Archive for enero 2021

La crisis (6)

31 enero, 2021

José se despertó al oler el aroma del café que llegaba desde la cocina y se desesperezó sin prisas.

En los tres días que habían pasado desde que José llegara con el corazón en la boca a casa de Elena, habían permanecido recluidos en ella. Habían salido por la mañana del sábado siguiente a comprar comida con la que llenar la nevera y se dedicaron a descansar los tres. Cuando las noticias de la televisión y los programas basura lo llenaron todo y simplemente les resultaron enervantes, la apagaron, cerraron a medias las ventanas y se fueron a la cama. Los días que siguieron quedaron marcados por la tenue luz que se filtraba entre las persianas. A los gritos y a las carreras del primer día les sucedió una calma total, casi antinatural, pero ellos les dieron la espalda al mundo y se dedicaron únicamente el uno al otro, con el permiso de Peter, que de vez en cuando se subía a la cama reclamando mimos y comida.

Conectó su móvil, que había apagado y dejando que se cargara. Le asaltaron numerosas alertas que le llenaron toda la pantalla. Incidentes extraños en tanatorios y hospitales por todo el país. Gente que hablaba de muertos volviendo a la vida y médicos rechazando semejantes afirmaciones. Al parecer, según las autoridades médicas y el gobierno, se trataba de una extraña mutación de la meningits encefálica que provocaba fiebres muy altas que llevaban a los enfermos a sufrir alucinaciones y sufrir ataques de violencia. La prevención y el diagnóstico precoz eran las mejores armas para combatir esta enfermedad. También había que contar, añadían las noticias, con la actuación de vándalos y saqueadores que, aprovechando la situación, estaban causando numerosos destrozos.

Aproximadamente hacia el décimo días las comunicaciones comenzaron a fallar. Las sobresaturadas líneas telefónicas comenzaron a poblarse de mensajes como «todos nuestros operadores están ocupados en estos momentos, por favor, vuelva a llamar más tarde». Acceder a las webs de noticias de la CNN, la BBC o cualquier otra cadena informativa se convertía en un suplicio. Y fue entonces, al décimo día, cuando estalló el caos en Gràcia.

A pesar de estar situada en el corazón de Barcelona, Gràcia era casi un mundo en sí mismo desde que estalló la crisis. Con la gente confinada en sus casas, las calles del barrio, estrechas y flanqueadas por las altas fachas de sus edificios, se veían recorridas sólo por sus habitantes y algún vecino de las calles más cercanas de los otros barrios. El miedo hacía que la gente no quisiera estar demasiado tiempo en la calle ni siquiera cuando éstas comenzaron a poblarse de coches de policía primero y luego vehículos militares. La visión de los vehículos blindados de ruedas con un soldado empuñando una enorme ametralladora en su techo resultaba una imagen más aterradora que tranquilizadora para muchos. Así que Gràcia, y con ella el resto de la ciudad, permanecía en casa.

Al menos los que no se habían ido. Miles de barceloneses habían escapado a los pueblos cercanos o al interior con destino a segundas residencias o a casas de familiares y amigos. Algunos, como los desafortunados fugitivos que habían encontrado la muerte en la Meridiana, no llegaron a salir. Otros engrosaron las listas de desaparecidos cuando no llegaron a su destino y sus parientes y amigos, preocupados por la tardanza, llamaron a emergencias para informar de lo sucedido. Muchos siguieron haciéndolo incluso cuando sólo se podía escuchar «vuelva a llamar más tarde».

