Archive for diciembre 2020

La bruja de Sant Esteve de les Roures (38)

30 diciembre, 2020

Sin que nadie pudiera explicar la causa, uno de los chicos del pueblo, Mateu, hijo de Grau, de 21 años de edad, había cogido la escopeta de su padre y le había reventado la cabeza a su hermano pequeño, Lluis, de 16. En esos momentos, Ricard se esforzaba en intentar contener el río de sangre que brotaba del cuello de Mateu, que, tras decorar la cocina con los sesos de Lluís, se había intentado cortar el cuello con un cuchillo de cocina bien afilado pero mal apuntado. Esteve había llegado corriendo para ayudar, tras casi romperse la crisma contra la encima tras resbalar con la mezcla de tejido cerebral, carne, huesos y sangre del pequeño de los Grau.

Na María, descalza sobre la sangre, los miraba sin ver (y, sin embargo, de alguna manera viendo, de eso Ricard estaba seguro) con sus ojos cosidos.

-¡Tenemos que llevarlo al hospital!

La ambulancia llegó, extrañamente silenciosa. La mera presencia de la bruja hacía que hasta la sanidad tuviera que ser secreta. De repente Na María dejó de estar en la cocina y se plantó en mitad de la entrada, haciendo imposible que los sanitarios pudieran acceder a la vivienda. Parecía como si se estuviera ensañando con los Grau, igual que ella había sufrido una vez. Para todos los presentes, ese mensaje fue claro y directo. El protocolo lo dejaba claro. Nadie podía tocar a la bruja porque eso podía provocar la muerte a alguien del pueblo, tal y como la experiencia demostraba.

Así, parada en mitad del camino de los médicos, Na María permanecía inmóvil, murmurando sus oraciones depravadas.

Les desafiaba.

Tocadme, chicos, y a ver a quien le toca morir

De repente, uno de los técnicos de Ricard se dirigió a la bruja.

-Felicidades, María, has conseguido que muriera un chico y vas camino de conseguir otro muerto. Ya has demostrado tu poder. Ahora, de una puta vez, quítate de enmedio y vete a joder a otra parte, maldita bruja de los cojones.

El tono tranquilo del técnico sorprendió a Ricard más que sus palabras. Parecía que estuviera hablando con una mascota revoltosa que se estuviera comienzo, trozo a trozo, la cara moqueta que le habían regalado sus suegros.

Na María continuó allí, inmóvil.

Entonces, sin que nadie pudiera explicar de dónde había salido, la madre de los chicos, Georgina Grau, apareció con un enorme palo y golpeó a la bruja co ntodas sus fuerzas. El impacto fue tan brutal que Na María retrocedió tres o cuatro pasos, dejando la entrada libre. Su continuo susurro cesó de golpe y Ricard contuvo el aliento, completamente aterrorizado por lo que acababa de suceder.

Entonces, just cuando la enloquecida Georgina levantó el palo para golpear de nuevo, la bruja desapareció.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (37)

27 diciembre, 2020

El castigo no trajo ninguna catársis, ninguna redención, ningún final. Mientras el látigo abría sangrientos surcos en las espaldas de los muchachos, algunos rezaban en silencio, otros miraban con ojos inexpresivos y unos pocos se preguntaban cómo era posible que se hubiera desatado esa locura. Cuando el decimosegundo latigazo cayó sobre cada uno de ellos, la gente comenzó a murmurar primero, a señalar después y, por último, a anunciar en voz alta la presencia de la bruja.

-La bruja…

-Na Maria…

-La bruja está aquí…

Hasta la escasa brisa se detuvo. Las agujas del reloj de la iglesia se detuvieron.

