Archive for noviembre 2020

La bruja de Sant Esteve de les Roures (25)

29 noviembre, 2020

Camino de casa, Esteve aún sentía un profundo escalofrío recorriéndole el cuerpo cada vez que recordaba el discurso con el que el alcalde había cerrado las celebraciones de Todos los Santos, con la lectura de la Biblia (Salmos, 91 – «No temerás el terror de la noche ni la flecha que vuela por el día, / ni la peste que avanza en las tinieblas ni el azote que asola al mediodía»). Durante un instante se imaginó qué podría pasar si Semana Santa y Todos los Santos coincidieran a la vez… El hecho de que parte de sus convenciones fueran un atajo de supersticiosos sacados de la Edad Media no le gustaba demasiado, pero que el alcalde fuera todavía peor le terminaba de poner nervioso.

De repente, se acordó de sus comienzos en Sant Esteve. Apenas llevaban una semana cuando Na María se materializó, de repente, en mitad de la sala de estar, y allí se quedó clavada veinticuatro horas. Parecía que estuviera analizando cómo comían, cómo se sentaban, cómo cogían los cubiertos. Y si recogían bien la mesa, por supuesto. Pero peor fue cuando se la encontraron, un par de meses después, en su dormitorio, y se quedó allí tres días con sus tres noches. Joana estuvo a punto de bajar la cama al comedor. Aún así, durmieron allí esas tres noches.

Por eso, esa noche, cuando dio su «ronda» por la casa para comprobar que todas las puertas y todas las ventanas estaban cerradas, se quedó muy tranquilo al comprobar que la casa estaba cerrada al canto. No es que eso importara demasiado, porque Na María tenía la capacidad de materializarse en cualquier parte (el susto que se llevaron los del banco cuando se la encontraron en la cámara blindada…), pero Esteve se sentía mejor después de ello. Balú, medio tapado en su cesta, dormía tranquilamente, y no se enteró de nada, tan acostumbrado como estaba a los paseos nocturnos de su dueño. Su cola se movía ligeramente de un lado a otro y Esteve se preguntó en qué estaría soñando el peludo amigo de su família. En algún hueso jugoso y sabroso, seguro.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (24)

27 noviembre, 2020

Por suerte, ese 31 de octubre la bruja se lo había tomado con calma. Había aparecido a las 11.30 en el parking trasero del ayuntamiento y ahí se había quedado. para alivio de muchos. Aunque el lugar estaba a unos doscientos metros del centro de la localidad, donde tenían lugar todas las fiestas, era lo bastante discreto para que resultara una elección afortunada. Si la bruja había optado por ser discreta o era el azar el que se había ocupado de ello era algo que Ricard y sus compañeros del control de seguridad desconocían, pero que agradecían profusamente.

En cuestión de unos instantes el ayuntamiento había sufrido una «remodelación» que había extendido su parte posterior unas pocas decenas de metros. La falsa estructura de cartón-piedra, en cuyo interior quedaba reclusa la bruja, estaba guardada por unas cuantas personas de ambos sexos bien entrenadas para la ocasión. En caso de que Na Mariona le diera por salir a unirse a las celebraciones, como ya hiciera, por última vez, en 2006, se tenían previsto varios planes de acción. Tenían listos para montar varios tenderetes improvisados y unos cuantos carteles con la leyenda «¡FOTOGRAFÍESE CON LA VERDADERA BRUJA!». Si en 2006 había funcionado, posiblemente ahora también, pensó Ricard. A los niños les encantó la idea y a los padres no les importó pagar cinco euros por cada foto, para alegría del tesorero municipal.

Y lo cierto es que todo fue muy bien. La tranquilidad y la alegría dominaron el día mientras Na Mariona musitaba terribles maldiciones en olvidadas lenguas detrás de los falsos muros sin que nadie pudiera escucharla.