En la tarde del décimo día, José y Elena salieron a la calle. El silencio que les recibió no les afectó lo más mínimo y, cogidos de la mano, se pusieron en camino. Elena había visto que la «Milanesa», uno de sus restaurantes favoritos, argentino para más seña, en la calle Tordera esquina con la plaza del Raspall, estaba abierto. Había llamado por teléfono y les dijeron que sólo hacían entregas de comida a domicilio, así que encargaron un menú y salieron de paseo, con Peter en el bosillo del abrigo de José. El perro era el único que no llevaba una mascarilla puesta y, con las patas asomando por el bolsillo y la cabeza fuera, lo observaba todo mientras parecía reir de placer con la lengua fuera. Salieron de la plaza del Diamante y giraron a la derecha en la calle Verdi. A la altura de la calle de la Revolución se encontraron con otra pareja, las primeras personas que veían desde que salieron de casa, hacía diez minutos. El resto del camino fue igual de solitario y silencioso.

Mientras recogían la bolsa con su comida en el restaurante, escucharon una radio que, de algún piso de la calle Tordera, informaba a todo el mundo que quisiera escuchar:

-La globalización ha convertido a todos los países en vasos comunicantes. Como no hay recursos para darle a todo el planeta un nivel similar al del ciudadano europeo, pronto tendremos una crisis mundial, mucho peor que la del petróleo. Este virus es sólo una muestra de lo que está por…

De repente la voz cesó, lo que fue agradecido tanto por Elena como por José. Con la bolsa de la comida en la mano, se dieron media vuelta y comenzaron a desandar lo andado.

La crisis (5)

29 enero, 2021

Las noticias confusas sobre lo sucedido en la Meridiana hicieron que José saliera ese día de casa con una profunda sensación de inquietud. Se enfundó en su abrigo favorito («si viene un zumbado a morderme se dejará los dientes en las mangas», pensó mientras se reía entre dientes) y salió a la calle. Se había pasado los últimos tres días en casa de Elena y tenía que llenar la nevera. Revisó el móvil por si ella le había enviado algún mensaje y salió a la plaza. Verla completamente vacía le causó un desasosiego enorme, más aún que cuando Elena y él vieron las imágenes de las desiertas Ramblas. Hasta su perro levantó las orejas ante aquella singularidad inesperada.

Compró con rapidez y regresó a casa a toda velocidad, incómodo por el nerviosismo que le invadía. Intentó trabajar («teletrabajar», se dijo con una sonrisa sardónica) un rato, pero al cabo de unos instantes tuvo que salir de nuevo. Normalmente no le importaba estar en casa durante horas y horas sin más compañía que la música, pero ahora era diferente. Así que, cruzando los dedos para no ver a nadie, y, sobre todo, a ningún mosso d’esquadra, salió a la calle. Con dar una vuelta a la manzana se conformaba.

Ese era el plan, como se suele decir.

Empezó bien, adentrándose por la calle de Asturias. Le entristeció ver cerrada la tienda Art Hilgard, donde siempre se paraba un rato a mirar sus manualidades y de vez en cuando entraba para salir con alguna pequeña obra de arte bajo el brazo. Recordó su última compra, un cuadro de unos girasoles en blanco y negro que le regaló a una de sus vecinas (los favores es pagan, se dijo aquel día) y, perdido en sus pensamientos (otra vez se puso triste al ver uno de sus rincones favoritos cerrados, la Llibrería Alex, siguió caminando más allá del giro que tenía previsto hacer en la calle de Badia, con la que la librería casi hacía esquina.

Bajó literalmente de las nubes al ver la cola de gente que salía desde la puerta del Caprabo hasta el Carrer Gran de Gràcia y, dudoso, vaciló entre dar la vuelta allí mismo o seguir un poco más. «De perdidos al río», se encogió de hombros, «total, siempre puedo decir que iba a comprar al super y la cola me ha quitado las ganas». Al doblar la esquina y subir hacia la parada de metro de Fontana, vio el jaleo y, en lugar de darse la vuelta, se acercó.

