Archive for septiembre 2019

La última batalla de Custer (16)

30 septiembre, 2019

El 16 de junio, al amanecer, las tropas de Crook partieron muy confiadas hacia el nacimiento de Rosebud Creek. Tras marchar 56 kms, acamparon. Al día siguiente, Toro Sentado, Caballo Loco y Agalla, a la cabeza de mil guerreros lakotas y cheyenes, partieron en pos de un enemigo desprevenido, pues Crook no tenía ni la menor idea de que se estaban acercando. Aún así, el 17 de junio, al alba, Crook avanzó cinco kilómetros, río abajo, tras lo cual hizo un alto para atacar por sorpresa esa noche. El emplazamiento del campamento era bastante agradable, pero de difícil defensa.

Nada parecía sugerir que pudiera haber un enemigo cerca, hasta que los crows llegaron al galope al campamento anunciando que estaban llegando los lakotas. Pero Crook no les hizo caso. Los crows y los shoshones se pintaron para la batalla y se encaminaron al frente por iniciativa vuelva, para regresar poco después aullando diciendo que el enemigo estaba cargado. Crook estaba durmiendo la siesta.

Les salvó que el enemigo estaba exhausto. «Encontramos a los soldados hacia los ocho de la mañana – dijo Pata de Palo-. Solo habíamos dormido un poco, los caballos estaban cansados, de modo que nos apresuramos a atacar. Pero, en esos casos, siempre hay algunos más ansiosos o más estúpidos que se precipitan». Un teniente de caballería contempló estupefacto como llegaban al galope justo en medio de sus organizadas filas varios jóvenes impulsivos que azotaron a los soldados con fuerza hasta que los abatieron a tiros de sus caballos. Entre estos guerreros con exceso de celo se hallaba Jack Nube Roja, de 18 años, hijo del gran jefe oglala. Hizo algo imperdonable. Al ser alcanzado su poni y caer éste al suelo, en lugar de parar y quitarle las bridas para demostrar con qué temple es capaz de actuar, Jack salió corriendo, llorando histérico.

La batalla duró tres horas a lo largo de un frente de cinco horas, sin resultado alguno. A las 11 de la mañana, Crook tomó una decisión que casi le cuesta la batalla. Para recuperar la iniciativa, ordenó al capitán Mills que se retirar y cabalgara hacia el norte, descendiendo el valle del Rosebud con dos batallones para atacar el poblado enemigo. Crook se quedaba sólo con la infantería de Chambers y los exploradores indios para defender la larga cresta.

En una cresta paralela, a poco más de un kilómetro hacia el este, en Kollmar Creek, el coronel Royall y 225 soldados esperaron el embate de, al menos, el doble de indios. Crook no había querido que Royall se alejara tanto del cuerpo principal, pero en los momentos iniciales de la batalla este actuó por iniciativa propia. A pesar de luchar en desventaja, de pie o de rodillas frente a un enemigo a cubierto de detrás matorrales de artemisa, rocas y montículos, mantuvieron sus posiciones, hasta que llegó un mensaje de Crook ordenando a Royall que se retirara. Entonces comenzó la masacre. Cuando se deshizo la línea de escaramuza, media docena de soldados se vio rodeada por el enemigo y acribillada a disparos. Sólo un agresivo contraataque de los crows y shoshones, así como varias descargas certeras de la infantería de Chambers, permitieron que Royalla se zafara sin mayores pérdidas.

Con sus líneas flaqueando, Crook ordenó la retirada de Mills, que ascendió por el cañón y se topó con el flanco izquierdo enemigo, que se dispersó, abandonando el campo de batalla, si bien no por la oportuna aparición de Mills, sino porque llevaban seis horas luchando. Estaban hambrientos y exhaustos. Convencidos de haber dado un susto mortal a Crook, su verdadero objetivo, los jefes lakotas y cheyenes estaban exultantes con el resultado de la batalla. Con un cheyenne mortalmente herido, 20 lakotas muertos y unos 60 heridos, había sido un buen día para los indios. Crook perdió 9 soldados, un crow, un shoshone y un oficial, además de 19 soldados heridos, 4 crows y 2 shoshones. Esto fue debido a la poca puntería india y a su aversión al combate cuerpo a cuerpo. Pero lo peor es que Crook había perdido la confianza de sus aliados crows y shoshones, que lo consideraban un cobarde, que partieron hacia sus agencias con la vaga promesa de volver a tiempo para la siguiente campaña. Crook se retiró hacia las montañas Bighorn. Allí informó a Sheridan de la batalla de Rosebud, el 19 de junio, pero no hizo lo mismo con Terry, que no sabía de la inmensidad de la fuerza enemiga. Esta incomprensible negligencia hizo que Terry operara a ciegas. Cuando llegó la respuesta de Sheridan el 4 de julio, indicándole que tenía que atacar de nuevo, Crook hizo caso omiso de sus palabras.