Durante un momento todos vieron que la bruja que tenía los ojos abiertos y que reía. Durante un instante todos los presentes se sintieron recorridos por el pánico y el terror, sabiendo sin saber explicar porqué, que habían puesto en marcha algo terrible. Y, de repente, con el siguiente latido, Na María estaba delante de ellos, con los ojos y la boca cosidos, como siemrpe, como si todo hubiera sido un extraño sueño. El tiempo volvió a correr y se volvieron a escuchar los latigazos rasgando la carne de los jóvenes.

Ricard supo, también sin saber cómo, que todo eso era obra de la bruja. El verdugo también llegó a esa conclusión y dejó caer el látigo. Poco a poco, uno por uno, todos los habitantes de Sant Esteve comenzaron a pensar lo mismo. ¿Cómo era posible que ellos, que sieempre habían respetado las reglas, que eran eran tan virtuosos y tan sensatos, se hubieran dejado arrastrar a semejante frenesí de locura medieval?

Nadie pudo recordar luego ni quién fue el primero ni porqué, pero la gente comenzó a abandonar la plaza. Primero de uno en uno, luego de dods en dos y finalmente en grupos. Andando al principio, caminando de prisa luego y, hacia el final, casi corriendo, presas de un terror irracional y una prisa mortal por llegar a casa, cerrar la puerta y dejar en la calle el temor y el asco que les invadía. Sólo los agentes de seguridad de Ricard permanecieron en la plaza. Subieron al cadalso y liberaron a los chicos, por cuyas espaldas corrían varios ríos de sangre.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (36)

24 diciembre, 2020

El día de la ejecución de la sentencia llenó la plaza mayor de Sant Esteve. Los original látigo de siete colas del siglo XVIII fue sacado con la adeucadas reverencia del museo municipal. Era un bello ejemplo de la conocida arma de castigo finamente decorada con nueve colas de puro cuero, midiendo cada una medio metro de largo, con un nudo a medio camino y pequeñas bolas de plomo en sus extremos. No se usaba por lo menos desde 1936. El día antes de la ejecución de la sentencia le aplicaron todo tipo de aceites y cuidados para que pudiera resistir el duro castigo que se avecinaba.

Tomás Megre, que normalmente era el dueño de uno de los garajes de la localidad y mecánico de c oches, fue nombrado verdugo del pueblo para esta ocasión extraordinaria. La noche anterior se la pasó ensayando con el látigo, primero con un saco de boxeo para hacerse con el arma y acostumbrarse a su uso, y luego con un pobre becerro. Para sorpresa de todos, no acertó a darle más de dos golpes, después de lo cual, ante los terribles mugidos de dolor del animal, Tomás se negó a seguir con ello y se tuvo que buscar un enorme trozo de carne de la carnicería principal para que practicara. La mirada asesina del alcalde no había hecho mella en él. Es más, cuando Tomás se hartó de sufrir la furia ocular de la suprema autoridad municipal, comenzó a tensar el látigo y a comprobarlo, sin dejar, eso sí, de mirar al alcalde, como si estuviera midiendo cuántos latigazos tardaría en arrancarle el primer girón de piel. A los pocos minutos el alcalde, murmurando una excusa apresurada, abandonó el lugar y Tomás continuó con su entrenamiento, preguntando, de tanto en tanto, por el estado del animal.

Por la noche, los susurros de la bruja se detuvieron.

A la mañana siguiente, 15 de noviembre, la gente empezó a situarse bien tempranopara conseguir un buen sitio y no perder detalle, con los ojos fijos en el cadalso, de dos mestros de alto y 3 metros cuadrados de superficie, era enteramente de madera, obra de uno de los mejores artesanos de la lugar. La gente pronto llenó la plaza mayor y empezaron a amontonarse en las mojadas y estrechas calles de los alrededores. A pesar de la amenaza de lluvia, nadie había cogido los paraguas para no molestar la visión de sus convecinos.

