Miedo atávico.

De aquella época en la que pasé hambre y frío me han quedado algunos traumas. Unos los llevo bien y otros mejor; algunos están completamente olvidados y otros permanecen pero no los llevo bien.

Uno de ellos es mi pequeña crofobia, es decir, mi “alergia” al frío. Cuando cambiamos de otoño a invierno se apodera de mí una desazón extrema. La idea de pasar frío llega a paralizarme en un instante de pavor, hasta que lentamente deshago los nudos que mi mente autosugestionada elabora y me pongo en marcha. Siempre tengo la ropa de abrigo suficiente para enfrentarme al miedo y, si falta, puedo comprar lo que me haga falta.

Pero, pese a a ello, cada año, cuando el otoño se desvanece y el invierno asoma su cabeza, yo tiemblo preso de la zozobra. Luego el invierno se me queda mirando con expresión dolida y me espeta “¿Lo ves? No era para tanto, no sé porqué me tienes tanta manía”.

-No es manía, mi viejo y querido amigo -le contesto siempre, mientras miro su calva cabeza, cubierta de nubes y vientos-. Sabes que, al final, disfruto tu helor como si fuera un buen vino. Es, simplemente, la incertidumbre que trae el cambio.

Y así nos pasamos tres meses al año: él intentando helarme y yo sin permitírselo. Somos una extraña pareja de baile.

Yours truly,
Jack

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