Al anochecer la gente comenzó a tirar objetos varios a la hoguera que ardía en el centro del pueblo, frente a la figura gigantesca de la bruja de ficción. Lo que se había pensado, siglos atrás, como un ofrecimiento y un sacrificio a Na Mariona había perdido bastane de su sentido original y la gente simplemente aprovechaba la ocasión para quitarse de encima todo aquello que no necesitara. Era una especie de manera inconsciene de decirle a la bruja que no les hacía falta. La superstición seguía ahí, porque nadie en el pueblo se olvidaba de participar en la «ofrenda». Auqnue no quisieran reconocerlo, todavía significaba algo importante para ellos. Cuando el fuego alcanzó a la falsa bruja, eta se convirtió en uan gigantesca pira que, le daba el extraño aspecto de un faro varado en mitad de la montaña. Las llamas llegaron a alzarse por encima de los techos durante unos breves instantes, hasta que la falsa bruja empezó a derrumbarse, con la cara vuelta hacia el cielo.

Nadie se fijó en el enorme buho que les observaba desde la torre del campanarioñ. Era una ave majestuosa que permanecía oculta en la oscuridad creciente y parecía observar con enorme atención a los lugareños y a los foráneos como si se trataran de ratas atrapadas en un experimento. Nadie lo vio, como ya he dicho, pero algunos comentaron al día siguiente que escucharon el batir de sus enormes alas cuando se alejó del pueblo, como si fuera una especie de advertencia de que un desastre se avecinaba.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (23)

25 noviembre, 2020

El otoño había sido moderamente cálido, pero la semana antes de Todos los Santos refrescó considerablemente. Los abrigos y las bufandas salieron de los armarios con premura y los habitantes de Sant Esteve de les Roures comenzaron a mirar a la montaña, esperando ver su cumbre nevada cualquier día de esos.

El 31 de octubre el cielo nació preñado de grandes y espesas nubes grises que se deslizaban sin prisas por el oscuro cielo. Por la mañana comenzaron a establecerse los controles de carretera para controlar los accesos al pueblo y se levantó una enorme figura de madera, la «Bruja», en el centro del pueblo. Era una figura antropomórfica, un mero amontonamiento de madera y todo tipo de trastos viejos que se acumulaban unos encima de otros apoyándose en una estructura interna que le daba una cierta figura humana. Una de las tiendas de moda donó un pañuelo de seda para anudarselo a la figura al cuello.

Era un antiguo ritual, con profundas raíces paganas, lo que sacaba de quiicio al párroco, que protestaba como hacía cada año. La hoguera de San Juan no le presentaba problema algunos, pero quemar a la «Bruja» le ponía intensamente nervioso. Y, como cada año, se le contestaba que era algo que se venía repitiendo desde hacía siglos y que no se podía romper con la tradición.

En realidad, era una manera de desquitarse de la bruja que les tenía prisioneros en el pueblo. También era un modo de saltarse la prohibición de interactuar con Na Mariona. Así que la madera continuó apilándose hasta formar la enorme estructura, como cada año. También empezaron a acumularse regalso y ofrendas a los pies de la figura, con cada familia de Sant Esteve aportando su pequeño granito de arena, como una secreta oración para pedir poder vivir otro año más y apaciguar el odio de la bruja.

Las pastelerías eran grandes centros de actividad, con la gente entrando y saliendo para comprar las típicas pastas y postres de Todos los Santos. Ese día los clientes. Ese día doscientos foráneos entrarían en el pueblo para unirse y ver la tradicional «quemada», que era famosa en toda la comarca y para las tiendas era una oportundiad de hacerse de oro con los visitantes. Para las autoridades, claro, tantos visitantes eran un gran motivo de preocupación. Ricardo no estaba para nada entusiasmado, lógicamente. Ese día tenía que hacer uso de toda su empartía, su calma y su paciencia, bienes con los que el Creador le había dotado en la justa medida.