Unos mossos rodeaban al cadáver y, por supuesto, no permitían que nadie se acercara, porque los pocos viandantes que había parecían tener una curiosidad mórbida respecto al cadáver. Después de tantas noticias sobre locos corriendo arriba y abajo, ver la víctima de un atropello les producía una extraña sensación de normalidad. El conductor, sentado en la puerta de su coche con las manos en la cabeza y dos mossos a ambos lados, no se sentía tan animado, obviamente. Estaba a unos diez metros cuando, de repente, el cadáver se sacudió bruscamente debajo de la lona que lo tapaba. Los mossos que estaban cerca lo miraron con cara de pasmo y los reunidos dejaron escapar un «¡oh! de sorpresa. Fue entonces cuando el sentido común de José, que ya le había dicho un par de veces que se diera la vuelta, comenzó a gritarle con todas sus fuerzas que se fuera a casa. Estaba a punto de hacer eso exactamente cuando, de repente, el muerto se incorporó, emitiendo gruñidos y ásperos cloqueos. Por cómo temblaban todos los miembros de su cuerpo, parecía que le habían dado una descarga eléctrica.

Entonces, el muerto atacó a uno de los policías con todas las ganas, tirándolo al suelo. Sus compañeros, que intentaban comprender aún la visión de un muerto incorporándose a la vida de nuevo, tardaron un poco en reaccionar, hasta que el muerto la emprendió a dentelladas con el agente y éste, que apenas podía contener a aquella bestia humana (o lo que fuera), pedía ayuda a gritos. Varios hombres se abalanzaron sobre el atacante mientras la calle se llenaba de gritos y la gente salía corriendo. José, para no verse arrollado, se abrazó con todas sus fuerzas a una farola. De paso, así se aguantaba de pie, porque el tembleque de sus piernas amenazaba con tirarlo al suelo.

Uno de los policías acercó su arma reglamentaria a la cabeza del atacante y apretó el gatillo. El estallido resonó en la calle como un cañonazo. El cadáver se derrumbó y José notó que sus piernas dejaban de temblarle. «Coño, qué hambre tengo», pensó, sorprendido de sí mismo. El agente atacado, cuya mejilla sangraba por un bocado recibido, extendió la mano para que le ayudaran a levantarse cuando, para pasmo de José y del par de viandantes que todavía se quedaban, su compañero de la pistola le reventó la cabeza con un disparo a quemarropa. Sus compañeros le miraron con los ojos muy abiertos.

-¡Qué coj… – empezó a decir uno.

-Estuve en la Meridiana -contestó el de la pistola, como si eso lo explicara todo.

Como si eso activara un mecanismo, los otros policías comenzaron a reaccionar y a moverse. Sacaron un par de lona de la furgoneta y comenzaron a tender otro perímetro. José, que ya había visto suficiente, se desasió de su farola y regresó, a toda velocidad, a la calle por la que había venido, más volando que caminando, rumbo de la casa de Elena, sin poder pensar en nada que no fuera estar con ella.

La crisis (4)

28 enero, 2021

Las noticias daban una sensación falsa de seguridad que llevó a muchos, entre ellos José, a buscar información en otras partes. Las redes se llenaron de extraños relatos, como el de un brote masivo de tembladera en el Oeste de Estados Unidos, que estaba provocando pavor en la industria cárnica. El más absurdo era el de la policía de Berlín cerrando los accesos a un popular centro comercial donde unos animales escapados del zoo habían provocado escenas de pánico y numerosos heridos. Lo que ya desató las alarmas fue cuando el presidente del gobierno español canceló toda su agenda en el cuarto día del comienzo de la crisis sanitaria, el 4 de febrero de 2020. Ese mismo día, Ada Colau fue cesada en sus funciones y el ayuntamiento de Barcelona reemplazado por un gabinete de crisis. En Madrid se desconocía el paradero de la presidenta de su comunidad, Isabel Díaz Ayuso. Se decía que, como la família real, se había refugiado en un país de Oriente Medio.

Se decían tantas cosas.

En el quinto día desde los primeros casos los sorprendidos habitantes de Barcelona vieron a muchas personas dotados de trajes de protección entraban a revisar las alcantarillas. No sabían que eran equipos de riesgo biológico que estaban descendiendo a las entrañas de la ciudad en busca de posibles enfermos. Cuando la televisión finalmente informó de ellos, es dijo que eran tareas rutinarias de desinfección. Si los que les vieron entrar hubieran contado a todos los que descendían al subsuelo se hubieran dado cuenta de que salían muchos menos.

