Archive for noviembre 2019

Pareja de sombras (3)

30 noviembre, 2019

La oscuridad nocturna de la medianoche estaba tan cerrada como los ojos de Fermín, al que el alcohol hacía caminar muy lentamente por la calle Cid en pos de la Rambla de Santa Mónica. La música del dancing club aún resonaba amortiguada en su cabeza. La pared en la que se apoyaba le otorgaba una estabilidad que sentía lejana en aquellos momentos.

En lugar de despejarle, el denso aire nocturno sólo contribuyó a enturbiarle los pocos pensamientos coherentes que se escapaban bajo el muro del alcohol. No paraban de repetirle que fuera con cuidado, que el suelo estaba muy resbaladizo por la lluvia y los meados, pero la brisa se llevaba esos pensamientos muy lejos y los olvidaba sin ser consciente de que lo hacía. Su casa quedaba a un largo trecho; se encogió de hombros. Le vendría bien un largo paseo.

Cuando dejaba atrás el Arco d’en Cirés la borrachera le murmuró que alguien le estaba vigilando, pero sabía que no era verdad. ¿Quien le iba a espiar, hombre? Giró a la izquierda y se desconcertó un momento al no reconocer la calle, por lo que empezó a subirla con más lentitud y algo de grima. Al llegar a la esquina, allá a la derecha y a lo lejos, le pareció ver la calle de la Unión, pero con aquella niebla no estaba muy seguro. El suelo estaba igual de resbaladizo y si no iba con cuidado se iba a partir la crisma.

No se dio cuenta de la figura que salió de la oscuridad de la calle Sant Oleguer y comenzó a caminar rápidamente detrás de él. La niebla desdibujaba sus contornos y amortiguaba sus pasos. No eran más que una mancha veloz que se acercaba a un borracho en una calle oscura de una ciudad aterida por la humedad del Mediterráneo.

Sin saber como se vio andando por Escudellers. ¿Cuándo había cruzado las Ramblas? La calle, estrecha, estaba más oscura que nunca y los faroles apenas iluminaban. Eran una mala calle para pasear a esas horas, con tanto putero, camello, puta, drogadicto y carterista suelto. Bueno, no estaba muy lejos de la bodega Seuba, a Canvis Vells, cerca de Santa María del Mar. Quizás estarían por allí el Juanillo o el Tomasillo…

Lo vio por el rabillo del ojo. Estaba a pocos pasos de él. Sólo era una sombra, pero retrocedió unos pasos, tan amilanado como sobresaltado. No pensó en salir corriendo. Tal y como estaba terminaría en el suelo. Intentó decir algo, pero sólo le salieron palabras barbotadas, las típicas de un borracho. La figura se le acercó y le sujetó del cuello. Los ojos se le salieron de las órbitas por lo que vio.

El terror brotaba por todos sus poros cuando su atacante lo lanzó al sueloa. En el suelo, aterrado, Fermín lanzó un grito de borracho que sonó como un grito de borracho. El miedo puso fin a la borrachera y, de repente, fue consciente del extraño olor que emitía su agresor. Parecía una mezcla de olor a tierra, a humedad de una habitación cerrada, a hongos, a ropa mojada y remojada, y a sangre coagulada. Su piel era blanca y fría, muy fría. Entonces le vio los ojos. Eran los de un lobo hambriento y enloquecido. Y los dientes.

Le aplastó la cara contra el suelo con la mera fuerza de sus manos desnudas, sintiendo unas uñas largas y rotas en su piel, y luego le desgarró el cuello de la camisa. El farol osciló sobre su cabeza y la oscuridad tapó de nuevo a la figura imposible que se cernía sobre él. Fermín respiraba a mordiscos, como un pez fuera del agua que se ahoga rodeado de aire impuro.

De repente, otra figura apareció en mitad de la calle y su atacante se volviò hacia ella con sonidos y siseos animales, presintiendo el peligro y olvidándose de su presa. Sus pies se alejaron justo cuando Fermín escuchó un sonido metálico. Pudo percibir el sonido de cuerpos chocando contra la piedra, gemidos animales y algo afilado rozando los muros con un chirrido insufrible, el terrible sonido del metal cortando la carne y los huesos, y un aullido inhumano. Entonces llegó el silencio, tan inesperadamente como sus agresores.

Una cabeza pasó rodando por delante de sus pies. Fermín deseó caer inconsciente, pero permaneció con los ojos abiertos y temblando de puro terror mientras gritaba con gritos de borracho que se apagaron de manera paulatina. Luego el silencio otra vez.

Quien hubiera cortado esa cabeza se le acercaba. Escuchaba sus pasos. Una figura envuelta en un gabán se detuvo ante él. Se apoyaba en un bastón. El farol brillaba a intervalos y no sabía si le observaba su salvador o su verdugo.

-Váyase a casa.

La figura se dio la vuelta y desapareció en la oscura noche con un alabeo de su gabán.

Durante unos minutos húmedos, fríos y eternos Fermín fue incapaz de moverse. El terror había reemplazado a la borrachera e iba a tardar en irse. Con un gesto de desesperado temor se puso a buscar a cuatro gatas la cabeza que había rodado por delante de él, para convencerse de que lo que acababa de vivir no era una pesadilla etílica, pero no encontró nada en la solitario y oscura calle. Asombrado, Fermín miró a su alrededor y un reflejo brillante le llamó la atención. Extendió la mano y tocó algo metálico que se acercó a la cara.

Eran unas gafas redondas.

Pareja de sombras (2)

28 noviembre, 2019

Con el corazón en la garganta latiendo como un desesperado, Fermín llegó con un ligero retraso a su cita laboral tras volar con los pies por medio Raval para meterse en el metro de cabeza cruzando los dedos para que el trayecto pasara lo más rápido. Aún así, como ya he dicho, llegó con una pequeña falta de puntualidad. Una hora tarde, para ser exactos.

Su nuevo jefe le esperaba sentado al otro lado de un gran escritorio. El despacho era tan grande como la casa de Fermín. Pero lo cierto es que no se dio cuenta de la espartana sobriedad de la estancia. Bastante tenía Fermín con trasegar su vergüenza por llegar tan tarde y por el hombre que le observaba, atento y erguido como don Juan de Austria en su galera a punto de dispararse el primer cañonazo de la batalla de Lepanto. Unas pocas canas le rubricaban las sienes. Le miraba desde unas gafas redondas que hacían que sus ojos parecieran más grandes.

-Buenos días -dijo con una vez sorprendentemente suave. Fermín se sorprendió, pues le sonó como si hablara con cualquier habitante del Raval. Soy Miquel Sabater.

-Buenos días para usted también – contestó con torpeza, sudando aún y luchando contra las ganas de resoplar por el esfuerzo.

Mirando un reloj de plata muy pulida, su jefe comentó:

-Tenía que estar aquí usted a las ocho. Son las nueve.

Fermín tembló por dentro y se encomendó a todos los santos, incluso a aquellos en los que no creía, que eran todos los que recitó a la carrera. Una excusa se le quedó en la punta de la lengua cuando iba a pronunciarla, porque, por algún motivo, supo que a aquel hombre no le iba a poder engañar con uno de sus habituales embustes.

-Usted dispense, señor Sabater. Se me han pegado las sábanas.

Sabater le miró fijamente durante unos instantes. A Fermín le pareció verle sonreír fugazmente.

-Que no se vuelva a repetir. Deje la chaqueta en esa percha y siéntese, que tengo mucho de lo que hablar con usted.

Cuando la reunión estaba terminando y Fermín ya se levantaba para ponerse camino de su puesto de trabajo cuando Sabater le disparó a quemarropa.

-Mire, Fermín, no le voy a dar ninguna lección de moral. Usted no es mala persona, pero el vino no le ayuda a ser mejor persona. No me importa lo que usted haga después de su jornada laboral. Mientras aquí cumpla con su deber, me vale. Lo que haga fuera es asunto suyo. Pero si lo que hace en su tiempo libre interfiere con su trabajo, entonces sí será asunto mío.

Fermín tragaba saliva pensando en qué responder cuando su jefe, todavía mirándole atentamente, le remató:

-El capitán general ha declarado el toque de queda en toda Barcelona en cuanto se ponga el sol, empezando por hoy. Y pobre del que salga a la calle llevando algo peligroso, aunque sean unas tijeras. ¿Me explico, Fermín?

-Perfectamente, señor Sabater.

Los ojos que le miraban desde detrás de las gafas redondas brillaron con la luz de la mañana, dándole el aspecto de un duende malicioso.

Pareja de sombras (1)

26 noviembre, 2019

I. Pareja de sombras.

Luego no supo si fue el grito de los niños o el claxon del coche lo que le despertó, pero lo cierto es que le hizo levantar la cabeza con brusquedad. Entonces un martillazo seco en la sien acabó no sólo con el hilo de sus pensamientos sino con todo atisbo de energía que le quedara en el cuerpo.

Aún no se había quitado de encima la pesadez del sueño y su cuerpo ya le estaba recordando los excesos de la noche anterior. Siguiendo su hábito antiguo y bien probado, ni se preguntó qué habría hecho. Total, para qué. Chapotear entre los recuerdos líquidos de sus noches nunca era una buena idea.

Los sonidos y olores varios que llenaron sus sentidos olfativos le confirmaron que no soñaba y le informaron, de paso, de dónde se hallaba. Ah, hogar, dulce hogar. Se apoyó los puños contra las sienes como si pudiera apretarse de esta manera el cerebro y la resaca y poner a uno en camino y la otra en silencio pero, como siempre, no sirvió para nada. Gimió en silencio mientras se lamentaba porque el dolor que le aserraba la cabeza era sólo eso, dolor.

La habitación era pequeña y austera, con las paredes pintadas de un color verde botella que alguien habría escogido, sin duda alguna, en mitad de una grandísima borrachera. Al otro lado de la cama, una cortina separaba el dormitorio del cuarto de baño donde una mujer se aseaba la entrepierna en una palangana. Un momento. Su casa no tenía las paredes pintadas de ese color.

-Buenos días, Fermín. Pensaba que te ibas a quedar todo el día en la cama, como los ricos de la parte alta.

Primero fue la voz. «Joder, estoy en casa de la Julia, la madre que me…». Y luego las palabras que se fueron filtrando en su cerebro, que en otro momento le hubieran hecho mascullar palabras de alto voltaje, ahora dejaron helado a Fermín, que se golpeó la frente con la palma de la mano para después arrepentirse con toda su alma del gesto, pues por un momento sintió como su cerebro, que se hallaba en estado líquido y flotante en esos instantes, rebotaba contra todas las paredes de su cráneo.

-Ay mi madre…
-¿Qué te pasa?
-¿Qué que pasa? Pues que la he cagado fuerte. ¿Qué hora es?

El retorno de Fu Manchú (44)

20 noviembre, 2019

Beijing, antigua capital imperial de China
El Palacio del Consejo de los Siete del Si-Fan
30 de noviembre de 1937

La risa de Fah Lo Sue recorrió los perfumados confines de su dormitorio. Se recostó en su almohada, jadendo y riendo incontrolablemente. No se había sentido así de feliz y relajada desde… quizás nunca. Y aquí acaba de descubrir que los occidentales no eran tan malos amantes como creía… Otto había sobrepasado sus expectativas por un largo trecho. Tanto que incluso había perdido el mundo de vista unos segundos después de llegar a la Lluvia y las Lunas. La primera vez, al menos. Y tal vez la quinta. Había sido un acierto ponerlo a prueba después de que finalizara su entrenamiento con la captura de Pu-Yi.

​-¡Tú! ¡Demonio!¿Dónde aprendiste a… hacer eso que acabas de hacerme?

-Sólo quiero complaceros, Ama -dijo Skorzeny, tumbado sobre un costado en la cama y sonriendo maliciosamente.

De nuevo, ella se puso a reir, lo que sonó como música celestial para Sorzeny.

-¡Bien! ¡Lo haces muy bienl! – le acarició el pecho velludo con una gesto cariñoso. Lo miró, y de repente se puso muy seria – No he sido demasiado buena contigo, ¿verdad? No, no contestes – dijo suspirando-. ME gustaría poder regalarte algo. ¿Qué te gustaría? ¿Dinero? ¿Opio? ¿Otras mujeres? Ni pensarlo… -se puso encima de él, sonriendo lascivamente-. Eres mío. ¡Todo mío!

Skorzeny sonrió rodeándola con sus brazos

-Entonces liberame, Fah. No necesitas esa «persuasión» para que yo te amo. Ya lo hago y seguiré…

Fah Lo Sue se apartó y se quedo en el borde de la cama, dándole la espaldaa.

-¡No! ¡No pudo hacer eso! Lo dices ahora, porque no tienes ni idea… ¡me odiarás! -de repente su voz se volvió juguetona- Además, esclavo, todavía necesito todas tus habilidades. No, no te voy a liberar. ¿Quieres algo más?

Skorzeny suspiró desesperado. Había estado tan cerca de lograr su libertad…

-Déjame volver a mi país. Aún podré servirte ahí.

-Eso está bien -dijo volviéndose hacia él y sonriendo- Muy bien, puedes volver a Viena y regresar a tu vida allí hasta que vuelva a necesitarte. De hecho, creo que necesitaré a alguien en Austria con todo lo que está pasando.

-¿Qué quieres decir?

-Hace unos días, el Reich alemán e Italia firmaron un tratado llamado Anti-Comintern. Ya te puedes imaginar lo que eso significa para Austria…

-¡Por fin! ¡Anschluß! -dijo Skorzeny sonriendo como un lobo.

-No hay nada seguro todavía. Aún hay oposición en Austria a la unión con Alemania, y el Si-Fan quiere ver al Reich reforzado. Tú podrías sernos útil dentro del partido nacionalsocialista austríaco par ayudar a eliminar… obstáculos para la unificación.

¿Quién ordenó bombardear Gernika?

16 noviembre, 2019

¿Quién ordenó bombardear Gernika?

Franco. Esa es la simple y sencilla respuesta, pues él era el único con potestad para ordenar el bombardeo de centros urbanos.

El mando de la fuerza aérea nacionalista la ejercía Franco a través del general jefe del Aire, Alfredo Kindelán, quién recibía las órdenes de misión directamente De Franco. La aviación de cooperación estaba también al mando del general Franco, que dirigía sus acciones asesorado por el jefe del Aire y los de estado mayor de los tres ejércitos.

Las instrucciones generales de 17/11/36 establecen que los bombardeos a distancia, estratégicos o de terror tan sólo los podía ordenar el mando superior. En resumen, nadie bombardeaba sin el permiso explícito de Franco. Mola y Kindelán podían proponer, pero sólo Franco podía ordenar un bombardeo sobre un centro urbano.

Ni el general Hugo Sperrle ni mucho menos el general Wolfram von Richthofen podían bombardear centros urbanos sin la previa consulta, acuerdo y orden del cuartel general de Franco. El documento titulado «Statto Maggiore italo-tedesco presso generale Franco» (10/02/37) indica que el mando italo-germano no era independiente y exigía la coordinación de Franco y Sperrle, por lo que ambos mantenían contacto directo y diario. La Aviazione Legionaria que actuaba en el frente Norte dependía de la Legión Cóndor desde el desastre de Guadalajara. Tanto el general Velardi como el general Batisco expresan que la aviación italiana bombardeaba ciudades españolas siguiendo órdenes del mando español.

Si el bombardeo de Gernika hubiera sido una hipotética violación de las ordenanzas de guerra, se hubiera sancionado debidamente al infractor. Eso no sucedió. De hecho Franco, el 27 de abril, ordena negar que Gernika hubiera sido bombardeada, disponiendo que se diga que eran los «rojos» los autores.

Si Sperrle y Richthofen se pasaron por alto el informar a Franco, nadie explica el por qué. Ni porqué el coronel Vigón, al tanto de las operaciones, no informó a sus superiores. Eso supondría que Kindelán no sabía que sucedía ese día en los aeródromos del Norte y que nadie le informó de lo que sucedía.

Por cierto, tengamos en cuenta que el mando italiano también ocultó su participación a Franco. Y que fue una operación en la que intervino el 20% de los efectivos aéreos «nacionales» en toda la península Ibérica. ¿Puedo semejante despliegue pasar inadvertido a Franco? No.

Todo ello resulta exageradamente improbable.

Queipo de Llano, con posterioridad al bombardeo de Durango, anunció que la aviación nacional iba a dejar Gernika «más plana que mi apellido»

Más información en

Gernika
Xabier Orujo
Ediciones Crítica, 2017

La génesis de la guerra civil española

15 noviembre, 2019

La guerra civil española comenzó el 14 de abril de 1931, aunque no sabemos con seguridad si fue en un despacho o en la casa del conde de Guadalhorce, Rafael Benjumea Burín.

Ese día, mientras se celebraba la proclamación de la Segunda República, se reunieron personalidades de la oposición monárquica. Entre los asistentes figuran el anfitrión, José Calvo Sotelo, el marqués de Quintanar, Ramiro de Maeztu y José Antonio Primo de Rivera, entre otros. Allí abordaron la creación de un partido político para derrocar a la naciente República.

Otra reunión tuvo lugar a principios de mayo en la mansión del marqués de Quintanar. Asistieron el conde de Vallellano, varios militares (generales Luis Orgaz y Miguel Ponte, comandante Heli Rolando de Tella), el periodista Juan Pujol, fiel esbirro de Juan March, Julio Danvila y Santiago Fuentes Pila, ambos monárquicos. Tras la quema de conventos de mayo, se sumaron los condes de Arcentales y de Pardo Bazán y el general José Cavalcanti.

Así comenzó la conspiración contra la República, el día mismo de su proclamación.

Para más información

¿Quién quiso la guerra civil? – Historia de una conspiración.
Ángel Viñas
Editorial Planeta, 2019

El retorno de Fu Manchú (43)

13 noviembre, 2019

Harbin, capital del imperio de Manchukuo
20 de noviembre de 1937
continuación…

Como cada noche durante las dos últimas semanas desde que había visto la maldita foto, Pu-Yi no podía dormir: tenía demasiado miedo. No se atrevía ni a pasear por las habitaciones y pasillos del palacio porque en cada rincón oscuro temía encontrar a un diabólicamente sonriente Fu Manchú. Por ello Pu Yi permanecía den su cama, mirando sin ver en la oscuridad e imaginando figuras monstruosas que se movían fuera de su campo de visión. Al final se quedaba dormido con una lámpara encendida sobre la mesita de noche. Eso le hacía sentirse un poco más seguro, pero también avergonzado de su cobardía. También tenía una pistola cargada debajo de su almohada y el triple de guardias vigilando el palacio.

Escuchó un eleve susurro procedente de la gran ventana panorámica de su dormitorio. Su boca se quedó seca mientras su corazón latía con violencia. Pu Yi miró a la oscuridad con terror, sin ver nada. Sostuvo la pistola con una mano temblorosa sin atreverse a llamar todavía a los guardias. No quería parecer patético si no había nada al otro lado de las cortinas.

