Archive for 30 marzo 2019

Desastres militares (2)

30 marzo, 2019

Redvers Buller fue un famoso militar británico sobre el que se acuñó una frase: “un excelente mayor, un mediocre coronel, un pésimo general”. Durante la guerra Boer de 1899-1901, Buller recibió el mando supremo de las tropas británicas, demostrando dónde estaba el límite de sus capacidades de mando. Él mismo se consideraba un excelente “número dos”, pero no un “número uno”.

En 1899, cuando Buller asumió el mando, la situación era algo complicada para los británicos: Mafeking, Kimberly y Ladysmith, que Bullers consideró que era la que corría más peligro, así que es puso al mando de las tropas que intentarían romper el frente y llegar a la ciudad. Así que en Colenso lanzó un ataque frontal contra los boers, bien atrincherados y equipados con fusiles Mauser. Fue un desastre. Sin conocer bien el terreno y sin un reconocimiento previo, las tropas marcharon hacia un fuego cruzado enemigo que les destrozó a distancia, sin apenas poder responder a los disparos de los boerse.

Tras Colenso, Buller duda de si tiene suficientes hombres para llegar a Ladysmith, e incluso considera abandonar la empresa. Simplemente, había perdido su confianza. El siguiente error tuvo en Spion Kop. Cuando sus subordinados avanzaron lentamente, él no les hizo apresurarse (lo que permitió que el enemigo ocupara nuevas posiciones para bloquear su avance) y cambió sus planes de manera errática. Las tropas que tomaron Spion Kop fueron masacradas. Buller fue incapaz de sacarles del peligro: las tropas británicas . ocuparon lo que creían la cumbre de Spion Kop, pero no era así. Los boers, desde lo alto, los acribillaron. La falta de autoconfianza y ver a sus hombres morir acabó con él.

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El retorno de Fu Manchu (17)

27 marzo, 2019

Club Obi-wan, Shanghai, China
22 de noviembre de 1936

Fah Lo Sue parecía tener apenas 30 años y relucía con una belleza extraordinaria, con la languidez propia de un cazador felino. Parecía una princesa imperial de la vieja China, delicada, sofisticada… e inteligente. Sus ojos delataban que era mucho más que todo eso. Eran los duros, penetrantes e inteligentes ojos de la integrante más joven del Consejo de los Siete del Si-Fan, con un poder sólo inferior al de su temido Amo… su padre. Había llegado a esa posición a pesar de Fu Manchú, que no había mimado a sus hijos, sino que los había usado sin piedad en pos de lograr sus fines siniestros.

Se estiró, casi como una gata, en el perfumado budoire del club Obi-Wan, reflexionando sobre su inminente encuentro con Lao Che y Du Yue-Sheng. Lao Che, por supuesto, era el jefe local del Si-Fan, y por lo tanto, su obediente seguidor, pero Du era otro tema. Su “banda Verde” eran dueños de la concesión francesa en todo menos en el nombre. Sus excelentes contactos con el capitán de la Gendarmerie y con el Kuomintag, quizás incluso con el mismísimo chiang, le hacían muy poderoso.

Mientras que ella vestía como una princesa china de la antigüedad, Lao Che estaba ataviado a la más moderna moda occidental, y le abrió la puerta a su colega, Du Yue-Shen, al que dejó pasar en primer lugar. Fah Lo Suee clavó su mirada hipnótica en aquel hombre tan feo e intrigante.

Du era alto y delgado, con una cara pétrea. Vestido como un mandarín, sólo sus caros zapatos europeos traicionaban su aspecto tradicional. Pero para Fah Lo Su, Du no tenía secretos: era obvio su hambre de poder y fama pública. De cara al público, Du daba la imagen de un respetable miembro de la sociedad, lo que delataba su deseo por ser aceptado y respetado. Para un Amo chino, los deseos de sus sujetos apenas tenían importancia, pensó Fah Loh Sue con desprecio. Sólo el poder y la obediencia importaban.

-Dama del Si-Fan, aquí estamos, como ordenaste – dijo Lao Che con su tono más ceremonial. -Aquí me acompaña Du Yue-Shen, Señor de la Banda Verde, como fue tu deseo.

– Lo has hecho bien, Lao Che. Du Yue-Sheng, te agradecemos que aceptaras nuestra invitación.