Cuando los programas de televisión es llenaron de testimonios que hablaban de incidentes violentos en EEUU, nadie se sorprendió. Los americanos estaban locos, siempre habian sido así. Cuando la violencia pareció extenderes a Europa, se citaron a varias causas, entre ellas un influjo lunar funesto.

Cuando la gente es levantó una buena mañana y vieron a unas cuantas personas semidesnudas corriendo por las calles, deteniéndoes un momento para golpear las puertas con loca furia. Algunos se dirigieron, con violentas intenciones, hacia los supermercados abiertos donde la gente hacía cola para entrar, causando algunas víctimas y haciendo que la policía se tuviera que desplegar en todos los principales comercios para proteger a los ciudadanos. Pero eran tantos que, mientras se aseguraba la ciudad, se redujo el número de tiendas abiertas. Aunque algunos de esos depredadores enloquecidos fueron abatidos por la policía y sus ataques fueron muy pocos, esto empezó a provocar los primeros casos de pánico lo que, sumado al cierre temporal de comercios, llevó en el octavo día a que los primeros ciudadanos de Barcelona comenzaron a abandonar la ciudad, en un goteo disperso de coches que marchaban fuera de la ciudad, provocando, ese atardecer, atascos kilométricos a imitación de las largas filas de coches que intentaban escapar de Madrid y otras grandes ciudades españolas y mundiales.

Y también, como en esas ciudades, el caos empeoró cuando llegaron algunos de los dementes, sembrando el terror. Cientos de coches con miles de personas atascadas en mitad de las autopistas ya era un espectáculo considerable. Cuando algunos de esos seres se lanzaron contra el comienzo de la serpiente motorizada a la altura de la estación de tren de la Sagrera-Meridiana, el caos se convirtió en pánico primero y luego en una aterrada estampida. Para cuando llegaron las furgonetas de los mossos y abatieron a los atacantes, estos habían provocado un desastre desproporcionado para su escaso número. Las ambulancias estuvieron entrando y saliendo de la zona cargadas con heridos y muertos durante el resto del día y esa salida de la ciudad quedó cortada hasta el día siguiente. Pero eso no detuvo el éxodo, pues el incidente desató todavía más pánico.

Barcelona se vaciaba.

La crisis (3): Día 1

26 enero, 2021

Barcelona tuvo un despertar como no se recordaba en toda su historia. El goteo de enfermos, de cuentagotas prácticamente, de las primeras semanas, se había disparado de repente y, con las UCIs al borde del colapso, el gobierno había decretado el confinamiento total de la población. Las noticias de hechos similas en las principales capitales del mundo no habían preparado a los barceloneses para lo que se les vino encima de repente. Los coches de la policía recorrían la ciudad a toda velocidad mientras varios helicópteros surcaban sus cielos apenas por encima de los tejados, lo que en otro tiempo habrían provocado grandes quejas de los vecinos. Sin embargo, estos permanecían en sus casas, perplejos, confusos y asustados, atentos a la televisión, a la radio, a sus ordenadores, tablets y a cualquier otro medio que les informara de lo que estaba sucediendo. Los enfermos aparecían por todas partes y a cada momento, de manera que las ambulancias se habían visto desbordadas y se había recurrido a usar los servicios médicos del ejército. Algunos hospitales privados se habían adelantado a los acontecimientos prestándo sus propias ambulancias y servicios para ayudar con la crisis. Las llamadas se sucedían pidiendo una ambulancia o un médico, y las centralitas se atascaron mucho antes de que la gente empezara a llamar para notificar la desaparición de un vecino u otro.