Pero ahí estaba. Podía escuchar el sonido del cristal al romperse lentamente tras la cortina. Y ALGO lo estaba apartando. Completamente aterrado, Pu Yi gritó y disparó contra la ventana. Se escuchó un lamento y una sombra negra cayó al suelo. Pero la siguió otra. Y otra.

Los guardias manchurianos situados en la puerta la abrieron al escuchar el grito y se lanzaron en tropel, pistolas y sables en mano, contra los atacantes, que estaban totalmente vestidos de negro, como si fueran ninjas. Dos de los guardias cayeron con pequeñas flechas calvadas en sus gargantas mientras los otros disparaban sus pistolas y cargaban lanzando gritos aterradores. Pu Yi se escondió detrás de su cama.

La lucha fue titánica. Gritos, choques de acero contra acero, sangre salpicando en grandes cantidades. Pu Yi no se atrevía a mirar a medida que su terror crecía. En unos segundos todo hubo terminado. Un cuerpo cayó al suelo y, de repente, se hizo el silencio.

Una figura gigantesca apareció desde la oscuridad con una espada de la que goteaba una sangre de color púrpura.

-Por favor, por favor… -dijo Pu-Yi entre sollozos- No me haga daño.

-Eso depende de tí -le contestó el hombre- Fu Manchú reclama tu presencia, pero no nos dijo nada que debíamos llevarte con todos tus brazos y tus piernas. ¿Nos acompañarás sin poner problemas?

Pu Yí lloró, gritó y dio patadas y puñetazos hasta perder el conocimiento, pero cuando se despertó, conservaba todos sus miembros, aunque había recuperado la consciencia frente a su peor pesadilla. Estaba desnudo y atado a una mesa de madera en una habitación de negros muros de piedra. Al lado estaba otra mesita más pequeña llena de instrumentos afilados y viales con un extraño líquido en su interior. Pero lo que realmente le aterraba era el hombre que le miraba desde la cabecera de la mesa. Fu Manchú

-Por favor, ten piedad, haré cualquier…

-Oh, lo se, querido primo, pero antes hacen falta unas pequeñas… modificaciones.

Fu Manchú alzó el escalpelo para realizar el primer de numerosos cortes. Los gritos de Pu Yi reverberaron por toda la sala mientras el aullido el viento recorría los desolados pasillos y habitaciones de la fortaleza.

Algunos mitos y mentiras del Franquismo

8 noviembre, 2019

«Con el franquismo llegó la prosperidad»

La oligarquía vencedora de la guerra vio mejorar su vida, efectivamente, pero el grueso de la población española sólo conoció hambre y miseria. Hasta bien entrados los 60 no se recuperaron los niveles de 1931. La producción industrial no logró recuperar su nivel de 1936 hasta 1955 y el sector agrícola tuvo que esperar hasta 1959 para recuperar su nivel anterior a la Guerra Civil.

La única prosperidad real fue la experimentada por los grandes empresarios y grandes fondos de capital. Durante el franquismo, la protección estatal y la represión de cualquier reivindicación laboral, disparó sus beneficios, que jamás bajaban. Por otra parte, los salarios de los trabajadores no solo bajaron hasta 1960, sino que, además, la inflación los pulverizaba. Salarios agrícolas en el campo español durante las décadas de 1940 y 1950, cayendo hasta un 45% respecto a la República. En la industria es incluso peor: Los salarios llegan a descender hasta un 50% y el valor 100 de la II República, en tiempos prebélicos del Frente Popular, tarda en alcanzarse hasta 1966.

