth-Celeste Vénard, llamada Mogador, que comenzó su carrera como amazona en un circo y como bailarina en el Bal Mabille y la terminó como la condesa de Chabrillon; Adèle Courtois; Constance Rezuche; Anna Deslion; Carolina Hassé; Rosalie Léon; la actriz Hortense Schneider, conocida por sus papeles en las operetas de Offenbach, y Marie Colombier que, como Cora Pearl, también escribió sus memorias.

Estas damas tenían una gran cantidad de aspirantes entre los que escoger, a diferencia de las prostitutas comunes, que no podían hacer distingos. El problema venía es que eran ostentosos símbolos para sus amantes, de manera que solían gastar el dinero a manos llenas, pues la convención de la época marcaba que fueran eso, brillantes guirnaldas en la reputación de sus ricos protectores, de manera que pasar discretamente por la vida estaba fuera de todo lugar.

Por eso las horizontales contribuyeron a la cultura francesa, mimando la decoración de sus mansiones y residencias en el campo y gastando grandes sumas en ropa y couturiers como Worth y Laferrière, en carruajes, criados, ropa y comida.

Al depender tanto del dinero de sus amantes, el final de una relación implicaba un desastre, la acumulación de deudas y la obvia necesidad de encontrar otro amante rico tan rápido como fuera posible.

Era una vida difícil de abandonar, como la prostitución común, y pocas horizontales lograron ahorrar dinero para llegar a su vejez o, siquiera, a una mediana edad. Hubieron, por supuesto, excepciones, como La Païve, que se casó con un rico industrial prusiano, que se convirtió en su tercer marido. Su mansión, opulenta y extravagantemente decorada, se alzó en el número 25 de los Campos Elíseos, y allí sigue, como un recuerdo de las Grandes Horizontales del Segundo Imperio.

Los cambios sociales originados por la caída del Segundo Imperio acabaron con estas cortesanas. Su lujoso estilo de vida ya no era posible ni bien visto en esas circunstancias, y no pocas de ellas se convirtieron en cabezas de turco en las que expiar la vergüenza causada por la derrota francesa a manos prusianas en la guerra de 1870-71, de ahí que escritores como Zola y Alejandro Dumas hijo las usaran con fines moralizantes en sus novelas.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (13)

26 diciembre, 2017

En 1933 Jacques Roberti escribe en Voilà que el Barrio Chino de Barcelona había perdido gran parte de su carácter local tras ser invadido por una oleada de extranjeros, especialmente franceses, y que la trata de blancas estaba en su apogeo. Uno de estos nuevos residentes era Jean du Palace, que se había escapado del penal de la Isla del Diablo y había recalado en Barcelona tras pasar por Venezuela, Bolivia, Chile, Argentina y Brasil.

Otro era Jean Genet, que pasaría tres meses en la ciudad, tres meses que en su novela Diario de un ladrón (1949) se estirarían hasta convertirse en un año. Visitaría La Criolla, por supuesto, donde, travestido, se prostituiría con los clientes del local, compitiendo con las otras Carolinas, es decir, los otros travestis.

Hacia 1934 La Criolla necesitaba reinventarse para mantener su popularidad, y debía hacerle sin perder su esencia. Y lo hizo. La decoración de aire tropical desapareció, siendo reemplazada por un decorativismo al uso que irritó a muchos de los parroquianos por su falta de carácter. Casa Sacristán no tardó en seguirle los pasos, introduciendo actuaciones de variedades. Fue rebautizado como Wu-Li-Chang. Los transformistas imitadores de estrellas se convirtieron en la principal atracción del Barrio Chino, y en La Criolla actuaban los mejores.

En 1935 comenzó la demolición del cuartel de Atarazanas, tanto tiempo deseado, pues se pensaba que daba cobijo y orígen a toda la miseria de la zona circundante. Con su desaparición se esperaba que el Barrio Chino sería el siguiente en desaparecer. De repente, La Criolla ya no simbolizaba la vanguardia, lo moderno, lo cosmopolita, sino que era simplemente un local infame cuyo recuerdo, como el de todo el barrio, debía desaparecer.