– Para mí es un honor estar en tu presencia, Dama del Si-Fan -replicó Du, con una pequeña y respetuosa reverencia.

-Estoy en Shanghai pare preveniros. Han llegado dos espías alemanes para investigar asuntos que el Si-Fan prefiere mantener en secreto. Tú, Du, controlas la concesión fnracesa. Nosotros, el Si-Fan, el resto de la ciudad. Podríamos estar en deuda contiguo si te ocupas de tenerlos ocupados cuando entren en tu zona. Sus nombres son Hannah Reitsch y Otto Skorzeny.

-Puedes darlos por muertos, Dama del Si-Fan. Me complace serte de utilidad.

-Gracias, Du Yue-Sheng. Puedes retirarte.

Du se inclinó ligeramente antes de salir de la habitación.

– Mi Dama – preguntó Lao Che al cerrarse la puerta -, ¿realmente crees que los agentes alemanes entrarán en la zona francesa? ¡No tienen razón para eso!

Fah Lo Sue sonrió con desprecio.

-Ah, Lao, no me sorprende que la Banda Verde sean capaz de desafiar la autoridad del Si-Fan en Shanghai… eres un idiota. ¿No ves que nos beneficiamos tanto del éxito como del fracaso de Du? Si los alemanes entran en su zona, Du tendrá que ocuparse de ellos y el asesinato de una figura tan famosa como Hannah Reitsch atraerá considerable atención… y si fracasa… ¡estará en deuda con NOSOTROS!

– Ah, ahora lo entiendo – exclamó Lao Che, admirado-. Realmente sois muy inteligente y perversa, Dama del Si-Fan.

– Ahora, todo indica que ambos agentes se dirigen a tu club. ¿Está todo dispuesto para recibirles?

Lao Che sonrió cruelmente.

-Por supuesto, Dama del Si-Fan, por supuesto…

Una vez

24 marzo, 2019

Una vez, siendo un pequeñuelo (6 años) con ambiciones científicas, tuve la genial idea de convencer a mi primo (5 años) para que se metiera en la lavadora de su madre, sin poner agua ni jabón, para ver si servía para astronauta. Mi primo accedió entusiasmado. Una vez dentro, cerré la puerta, la puse en marcha y a ver…

Diez minutos y dos cachetes después, me ardía el cogote de mala manera y mi primo tenía un mareo de cien mil pares de narices. Mi tía, a juzgar por los cachetes, no le vio la gracia al experimento. Sospecho que mi primo tampoco, pues nunca más volvió a mencionar que quería ser astronauta.

Yours truly,
Jack.

Desastres militares (1)

22 marzo, 2019

Las guerras no se ganan y se pierden porque un ejército esa mejor o peor, sino por la ineptitud de sus comandantes. Las malas decisiones, descuidos momentáneos o a veces sólo el exceso de confianza pueden cambiar el resultado de un conflicto y provocar la pérdida de miles de vidas inocentes y la derrota de un país.

Por mucho tiempo y en diversos países, cuando los ejércitos no eran totalmente profesionales, los oficiales se elegían entre la aristocracia y los terratenientes. Los rangos se compraban, y, salvo por la posición social, poco se les exigía. Un caso de ejemplo fue el de William George Keith Elphinstone, al que se escogió, durante la Primera guerra anglo-afgana, para el mando de la guarnición británica de Kabul en 1841. Cierto es que Elphinstone no fue el único en equivocarse gravemente en todo aquel desafortunado asunto.

Su primer error tuvo lugar a las 24 horas de asumir el mando. Elphinstone acuarteló a sus fuerzas lejos de la capital, Kabul, en una posición fácil de ser aislada y lejos de los suministros. Por si fuera poco, ni él ni sus oficiales se dieron cuenta de lo precario de su situación, pues se instalaron en sus cuarteles como si estuvieran en Gran Bretaña o en la India. Los oficiales trajeron a sus mujeres e hijos y organizaron sus festejos y entretenimientos con toda normalidad, sin ser realmente conscientes de que estaban en un país orgulloso de su independencia y que era altamente hostil a toda injerencia extranjera.