Por su parte, Ricard estaba disgustado y furioso por la hipócrita actitud de los habitantes del pueblo, con su mal disimulada sed de sangre. El morbo se había apoderqado de todos ellos, por lo que él se concentró en garantizar su seguridad, aunque tuviera ganas de que un rayo los fulminara a todos. Había desplegado a todos sus hombres y a un buen número de voluntarios para controlar tanto el pueblo como sus accesos. Todas las tiendas, todos los artesanos y todos los negocios de Sant Esteve habían cambiado los horarios de recepción de sus pedidos y la entrega de sus productos para evitar la entrada de foráneos en tan delicado momento. Pese a su labor, estaba disgustado, sobre todo consigo mismo, pues no había podido evitar lo que estaba por suceder.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (35)

22 diciembre, 2020

La sentencia provocó otro estallido de furor enfervorecido entre los asistentes y estos, a su vez, que Ricard alzara la voz. El anuncio de que los muchachos serian sometidos al castigo medieval de recibir diez latigazos (veinte para el más adulto de ellos, que ya era mayor de edad), y un mes de castigo en el Hoyo ya le habían provocado una gran incomodidad, pero fue el furor fanático de sus onciudadanos el que le llevó a levantarse. Por suerte lo hizo, porque, de no haber sorprendido tanto su reacción, el anuncio del bestial castigo, mezclado con la histeria y la extalda atmósfera hubieran podido producir un auténtico desastre.

-¡No, no, no! ¡Esto está mal! ¿No os dais cuenta? ¿A dónde queréis ir a parar con esto?

-‘Es nuestra LEY, Ricard! -replicó uno de los alguaciles mientras sostenía el rollo del Decret de Emergencia como si fueran las Tablas de la Ley- Puedo parecer extraño en estos días y en estos momentos, pero es la ley y tenemos que dar ejemplo con esos chicos.

-¡Pero no así! -replicó Ricard- No somos unos bárbaros, usad el sentido común -dijo, volviéndose hacia la sala repleta-. Tenemos una alternativa, un procedimiento, que es avisar…

El alcalde, asumiendo de nuevo su papel de Sumo Sacerdote, abrió los brazos e interrumpió a su jefe de seguridad.

-Fuera de este pueblo nadie sabe cómo es la vida aquí con la bruja y nadie puede hacerse una idea de nuestros sacrificios. Sin fe, no hay nadie que pueda ayudarnos frente al mal. Vivimos bajo el filo de una terrible amaneza, ¡pero podemos encontrar la salvación si volvemos nuestros ojos al Señor!

-¿Dios quiere que le demos una paliza a nuestros hijos? – contestó Ricard.

-«El que escatima la vara odia a su hijo». Proverbios, 13,24.

-¡Esto no es un juicio, es una farsa!

-Son nuestras leyes, nuestras costumbres, Ricard. Las tuyas también. La voz de la democracia ha hablado.

¿Y que hay de malo con tenerlos bajo custodia, simplemente?

-Ya has dejado clara tu opinión, Ricard -dijo una voz desde la multitud-. Siéntate y déjanos continuar.

El comentario recibió el aprobado general. Ricard pudo ver la cara de desconcierto de muy pocas personas, entre ellas Esteve Riudellons. Durante los siguientes minutos interminables, durante casi una hora, todos los habitantes del pueblo votaron: 350 votaron a favor, 204 en contra.

Tras confirmar la sentencia y anunciar que se ejecutaría el jueves siguiente, todos rezaron un padrenuestro. Esteve, camino de casa, recordaría que, a la salida, la tensión y el miedo se habían desvanecido de las caras de sus vecinos y se había visto reemplazada por un conformismo extraño. Todos eran conscientes de que habían cometido un error, quizás una atrocidad, pero podrían vivir con ello. El alivio, mezclado con la resignación, que Esteve vio en ellos resultaba casi tan aterrador como el odio que les había inmflamado unos minutos antes.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (34)

19 diciembre, 2020

El estallido de rabia fue tan inmediato como violento.

