Archive for octubre 2019

Filosofeando, parte segunda

31 octubre, 2019

Somos una multiplicidad de facetas que expresamos de diversas maneras con una amplia variedad de medios.

La unión instintiva de todas estas facetas (por ejemplo, me gusta leer) genera en la conciencia la ilusión de homogeneidad y con ella la de «el ser», que es la expresión de esas facetas y no su fuente.

Filosofeando, parte primera

29 octubre, 2019

No hay una historia verdadera, sino diferentes interpretaciones. Dado que la vida transcurre sin detenerse y, por tanto, es imposible congelarla en fragmentos y analizarlos en frío y sin prisa, sino que, por el contrario, se ha de proceder a realizar el análisis sobre la marcha, mientras la vida sigue su camino. Así, es observada por diversos ojos y diversos sistemas éticos, por lo que el mismo evento puede ser contemplado por diferentes personas de diferentes maneras, y, al describirlo, podemos pensar que estamos escuchando diversos hechos cuando, en realidad, es el mismo.

Por tanto, tampoco hay nada verdadero, sino diferentes versiones de un mismo suceso.

#Minicuento 28.10.2019

28 octubre, 2019

Bajó la tapa y se subió sobre el bidet, inclinándose para apoyar las manos en la pared y dejar su culo en pompa.

«Por donde tú quieras», me dijo.

El retorno de Fu Manchú (41)

25 octubre, 2019

Heeresversuchsanstalt Peenemünde
Isla de Greifswald
Del 1 al 2 de noviembre de 1937

Tras sus aventuras chinas, James Bond se encontraba inmerso en su primera operación con el MI6 y tenían todas las ganas del mundo en demostrar su valía, pues de hacerlo bien podía recibir la ansiada categoría de los doble ceros.

Tras aterrizar en Dinamarca, había tomado un ferry hasta la isla de Bornholm, donde, mientras intentaba alquilar un bote, se enteró de la intervención americana en la guerra entre Haití y la República Dominicana, apoyando a estos últimos. Para Bond era obvio que la administración Roosevelt había decidido reforzar el dominio estadounidense en el continente americano, demostrando que ningún conflicto armado sería tolerado por Washington.

En la noche del 8 de octubre Bond se dirigió al sur de Bornholm en un pesquero que alquiló a su capitán (y único tripulante), un tal Jeppe. De ahí se dirigieron a la costa de la isla de Greifswald, en el Tercer Reich. Por el camino, un destructor alemán de patrulla les pasó muy cerca, demasiado incluso, pero sin descubrirles.

Bond nadó los últimos metros hasta la costa mientras Jeppe se retiraba. Si todo iba bien, se encontrarían de nuevo, cuando viniera a la noche siguiente a recogerlo. De lo contrario, tendría grandes problems para salir de Alemania.

Tras abrir el paquete hermético que llevaba y cambiar su traje de hombre rana por un uniforme alemán, dotado de una cámara disimulada en el contenedor de la máscara de gas, un sufbusil MP-28/II y su amada Beretta equipada con un silenciador, se puso en marcha. En el bolsillo llevaba su documentación, que lo identificaba como el Unterfeldtwebel Alfred Färber, asignado al destacamento de seguridad de Peenemünde.

Su misión era fotografiar las instalaciones. Un informante dentro del OKH les había insinuada que se iba a realizar un test crucial en la mañana siguiente. Como el equipo implicada era el de von Braun, se debía tratar de algo relacionado con cohetes y Londres estaba muy interesado en la avanzada tecnología alemana en ese campo. La misión era simple: fotografiar el lanzamiento, aunque, Bond estaba seguro, no sería nada fácil.

Cuando estaba oculto, de repente un hombre y una mujer aparecieron cerca de él, saliendo de uno de los bunkers más cercanos. Por las fotografías lo reconoció de inmediato, mientras la cara de ella permanecía a oscuras. Era el doctor Werner von Braun, el jefe de las investigaciones.

-Herr Doctor, lo siento, he salido un momento porque necesitaba mear…

-¡Vigíle lo que dice, cabo! ¡Hay una dama presente! -rugió von Braun, señalando a la mujer, que resultó ser Hannah Reitsch. Bond palideció. Hannah, sin embargo, no reaccionó al verle. Le miró con curiosidad, como si su cara le resultara conocida. Bond sintió un sudor frío recorriendo su espalda. El juego había terminado.

-¿Se encuentra bien, Fräulein? -exclamó de repente un preocupado von Braun mientras extendía un brazo para que se apoyara Hannah en él.

-Ja… de repente me he sentido algo indispuesa… no se qué me ha pasado. Dejemos a este joven soldado y regresemos al cuartel. No me encuentro bien.