El otro error de Elphinstone es que no hizo notar su potencia militar. Considerando que todo era una cuestión militar, dejó que el delegado británico, William Hay Macnaghten, adquiriera más poder del que debía. Cuando Macnaghten, en su arrogancia y desprecio hacia los afganos, cortó el pago de subsidios a las tribus afganas para mantener las rutas abiertas, éstos comenzaron a atacar los convoyes británicos. Elphinstone no hizo nada para impedir estos ataques y dejó sin protección a los que debía proteger. La violencia de los ataques siguió ante la inactividad de Elphinstone, cuya edad y achaques se sumaron a su incapacidad para tomar decisiones.

Su falta de reacción animó a los afganos a rebelarse, de manera que éstos se rebelaron y mataron a Macnaghten, cuando este fue a negociar con ellos una solución pacífica, pues Macnaghten fue sin escolta al encuentro porque a Elphinstone se lo olvidó enviarla.

Al final, Elphinstone se retiró, confiando en que sus enemigos le dejarían marchar tranquilamente de vuelta a la India. Obviamente, no fue el caso y su columna, que se puso en marcha el 6 de enero de 1842, formada por 4.500 soldados (690 de ellos europeos) y 14.000 civiles, fue masacrada por los ataques de los afganos y el terrible frío reinante durante la dantesca retirada. Para el cuarto día, Elphinstone había dejado de dar órdenes. La estupidez de Elphistone quedó demostrada al día siguiente, al dejar a la columna sin mando cuando fue a negociar con los afganos, que lo capturaron y encerraron en Kabul, donde murió al año siguiente. Un día después, los restos de la columna serían aniquilados en Gandamak el 12 de enero.

Al día siguiente, William Brydon, un cirujano miliar, llegó extenuado a Jalalabad. Al ser preguntado por el ejército de Elphinstone, Brydon comentó escuetamente:

-Yo soy el ejército.

El retorno de Fu Manchú (16)

20 marzo, 2019

Sinkiang, China
20 de noviembre de 1936

Dennis Nayland Smith estaba plantado en mitad de la carretera, esperando la llegada del camión que habían divisado unos minutos antes con los prismáticos. En la serpenteante carretera de montaña, no iba demasiado rápido, de manera que los dos agentes del servicio secreto y su compañero arqueólogo habían tenido tiempo más que de sobra para montar su emboscada.

Tras escuchar el relato de Tze y Jiang, Nayland Smith decidió que tenían que averiguar más sobre esa “Fiebre de Jade” o el paradero del mismísimo Fu Manchú, por lo que estaban siguiendo una pista hacia el diabólico doctor, el gangster de Shangai llamado Lao Che, que, con toda seguridad, había sido el que le había entregado las cenizas del emperador Nurachi a Fu Manchú.

Indy estaba oculto en una zanja, al lado de la carretera, observando el camión a través de los prismáticos. De repente, escupió en el suelo y murmuró furioso:

-¡No me lo puedo creer! El maldito camión lleva marcas alemanas, y los conductores uniformes de la Wehrmacht!

Nayland Smith asintió:

-Probablemente sean de la misión militar alemana. Parece ser que se dedican a algo más que a enviar material y consejeros… no me puedo creer que permitan a los alemanes tener tropas con sus uniformes en territorio chino…

-Ya… -replicó Indy cada vez más serio-. No hace mucho metieron a un pequeño ejército en Egipto que, supuestamente, está bajo vuestro control… ‘

Nayland Smith hizo un gesto como si sufriera un agudo dolor.

-Lo se… alguien tuvo una actuación muy decepcionante en ese asunto… parece ser que rodaron varias cabezas en el servicio secreto de Su Majestad.

-De cualquier manera, ¡odio a esos cerdos! -Dijo Indy con furia mientras desenfundaba su pistola-. Bien, aquí vienen…

Desde su posición en lo alto de una montaña que dominaba la carretera, James Bond observaba a través de la mira telescópica de su fusil como Indy se ponía a cubierta y Nayland Smith se encaminaba moviendo los brazos hacia el camión, que tenía el aspecto de ser un modelo Krupp, que se detuvo delante del británico. El conductor y otro soldado alemán salieron de la cabina con una mirada desconfiada en sus ojos.

-Ja? Que quierrrre usted?

-Encantado de conocerles, caballeros. Mi coche se averió un poco más adelante. ¿Podrían llevarme a la ciudad más cercana? Les estré eternamente agradecido.

-Perrrrro…

-¡Muchas gracias! -exclamó Nayland Smith, estrechando la mano del conductor con una gran sonrisa.