El poder adquisitivo de los salarios cae dramáticamente al iniciarse la pavorosa década de los cuarenta, es decir los años de las privaciones, las cartillas de racionamiento, la autarquía y los errores. A España, ser fascista le sentó de pena, y los trabajadores españoles pagaron la autarquía franquista con veinte años de comida de mocos, durante los cuales hubieron de vivir con el mismo nivel de vida que habían tenido veinte, treinta o cuarenta años antes; o sea, como si hoy tuviésemos que vivir como vivíamos en 1971.

El gran momento de la recuperación de los salarios reales se produce durante la famosa, por muchas causas, década de los sesenta; que aquí lo es, fundamentalmente, por dos fenómenos: los planes de desarrollo, que impulsan la economía no agrícola a cotas hasta entonces inimaginables; y la emigración masiva, sobre todo hacia una Europa que va también como un tiro, que eliminó de la economía española el fenómeno del paro obrero masivo; España no tenía parados porque los parados, en España, se iban a Alemania.

Desde 1973 había una crisis terrible que el franquismo ignoró. El régimen, cuya economía tenía multitud de precios sometidos a decisión pública (el teléfono, la gasolina, etc.), consideraba que había que mantener la los precios bajos del carburante para evitar males mayores a la gente corriente (y de paso disturbios). Franco, pues, tuvo una grave laguna teórica, consistente en pensar que una crisis económica se puede superar a base de hacer como que no está ahí, y así nos fue.

El timo de las pagas extra.

«Pero puso dos pagas extras».

Cierto, pero esas dos pagas eran un aguinaldo de una semana (no un mes como hoy), una en 1943 y otra en 1947. Con una inflación del 25% y sueldos bajando un 40%. Es decir, contando esas «pagas» -que era un aguinaldo de miseria en pleno racionamiento- el sueldo real bajaba entre un 30% y un 51%. Y eso con una inflación disparada, llegando a metas históricas del 32%, nunca repetidas en España en el siglo XX. Hambre, escasez, miseria. Esta paga conmemorativa no era sino el «parche» que se le ocurrió al Generalísimo y su ministro de Trabajo para esconder el enorme incremento del coste de la vida durante la década de 1940, que llegó a alcanzar un 550%, y una considerable caída de los salarios, que en 1947, no llegaban ni al 50% de la cuantía de 1935 en algunas provincias.

No hay que olvidar que nada más terminar la Guerra Civil se había pasado de la semana de 40 horas a la de 48, y se habían restablecido los salarios vigentes antes del 18 de julio de 1936. Pero, de hecho, la mayoría de los trabajadores debían trabajar, durante toda la década de 1940, 10 y 11 horas diarias durante los seis días laborables de la semana, es decir, 60 o 70 horas semanales. Además, si comparamos los precios de 1950 con los de 1936, el alquiler de la vivienda se había encarecido un 100% y la alimentación un 70%. En 1945, la renta per cápita real de los españoles era un tercio de la de 1935, nivel que no logró recuperarse hasta 1954.

La División Azul y Franco (breves notas)

6 noviembre, 2019

El 3 de junio de 1940 Franco remite una carta a Hitler en la que le ofrece apoyo militar.

Dice el dictador:

«No necesito decirle cuán grande es mi deseo de no permanecer lejano a sus Preocupaciones y cuánta sería mi satisfacción por rendirle en cualquier ocasión los servicios que le parezcan más valiosos».

De héroes a Indeseables, pg 25
José Luis Rodríguez Jiménez.

El 12 de junio de 1940 España deja de ser neutral y pasa a ser «no beligerante».

El 17 Franco afirma en el Consejo Nacional de FET y de las JONS reunido en el Palacio de Oriente que España «tiene dos millones de soldados dispuesto a enfrentarse con quien sea por defender los derechos de España».

Misma fuente, página 26.

Palabras recogidas por la prensa española y alemana.

Como agradecimiento, al día siguiente Hitler le concede a Franco la Gran Cruz de la Orden del Águila Alemana en oro, la máxima condecoración por los no alemanes.