La última batalla de Custer (15)

28 septiembre, 2019

El general Crook no era menos ambicioso que Custer. Así que puso en marcha su Columna Wyoming el 29 de mayo de 1876, con 1.051 soldados, sin delegar las operaciones en sus subordinados. Era la suya una fuerza en principio suficiente para hacer frente a cualquier indio que pudieran encontrar en su camino. Esta expedición no sólo era más numerosa que la del río Powder, sino que además contaba con mejores oficiales. El teniente coronel William B. Royal estaba al mando de los cuatro batallones de caballería, todos ellos dirigidos por buenos oficiales. El comandante Alexander Chambers, compañero de Crook en West Point, mandaba la infantería.

El primer problema para Crook fue que no encontró a los doscientos aliados crow y shoshones que tenían que reunirse con él en las ruinas del viejo fort Reno, 128 kilómetros al norte de Fort Fetterman, desde donde se suponía que seguiría al Territorio de Montaña a lo largo del río Tongue o de Rosebud Creek. Otro problema era que Crook no tenía la menor idea de a qué se enfrentaba.

Los lakotas de las reservas, como ya hemos visto, estaban acudiendo en masa a Toro Sentado. Si el 1 de abril su poblado tenía 250 tipis, a principios de junio había crecido hasta 461, lo que significa una población de unas 3,000 personas, de las cuales 800 eran guerreros. El consejo de jefes apoyó la política defensiva de Toro Sentado y Caballo Loco, y les recordó a sus guerreros que mejor utilizaran sus energías en cazar búfalos, pero, como de costumbre, las advertencias de los ancianos cayeron en oídos sordos. El honor y el prestigio estaba en la guerra, no en la caza.

A finales de mayo, el poblado indio acampó cerca de la desembocadura de Rosebud Creek. Para un Wichasha Wakan de la sensibilidad de Toro Sentado era un lugar de extraordinario poder espiritual. Así fue como tuvo dos visiones. La primera tras ascender a una colina cercana para conversar con Wakan Tanka. La segunda, durante la Danza del Sol del 6 de julio. En ambas vio a los indios aniquilando a los soldados enemigos en una gran batalla. Pero, como advirtió al exaltado poblado, no debían desvalijar a los soldados muertos.

El 2 de junio Crook llegó a las ruinas de Fort Reno y, como ya hemos visto, no encontró a los indios aliados. Envió a sus únicos exploradores, al mando del indispensable Frank Grouard, para buscarlos en sus agencias, más allá de las montañas Bighorn. Tras esto se puso en marcha, cruzando los restos del Fort Phil Kearny, una experiencia poco inspiradora, y, tras cruzar la frontera de Montana, se perdió. En la noche del 7 de junio una pequeña partida de guererros se enfrentó con los vigías de Crook en una escaramuza. No causaron daños, pero, perdido el factor sorpresa, Crook se retiró hacia las montañas Bighorn, profundamente preocupado. Una semana después volvió Grouard con 176 guerreros crows, a los que se sumaron otros 86 shoshones ese mismo día, a mando del legendario jefe Washakie, de 78 años. Como muestra del aprecio por su benevolencia, el ejército norteamericano había bautizado el puesto militar cercano a su reserva como Fort Washakie, el único fuerte en toda la historia que tuvo el nombre de un indio.

Grouard no sólo llevó a los aliados indios, sino datos erróneos. Estimó la fuerza enemiga en 2.500 guerreros (en realidad eran unos 1.000) y situó el campamento en el Rosebud, a unos 72 kms de distancia, cuando en realidad estaba entre el Rosebud y el Little Bighorn. La supuesta superioridad numérica no preocupó a Crook, que dudaba que los indios fueran capaces de concentrar su fuerzas o librar una batalla campal.

La historia de Nerón y Sombrerito.

27 septiembre, 2019

Los días previos al domingo 13 de febrero de 1898 en las paredes de los edificios aledaños a la Plaza de Toros de Madrid (donde hoy está el solar del actual Palacio de los deportes) aparecieron una serie de carteles en los que se anunciaba para dicha plaza un espectáculo taurino muy especial, un «¡GRAN ACONTECIMIENTO! hace 25 años no presenciado en Madrid ¡ESPECTÁCULO SENSACIONAL!»

¿Qué espectáculo podría ser este, descrito con tanta vehemencia y alarde tipográfico? Pues no era otro que la “lucha feroz entre un toro de cinco años y un magnífico elefante”, enfrentamiento que algún diseñador imaginaría artística y libremente en un cartel, hoy conservado en el Museo de Historia.

Las condiciones de la lucha entre Nerón y Sombrerito, que así se llamaban los animales, eran las siguientes: “el elefante se hallará sujeto por una de las patas con una cadena de hierro de 16 metros de larga (…) el encuentro tendría una duración de 15 minutos pasados los cuales se retirarán, el elefante y el toro por medio de los bueyes, caso de que ambos queden vivos de la lucha”. El espectáculo, cuyas entradas costaban 2,25 pesetas, tuvo lugar entre la lidia del tercer y cuarto toros de la tarde, en una jornada en la que también debutó en torero Vicente Pastor Durán, «El Chico de la Blusa».

