Archive for 31 enero 2019

Los cátaros (1)

31 enero, 2019

El catarismo aparece a finales del siglo XI en Francia, aunque es bastante probable que empezara antes. Se extendió por Inglaterra, Italia, Catalunya y Alemania occidental, durante los siglos XII y XIII.

Se cree que surgen a partir del maniqueísmo antiguo, ya sea como resurgencia del maniqueísmo romano. Por ejemplo, tenemos a los cátaros de la Champaña, que, entre 1042 y 1048, y aún en 1144, se reunían en Mont Wimer, donde fueron quemados en 1239, eran considerados por sus contemporáneos como seguidores tardíos de Fortunato, el obispo maníqueo de Hípona (siglo IV), que había estado exiliado en esa región, donde había reclutado seguidores; y el trovador Raimon Ferraut estaba convencido que los cátaros tolosanos del siglo XIII eran los descendientes de los expulsados de Arlés durante el siglo IX, aunque fuera sólo por filiación indirecta.

El catarismo presenta ciertas similitudes con la gnosis, pues el mismo maniqueísmo era gnóstico: asegura la salvación por el conocimiento mediante una especie de proceso de iniciación. A veces parecía inspirarse en la teoría de la emanación, sobre todo el dualismo moderado bogomilo, en el que tanto Cristo como Lucifer “emanan” del Dios Bueno; profesa que el mundo ha sido credo por un demiurgo más o menos demoníaco, que el alma caída intenta reencontrarse con su estado celestial anterior gracias a un proceso de purificación; que la naturaleza angélica es triple (alma, espíritu, cuerpo). En fin, creen que el espíritu del hombre es, a la vez, salvador y salvado, en la medida que él mismo es incorruptible e impecable. Todos estos elementos pertenecen, sin duda alguna, al gnosticismo.

También es posible, como apuntan algunos autores, que el catarismo apareciera como respuesta a una necesidad de pureza moral, nacida de profundizar en la fe y de un examen crítico de los escritos bíblicos, en el marco de la renovación que afecta a la Cristiandad durante los siglos XII y XIII.

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Las hostias de Pompeya

28 enero, 2019

Pompeya es famosa por la erupción volcánica que la arrasó en el 79dC cuando el Vesubio entró en erupción y barrió del mapa a la ciudad, a Herculano y varias pequeñas localidades más.

Hasta el momento de la destrucción, Pompeya era una ciudad muy populosa gracias a su puerto, que la convertía en un centro comercial de primer orden dada su cercanía a la Vía Apia para distribuir mercancías por todo el imperio. Por ello estaba dotada de todo tipo de infraestructuras, entre ellas un anfiteatro donde se realizaban, como en todo el Imperio, las populares luchas de gladiadores.

Las luchas de gladiadores eran el deporte favorito de los romanos, ya que el morbo y la sangre corrían a raudales. Ello significaba que, igual que hoy en día, los gladiadores tuvieran una gran afición que se movilizaba cuando luchaban, levantando pasiones entre la gente y generando una gran expectación. No obstante, y como pasa siempre, cada público tiene sus cadencias, generando unas filias y unas fobias diferentes según los pueblos. Viendo lo que pasa con algunos partidos de fútbol de esos llamados de “máxima rivalidad”, el lector se puede ir haciendo una idea…

Las raíces de este espectáculo se remontan al siglo IV a. C. en la cultura etrusca. En ese momento no se trataba de algo lúdico, sino religioso. La muerte, toda muerte, era interpretada como un asesinato, por lo que las clases pudientes realizaban una lucha entre dos combatientes para como sacrificio a los dioses Manes cuando alguien moría. Esta asociación entre muerte y lucha se perdió ya al final de la República y pasó a convertirse en un espectáculo. El primer combate conocido lo organizó un tal Julius Brutus en el año 264 a. C., que enfrentó a tres parejas en el Foro Boario.

En cuanto a la afición, al contrario de lo que pueda parecer, los incidentes graves eran casos aislados. Los juegos estaban muy controlados, por lo que solo se conocen dos altercados destacables. Pero uno de ellos, el que trataré aquí, se desbocó de tal manera que el emperador y el senado tuvieron que intervenir y tuvo repercusión en las crónicas romanas: el disturbio del año 59 entre pompeyanos y nocerinos.