-Por supuesto, Fräulein Reitsch. Proceda, Unterfeldwebel.

Un sorprendido Bond les vio alejarse mientras la indecisión le reconcomía por dentro. ¿Había fingido ella su malestar para no delatarle? ¿O se alejaban para poder dar la alarma sin ponerle sobre aviso? Por un instante Bond no supo que hacer. Luego regresó al escondite que había preparado y esperó a la mañana siguiente.

El lanzamiento fue un desastre. El cohete A3 estalló apenas seis segundos después de su lanzamiento Bond tomó fotos de su corto viaje y de su final catastrófico, además de Hannah Reitsch, rodeada de militares y científico, de pie junto a von Braun.

Cuando Bond regresaba a la costa, todavía se preguntaba por qué Hannah no le había delatado.

El Diluvio Universal en la memoria humana

23 octubre, 2019

En la Bíblia tenemos referencia de la supuesta inundación que arrasó con toda la vida en la Tierra. Así, en el capítulo 7 del Génesis podemos leer:

«Y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron y alzaron el arca, y ase elevó sobre la tierra. Y prevalecieron las aguas y crecieron en gran manera sobre la tierra; y flotaba el arca sobre la faz de las aguas. Y las aguas prevalecieron mucho sobre la tierra; y todos los montes altos que había debajo de todos los cielos fueron cubiertos. Quince codos más alto prevalecieron las aguas; y fueron cubiertos los montes. Y murió toda carne que se mueve sobre la tierra, así de aves como de ganado, y de bestias, y de todo reptil que se arrastra sobre la tierra y a todo hombre. 22 Todo lo que tenía aliento de espíritu de vida en sus narices, todo lo que había en la tierra, murió».

Pero en otras culturas encontramos referencias a esta catástrofe. Ejemplo de ello es el Papiro Harris, un texto egipcio de la Dinastías XIX y XX. Procedente de Tebas, fue encontrado en una tumba en Deir el-Medina y comprado por A.C. Harris, en 1855:

Fue un cataclismo de fuego y agua. El sur se convirtió en norte y la Tierra volcó. «

Platón, por su parte, al referirse en su Timeo al hundimiento de la Atlántida, se expresa de la siguiente manera: «La Tierra basculó adelante y atrás, a derecha y a izquierda, moviéndose en todos los sentidos. También es cierto que Platón había bebido de fuentes egipcias, que habían llegado a través de su pariente Solón, que había hablado con los sacerdotes egipcios durante su visita al país.

En la tradición peruana también hay una referencia a esta titánica inundación.

«Durante cinco días y cinco noches, el sol no apareció en el cielo. Mientras, el océano, abandonando el litoral, regresó y se echó sobre el continente con un estruendo espantoso. Toda la faz de la Tierra fue cubierta».

El océano se lanza contra la tierra, como el Tsunami que arrasó Indonesia en 2005. Pero el recuerdo de esta tragedia no termina aquí. En la tradición de los indios choctaw hablan de otra ola gigantesca.

«La Tierra se quedó a oscuras, cuando una luz alumbró todo el norte… Pero era una ola, alta como una montaña, que avanzaba a toda velocidad».

Otra tribu de América del Norte, los tinglit, recuerdan que

«La mayor parte de la humanidad pereció en un diluvio. Los supervivientes fueron entonces víctimas de una ola de calor a la que siguió un frío intenso y una helada».

En la tradición lapona también tenemos constancia de otra ola similar:

«Avanzaba la pared de agua, espurnante, ensordecedora. Se elevó hasta el cielo, rompiéndolo todo. De un solo golpe, el suelo se levantó, se plegó, se dio la vuelta y cayó. La bella Tierra, hogar de todos los hombres, se llenó con el lamento de los moribundos».

Los mayas afirmaban que «el suelo se levantó y se hundió muchas veces en lugares diversos. Cuando cedió, diez regiones dislocadas se hundieron en las aguas, arrastrando con ellas a millones de habitantes».. Y la tradición budista del Tibet recoge que «después de un largo tiempo, pareció de nuevo el sol. La faz de la Tierra había cambiado… todo lo que había existido antes había sido destruido y la vida partió de cero». Las aguas lo cubrieron todo hasta que el dios Gya se compadeció y tuvo a bien drenar las aguas. Después mandó a la Tierra a unos hombres para civilizar a los supervivientes.

Dice el Mahabarata hindú: «La Tierra estalló y sesenta millones de las metrópolis perecieron ahogados en una sola y espantosa noche». En China encontramos la leyenda de «la familia de Fuhi», las únicas personas sobre la faz del mundo que consiguieron sobrevivir a la catástrofe en un barco y encargados de repoblar el planeta.