No fue así. La desaparición del cuartel no trajo la urbanización del Raval. Ni había planes para ello ni era sencillo. Lo que sí llegó fue la decadencia, de la que no se pudo o no se supo escapar. Los industriales que quedaban abandonaron la zona. José Marquez lo tenía todo pensado: movería la esencia del Barrio a la calle Tàpies, una calle con unas ciertas similitudes a la calle Cid, con una prostitución barriobajera, un pasado industrial y cierta cercanía al puerto. Así, en febrero de 1936, Pepe Marquez dejaba de ser el encargado de La Criolla para inaugurar el club Barcelona de Noche en el número 5 de la calle Tàpies.

El 29 de abril Pepe caía asesinado. Las causas de su muerte no están claras, pero no sería nada raro que su antiguo jefe, Antonio Sacristán, no hubiera encajada que su antiguo encargado le dejara en la estacada y encima se convirtiera en su competidor directo.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (12)

23 diciembre, 2017

A pesar de la vigilancia, el ambiente de la calle Cid y de sus alrededores siguió siendo peligroso, de manera que ni Pepe ni los empleados de La Criolla lograron evitar algún que otro altercado o incidente en el local, lo que contribuyó, sin duda alguna, a aumentar su leyenda.

El tráfico de armas se unió al de la droga, y se realizaba con un cierto descaro. La intervención de la policía llevó a algunas detenciones, como la practicada el 4 de enero de 1933, cuando un joven de 19 años fue arrestado cuando intentaba vender una pistola. O la del 29 de abril de ese año, cuando fueron intervenidas varias papelinas de cocaína y un frasco de tres gramos cuando se detuvo a un individuo que intentaba introducirlas en La Criolla.

El 23 de junio el local fue objeto de un atentado. El motivo fue la huelga de los trabajadores de la cervecería Damm y su boicot a los productos de esta casa. Como algunos establecimientos de Barcelona se negaron a seguir el boicot, varios fueron objetos de ataques, como el sufrido por La Criolla el citado 23 de junio cuando se encontró un cartucho de dinamita negra en uno de los servicios, con la mecha encendida. No se produjeron daños materiales, pues la mecha fue apagada y no se esclareció quién fue el autor del ataque, pues el único sospechoso, un muchacho de 19 años, fue absuelto por falta de pruebas.

Cal Manco, por su parte, se convirtió en un “centro industrial” de la prostitución, por el que llegaban a pasar cinco mil clientes cada sábado y cada domingo, dejando unas siete mil pesetas de la época en manos del dueño. En un día menos “trabajoso”, la caja era de unas mil pesetas. Se aseguraba que había prostitutas de ese burdel que llegaban a realizar quinientas felaciones al día mediante el proceso de insensibilizarse la cavidad bucal con cocaína y untando el miembro del cliente con miel. Una prostituta aseguraba poder realizar el servicio en cinco minutos a un cliente borracho.

El otro negocio de Rafael Seva, el Manquet, su café-concierto, también marchaba viento en popa. Allí, mezclados con una concurrencia de orígen portuario, se podía escuchar flamenco de buena calidad, según se decía. Por una peseta de la época, el cronista de la época Sebastià Guasch, pudo ver a una jovencísima Carmen Amaya actuando en Cal Manco.

Simone Weil, una de las pensadoras más transgresoras de su tiempo, quedó fascinada por La Criolla cuando la visitó en 1933. Todos los estudiosos de la vida de Simone Weil coinciden en situarla en Barcelona durante el agosto de 1933. Llegó a Barcelona acompañada por Aimé Patri, un trotskista y visitó en varias ocasiones La Criolla. Eso al menos le comentó Aimé Patri a George Bataille.

Bataille, que junto a los Picabia, Cartier-Bresson, André Masson formaban la intelectualidad parisina acudían a Barcelona para demorarse en sus prostíbulos y a última hora de la noche, acompañados de sus mujeres cuando viajaban con ellas, a La Criolla a ver el espectáculo de los hombres que hacían de mujer. Les debía de parecer la suya una conducta transgresora de tal intensidad que necesitaba plasmarse en un libro. Es lo que hizo Bataille con El azul del cielo. Saber que Simone Weil era otra de las que había acudido a La Criolla y no una vez sino varias, le provocaba tal malestar a Bataille que tuvo que incluirla en su libro para ajustarle las cuentas.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (11)

20 diciembre, 2017

Hacia 1932, con los homosexuales que hacían carrera en la calle Cid desplazando a las chicas que trabajaban en La Criolla, este local había alcanzado su punto máximo de sofisticación y se alzaba como un espacio nocturno único e inimitable. Tenía el ambiente clandestino de los clubs norteamericanos de la época de la Prohibición, y en él reinaba una sorprendente desinhibición social y sexual inédita para la época. Allí se bailaba como en ningún otro lugar, con la estruendosa orquesta o el ensordecedor gramófono. Los descansos entre una pieza musical y la siguiente eran breves, lo justo para tomarse una bebida y volver al desenfreno de la pista.

El reservado del famoso local se había convertido en la estancia estrella para alternar con las novedades de la casa. Su ambiente portuario y corrompido atrajo a numerosas mujeres de clase media y alta, dispuestas a vivir “unas horas en este barrio bajo” para salir “encantadas porque nos les había pasado nada malo”, tal y como escribió en su día el escritor francés Gui Befesse, uno de los que mejor supieron captar el ambiente y el espíritu de La Criolla.

De todos los personajes curiosos que poblaron sus salones, Flor de Otoño fue, sin duda, el más singular, sin que a día de hoy se conozca ni su nombre ni su historia personal, salvo que era un anarquista homosexual y cocainómano que por la noche se maquillaba y acudía a las peligrosas diversiones de la calle Cid. Su leyenda, que le atribuía haber participado en uno de los varios asaltos que sufrió el cuartel militar de Atarazanas, daría pie a una obra de teatro que se estrenó en 1982 y a una película, interpretada por José Sacristán y dirigida por Pedro Olea que se estrenó en 1978.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (10)

17 diciembre, 2017

Cuando Pierre Mac Orlan penetró en el Barrio Chino sufrió una decepción. Era el mismo día en el que se inauguraba la Exhibición Universal y lo encontró desierto. Al respecto escribió posteriormente “la policía había vaciado literalmente el barrio como precaución, y el motivo no era otro que la gran cantidad de personalidades extranjeras reunidas en ese momento en la ciudad”.

En su novela más famosa, La bandera (1931), evocad un Barrio Chino rebosante de una pobreza espantosa, guarida y lugar de fiesta para extranjeros, que sólo se animaba al llegar a puerto un crucero y podían las prostitutas ganar algún dinero. Describió a La Criolla como un salón de baile de aire portuario, donde las peleas y trifulcas eran algo frecuente, describiendo como, durante una de ellas, los fusileros de marina de un crucero tuvieron que acudir al local a reducir a tres marinos borrachos pertenecientes a la tripulación del navío. Como comenta en su libro Filles d’amour et ports d’Europe (1932), para Mac Orlan “el barrio chino era una imagen casi perfecta de un infierno sur-europeo”.

Pero la Exposición Universal de 1929 cambió la vida comercial de la calle Cid y su entorno. Sus tabernas de mala muerte se convirtieron de repente en parajes pintorescamente elegantes y en negocios suculentos. La Criolla, Can Sagristán y la taberna de Antonio Ayala, llamada ahora Bar Chino se beneficiaron de este cambio, como así lo hizo la prostitución. Los especuladores hicieron grandes negocios y el dinero corría a raudales. Se abrieron nuevos establecimientos, como La Taurina y Los Gabrieles. Éste último era una taberna flamenca con decoración cubista, mientras que la primera era un destartalado colmado anadaluz que se convertiría en un mito al haber actuado en ella una jovencísima Carmen Amaya. Pero el centro de la actividad giraba en torno a La Criolla, donde nunca se paraba la fiesta. Pero Can Sacristán era todavía más canalla que La Criolla. Allí acudían los homosexuales que se prostituían en la calle Cid, además de obreros, anarquistas, sindicalistas, marineros, traficantes, prostitutas, juerguistas y curiosos. Entre ellos estaba María Guerrero, la Reina del Barrio Chino.