Según nos cuenta Tácito, un tal Livineyo Régulo, un oscuro personaje que tenía que ser una buena “pieza” ya que había sido expulsado del Senado romano (se desconoce el porqué), organizó en el anfiteatro de Pompeya un juego de gladiadores para público disfrute. Es fácil pensar que, ante la situación de haber sido expulsado del Senado, el tal Livineyo Régulo pudiera haber organizado unos juegos para congraciarse con el populacho. La cuestión es que los juegos atrajeron un gran gentío, como acostumbraba a pasar.

El espectáculo, como era de esperar atrajo una gran cantidad de gente de la misma Pompeya, pero también lo hizo de Nuceria, una población distante unos 12 km de ella, pero más al interior. Hasta aquí todo normal, ya que la afición por los gladiadores trascendía lo meramente local. Sin embargo, el gran problema era que ambas poblaciones no podían verse ni en pintura desde tiempos inmemoriales. Ambas se encontraban en la región de la Campania, y Pompeya había pertenecido a los dominios de Nocera. Durante la guerra contra Aníbal, Nocera, que permaneció leal a Roma, fue destruida, mientras que Pompeya tuvo la fortuna de no ser atacada. Después, durante la Guerra Social del siglo I a.C., los pompeyanos estuvieron entre los rebeldes, mientras que los nocerinos se mantuvieron fieles a Roma. El resultado final fue el asentamiento de una colonia de soldados en el territorio de Pompeya, previa confiscación de tierras por parte del Estado. Algo que hubo por fuerza de escocer bastante entre la población local.

Cuenta Tácito que, en aquellos juegos, los encontronazos entre ambas aficiones empezaron con provocaciones verbales, lo que fue encendiendo los ánimos de ambos bandos. Los furores, lejos de calmarse, fueron cada vez a más, liándose una batalla campal a pedrada limpia entre aficionados de uno y otro bando, hasta el punto que de las piedras voladoras pasaron las armas, zanjándose la trifulca con varios muertos y múltiples heridos entre los “contendientes”. Seguramente, los gladiadores no saldrían de su asombro al ver que el verdadero espectáculo sangriento, en vez de en la arena, se estaba desarrollando en las gradas. Al parecer, los pompeyanos, que jugaban en casa y eran más, dieron de lo lindo a los nucerinos, que hicieron lo que pudieron, de todos modos.

Sea como fuere, la trifulca llegó a conocimiento de Nerón, el cual pasó la patata caliente a los senadores, estos a los cónsules y, de nuevo, a los senadores, que prohibieron durante 10 años los juegos de gladiadores en el anfiteatro de Pompeya, un golpe durísimo a unos espectáculos que eran una auténtica locura para los ciudadanos del Imperio Romano. No obstante, no solo hubo castigo para los pompeyanos, sino que los organizadores de aquel desastre, entre ellos el promotor, el exsenador Livineyo Régulo -sobre el que seguro pesaba su mal recuerdo en el Senado- y los dos duoviri que ocupaban aquel año el cargo en Pompeya, fueron desterrados de Pompeya a perpetuidad.

Como suele pasar con todo “castigo ejemplar”, una vez se apagan los rescoldos, la pena suele acortarse. El propio Nerón levantó la prohibición de los “ludi gladiatorii” en Pompeya 5 años después, especulándose que Popea Sabina, la esposa de Nerón, pompeyana y con la cual se había casado poco tiempo antes, habría convencido al emperador para que levantara el castigo a sus paisanos.

Caransebes, la batalla donde el enemigo sobró

27 enero, 2019

Durante la guerra austro-turco de 1787-1791 un ejército austríaco integrado por 100.000 hombres marchaban hacia la ciudad rumana de Caransebes, en espera de enfrentarse al ejército turco. La vanguardia, integrada por un contingente de húsares, cruzó un río para encontrar al enemigo, del que no hallaron rastro alguno, por lo que se prepararon para acampar. Sin embargo, sí encontraron a un grupo de gitanos que llevaban aguardiente, comprando unos cuantos barriles. Así comenzó el desastre.

Los húsares habían empezado a beber del aguardiente cuando llegaron las avanzadillas de la infantería, como no, muertas de sed. Los jinetes no estaban muy por la labor, y comenzaron a atrincherarse en torno a los barriles de aguardiente. En esas, sonó un disparo.

Una pequeña pausa.