El 2 de agosto Franco reemplaza al marqués de Magaz por dudar de la victoria alemana. Su reemplazo es el general Eugenio Espinosa de los Monteros, monárquico vinculado a la derecha católica, que, a su vez, es sustituido poco después por José Finat, un afin a Serrano Suñer.

El 11 de septiembre Serrano parte para Berlín para tratar con los máximos líderes nazis. Así Franco margina al titular de Exteriores, el coronel Beigbeder, en el que no confía mucho. Le acompañan, entre otros, Miguel Primo de Rivera y Dionisio Ridruejo.

Serrano de entrevista con Hitler y el ministerio de exterior von Ribbentropp en varias ocasiones y con Himmler y Robert Ley en una. Tras conocerse la invasión nazi de la URSS el 22 de junio de 1941, el consejo de ministros de reúne bajo la presidencia de Franco el 23.

El día antes Serrano informa a Stohrer, embajador del III Reich en España, que Franco ofrece a Alemania el envío de algunas unidades de voluntarios como reconocimiento a la ayuda prestada en la Guerra Civil. Stohrer informó de ello al Auswärtiges Amt.

La División Azul, pgs 109-110
Xavier Moreno Julián

En la reunión del consejo, los militares se muestran contrarios a la participación española en la guerra, lo que provoca un enfrentamiento entre Varela y Serrano que es zanjado por Franco. Ese día o al siguiente se aprueba el en lo de una división de infantería formada por voluntarios pero mandada por jefes y oficiales del ejército.

Además, se ofrece una escuadrilla de caza, aunque sólo el componente humano por la escasez de medios militares. Es una iniciativa del Ministerio del Aire, no de Serrano.

El 24 se recibe un telegrama de von Ribbentropp expresando la satisfacción del Gobierno del Reich por el ofrecimiento de ayuda.

El retorno de Fu Manchú (42)

2 noviembre, 2019

Harbin, capital del imperio de Manchukuo
20 de noviembre de 1937

El emperador Kang Te, ante conocido como Henry Pu-Yi, antiguo emperador de China, antiguo hijo del sol… en fin, antes alguien, y ahora reducido a pasearse por su palacio en la ciudad de Harbin, la capital del «imperio» de Manchukuo. No le gustaba ni lo más mínimo. Odiaba a los japoneses que le humillaban a menudo para recordarle quien mandaba. Odiaba a sus subditos que tan pronto se arrastraban ante él como ante los nipones. Odiaba a su residencia, tan diferente de la Ciudad Prohibida de Beijing. Odiaba a los chinos por haberle depuesto y por luchar contra los japoneses por preservar una independencia que habían ganado a su costa. Y, de todo, temía a su pariente lejano,Fu Manchu.

Fu era una leyenda familiar, una leyenda negra que no moría nunca, una maldición que perseguía a su casa como una sombra. Nadie estaba seguro de sus orígenes, pero nadie le negaba su sangre imperial. Incluso la anciana emperatriz Tzu Hs le había tenido miedo. La mera mención del «tío Fu» le hacía temblar, o eso le habían contado a Pu-Yi cuando era niño.

La historia de ese brillante, cruel y determinado pariente era secreto familiar muy bien guardado dentro de la casa imperial, pero Pu Yi sólo conocía algunos fragmentos, pues la corte imperial se había desmoronado con la revolución, pero parecía que Fu era inmortal, aunque Pu Yi no lo creía posible.

Pero el Kempei Tai estaba seguro, un mandarín llamado Fu Manchu, con sus ojos esmeralda, servía como consejero principal de Chiang Kai-Chek, quizás incluso controlándole. Parecía como si el viejo horror familiar estuviera de vuelta. Ahora que estaban en campos opuestos, Pu Yi tenía un miedo cerval a encontrarse con él, pues una cosa que siempre repetían las viejas historias era que no había manera de escapar de la cóler de Fu Manchú.


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