Se calcula que existen más de 500 leyendas en el mundo que guardan en su memoria el registro del fatal evento repartidas en más de 250 culturas.En el 95% de las leyendas, el diluvio es universal. En el 88% tenemos a una familia que se salva; en el 70% el medio de salvación es un barco; en el 67% también se salvan a los animales. La maldad humana fue la causa del desastre en el 66% y en el 57$% de las mismas los supervivientes terminan en una montaña.

Resulta evidente la similitud de tantos relatos de diferentes culturas y en diferentes rincones del planeta y la impactante coincidencia de que la leyenda pueda ser encontrada en cada nación y en cada cultura llegando incluso a las poblaciones de los parajes habitados más remotos del globo.

Pese a las sutiles diferencias entre las diferentes narraciones es fácilmente apreciable que el núcleo principal de las historias se mantiene en la mayoría de las leyendas haciendo de cada relato el mismo, aunque contado de forma diferente.

El retorno de Fu Manchú (40)

17 octubre, 2019

Erprobungsstelle der Luftwaffe Rechlin
Rechlin, Mecklenburg
16 de octubre de 1937

Hannah Reitsch tiró la palanca de control hacia atrás, levantando el morro del gigantesco bombardero pesado Junkers Ju-89, lo que hizo que el prototipo perdiera velocidad a cambio de más estabilidad. Los aterrizajes siempre eran la parte más complicada de pilotar un avión experimental, puesto que la velocidad de aterrizaje no se había probado todavía. Descansó su mano derecha sobre el control de la potencia, lista para dar más poder a los motores en caso de que el avión empezara a caer, pero no fue el caso, como ya sospechaba. A menos de que el equipo de observación encontrara algún problema, este sería el vuelo final del prototipo del bombardero estratégico Ju-89. No estaba segura, era cierto, de que este avión fuera necesario para la Luftwaffe. Un avión más pequeño y maniobrable, como el bombardero medio He-111 sería mejor para el apoyo táctico, tarea que, según el mariscal Göring y el General der Flieger Ritter von Greim, el superior de Hannh, era la tarea fundamental de la Luftwaffe. Otra cosa era que fueran a hacerle caso alguno, aunque von Greim parecía prestarle mucha atención últimamente.

Cuando el avión tocó tierra, el copiloto, el Oberleutnant Schultz, levantó uel pulgar y lafelicitó, sonriendo: «Buen vuelo, fräulein Reitsch!». Cuando descendieron por el lateral del aparato, Hannah vio a von Greim de pie junto a la entrada del edificio principal, saludándola con la mano. Ella correspondió con otro saludo, mientras se preguntaba si el interés del general en ella era algo más que profesional. Ella esperaba que no fuera el caso, porque no le interesaba realmente. Aún añoraba a Otto algunas veces, pues había sido un buen compañero de aventuras en China. Esperaba que estuviera bien, donde quiera que se encontrara.

El general, sonriente, aplaudió a Hannah mientras esta se quitaba los guantes y la gorra de piloto, dejando su pelo corto rubio al aire.

-Fantástico, Hannah! El vuelo ha sido impresionante. El general Weber, que en paz descanse, estaría muy orgulloso de esto.

-General, usted sabe que no estoy entusiasmada por este «bombarderos de los Urales», pero, como piloto de pruebas, debo decir que no tengo quejas con este avión. Para su tamaño maniobra bien, incluso con toda la carga, y tiene un alcance… bueno, increíble, pero no creo que sea útil en misiones de apoyo, así que lo tendremos que construir además de los bombarderos medios. ¿Nos lo podemos permitir?

-Bien pensando, Hannah, y te pudo decir que el mariscal opina como tú. Es más que probable que este avión no entre en servicio con la Luftwaffe, lo que es una pena, pues es un avión formidable.

Camino de la cantina de la base Reitsch y von Greim fueron comentando diversas cuestiones, como la guerra entre Haití y la República Dominica, además de la más segura intervención de EEUU. De repente, von Greim sonrió y exclamó:

-¡Basta de trabajo por hoy! ¡Vamos a celebrar esto! ¿Me harás el honor de cenar conmigo esta noche? Conozco un magnífico rest…

– Gracias, General -replicó Hannah, suspirando-, es muy amable de su parte, pero estoy completamente agotada. Me vuelvo a Berlín, donde pienso dormir una semana entera.

-Como desee, fräulein -von Greim parecía decepcionado-. Espero que nos volvamos a ver en Berlín.