Como el lector recordará, los ejércitos austríacos mezclaban contingentes de todos los territorios pertenecientes al Imperio Austro-húngaro, es decir, serbios, italianos, rumanos, eslovenos, húngaros, etc., con los consiguientes problemas lingüísticos, ya que pocos había que hablaran alemán.

Continuo…

Los soldados pensaron que había sido un francotirador turco, y a la desbandada, salieron a la carrera gritando “¡Los turcos!”. Los oficiales austriacos intentaron poner orden, gritando “¡Alto!¡Alto!” (Halt en alemán), pero la mayoría de soldados eran rumanos y entendieron “¡Alá!¡Alá!”, el grito de ataque turco.

En esas llegó otro grupo de soldados, y, al ver a los húsares en sus caballos, y los soldados corriendo gritando “!Turcos!¡Turcos!”, no dudaron en atacar sable en mano a lo que pensaron que eran las en realidad inexistentes tropas turcas. La gente empezó a disparar a diestro y siniestro a todo lo que parecía otomano, ya que las sombras del atardecer complicaban el reconocimiento a una cierta distancia.

Así que, a medida que las diversas partes del ejército llegaban a la zona, se sumaban felizmente al intercambio de tiros y sablazos que se estaban repartiendo gratuitamente y con generosidad entre los “contendientes”. La llegada de la artillería puso el colofón al esperpento cuando su comandante, pensando que la caballería que veía era la turca, ordenó a sus cañones abrir fuego. Ya enloquecidos, los soldados se dispersaron en pequeñas bandas que disparaban a todo lo que se movía, creyendo que los turcos estaban por todas partes. Así se sucedieron las horas de batalla hasta que en un momento dado todos decidieron que había llegado el momento de emprender la huida.

Dos días después, los turcos llegaron a Caransebes con la sorpresa mayúscula de encontrar un campo de batalla sembrado de muertos enemigos y sin fuerza austriaca a la vista.

En total murieron unos 1200 soldados austriacos en lo que, sin lugar a dudas, es una de las estupideces más grandes de la larga historia de fiascos militares que atesora la humanidad.

Ilusión (7)

25 enero, 2019

Aquella tarde, a las cuatro en punto, yo estaba llamando a la puerta de la casa de Sonia. Ella me hizo entrar y cerró la puerta. La notaba diferente, tal vez porque estaba acostumbrada a verla en el marco de nuestras reuniones familiares. Tal vez porque entonces se maquillaba de una manera y ahora, con un maquillaje más ligero y el pelo recogido en dos coletas, estaba diferente por completo.

Su ropa la hacía parecer en blanco y negro: una blusa blanca, un jersey negro y una pantalón de terciopelo del mismo color. Entré en el apartamento que, en realidad, era una habitación muy grande a la que había dejado marca con su carácter, sin sobrecargarla con decoración, muebles y cuadros. La simpleza de la decoración, por otra parte, quedaba rota por un relieve erótico, típico de los templos hindúes, que parecía un poco fuera de lugar allí.

Al entrar me ofreció su mejilla con un gesto asuene. Apenas me dirigió unas pocas palabras mientras colgaba mi abrigo en el perchero que estaba al lado de la puerta de entrada, mientras yo observaba la casa. La habitación estaba rota en un rincón por una cortina que, como descubrí luego, separaba el baño del resto de la vivienda.

Ella se sentó en la cama y yo, sin saber qué hacer, me quedé de pie delante de ella, mirándola. Tras dudar un instante, me senté a su lado justo cuando ella se levantaba y se disculpaba por no tener nada de beber que ofrecerme. Con gestos poco naturales encendió un cigarrillo y, mientras yo me avergonzaba por no haberle llevado nada, ni siquiera una flor, ella regresó a la cama y se sentó a mi lado. Yo, con un nudo en la garganta y muriéndome de la vergüenza, le confesé mi desliz a Sonia, ante lo que ella sonrió levemente y apoyó la cabeza en mi hombro.

Dudando y sin saber qué hacer, le pasé el brazo alrededor de sus hombros y le apreté un poco contra mí, cruzando mentalmente los dedos para que ella no me rechazara. Como debe ser ya obvio, yo no tenía muy claro qué hacía allí ni estaba muy seguro de cuál era mi propósito en aquel lugar.

