Los maestros republicanos

La II República puso en marcha uno de los proyectos educativos más avanzados e importantes de Europa. Sus ejecutores, los maestros de la República. Por enseñar, el franquismo los persiguió, encarceló y fusiló.

La Institución Libre de Enseñanza. Una educación pública, laica y en libertad, en una España analfabeta. Era lo que se propuso la República: enseñar a leer a un pueblo ávido por aprender.

Había que formar a ciudadanos nuevos porque, según Marcelino Domingo, “La República heredó una tierra poblada de hombres rotos”. Además, carencia de escuelas, de maestros. Había 32.680 escuelas y un millón de niños y niñas sin escolarizar, edificios precarios.

Durante el bienio azañista, la reforma educativa renovó la enseñanza primaria, se construyeron escuelas, se crearon miles de puestos para maestros, se permitió la escuela mixta. En el 31, lea tasa de alfabetización era del 15%. En 1936, antes de la guerra, del 26%. n 1930, la tasa de escolarización femenina era del 53% en niñas de 5 a 14 años. En 1934 era del 66%.

La Segunda República se propuso convertir a los súbditos en ciudadanos. Pero estalló la “guerra civil” y los sublevados, no dudaron en comenzar a señalar a los que consideraba “enemigos de la patria”, y especialmente a los maestros republicanos.

¿Por qué se lanzó esta persecución? “Se les consideraba responsables de haber inoculado en la sociedad y en las mentes juveniles el virus republicano. Los maestros estaban muy posicionados políticamente, eran progresistas y de talante reivindicativo”, explica el profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Salamanca Francisco de Luis Martín, autor de La FETE en la Guerra Civil española.

Hay otras razones. La segunda, de carácter preventivo. Si no se acababa de raíz con aquellos maestros de espíritu republicano, al nuevo régimen se le iría de las manos la política nacionalcatolicista que pretendía imponer. Y el profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona Francisco Morente Valero apunta una tercera: sencillamente había que aplicar un castigo ejemplarizante a los intelectuales en general, que quitara las ganas a cualquier otro de repetir aquel modelo de vida.

Y lo consiguieron. El miedo más terrible se instaló en las escuelas y en las familias de los maestros. Los que no murieron fusilados tras el levantamiento militar pasaron en su exilio interior la más terrible purga profesional. Morente Valero ha contado hasta 60.000 maestros depurados en su tesis titulada La Depuración del Magisterio Nacional, un libro de cabecera en esas casas donde aún guardan la lista pública de maestros depurados, cuando muchos ya habían sido fusilados. Morente explica ahí en qué consistió la depuración.

La maquinaria fascista comenzó una grandísima depuración de aquellos maestros “no gratos” para el régimen. La enseñanza,concitó toda la ira de los franquistas. Maestros y maestras de escuela, profesoras y profesores de instituto… Muchos fueron pasados por las armas, otros forzados a exiliarse. Otros, privados de oficio y condenados a morirse de hambre.

En una primera fase, recién declarada la guerra, son los militares quienes se encargan de peinar pueblos y ciudades en busca de maestros republicanos. “Pedían informes a los alcaldes y por esa vía se destituyó o separó temporalmente de las aulas a muchos de ellos”, explica Morente. A partir de noviembre del 36 la depuración se burocratiza. Se crean comisiones provinciales y se les exige a todos los maestros, a todos, que soliciten su propia depuración como condición para seguir ejerciendo. Después, la comisión les devolvería el expediente, favorable para seguir dando clase, o rechazado y a la calle. Muchos optaron por ir al frente. Pero los demás tuvieron que someterse al criterio de la comisión, formada por el director del instituto, un representante de la asociación de padres, “persona de probada moralidad católica”, un inspector y dos vocales de “solvencia moral y técnica”. Se les pidió que detallaran qué hacían antes y después del 18 de julio, cómo recibieron el alzamiento, sus filiaciones políticas y sindicales, su actividad diaria y privada y que delataran a sus compañeros. Debían acompañar su defensa de los informes del alcalde, el cura, la guardia civil y otros. Toda una defensa sin una acusación previa.