Horas más tarde, esa noche, tras un breve vuelo en un transporte Ju-52 (afortunadamente como pasajera) y un viaje en taxi desde Tempelhof, Hannah llegó a su piso en la Kürfurstendamm y encendió las luces. Regresaba tras dos meses, y el piso olía a ese tiempo de abandono. Suspiró mientras se dirigia a su cuarto, camino de la cama, cuando sonó el telefono.

– ¿Ja? -contestó con otro suspiro.

– Zayat Kiss – susurró una voz femenina que sonaba como campanillas de plata. Hannah se quedó inmóvil, mirando al frente- Vas a pensar sobre el general von Greim y vas a encontrarle muy atractivo. Tendrás un affaire con él, y hablaréis mucho sobre la Luftwaffe, sobre todo sobre doctrina y planes de batalla. Recordarás todo lo que te él te diga. Cuando te ordene que te despiertes, olvidarás esta conversación. Pensarás que ha sido una llamada equivocada. ¿Me has comprendido?

-Si -replicó Hannah sin ningún tono en la voz.

-Muy bien, despierta.

La línea telefónica quedó muda. Hannah sacudió la cabeza, molesta.

-¿Por qué la gente no puede asegurarse del numero al que están llamando?

Mientras empezaba a quitarse la ropa, comenzó a reflexionar sobre la invitación de von Greim. Quizás había sido demasiado dura con él. Tal vez se había equivocado… así que decidió llamarle para aceptar su invitación a cenar.

La última batalla de Custer (24)

16 octubre, 2019

Mientras los hombres de Custer luchaban y morían, el batallón del capitán Benteen avanzaba despacio hacia el Little Big Horn. Benteen estaba furioso porque creía que Custer lo había enviado «a cazar por el valle» mientras él se llevaba la gloria de la victoria. Su humor no mejoró cuando se encontró, cerca del tipi solitario, con el sargento Kanipe, que le dio a entender que la batalla estaba casi ganada. Beteen prosiguió la marcha a paso ligero.

Al llegar al río se encontró con el corneta Martini, que le dio el mensaje garabateado por el teniente Cooke, añadiendo, en su imperfecto inglés, que los indios estaban «poniendo los pies en polvorosa» Aquí, pensó Benteen, había otra prueba de que el único que se iba a llevar la gloria era Custer. El capitán refunfuñó, aumentó el paso al trote y ascendió los riscos que Custer había dejado atrás una hora antes. Quince minutos más tarde se encontró con Reno, cuyos hombres luchaban en lo alto de la colina o intentaban llegar a ella.

-¡Por dios, Benteen, detén a tus tropas y ayúdame! He perdido a la mitad de mis hombres -dijo Reno tartamudeando.
-¿Dónde está Custer? – preguntó Benteen.
-No sé -contestó Reno-. Se marchó río arriba y no he vuelto a verlo ni a saber de él.

Cuando los indios se retiraron de forma inesperada, Benteen, consciente ahora de que era muy probable de que Custer estuviera en peligro, mostró a Reno la nota de «Venga pronto» y sugirió al mayor que le acompañara a «establecer contacto» con Custer. Reno se negó a moverse hasta que llegara la caravana con la munición y Benteen no insistió ni se marchó con su propio batallón. «Dio por hecho que el general Custer era capaz de cuidar de sí mismo».

Era claro que Reno no servía para nada. Según muchos oficiales y soldados, tras la llegada de Benteen, Reno sólo prestó atención al whisky. Al parecer, cuando la columna de suministros llegó a Reno Hill a las cinco y veinte, más o menos cuando murió Custer, Reno alardeó ante el comandante «Mire, todavía me queda media botella».

Mientras Reno bebía y Benteen dudaba, los soldados en la colina no dejaban de escuchar continuas ráfagas de disparos y se preguntaban porqué nadie ordenaba un avance. El capitán Thomas B. Weir, al cabo de una hora de tratar de dilucidar el orígen de los disparos, ordenó a su compañía avanzar hasta un promontorio situado a más de un kilómetro al norte de Reno Hill. Cinco kilómetros al norte se divisaba una nube de polvo negra y, a un kilómetro y medio de distancia, el poblado indio. Cuando Reno y Benteen se reunieron con Weir a las seis de la tarde, los disparos habían terminado. Con los prismáticos algunos oficiales creyeron divisar a indios disparando y lanzando flechas a objetos en el suelo. Esa imagen les desconcertó. ¿Dónde podría estar Custer? No se les pasó por la cabeza de que su batallón hubiera podido ser aniquilado.

Al cabo de unos minutos, toda la fuerza india se lanzó hacia Weir Point como un enjambre. No se dio orden alguna. Las compañías se retiraron a Reno Hill, donde el mayor devolvió su atención a la botella. El desorden reinó hasta que Benteen se hizo cargo y estableció un perímetro defensivo en una depresión con forma de sartén.

Apenas tenían un elemento natural tras el que ponerse a cubierto. Sólo tenían tres palas para cavar trincheras, por lo que usaron cajas, sillas de montar, sacos de forraje y animales muertos como parapetos. Era escasa protección para los indios que rodeaban la colina, que estuvieron atacando hasta que, al anochecer, regresaron al poblado.

El 26 de junio, al alba, los indios reanudaron el ataque, con disparos a larga distancia. Ese día, de los 367 defensores de Reno Hill, 7 murieron y 41 resultaron heridos. Al aumentar el calor, el agua se convirtió en un bien escaso. Benteen dio lo mejo de sí. Planeó un contraataque que eliminó a los guerreros más cercanos y, acto seguido, pidió voluntarios para ir a coger agua del río. Fueron doce cargados con calderos de campamento y cantimploras. Todos volvieron.

´Hacia las tres de la tarde los indios se retiraron. Cuatro horas después, oculto por un parapeto de matorrales en llamas, el poblado de Toro Sentado se retiraba hacia el sur, en dirección a las montañas Bighorn. Informados que una gran fuerza enemiga se aproximaba ascendiendo por el valle del Little Bighorn, se retiraron

A la mañana siguiente el general Terry llegó hasta las líneas de Reno a la cabeza de la columna del coronel Gibbon. Cuando le preguntaron dónde estaba Custer, el general respondió «Por lo que yo sé, yace en esa colina a unos seis kilómetros de aquí, ahí abajo, con todos sus hombres, que también han muerto». Benteen no pudo disimular su odio hacia Custer «Casi no me lo puedo creer Debe de estar por el Bighorn, río abajo, apacentando a sus caballo. En la batalla del Washita abandonó aparte de sus tropas, así que creo que lo volvería a hacer otra vez». Terry le contestó: «Te equivocas, de modo que vas a coger a tu compañía y vas a ir allí abajo donde yacen los muertos y lo vas a comprobar tú mismo». Así lo hizo y volvió pálido. «Los hemos encontrado -tartamudeó al volver- aunque no me lo esperaba».

La batalla del Little Bighorn costó a los indios 41 muertos (31 hombres, 6 mujeres y 4 niños) y en torno a un centenar de heridos. El 7º de Caballería perdió 258 muertos y 60 heridos, junto a 3 civiles y 3 exploradores heridos.

Irónicamente, esta gran victoria se convirtió en un triunfo más devastador para ellos que una derrota. Tras una década de amenazas, el gobierno de EEUU estaba unido en aplastar a Toro Sentado y a Caballo Loco y encerrar a los lakotas y los cheyennes en reservas de una vez por todas.

La ofensiva norteamericana, dirigida por el general Nelson A. Miles, comenzó en octubre de 1876. En mayo de 1877, Toro Sentado se escapó a Canadá. Pocos días después, Caballo Loco se rindió en Fort Robinson, Nebraska. Finalmente sería asesinado el 4 de septiembre de 1877 cuando lo intentaron detener para evitar que se escapara de la reserva. Toro Sentado terminó regresando con los suyos a Estados Unidos en 1881 y corrió el mismo destino que Caballo Loco, siendo asesinado el 15 de diciembre de 1890. Para entonces, la mayoría de los indios (mal)vivían en reservas.

La masacre de Wounded Knee sería el punto final de las Guerras Indias.

La última batalla de Custer (23)

14 octubre, 2019

El batallón de Custer continuó hacia el norte bajando por la quebrada Cedar hasta que fue a dar con un amplio barranco llamado Medicine Tail que daba al río. Ahí Custer se enfrento a dos opciones: descender el barranco para encontrar un vado o mantener a las tropas en lo alto, en la quebrada, y esperar a Benteen.

Tras abandonar la seguridad de la caravana de suministros, Boston Custer llegó galopando desde el sur. Puede que le dijese a su tío que el tren de suministro estaba a salvo y que Benteen estaba subiendo por la misma ruta que él. En cambio, Mitch Boyer le trajo malas noticias. Había sido testigo de como Reno se retiraba hacia el bosque.

Con la esperanza de distraer la atención enemiga de Reno, Custer condujo dos compañías al mando del capitán Yates por el barranco Medicine Tail y fintar que atacaban el poblado. Las otras tres, al mando del capitán Keogh, se situaron sobre una colina que daba a las dos quebradas, tanto para proteger su retaguardia como para guiar a Benteen.