Cada vez más extrañado por su comportamiento, tan diferente de su habitual seguridad en sí misma, susurré su nombre, que obró como un sortilegio, pues el color pareció volver a sus mejillas y sus ojos brillaron con una luz nueva cuando levantó la mirada y la clavó en mis pupilas asombradas. Soltó el cigarrillo, que no tengo ni idea de dónde fue a parar, y acerco sus labios a los míos. La basé con toda mi alma y, por la fuerza de mi “asalto”, los dos caímos sobre la cama, donde comencé a intentar tocarla, a pesar del grosor del jersey, que, por cierto, me parecía tremendamente áspero y desagradable. Era como intentar acariciar una pelota de cáñamo.

Ella notó mi problema y se puso a reír. Se incorporó quitándose el jersey al precio de dejar su melena muy alborotada, y fue entonces mi turno de ponerme a reír. Bajo la blusa, su pecho subía y bajaba, y pude observar que no llevaba nada debajo, como de costumbre. Cuando ella alzó sus brazos para atusarse el pelo, yo palpé sus pechos por encima de la blusa.

Sabía que pronto los vería desnudos, pero no podía esperar a empezar a tocarlos. Tiempo tendría para comprobar su tamaño exacto, su color, su calor y su peso, pero en ese momento necesitaba tocarla. Así que comencé a desabrochar los botones con su ayuda, mientras intentaba disimular mi excitación. A partir de Sonia, para mí siempre es un momento único cuando una mujer me muestra sus senos. Pero en ese momento la pregunta que yo insistentemente me hacia era ¿podría mirarla a los ojos con sus tetas en mis manos?

Cuando al final estuvimos los dos desnudos, de pie, el uno frente al otro, descalzos sobre el suelo, temblando un poco a pesar de la estufa, mis ojos no se separaban de su pechos salvo para mirar su pubis, increíblemente negro. Hubiera querido mirarla durante toda la eternidad, pero ella me tomó del sexo, enhiesto, y me llevó a la cama con una naturalidad perfecta, carente de toda vulgaridad mientras mi corazón latía con gran violencia en mi pecho…

Las mujeres de Pedro el Cruel

24 enero, 2019

Dicen que por el parador de Sigüenza se pasea el fantasma de Blanca de Borbón, primera esposa de Pedro I, llamado el Cruel. Al parecer profiere pequeños suspiros y no molesta a nadie en sus paseos nocturnos.

Pedro y ella se casaron en 1353, teniendo ella 14 años y el 19. A los dos días él la abandonó, pero al no pagase la dote de la novia, Pedro abandonó a su esposa, que sería finalmente asesinada en 1361.

El cronista dice que el rey Pedro “amó a muchas mujeres”, siendo la principal María de Padilla, que daría tres hijas al monarca. Para legitimizarlas, Pedro aseguró ante las cortes que se había casado en secreto con María, cosa que nadie tuvo demasiados arrestos a contradecir, dado el carácter explosivo del monarca. MAría, que murió por causa de la Peste Negra a los veintisiete años, está enterrada en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla.

En esa ciudad, por cierto, a la que Pedro tenía mucho cariño, mantuvo el monarca amores con varias damas. La que más memoria dejó fue María Coronel, la única que se atrevió a darle calabazas.

LA fama de la belleza de María llegó a los oídos del rey, que, pronto, se puso en marcha para gozar de sus encantos. Para ello mandó lejos a su marido en una misión palatina y, logrado esto, se lanzó al asedio de María.

LA dama puso toda clase de pretextos para evitar la visita real hasta que el rey plantó sus reales a sus puertas y dejó claro que no le podía dar negativas. Por ello, María se echó una olla de aceite hirviendo (otros dicen que fue agua hirviendo) por cara y pecho, destruyendo de esta manera su belleza y, de paso, haciendo creer a Pedro que era leprosa, lo que hizo que el rey abandonara el palacio “con gran asco”.

Otra variante de la leyenda apunta a que la desdichada y decidida María se escondió en el convento de Santa Inés de Sevilla (donde hoy se venera su momia) para escapar del rijoso monarca, que no conocía límites. Así que entró en el recinto sagrado en pos de la dama, que pidió a las monjas que la enterrase en el huerto para evitar que el rey la encontrara. La sepultaron superficialmente, cubriéndola con una fina capa de tierra que, de manera milagrosa, se llenó de espeso perejil, como si llevara mucho tiempo plantado para disimular la tierra recién removida.