Hacia el mediodía las calles de Barcelona, como tantas otras capitales mundiales, se vieron recorridas por los coches y las motos de las fuerzas de seguridad locales y de la policía militar. Poco antes de la hora de comer varios camiones militares llegaron al Hospital Clínico, al Hospital del Mar, al Hospital de San Pablo y a otros grandes centros médicos. El cordón policia que rodeadaba a estos edificios impidieron ver qué o quienes salían de esos camiones, como pudieron comprobar y grabar los vecinos de algunos de esos centros médicos. Las imágenes, apresuradamente grabadas con sus cámaras de vídeo o sus móviles pronto surcaron la red, sumándose a cientos de miles que ya corrían por toda Europa y, luego, por todo el mundo. Para la caída de la tarde, la aparidción del ministro de sanidad en la televisión admitiendo la gravedad de la situación y apelando al sentido común de la gente para que no salieran de casa salvo para lo imprescindible.

José se lo tomó a pecho. Sólo lo imprescindible así que, salvo por una escapada a mediodía para aprovisionarse de comida para el resto de la semana, como era su costumbre, no volvió a salir hasta las siete.

Diez minutos antes le había llegado un whatssap de Elena.

«Hola. ¿Puedes?»

«Voy»

«Vale. Trae birras».

«Y algo para comer?»

«Tengo pizzas».

«Llevo el postre».

«Guay.»

Lo empaquetó todo en su mochila, con su reserva «especial» encima de todo, y salió disparado. Las calles, bien aluminadas y completamente silenciosas, le produjeron una peculiar sensación que no supo definir. Estaban completamente vacías, algo insólito en su barrio. Gracia se caracterizaba por el bullicio de sus calles, y aquella solitud le provocaba a José una mezcla de excitación ante algo tan desconocido y extraño como una pequeña inquietud. Pero, ya fuera por su sangre fría o por su seguridad de que todo seguiría igual al día siguiente (o de que al menos él si lo haría), la inquietud desapreció antes de llegar a la esquina de su calle y doblar a la derecha. Dos calles más tarde, ya estaba en casa de Elena.

La crisis (2)

24 enero, 2021

José andaba cabizbajo. Había discutido con Elena por una tontería y llevaban un día sin hablarse. Era lo normal en ellos. Discutían con demasiadas ganas e ímpetu y al día siguiente José se avergonzaba al recordarlo, y todavía le daba más apuro decirle nada a ella porque era consciente de ese idiotez. Lo cierto es que a Elena los enfados le duraban un par de horas, como mucho, y al cabo de un rato ya había olvidado la discusión. Pero José no estaba todavía familiarizado del todo con el modus vivendi de Elena, pese a llevar algo más de un año juntos, y le costaba superar su propia vergüenza. Por suerte, ella tenía mucho menos orgullo que él y era más rápida en reaccionar.

Bajaba por la calle Verdi rumbo a la Casa de las Pizzas. Tenía hambre y caminaba con las manos en los bolsillos de la cazadora, con la bufanda al cuello. El frío de aquella noche del primerizo enero no resultaba demasiado molesto (al menos para él) y el golpe de calor al entrar en la pizzería le empañó las gafas durante un momento. Entonces sonó el teléfono. Era ella. Haciéndose un lío para quitarse los guantes y contestar el teléfono a la vez (la urgencia del momento superaba sus reflejos), estuvo a punto de tirar el teléfono al suelo un par de veces, hasta que al finaol, tirando de los dedos del guante con los dedos y sujetando el móvil con el sobaco, pudo por fin cogerlo en condiciones y contestar.

Quince minutos después salía de la pizzería, con una cuatro quesos, una de jamón y atún y seis latas de cerveza, y puso rumbo a casa de Elena con una sonrisa de oreja a oreja. La tempestad había terminado y sus pies apenas tocaban el suelo mientras se dirigía, a toda velocidad, en pos de ella. Al cruzar por Torrent de l’Olla le envió un whatssap:

«Llego en cinco mins».

Al cabo de unos treinta segundos, la respuesta de ella.

«Guay».