La maniobra estuvo a punto de tener éxito. Había menos de 50 guerreros agazapados entre los álamos del vado de Medicine Tail cuando llegaron Custer y Yates, pero fueron suficientes para repeler a los atacantes. Varios soldados cayeron muertos o heridos y los restantes, en torno a 80, se retiraron por una corta llamado barranco Deep en dirección norte. Cientos de guerreros que volvían de luchar con Reno se unieron en el vado. La avanzadilla de soldados que iban a pie dispararon varias descargas sin demasiado éxito. Toro Sentado atribuyó esta pobre actuación al agotamiento. «Cuando se bajaron de los caballos, casi no se podían tener en pie».

Mientras, Keogh se había retirado a una suave loma (Calhoun Hill), 1.500 metros al norte del límite inferior del poblado indio. Calhoun Hill representaba el extremo sur de una cresta sinuosa y árida llamada hoy Battle Ridge. Poco antes de las cinco de la tarde, Custer y Yates se reunieron con Keogh en Calhoun Hill. Mientras Custer planeaba su siguiente paso, Keogh desplegó sus hombres en línea de escaramuza para contener a los guerreros que iban llegando por el barranco Deep, y dispuso al resto detrás, en la cresta, como reserva. Los indios avanzaban sin prisas, sin cargas precipitadas, cubriéndose entre los matorrales. Los defensores de Calhoun Hill eran un objetivo fácil, pues tanto si se arrodillaban como estaban de pie, su silueta sobresalía en la cumbre desnuda.

No había señal alguna de Benteen. Antes de que la línea de Keogh se deshiciera, Custer dirigió a las dos compañías de Yates en una carga por la cresta, esperando vadear el Little Bighorn, tres kilómetros al norte del poblado y capturar a las mujeres y niños que hubieran huido del poblado. Fue una maniobra desesperada. Sólo tenía 60 hombres contigo y a pesar de ello esperaba abrirse paso a través de varios miles de indios no combatientes y coger suficientes prisioneros para poner fin a la batalla.

No llegó al vado. Los guerreros cheyennes apiñados entre los matorrales junto al río, lanzaron una lluvia de flechas y balas contra la caballería. Otro contingente se dirigió al norte y atacaron su flanco. Los soldados se dieron media vuelta y se retiraron hacia la loma norte. La iniciativa estaba en manos de los indios.

Caballo Loco entró en combate y selló el destino de Keogh. Rodeó sus defensas, encontrándose con un desfiladero al este de Battle Ridge con el sobrino de Toro Sentado, Toro Blanco. Allí le retó a cargar contra Custer, de la misma manera que hiciera en el Yellowstone, tres años atrás. Toro Blanco aceptó con cierta reticencia. Ambos galoparon por un hueco entre las filas de los soldados y regresaron indemnes para repetir la hazaña, que fue imitada.

Cuando los soldados se detuvieron para recargar, aparecieron los guerreros de la ladera meridional. En medio de la confusión, los caballos huyeron hacia el río. Algunos soldados se quedaron aturdidos e intentaron rendirse. Otros se disparaban así mismos. Pero no era un día para misericordia

A medida que la línea de Keogh se desmoronaba -murieron 20 hombres alrededor del capitán-, Custer reunió los restos del batallón de Yates y del contingente de Keogh en la colina situada en el extremo norte de Battle Ridge. Dispararon a los caballos para usarlos como defensar. Puede que en total hubieran 90 hombres, presas de un terror inenarrable y rodeado de indios.

Nadie puede afirmarlo, porque los indios no sabían que luchaban contra Cabello Amarillo, pero, al parecer, Custer fue uno de los últimos en morir. Una bala le alcanzó en el pecho y otra en la sien derecha. Se desplomó sobre los cadáveres de dos o tres soldados de manera que su espalda no tocaba el suelo. Su hermano Tom murió a unos seis metros de distancia.

En la lucha final, 40 hombres lograron abrirse paso por un hueco en las filas indias y corrieron hacia el río, la mayoría gateando por un desfiladero que se iba empinando a medida que se acercaban al Little Bighorn. Los indios los acribillaron mientras huían. Así cayeron Boston Custer y Autie Reed.

Hacia las cinco y media todo había terminado.

La última batalla de Custer (22)

12 octubre, 2019

Toro Sentado no participó en el combate contra Reno. Se quedó atrás. Cabalgó contemplando la carnicería. Los soldados habían caído en el campo, como había anunciado su visión, pero su gente se había olvidado del mandato y estaban profanando los cuerpos. Isaiah Dorman, un intérprete negro de Custer casado con una mujer lakota, estaba vivo, pero sangraba por una herida en el pecho. Cuando un grupo de guerreros se agrupó en torno a él, les rogó: «Amigos, ya me habéis matado, no contéis los golpes». Dorman había ayudado en una ocasión a Toro Sentado, por lo que el jefe intervino en su favor. Los guerreros le hicieron caso, pero las mujeres que estaban rematando a los heridos no. Una mujer hunkpapa le disparó. Para asegurarse su agonía en el más allá, ella sus compañeros lo mutilaron.