Aún hoy las monjas de ese convento plantan un perejil muy hermoso para conmemorar la leyenda.

Pero a María la persigue otra leyenda curiosa, la que le ganó el apodo de “la dama del tizón”: estando sola y su marido ausente, fue asaltada por “carnal apetito”, por lo que “tomó un hierro al rojo vivo y se lo introdujo por allí donde el quemaba el doblado ardor, con lo cual venció el fuego material al apetito carnal”, no faltando las fuentes que indiquen que María murió a causa de esto, cosa nada sorprendente, por otra parte.

Ilusión (6)

23 enero, 2019

AL día siguiente mi hermano me preguntó sobre si Sonia había hablado de él. Le dije la verdad, que su novia no había dicho nada de él ni de nadie, pues no había abierto la boca en todo el trayecto, lo que era, estrictamente, cierto y falso a la vez. ¿Que hubiera podido decirle, por lo demás? Se encogió de hombros y se fue sin insistir.

Fue entonces cuando empecé a sospechar que si mi hermano evitaba acompañar a Teresa no era por frialdad, sino porque temía que no podría mantener su calma ante sus encantos y reclamos. Temía, sobre todo, que el sexo con ella le gustara demasiado y eso le llevara a descuidar sus estudios. Yo podía adivinar el carácter ardiente de Sonia. Con sólo salir a la calle le habrían salido numerosos pretendientes. Pero ella amaba de verdad a mi hermano, por algún motivo que se me escapa totalmente.

Una semana después, durante otra de nuestras veladas nocturnas en la que Sonia fumaba más de lo habitual y mi hermano se había recluido en la habitación de al lado para estudiar sin distracciones, nosotros dos jugábamos al monopoly. Odiaba ese juego, porque siempre se me ha dado muy mal y porque los dados se encargaban, con precisión matemática, de enviarme una y otra vez a la prisión. Pero Sonia hubiera logrado que me gustara un convento de clausura por el mero hecho de estar ella allí interna.

Además, la novia de mi hermano había descubierto cuánto me gustaba verla fumar (y sin fumar también), de manera que jugaba conmigo, poniendo poses de mujer fatal y jugando con el humo de sus bocanadas. Así que esa noche, mientras me miraba a los ojos, me lanzó una larga bocanada de humo y, con un tono perfectamente normal de voz, me preguntó, como si fuera la cosa más natural del mundo:

-No has estado en mi apartamento, ¿verdad? ¿Quieres venir mañana a las seis?

Casi me caigo de la silla. Casi me ahogo con mi propia saliva. Ella no apartaba los ojos de mí y seguía fumando, lentamente, mientras yo hacía fuerzas y apretaba el ojete para no ruborizarme y parecer normal, sin demasiado éxito, sospecho. Su cara no mostraba emoción alguna, sólo me miraba atenta. Finalmente logré reunir las suficientes fuerza y voz para poder decir:

-Sí, Teresa, me gustaría mucho.

¿Realmente había dicho yo semejante y ordinaria frase? ¿Había contestado de verdad a la oferta de ir a su apartamento como si se trata de un cumpleaños de mi infancia? Por suerte, ella se inclinó suavemente sobre el tablero y depositó un suave beso sobre mis labios.

El resto del día y las horas que me separaban de la visita a su hogar se me hicieron eternas.

Pienso

22 enero, 2019

Pienso en tu sexo,
luego, existo,
cuando toco tu botón
de carne.

Toco tu botón,
y suena el timbre
del fruto maduro
que es tu goce.

Y en las aguas
bravías de tus orgasmos
navega mi bajel
con su único mástil enhiesto.

¿Fuimos caníbales?

20 enero, 2019

El ser humano y el mono descienden de un antepasado común, los homíninos (homínidos bípedos), de los que partieron multitud de ramas, de los que sólo permanecen actualmente nosotros y los chimpancés.

Los primeros fueron los Australopithecus, que habitaban en el este de África hace unos 4 millones de años (de esta famiília era la famosa Lucy). Una de sus ramas, el em>Australopithecus afarensis, tenía un cerebro de unos 500 cms cúbicos, es decir, una cuarta parte del nuestro. A partir de él se desarrollaron varias ramas de em>Australopithecus, entre ellas la de los Homo, de la que descendemos. La única que perduró fue la Homo Habilis, o ser humano diestro, hace unos dos millones de años. A pesar de tener todavía un aspecto simiesco, era ya un hombre hecho y derecho con un cerebro de unos 700 cms cúbicos, que usaba el fuego y hasta fabricaba herramientas de sílice o cuarzo con filo cortante.