José aún se sorprendía que Elena, a su cuarenta y pocos, aún dijera «guay». Claro, que él era el que tenía una colección de unos ciento y pico pitufos en casa… además de tres ositos de peluche. Y su disfraz de Darth Vader. En fin, que hubiera dicho alguien.

Cuando llegó frente a la puerta de la casa de ella, el viento lanzó a sus pies un par de páginas de periódico. En uno comentaban la pelea a tortazos que habían protagoniza Koto Kapamoros y Pablo Mocos. El pelirrojo presentador se había llevado un gancho de izquierdas que le había dejado KO, y la imagen de su cara, con su enrojecida nariz sangrante, llenaba la página. En la otra se leía en grandes titulares: «Catástrofe sanitaria en China. Se ha decretado el confinamiento total de Dachang».

Pero José tenía puesta toda la atención en la puerta, esperando a que se abriera. Cuando sonó el pitido y la puerta cedió, tardó un suspiro en cruzar la entrada y empezar a subir las escaleras de cinco en cinco.

La crisis (1)

23 enero, 2021

José estaba esperando en el Bar Salvatge a que le dieran su pedido cuando, ojeando distraido las noticias en su tablet, le llamó la atención una noticia procedente de China. Al parecer, en una población cercana a la presa de las Tres Gargantas una variante de la cepa de la gripe estaba causando estragos entre la población local. Que la gripe fuera todavía una enfermedad mortal en algunas partes del mundo le resultaba todavía difícil de creer.

Con la bolsa en la mano se puso en camino. La gente estaba todavía en las terrazas de las cafeterías de la plaza del Diamante a pesar de que la tarde se había ido hacia bastante y la noche ya se enñoreaba de esa no demasiado fría noche de diciembre. Cruzó lateralmente la plaza, esquivando a un par de perros juguetones que se perseguían el uno al otro. Los miró sonriendo, y volvió a sonreír al ver a unos críos ir de camino a casa de la mano de sus respectivas mamás. Doblando la esquina pensó, con la sonrisa en los labios, que ir a ver a Elena le ponía de un buen humor espectacular.

Cuando ella abrió la puerta y le bañó con su mirada, la comisura de los sonrientes labios de José se dieron un abrazo en la nuca.

-Dame un abrazo, tonto – le dijo ella con su habitual y directa ternura. Le costó con derretirse al saberse rodeado por sus brazos, y más aún disimular el calor que le invadía al sentir el cuerpo de ella tan cercano al suyo – ¡Ya valeeeeeeee -dijo ella, apartándose con un gesto burlón-, que te envicias!

Y es que era toda la verdad. Podría pasarse toda la vida abrazadao a Elena.

Peter, el perro de Elena, le dedicó un ladrido de saludo y, a la vez, de recordatorio. Le estaba diciendo «estoy aquí, acaríciame» y él se agachó para hundir sus dedos en la voluminosa pelambrea de Peter.

-Si un día te quedas sin alfombra, Peter puede ser tu felpudo – le dijo justo cuando el perro se tumbó panza arriba para ser acariciado. Durante un instante el perro desapareció, reemplazado por un revoltijo de pelos que se movían en todas las direcciones y de los que, de repente, asomó una lengua que le lamió la mano.

Unos instantes después, con Peter caminando parsimoniosamente detrás de él, José puso rumbo al comedor, siguiendo los pasos de Elena, embelesado por su culo. Tan embelesado iba que no se acordaba de la bolsa con la cena, que descansaba, tranquilamente, al lado de la puerta, donde José la había dejado para hacerle las carantoñas al peludo de la casa.

Aviso para navegantes:

21 enero, 2021

En breve, (si no hoy, manaña), comenzaré una nueva historia que se titulará «El virus» (después de mucho pensarlo, ese es el mejor título que se me ha ocurrido, por razones que ya se verán en el relato).

No tiene que ver con el coronavirus. El comienzo puede recordar a la pandemia pero sólo porque me resulta útil para mis propósitos narrativos. Eso sí, no comenzará en China…

Aviso esto por si hay aprensiv@s o gente que, como yo, tenga suficiente con las noticias del coronavirus y no le apetezca encontrarselo hasta en la ficción. O sí, quién sabe.