Hubo de todo. Morente ha rastreado minuciosamente los archivos, las listas de maestros depurados, y ha encontrado expedientes que, después de 70 años, mueven a la risa: “Hubo denuncias privadas, de vecinos, en las que se acusaba al maestro de haber tocado el piano en un baile público, por ejemplo”. En un pueblo de Lugo, el alcalde se deshizo del maestro, que no era precisamente de izquierdas, porque en su lugar estaría mejor una señorita católica, de familia decente, como Dios manda. El alcalde adjuntaba en su informe esta posdata, que Jaume Claret, historiador de la Universidad Pompeu Fabra, recuerda más o menos así: “El hecho de que esta señorita sea mi hija no es el motivo de la destitución del maestro”. Efectivamente, la purga buscaba también hacer huecos en las escuelas donde colocar a familiares y allegados. Aunque fueron tantos los que faltaron que muchos curas y algunos militares, hasta 2.500 alféreces, se hicieron cargo de la educación después de la guerra.

A pesar de las variopintas acusaciones que la red caciquil se encargó de difundir, los maestros, muchos de ellos católicos, fueron víctimas de acusaciones y bulos de carácter religioso. Era sencillo. La República puso las bases de lo que iba a ser la escuela laica, de pensamiento libre, y mandó sacar de las aulas los crucifijos que las presidían. Los maestros, en su intachable comportamiento de funcionarios, descolgaron las cruces. Ese fue el pecado que se convirtió en delito.

Después llegó el silencio y el miedo. El hijo de uno de aquellos maestros fusilados, Alberto Barrado, de Malpartida de Plasencia (Cáceres), se acerca ahora tímidamente a aquella historia que le silenciaron. Muerto su padre, la madre afilió inmediatamente a los hijos a la Falange. Por miedo. Por miedo, los profesores del instituto de Boal (Asturias) nunca le dijeron a Hilda Farfante por qué habían matado a su padre y a su madre, los dos maestros. Y por miedo, su tía, también maestra, que la recogió en casa, tapaba con una mano la boca a su sobrina de 5 años mientras levantaba la otra en el balcón ante el desfile de los nacionales. Miedo.

Arximiro Rico, maestro republicano gallego, ejercía en una aldea de lugo. Mártir de la educación pública y laica. Hombre ilustrado, encarnó el progreso en el rural gallego, sometido al poder de curas y caciques, quienes apagaron su luz.

En septiembre de 1937, unos falangistas llamaron a la puerta de casa. Su madre le rogó que no abriese la puerta. Se lo llevaron. Pararon en una taberna abrevar y a él lo ataron a una argolla. Monte arriba, cabalgaron sobre su lomo. Al llegar a la cima, le cortaron los testículos, se los metieron en la boca, le cortaron la lengua y le sacaron los ojos. Sin embargo, aún vivía. Lo molieron a palos y lo cosieron a tiros.

“Es Arximiro, criatura única y ser colectivo, nombre gentilicio de todos los maestros escarnecidos y asesinados por la réplica fascista de Atila, que martirizó a la Galiza republicana entera”, escribió Xosé Manuel Beiras.

Este fue uno de los 60.000 maestros y maestras fusilados por los franquistas.

Y Severiano Nuñez García otro.

La madrugada del 16 de agosto de 1936 sacaron a Severiano de la cárcel de Plasencia (Cáceres) camino de la tapia del cementerio. Un tiro, o quizá más, acabaron con la vida del maestro de Jaraíz de la Vera (Cáceres). No había delito. Su viuda no volvió jamás a pronunciar una palabra. Severiano había nacido 41 años antes en otro pueblo de la provincia, Barrado. Su historia, como sus huesos, se pudría en silencio hasta que un sobrino suyo, maestro jubilado, hijo, nieto y hermano de maestros, ha podido rescatarla. Antonio Sánchez-Marín Enciso se ha encargado de que la casa donde vivió en su pueblo natal luzca una placa que recuerde su nombre, su vida y su profesión de maestro republicano.

En 1977 el Gobierno de la UCD decretó amnistía para los represaliados. Era tarde para los maestros, ancianos muchos, muertos ya la mayoría. Sus familiares, como ha hecho Antonio Sánchez-Marín, se conforman ahora con seguir la pista de huesos perdidos en las cunetas o en las fosas comunes de los cementerios.

Yours truly,
Jack

Anuncios

Etiquetas: , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: