Archive for marzo 2021

El modernismo en Barcelona: el Arco del Triunfo -1-

31 marzo, 2021

El Arco de Triunfo (en catalán: Arc de Triomf) es un monumento situado entre los paseos de Lluís Companys y el de San Juan y la ronda de San Pedro, en la ciudad de Barcelona (España). Fue diseñado por el arquitecto Josep Vilaseca i Casanova (1848-1910) como entrada principal a la Exposición Universal de Barcelona de 1888. Vilaseca fue autor de obras modernistas tan conocidas como la Casa Brunos Cuadros (1883), más conocida como la Casa de los Paraguas (Ramblas, 83), con el dragón que aguanta un farol; las espectaculares Casas Cabot (1901-1904), en la calle Roger de Lluria, 84. Su contribución en el Arco de Triunfo no será por introducir novedad alguna, sino por su profusión decorativa, presente en el uso del tocho, de estilo neomudejar, que dota a la interpretación del clásico Árco de Triunfo de un innegable aire morisco.

El Arco tiene 30 metros de altura y su decoración escultórica corrió a cargo de Josep Reynés (autor del friso superior «Adhesión de las Naciones al Concurso Universal«), Josep Llimona (autor del reverso de la parte superior La Recompensa); en el lado derecho están las alegorías de la Industria, la Agricultura y el Comercio de Antoni Vilanova y, a a la izquierda, ​​las alegorías de las Ciencias y las Artes de Torquat Tasso; en último lugar, Manuel Fuxà y Pedro Carbonell crearon doce esculturas femeninas, las Famas, y Magí Fita se encargó de las mayólicas que decoran el Arco.

Esta obra está inscrita como Bien Cultural de Interés Local en el Inventario del Patrimonio Cultural catalán con el código 08019/1053.2​

A diferencia de otros arcos de triunfo de marcado carácter militar, el Arco de Triunfo de Barcelona tiene una importante personalidad civil, caracterizada por el progreso artístico, científico y económico. El monumento fue restaurado en 1989.

La Exposición Universal de Barcelona tuvo lugar entre el 8 de abril y el 9 de diciembre de 1888, y se llevó a cabo en el parque de la Ciudadela, anteriormente perteneciente al ejército y ganado para la ciudad en 1851. El incentivo de los actos feriales conllevó la mejora de las infraestructuras de toda la ciudad, que dio un enorme salto hacia la modernización y el desarrollo.

El Arco de Triunfo marcaba entrada a la Exposición (cabe añadir que el monumento, creado para la ocasión, aún permanece en su lugar original), y daba acceso al Salón de San Juan —actual paseo de Lluís Companys—, una larga avenida de 50 metros de ancho, donde destacaban las balaustradas de hierro forjado, los mosaicos del pavimento y unas grandes farolas, todo ello diseñado por Pere Falqués. A lo largo de este paseo se colocaron ocho grandes estatuas de bronce que representaban personajes ilustres de la historia de Cataluña, obra de diversos escultores, entre los que se encontraban los autores de la decoración escultórica del Arco. Este paseo finalizaba en el acceso al recinto de la Exposición, donde actualmente se ubica el parque de la Ciudadela; en esta intersección se inauguró en 1901 el monumento a Rius y Taulet, el alcalde promotor de la Exposición, que actualmente sirve de contrapunto al Arco de Triunfo al otro lado del paseo.​ El monumento fue inaugurado el 20 de mayo de 1888.​

De inspiración neomudéjar, el Arco tiene una altura de 30 metros, y está decorado con una rica ornamentación escultórica, obra de diversos autores: Josep Reynés esculpió en el friso superior la Adhesión de las Naciones al Concurso Universal; Josep Llimona realizó en el reverso de la parte superior La Recompensa; en el lado derecho Antoni Vilanova confeccionó las alegorías de la Industria, la Agricultura y el Comercio; en el izquierdo, Torquat Tasso elaboró las alegorías a las Ciencias y las Artes; por último, Manuel Fuxá y Pere Carbonell crearon doce esculturas femeninas, las Famas, y Magí Fita se encargó de las mayólicas que decoran el Arco.​

La leyenda de Iola de Corbera .

24 marzo, 2021

Una de les batalla más encarnizadas de la Cataluña medieval fue la de Matabous, al pie de la colina de Montcada, donde nació el mito de una de las heroínas catalanas: Iola de Corbera.

En el año 965, cuando Almanzor derrotó al conde Borrell y saqueó Barcelona. En el combate, el ejército cristiano sufrió grandes pérdidas, entre ellas, un pequeño señor feudal, Arnau de Corbera. Agonizando en el campo de batalla lo encontró su hija Iola, que no había tenido miedo de dirigirse al lugar, sembrado de muertos y heridos, para reunirse con su padre. Era una chica joven, cubierta con una capa que llevaba sus largos cabellos pelirrojos sueltos. Antes de morir, Arnau le pidió que avisara a los nobles catalanes de lo que se avecinaba y se aprestaran para la lucha. Iola, que no parecía conocer ni el temor ni la desesperanza, se puso manos a la obra, pero los nobles y caballeros restantes, atemorizados por la superioridad del ejército musulmán, no querían saber nada de ella.