La prensa del momento, accesible en la Hemeroteca Municipal, se hizo eco de este combate y disponemos de diversas crónicas que dan luz a lo sucedido en la plaza de toros este 13 de Febrero, llena a rebosar de espectadores atraídos por lo exótico del espectáculo.

Los periodistas del Imparcial y de la Correspondencia de España describen un tanto apesadumbrados la mansedumbre del elefante Nerón, que apenas era un cachorro sin colmillos al que habían sacado de su apacible destino del zoo del Retiro madrileño. Nerón era manso pero no flojo, ya que al poco de ser encadenado por su cuidador, no queriendo verse sólo en mitad de la plaza, como recoge la crónica periodística, rompió sus ataduras sin el menor esfuerzo y se dirigió hacia la barrera.

En la crónica de La Vanguardia se refleja cómo, en este punto, cundió el pánico en el público creyendo que el animal iba a saltar la barrera. No obstante el elefante solo quería buscar a sus acompañantes y no paró hasta que los encontró.

El macabro espectáculo continuó. El pobre paquidermo fue atado de nuevo y, para evitar más fugas, soltaron al toro Sombrerito que, desconcertado por el volumen de animal que tenía delante, embistió “sin codicia” en un par de ocasiones, lo que enfureció al público, que comenzó a lanzar naranjas al ruedo. En una de las embestidas, el toro ocasionó al elefante, que estaba distraído comiendo las naranjas que habían caído cerca, heridas en una de sus manos. Al sentirse herido, el pobre elefante huyó despavorido, rompiendo nuevamente la rotura. Después de esto, ambos contendientes se ignoraron mutuamente durante los 15 minutos de la lucha.

El público, indignado por la falta de entrega de los animales, estalló en una sonora bronca exigiendo otro toro más bravo que se enfrentara al pobre Nerón, que daba vueltas por la arena, como si estuviera pidiendo ayuda y piedad, de lo que era obvio que carecían los presentes. La presidencia, temiendo un tumulto, cedió e hizo salir a un nuevo astado al ruedo. El nuevo toro soltó un bufido al ver a Nerón y no atacó. El enfado del público iba en aumento y al final salió otro miura, el tercero. Desgraciadamente tuvo éste un mayor empuje y se dedicó a embestir al elefante en numerosas ocasiones, llegando incluso a derribarle en una de ellas. El elefante se levantó cojeando volviendo el toro a cornearle a pesar de que Nerón se daba a la fuga de un “modo desesperado”.

Al retirarse, a cada cual lo suyo: el toro fue ovacionado y el elefante fue despedido con una lluvia de naranjas que, a pesar de sus “numerosas heridas”, cogía con la trompa y se zampaba sin más.

Terminan las crónicas con el parte facultativo de los participantes en la corrida: un torero con heridas en la región inguinal y un elefante con heridas leves de las que espero se recuperara sin problemas. El elefante, quiero decir.

Fuentes:
http://esmadridnomadriz.blogspot.com/2012/07/neron-y-sombrerito.html
http://memoriademadrid.blogspot.com/2016/01/el-elefante-neron-contra-el-toro_14.html
http://wwwlaotrahistoria.blogspot.com/2013/05/neron-y-sombrerito-madrid-emula-la.html
https://www.abc.es/tecnologia/redes/20131126/abci-combate-toro-elefante-201311260905.html

La última batalla de Custer (14)

26 septiembre, 2019

La campaña de invierno de Sheridan fue un fracaso total. El ejército no conquistó ni un sólo palmo del Territorio Indio No Cedido, ni la administración Grant no estaba más cerca de conseguir sus objetivos. En lugar de dar un gran golpe a Caballo Loco habían atacado un campamento de pacíficos cheyennes y habían avisado a los indios antitratado de sus intenciones.

Sheridan no tuvo más remedio que organizar una campana estival, aunque no le entusiasmaba la empresa, de manera que la delegó en los comandantes de los departamentos, cuyos planes no fueron especialmente originales. Crook propuso una vez más marchar hacia el norte desde Fort Fetterman en pos de Caballo Loco. Terry ordenó de nuevo a Gibbon que se dirigiera al este a lo largo del Yellowstone mientras él construía una base de aprovisionamiento desde la cual pudiera operar el 7º de Caballería.

Cuando sus subordinados estban preparando sus expediciones, Sheridan descubrió que los indios salían de la reserva en un número sin precedentes. Lo único que le preocupó de tan alarmante nueva fue que el enemigo se pudiera dispersar antes de que sus oficiales pudieran obligarles a presentar batalla. Aún así, Sheridan no esperaba dar un golpe mortal a los indios, aunque su confiaba en que sus tropas podrían conducir a los indios hostiles a las reservas, al menos de forma provisional. Mientras tanto, Sherman y Sheridan tenían una cuestión pendiente por resolver: qué hacer con Custer.

Lo único que sabía Custer de lo que se estaba planeando era lo que podía leer en la prensa. Mientras se planeaba la campaña de invierno, él y Libby habían estado de vacaciones en Nueva York, donde la alta sociedad aduló al famoso luchador contra los indios y a su encantadora mujer.

Pero esto no era suficiente para Custer, que tardó poco en meterse en política, algo para lo que no estaba dotado. Cuando el secretario de guerra Belknap fue acusado de vender licencias para puestos comerciales fronterizos para obtener un beneficio personal. Presionado por Grant, Belknap dimitió para evitar que lo destituyeran.

Custer había sospechado de la existencia de actividades ilícitas similares en los puestos del Alto Missouri, Fort Abraham Lincoln incluido. James Gordon Bennet, editor del New York Herald, inició una investigación sobre este fraude, descubriendo que no sólo implicaba a Belknapp, sino también al hermano del presidente Grant, Orvil. Nueve meses después, el comité de la Cámara citó a Custer para testificar sobre los cargos. Terry, presagiando el problema, le sugirió que respondiera por telegrama, pero Custer respondió a la citación, ya fuera por sentido del deber o por enterrar más todavía al cadáver político de Belknapp.

Fue el peor error de cálculo de su vida. El testimonio de Custer consistía en información de segunda mano aderezada por sus propias respuestas, lo que era insuficiente para condenar a nadie en un juicio pero suficiente para enfurecer a Grant, que ordenó que Custer fuera apartado d la siguiente campaña.

Custer estaba destrozado. Pidió ayuda a todos sus amigos, e incluso escribió a Grant pidiendo piedad para que le evitara «la humillación de ver a mi regimiento partir para luchar contra el enemigo y no poder compartir sus peligros». Grant transigió, pero a medias. Custer estaría al mando del 7º de Caballería, pero no de la expedición. Terry, que había ayudado a Custer con la secreta esperanza de no ir solo a la campaña, tendría que mojarse, después de todo. Custer, por su parte, estaba seguro de que se «libraría» del general en cuanto pudiera, tal y como le comentó al ingeniero jefe de Terry. Al parecer, su gratitud quedaba en segundo plano frente a su ambición.

La última batalla de Custer (13)

24 septiembre, 2019

Capítulo 3. Líbranos de todos los males

La exigencia del gobierno de que se presentaran en las agencias indias antes del 31 de enero de 1876 sorprendió a los indios antitratado. Su respuesta fue nada amenazante y, desde el punto de vista indio, bastante práctica: agradecían la invitación que les hacían para parlamentar, pero ya se habían establecido para pasar el invierno. Cuando llegara la primavera, sería un buen momento para organizar un congreso para hablar de su futuro. Mientras tanto, no tenían intención de hacer daño a nadie.

El comisionado de Asuntos Indios archivó la respuesta lakota y actuó siguiendo la linea hostil oficial. Afirmó que los lakotas eran «desafiantes y hostiles» y que no había razón alguna para esperar a la fecha límite del 31 de enero para permitir que comenzaran las acciones militares. Sheridan tenía luz verde.

El 8 de febrero ordenó a Terry que marchara al oeste desde Fort Abraham Lincoln con Custer y el 7º de Caballería hacia el territorio del río Powder, y a Crook que se dirigiera hacia el norte desde Fort Fetterman en el Territorio de Wyoming. Si eran capaces de coordinar sus esfuerzos, mucho mejor. Pero Terry no partió, bloqueada su ruta de suministros por copiosas nevadas. Crook, a pesar del mal tiempo, logró reunir suficientes recursos y se puso en marcha el 1 de marzo de 1876 con 692 oficiales y hombres y una considerable caravana de mulas de carga y carromatos. Oficialmente lideraba la expedición el coronel Joseph J. Reynolds, al mando del 3o de Caballería. Durante la Guerra Civil había demostrado ser un oficial competente, pero en la frontera había resultado ser un inútil. La expedición del río Powder era su oportunidad para redimirse.

En cuanto partieron el invierno se ensañó con la expedición. Las nevadas cegaban a los cazadores y escondían a la presa. La primera noche una pequeña banda les robó el puñado de vacas que Reynolds había dejado sin protección. Cuatro noches más tarde, otro grupo casi hace escapar en estampida a los caballos de los soldados. Reynolds fue apartado de la misión por un exasperado Crook, que tomó el mando. Envió a la infantería y a los carros de manera conspicua a Fort Fetterman para confundir a los indios y partió con la caballería hacia el supuesto campamento de Caballo Loco en el río Powder, haciendo frente a una de las peores tormentas de invierno en la historia de las llanuras, llegando la temperatura a 40 grados bajo cero.

Por suerte, el 16 de marzo dos cazadores indios casi se tropezaron con su campamento. Crook envió a Reynolds con tres batallones -15 oficiales y 359 hombres- guiados por el hábil explorador Frank Grouard para que encontrar el campamento de Caballo Loco. Crook permaneció en el campamento con la recua de mulas. Tras una terrible marcha nocturna, Reynolds encontró un campamento de sesenta y cinco tipis cheyennes. Pero no era Caballo Loco, sino un jefe de paz que tenía la intención de presentarse en la agencia de Nube Roja en primavera.

El ataque de Reynolds fue un desastre táctico de primer orden. Tras llegar, bastante despues del amanecer, a un risco alto y quebrado que miraba al campamento cheyenne, situado en una alameda en la orilla oeste del río Powder, a tres kilómetros de distancia, Reynolds decidió atacar. El batallón del capitán Henry E. Noyes descendería desde el risco, mientras que el capitán Alexander Moore lo cubría desde la cresta. Noyes se desorientó por los barrancos helados que cruzaban la cresta y llegó al valle a un kilómetro y medio al sur del campamento con los caballos al borde del colapso. La compañía de James Egan, armada sólo con revólveres, se puso en cabeza, pero solo pudieron cargar con un trote lento. Un matorral de sotobosque ralentizó todavía mas su marcha. Pero el asalto tuvo el efecto deseado, provocando el pánico en el campamento.

Pero el orden pronto se impuso con las arengas de los jefes. El fuego de respuesta de los indios fue determinante. Seis caballos cayeron y cuatro hombres resultaron muertos o heridos. Egan ordenó a sus hombres que desmontaran entre los tipis y esperó fuego de apoyo desde la cresta.

No lo hubo. Para cuando los hombres de Moore abrieron fuego, sus disparos cayeron sobre el grupo de Egan. El capitán Noyes, bastante retrasado, se llevó la manada de ponies de los cheyennes. Reynolds, por su parte, no hacía nada. Se había olvidado de asignar una misión al tercer batallón. Su comandante, Anson Mills decidió actuar por su cuenta y fue a reforzar a Egan. Forzó a los guerreros indios a retirarse varios cientos de metros y prendió fuego al campamento. Todo sucumbió a las llamas. Reynolds ordenó que lo quemaran todo, incluso 450 kilos de carne de búfalo y de venado, lo que sorprendió al teniente Bourke, pues necesitaban esa carne. Al retirarse con demasiado precipitación abandonaron dos cadáveres y a un hombre herido incapaz de andar. Reynolds se hizo con setecientos ponis, pero los perdió esa misma noche cuando un grupo de diez guerreros regresó y se llevó a la manada, que no estaba protegida por ninguna guardia de soldados. Durante las cinco horas de combate, que el ejército bautizó como la Batalla del Río Powder, murieron dos guerreros. En favor de Egan y Mills, no se dispararon ni contra mujeres ni contra niños.

El 27 de marzo la columna de Crook retornó a Fort Fetterman. La campaña de invierno sólo había servido para avisar a las tribus antitratado del peligro que se avecinaba. Reynolds fue acusado de «imbecilidad e incapacidad» frente a un tribunal militar. Los indios, sin hogar, marcharon tres días, hambrientos y congelados, hasta el campamento de Caballo Loco, que hicieron lo que pudieron para ayudar a los refugiados. Viendo que su poblado era vulnerable, Caballo Loco ordenó desmontarlo. Marcharon cien kilómetros hasta el gran poblado hunkpapa y miniconju de Toro Sentado, situado en la confluencia del Powder y el Pequeño Misuri, donde fueron recibidos con un derroche de benevolencia y abundancia de comidas, tipis y mantas. Mientras los cheyennes eran acogidos con tanta generosidad, los jefes de ambas tribus se reunieron en un congreso donde decidieron permanecer juntos, escogiendo como líder a Toro Sentado.

La última batalla de Custer (12)

22 septiembre, 2019

El 4 de septiembre de 1875 la comisión Allison llegó a la agencia de Nube Roja. Los jefes no se mostraron más flexibles allí que en Washington. Caballo Loco respondió que, antes que firmar un tratado, prefería la guerra. Toro Sentado dejó claro que no iba ni a vender ni a arrendar ninguna tierra al Gobierno. A la torpeza de Allison los jefes respondieron con inusual unanimidad. El territorio de Bighorn ni se vendía ni se arrendaba. En cuanto a las Black Hills, venderían con la condición de que el gobierno pagara lo suficiente para mantener a su pueblo durante las siguientes siete generaciones. Cola Moteada pensó que sesenta millones de dolares era un buen precio, mientras que la comisión estaba autorizada para ofrecer menos de una décima parte de esa cantidad.

Las negociaciones se estancaron, obviamente. Los comisionados se fueron indignados porque consideraban que los indios habían recibido con «sarcasmo» a una oferta «amplia y generosa». Si los indios no aceptaban la oferta del Congreso, se les debía dejar de morir de hambre hasta que se plegasen. Pero Grant tenia una opción más radical en mente. A pesar de la contención de los indios y de que no había habido ningún encuentro hostil en las llanuras del norte durante 1875, aprovechando el clamor del país para la anexión de las Black Hills, Grant, teniendo que elegir entre el electorado y los indios, el 3 de noviembre ser reunió con un grupo selecto de generales y oficiales afines para preparar un plan de guerra. Ese día murió la Política de Paz.

Los reunidos acordaron un plan de dos fases. El edicto del presidente que reafirmaba la propiedad lakota de las Black Hills seguiría vigente, pero el ejército ya no obligaría a su cumplimiento. Si los lakotas tomaban represalias contra los invasores blancos, mucho mejor, pues facilitaría la segunda fase de la operación: una operación invernal por sorpresa contra los poblados indios.

Seis días después de la reunión, Sheridan envió ordenes secretas a Terry para que se movilizara. Después se filtró un informe incendiario de un inspector de la Oficina Indias a las agencias de Montana y Dakota, fechado nueve días después de la reunión secreta, donde se clamaba por un castigo contra las «salvajes y hostiles bandas de los indios sioux».

El 3 de diciembre, el secretario del interior, el antiindio Zachariah Chandler, ordenó a la Oficina India que informase a Toro Sentado y a los otros jefes «hostiles» que tenían hasta el 31 de enero de 1876 para presentarse en las agencias. De lo contrario, el ejército lucharía contra ellos.

Todo estaba listo para lanzar una vergonzosa agresión.

La última batalla de Custer (11)

20 septiembre, 2019

Mientras todo esto sucedía, Toro Sentado estaba decidido a no luchar él solo contra los blancos. Para ello forjó un frente unido con las bandas de lakotas y cheyennes del norte, que se reunieron siguiendo su convocatoria para celebra una Danza del Sol intertribal sin precedentes, la sangrienta culminación de una ceremonia religiosa que duraba doce días y era central para la fe lakota y para la mayoría de los habitantes de las llanuras. En Rosebud Creek se formaron cinco círculos tribales, con los hukpapas de Toro Sentado, los oglalalas de Caballo Loco, los sans arcs de Águila Moteada y los cheyennes del norte al mando del relativamente conciliador Pequeño Lobo.

Los cheyennes del norte habían estado en paz con los blancos desde hacía siete años. Con su temperamento afable habían aceptado la presencia del hombre blanco de forma limitada. Pero eso había cambiado con las expediciones en las Black Hills. Para los cheyenne del Norte el Paha Sapa era más que una simple reserva de caza; era un territorio sagrado, la morada de Noahvose, la Montaña Sagrada. La tradición cheyenne sostenía que, en un pasado lejano, en una cueva del interior de Noahvose, el propio creador había entregado a los cheyennes las reverencias flechas sagradas. Si no habían respondido a la invasión blanca de su lugar sagrado era por la falta de dirección espiritual de la tribu.

Los arapahoes del norte, de naturaleza más acomodaticia, habían permitido que el gobierno los asentara en la lejana reserva de White River, hogar de los shoshones, sus enemigos. Esta ausencia supuso un duro golpe para la naciente alianza de Toro Sentado. Con los arapahoes neutralizados, Toro Sentado era consciente de la importancia de mantener a los chyennes cerca. Por eso estuvo decidido a ganarse a los vacilantes entre todas las bandas antitratado. Les dijo que el Gran Espíritu había puesto al enemigo en su poder. «Debemos destruirlos», añadió.

Cuando Nube Roja abandonó Washington, el presidente dio orden al Departamento del Interior de que nombrara una comisión para comprarle los derechos de explotación de las minas de Black Hills a los lakotas. Debían recordarles que el gobierno ya no estaba obligado a darles comida. Es decir, que si se negaban a vender, dejarían de darles raciones.

El grupo que el gobierno envió para negociar una cuestión tan crucial dejaba mucho que desear. De la comisión de nueve miembros liderada por el senador William B. Allison, sólo el general Terry conocía a los lakotas, y no tenía agallas para coaccionarlos a vender las Black Hills.

Soldado de carrera y veterano de la Guerra Civil, Terry había tenido la suerte de atraer la atención de Grant durante el conflicto, lo que facilitó que recibiera el codiciado puesto de general de brigada en el ejército regular. Pero no albergaba ningún deseo de luchar contra los indios. Resolver papeleo en la comodidad de su cuartel le gustaba más, y era bastante probable que delegara el cumplimiento de las operaciones en su principal subordinado, que no era otro que George Armstrong Custer.

La última batalla de Custer (10)

18 septiembre, 2019

Las tropas de Custer entraron sin encontrar resistencia en las Black Hills. El 27 de julio los dos mineros se pusieron manos a la obra, hallando una veta cinco días después. No era muy grande y no merecía demasiados esfuerzos. Pero la fiebre del oro atacó el campamento. Durante dos días los soldados estuvieron buscando oro antes de que Custer pusiera fin a estas actividades. El máximo hallazgo fueron unas cuantas pepitas que no valían más de dos o tres centavos de oro por batea.

El 7 de agosto un explorador llevó un informe de Custer a Sheridan en el que el primero elogiaba el potencial de las Black Hills como terreno forestal y para cría de ganado. En cuanto al oro, Custer fue muy prudente, pero el explorador entregó las notas de los periodistas, algunas de las cuales anunciaban a bombo y platillo que habían encontrado «yacimientos a ras de suelo». Esto, en el país sumido por la crisis causada por el pánico de 1873, desató el furor. Pronto se organizaron expediciones de prospección a lo largo y ancho de la frontera. Algunos escritores imaginativos empezaron a producir guías sobre el «Nuevo El Dorado».

