La Criolla: esplendor del Barrio Chino (9)

Con vistas a la Exhibición de 1929, La Criolla experimentó a partir de 1927 una serie de reformas, reconstruyéndose por completo el salón principal y dotando al local de un aire exótico y salvaje. La novedad más significativa fue el rótulo de neón situado en la fachada que anunciaba el nombre del establecimiento. La última obra fue la extensión de una aceras a lo largo de toda su extensión cuyo permiso se solicitó en enero de 1929.

Pronto comenzó a aparecer publicidad en la prensa que hacía referencia al “Gran Bar Dancing La Criolla”. La calle Cid, siempre mal iluminada, adquiría una luminosidad con toques irreales al caer la noche gracias a los neones de La Criolla. La gente se aficionó a visitar el Barrio Chino. La Criolla, Can Sacristán y Villa Rosa adquirieron gran fama y notoriedad. La aristocracia, la burguesía y los nuevos ricos acudieron con gran apetito a esta nueva diversión, tal y como recoge Josep Maria de Segarra en su Vida Privada. Queda constancia de la expedición que el escritor emprendiera, comenzando en la calle Arc del Teatre y llegando a la calle Cid a través de la calle Peracamps.

Domènec de Bellmunt, pseudónimo del periodista Domènec Pallerola, escribió una visión más descarnada de La Criolla, denunciando taxativamente la miseria de esta Barcelona extraoficial, denunciando la explotación de las prostitutas y las míseras condiciones de vida imperantes en la zona.

No había una sola La Criolla, como no había un solo Barrio Chino. Todo dependía del día, de la hora y de la persona que lo visitara. Si para Paco Madrid, el creador del término “Barrio Chino”, La Criolla era un dancing club fantástico dotado de una extraña armonía porque sus clientes eran “buena gente”, que convertían el local en un “lugar de apacible regocijo”, para el periodista malagueño Francisco Caravaca, “el café de La Criolla” era “madriguera de sujetos de la peor catadura” y el local estaba “chillonamente ornamentado”, lleno de humo y el griterío de centenares de gargantas enronquecidas por el alcohol.

Fue entonces cuando Pierre Marc Orlan visitó el Barrio Chino.

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