Como cada año contempló la calle principal esperando que continuaría vacía, confiando en que los foráneos se encantarían con los parajes boscosos de los alrededores y se pararían para dar un paseo por entre los árboles. Entonces, con suerte, los lobos y los osos locales los masacrarían y los coches vacíos se acumularían en la carretera, impidiendo a los que vinierean detrás continuar con su viaje, para disgusto de los osos y de los lobos, que se quedarían con ganas de comer más.

La aparición del primer vehículo le arrancó un profundo suspiro de decepción, como cada año.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (22)

23 noviembre, 2020

Un momento antes, Berenguer alzaba su mano triunfal, enseñando su móvil, mientras proclamaba orgulloso:

-¡Este es el susurro mortal de Mariona! ¡Esta es la grabación más poderosa de toda la historia! ¡Con ella puedes matar!

-A ver -exclamó Bruno-. ¿Quien se ofrece voluntario para escucharlo?

De repente, el buen humor del grupo desapareció mientras todos se miraban con cautela, incluso con una cierta aprensión. Al final, Miquel, encongiéndose de hombros, se puso los auriculares y los conectó al móvil de Berenguer, que, murmurando «aquí va un valiente», empezó a deslizar sus dedos por la pantalla.

-¿Listo? – un pulgar alzado fue toda la respuesta necesaria -. ¡Ahí va!

La cara de Miquel no parece cambiar al principio, pero pronto adopta un aire concentrado mientras menea la cabeza de maneraq negativa. «Sube más, no se oye». La mirada perpleja de Berenguer es de lo más expresiva. No se esperaba eso. Al cabo de unos segundos, Miquel volvió a negar con la cabeza y a repetir que no escuchaba nada. «Ahora está al máximo» -replicó Berenguer-. «¿Se escucha algo?».

-Nada, ni castellano ni nada, una serie de murmullos… para mí que era alguien diciendo «Vendo Opel Corsa».

Entre las carcajadas que siguieron resonó la voz de Berenguer, que exclamaba sonriente:

-Teoría comprobada, sujeto ileso.

Al volverse, vio a Ricard y a sus hombres salir de entre los arbustos y, un poco más lejos, a Ton, que se apresuraba a esconderse entre el follaje.

Como la mirada que le lanzó Ricard, se le congeló la sonrisa a Berenguer. A su lado, la ciega y muda bruja parecía estar burlándose en silencio de la «victoria» de los chicos, que se convertía en polvo ante sus ojos.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (21)

21 noviembre, 2020

El desastre llegó de la manera más inesperada posible.

Tras el último experimento, Ton había sentido una irrefrenabble e inexplicable necesidad de parar la investigación sobre la bruja. Parte del grupo había estado de acuerdo con él y el resto con , así que la cosa había quedado en una especie de empate técnico.

Ese domingo Ton había salido a dar un paseo por el bosqaue con sus dos mejores amigos, su perro Balú y con Llorenç. No había seguido camino alguno, sino que se habían dedicado a vaguear. De repente, se les ocurrió subir por el monte Nebroso siguiendo sus zigzagueantes caminos de asfalto recocido hasta llegar cerca de la cumbre, donde había optado por dejar las rutas para viajeros y trepar directamente hasta arriba, para luego descender, ladera abajo, por el otro lado. A medio camino habían torcido hacia la derecha y se habían encaminado hacia el monte de las Almas, sin ser conscientes de ello y sin pensar que se fueran a encontrar con la bruja, a pesar de que era SU monte.

De repente, al cabo de caminar entre los árboles, Balú se había quedado mortalmente quieto delante de ellos. Cuando se le acercaron, escucharon que empezaba a gruñir hacia el follaje y a enseñar los dientes. Sujetando la correa con ambas manos, y mientras Llorenç intentaba calmar al perro, Ton dio un vistazo a lo que tenían delante sin poder ver nada que justificara el enfado del can. Por eso, pasando la correa a su amigo, se acercó lentamente a los altos matorrales que tanto enfurencían al perro, que gruñó mas furioso todavía al ver acercarse a su amo a ese ignoto y, sin embargo, desagradable lugar.