Inasequible al desaliento, Iola recorrió todos los condados catalanes en busca de ayuda, hasta que, al final, logró la ayuda de unos pocos. El primero fue Dalmau de Rocabertí, de un viejo linaje ampordanés; el segundo, Ramón de Pallars, con su hueste de montañeses; el terero, el señor de Maaplana, del Montgrony. El último, Emenmir de Cardona, que afirmaba descender de la hermana de Carlomagno. Acompañada por estos cuatro nobles, se puso en camino.

Llegaron al castillo de Manresa, donde el conde Borrell, con los pocos caballeros que aún resistían, estaba sitiado por los musulmanes. El conde los recibió entristecido por las trágicas circunstancias. Los cinco recién llegados iban armados de hierro de pies a cabeza.

-Queridos caballeros -les dijo el conde por mucho corazo que mostreis, cinco hombres no pueden hqacer nada contra la aplastante fuera de nuestros enemigos.

Entonces, pasó.

Iola se quitó el casco que cubría su cabeza, mostrando su larga melena rojiza, y exclamó:

-¡No soy un hombre! ¡Soy Iola, hija de Arnau de Corberea, muerto en combate en Matabous! Os pido, señor, que desperteis y volvais a defender nuesta tierra!

Borrell quedó muy sorprendido por la actitud de la doncella guerrera. Más de quinientos hombres esperaban sus órdenes, dispuestos a atacar a los musulmanes por sorpresa. Así, la llegad ade aquella chica impresionó tanto al conde que éste decidió actuar. Recuperando la espada, que parecía dormitar colgando de su cinta, pidió a aquella mujer, que era todo lo qeu quedaba de la tierera catalana, si podía recompensarla de alguna manera por el servicio que le acababa de dar. Iola sólo pidió una cosa, poder luchar en primer línea y llevar el estandarte de su linaje, a lo que el conde accedió de buen grado.

Aquella noche atacaron por sorpresa al enemigo, rompiendo sus líneas. El ejército muisulman, cogido por sorpresa, emprendió la fuga. Con rapidez, Borrell y sus caballeros regresaron a Barcelona para recuperarla sin que sus defensores se dieran cuenta y esa misma noche la asaltaron. El combate fue breve pero durísimo, muriendo muchos catalanes y muchos musulmanes en el envite. La doncellga guerrar subió a la cumbre de la torre más alta, donde clavó el pendón de los Corberta y las cuatro barras del Casal de Barcelona, lo que animó a los combatientes del conde y les permitió derrotar la última resistencia enemiga.

Recuperada la ciudad, lkos cuatro caballeros (Pallars, Rocabertí, Mataplana y Cardona),. se arrodillaron ante la doncella, a la que bañaba el sol del amanacer, encendiendo sus cabellos como a una llama. Y, con ellos, el conde y toda la hueste catalana.

(Leyenda basada en lo relatado por Miquel Coll i Alentorn y ntoni Rovira i Virgili; para más leyendas: Dones catalanes llegendàries : reines, comtesses i heroïnes , de Joan Soler i Amigó, Sant Vicenç de Castellet : Farell, 2010, 143 páginas)

Las costumbres funerarias del Antiguo Egipto (4)

18 marzo, 2021

Las pirámides son el símbolo del Egipto faraónico y su modelo más perfecto es la de Keops (el segundo faraón de la IV Dinastía, que reinó desde el 2589 aC al 2566 aC), en Giza. Es la mejor construida y la más espectacular de todas. Está construida sobre un emplazamiento perfecto, que se realizaba en función de la capital, de la que no podía estar muy alejado, y también del río. Es un estrato rocoso capaz de soportar la enorme masa de estas construcciones, localizado en el margen occidental, reservada tradicionalmente al reino de los muertos que el sol poniente baña con sus rayos antes de recorrerlo durante la noche; también debía de estar situado por encima del nivel máximo de las aguas, que podía llegar durante la crecida a menos de 300 metros de la meseta. Ninguna otra pirámide alcanzará el tamaño ni la perfección de la de Kheops. La de Dyedefra (el tercer faraón de la IV Dinastía, que reinó entre el 2566 y el 2547 aC), quien prefirió Abu Roach a Giza, no nos ha llegado en un estado suficientemente bueno para poder hacer comparaciones. La de Kefrén (el cuarto faraón de la IV Dinastía, que reinó desde el 2547 a 2521 aC), por su parte sigue fielmente el modelo de la de Keops, igual que la de Micerino (faraón perteneciente a la IV Dinastía IV; las fechas de su reinado no se conocen con exactitud pero se estima que se inició hacia 2514 aC y terminó hacia 2486 aC. Fue hijo de Kefrén y nieto de Keops), que es de la mitad de tamaño, a excepción de las cámaras interiores, incorporadas en el basamento y totalmente diferentes en el caso de Micerino.