Era onmivoro y vagaba alimentándose de todo lo que tenía a su alcance. Además era muy mal cazador y tenía que contentares con la carroña que dejaban los grandes depredadores.

Del Homo Habilis se derivaron el Homo Erectus, el Homo Antecessor y el Homo Sapiens, hace unos 1.6 millones de años. Fornidos, con un 1.70 de estatura y un cerero de entre 850 y 1200 cms cúbicos (un 70% del cerebro actual) se extendieron por África y pasaron a Europa y Asia hace unos 1,5 millones de años. Del Homo Antecessor derivaron el Homo Neandertalensis y el Homo Sapiens. El Nenadertal era un cachas robusto y achaparrado, musculoso y con un cerero parecido al nuestro, incluso algo mayor. Su orígen es incierto. Se cree que es un híbrido entre el erectus y el sapiens.

El neandertal enterraba a sus muertos, cuidaba a sus enfermos y fabricaba herramientas de piedra. Además, era caníbal. No tan hábil o inteligente como el Homo Sapiens, acabó por extinguirse. ¿Por qué no se mezclaron ambos grupos? No se sabe. ¿Contribuyeron los Sapiens en la extinción de los Neandertales? Vaya usted a saber. De hecho, se ha sugerido que los cromañones, un homo sapiens de origen africano que se instaló en Europa, se comieron a los neandertales.

Es decir, que nuestros antepasados también eran caníbales. La causa pudo ser la última glaciación (hace 30.000 años), con una Europa más helada que Siberia, en la que escaseaban los nutrientes. Los inviernos duraban diez meses y la caza más abundante eran los renos, que no aportan demasiado omega 3, un nutriente muy necesario para nuestro cerebro, el corazón y otras funciones y órganos. Es decir, que el ser humano iba camino de extinguirse o de evolucionar negativamente de no mediar una solución.

Probablemente guiados por el instinto de supervivencia, nuestros antepasados recurrieron al canibalismo. ¿La razón? El cerebro es la mejor fuente de ácido grasos posible. Contiene casi veinte veces más que el de los animales disponibles en la última glaciación. Es decir, que las opciones eran bastante limitadas y obvias.

Así que es de suponer que recurrieron al canibalismo hasta que la glaciación empezó a ceder hace unos 12.000 años. Aparecieron nuevos alimentos, algunos de ellos ricos en ácidos grasos y, pasada la urgencia, el canibalismo fue desapareciendo.

Ilusión (5)

19 enero, 2019

Algunas noches después, volvimos a tener una velada prolongada en la que los tres bebimos más de la cuenta, en especial mi hermano, que se emborrachó de tal manera que tuvimos que llevarle entre los dos a la habitación. Una vez allí se negó a que lo metiéramos en la cama y nos hizo salir. En al puerta me cogió del brazo y haciendo un gran esfuerzo para articular lo que me quería decir, me pidió:

-Acompaña a Sonia a su casa, por favor.

Así lo hice. Enfundados en nuestros abrigos salimos a las gélidas calles bajo un manto de estrellas. Aferrada a mi brazo, Sonia no abría la boca y yo, por mi parte, no acertaba a encontrar nada que decir que mereciera la pena. Yo estaba alegre y aterrorizado, pues por fin me había quedado a solas con ella, y ese mero hecho me hacía sentirme a la merced de su voluntad y me llena de pavor, de manera que el más mínimo gesto de ella, incluso cuando exhalaba su aliento en un suspiro, me ponía en alerta.

Quiso encender un cigarrillo, de manera que nos paramos cara a cara para que yo le hiciera de parapeto contra el viento. Una vez encendido el pitillo, me miró con su rostro bañado por la tenue luz de la llama, que confería a sus ojos un brillo especial. A decir, no estoy seguro de esto, ni siquiera si cuando exhalaba el humo sonreía. Pero lo cierto es que me lo parecía. Así que, apenas se hubo quitado el cigarrillo de los labios, la fiebre se apoderó de mí y la besé.