Al otro lado de los matorrales Ton vio algo que le dejó perplejo. Allí estaban Berenguer y el resto de la banda, rodeando a la bruja y riendo maliciosamente. La empujaba de uno a otro, haciendola rebotas con sus brazos mientras Jordi lo grababa todo.

-¡Parad antes de que sea demasiado tarde! ¡Dejad de hacer eso! ¡Está prohibido!

Pero, extrañamente, las palabras no salieron de la boca de Ton, sino que se quedaron atrapadas en su garganta mientras miraba horrorizado lo que sucedía. Empezó a retroceder lentamente hasta casi desaparecer entre el follaje, cuando un movimiento a su izquierda atrajo su atención. Era Ricard con varios de los agentes de seguridad. En ese mismo momento Berenguer también los vió. Y a Ton.

Y en su mirada de odio que le dirigó a Ton, éste supo que su mejor amigo estaba malinterpretando la situación y que nada de eso importaba ya.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (20)

19 noviembre, 2020

A pesar de todos los avisos y amenazas, Ton y sus amigos siguieron adelante recogiendo material para poder lanzar la noticia de la existencia de la bruja de Sant Esteve de les Roures a todo el mundo. No querían hacerlo sólo un descubrimiento mundial, sino también algo masivo, viral. Pero en el proceso, Ton y sus compañeros empezaron a distanciarse. No fue algo consciente, ni los chicos se dieron cuenta de ello. Simplemente pasó.

Ton también había empezado a distanciarse de sus padres. Había pasado de golpe. Un día, tras la enésima discusión con su padre sobre su canal de YouTube, Ton se había dado cuenta de que todos sus planes de futuro se venían abajo. Nunca podría alejarse del pueblo debido a la maldición, ni podría viajar ni establecerse en otra ciudad. No le podría contar nada del pueblo a su novia, a menos que ella se instalara en Sant Esteve, y sólo entonces. De repente, todos sus sueños desaparecieron de un plumazo. No es que culpara a sus padres por ello, pero mientras no supo como tratar con todo ese peso que se le había venido encima, necesitaba tiempo para estar solo y pensar.

Sus primeras diferencias con sus amigos fue a costa de un experimento con la bruja, algo inocente: ponerle unas gafas de sol. De alguna manera que no era capaz de explicar, a Ton no le parecía buena idea. En el video que estaban editando se les veía rodeando a la bruja detrás del supermercado, en el parking desierto, aprovechando que a esas horas no había casi nadie en la calle. Usando los bastones con los que habían recogido papeles del suelo durante los trabajos comunitarios para mantener la distancia con la bruja, colocaron las gafas sobre su puente de la nariz, donde se quedaron colgando, temblorosas. Las siguientes imágenes mostraban a los chicos bromeando nerviosamente sobre su logro para, a continuación, enmudecer al ver a la bruja ponerse en movimiento hacia la avenida principal. Antes de llegar a la esquina del super, la bruja desaparece, como suele ser habitual en sus traslados, y los chicos se apresuran a correr hacia el lugar de su desmaterialización.

La bruja ya no les importa, sino otra cosa.

En el suelo, medio derretidas, están las gafas de sol. De la burbuja de plástico derretido sale una patilla, que se alza hacia el cielo como un dedo que señala a sus destructores. Un olor nauseabundo se eleva de sus restos. Todos los intentos de recogerlos y ponerlos dentro de una bolsa fracasan. La masa está firmemente adherida al asfalto del parking.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (19)

17 noviembre, 2020

Ton entró en casa después de haber terminado su servicio comunitario. Llovía y estaba empapado. En el comedor se enconrtó con su padre, que estaba distraído leyendo un artículo con la televisión encendida pero sin volúmen. Esteve fue a saludar a su hijo, pero se le escapó un bostezo en lugar del «hola» esperado.

-Parece ser que te quedaste hasta tarde on los nuevos anoche -le dijo Ton a su padre-. Deben ser duros de mollera para que te costara tanto ponerlos al día.

-No lo sabes bien… -replicó Esteve, mientras se desesperezaba en el sillón estirándose cuan largo era.

-¿Cómo fue?

-Lioso, como siempre, pero saldrán adelante y lo superarán. ¿Qué tal los servicios comunistarios? – Ton se puso rojo como un tomate.

-Así que lo sabes…

-Ricard me lo dijo. Habéis tenido mucho suerte. Podríais haber terminado en la zona oscura.

-Ricard nos apoyó, a su manera.

-Ricard puede tener algo de simpatía con algunas de vuestras ocurrencias -replicó Esteve, poniéndose mortalmente serio-, pero el Consejo desde luego que no, y eso son palabras mayores. A saber cómo podía haber salido todo. Si yo hubiera estado en el Consejo, estaríais de camino a la zona oscura, te lo juro.

Ton se encogió de hombros, al parecer nada impresionado con lo que acababa de escuchar, lo que dejó perplejo a su padre, que estalló sin poder evitarlo.

-¡No tienes ni idea de lo que te traes entre manos! ¿Te crees que por hacerlo todo sin mala intención te vas a librar eternamente? No podrías estar más equivocado. El Consejo no tiene demasiada buena opinión mi de Jordi ni de Bruno.

Aunque tanto Esteve como su esposa habían educado a sus hijos de acuerdo a las normas del pueblo, habían sido algo más permisivos con ellos, mientras que todos los habitantes de Sant Esteve habían mamado el Decreto de Emergencia junto a la leche materna. «No te acercarás a la bruja», «no hablarás de la bruja con nadie de fuera del pueblo», y varias decenas de reglas después, el pecado mortal «no abrirás los ojos de la bruja». Esteve estaba convencido no sólo de que el terror no era una fuente de respeto, sino de que, además, sólo llevaba a la violencia. Estaba harto de ver a niños del pueblo con un ojo morado o un labio roto por haberse ido de la lengua con sus primos de fuera, antes de ser enviados a ser reprogramados.

Pero ahora Esteve veía con claridad como su permisividad había sido un error mortal. Mencionaba la zona oscura a Ton y éste simplemente se encogía de hombros.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (18)

14 noviembre, 2020

-Cuando descubristeis que Mariona estaba en vuestra cocina, ¿por qué no llamásteis a la policía? Es lo que hacen todos la primera vez -preguntó Ricard.

Los Ballach intercambiaro nsendas miradas incómodaas. Al cabo de unos instantes, él respondió:

-Sentimos… sentí que no era una intrusa. La ví detrás de mi mujer. De repente no estaba y al latido siguiente… y me miraba, aunque no tenía ojos, sólo esos párpados cosidos. Fue entonces cuando Nuria se volvió y gritó al verla.

-¿Quién de los dos la tapó con el mantel?

-Yo -dijo Nuria-. Pero ella se quedó allí, quieta, sin moverse. ¿Cómo es que este secreto se mantiene y nadie fuera del pueblo lo sabe?

-Porque hacemos todo lo posible para que no se sepa -replicó Ricard con una sonrisa cansada-. De hecho, nuestras vidas depende de que ese secreto se mantenga. Porque la historia no termina con la muerte de Mariona en 1767, sino que continuó. Unos cuatro meses después, un grupo de cazadores bajaron de la montaña y se acercaron a Sant Esteve a por provisiones y encontraron que el pueblo estaba vacío. La nieve lo cubría todo, pero no era fresca. Tampoco había señales de pisadas. Era como si todo el mundo se hubiera evaporado. La noticia corrió como la pólvora y la gente comenzó a evitar el pueblo fantasma y sus alrededores. Fue por entonces cuando comenzaron las leyendas sobre el espíritu maligno que vivía en las colinas. Así que el pueblo quedó abandonado. Las crónicas atribuyeron la marcha de los habitantes a problemas económicos y malas cosechas, que las enfermedades les fueron diezmando y que los supervivientes fueron aniquilados por una de las bandas de bandoleros que actuaban por la zona. Pero lo cierto es que incluso los bandoleros empezaron a evitar la zona, a pesar de que no muy lejos de allí pasaba una ruta muy usada por los mercaderes de Barcelona que marchaban hacia el norte, hacia Francia.