Las pirámides de las dinastías V y VI reproducen el espacio exterior del modelo de Giza sin alcanzar su tamaño. Las únicas diferencia estriban en las modificaciones introducidas en las cámaras interiores, cuyo plan queda fijado con Unas, y en algunos elementos del complejo funerario aparte de la pirámide propiamente dicha. La única excepción es Shepseskaf, quien se hizo construir en Saqqara sur no una pirámide, sino una enorme mastaba conocida actualmente con el nombre de mastaba-faraun. Se trata de un gran sarcofago de albañilería, de casi 100 metros de ancho por 75 m de largo y uno 19 de altura. No se puede explicar este aparente retorno a tradiciones funerarias anteriores, que, de todos modos, no fue un retorno completo, porque si bien la mastaba-faraun se cierra con un recinto doble, posee también una calzada ascendente, que es una aportación de la IV Dinastía. La disposición de las cámaras funerarias elegida por Shepseskaf será conservada por los reyes de la VI dinastía, quienes situarán sus tumbas no muy lejos de la suya, pues tal vez veían en él a un precursor. Sea como fuese, podemos suponer que este «retroceso» arquitectónico expresa la difícil transición política de la dinastía V a la VI, puesto que Khentkaus, la madre de Sahure y de Neferirkare se hizo construir una tumba que marca igualmente un retorno al pasado, pese a haberse edificado tras la muerte de su marido, en Giza, entre las calzadas de Kefren y de micerino. Es una construcción bastante, a medio camino entre la mastaba y la pirámide de dos pisos que se eleva a 18 m del suelo.

Las costumbres funerarias del Antiguo Egipto (3)

17 marzo, 2021

A Zóser, segundo faraón de la III Dinastía, le corresponde el mérito de haber transformado la tumba regia de mastaba en pirámide. Comenzó construyendo una sepultura clásica: un gran pozo de 28 metros por el que se accedía a un panteón de sienita, al que se le añadieron diversas galerías utilizadas como almacenes. Una cámara funeraria completaba estas instalaciones subterráneas. Los muros estaban decorados con azulejos azules y una de estas cámaras reproduce la arquitectura vegetal en la que se supone que vive el doble – el ka- del faraón, mientras que la otra representa los desvanes de su morada. Encima de este conjunto se levantó una construcción maciza cuadrada de unos 60 metros de lado y 8 de altura, sin huecos, puesto que todas las cámaras se encontraban situadas bajo tierra, y revestida con un doble paramento de caliza. Más tarde se excavaron diversos pozos en la fachada oriental con el fin de dar acceso a nuevas cámaras funerarias destinadas a miembros de la familia real que habían fallecido mientras tanto. Para disimular estos pozos se alargó la mastaba inicial hacia el este.

Llegados a este punto se produjo una modificación radical del aspecto exterior que parece ser un intento del constructor por hacer más visible la tumba, de ocho metros de altura, pero que, para un observador alejada, quedaba oculta por la muralla que servía de cierre al complejo funerario. En un primer momento, Imhotep encierra la mastaba inicial en una pirámide de cuatro escalones y luego la prolonga, alzándose más aún hasta obtener una pirámide de seis escalones y unos 60 metros de alto. Este tipo de construcción lo emplea también el Horus Sekhem-khet en Saqqara, mientras que las pirámides de Zauiet el Aryam anuncia una técnica nueva cuyo ejemplo mejor es la pirámide de Seneferu en Meidum.

En una primera etapa, la pirámide de Meidum probablemente estaba formada por una mastaba coronada por una pequeña pirámide escalonada, pero aquí se acaba el parecido con los monumentos de la III Dinastía. La planta cuadrada, la abertura practicada en el lado norte, la disposición de las cámaras funerarias parte bajo tierra y parte en el mismo cuerpo del monumento, lo que relaciona a esta pirámide con el tipo clásico de la IV Dinastía.

Al núcleo inicial se le añadieron seis planchas laterales de caliza local inclinadas en una pendiente de 75º que forman una pirámide de siete escalones. Luego se añadió una última plancha y se cubrió los ocho escalones así obtenida con caliza fina de Tura. Finalmente, se rellenaron los escalones y colocaron un paramento de caliza que dio al conjunto el aspecto de una «verdadera» pirámide, con una pendiente de 51º52′, un lado de 144.32 metros y 92 metros de altura.

Zóser no se sintió satisfecho con esta tumba y realizó un segundo intento en Dashur, con la pirámide «sur», construido no sin dificultades. La disposición de las cámaras interiores tuvo que ser revisada y modificada ,así como la pendiente, que a media altura pasa de 54º31′ a 43º21′- Esta ruptura le da un aspecto muy característico y le ha valido el apodo de «pirámide romboidal». Con todo, y a pesar de estas imperfecciones, quizás debidas a la mala calidad de los cimientos, esta pirámide aporta una novedad importante: el revestimiento se coloca por hiladas, lo que lo hace más estable.

Una vez más el faraón no se detuvo aquí. Llevó a cabo un tercer intento, también en Dahshur, pero al norte, una nueva pirámide con una base más sólida y una pendiente, desde el principio, de 43º46′, cuyo templo funerario nunca fue terminado.

Las costumbres funerarias del Antiguo Egipto (2)

14 marzo, 2021

Cada individuo está compuesto por cinco elementos: la sombra (doble inmaterial de cada una de las formas que el individuo tomará a lo largo de su vida), el akh, el ka, el ba y el nombre.

El akh es un principìo solar, el elemento luminoso que le permite al difunto acceder a las estrellas durante su viaje al más allá; es la forma bajo el cual se manifiesta la potencia de los dioses o de los muertos, su espíritu.

El ka es la fuerza vital que posee todo ser. Se multiplica en función de la potencia de su poseedor (Ra, por ejemplo, tiene catorces Kau) y deber ser alimentado para conservar su eficacia; esta fuerza es la que permite al cuerpo, convenientemente preparado, triunfar sobre la muerte y retomar un vida semejante a la que llevaba en este mundo. Para subsistir, el ka necesita tanto alimentación como un soporte, y por ello ,desde muy pronto, se intentó proporcionar sustitutos al cuerpo, demasiado expuesto a la degradación. Serán las efigies del difunto. Se tiene la costumbre de colocarlas en un lugar preciso de la tumba regia, el serdab, una galería subterránea abierta en el interior de la mastaba o de la infraestructura funeraria en general, que comunicaba con las instalaciones culturales por una hendidura situada a la altura del rostro humano, de forma que la estatua o estatuas allí colocadas puedan beneficiarse de la ofrenda. Esta costumbre, reservada al faraón al principio, también se extendió a los particulares.

El espacio abierto ante la cámara funeraria desempeña el papel de serdab, haciendo así accesible al muerto la ofrenda presentada en la base del pozo, en el momento de los funerales.

El ba es igualmente un principio inmaterial que contiene la potencia de su propietario, ya se trate de un dios, de un difunto o de un ser vivo. Es como un doble del individuo, independiente del cuerpo -se le representa como un pájaro con cabeza humana que abandona los despojos mortales en el momento del tránsito para volver a ellos tras la momificación-, un alter ego con el que es posible dialogar y que, impropiamente, se traduce como «alma».

Finalmente, el nombre es para el egipcio, una segunda creación del individuo, tanto en el momento de nacimiento, cuando su madre le atribuye un nombre que expresa su naturaleza, y también el destino que ella desea para él, como luego, cada vez que sea pronunciado. Esta creencia en la virtud creadora de la palabra determina todo el comportamiento egipcio ante la muerte: puesto que nombrar a una persona o una cosa equivale a obligarla a hacerla existir, más allá de su desaparición física se hace necesaria multiplicar los signos que sirvan para reconocerla. Por esta razón, la capilla funeraria o el lugar de culto en general reúne el mayor número de indicaciones, lo más explícitas posibles, de forma que el kja pueda disfrutar de aquello que le corresponde.

El conjunto formado por la estela y la puerta, la «estela-falsa puerta», responde, pues, a ese objetivo. Constituye el lugar central de la capilla. hacia donde convergen las decoraciones murales. Esta puerta puede estar más o menos adornada. Muy frecuentemente incluye la mediacaña egipcia, una moldura que corona generalmente puertos y muros y que recuerda a la copa de las palmeras. La estela es colocada en el umbral de la puerta. Sobre el dintel está inscrito, por regla general, el comienzo de la fórmula de «transferencia de la ofrenda»: el rey la consagra a una divinidad, la cual a su vez hace participar de ella al dedicatorio. Este procedimiento permitía asegurar teóricamente el culto funerario, aunque desapareciera el dominio normalmente destinado al mantenimiento y aprovisionamiento de la tumba. Bastaba, en efecto ,con que la fórmula que describe la ofrenda pudiera ser leída -por el difunto, en último extremo, o por una de sus imágenes que le presente santa y sustituyen- para que ésta tomara cuerpo real, porque la entrega de la ofrenda estaba garantizada por el eterno mantenimiento del culto a la divinidad, que desviaba una parte para el difunto. Esta «transferencia» era una forma de mantener al individuo en el tejido del universo. Por otro lado, bajo el umbral se enumeraban sus títulos ,repetidos y desarrollados en las jambas de la puerta, en donde a veces aparece una representación del ka en altorrelieve.

Las costumbres funerarias del Antiguo Egipto (1)

12 marzo, 2021

Las pirámides son el símbolo por excelencia del Imperio Antiguo  y, desde que fueron edificadas, han despertado la admiración de los hombres. Para la posterior, Kheops es ante todo el faraón que supo llevar a su forma definitiva este tipo de sepultura, que se había iniciado en tiempos de Djeser, provocando un giro radical en la evolución de la tumba regia. Durante el periodo tinita, tanto en abidos como en Saqqara, las tumbas presentan en superficie una superestructura que semeja la forma de un gran banco de piedra, del que deriva el nombre mastaba que le dieron los obreros de A. Mariette. Esta forma, que se mantuvo para las sepulturas no regias durante todo el Imperio Antiguo en la región de Menfis y hasta un poco más tarde al oeste del valle de Nilo, pretendía reproducir el ´habitat terrestre del muerto, o, al menos, conservar su aspecto. Desde los comienzos de la época tinita, se presenta como un todo macizo, en cuyo interior no se disponen necesariamente habitaciones para capillas o almacenes, pero que sí estaba limitado por muros de ladrillo con pilastras y resaltos que dan una impresión de ·»fachada de palacio» en falsa perspectiva. El conjunto podía estar rodeado por una o dos murallas que delimitan el territorio del muerto. Esta forma arquitectónica constituye el punto final de una evolución iniciada a partir del túmulo que, en época predinástica, cubría la fosa en que se enterraba al difunto. Este túmulo procedía más o menos desde la misma idea que el túmulo original sobre el que los teólogos de Heliópolis hacían aparecer el sol creador. originariamente estaría fabricado, como este último, con arena retenida mediante bloques de piedra o cercados de madera.

El muerto descansaba debajo, en una fosa oval o rectangular, cuya  forma evolucionó a lo largo del a Prehistoria, pero manteniendo siempre invariable su función principal, la de ser un lugar que congrega al propietario de la tumba y a los diversos objetos puestos a su disposición para alcanzar el más allá y permanecer en él. El cuerpo descansa por lo general en posición contraída sobre uno de los lados, a veces sobre una estera de caña y a veces envuelto en un sudario. En la cámara funeraria se disponen algunos objetos personales y una vajilla más o menos abundante que constituyen la base del ajuar y que, al mismo tiempo, es el receptáculo de la ofrenda alimentaria puesta a su disposición. A este ajuar se le añaden, según las épocas y la fortuna del propietarios, vasos de piedra y un equipamiento variado, almacenados en jarras los productos alimentarios y en cofres los objetos valiosos, los adornos y los juegos.

En el curso de las dos primeras dinastías, la evolución de la tumba afectó tanto a su infraestructura como a su superestructura, con lo que fue poco a poco constituyéndose el tipo clásico de la mastaba, que es al mismo tiempo lugar de cultor y reproducción de la morada terrestre, en la que van multiplicándose los medios de subsistencia y los símbolos de supervivencia más allá de la muerte. De su condición de lugar de culto da cuenta la estela, que servía desde los primeros reyes tinitas para recordar el nombre del difunto. Los altos funcionarios se apoderaron desde muy pronto de esta costumbre, reservada en principio al soberano, según el esquema fundamental definido antes. La estela funeraria evoluciona también en el sentido de un mayor enriquecimiento; ya no sólo se nombra al propietario de la tumba sino que también se descubre la ofrenda que debe hacérsele. Propiamente hablando, esta representación señala el lugar de paso entre el reino de los muertos y el de los vivos. Teóricamente, define con suficiente precisión el lugar donde depositar la ofrenda, y así debió de suceder en los primeros tiempos. Muy pronto, la estela se combina con lo que se conoce como la «falsa puerta»: en una falsa perspectiva semejante a la de la «fachada de palacio», se representa una puerta encima de la cual está la estera enrollada. Procede de un nicho, que constituía un reforzamiento de la mastaba primitiva y que, según se creía, le permitía a la energía del muerto, a su ka, el acceso al mundo sensible, de donde debía obtener los alimentos necesarios para sobrevivir.

Las cosmologías del Antiguo Egipto (3)

10 marzo, 2021

La tercera cosmología es la más perfecta de las tres desde un punto de vista teológico. La conocemos por un único documento del reinado del soberano kushita Shabaka, en el paso del siglo VII al VI de antes de Cristo: Una gran losa de granito procedente del templo de Ptah, en Menfis, y conservada en el Museo Británico, en ella se dice que es copia de un antiguo papiro «carcomido». Combina los elementos de las dos cosmologías anteriores, aunque otorgándole al dios local Ptah la función de demiurgo. Podría decirse que en ella predominan los elementos heliopolitanos y osidrianos, junto con una evidente búsqueda de la abstracción en la formulación del mecanismo de la creación, que se realiza por la acción combinada del pensamiento y la palabra.

Este texto procede, claramente, del Imperio Antiguo, cuando Menfis, por primera vez, tuvo proyección nacional, y sin duda de la V dinastía ,es decir, de la época de predominio de la doctrina heliopolitana. También a la V dinastía se remonta el primer documento conocido de otra categoría distinta cuyo objetivo explícito es el de mostrar la continuidad que vincula a los hombres con los dioses: la Piedra de Palermo.

La Piedra de Palermo pertenece al género de la analística, del cual se han conservado un número relativamente grande de obras bajo la forma de listas reales, adornadas a veces con comentarios, pero no siempre. La más célebre es la de Manetón, un sacerdote de Sebenitos (hoy en día Samanuid, en la ribera occidental del brazo de Damietta, en el Delta), que vivió en la época helenística, bajo oel reinado de los dos primeros Ptolomeos. A él corresponde la división dinástica en treinta dinastías, desde la unificación del país por Menes, identificado hoy con Narmer, hasta la conquista macedonia. Sus Aegyptiaca, por desgracia, sólo han llegado hasta nuestros días de forma muy fragmentaria a través de autores tardíos. Las listas anteriores que conocemos proceden todas ellas de época ramésida. La más importante se contiene en un papiro del reinado de Ramsés II, conservado en el Museo de Turín, sobre el que Champollion fue el primer en trabajar y que muestra una lista organizada por dinastías desde los orígenes hasta el Imperio Medio. En listas semejantes a estas se inspiraron sin duda las distintas «tablas», como la de la «Cámara de los Antepasados» de Karnak, hoy en el Louvre, o las del templo funerario de Seti I en Abidos, la que fue hallada en Saqqara, en la tumba de Turno, un contemporáneo de Ramses II y otras de menor extensión.

La Piedra de Palermo es una placa rota de piedra negra que contiene la lista de los reyes desde Aha, el primer soberano de la I dinastía, hasta al menos ele tercero de la V dinastía, Neferirkare. Por desgracia, el documento está incompleto y su procedencia nos es desconocida. Entró en forma de legado en el museo de Palermo en 1877, y han aparecido seis fragmentos en el mercado de antigüedades, conservados actualmente en el Museo de El Cairo y en el University College de Londres. Se ha puesto en duda tanto su autenticidad como su pertenencia misma a la Piedra de Palermo, en una encendida controversia que dura ya casi un siglo.

Los fragmentos enumeran al principio una serie de reyes que llevan, alternativamente, la corona del Alto o del Bajo Egipto. Manetón y el Canon de Turín, conservadondo l estructura analítica, nos presentan, en cambio, una formulación cosmológica de los orígenes. La integración del Mito en la Historia se realiza recurriendo a la Edad de Oro, cuando los dioses reinaban sobre la tierra. Las listas reales reproducen los datos de las cosmogonías, particularmente de la de Menfis: en el comienzo se encuentra el fundador, Ptah, cuyo papel es aqui semejante eal de Khnum, el alfarero que creó a la humanidad en su torno. Le sucede Ra, que crea la vida disipando las nieblas y prototipo de la realeza, que entregará luego a Shu, el aire, separador de la Tierra y el Cielo.

Quedas así trazados los momentos principales de la Creación. Los compiladores griegos de Manetón no erraron al ver en Ptah a Hefesto, el dios herrero, y en Ra a Helis, el sol. Shu y su sucesor Geb se reparten las funciones de Cronos y Zeus en Diodoro de Sicilia, quien reconocía de este modo en Geb al padre de los hombres. Vemos pues, que la Historia es una continuación del Mito y que, para los egipcios, no existe ninguna solución de continuidad entre los dioses y los hombres. Su sociedad es una reproducción cotidiana de la creación y por ello debe reflejar el orden del cosmos en todos sus niveles. Su proceso constituyente imita, pues, voluntariamente, el del universo, lo cual no dejará de influir en los análisis de contemporáneo que de él se realizaron.

Las cosmologías del Antiguo Egipto (2)

8 marzo, 2021

En este esquema del reino de los dioses se mezclan numerosas leyendas que se complicaron al añadirse las divinidades locales para resaltar su papel en la cosmogonía o permitir la fusión de varias conjunto de divinidades, de manera que se produjo una compleja imbricación de mitos que se superponen los unos a los otros con cierta frecuencia y que tratan siempre de unos dioses de pasiones muy humanas que reinan sobre la tierra. Apenas se habla de la creación de los hombres, que parece contemporánea a la del mundo, con una única excepción: la leyenda del ojo de Ra». El Sol ha pedido su ojo y envía en su búsqueda a sus hijos Shu y Tefnut, pero pasa el tiempo sin que éstos regresen, por lo que decide reemplazar el ausente ojo por otro y, cuando el ojo fugitivo regresa, ve que ha sido sustituido. De rabia, comienza a llorar, y de sus lágrimas nacen los hombres (remet). Ra lo transforma en cobra y lo coloca en su frente: es el ureus, que fulmina con su mirada a los enemigos del dios. El carácter anecdótico con que aparece aquí la creación de los hombres resulta excepcional y cabe suponer que su origen está en el juego de palabras entre el nombre de las lágrimas y el de la humanidad, demasiado tentador para el teólogo.

El tema del ojo perdido o sustituido tuvo otros desarrollos: sirvió para explicar el nacimiento de la luna, segundo ojo de Ra confiado a Thot, el dios escriba con cabeza de ibis y «ojo sano» de Horus. Éste perdió un ojo durante el combate que mantuvo con Seth por la posesión del reino de Egipto; Thot se lo habría devuelto, convirtiéndolo así en el prototipo de la integridad física. Esta es la razón de que aparezca sobre los ataúdes para garantizar al muerto el pleno uso de su cuerpo. Ra, el rey de los dioses, debe luchar para conservar su poder porque, cada noche, durante su viaje por el más allá, intentan arrebatarselo sus encarnizados enemigos, conducidos por Apofis, personificación de las fuerzas negativas. Hours, a la cabeza de los arponeros de la barca divina, le ayuda a vencerlos, lo que vuelve a provocar una nueva contaminación de los mitos solar y osiriano. Los ataques contra el rey de los dioses toman a veces un giro insospechado: puede ser Isis, por ejemplo, quien intente apoderarse de Ra, haciendo que lo muerda una serpiente modelada en la arcilla mojada por la saliva que el dios, convertido ya en débil anciçano, deja escapar de su boca, por la mañana al partir a iluminar el universo. El divino rey es capturado por una potencia surgida de  su propio cuerpo; para salvarse, debe revelar a la autora del enf caminamiento el secreto de su energía vital, el nombre de sus kau. Este era el objetivo de Isis, que buscaba de este modo, conociendo sus nombres secretos, adquirir poder sobre él. Sin duda, el anciano dios logra conjurar tal sortilegio, pero el texto está incompleto y no se conoce el final de la historia.

También Egipto posee el mito de la revuelta de los hombres contra su creador, quién decide entonces destruirlos por consejo de la asamblea de los dioses. Para ello envía su ojo a la tierra bajo la forma de la diosa Hathor, mensajera de su cólera. Éste devora en un día a una parte de la humanidad y luego se duerme. Ra, juzgando suficiente el castigo, rocía cerveza por la noche la cual, mezclada con las aguas del Nilo, parece sangre. Al despertar, la diosa bebió este brebaje y se desplomó, borracha. La humanidad se ha salvado, pero Ra, decepcionado, decidió retirarse al cielo sobre la espada de la vaca celeste que sostiene el dios Shu. Entrega la administración de la tierra a Thot y las serpientes, insignias de la realiza, a Geb. Se consuma así la separación entre los dioses y los hombres; ambos ocupan su lugar en el universo, que conoce, a partir de ese momento, el espacio y la duración (djet y neheh). Esta leyenda de la cólera apaciguada recuerda a la de la Diosa Lejana: una leona furiosa aterrorizaba Nubia. Un mensajero de su padre, Ra, la conduce, apaciguada, a Egipto, bajo la apariencia de una gata a la que el Sol toma por guardiana.
La cosmología heliopolitana, como hemos visto, destaca por haber sabido asimilar los principales mitos del país. La ciudad de Hermópolis (hoy Akhmin), a unos 300 kilómetros al sur del Cairo, que era la capital del 15o nomo del Alto Egipto, elaboró su propia cosmología, que fue durante un tiempo rival de la de Heliópolis, y que afronta el problema de forma inversa a como lo había hecho esta. El sol no es el primer eslabón de la cadena, sino el último. El punto de partida es el mismo, un caos líquido increado en el que se debaten cuatro parejas de rana y serpiente que reúnen sus fuerzas para crear un huevo y depositarlo sobre una colina que emerge fuera del agua. CAda una de estas parejas está formada por un elemento y su paredro: Nmun y Nunter, el océano primordial que Heliópolis integra en su propio sistema; Heh y Hehet, el agua que busca su camino; Keku y Keket, la oscuridad, y, finalmente, Amón, el dios oculto y su paredro, Amonet. Más tarde, cuando el último se convierte en dios dinástico, el clero tebano se encarga de reconstruir una «familia» según un esquema más humano, que establezca, como la de Heliópolis, la transición entre la creación y el género humano.

Estos dos sistemas, así como los grandes mitos populares como el de Osiris, contienen mitos extraídos del sustrato profundo de la civilización egipcia, algunos de los cuales encuentran ecos enre las civliizaciones africsanas; Anubis recuerda al chacal incestuoso, figura prometeica anterior a los Nommos entre los pueblos Dogon de Mali, cuya cosmogonía se basa igualmente en ocho dioses fudnadores. Estos vínculos podrían, por lo demás, multiplicarse: Amón es, en ambos casos, el carnero de oro celeste, de frente coronado por un cuerno ganchudo y una calabaza que simboliza el disco solar. Osiris recuerda al Lebe, cuya resurrección se anuncia por el rebrote del mijo, mientras que, de manera aún más profunda y más allá del verbo creador, el individuo está compuesto por un alma y de una energía vital que los egipcios denominaban ba y ka.

Las cosmologías del Antiguo Egipto (1)

6 marzo, 2021

Las cosmologías son tres aunque pueda decirse que las tres sólo son variaciones políticos en torno a un único tema: la creación del mundo por el sol a partir del elemento líquido cuyo arquetipo no es otro que la crecida del Nilo. El primer sistema fue elaborado en Heliópolis, la antigua ciudad sagrada, hoy un barrio de El Cairo, donde los faraones acudían para ser reconocidos como tales. La cosmología heliopolitana es la primera por ser históricamente la más antigua, pero también porque los teólogos nunca dejaron de recurrir a ella con el correr de los siglos.