Era la señal para Indy, que saltó detrás del compañero del conducto y lo dejó fuer de combate con un fuerte golpe con la culata del revolver. El soldado, con un gruñido, cayó inconsciente al suelo.

El soldado se giró al escuchar el ruido, pero Nayland Smith lo hizo caer con un puñetazo. Entonces, un rugido les dejó paralizado.

– Hände hoch! -Dos soldados salieron de detrás del camino, apuntando a Jones y Nayland Smith con sus subfusiles MP-28.

Un disparo resonó en el silencio. El soldado situado a la izquierda cayó cuando una bala atravesó su cabeza. El otro alemán, herido por la misma bala en la cadera, soltó el arma mientras su cuerpo se desplomaba al suelo. Al golpear el subfusil la tierra, comenzó a disparar, lo que hizo que tanto Indy y Nayland Smith buscaran protección en la cuneta mientras las balas volaban en todas las direcciones.

El alemán herido, tras recuperar su arma, se puso a cubierto tras el camión. Indy estaba oculto en la zanja mientras Nayland Smith estaba delante del vehículo, empuñando su revolver Webley, pero sin tener a su objetivo a la vista.

La espera duró varios minutos, hasta que el alemán cometió un error y, al asomarse ligeramente para buscar a sus enemigos, se puso a tiro de Bond, que lo despachó con un certero disparo entre los ojos.

Con rapidez, Nayland Smith y Jones comenzaron a desnudar a los cadáveres. Iban a necesitar toda la ayuda posible para moverse por el corazón de China sin llamar demasiado la atención.

Indy, sonriendo, exclamó:

-Shangai, ¡allá vamos! La cara de sorpresa que va a poner Lao Che cuando me vea…

El retorno de Fu Manchú (15)

17 marzo, 2019

Cerca del aeródromo de Dazang, Shanghai
21 de noviembre de 1936

Hannah aproximó la palanca de mando de avión, levantando el morro de Bf-110A, y quitó potencia a los motores DB600 Jumo, que ronronearon levemente mientras el prototipo del caza pesado perdió velocidad y se acercaba a la pista. El vuelo era la tapadera de la misión. Oficialmente, Hannah Reitsch había volado a Shanghai para batir el record de velocidad para los vuelos de transporte de correo entre Europa y Asia. Alguien en el OKL, probablemente Milch, pensó que sería una buena idea engañar a los aliados haciéndoles creer que el Bf-110 no era un caza, sino un transporte de correo.

-¿Cómo estás ahí detrás, Otto? -preguntó Hannah por el intercomunicador. El enorme austríaco estaba sentado en la parte posterior, donde normalmente se situaba el tirador de la ametralladora posterior. Por supuesto, el avión no estaba armado, pues se suponía que era un inocente avión correo.

-Aburrido como una ostra, pero por lo demás, de maravilla, gracias por preguntar, Fräulein Torturadora… ¿Después de 20 horas continuas de volar en este cacharro, de qué podría quejarme?

Hannah se aguantó la risa, a pesar de todo.

-Bueno, aterrizamos en Chunking hace unas horas para rellenar los depósitos de combustible. Fue cuando aproveché para estirar las piernas.

-¡¡¡Y por qué no me despertaste!!!! -gritó un escandalizado Skorzeny.

-Porque dormías como un bebé y no quise molestarte. Además, cuando duermes es el único momento en el que no maldices ni sueltas barbaridades.

-Cuando acabe esta misión, chica, en serio, alístate en la Gestapo. No tienen idea de lo que es la verdadera crueldad”. replicó Skorzeny, bastante molesto.

-Venga, que vamos a aterrizar pronto en Shangai. Tu sufrimiento está a punto de terminar… por cierto… ¿qué haremos allí cuando lleguemos?

-Me parece que es obvio. Buscaremos a la tía esa que mencionó Bauer, esa tal Falo Su.

-FAH-LO-SU! Se llama Fah Lo Su -dijo Hanna, riendo-. ¡Es un nombre chino, so bruto!

-No me extrañaría nada que el buen doctor Morell se hubiera podido liar con un travesti bien armado con una buena po…

-Otto, eres tremendo… ¿sufres a caso del síndrome de Tourette? Creo que empezaremos por visitar el club que Morell vistió antes de desaparecer, el Obi-Wan.

-Creo que tienes razón. Me pregunto cómo será ese lugar… ¿te has traído un vestido?