-Con el final de las guerras napoleónicas, nuevos habitantes llegaron a Sant Esteve en 1822. No faltaban las familias que huían de Barcelona para evitar que sus hijos fueran reclutados y enviados a las Américas para combatir a los independentistas. Pasada una semana, tres de ellos se habían suicidado. Uno de ellos mató a su mujer y a su hijo antes de ser detenido por sus vecinos.

-Venga ya…

-Ojalá me lo estuviera inventado. Cuando le interrogaron, dijo que no podía seguir soportándolo. Luego lo encontraron ahorcado en su propia celda. Fue por entonces cuando comenzaron a figurar en los archivos locales las referencias a un espíritu maligno cerca del Monte del Estanque. Un mes después, con miembros de una de las Juntas de Fe…

-¿Juntas de Fe? -preguntó Nuria

-Los últimos coletazos de la Inquisición -contestó Esteve.

-Como iba diciendo -prosiguió Ricard-, con gente venida de Barcelona y esa gente de las juntas, fueron al monte, donde dicen que encontraron una mujer poseída por el demonio a la que cosieron la boca y los ojos y loa ataron con cadenas en el fondo de una cueva que luego taparon con grandes piedras. Tampoco eso fue el final del asunto, porque, entre a lo largo de ese año, todos los miembros de esa expedición murieron uno por unoo.

-Pero al menos cerraaron el «ojo del diablo» -concluyó Esteve.

-Pero el problema no acadbó ahí. Ella sigue aquí.

-Cierto -suspiró Esteve-. Mariona sigue aquí. Camina por el pueblo, se mete en nuestras casas, siempre inmóvil, siempre presente, siempre amenazadora.

-¿Qué demonios quiere? -exclamó Bernat, rompiendo por fin su silencio, que ya duraba demasiado, mientras se levantaba a servirse una bebida del mueble bar.

-Vengaza, imagino. Venganza contra los que la la torturaron tan terriblemente. Y como nosotros estamos aquí, en Sant Esteve, somos su objetivo.

-¿Habéis probado a exorcizarla?

-Varias veces, ninguna funcionó -replicó Ricard con cansancio, como si fuera un chiste que ya había explicado demasiadas veces-. Incluso el Vaticano envió a sus mejores exorcistas y… tampoco consiguieron nada. Algunos intentaron matarla, cortar su cabeza, incinerarla. Ahora el Decreto de Emergencia prohíbe todo eso, porque siempre terminan con muertes. Alguien intenta herir a Mariona y, al momento, alguien en Sant Esteve cae fulminado al momento. Y, sobre todo, no se le pueden descoser ni los labios ni la boca o todos moriremos bajo sus hechizos malignos. Esa es la ley.

-Lo siento, pero… -empezó Bernat.

-Cuando la encontrasteis en la cocina -le preguntó Esteve-, se dirigió a vosotros, ¿verdad? Os susurró algo, que seguramente no llegasteis a entender, y de repente tuvisteis ganas de haceros daños, ¿no es cierto?

Los Ballach bajaron la mirada, clavándola en sl suelo.