En resumen, que «el virus» no tiene nada que ver con el COVID-19.

Nos leemos,

Yours truly,

Jack.

PD: Me lo he pensado. Se titulará «La crisis»

La bruja de Sant Esteve de les Roures (46)

17 enero, 2021

Las autoridades locales enviaron un par de patrullas de los Mossos en dirección a Sant Esteve de les Roures. Ambas patrullas informaron de una anillo de oscuridad que rodeaba la población e incluía a gran parte de los bosques y las colinas de los alrededores. Una de las patrullas, tras proveerse con grandes y potentes liternas, se adentró en las tinieblas en la tarde del primer día y no se volvió a saber de ellos. Cuando al final la oscuridad desapareció con el amanecer del tercer día, las fuerzas de seguridad y sanitarias se dirigieron en masa al pueblo. Se encontraron el vehículo de los mossos abandonado antes de llegar a la primera curva. o tenía ningún problema y funcionaba perfectamente, así que nadie entendía porqué sus ocupantes lo habían abandonado, cerrando las puertas tras ellos.

El pueblo estaba extrañamanee en calma… y vacío. Las primeras calles estaban completamente desiertas y no encontraron al primer habitante del pueblo (y también al último) hasta que llegaron a la plaza del pueblo. Allí un hombre estaba tendido en el suelo, inmóvil. Cuando le hicieron la autopsia descubrieron, días después, que había muerto de a causa de una violenta y feroz gripe. Por qué, si estaba tan enfermo, se había vestido y caminado hasta la plaza ne lugar de permanecer en su cama era todo un misterio. Otro más.

Tras varias horas de revisar concienzudamente el pueblo, encontraron un rastro por fin. En el suelo se veía el rastro de una gran multitud que había caminado hacia el bosque, hacia donde se decía que habían enterrado las cenizas de Na María. Poco antes de llegar a ese lugar, las huellas simplemente se desvanecían, como si todas las decenas o centenares de personas que habían caminado hasta allí se hubieran desvanecido en el aire.

Al final encontraron a un habitante vivo. Hacia el atardecer, mientras revisaban las pocas casas de las afueras, hallaron a Esteve Riudellons sentado en la cocina de su casa. Tenía los ojos cosidos con un grueso hilo negro.

FIN.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (45)

15 enero, 2021

La oscuridad escupió a un hombre aterrorizado que corría como si le persiguiera el diablo. Su rostro mostrava un intenso pavor y a llegar donde estaban los habitantes del pueblecito intentó atravesar la multitud sin detenerse a esquivar a nadie, simplemente empujando y pasando por encima de quien fuera necesaria, tal era su miedo. Costó mucho detenerlo para que no hiriera a nadie. Cuando Ricard lo tuvo cerca pudo ver las líneas sangrientas en su cara y los rastros púrpura en sus uñas. ¿Qué había causado tal terror que se había arañado la cara con tanta violencia?

-¡Sus ojos! -gritó a los que le rodeaban y sujetaban- ¡Tiene los ojos abiertos! ¡La ví y me miró, me vio! ¡Corred, la maldición está aquí, y viene a por nosotros!

La gente, bajo la terrible impresión de lo que acababa de escuchar, comenzó a dispersarse en las oscuridad en todas direcciones. Nadie levantó la voz, nadie corrió o dio muestras de pa´nico. Ahora que la maldición parecía haberles alcanzado, la aceptación del hecho les había privado de toda capacidad expresiva, hasta, que de repente, las gargantas y las entreñas se dejaron ir, estallando en pánico. No hizo falta ninguna app para que las noticias corrieran y en cuestión de minutos todo Sant Esteve estaba al corriente de lo sucedido.