Mi lengua buscaba la suya mientras mi brazo izquierdo rodeaba su cintura y la acercaba a mí y mi mano derecha se peleaba con los botones de su abrigo y partía, febril, al encuentro de sus senos. Y, pese a todo, los dos estábamos increíblemente tranquilos mientras el beso se prolongaba en lo que parecía una eternidad y yo acariciaba suavemente ora un pecho, ora el otro.

Volvimos a abrocharnos los abrigos. Yo temblaba, y no era precisamente por el frío. De hecho, el gélido viento sólo servía para incrementar el estremecimiento que la boca de Sonia me había provocado. Me sentía emocionado y borracho de alegría a la vez, de manera que no dije gran cosa durante el resto del trayecto. En el edificio en el que ella vivía no había portero, aunque a esas horas seguramente ya se hubiera ido a casa de haber habido uno. Así que cuando nos sentamos en los primeros peldaños de las escaleras, volví a besarla y a tocar sus senos, esta vez con tal energía, frenesí y urgencia que ella comenzó a suspira de tal manera que temí, lo juro, que despertara a los vecinos de la escalera. Pero lo cierto es que esa posibilidad no me importaba demasiado.

Mi mano se deslizó debajo de su falda y, tras acariciar sus medias y luego su carne suave, rocé con la punta de los dedos el fino nailon de la braguita y deslicé un dedo en su sexo, que ya se había humedecido. Sus suspiros se convirtieron en jadeos cuando ella puso su mano sobre mi bragueta, ya fuera para corresponder a mis caricias o por otro motivo. Apenas su mano rozó la tela, me corrí.

Aquella noche, en mi cama, me harté de dar vueltas, insomne.

El hombre de Piltdown

17 enero, 2019

Cuando Charles Darwin publicó su teoría de la evolución en 1859, el mundo académico se dividió en dos bandos: los que permanecían fieles a la Biblia y creían que el hombre fue creado totalmente evolucionado, y los darwinistas, que creían que el hombre había evolucionado a partir del mono, dicho en términos simplistas. Hoy en día dicha polémica es poco más que una anécdota. La comunidad científica acepta que Darwin tenía razón.

En 1912, un abogado británico aficionado a la arqueología, Charles Dawson, realizó un descubrimiento sensacional en unos terrenos fluviales cercanos a su casa: una mandíbula simiesca que encajaba perfectamente en un cráneo humano. La prensa echó las campanas al vuelo, pues se había descubierto al eslabón perdido, el estadio intermedio entre el hombre y el simio, lo que confirmaba las teorías darwinianas.

Se calculaba que el cráneo del Eoanthrupus Dawsoni (así bautizado en honor a su descubridor) tenía una antigüedad de unos 900.000 años. Poco después se encontraron, en el mismo yacimiento, las toscas herramientas de piedra del homínido.

Nadie prestó atención a un catedrático de anatomía de Oxford al que la mandíbula le parecía propia de un chimpancé, aunque el cráneo perteneciera evidentemente a la especie humana. Otros aseguraban que, dado que a la mandíbula le faltaban los colmillos, no se podía asegurar que fuese humana. Fue providencial que, al año siguiente, el paleontólogo y filósofo jesuita Teilhard de Chardín encontrara en Piltdown un flamante colmillo de Eoanthropus que se adaptaba exactamente a la mandíbula.

En 1949, el dentista y antropólogo A. T. Manston consiguió que el cráneo de Piltdown fuera sometido a un análisis por radiocarbono, que demostró su falsedad. El cráneo no tenía 900.000 años, sino, como mucho, 50.000, y la mandíbula, que evidentemente pertenecía a un chimpancé, había sido limada para que encajara con el cráneo y luego envejecida con bicromato potásico.

El escándalo fue todavía peor cuando se demostró la participación en el mismo de Teilhard de Chardín, pues unos huesos de hipopótamo y elefante que se hallaron al mismo nivel del cráneo resultaron proceder de excavaciones realizadas en Malta y Túnez, en las que Teilhard había tomado parte. Peor fue cuando se descubrió una carta suya, escrita en 1914, informando del descubrimiento del segundo hombre de Piltdown… que fue hallado en 1915.

A día de hoy se duda todavía del número e identidad de todos los cómplices de Dawson. Entre los sospechosos figura sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes.


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