Barcelona y Picasso (2)

Las relaciones entre el gobierno español y Picasso no eran buenas, huelga decirlo. Se dice que, a principios de los años cincuenta, Enrique Fuentes Marín, teniente de alcalde de Cultura en Barcelona, rechazó una oportunidad de adquirir obra picassiana al grito de “¡Este ayuntamiento no quiere saber nada de un pintor comunista!”. Pero, agradara o no, Picasso era famoso en todo el mundo. Todo cuanto hacía o decía tenía repercusión.

Sabartés decide, en enero de 1960, no esperar a su muerte para legar los grabados a la ciudad, pero para ello necesita atar algunos cabos sueltos. Su situación económica es precaria: posee una fortuna en obras de arte, pero necesita reservarse la opción de vender alguna obra si la necesidad aprieta en el futuro.

Hizo falta mucho apoyo político al futuro museo para convencer al entonces alcalde de Barcelona, Josep Maria Porcioles, de las ventajas de albergar el primer museo del mundo dedicado en exclusiva a Picasso. Así el 27 de julio, el pleno aprobaba por unanimidad la constitución del “museo monográfico Pablo Ruiz Picasso”. En Navidad se arman colas interminables para ver una muestra de Picasso en la galería Gaspar.

El ayuntamiento de Barcelona ofrece, para convertirlo en museo, un palacete gótico en la calle Montcada, en pleno corazón del barrio donde Picasso vivió y pintó en su juventud. Aunque Sabartés tiene otra opción, se queda con el palacio Berenguer de Aguilar, en el número 15 de la calle de Montcada, porque es el que menos reformas necesita.

Durante todo el proceso de reforma, la prensa se hace eco de los avances del futuro Museo Picasso, y así es como lo llaman, sin ningún complejo. El cartel que se instala en el palacio Aguilar durante los trabajos menciona abiertamente el nombre del museo. Sin embargo, todo cambia inesperadamente a pocos días de la inauguración. Las órdenes del alcalde son claras: no se debe mencionar a Picasso ni en las invitaciones ni en las notas de prensa. Hay que impedir a toda costa que el acto adopte tintes políticos. Es el precio a pagar por haber logrado lo inaudito: abrir, en pleno tardofranquismo, un museo dedicado a un notorio antifranquista. Así se inaugura el museo, el 9 de marzo de 1963, con la colección personal de Sabartés y la colección de obras de Picasso de los Museos de Arte de Barcelona (básicamente el Arlequín -que fue la primera donación de Picasso a la ciudad, en 1917-, la colección Plandiura -22 obras adquiridas por la Generalitat en 1932-, el legado de dibujos del coleccionista Lluís Garriga Roig, la serie de grabados para Las metamorfosis de Ovidio y varias litografías y carteles).

La anexión del palacio del Barón de Castellet en 1970 (Montcada, 17) permite la llegada de un regalo sorpresa: Las Meninas, la única serie completa de obra original de Picasso reunida en un solo museo. Picasso cede toda la extensa colección que su familia (madre, hermana y sobrinos) tenía en Barcelona. La colección (921 obras) está integrada por óleos y dibujos de su etapa infantil y juvenil.

Picasso, fiel a su promesa (juró no volver a poner los pies en el país mientras durara el régimen franquista), no acude a la inauguración, pero supervisa el proceso desde Francia. De momento, se niega a añadir más obra a la donación de Sabartés. No es que no quiera, asegura, es que no cabe. Entretanto, sigue donando grabados al museo, todos dedicados a Sabartés, incluso después de la muerte de este en 1968. Dos años después, el genio dona la mayor parte de sus obras de juventud, “en memoria de mi inolvidable amigo Jaume Sabartés”.

A lo largo de los años, el museo anexionó tres palacios más -palacio Meca (Montcada, 19) en 1970, casa Mauri y el palacio Finestres (Montcada, 21 y 23) en 1999-, edificó un centro de documentación y siguió recibiendo donaciones. Dalí, Gustavo Gili, Joan Gaspar, Joan Vidal i Ventosa, Raimon Noguera, Jacqueline Picasso… Amigos y herederos del artista fueron aportando su granito de arena. La más inesperada de todas vino de la mano de lord Amulree, un barón inglés que legó al museo el gouache La ofrenda en 1983. Aunque, sin duda, la herencia más apreciada por los barceloneses es el legado Garriga Roig, un conjunto de dibujos, casi todos eróticos, que no se mostró al público hasta 1979, ya en pleno aperturismo. La expectación fue tal, que hay quien asegura haber visto monjas haciendo cola para entrar.

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