Y, sin embargo, la bruja no fue al pueblo. Tendria los ojos abiertos, pero nadie podía verla. Muchos corrieron a sus casas y se atrincheraron detrás de sus puertas y de sus ventanas. Otros se escondieron en cualquier rincón de sus oscuras residencias musitando todo tipo de oraciones y ruegos. Algunos, temerosos de lo que el día pudieran descubrir, optaron por acabar con sus vidas antes de que el terror o lo que fuera a ocurrir les alcanzara. No faltaron un par o tres de ciudadanos que se pusieron a caminar hacia la salida del pueblo, y de los que nunca más se supo.

A las siete de la mañana, los primeros rayos de sol iluminaron las desiertas calles de Sant Esteve, donde sólo el aire corría por ellas. Na María no había aparecido todavía a cobrarse su venganza. El alcalde, sintiendo que lo que Dios había abandonado a Sant Esteve, decidió que lo que se avecinaba haría que los fuegos del infierno fueran tan cálido como una playa del Caribe, subió a lo más alto de su casa a primera hora, con el amanecer apenas insinuado en el horizonte, y saltó al vacío. Sólo logró romperse numerosos huesos y provocarse una hemorragia interna que se lo llevó aquella misma noche, después de una larga agonía.

¿Y Na María?

Nadie sabía dónde estaba.

La bruja de Sant Esteve de les Roures (44)

12 enero, 2021

La gente de Sant esteve se apresuraba por las calles como un ejército de hormiguitas. Unos portaban linternas, otros antorchas o incluso velas. La sorpresa inicial se había visto reemplazada por un miedo creciente y luego por una perplejidad absoluta.

-¿Quién ha muerto?

-¿Nadie?

-¿La bruja ha vuelto para vengarse?

-¿Na María no está?

El silencio que siguió a ese descubrimiento resultó más terrorífico que la oscuridad y todos se pusieron a hablar de repente.

En el centro de control, Ricard tenía todas las armas encendidas como si hueran el árbol de Navidad. Cuando la luz se fue en todo el pueblo y entraron en marcha los generadores del centro, Ricard dejó escapar un suspiro. «Si algo podía ir a peor…» Entonces, las calles se llenaron de pequeñas luces a medida que la gente salía a la calle con sorpresa y miedo. Las líneas de teléfono y de internet se habían venido abajo y Ricard luchaba por intentar mantenerlo todo bajo control, una tarea a todas luces (valga la ironía) imposible. Si no conseguía devolver la normalidad a Sant Esteve, la falsa sensación de seguridad se vendría abajo, y Ricard sabía perfectamente a dónde llevaba eso.

Entonces, los generadores de emergencia también enmudecieron y la oscuridad también reinó en el centro de control.

«Na María no se está dejando piedra por remover…», pensó Ricard.

En el pueblo, uno de los vecinos Daniiel, se sumó a la multitud y comenzó a buscar a sus conocicdos. Cuando encontró a dos de ellos les comentó que cuando se dirigía al pueblo y vio el pueblo oscurecerse en la distancia con el apagón, la autopista estaba perfectamente iluminada. De hecho, los pocos pueblos de los alrededores tenían sus luces en marcha y parecían perfectamente normales. Entonces empezó a sentir una urgencia tremenda por regresar al pueblo y una opresión en el pecho como si se le hubiera sentado encima del cuerpo un elefantes, así que apretó el acelerado a fondo. En cuanto alcanzó los límites de Sant Esteve, el coche dejó de funcionar. Había tenido que caminar de vuelta al pueblo y el miedo no le dejaba sentir el cansancio que invadía su cuerpo.

Cuando explicó todo esto, el silencio que reinaba se vino abajo de nuevo. Unos comenzaron a murmuran, otros a hablar en voz alta y, en general, a repetir todo lo que había contado Daniel. Ricard, que se había puesto en marcha hacia el pueblo con todo el personal del centro de control, se había dado cuenta de algo. En el cielo no se veía ni una sola estrella. La luna tampoco estaba.

Es la noche de María, pensó. Y esa idea le llenó el cuerpo de frío.


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