-En 1977, con el despertar de la democracia, nadie podía creer que ni en brujas ni en maldidciones, y fue entonces cuando hicieron el experimento…

La bruja de Sant Esteve de les Roures (17)

12 noviembre, 2020

– Era una época dura y llena de supersticiones – continuó Ricard -. Un buitre sobrevoló los alrededores alimentándose de los cádaveres de animales y seres humanos. Lo consideraron una mala señal. Al año siguiente sufrieron una epidemia de fiebres purulentas. Culparon, obviamente, al buitre, que había atraído la desgracia sobre el pueblo. Así que, a partir de entonces, mataban a todo buitre que veían. El temor y la supersticiones se encargaron de preparar la tragedia que le aconteció a Mariona Tió.

-¿Creyeron que era una bruja? -preguntó Nuria con un hilo de voz.

-Exacto -replicó Esteve, cuyo cigarrillo se había consumido en el cenicero, lo que le llevó a encender otro-. Era una mujer que vivía en las afueras del peublo, lo que ya era un motivo para que la gente desconfiara de ella. En 1767 debía de tener unos 30 años, y erea la madre de dos criaturas, niño y niña. No se sabe quien era el padre ni por qué no estaban con ellas. Cuando dejó de ir a la iglesia, los dedos comenzaron a señalarla y pronto corrieron rumores de que practicaba la brujería.

-¿Brujería? – las cejas de Nuria se alzaron al hacer la pregunta

-Adoración del diablo, ritos satánicos, sodomía, bestialismo, canibalismo, vete tú a saber – le contestó Ricard, encongiéndose de hombros-. Entonces, el octubre de 1767, el hijo de Nuria, de diez años de edad, muere a causa de una gripe. Los testigos afirmaron haberla visto vestida de negro enterrando al pobre muchacho en lo más profundo del bosque. Unos días después, varios vecinos, aterrorizados, afiraron que habían visto al chico paseando por entre los árboles cercanos al Barranco de los Lobos. Todo el pueblo se cagó vivo de miedo. Si resucitar a un muerto no era suficiente prueba de que era una bruja, nadie podía imaginar qué más hacía falta, así que Mariona fue condenada a muerte. La torturaron, por supuesto, y, claro está, ella confesó que era una bruja y que era culpable de todos los crímenes de la que quisieron acusarla. Además, tuvo que matar con sus propias manos a la cosa demoníaca que era su hijo. O eso o los vecinos se ocuparían de él y también de su hija.

-¡Dios mío! -estalló Bernat Balasch.

-Así que lo hizo para salvar a su hija. Luego la condenaron a la horca, pero como ninguno de los vecinos quería ser responsable de su muerte, ella tuvo que anudar la cuerda, subirse a una silla, atar la cuerda a una rama y saltar. Así, con semejante acto, mostraría su arrepentimiento por sus crímenes.

-Qué extraño que no la quemaran como bruja – comentó Bernat mientras regresaba de la cocina con otra cerveza en la mano.

-Lo cierto es que la gente creía que había resucitado a su hijo, lo hubiera hecho o no. Pero, fuera de semajente acusación enloquecida, parece ser que la Mariona realmente tenía algún tipo de poder. No hacía milagros ni practicaba la magina negra, pero algo de poder residía en ella. Eso, junto a la tortura recibida y tener que matar a su propio hijo, convirtieron a la Mariona en lo que hoy es.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (16)

10 noviembre, 2020

Este no las tenía todas consigo. El Consejo le había asignado la «tutela» de la nueva pareja que se había instalado en Sant Esteve de les Roures, los Balasch, y venía ahora de explicarles un poco de la historia del pueblo, junto con Ricard.

-Su nombre auténtico es Mariona Tió, pero todo el mundo la llama la bruja de Sant Esteve de les Roures.

El vapor se elevaba de las tazas de café, que trazaban curiosas volutas grises ante las caras de los Balasch, sin poder disimular las expresiones desconcertadas de los nuevos vecinos. Su tono irónico había desaparecido de repente, sobre todo al ver que ni Ricard ni Esteve sonreían y hablaban completamente en serio.