Toro Sentado se unió a los guerreros que galopaban al norte para enfrentarse a un nuevo grupo de soldados que atacaban el extremo inferior del poblado. Como correspondía a un jefe veterano, no fue a luchar sino a proteger a los que no combatían.

Sólo Custer sabía que quiso decir cuando prometió que apoyaría a Reno Quizás tenía intenciones de seguirle, como esperaba el mayor, pero otros acontecimientos le obligaron a cambiar los planes. Mientras sus hombres abrevaban a sus caballos, llegó el teniente Varnum para confirmar que el poblado estaba al otro lado del valle. Entonces, también llegaron noticias de que Reno se había encontrado con indios. Así que Custer decidió lanzar un ataque de flanco para atrapar al enemigo entre dos fuegos. Hubiera preferido esperar a Benteen, pero no había tiempo.

A las tres de la tarde Custer condujo su fuerza en columna de a dos, las cinco compañías una junto a la otra, a través del Little Bighorn hacia la elevación de la orilla este en busca de un lugar adecuado para cruzar. Fue entonces cuando divisó el poblado, el mayor que jamás hubiera visto un hombre blanco. Aunque la perspectiva de un segundo Washita pudiera resultar atrayente, su enormidad era un problema para el coronel. Su hermano Tom se presentó ante el sargento Daniel Kaspe de parte de su hermano: «Vaya al capitán McDougall y dígale que traiga el tren de avituallamiento campo a través. Si se suelta algún paquete, córtelo y venga rápido, hay un gran campamento indio. Si ve al capitán Benteen, dígale que venga rápido: hay un gran campamento indio».

La columna de Custer llegó al galope al extremo sur de una quebrada bordeada por cerdos. Mientras los soldados aseguraban sus cinchas, los hermanos Custer subieron a una colina. La escena era preocupante, pero, en su opinión, tenían una ventaja. En el poblado había pocos guerreros; la mayoría estaban luchando contra Reno, que parecía estar aguantando bien: su retirada hacia el bosquecillo sucedería veinte minutos después.

Custer dijo a sus hombres que iban a atacar el poblado, tras lo que despidió a sus exploradores crows, pues ya habían cumplido su misión. Pero como no había ni rastro de Benteen, Custer envió a buscarlo al corneta Giovanni Martini, un inmigrante italiano que no dominaba demasiado el inglés, por lo que Custer garabateó un mensaje para él: «Benteen, Venga. Gran poblado. Apresúrese. Traiga munición. W. W. Cooke. P. Traiga munición». Al ponerse en marcha, Martini miró hacia atrás. Eran las tres y media de la tarde y vio a la caballería bajar galopando la quebrada Cedar.

Aquí terminan la versión de los testigos del ejército de la última batalla de Custer. Tres indios crows que se quedaron rezagados para vigilar un poco más el poblado, dieron informes algo confusos y de poco valor. Por lo tanto, tras la marcha de Martini, los movimientos de Custer son solo una pura conjetura, objeto de teorías siempre cambiantes basadas en las marcas que señalaban donde cayeron los soldados, del polvo del terreno y de las balas recuperadas. El escenario que sigue se ha bosquejado a partir del testimonio indio y de estudios modernos sobre la batalla.

La última batalla de Custer (21)

10 octubre, 2019

El poblado lakota y cheyene estaba dormitando bajo el asfixiante sol de mediodía. Había rumores sobre soldados a caballo a lo lejos, al oeste, pero nadie esperaba que hubiera problemas ese día. De repente, comenzaron los gritos de alarma y se escucharon las primeras descargas, que destrozaron los mástiles de los tipis. Las mujeres y los niños, mientras los ancianos y las mujeres entonaba cantos fúnebres y los guerreros se preparaban para atacar. La resistencia era espontánea y el liderazgo mínimo.

El jefe de guerra hunkpapa Agalla perdió dos de sus mujeres y tres de sus hijos en la primera descarga. Por eso decidió luchar contra los soldados «con el hacha en la mano», es decir, mutilando de manera indiscriminada.