El 31 de agosto Custer volvió a Fort Abraham Lincoln. Su búsqueda de un lugar para construir el nuevo fuerte de Sheridan no tuvo éxito. Nadie le dio importancia. Apenas hubo retornado al fuerte, Custer comenzó a anunciar que los informes sobre la bonanza de las Black Hills no sólo eran ciertos, sino que las perspectivas eran todavía mejores. Mientras Custer avivaba los enfrebrecidos sueños de los desempleados, Sheridan intentaba calmar la histeria. «El color del oro se puede encontrar en cualquier parte de los actuales territorios del Oeste, pero, con frecuencia, su cantidad se reduce a unas cuantas partículas que son las que le dan el color».

No todo el mundo creyó las historias de Custer. Tanto el geólogo de la expedición, un eminente profesor, como el hijo del presidente, Fred Grant, no habían visto oro y recelaban de los hallazgos de los buscadores. Los periódicos de la Costa Este ridiculizaron la oromanía como un engaño de los especuladores para resucitar la Northern Pacific Railway. Era inútil. Los buscadores de oro ya llegaban a decenas a las Black Hills. Sheridan carecía de la autoridad para expulsarlos y aquellos a los que las patrullas de la caballería escoltaban hasta más allá de las colinas, volvían a colarse de hurtadillas.

Hacia la primavera de 1875 el gobierno necesitaba una respuesta definitiva sobre el debate, pues en el caso de que las Black Hills contuvieran una gran riqueza, se debía iniciar el proceso para derogar el título de propiedad indio. O dicho de otro modo, para arrebatar a los lakotas parte de la reserva que se les había prometido a perpetuidad. Para ello el geólogo Walter P. Jenney entró en la zona para investigar, lo que enfureció a Sheridan, pues frustraba sus esfuerzos por alejar a los buscadores de oro, casi unos mil, según los cálculos de Jenney.

El 8 de noviembre de 1875 Jenney presentó sus informes. No había suficiente oro para que los buscadores batearan el lecho del rio, pero se podía obtener un buen beneficio a través de acequias y con una inversión moderada de capital. Sin embargo, cinco días antes de recibir el informe, la Administración Grant decidió en secreto el destino de las colinas negras. Antes incluso de que el profesor hubiera llegado allí, el gobierno había comenzado a dar los primeros pasos para desposeer a los indios de sus tierras. Cuando Nube Roja llegó a Washington con intención de hablar del problema de las raciones, se escuchó con que el Gran Padre no quería escuchar las quejas de sus hijos. Grant les dijo a los jefes que si recibían raciones era sólo por su generosidad, pues no tenían ya ninguna obligación. Además, debían ceder ante los mineros o arriesgarse a perder sus raciones. Incluso les sugirió que abandonaran su reserva y se mudaran al Territorio Indio. Nube Roja y los demás jefes se fueron «enojados e insatisfechos» tras tres semanas de conversaciones inútiles.

Sheridan, por su parte, decidió que un fuerte en las Black Hills sería insuficiente en caso de guerra. Quería que los fuertes estuvieran más próximos a algún río, de modo que envió a su ayudante militar Yellowstone arriba, para que buscara un emplazamiento adecuado.

La última batalla de Custer (9)

16 septiembre, 2019

Capítulo 2 La ruta de los ladrones.

La expedición Yellowestone devolvió el lustre a la carrera de Custer y realzó la posición de Toro Sentado entre los lakoras antitratado y sus aliados cheyenes, además de entre los oglalas de la reserva, lo que se traducía en problemas para Nube Roja, del que se sospechaba que se había vendido a los blancos tras su visita a Washington en 1870, pues su comportamiento se había vuelto errático. Al darse cuenta de que perdería el respeto de sus guerreros se capitulaba, incumplió el acuerdo de reubicar la agencia en el río White y sólo accedió a trasladarse después de que la mayoría de los oglalas de la reserva aceptaran la idea. Pero su compromiso con la paz era sincero. Para los guerreros, el antiguo jefe guerrero se había ablandado. Incluso los dóciles brulés comenzaron a inquietarse y desconfiar de los blancos.

La paciencia de Sheridan con los lakotas había disminuido. Pero para llegar a una confrontación, los lakotas tenían que infligir una gran provocación. Pero como confesó Sheridan en su informe anual, la situaciópn era «notablemente tranquila«. Para controlarlos, se estableció Camp Robison, cerca de la agencia de Nube Roja, y Camp Sheridan cerca de la agencia brulé de Cola Moteada. Proteger a los habitantes de Nebraska de los indios antitratado era más complicado. Para eso hacía falta construir un fuerte en el Territorio Indio no Cedido. Sheridan sugirió las Black Hills, lo que fue aprobado por los Departamentos de Guerra y del Interior.

Pero los lakotas no tenían intenció de separarse de las Paha Sapa (las colinas que son negras, Black Hills), que les pertenecían por tratado y por derecho de conquista. Además, era un lugar espiritual para ellos, además de una reserva de caza a la que recurrir en época de hambrunas y un refugio para sus tipis.