-¿¡¿¡Dónde están esos asesinos?!! – gritó alguien.
-¡¡¡Podía haber muerto alguien!!!
-¡¡¡PODÍAMOS HABER MUERTO TODOS!!!
-¡¡¡Queremos a los asesinos!!! ¡¡¡Les haremos justicia!!!

Con la misma rapidez que la furia popular emergió, Ricard comenzó a sospechar que ese había sido el propósito del alcalde desde que convocó la reunión en el ayuntamiento. Provocar un ataque de histeria generalizada en la que la razón primara muchos menos que el miedo atávico a morir y el puro instinto. Desde luego, Monedero había manipulado con gran habilidad y de la manera más sencilla a todo el pueblo, reconoció Ricard con admiración y asco, mientras, a continuación, se preguntó a dónde quería ir a parar el alcalde mientras el ruido de las sillas al caer y la gente al gritar, puesta en pie agitando los puños con ira, llenaban la sala. Los guardias estaban teniendo graves problemas para mantener el control.

-¡Por favor, conciudadanos, por favor! ¡Mantened la calma, os lo ruego! – exclamó Monedero con su mejor aire de patriarca bíblico. Sólo le faltaba una larga barba blanca y las tablas de la ley para ser perfecto para el papel.

La Joana se acercó a su marido y le susurró «¿Esteve, estamos seguros aquí?». Esteve y su familia permanecía sentada, lo que les hacía tener la impresión de estar en un bosque, rodeados de árboles humanos que le cortaban la vista.

-Creo que sí, al menos por el momento – Esteve se había dado cuenta de cómo la reunión se había convertido en una especie de tribunal popular. Los funcionarios públicos apenas lograron acallar la multitud para seguir con la explicación de lo sucedido y de los actos cometidos por los jóvenes, sólo para verse reducidos al silencio por el siguiente rugido de furia vecinal y tener que volver a empezar de nuevo a calmar a la multitud furiosa. Para Esteve era obvio que, en algún momento, la cólera y el miedo de los vecinos escaparía a todo control y entonces comenzarían los verdaderos problemas.

– Como los detenidos han confesado sus crímenes y no hay espacio para la duda sobre su culpa -anunció Monedero con gesto grandilocuente-, el fiscal procederá a leer la sentencia…

Ricard le miró de reojo. «¿Cuando esta reunión se había metamorfoseado en un juicio?», se preguntó.

El Mengele español

18 diciembre, 2020

«Obsesionado con la idea de mantener la raza pura, [Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos franquistas] escribió un libro en 1934 donde defendía la castración de los psicópatas. Como miembro del Cuerpo de Sanidad Militar, había pasado algún tiempo en Alemania durante la Primera Guerra Mundial [En 1917 fue nombrado agregado de la embajada de España en Berlín]. Allí conoció a los psiquiatras alemanes Ernst Kretschmer, Hans Walter Gruhle y Gustav Schwalbe, que tuvieron una profunda influencia en él. Durante la guerra civil española, es nombrado jefe de los servicios psiquiátricos militares. El 10 de agosto de 1938 escribió a Franco solicitando permiso para crear el Gabinete de Investigaciones Psicológicas, y dos semanas más tarde recibió la autorización esperada. Su propósito era patologizar las ideas de la izquierda. Los resultados de sus investigaciones proporcionaron al alto mando militar los argumentos ‘científicos’ necesarios para justificar por qué presentaban a sus adversarios como una especie infrahumana, y Vallejo-Nájera fue ascendido a coronel.​

Su búsqueda de factores ambientales que fomentaran el ‘gen rojo’ y de los vínculos entre marxismo y deficiencia mental se plasmó en una serie de pruebas psicológicas realizadas a prisioneros que ya estaban previamente físicamente exhaustos y mentalmente angustiados. El equipo de Vallejo lo formaban dos médicos, un criminalista y dos asesores científicos alemanes. Los sujetos de estos experimentos eran miembros de las Brigadas Internacionales capturados en San Pedro de Cardeña, y cincuenta mujeres republicanas presas en Málaga, treinta de las cuales estaban esperando ser ejecutadas. En el caso de estas últimas y partiendo de que se trataban de degeneradas, y, por tanto, proclives a la criminalidad marxista, explica [Vallejo-Nájera] ‘la criminalidad republicana femenina’ debido a la psique femenina y al «marcado instinto sádico» producidas por la situación política, que permiten a las mujeres ‘satisfacer sus apetencias sexuales latentes’.