Cuando una multitud de enemigos rechazó a los arikaras que intentaban capturar los ponis y amenazó el flanco izquierdo de Rino, el mayor replegó la línea de escaramuza a un bosquecillo, reuniendo a los soldados y a sus monturas. Esto desconcertó a sus hombres. Hasta ese momento sus bajas habían sido mínimas: un hombre herido durante los veinte minutos en los que se luchó en línea de escaramuza. Reno atisbó a Custer, que contemplaba la acción desde un peñasco en la orilla oriental, a un kilómetro y medio de distancia. Antes de dar media vuelta, el coronel había agitado su sombrero. Reno interpretó que Custer aprobaba su decisión de formar una línea de escaramuza.

A medida que aumentaba el número de guerreros indios, también lo hacía su coraje. El jefe de guerra hunkpapa Halcón de Hierro reunió a un grupo en la ribera, detrás del flanco derecho de Reno, para infiltrarse detrás de sus filas. Algunos guerreros comenzaron a arrastrarse para prender fuego a los matorrales al borde de la arboleda.

Cinco minutos después de entrar en la arboleda, Reno gritó a sus hombres que montaran sus caballos y que se prepararan para ir al galope al vado situado tres kilómetros río arriba por donde habían entrado en el valle. Quizás allí, pensó Reno, podría unir sus fuerzas con Custer o Benteen, allá donde estuvieran. Quizás pensó que Custer lanzaría un ataque de flanco para aliviar la presión que sufrían sus hombres, pero no había tiempo para descubrirlo. Pese a que la decisión implicaba galopar a campo abierto por un buen trecho perseguidos por los indios, a más de un soldado le pareció un alivio.

Pero muy sensato que fuera el plan, su ejecución tuvo fallos. Al no tener un corneta, las órdenes se tuvieron que repetir de viva voz, de fila en fila. Pocos alcanzaron a oírle o sabían qué había ordenado. Peor todavía, Reno no se ocupó de cubrir su retirada y, cuando los soldados dejaron de disparar, los guerreros de Halcón de Hierro dispararon una descarga a corta distancia. Una bala alcanzó al explorador Cuchillo Sangriento, cuya sangre, sesos y astillas óseas salpicaron a Reno en la cara y la camisa. Esto, junto al efecto del alcohol, acabaron de confundir a Reno, que comenzó a actuar de manera incoherente. Primero ordenó a sus hombres que desmontaran y luego que montaran de nuevo. Al final se limitó a gritar «todos los que queráis escapar, seguidme» y huyó.

Una multitud de sioux les bloqueó el camino valle abajo, lo que les forzó a ir hacia la izquierda a través de una estrecha senda que daba al Little Bighorn, un kilómetro y medio río abajo de la desembocadura de Trail Creek. El combate fue cuerpo a cuerpo. Los caballos de los soldados estaban casados y los de los indios frescos.

La fuerza que impulsaba a la multitud de sioux era Caballo Loco, que había llegado al campo de batalla poco antes de que los hombres de Reno abandonaran el bosquecillo. Cuando comenzaron los disparos, estaba bañándose en el río. En vez de ir directo hacia el combate, consultó con un hombre-medicina e invocaron juntos a los espíritus para fortalecer la medicina personal de Caballo Loco. Después se lanzó al ataque.

Por donde intentaban cruzar los aterrados soldados y sus agotadas monturas, la anchura del Little Bighorn alcanzaba entre 8 y 16 metros de ancho y el agua helada llegaba hasta la panza de los caballos. Los que conseguían atravesar el río se enfrentaba a la ardua subida de un risco empinado y resbaladizo quebrado por estrechos barrancos. La superficie de arcilla ofrecía poca tracción a los caballos.

Reno fue uno de los primeros en alcanzar la cima de la colina que llevaría su nombre. Había perdido el sombrero y llevaba un pañuelo rojo atado alrededor de la cabeza y, con una mirada feroz, corrió por la cresta. Los soldados se derrumbaban por la fatiga a su alrededor. Algunos lloraban, otros maldecían. El «ataque» le había costado a Reno 32 soldados, 3 oficiales y 3 civiles. Desde la cumbre, los soldados veían a los indios desnudar a los caídos, arrancarles las cabelleras y mutilarlos. Dos exploradores arikaras habían muerto. El resto habían huido río arriba con los ponis lakotas. Veinte soldados estaban desaparecidos. Muchos de ellos, que se habían perdido en el bosque lograrían llegar hasta Reno Hill. Trece soldados heridos más lograron llegar a la cumbre. De no haber sido por la polvareda levantada por los caballos, que reducían la visibilidad a unos quince metros, las bajas habrían sido mayores.

Una vez en la cima de la colina, los soldados de Reno estuvieron a salvo por el momento. No les perseguía nadie. De hecho, los indios habían dado la vuelta y galopaban hacia el norte, con un objetivo que, en ese momento, ni Reno ni sus hombres podían imaginar.


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