-Vivía en las afueras del pueblo, en los que hoy es el barranco de Escaldes, que no era entonces lo más profundo del bosque pero estaba lo suficientemente apartado de todo para poder vivir tranquilamente, lo que levantaba las sospechas de los desconfiados habitantes de Sant Esteve. Fue acusada de brujería y condenada a muerte en 1767. Decían que había matado a una niña para mputarle el brazo y extraerle el hígado para elaborar sus hechizos.

Nuria Balasch parecía estar al borde de una apoplejía. Sus manos apretaban con fuerza la taza de café que empezaba a enfriarse. Tenía los ojos de un ciervo atrapado que veía aproximarse al cazador, cuchillo en mano. Sus labios estaban fuertemente apretados.

-Todos los pueblos de alrededor conocen esta historia y saben que las colinas y bosques que nos rodean están encantadas. No os hace falta saber todos losd etalles, pero lo vais a notar en cuanto llevéis un tiempo aquí. El ozono en el aire después de una tormenta de relámpagos, por ejemplo. Pero la bruja es un problema, y uno considerablmente grande, contra el que no podemos hacer nada más que intentar ocultarlo al mundo.

-Dicen -añadió Ricard- que Mariona llegó con unos emigrados hugonotes franceses que huían de la represión lanzada contra ellos en su país. Muchos de ellos se instalaron en pueblos cercanos a los Pirineos, pero otros, como Mariona, temerosos de que los franceses pudieran lanzar incursiones para capturaros si estaban lo suficientemente cerca de la frontera, marcharon más al sur, y así fue como ella y otros refugiados llegaron a Sant Esteve. Bueno, al menos esa es la teoría. Lo cierto es que no sabemos gran cosa de ella. Según unos relatos, era una pastora. Según otros, una partera.

«El centro de la vida de los habitantes de Sant Esteve era el pueblo. Todo lo que estuviera fuera de sus límites, y en especial los bosques, era territorio casi prohibido. Por eso los pocos franceses que instalaron en ellos fueron muy mal vistos, sobre todo cuando se supo de su orígen «herético». Por eso, al final, se armaron de valor y expulsaron por las malas a la mayoría de ellos. Pero para entonces, dice la leyenda, Sant Esteve ya estaba maldito.

-¿Maldito? -preguntó Bernat Balasch.

-Embrujado -replicó Ricard, con su habitual parquedad-, condenado, maldecido.

-O eso se pensabanm -apuntó Nuria con un atisbo de esperanza vana.

-Sí, es una manera de verlo. Debes de entender que, en esa época, la superstición era tan real como la naturaleza que rodeaba al pueblo, que era algo que formaba parte de la psique colectiva. Estamos hablando de una época en la que los lobos todavía representaban un peligro mortal, en los que un costipado se podía llevar por delante a la mitad del pueblo, una época de hambre y de malas cosechas, de animales salvajes desconocidos…

-Como la bestia de Gévaudan -apunto Bernat.

-Exacto -replicó Esteve-. Nadie sabía que fuerzas sobrenaturales operaban en el bosque. Sin ciencia, la fuente de conocimiento era los cuentos y las leyendas. Temían que Dios fuera a desencadenar un castigo tremendo por sus pecados y el Diablo todavía era una amenaza real. Por eso los bosques, ajenos a la civilización, les resultaban tan temibles. ¿Habeis oído hablar de los famosos juicios de las brujas de Salem? -los Ballasch afirmaron con sendos movimientos de sus cabezas, pero sus labios permanecieron cerrados-. Les precedieron una cosecha perdida, una epidemia de gripe y los ataques de las tribus nativas. El miedo formaba parte de la cultura de los habitantes de Salem igual que los Evangelios. Cuando los rumores empezaron a correr, la tragedia estaba escrita. Aquí la gente erae algo más sensata y práctica que los puritanos instalados al otro lado del continente. Otra cultura, otra religión.

-Entonces, en 1767 -añadió Ricard, con una expresión un tanto sombría-, empezaron a pasar cosas extrañas.


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