-Sí. Ahora, cállate, que vamos a aterrizar.

El retorno de Fu Manchú (14)

14 marzo, 2019

Sinkinang, China
19 de noviembre de 1936

Dentro de la tienda apenas brillaba la tenue luz de la lámpara de queroseno. No se atrevían a encender un fuego, pese al frío reinante, por temor a que les vieran las patrullas de Chiang Kai Chek. Los dos ex prisioneros de guerra sinkiangueses eran ex-oficiales del derrotado ejército del caudillo local.

-Ahora es el momento de explicar que pasó realmente cuando las tropas de Chiang ocuparon la región.

-Os estamos agradecidos, y por ello os contaremos todo lo que sabemos -contestó el mayor de los dos, un ex capitán llamado Tze -. Lo primero que pasó fue una epidemia. Una mañana, pocos días antes de la llegada de las tropas enemigas, muchos de mis hombres se pusieron enfermo. Sus caras adoptaron un tono verdoso y comenzaron a toser continuamente. Los aislamos par evitar el contagio, pero este se extendió en unas pocas horas por toda mi compañía, yo incluido. El resto del batallón corrió una suerte pareja. Y lo mismo pasó en las ciudades fronterizas. Todo el mundo tosía hasta escupir los pulmones por la boca, pero eso no era lo peor de todo.

-¿Qué fue? – preguntó Indy.

-Incluso enfermos hubiéramos luchado contra los invasores, pero esta enfermedad nos robó el valor. Simplemente nos quedamos en nuestras literas, listos para morir. Luego descubrí que nuestros guardianes llamaban a esa plaga “Jade Verde”. Un mes después, todos los síntomas desaparecieron, pero fue el pero mes de mi vida. Algunos murieron, pero la mayoría no.

El oficial más joven, un teniente llamado Jiang, asintió:

-Sí, pasó de esa manera. En mi vida había estado más deprimido. Que algunas de nuestras unidades lucharan es prueba del valor de nuestros hombres. Cuando el enemigo atacó, no parecían soldados normales.

-¿Por qué? – preguntó Nayland Smith sintiendo un escalofrío.

-Eran superhombres. No podíamos acabar con ellos. A pesar de nuestra potencia de fuego, siguieron avanzando. No tenían miedo. Y cuando asaltaron nuestra trincheras, combatieron como demonios invencibles. Ví a uno recibir un disparo en el estómago, y seguir combatiendo. Les vi barrer a cuatro hombres con un sólo golpe de sus culata. Les vi destrozar las gargantas de mis hombres con las manos desnudas.

-¡Dios mío! -susurró Nayland Smith

-Los guardias de nuestra prisión no eran así – añadió Tze -. Hacían bromas a nuestra costa, diciendo que habíamos luchado contra hombres poseídos por “el alma del Dragón”. A pesar de sus risas, parecía que tenían miedo al pensar en eso.

-Es curioso -exclamó de repente Indiana Jones- Ha dicho que la enfermedad se extendió por todas las unidades en cuestión de horas. ¿Vieron alguna vez a un soldado enemigo enfermo?

-No… ahora que lo dice, no. Era como si fueran inmunes a ella.

-Interesante -comentó Bond-. Una enfermedad que sólo debilita al enemigo… parece ser que los chinos han encontrado una arma realmente poderosa.

-Los chinos, señor Bond -Nayland Smith replicó, sacudiendo la cabeza-. Un chino en concreto, y sólo él, puede haber ideo semejante arma infernal. Una enfermedad diseñada en un laboratorio… un droga o algo similar que vuelve a soldados normales en guerreros invencibles… ¡esto sólo puede ser el trabajo del diabólico doctor Fu Manchú! Ya no tengo ninguna duda. ¡Está vivo y ha regresado para lanzar su conquista final de todo el mundo! ¡Que Dios nos asista!

Historia de una manta

11 marzo, 2019

En apariencia, ella era una manta vulgar y corriente a rayas grises y blancas. La utilizaban para tapar espejos, cristales y objetos delicados durante las mudanzas.

Un día, con el ajetreo de las idas y venidas del traslado, la pobre manta quedó abandonada en la calle, junto con un montón de objetos desechados, tan triste y olvidaba como todos los demás.