Tras considerar sus opciones, Sheridan decidió enviar una expedición desde el norte. a pesar de que podía tropezar con las bandas antitratado. De modo que recurrió a Custer y al 7º de Caballería, con base en Fort Abraham Lincoln. Custer reunió 951 soldados y arrieros, más 61 exploradores arikaras (enemigos mortales de los lakotas), ingenieros y cientificos civiles, además de Fred, el hijo del presidente Grant, que se acababa de graduar en West Point.

La expedición fue criticada inmediatamente, ya que violaba el Tratado de Fort Laramie de 1868, que prohibía al hombre blanco entrar en la Gran reserva Sioux sin permiso de los lakotas.

El 2 de julio de 1874 la expedición partió hacia las áridas Badlands de Dakota. Se vieron algunas bandas de guerreros que no intentaron impedir el avance de Custer. Como había terminado la época de tala de pinos, se creía que las Black Hills estaban vacías. Por el momento, ningún indio sospechó de la presencia de los soldados. Nube Roja estaba demasiado ocupado discutiendo con su agente indio por la escasez de raciones para preocuparse demasiado por eso. Toro Sentado deambulaba mucho más al norte de la ruta de Custer, cazando búfalos o luchando contra los crows. Caballo Loco estaba lejos, en el Territorio Indio No Cedido, llorando la muerte de su hija.

La última batalla de Custer (8)

14 septiembre, 2019

Seis días de constante búsqueda condujeron al destacamento de Custer hasta la orilla norte del turbulento río Yellowestone, cerca de su confluencia con el río Bighorn, sin lograr dar caza a Toro Sentado. Cuando las tropas de caballería intentaron cruzar el río, la fuerte corriente casi los arrastra río abajo. De milagro no se ahogó nadie. Esa noche, Custer acampó en un lago campo de arena junto a la orilla norte, con la intención de intentarlo de nuevo a la mañana siguiente, antes de que los lakotas estuvieran demasiado lejos para alcanzarlos.

Toro Sentado había dejado de correr. Tras convocar a todos los guerreros de los poblados lakotas y cheyennes situados a un día de camino a caballo, Toro Sentado regresó al río con 500 guerreros a primeras horas del 11 de agosto. Los guerreros no fueron demasiado discretos. El teniente Charles Braden, al mando de los centinelas nocturnos, estaba seguro de haber escuchado el galope de caballos en la oscuridad. Un explorador crow le advirtió que los indios atacarían al amanecer y Braden advirtió a Custer, que subestimó sus palabras con aire de superioridad.

El alba le dio la razón a Braden. Con los primeros rayos del sol, los indios abrieron fuego contra nosotros. Custer reaccionó con tino, envió dos compañías río abajo y dos río arriba para impedir que los indios cruzaran más allá de sus flancos. Mientras, Braden subió con 20 hombres para vigilarlos.

Los lakotas, en efecto, atravesaron el Yellowestone para sorprender a Custer en ambas orillas. Mientras, Braden se vio en problemas cuando subió la cresta pues se encontró con un gran números de lakotas. En la refriega siguiente, Braden fue herido en la pierna izquierda, destrozando su hueso y quedando lisiado de por vida. Custer envió a un escuadrón para dispersar a los indios, que escaparon hacia el río.

En el banco de arena el 7º de Caballería repelió un ataque proveniente del sur justo cuando resonó un cañonazo anunciando la llega de Stanley. Los nidios se retiraron, perseguidos por el 7º de Caballería durante 13 kilómetros hasta que los indios se dispersaron por completo, mientras Toro Sentado y las familias congregatas en la otra orilla del río huían.

A coste de cuatro muertos y tres heridos, Custer rechazó dos cargas indias y causó 40 bajas al enemigo. Su osadía y su suerte legendaria se hicieron famosas otra vez.

Finalizada la incursión de Stanely, los lakotas y los cheyennes volvieron a su actividad principal: guerrear con los crow.

El resto de la expedición del Yellowstone fue rutinario. Los agrimensores lograron su objetivo al completar el trabajo que Baker había dejado abandonado. Pero el comisionado de Asuntos Indios temía que la incapacidad del ejército para lograr una victoria envalentonara a los indios. Sherman también lamentó que no se hubiera producido un golpe decisivo, pero por el momento no se pudo hacer más, pues la falta de efectivos en el Departamento de Dakota impedía lanzar una campaña de invierno. Así le dijo a Sheridan: «me imagino que es mejor que dejemos que las cosas sigan su curso natural hasta que el conjunto de indios cometa algún ato que justifique una guerra final«.

Irónicamente, la expedición del Yellowstone no sólo no logró nada de una importancia duradera, sino que aceleró además el fin de la Northern Pacific Railway y la fortuna de Jay Cooke. La resistencia lakota espantó a los inversores, y la Jay Cooke & Company cerró sus puertas, lo que precipitaría el Pánico de 1873 .


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