Era el espectáculo de la miseria

La fama internacional de La Criolla lo convirtió en un punto de visita indiscutible. La Asociación de Atracción de Forasteros lo recomienda en un folletín de 1932. Lo cierto es que era un lugar de visita obligatorio para todo barcelonés de clase media o alta. Pero a su alrededor un mundo tenebroso crecía: la trata de blancas.

Barcelona se había convertido en el centro del tráfico de mujeres del Mediterráneo. Hasta los años 30, la explotación de las prostitutas había sido casi “artesanal” pero, a partir de entonces con la llegada de grupos organizados, como los “talcovianos”, apodo por el cual eran conocidos los judíos de orígen polaco, y los franceses e italianos organizaron una amplia de trata de blancas por el que se traían a Barcelona mujeres de todas partes y de la misma ciudad se “exportaban” españolas para que se prostituyeran en otros países. La policía, superada en esos años por la violencia causado por los atentados anarquistas y el pistolerismo, apenas puede hacer nada para frenar este tráfico humano

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (9)

15 diciembre, 2017

Con vistas a la Exhibición de 1929, La Criolla experimentó a partir de 1927 una serie de reformas, reconstruyéndose por completo el salón principal y dotando al local de un aire exótico y salvaje. La novedad más significativa fue el rótulo de neón situado en la fachada que anunciaba el nombre del establecimiento. La última obra fue la extensión de una aceras a lo largo de toda su extensión cuyo permiso se solicitó en enero de 1929.

Pronto comenzó a aparecer publicidad en la prensa que hacía referencia al “Gran Bar Dancing La Criolla”. La calle Cid, siempre mal iluminada, adquiría una luminosidad con toques irreales al caer la noche gracias a los neones de La Criolla. La gente se aficionó a visitar el Barrio Chino. La Criolla, Can Sacristán y Villa Rosa adquirieron gran fama y notoriedad. La aristocracia, la burguesía y los nuevos ricos acudieron con gran apetito a esta nueva diversión, tal y como recoge Josep Maria de Segarra en su Vida Privada. Queda constancia de la expedición que el escritor emprendiera, comenzando en la calle Arc del Teatre y llegando a la calle Cid a través de la calle Peracamps.

Domènec de Bellmunt, pseudónimo del periodista Domènec Pallerola, escribió una visión más descarnada de La Criolla, denunciando taxativamente la miseria de esta Barcelona extraoficial, denunciando la explotación de las prostitutas y las míseras condiciones de vida imperantes en la zona.

No había una sola La Criolla, como no había un solo Barrio Chino. Todo dependía del día, de la hora y de la persona que lo visitara. Si para Paco Madrid, el creador del término “Barrio Chino”, La Criolla era un dancing club fantástico dotado de una extraña armonía porque sus clientes eran “buena gente”, que convertían el local en un “lugar de apacible regocijo”, para el periodista malagueño Francisco Caravaca, “el café de La Criolla” era “madriguera de sujetos de la peor catadura” y el local estaba “chillonamente ornamentado”, lleno de humo y el griterío de centenares de gargantas enronquecidas por el alcohol.

Fue entonces cuando Pierre Marc Orlan visitó el Barrio Chino.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (8)

13 diciembre, 2017

El mercado de la cocaína de la calle Cid estuvo en pleno apogeo hasta 1926, cuando la policía empezó una cruzada contra las drogas. Al año siguiente, se abrió el primer juzgado especial para instruir todos los sumarios relativos al tráfico de estupefacientes. Lo que logró la persecución policial fue aumentar los precios al encarecer el suministro y la distribución y, ante el constante aumento de la demanda, que se adulterara con bicarbonato de sodio o ácido bórico.