Las teorías de Vallejo-Nájera […] quedaron recogidas en un libro titulado ‘Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza española’ [según el cual los valores de la raza española eran jerárquicos, militares y patrióticos]».

Paul Preston, El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después. Debate, 2011.

A diferencia del alemán Joseph Mengele, que centraba sus hipótesis en la biología de las razas, Vallejo-Nájera sostenía que el “gen rojo” tenía un origen social y cultural que había pervertido a la raza hispana alejándola de los valores de “Dios, Patria y Familia” para reemplazarlos por la lucha de clases y la reivindicación del proletariado.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (33)

16 diciembre, 2020

La detención de los chicos que habían atacado a Na Maria no fue la operación discreta planeada por Ricard. En realidad fue tan sutil como una intervención nocturna de la Gestapo y, como no podía ser de otra manera, provocó mucha más inquietud de la prevista. Que los habitantes del pueblo demostraran un cierto nerviosismo era algo que los controladores esperaban. Pero lo que ni Ricard ni nadie pudieron preveer fue el estallido de pánico que siguió, ni la violencia que desencandenó, cuando los vecinos atacaron las casas de las familias de los detenidos, apedreando sus ventanas e incluso entrando en las casas para lanzar insultos contra los padres y el resto de los familiares, a los que consideraban culpables de haber puesto en peligro a todo el pueblo por no haber sabido controlar a sus hijos. La policía del pueblo se vio obligada a recurrir al uso de voluntarios para poder mantener la calma en el pueblo. Sólo la necesidad de tener a todos los hombres y mujeres disponibles controlando el caos que se había desatado le impidió a Ricard estrangular con sus propias manos a los inútiles que habían convertido una sencilla y discreta operación en el puñetero desastre que tenía ahora entre manos.

El juicio tuvo lugar en el ayuntamiento. La familia de Esteve estuvieron entre los asistentes que llenaban la sala hasta los topes. Cerca de ochocientas personas se apretujaban en el interior o en el exterior del edificio, asomándose por las ventanas o asomando las cabezas por las puertas. La situación era tensa y Esteve se temía que, en cualquier momento, la furia y la histeria desbordaran los límites y los controles policiales. La voz del alcalde, Carlos Monedero, estaba llena de calma y de mando, y cuando comenzó a leer las acusaciones mezclando terminos jurídicos y fragmentos de los Salmos bíblicos Esteve comenzó a tener una sensación muy desagradable recorriéndole. Pero cuando Monedero leyó los cargos y los rumores se convirtieron en realidades incuestionables, los rugidos de rabia de los asistentes comenzaron a convertirse en un huracán. Este vio a Ricard visiblemente incómodo con el comportamiento tanto del alcalde como de los letrados del tribunal y su admiración por el jefe de seguridad aumentó exponencialmente.

Entonces llegó el golpe maestro del alcalde. Las luces de la sala se apagaron y en la pared blanca del fondo comenzaron a desfilar las imágenes que los chicos había grabado de la bruja durante su experimento. Cuando se apagó el reproductor y la luminosidad regresó, un silencio nada natural invadió el lugar.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (32)

14 diciembre, 2020

La cúpula de los Vigilantes estaba petrificada. Al parecer, tres jóvenes del pueblo se habían ofrecido como voluntarios durante las operaciones de control de acceso a la sierra durante los días en los que el río había bajado teñido de sangre. En realidad, habían aprovechado la oportunidad para acercarse a Na María y realizar varios experimentos con ella. Por si eso no fuera suficientemente malo, además lo habían grabado todo con sus cámaras. Por desgracia para ellos, una cámara de seguridad los había grabado en el bosque -una de las docenas que Ricard había ordenado poner para tener vago vigilancia al condenado arroyo- y ahora las imágenes tenían a Ricard y al resto de Vigiliantes completamente pegados a sus sillas, al borde de tener un ataque cardíaco.