Por ahí pasaba yo, un ser que no tenía nada, excepto frío. Miré la manta. Parecía buena, no muy nueva, pero prometía ser de mucho abrigo. Y limpia. La cogí, la olí y me sorprendió mucho que mi olfato se llenara del aroma a limpio que emanaba. Feliz, la doblé y me la metí en mi mochila.

Aquella noche no pasé frío. Ni ninguna otra. Esa manta no me ha abandonado desde entonces. Ya no es una manta vulgar.

Nunca lo fue, por cierto.

Yours truly,
Jack.

El retorno de Fu Manchú (13)

9 marzo, 2019

Cuando comenzó el tiroteo, Dennis Nayland Smith supo perfectamente que estaba metido en un lío. El capitán del campo parecía muy capaz de pegarle un tiro para librarse del pesado diablo extranjero que le estaba complicando el día, y al escucharse los disparos, no quedó duda de que estaba dispuesto a ello cuando desenfundó su pesada pistola Mauser 96 con una mirada asesina en los ojos mientras sus soldados corrían para intentar detener el intento de huída.

Nayland Smith no dudó y, dando un paso adelante, golpeó al oficial en la garganta con la punta de sus dedos, poniendo todo el peso de su cuerpo en ello, como había aprendido en Hong Kong, done había estudiado las artes marciales, en especial Kung-Fu. Con su aspecto típicamente británico, tal gesto solía pillar a sus rivales por sorpresa, como fue el caso. Con ojos que se salían de sus órbitas, el oficial cayó al suelo, mientras Nayland Smith se daba a la fuga a toda velocidad.

La primera ráfaga de Indy silenció a su objetivo. Después, apuntando rápidamente torre más cercana cometió un error. Debía de haber disparado contra la torre más cercana en el mismo lado de la anterior. Al darse cuenta de eso, demasiado tarde, pudo ver como el soldado de esa torre disparaba contra los fugitivos, sin apercibirse de que Indy le estaba apuntando. Una brutal ráfaga acabó con los ocupantes de su torre y la ametralladora quedó muda. Para entonces los guardias de las otras torres ya habían empezado a darse cuenta de qué estaba pasando y comenzaron a apuntar a la nueva amenaza.

Más abajo, los fugitivos se habían lanzado al suelo cuando la primera salva de balas levantó pequeñas columnas de polvo cerca de ellos y comenzaron a gatear frenéticamente para salir de allí lo más rápido posible. Bond cruzó la alambrada y se lanzó a toda velocidad hacia el bosque corriendo en zig zag mientras dos torres disparaban contra él, alcanzando a dos fugitivos que corrían detrás de él.

Mientras las balas de 7,92mm rozando sus talones, Bond se puso a cubierto de una roca situada a unos 50 metros del campo. Al parecer, los guardias no habían limpiado adecuadamente los alrededores para asegurar el campo de tiro. Bond había dejado allí su fusil Enfield y, en cuanto el fuego disminuyó, es asomó para apuntar a la torre más cercana.

Indy se vio rodeado por cientos de balas que pasaban silbando en todas las direcciones, arrancando pedazos de madera de la torre. Abandonando la ametralladora, sacó su látigo de su cinturón y se lanzó hacia la escalera, tomando impulso para saltar. En el aire lanzó su látigo contra uno de los postes que se intercalaban entre los principales soportes de la torre y, entonces, es dio cuenta de que esa parte del plan no la había pensado demasiado, pues se vio bajando hacia la alambrada a una velocidad superior a la prevista.

-MIERDA – gritó anticipando el impacto. Era tan la velocidad que atravesó la alambrada, dejando en el proceso trozos de ropa, piel y carne, para aterrizar en el fango, sangrando por varios sitios y con la ropa hecha trozos. Feliz de estar vivo, vio como un reguero de balas se aproximaba a él, por lo que salió corriendo con todas sus fuerzas. Era vano, las balas iban más deprisa que él.

El disparo de Bond no se escuchó con el infernal tiroteo. El tirador que estaba a punto de poner fin a las hazañas de Indy cayó hacia atrás con la cabeza destrozada.

-Rapido, doctor Jones!’ Bond le gritó: – Hemos de salir de aquí!

Mientras lanzaba los restos de su dolorido cuerpo tras la roca, Indy murmuró para sus adentros “¿Por qué siempre terminó así de mal?”.

