El último baile (3)

Al sentarse ella en el sofá para quitarse las medias negras de seda, él pudo ver que no llevaba ropa interior, lo que le hizo cerrar los ojos durante un instante y apretarse la erección con las manos, intentando inconscientemente de frenar lo irrefrenable.

Ella se le acercó gateando y le separó las piernas. Entonces se detuvo y, con un sensual movimiento de caderas y una sacudida silenciosa de su melena, le ofreció la espalda, indicándole que le bajara la cremallera del vestido. Esa pausa significó un alivio para él. Tenía tiempo para calmar su hambre.

Sonaba I Don’t Want To Talk About It cuando ella se puso de pie. El vestido se fue deslizando lentamente, cuerpo abajo como si fuera un larguísimo guante. Él sonrió al comprobar que tampoco llevaba sujetador y su respiración se volvió entrecortada al deslizase la tela hacia abajo y dejar al descubierto sus desnudas y preciosas nalgas. Una gota de sudor se deslizó desde su frente hasta la nariz, haciendo resbalar un poco sus gafas.

De repente, el vestido estaba convertido en un remolino desordenado en el suelo y ella, desnuda, movía seductoramente las caderas con los compases de la música.

Él miraba aquellas nalgas redondas, espléndidas y macizas. Sintiendo un impulso irrefrenable se puso en pie y aplastó su polla entre los dos glúteos. Tuvo que frenarse y no frotarla contra el culo, pues se abría corrido en ese momento y su semen habría salpicado toda su espalda. Pero no, todavía no.

Unos pocos segundos más tarde ella se inclinó hacia atrás, buscando su boca con la suya. Él se la ofreció mientras sus manos bajas hacia el sexo de ella. Así fue como el universo entero quedó pendiente en los movimientos de las manos. Ella notaba las palmas ardientes de las manos deslizarse hacia abajo por su piel y no pudo resistirse. Se giró bruscamente, clavándose así el miembro en su vientre y dejando las desconcertadas manos de él bailando sobre su culo.

Frente a frente, abrazados, comenzaron a besarse, a lamerse y a morderse suavemente. Él se dejó caer al final en el sofá y ella se sentó sobre él con las piernas abiertas. Una vez tuvo su polla dentro de ella se quedó muy quieta. Eso era real, ya no eran fantasías, pensó él leyendo la mente de ella. Así que por un momento se quedaron ambos quietos, disfrutando del momento para retenerlo por siempre en su memoria.

(continuará…)

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