Describe la creación según un esquema cuyas grandes líneas comparte con sus rivales. En el principio era el Nun, el líquido elemento incontrolado, también traducido como «caos». No se trata de un elemento negativo, sino simplemente de una masa increada e inorganizada que contiene en sí misma el germen de la vida. Este elemento no desapareció después de la creación, sino que permanece aún en los confines del mundo organizado, que amenaza con invadir periódicamente si el equilibrio del universo llegara a romperse. En él habitan las fuerzas negativas, siempre dispuestas a intervenir y, de una manera más general, todo aquello que escapa a las categorías del universo. Vagan por él, como náufragos a la deriva, las almas en pena, por ejemplo, que no han gozado de los ritos funerarios adecuados o los niños que nacieron muertos y no tuvieron la fuerza suficiente para acceder al mundo sensible.

De este caos surgió el sol, cuyo origen no se conoce porque «accedió por si mismo a la existencia». Su aparición tiene lugar sobre una colina de tierra recubierta de arena virgen, que emerge fuera del agua, y se materializa por la presencia de una piedra elevada, el benben, que es objeto de culto en el templo de Heliópolis, considerado como el lugar mismo donde se produjo la creación. La colina de tierra evoca claramente el tell que surge por encima de la riada durante la crecida del río, y el benben, la petrificación del rayo de sol, adorado bajo la forma de un obelisco truncado, depositado sobre una plataforma. Este dios que es su propio creador es, alternativamente, Ra, el sol propiamente dicho. Atón, el Ser perfecto por excelencia, o también Khepri, al que se representa mediante un escarabajo y cuyo nombre significa «transformación», a imagen de la que se creía que realizaba el escarabajo pelotero que hace rodar su bola por los caminos.

El demiurgo hace surgir la creación de su propio semen: masturbándose, trae al mundo a una pareja, el dios Shu, lo Seco, y la diosa Tefnut, lo Húmedo, cuyo nombre hace referencia al salivazo, otra forma de expulsión de la sustancia divina según la leyenda de Isis y Re. De la unión de lo Seco y lo Húmedo nació una segunda pareja, el cielo, Nut, y la Tierra, Geb, una mujer y un hombre. El Cielo y la Tierra tuvieron cuatro hijos Isis y Osiris, Seth y Nefits. Esta enéada divina, repartida a lo largo de cuatro generaciones, traza el vínculo entre la creación y los hombres. En las dos últimas generaciones hace su aparición el género humano mediante la leyenda osiriana, modelo de la pasión que es el destino de los mortales. La segunda pareja es estéril; la primera, que es fértil, construye el prototipo de la familia real: Osiris, rey de Egipto, es asesinado a traición por su hermano, Seth, quien se apodera del trono; Seth representa la contrapartida negativa y violenta de la fuerza organizadora simbolizada por el faraón. Isis, modelo de esposa y de viuda, ayudada por su hermana Neftis, reconstruye el cuerpo despedazado de su marido. Anubis el chacal, nacido de los amores ilegítimos de Nefits y Osiris, viene a ayudarla a embalsamar al rey difunto. Después, Isis da luz a un hijo póstumo, Horus, homónimo del dios solar de Edfu, y, como él, encarnado en el halcón. Lo oculta entre las marismas del Delta, cerca de la ciudad santa de Buto, con la complicidad de la diosa Hathor, la vaca nutricia. El niño crece y, tras una larga lucha con su tío Seth, obtiene del tribunal de los dioses presidido por su abuelo Geb ser reintegrado en la herencia de su padre, mientras que a éste se le confía el reino de los muertos.

Juan de Lepe, Rey de Inglaterra

3 marzo, 2021

Juan de Lepe era un marino de esta localidad onubense, nacido en un hogar humilde a mediados del siglo XV. Debido a los avatares de la vida y la de la profesión, terminó en la corte del rey de Inglaterra, Enrique VII, el primero de la dinastía Tudor. Llegó a ser una mezcla de confidente, amigo, comensal y bufón del rey.

Dicen que Enrique VII gsutaba de disfrutar, entre otros divertimentos, de frecuentes partidas de cartas, además de ser considerado por quienes le rodearon como un rey un tanto tacaño. En una ocasión, se supone que pensando que Juan se asustaría y no apostaría, puso sobre la mesa las rentas que su reino producía en un día y el nombramiento (simbólico) como «rey de Inglaterra» durante ese mismo día. Juan mantuvo el tipo y aceptó, ganando la partida y convirtiéndose en rey durante un día.

Tras la muerte de Enrique VII, en 1509, el lepero decidió regresar a su casa antes de que Enrique VIII decidiese su destino. Ya en su pueblo, se dedicó a disfrutar de la vida y de su fortuna, pero también quiso ganarse el retiro celestial y donó parte de sus riquezas al mantenimiento del hoy desaparecido convento franciscano de Santa María de La Bella, dedicado a la Virgen de la Bella. en Lepe, siendo enterrado en el recinto del convento bajo una lápida, hoy perdida, que documentó en su crónica el padre Gonzaga, general de la orden franciscana, en 1583.


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