-Cuando pasó eso -preguntó Ricard, tras varios intentos fallidos de recuperar el aliento.

-El pasado día 12, a las 16:45 -replicó una voz a su derecha.

-¡Oh mierda! -estalló otra voz. Era Clara, la experta en emergencias médicas- Eso fue poco antes de que muriera la anciana.

-¿Qué anciana? -preguntó Ricard, sintiendo que el nudo en su estómago se triplicaba.

-Rosa Díaz, que vivía en la calle Mártires de la Democracia. Estaba jugando a cartas con sus amigos en el casal de ancianos cuando tuvo un ataque al corazón fulminante. Aunque estaba bien de salud, estas cosas pasan a ciertas edades, pero…

Pablo, asombrado, preguntó:

-¿No fue eso lo que pasó en el 76? Aquel experimento… tres ancianos murieron esa tarde.

-Al parecer, cuando está bajo una fuerte carga emocional, lanza esa energía y a alguien del pueblo se le funden los plomos -replicó otra voz.

-Así es. Esos chicos mataron a Rosa -exclamó Ricard-. Primero, quiero a esos tres detenidos y puestos bajo custodia de la manera más rápida y discreta posible. Segundo, todo este asunto debe quedar bajo total secreto. Si alguien descubre lo que hicieron esos tres gilipollas, el pánico alcanzará cuotas nunca vistas y lo último que me apetece es un linchamiento popular, por mucho que esos tres pedazos de cretinos se merezcan una buena tunda.

-No creo… -empezó Clara.

-¿Qué pensáis que hará el alcalde? ¿Qué hará la gente cuando descubra que todo el miedo causado por el río ensangrentado y la muerte de Rosa fueron causadas por esos tres y sus juegos estúppidos?

Jordi, que había permanecido mudo hasta el momento chasqueó los dedos y exclamó:

-Ricard tiene razón. Deteniéndolos bajo lo estipulado por el decreto de emergencia nos ponemos un paso por delante de todos. ¿No hay un artículo sobre «poner en peligro la seguridad de la población»? Me parece que nos viene ni que pintado.

-Oh venga -replicó Clara-, no me digas que vamos a recurrir a una ley del siglo pasado para…

-La ley es la ley, por muy antigua que sea -le contestó Ricard-. Y ahora nos viene como anillo al dedo. Informaré al alcalde y esta tarde sacaremos a esos mierdas de la calle.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (31)

12 diciembre, 2020

Dos semanas después, la sierra dejó de sangrar. Durante todo ese tiempo las iglesias de Sant Esteve de les Roures celebraron misas adicionales. Las fuerzas de seguridad tuvieron que emplearse a fondo ante los crecientes disturbios y sólo faltó que un purista reclamara un excorcismo de la sierra para que unas decenas de vecinos se dirigeran, palmatoria en mano, al bosque. La sola idea de que una hoja pudiera prenderse accidentalmente con tantas velas encedidas aún provocaba escalofríos en Ricard, que desplegó a todos sus hombres y a no pocos voluntarios para impedir el acceso a la sierra, lo que no sentó bien a unos cuantos. Más de un vecino se encontró con la desagradable sorpresa de dormir esa noche entre rejas por resistencia a la autoridad.

