John Wilmot, conde de Rochester (4)

David M. Vieth, al que se considera universalmente como autor de los estudios más profundos sobre nuestro protagonistas y la fuente más fiable sobre él, sentó el punto de vista dominante sobre todo futuro análisis del canon de Rochester: “el impetú que le impulsa parece ser la profunda desilusión de la generación que siguió a la guerra [la sucesión de guerras civiles que enfrentaron a monárquicos y los parlamentaristas desde 1642 hasta 1651], de los que Rochester fue su elocuente portavoz.” Vieth remarcó que Whibley había separado por fin la moralidad de la poesía, lo que permitía que el estudio de la obra de Rochester pudiera proseguir de acuerdo a principios más objetivos que los usados hasta ese momento; sin embargo, gran parte del interés de los investigadores y del lector ses sigue centro en los pensamientos y la personalidad del poeta, aunque la atracción por las anécdotas persista aunque con menos intensidad. Así, tras la edición de los poemas de Rochester que John Hayward publicó en 1926 y las de Johannes Prinz de 1926 y 1927, la mayoría de los estudios de los años 30 fueron de carácter biográfico. Curiosamente, todas las obras fueron escritas teniendo en cuenta los posibles problemas con la ley y la censura, de manera que obras como la escrita por Graham Green a comienzos de los años 30, Lord Rochester’s Monkey (El mono de Lord Rochester, no fue publicada hasta 1974. Prinz escribió en su edición de 1927 que Rochester era un autor “tabú”, y era cierto.

La figura dominante en la vida de Rochester había sido su puritana y piadosa madre. Su padre, Henry Wilmont, fue un extraño para su hijo, que esperaba ansiosamente noticias de su ausente progenitor, aunque no parece que se vieran demasiado. A su muerte el primer conde de Rochester dejaría un rastro en su hijo, que se vería marcado por la temeridad, inseguridad, excesos y, si Hyde está en lo cierto, una tensa relación con la religión. Sin embargo, la personalidad de John Wilmont pudo haberse desarrollado de manera independiente, lejos de cualquier influencia paterna.

El joven conde fue educado por su madre y el confesor de ésta, Francis Giffard. Luego estudió en la Burford Grammar School, en Oxfordshire, donde su educación se basó en los autores latinos. Pronto se vio esta influencia en sus oras, sobre todo en su facilidad para traducir y adaptar a los clásicos a su propio estilo. Éste es uno de los puntos de contenciones de la crítica moderna de Rochester, que están más preocupados que sus colegas del siglo XVII en determinar la originalidad de un autor. Que Rochester fuera capaz de conseguir reflejar su educación clásica y luego bañarlo en su cinismo corrosivo resulta ser una lectura auténticamente fascinante. En su siglo se consideraba que esta habilidad era un producto de la inteligencia del autor y lo mismo se aplicada al uso del lenguaje religioso y litúrgico, a los que Rochester hace frecuentes menciones.

En septiembre de 1661 Rochester se graduó en Oxford a los catorce años. Su tiempo en la universidad no parecen haber sido demasiado complicados. Había sido admitido en el Wadham College en enero de 1660, una facultad relacionada íntimamente con las emergentes ciencias experimentales, y parece ser que este ambiente influyó en él. Su tutor fue el matemático Phineas Bury, pero el más influyente fue el doctor Robert Whitehall, del Merton College, que pudo ser quien le introdujera en los placeres de la vida. Se dice que fue Whitehall quien le enseñó a emborracharse en las tabernas de Oxford, aunque ést sera una historia sin fundamento.

Durante su breve estancia en la universidad, se dice que Rochester escribió tres poemas que aparecieron en dos ediciones de poemas de Oxford: Epicedia Academiæ Oxoniensis (1660), una serie de poemas dedicados a la reina madre, Henrietta Maria, en ocasión de la muerte de su hermana María. A Rochester se le atribuye un poema en latín, “In Obitum Serenissimae Mariae Principis Arausionensis“, y otro en inglés “To Her Sacred Majesty, the Queen Mother, on the Death of Mary, Princess of Orange.” El primero llama la atención por sus comentarios médicos sobre las pústulas mortales en la mujer de una cara y luego el poema se modula en un elogio de la belleza digna de una diosa -“tota venustas”—, demasiado hermosa para la vida mortal. En el otro poema, se repasa de manera elegante las tragedias que afectaron a la viuda de Carlos I y la urge a permanecer en Inglaterra y a no regresar a Francia. Pero es en su poema Britannia Rediviva (1660), celebrando al monarca restaurado, al que llama “santuario triunfante de la virtud” (lo que, tratándose de Carlos II, se me antoja algo irónico), que Rochester sorprende por su ingenio y que hace que Charles Williams se acuerde de las metáforas alocadas de los poetas metafísicos tardíos.

Dado que en ese momento Rochester tenía 13 años, se sospecha que los poemas fueran escritos por otra persona o bajo la influencia de alguien, posiblemente uno de sus tutores, aunque otros autores, como el mismo Cowley, habían publicado sus obras siendo aún bastante jóvenes.

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