Los homosexuales, que ya estaban perseguidos, lo fueron todavía más al convertirse muchos de ellos en traficantes, de manera que el nuevo código penal de 1928, además de penalizar severamente el tráfico de drogas, reintrodujo la sodomía como delito. La policía podía actuar de oficio, sin denuncia previa, como en el caso de Antonio, un vecino de la calle Cid de 62 años, que fue detenido en su domicilio particular junto a dos homosexuales, siendo los tres detenidos y juzgados por escándalo público.

Mientras, la fama de La Criolla había trascendido los límites del Raval y los barceloneses se morían de curiosidad por comprobar su leyenda y su morbo. A pesar de la violencia que presidía la calle Cid, el local estaba siempre abarrotado, y Pepe y los encargados se las apañaban para mantener el orden, aunque no siempre lo conseguían. Por estas fechas fue cuando se empezó a planear el derribo del cuartel de Atarazanas y de la reforma del barrio que recibía su nombre.

La Exhibición Universal de 1929 convirtió al Barrio Chino, sin chinos, de Barcelona en una “zona prohibida”, que encerraba todos los peligros, podedumbres y vicios de una ciudad moderna y lanzó a la fama a La Criolla. Reformado en 1928, justo a tiempo para la Exhibición, el local se iba a convertir en el símbolo de la noche barcelonesa, moderna y transgresora. Su tremendo éxito alcanzó al resto de la calle Cid, de manera que el bar situado en el número 14 se convirtió en el Bar Chino, con un salón de baile. Casa Sacristán, en el 7, fue reformada y decorada con estatuas y símbolos chinos. Se abrieron nuevos locales, como La Taurina, en el 12bis, un café cantante flamenco; o el bar de Magdalena Comas, en el 6.

Pero nada alteró su aspecto barriobajero, de zoco marroquí, sucio y maloliente.

La Criolla: esplendor del Barrio Chino (7)

11 diciembre, 2017

La Criolla se convirtió en un local emblemático del Barrio Chino, lo que no era nada fácil en aquella barriada tan complicada. Era un lugar en el que la gente se volvía violenta con una copa de más. Para eso contrataron a José Marquez Soria, nacido en Almería, de 45 años de edad, que se convirtió en el encargado del local. Con sus palabras, sus puños y un palo que guardaba detrás de la barra se ocupó de mantener la paz. Veterano de estas lides, no tardó en hacerse un nombre y de ganarse el respeto de la concurrencia.

La prostitución siguió marcando el curso de la vida en la calle Cid. Las peleas entre los chulos, entre estos y sus pupilas y entre ellas mismas se volvieron moneda común. Gui Befesse, periodista y topógrafo de la mala vida, definió el mundillo de esta calle así: “En la calle Cid, centro de la crápula con prostíbulos de cariátides jalbegadas y floripondiadas en los quicios, refugio de ese submundo de mecheras, rateros, carteristas, espadistas y demás fauna del delito, del vicio y del infortunio (…) se halla instalada La Criolla, salón de baile en el que hay hombres afeminados con las caras pintadas y las manos pulidas como si fuesen damiselas. (…). La Criolla es el puente que une a la gente de abajo con la de arriba. Nosotros creíamos encontrar un antro lleno de gente del hampa e invertidos; pero hemos visto, además, a un público selecto y a ese sector de la sociedad que se denomina gente honrada”. El relato sigue y alcanza la sima del desenfreno cuando Befesse dice ser testigo de cómo un matrimonio de un palco, tras hacerse falsamente ambos los ofendidos, terminan por entrar en el reservado con un grupo de homosexuales que les ofrecían un rato de entretenimiento.

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Flor de otoño, transformista y anarquista

Otro mito fue María de la Paz Guerrero Molina, la llamada La Reina del Raval. Hija de una familia de militares de Palma de Mallorca, políglota, pianista, educada en la cristiandad, María prefería prostituirse en la calle Cid a saber por qué ignotas razones. De ella hablé un poco hace un tiempo


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