En las colas de los supermercados y de las tiendas no faltaba el que anunciara, muy seguro o segura de sí mismo, que «esto ya lo habían predicho los mayas», lo que había desencadenado un bolsazo en plena cara en algunos casos. La gente estaba tan tensa que cualquier tontería podía desencadenar un pequeño incendio. Y por primera vez desde su creación, BRX, el equipo de vigilancia, tenía a todo su personal en alerta las veinticuatro horas del día, de lunes a domingo. No paraba de sonar el teléfono, lo que ya daba bastante trabajo por sí sólo.

-Ha vuelto ha llamar la «profeta» -dijo uno de los técnicos.

-¿Otra vez? La septima vez esta semana -contestó otro.

A pesar de las simpatías de muchos vecinos, no pocos de los cuales se ofrecieron como voluntarios, dispuestos para ayudar en lo que fuera, no faltaban las voces críticas, en especial la del alcalde, que culpaba de todo lo sucedido a Ricard. Éste, por su parte, se lo tomaba con toda la calma posible mientras imaginaba manera de descuartizarlo. Las quejas también llegaban desde la calle, algunas veces en forma de ladrillo. La cárcel estaba empezando a llenarse con demasiada rápidez, pensó Ricard.

Las cámaras de seguridad habían aportado noticias más enervantes. Varios vecinos habían sido grabados entrando en el bosque, supuestamente en busca de la bruja. La que más veces aparecía en las cintas de seguridad era Susana, la dueña de la tienda de animales. Ricard tenía serias sospechas sobre la salud mental de esa mujer, que había sufrido un considerable maltrato de parte de su marido, a pesar de lo cual se deshizo en lágrimas y tuvo que ser hospitalizada con una crisis nerviosas cuando él sufrió un absurdo accidente. Al salir del bar, bebido como de costumbre, se puso a cruzar la calle sin mirar, siendo arrollado por un coche, que lo lanzó al otro lado del arcen, justo cuando pasaba un camión cargado con cerdos de las granjas que iban camino del matadero. Aquel día murió más de un cerdo, desde luego. Desde entonces, Susana no había estado del todo bien.

Ahora, por algún motivo que Ricard desconocía, se había aficionado a visitar a la bruja.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (30)

10 diciembre, 2020

Tras pasarse varias horas ilocalizable, una patrulla se encontró a la bruja cerca de uno de los arroyos de la montaña del Espía. Para el pasmo de los patrulleros, Na Maria lucía una cinta azul anudada en torno a su cintura y le habían colgado una bolsa de tela del hombro del que surgían unos sonidos nada reconfortantes que pusieron los pelos de punta a los voluntarios que habían salido ese día en busca de la bruja. Al final resultaron pertenecer a unos cuantos polluelos que estaban aturullados entre los pliegues de tela de la bolsa..

Cuando Ricard se enteró, primero se quedó estupefacto y luego, al calar la noticia, se enfureció. Tras avisar que todo volvía a estar en control, ordenó que se recordara a la población que el Decreto de Emergencia continuaba en vigor y que todo contacto con la bruja estaba prohibido. Quien se saltara estas normas sabría a que atenerse. Luego rodenó a lso técnicos que buscaran todas las imágenes de la bruja para ver quién narices le había dado la bolsa y la cinta.

Ricard se quedó de piedra -pero no más que los patrulleros- cuando estos intentaron retirar la bolsa con los polluelos y la mano de Na María se cerró con fuerza en tornoa a ella. De repente, el sonido de los quejidos de los animales cesó, al igual que los movimientos en la bolsa. Na Maria parecía estar mirando a la cámara y burlándose de Ricard y de todos, como si, con ese simple gesto, les recordara que ella tenía el poder sobre la vida y la muerte en el pueblo.

La bruja, en lugar de desaparecer y materializarse en otro sitio, como solía hacer siempre cada siete horas, comenzó a vagar por el pueblo con la bolsa colgada al hombro.

-Parece que está contenta con la ofrenda -dijo alguien en el centro de control, sin obtener respuesta.

La bruja se puso camino hacia el ayuntamiento.


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