El retorno de Fu Manchú (12)

6 marzo, 2019

En alguna parte de Sinkiang,
18 de noviembre de 1936

Dennis Nayland Smith parecía surgido de Harrod’s cuando se aproximó a la puerta principal del campo de prisioneros, silbando como si no tuviera preocupación alguna en mente. Los guardias se lo quedaron mirando como su fuera una marciano recién saludo de su platillo volador.

– Buenos días, soy Sir Faruqhar St.John-Smythe, del consulado británico en Urumqui. Tengo entendido que ustedes mantienen aquí cautivos a ciudadanos británicos, ¿es cierto? – el tono, típico de la clase alta y de alguien acostumbrado a mandar sin derecho a réplica, hizo que los guardianes comenzaran a hablar nerviosamente en mandarín, para luego amenazar al recién llegado con sus armas.

– Vamos, vamos, las amenazas no van a llevarles a ninguna parte, caballeros. Según el parágrafo 925, segunda cláusula, del tratado de Westfalia del Norte, tienen que entregarme a cualquier ciudadano británico retenido en estas instalaciones. Por favor, consulten sus fuentes si es necesarios. O mejor todavía, vayan a buscar a su comandante.

Tras confirmar que no estaban soñando, los guardias mandaron a uno de ellos a buscar a su oficial superior.

Mientras todo esto pasaba, Bond e Indy se arrastraron hasta una de las torres de vigilancia cercana a la puerta, quedando cubiertos de barro en el proceso y sangrando por algunos de los cortes que las afiladas rocas del suelo les habían causado. Llegados a su destino y ocultos a miradas enemigas, comenzaron a cortar el alambre de espino con las tenazas que Bond llevaba en su mochila.

Treinta segundos después se colaban por el agujero abierto, camino del barracón de prisioneros más cercano. Al entrar en él, una peste a humanidad les mareó durante un instante, mientras cientos de hombres vestidos con uniformes andrajosos les miraban con expresión de pasmo.

-¡Si alguno de vosotros habla inglés y quiere salir de aquí, que levante la mano! – Bond ordenó. Mientras se alzaba un gran murmullo en el barracón, tres manos aparecieron por encima de todas las cabezas.

– Decir a vuestros compañeros que hay un agujero en el alambre, justo debajo de la primera torre a la izquierda de las puertas. Tenéis que esperar quince minutos, o al primer que asome su feo hocico le meteré una bala yo mismo entre las cejas. ¿Queda claro? ¡Pregúntaselo!

No hubo pregunta alguna. Los gritos procedentes de la puerta indicaron que el comandante al mando estaba teniendo una dura discusión con “Farughar St.John-Smythe”, sin demasiado éxito. Pero para los guardias la pelea había perdido interés y volvían a barrer el interior del campo con sus reflectores.

-Mierda -susurró Indy- Esto no estaba previstos… ¿Podrías matar a ese soldado con tu pistola de juguete?

-Creo que sí -replicó Bond-. Pero eso atraerá la atención de los demás al ver que el reflector ha dejado de moverse.

-Pienso escalar la torre y, si nos descubren, con esa ametralladora que tienen ahí pienso organizar una buena distracción…

-Ya… -replicó Bond mirándole fijamente-. Y luego… ¿cómo saldrás de aquí, con todo el tiroteo en marcha?

-Sé lo que me hago, chico, no te preocupes por mí.

-Ya, pero no estamos aquí para declarar la guerra a China, Doctor Jones. Por otra parte, no veo otra salida, así que… adelante, prepárese.

La pistola Beretta tosió una vez. El silenciador dejó escapar un sonido sordo y bajo y la silueta tras el reflector cayó. La luz apuntó al suelo y allí se quedó.

Indy salió corriendo como si le persiguiera un diablo hasta llegar al pie de la torre. Trepó rápidamente por una escalera de mano y llegó a la plataforma treinta segundos después. Allí vio el reflector y una ametralladora MG-34 de fabricación alemana, otra prueba de la intervención nazi en China. Debajo, Bond y los prisioneros de guerra se dirigían hacia la brecha. Indy barrió el campo con el reflector, asegurándose de no apuntar en la dirección de los fugitivos, que, sin embargo, fueron detectados por otra torre justo cuando comenzaban a cruzar la apertura en la alambrada. Pronto las balas comenzaron a llover sobre ellos.

Indy apuntó con cuidado su ametralladora contra la otra torre que escupía fuego y, lentamente, apretó el gatillo.


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